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Sermones

CERTIFICADO DE ÉXITO DE LA ORACIÓN  

Por Charles Spurgeon


Texto: "Y yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá." Lucas 11: 9-10
Buscar ayuda de un ser sobrenatural en tiempo de angustia es un instinto de la naturaleza humana. No decimos que la naturaleza humana no renovada ofrezca una oración verdaderamente espiritual, o pueda ejercer la fe salvadora en el Dios vivo.

Pero, no obstante, como niño que llora en la oscuridad con angustioso anhelo de recibir ayuda de uno u otro lugar, difícilmente puede saber de dónde, el alma un profundo pesar casi invariablemente clama a algún ser sobrenatural en demanda de socorro.
No hay personas más dispuestas a orar en tiempo de angustia que aquellas que han ridiculizado la oración en tiempos de prosperidad; y probablemente no hay oraciones más reales y en conformidad con los sentimientos de la hora que las que el ateo ha ofrecido bajo la presión del temor de la muerte.

En uno de sus papales en el Tattler, Addison describe a un hombre que, a bordo de un barco, se jactaba ruidosamente de su ateísmo. A1 sobrevenir un repentino vendaval, cayó de rodillas y confesó al capellán que había sido ateo. Los rudos marineros que nunca antes habían oído esa palabra pensaban que se trataba de algún extraño pez, y se sorprendieron en extremo cuando vieron que era un hombre, y supieron de su propio boca "que nunca, hasta ese día había creído que hubiera un Dios." Uno de los viejos marineros le dijo al contramaestre que sería una buena obra echarlo por la borda, pero consideró que era una sugerencia cruel, porque la pobre criatura ya estaba en un estado tan miserable que su ateísmo se había evaporado, y en medio de un terror mortal clamaba a Dios pidiendo que tuviera misericordia de él.

Han ocurrido incidentes similares no una ni dos veces. En realidad, el escepticismo jactancioso se bate en retirada tan frecuentemente que siempre esperamos vuelva a ocurrir lo mismo. Quítese toda restricción artificial de la mente, y puede decirse de todos los hombres que, al igual que los compañeros de viaje de Jonás, cada uno clama a su Dios estando en tribulación. Como las aves en sus nidos, y los ciervos a sus matorrales, los hombres en su angustia vuelan en busca de socorro a un ser superior en la hora de la necesidad.

Por instinto, el hombre se volvió a su Dios en el Paraíso; y ahora, aunque en un grado lamentable es un monarca destronado, permanecen en su memoria vestigios de lo que era, y memoria en cuanto a donde encontrar su fuerza. Por lo tanto, no importa dónde encontráis a un hombre, si está en angustia, pedirá ayuda sobrenatural. Creo en la veracidad de este instinto, y que el hombre ora porque hay algo en la oración. Como cuando Dios da a sus criaturas el don de la sed, es porque existe el agua para saciarla. Y cuando crea el hambre es porque existe el alimento correspondiente al apetito. Así cuando él inclina a los hombres a orar es porque la oración tiene una bendición correspondiente unida a ella.

Encontramos una poderosa razón para esperar que la oración sea efectiva en el hecho de que es una institución de Dios. En la palabra de Dios repetidas veces se nos da el mandamiento de orar. Las instituciones de Dios no son necedad. ¿Puedo yo creer que el Dios infinitamente sabio me ha ordenado un ejercicio que es ineficaz y que no es más que un juego de niños? ¿Me ordena orar, y sin embargo, la oración no tiene más resultado que si silbo al viento, o le canto, a un matorral? Si no hay respuesta a la oración, la oración es un monstruoso absurdo y Dios es el autor de ella. Y esto es una blasfemia si alguien se atreve a afirmarlo. Ningún hombre que no sea un tonto seguirá orando una vez que se le ha probado que la oración no hace ningún efecto delante de Dios, y que nunca recibe una respuesta. La oración es una tarea de idiotas y locos, y no para personas sanas, si fuera verdad que sus efectos terminan en el mismo hombre que ora.

Esta mañana no entraré a argumentar sobre la materia, más bien, voy a considerar mi texto, el cual para mí, por lo menos, y para vosotros que sois seguidores de Cristo, es el fin de toda controversia. Nuestro Salvador sabía muy bien que surgirían muchas dificultades en relación con la oración, y podrían hacer vacilar a sus discípulos, así que contrarrestó toda oposición mediante una afirmación incontrovertible. Leed las palabras: "Y yo os digo: Yo, vuestro Dios: Yo os digo, pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá."

En el texto nuestro Señor hace frente a todas las dificultades, en primer lugar, dándonos el peso de Su autoridad, "Yo os digo;" en segundo término, obsequiándonos una promesa, "Pedid y se os dará," etcétera; y luego recordándonos un hecho indiscutible, "todo el que pide, recibe." Tenemos aquí tres heridas mortales para las dudas que el cristiano pueda tener en cuanto a la oración.

I. En primer lugar, NUESTRO SALVADOR NOS DA EL PESO DE SU PROPIA AUTORIDAD: "Y yo os digo."

La primera marca de un seguidor de Cristo es que cree a su Señor. De ningún modo podemos seguir al Señor si levantamos dudas acerca de puntos que El ha establecido positivamente. La declaración de nuestro Maestro es todo el argumento que necesitamos: :''Yo os digo" es nuestra lógica. ¡Razón! te vemos majestuosa en Jesús, porque El nos ha sido hecho por Dios sabiduría. El no puede errar, no puede mentir y si El dice: "Yo os digo," todo debate llega a su fin.

Pero, hermanos, hay algunas razones que nos deben llevar a descansar más confiadamente en la palabra de nuestro Señor Jesús, pero en la explicación que tenemos en consideración hay una fuerza especial. Se ha objetado que no es posible que la oración pueda ser contestada, porque las leyes de la naturaleza son inalterables, y todo debe seguir su curso y así será sea que los hombres oren o no. No nos parece necesario demostrar que las leyes de la naturaleza sufren perturbaciones. Dios puede obrar milagros, y puede obrarlos todavía como lo hiciera antaño, pero no es parte de la fe cristiana que Dios tenga que obrar milagros para responder las oraciones de sus siervos. Cuando un hombre, para
cumplir una promesa tiene que desorganizar todos sus asuntos, y por decirlo así, tiene que detener toda su maquinaria, ello demuestra que es sólo un hombre, y que su sabiduría y poder son limitados; pero El es verdadero Dios, y sin dar marcha atrás a su maquinaria, o sin quitar un solo diente a la rueda, cumple los deseos de su pueblo cuando los presenta delante de El. El Señor es tan omnipotente que puede lograr resultados equivalentes a milagros sin necesidad de suspender en él más mínimo grado alguna de sus leyes. En el pasado, por decirlo así, detuvo la maquinaria del universo en respuesta a la oración, pero ahora, con una gloria igualmente divina, El ordena los sucesos de modo que pueda responder las oraciones de los creyentes, y sin suspender no obstante una sola ley natural.

Pero esto está lejos de ser nuestro único y principal consuelo; ello radica en el hecho de que oímos la voz de uno que es competente para hablarnos de la materia, y El dice: "Yo os digo, pedid y recibiréis." Sea que las leyes de la naturaleza sean irreversibles o no, "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis." Ahora bien, ¿quién es el que lo dice? Es el que ha hecho todas las cosas, sin el cual nada de lo que ha sido hecho fue hecho. ¿No puede hablar hasta este punto? ¡Oh, tú Verbo eterno, que en el principio estabas con Dios, pesando las nubes y amarrando los cimientos de la tierra, tú sabes cuáles son las leyes de la naturaleza y su inalterable constitución, y si tú dices "Pedid y se os dará," entonces, ciertamente será así, sean lo que fueren las leyes de la naturaleza. Además, nuestro Señor es adorado por nosotros como el sustentador de todas las cosas, y viendo que todas las leyes de la naturaleza son operativas solamente por su poder, y que son sostenidas en su acción por su poder, el debe ser conocedor del mecanismo de todas las fuerzas del universo, y si dice: "Pedid y se os dará," El no habla por ignorancia, más conoce lo que afirma. Podríamos estar seguros que no hay fuerzas que puedan impedir el
cumplimiento de la palabra del Señor. De parte del Creador y Sustentador de todas las cosas, la expresión "yo os digo," pone fin a toda controversia para siempre.

Pero se ha presentado otra objeción que es muy antigua y tiene apariencia de gran fuerza. No es presentada por los escépticos, sino por los que sustentan parte de la verdad, y es este: que la oración no puede producir resultados ciertos, porque los decretos de Dios han establecido todas las cosas y esos decretos son inmutables. Ahora no tenemos deseos de negar la afirmación de que los decretos de Dios han establecido todos los sucesos. Creemos plenamente que Dios en su presencia ha predestinado todo lo que sucede en el cielo 0 abajo en la tierra, y que el conocimiento anticipado de la posición de un junco a la orilla del río es tan fija como la posición del rey en el trono y "el tamo del amo del aventador es dirigido como las estrellas en sus órbitas." La predestinación abarca lo grande y lo pequeño, y alcanaza a todas las cosas. La pregunta es, "entonces, ¿por qué orar?" Con la misma lógica, ¿no se nos podría pedir que respiremos, comamos, nos movamos o hagamos algo? Tenemos una respuesta que nos satisface: nuestras oraciones están en la predestinación, y que Dios ha ordenado las oraciones de su pueblo al igual que todas las demás cosas, y cuando oramos, estamos produciendo eslabones en la cadena de los hechos ordenados. El destino decreta que ore; yo oro; el destino decreta que me sea respondida, y recibo la respuesta.

Pero tenemos una respuesta mejor que todo esto. El Señor Jesús se adelanta, y nos dice esta mañana: "Querido hijo mío, no debes preocuparte del decreto de Dios, nada hay en ellos que sea incongruente con el hecho de que tus oraciones sean contestadas. `Yo os digo, pedid y os será dado.' " Ahora, quién es el que dice esto? ¡Vamos! es el que ha estado con el Padre desde el principio --"Este era en el principio con Dios"-- y él conoce cuales son los propósitos de Dios y cómo es el corazón de Dios, porque ha dicho en otro lugar, "el Padre mismo os ama." Ahora, puesto que El conoce el decreto del Padre, y el corazón del Padre, nos puede decir con la absoluta certeza de un testigo ocular que no hay nada en el consejo eterno que entre en conflicto con esta verdad y que el que pide recibe, y el que busca halla. El ha leído los decretos de principio a fin. ¿No ha tomado el libro y ha desatado los siete sellos, declarando las ordenanzas del cielo? El os dice que nada hay que esté en contra de tu rodilla doblada y tus ojos mojados con lágrimas, y con el hecho de que el padre abra las ventanas de los cielos para hacer llover sobre ti las bendiciones que estás buscando. Más aun, El mismo es Dios: los propósitos de los cielos son sus propósitos, y aquel que ordenó el propósito aquí da la seguridad de que nada hay en él que impida la eficacia de la oración. "Yo os digo." ¡Oh, vosotros que creéis en El, vuestras dudas son esparcidas a los vientos, porque sabéis que El oye la oración.

Pero a veces surge en nuestra mente una tercera dificultad, que está asociada con nuestro propio juicio acerca de nosotros mismos y nuestra evaluación de Dios. Sentimos que Dios es muy grande, y temblamos en la presencia de su majestad; sentimos que somos muy pequeños, y que, además, somos viles; y parece una cosa increíble que una insignificancia culpable tenga poder para mover el brazo que mueve el universo. Me pregunto si no es ese temor culpable el que nos impide frecuentemente que oremos. Pero Jesús contesta dulcemente. Dice: "Yo os digo: pedid y se os dará." Y pregunto nuevamente, ¿quién es el que dice "Yo os digo?" Es aquel que conoce tanto la grandeza de Dios como la debilidad del hombre. El es Dios y desde su excelsa majestad, imagino oírle decir: "Yo os digo: `Pedid, y se os dará.' " Pero El también es hombre como nosotros, y dice: "No tengas miedo de tu insignificancia, porque yo, hueso de tu hueso, y carne de tu carne te aseguro que Dios oye la oración del hombre."

Y, sin embargo, si el terror del pecado nos espanta, y nuestro pesar nos deprime, yo os recordaría que cuando dice, "Yo os digo," Jesús nos da la autoridad, no solo de su persona, sino de su experiencia. Jesús era dado a orar. Nunca nadie ha orado como él lo hizo. El pasaba las noches en oración, y días enteras en ferviente intercesión. El es quien nos dice: "Yo os digo, `Pedid y se os dará.'" Los veo descender fresco de entre los brezos del monte, entre los cuales arrodillado había pasado la noche en oración, y dice: "Discípulos míos, pedid y se os dará, porque yo he orado y me ha sido dado. "Fue oído en aquello que temía, y por lo tanto, nos dice: "Yo os digo, llamad y se os abrirá." E imagino oírle hablar así desde la cruz, con su rostro resplandeciente por el primer rayo de luz después que hubo sufrido nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, y hubo sufrido nuestros dolores hasta el último tormento. El había clamado: "Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?" y ahora, habiendo recibido una repuesta, clama triunfante: "Consumado es," y hecho esto, nos manda: "Pedid y se os dará." Jesús ha probado el poder de la oración.

Además, recordad que si Jesús nuestro Señor, podía hablar positivamente aquí, hay razones mayores aun para creer en El ahora, porque ha traspasado el velo, se ha sentado a la diestra de Dios el padre, y la voz que ahora nos viene no nos llega del hombre pobre que usa una túnica sin costura, sino del sacerdote entronizado que lleva sobre sus lomos un cinto, porque es él quien ahora dice, desde la diestra de Dios : "Yo os digo, pedid y se os dará," ¿No crees en su nombre? Sí crees. Entonces, ¿cómo podría caer en tierra una oración que se ofrece sinceramente en ese nombre? Cuando presentas tu petición en el nombre de Jesús, una parte de su autoridad refuerza tus oraciones. Si tu oración es rechazada, Cristo es deshonrado. No puedes creer que ello pueda ocurrir. Puesto que has confiado en él, cree que la oración ofrecida por medio de él debe tener éxito y lo tendrá.

No podemos quedar por más tiempo en este punto, pero confiamos en que el Espíritu Santo impresionará con él los corazones de todos nosotros.

II. Ahora recordaremos que NUESTRO SEÑOR NOS OBSEQUIA UNA PROMESA

Nótese que la promesa se da para diversas variedades de oración: "Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá." El texto claramente afirma que todas las formas de oración verdadera serán escuchadas, con la condición de ser presentadas por intermedio de Jesucristo, y son para bendiciones prometidas. Algunas son oraciones vocalizadas los hombres piden; no debemos jamás dejar de ofrecer la oración expresada por la lengua, porque la promesa es que el que pide será oído. Pero, hay otros que sin descuidar la oración activa, porque por el uso humilde y diligente de los medios ellos buscan las bendiciones que necesitan. Sus corazones hablan a Dios por medio de sus anhelos, sus esfuerzos, sus emociones y sus trabajos. Que no cesan de buscar, porque ciertamente hallarán. Hay otros que, en su ardor combinan las formas más apasionadas, actuando y hablando, porque llaman es una forma intensa de pedir y una forma vehemente de buscar. Así la oración crece desde el pedir --que es su vocalización, su declaración--, hacia el buscar, --que es suplicar--; y llamar --que es importunar. Para cada una de estas etapas de la oración hay una promesa clara. El que pide, tendrá aquello que más pidió. Pero en el que busca yendo más allá, encontrará, disfrutará, estrechará entre sus manos, sabrá que ha obtenido. Y el que llama, irá más lejos aún, porque entenderá, y se le abrirán las cosas preciosas. No solamente tendrá la bendición y la disfrutará, sino que la comprenderá, "entenderá con todos los santos cuáles sean las alturas y las profundidades."

Sin embargo, quiero que notéis lo siguiente, que lo abarca todo: sea cual fuere la forma de oración tendrá éxito. Si solamente pedís recibiréis; si buscáis, hallaréis, si llamáis, os será abierto, pero en cada caso os será hecho conforme a vuestra fe. Las cláusulas de la promesa que tenemos ante nuestros ojos no se nos presentan colectivamente, como decimos en derecho: el que pide y busca y llama, recibirá, el que busca hallará y al que llama le será abierto. No es cuando combinamos las tres cosas que recibimos la bendición, aunque indudablemente si las combinamos recibiremos una respuesta combinada; pero si ejercemos solamente una de estas tres formas de oración, de todos modos tendremos lo que nuestra alma necesita.

Estos tres métodos de oración ejercitan una variedad de nuestra gracia. Los padres comentan en cuanto a este pasaje que la fe pide, la esperanza busca y el amor llama, y vale la pena repetir ese comentario. La fe pide porque cree que Dios dará; habiendo pedido, la esperanza espera, y en consecuencia busca la bendición; el amor lleva más cerca aún, y no recibirá una negativa de Dios, antes bien desea entrar en su casa, cenar con El, y por eso llama a su puerta hasta que le abre. Pero, regresamos a nuestro punto original. No importa cuál es la gracia que se ejerce, una bendición corresponde a cada una. Si la fe pide, recibirá; si la esperanza busca, hallará; y si el amor llama, le será abierto.

Estos tres modos de orar nos convienen en diferentes estados de angustia. Allí estoy, pobre mendigo, a la puerta de la misericordia; pido y recibiré. Pero me extravío, de modo que no puedo hallar a Aquel a quien una vez pedí tan exitosamente; entonces puedo buscarlo con la certeza de que la hallaré. Y si estoy en la última de las etapas, no solamente pobre y confundido, sino también inmundo como para sentirme separado de Dios, como leproso que es echado fuera del campamento, entonces puedo llamar y la puerta se me abrirá.

Cada una de estas diferentes descripciones de las oraciones es sobremanera sencilla. Si alguien dijese: "No puedo pedir," nuestra respuesta sería: "no entiendes la palabra." Con toda seguridad toda persona puede pedir. Un niño pequeño puede pedir. Mucho antes que el bebé sepa hablar, ya puede pedir. No necesita palabras para pedir lo que necesita, y no hay uno solo entre nosotros que esté incapacitado para pedir. No es necesario que las oraciones sean hermosas. Creo que Dios aborrece las oraciones hermosas. Cuando oramos, mientras más sencilla nuestra oración mejor; el lenguaje más sencillo, el más humilde que expresa lo que queremos significar, es el mejor de todos.

La segunda palabra es buscad, y ciertamente no hay dificultades con buscar. Podría haber dificultades para encontrar, pero no las hay en el buscar. Cuando la mujer de la parábola perdió el dinero, ella encendió una luz y lo buscó. No creo que haya estado alguna vez en la universidad, o que fuera calificada como doctora en medicina, o que hubiera estado ante la Junta Escolar como mujer de sentido superior, pero ella podía buscar. Todo el que desea hacerlo, puede buscar, sea hombre, mujer o niño; y para estimularles, no se da la promesa en alguna forma filosófica en particular en cuanto al buscar, sino establece simplemente "el que busca encuentra." Luego tenemos el llamar: bueno, eso es algo que no reviste mayor dificultad. Nosotros lo hacíamos cuando éramos niños, lo que a veces era demasiado para la comodidad de los vecinos. Y en casa, si el aldabón estaba demasiado elevado para nuestra estatura, siempre encontrábamos métodos y medios para llamar. Una piedra nos daba el mismo servicio, o el tacón de la bota. Cualquier cosa servía para golpear la puerta. De ningún modo estaba más allá de nuestra capacidad. Por tanto, Jesús lo pone de esta manera como para decirnos: "No necesitas tener escolaridad, preparación, talento ni ingenio para orar. Pide, busca, llama, eso es todo, y hay una promesa para cada una de estas formas de orar."

¿Creeréis la promesa? Es Cristo quien la da. Jamás ha salido de sus labios una mentira. Oh, no dudéis de El. Si has orado, sigue orando, y si nunca has orado, Dios te ayude para que comiences hoy.

III. Nuestro tercer punto es que JESUS DA TESTIMONIO DEL HECHO DE QUE LA ORACION ES OIDA

Habiendo dado una promesa, luego añade, en efecto: "Podéis estar completamente seguros de que esta promesa será
cumplida, no solamente porque yo lo digo, sino porque es y ha sido siempre así." Cuando un hombre dice que mañana por la mañana saldrá el sol, le creemos, porque siempre ha sido así. Nuestro Señor nos dice, como hecho indiscutible, que a través de todas las edades el verdadero pedir ha sido seguido por el recibir. Recordad que quien afirma este hecho lo conoce. Si yo afirmara un hecho, podrías responderme: "Sí, en lo que respecta a lo que tú has observado, es verdad," pero la observación de Cristo no tiene límites. Jamás ha habido una oración verdadera que no la haya conocido él. Las oraciones aceptables al altísimo le llegan por la vía de las heridas de Cristo. De aquí que el Señor Jesús puede hablar por conocimiento personal, y su declaración es que la oración ha tenido éxito: "Todo el que pide recibe, y el que busca encuentra."

En este punto debemos suponer, desde luego, las limitaciones que iniciaría el sentido común ordinario, y que son establecidas por las Escrituras. No es que todo el que pida con frivolidad o maldad a Dios vaya a lograr lo que pidió. Dios no contestará cada petición necia, ociosa y deconsiderada del corazón no regenerado.  Además las Escrituras ponen su límite. "No tenéis porque no pedís, o pedís mal." Hay un pedir mal que nunca obtendrá lo que pide. Pero teniendo en cuenta estas cosas, la declaración de nuestro Señor no tiene otra limitación: "Todo el que pide recibe."

Cabe recordar que frecuentemente, aun cuando los impíos y los malvados han pedido a Dios, han recibido. Con mucha frecuencia en el día de angustia han clamado a Dios, y él les ha respondido. "¿Cómo te atreves a decir eso?,» dice alguno. No lo digo yo, lo dice la Escritura: La oración de Acab fue contestada y el Señor dijo: "¿No has visto cómo Acab se ha humillado delante de mí? Pues por cuanto se ha humillado delante de mí, no traeré el mal en sus días; en los días de su hijo traeré el mal sobre su casa." Así también, el Señor oyó la oración de Jocaz, el hijo de Jehú, que hizo lo malo delante de Jehová (2 Reyes 13:1-4). Los israelitas también, cuando por sus pecados fueron entregados a sus enemigos, clamaron a Dios pidiendo liberación, y recibieron su respuesta, sin embargo, el Señor mismo testifica respecto de ellos que sólo lisonjean con sus bocas.

¿Esto te hace vacilar? ¿No escucha él a los jóvenes cuervos cuando claman?" Piensas que no oíra al hombre que está hecho a Su imagen? ¿Lo dudas? Recuerda a Nínive. Las oraciones ofrecidas en Nínive, ¿eran oraciones espirituales? ¿Has oído hablar alguna vez de una iglesia de Dios en Nínive? Yo no, y creo que los ninivitas no fueron visitados por la gracia de la conversión; más bien fueron convencidos por la predicación de Jonás de que estaban en peligro delante del gran Jehová, y proclamaron ayuno y se humillaron, y Dios oyó su oración, y por un tiempo Nínive fue preservada. Muchas veces, en el tiempo de la enfermedad yen el tiempo de dolor, Dios ha atendido a las oraciones de los ingratos y los malos. ¿Piensas que nada da sino a los buenos? ¿Te has quedado al pie del Sinaí y has aprendido a juzgar según la ley de los méritos? ¿Qué eras cuando comenzaste a orar? ¿Eras bueno y justo? ¿No te ha mandado Dios que hagas bien a los malos? ¿Crees que El te mandaría hacer algo que él mismo no haría? ¿No ha dicho que envía la lluvia sobre justos e injustos, y es así? ¿No está dando cotidianas bendiciones a quienes le maldicen? y hace bien a aquellos que despectivamente le utilizan? Esta es una de las glorias de la gracia de Dios. Y cuando ya no queda nada de bueno en el hombre, si de su corazón se eleva un clamor, el Señor se digna con mucha frecuencia a enviarle alivio en su tribulación. Ahora bien, si Dios ha oído las oraciones aun de Hombres que no le han buscado de la manera más elevada, y les ha dado liberación temporal en respuesta a sus clamores, ¿no te oirá con mayor razón cuando te humillas en su presencia, y desea ser reconciliado con El? Por cierto que éste es un argumento.

Pero para entrar de lleno en el punto respecto de las oraciones verdaderas y espirituales, todo el que pide, recibe sin ninguna limitación. No ha habido un solo caso de un hombre que estuviera realmente buscando bendiciones espirituales de Dios, que no las haya recibido. El publicano estaba de pie alejado, y tan quebrantado de corazón que no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Sin embargo, Dios lo miró desde arriba. Manasés yacía en la oscura mazmorra. Había sido un cruel perseguidor de los santos; nada había en él que pudiera servirle de recomendación ante los ojos de Dios. Pero Dios lo oyó desde sus prisiones y concedió libertad a su alma. Por su propio pecado Jonás llegó al vientre del gran pez. En el mejor de los casos era un siervo de Dios petulante. Sin embargo, desde el seno del infierno clamó y Dios le oyó. Todo el que pide recibe, y el que busca halla y al que llama se abrirá." Todo el que. Si necesitara evidencias podría encontrarlas en este tabernáculo. Lo podría preguntar a cualquiera que haya encontrado a Cristo, para dar testimonio de que Dios oyó sus oraciones. Yo no creo que entre los condenados al infierno haya alguien que se atreva a decir, "Yo busqué al Señor y él me rechazó."

No se hallará en el día final de la rendición de cuentas una sola alma que pueda decir: "Llamé a la puerta de la misericordia, pero Dios se negó a abrirla." No habrá una sola alma que se puede poner de pie ante el gran trono blanco y pueda reclamar: "Oh Cristo, yo habría sido salvado por ti, pero tú no me quisiste salvar. Me puse en tus manos, pero me rechazaste. Arrepentido pedí que tuvieras misericordia de mí, pero no la obtuve." Todo el que pide recibe. Ha sido así hasta el día de hoy, y será así hasta que Cristo venga. Si tienes dudas, haz la prueba, y si ya has probado, prueba nuevamente. ¿Estás vestido de harapos? No importa, todo aquel que pide recibe. ¿Está inmundo por el pecado? No tiene importancia, Todo el que busca, encuentra. ¿Te sientes como si estuvieras del todo destituido de Dios? Tampoco importa," llamad y se os abrirá, porque todo e1 que pide recibe." "¿No hay alternativa allí?" Sin duda la hay, pero ello no altera esta verdad que no tiene limite alguno; "todo el que." ¡Qué rico es este texto!" "Todo el que puede, recibe.

Cuando nuestro Señor dijo estas palabras, él podría haber recurrido a su propia vida como evidencia. En todo caso, nosotros podemos referirnos a ella ahora y demostrar que nadie pidió de Cristo sin recibir. La mujer sirofenicia al principio fue rechazada cuando el Señor la llamó perrillo, pero cuando ella tuvo el valor de decir: "Sin embargo, los perrillos comen las migajas que caen de la mesa," ella descubrió que todo aquel que pide recibe. Aquella mujer que desde atrás vino al Señor, apretado por la multitud, y tocó el borde de su túnica, no estaba pidiendo, estaba buscando, y encontró.

En respuesta a todo esto me parece oír la queja lamentable de alguien que dice: "He estado clamando a Dios por mucho tiempo pidiéndole salvación; le he pedido, le ha buscado y he llamado, pero no me ha venido todavía." Bien, querido amigo, si se me pregunta, quien tiene la verdad, Dios o tú, yo sé qué partido tomar, y te aconsejaría que creas en el Señor antes de creer en ti mismo. Dios oirá la oración, pero, ¿sabes que hay algo antes de la oración? ¿Qué es? El evangelio no es todo el que ora será salvo. No, ese no es el evangelio. Creo que será salvo, pero ese no es el evangelio que se me ha ordenado predicaron. "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura; el que"-- ¿quién? ¿qué cosa?-- "el que creyere y fuere bautizado será salvo." Ahora, tú le has estado pidiendo a Dios que te salve, ¿esperas que él te salve sin que creas y seas bautizado? Seguramente no has tenido la insolencia de pedir a Dios que anule su propia palabra. ¿No podría decirte: "Haz lo que te he ordenado, cree en mi Hijo: el que cree en el, dice alguien-- "confío en él plenamente." ¡Alma, no pidas más salvación! ¡Y la tienes¡ ¡Eres salvo! Si confías en Jesús de todo corazón, tus pecados te son perdonados y eres salvo. Y la próxima vez que te acerques al Señor, vé a él con alabanza unida a tu oración, y canta bendiciendo su nombre.

"Pero, ¿cómo puedo saber que soy salvo? dice alguien. Dios dice: "El que creyere y fuere bautizado será salvo." ¿Has creído? ¿Has sido bautizado? ¿Sí? Entonces eres salvo. ¿Cómo lo sé? Lo sé en base a la mejor de las evidencias de todo el mundo. Dios dice que lo eres. ¿Necesitas otra evidencia aparte de esta? "Quiero sentirlo." ¡Sentirlo! ¿Son los sentimientos tuyos mejores que el testimonio de Dios? ¿Tratarás a Dios de mentiroso pidiéndole más señales y evidencias aparte de su segurísima palabra de testimonio? No tengo otra evidencia aparte de su segurísima palabra de testimonio. No tengo otra evidencia en este día en que me atreva a confiar respecto de mi salvación sino esta: que descanso en Cristo solamente con todo mi corazón, alma y fortaleza. "Otro refugio no tengo," y si tienes esa evidencia, es toda la evidencia que necesitas buscar este día. Después vendrán a ti otros testimonios de la gracia en tu corazón, y en ti formarán racimos y adornarán la doctrina que profesas, pero ahora, tu primera preocupación debe ser creer en Jesús.

"He pedido fe," dice uno. Bueno, ¿qué quieres decir con ello? Creer en Jesucristo es en don de Dios, pero además debe ser un acto tuyo. ¿Piensas que Dios creerá por ti, o que el Espíritu Santo cree en lugar de nosotros? ¿Qué tiene que creer el Espíritu Santo? Tú debes creer por ti mismo o te pierdes .El no puede mentir. ¿No creerás en El? El tuerce que se le crea, confía en él y serás salvo, y tu oración será contestada.

Me parece oír a otra que dice: Cono en que ya he sido salvado; pero estoy esperando la salvación de otros en respuesta a mis oraciones"; Querido amigo, lo tendrás. "El que pide recibe; y el que busca encuentra, y el que llama, se abrirá." "Pero yo he buscado la conversión de tal persona durante años con mucha oración." La tendrás, o sabrás algún día por qué no ha podido ser, y quedarás contento con ello.

Sigue orando con esperanza. Hay muchos que han tenido la respuesta a sus oraciones por otros después de muertos. Creo que les ha hecho recordar otra ocasión del padre que durante muchos años oró por sus hijos e hijas, y sin embargo, no solo no se convirtieron sino que se hicieron sobremanera mundanos. Llegó el tiempo de morir. Reunió sus hijos alrededor de su lecho, esperando dar un testimonio tal de Cristo en el último momento que pudiera ser bendecido por la conversión de ellos. Pero infelizmente para él, tuvo gran angustia en su alma, porque tenía dudas de su propio interés en Cristo. El era uno de los hijos de Dios que llegan al lecho de muerte en tinieblas. Pero el peor de todos sus temores era que sus queridos hijos se dieran cuenta de su angustia y quedaran con prejuicios en contra de la religión. El buen hombre fue sepultado y sus hijos estuvieron en el funeral, y Dios contestó la oración del hombre ese mismo día, porque cuando se retiraban del sepulcro, se decían unos a otros: "Hermano, nuestro padre tuvo una muerte muy infeliz." "Sí, hermano; yo estaba muy asombrado por ello, porque nunca vi un mejor hombre que nuestro padre. "Ah," dijo el primer hermano, "si un hombre santo como nuestro padre encontró que era difícil morir, para nosotros será una cosa terrible cuando llegue el momento, porque no tenemos fe." El mismo pensamiento los había golpeado a todos, y los condujo hasta la cruz, de modo que la oración del buen hombre fue oída de un modo misterioso. El cielo y la tierra pasarán, pero mientras Dios viva, la oración debe ser oída. Mientras Dios sea fiel a su palabra, las súplicas no son vanas. El Señor os dé gracia para ejercitaros en ellas continuamente.
Amén.

 

CONFIRMANDO EL TESTIMONIO DE CRISTO

Por Charles Spurgeon


«Así como el testimonio de Cristo ha sido confirmado en vosotros» (1 Corintios 1:6, RVR).
No es siempre la iglesia más dotada la que está en mejor estado. Una iglesia puede tener muchos miembros ricos, influyentes o eruditos; muchos que tengan el don de palabra y que comprendan todas las ciencias; pero esta iglesia puede estar en una condición insana. Esto era lo que sucedía con la iglesia en Corinto.

Pablo, al comienzo de su epístola, les cuenta que da siempre gracias a Dios por ellos por la gracia que Dios les ha dado en Cristo Jesús, que en todo eran enriquecidos en toda palabra, y en todo conocimiento, de modo que no iban atrás en ningún don, esperando la venida de nuestro Señor Jesucristo. Los corintios eran lo que nosotros llamaríamos hoy, juzgando por la norma usual, una iglesia de primera. Había entre ellos muchos que comprendían mucha de la erudición griega; había gente de gusto clásico, y hombres entendidos, hombres de profundos conocimientos, y sin embargo, por lo que respecta a la salud espiritual, aquella iglesia era una de las peores en toda Grecia, y quizá del mundo. No se encontraría otra iglesia tan profundamente hundida entre todas ellas como ésta, aunque era la más dotada. Ahora bien, ¿qué debería enseñarnos esto, ya de entrada? ¿No debería enseñarnos que los dones nada son, ano ser que sean puestos sobre el altar de Dios? ¿Que de nada sirve tener el don de la oratoria, que nada es tener el poder de la elocuencia, que de nada sirve tener erudición, que de nada sirve tener influencia, a no ser que todo esto sea dedicado a Dios y consagrado a su servicio? Cuando he dicho que de nada sirve, me refiero que para nada bueno. ¡Ay!, peor que para nada bueno; se trata entonces de algo malo, de algo horrible; es horrendo que un hombre posea estos dones y que los emplee mal, porque sólo servirán como combustible para una llama más ardiente que la que habría soportado si no hubiera tenido estas dotes. El que sepulta sus diez talentos bien puede esperar ser entregado a los verdugos. Ésta es la lección que nos enseña. Nunca juzguemos a los hombres por sus talentos -nunca estimemos a nuestros semejantes por las cosas externas, sino por el uso que hacen de sus capacidades; por el fin al que dedican sus talentos; por el tipo de interés que ganan sobre aquellas libras que su Señor les ha confiado. San Pablo, al comienzo de su epístola, les indica muy gentilmente cuál es el uso adecuado de los dones y de los talentos, y les dice que nos son dados para que podamos «confirmar el testimonio de Cristo». Si no los empleamos para este propósito, los usamos mal; si no los dirigimos a esto, abusamos de ellos. Deberíamos emplear nuestras dotes de la manera en que los corintios izo los empleaban, pero como hubieran debido hacerlo, en la confirmación del testimonio de nuestro Señor Jesucristo. Los corintios tenían más poderes que ninguno de nosotros. Muchos de ellos podían obrar milagros; podían sanar a los enfermos; podían restaurar leprosos; podían hacer maravillas por medio de los dones sobrenaturales del Espíritu Santo. Algunos de ellos podían hablar diversas lenguas, y allí donde iban podían hablar la lengua de la gente entre la que estaban; debido a que no podían dedicar mucho tiempo al aprendizaje de lenguas, y se precisaba de algo que sostuviera a la recién nacida iglesia. Era entonces tan sólo un vástago, y precisaba de un palo en el suelo a su lado, para poderse apoyar en él, crecer, y fortalecerse. Era una pequeña planta que necesitaba ser sustentada; y por ello es que Dios obraba milagros; pero ahora es un finase roble, y tiene raíces enroscadas alrededor de las más fuertes rocas de la creación; ahora no necesita el soporte de milagros, y por ello Dios nos ha dejado sin dones extraordinarios. Pero aquellos dones que tenemos debemos emplearlos para el propósito mencionado en el texto, esto es, para la confirmación del testimonio de Cristo Jesús.

Hay dos puntos de los que hablaremos según el Espíritu Santo nos capacite. Primero de todo, el testimonio de Chisto Jesús; y segundo, lo que se significa por nuestra confirmación del mismo.

I Primero, entonces, el testimonio de Cristo Jesús. Se nos dice en el texto que había un testimonio de Cristo que «ha sido confirmado en vosotros». Nuestra indagación es, qué es lo que se significa por el testimonio de Cristo.

La primera verdad en toda teología es que este mundo está caído. «Nos descarriamos como ovejas perdidas»; y si no hubiera habido misericordia en la mente de Dios, podría haber dejado en justicia que el mundo pereciera sin siquiera llamarlo al arrepentimiento; pero él, en su maravillosa longanimidad y en su poderosa paciencia, no se complació en ello. Lleno de tierna misericordia y de bondad, decidió enviar al Mediador al mundo, mediante quien pudiera restaurarlo a su prístina gloria, y salvar para sí a un pueblo a quien «nadie puede contar», que han de ser llamados los escogidos de Dios, amados con su amor eterno. A fin de poder rescatar al mundo, y salvar a los elegidos, el Señor de los Ejércitos ha ordenado constantemente un sacerdocio perpetuo de testigos. ¿Qué fue Abel con su cordero sino el primer testigo martirizado por la verdad? ¿Acaso Enoc no llevó el manto de Abel al andar con Dios y profetizar de la segunda vetada? ¿No fue Noé un predicador de justicia entre una generación contradictoria? La gloriosa sucesión nunca falla. Abraham sale de Ur de los Caldeos, y desde el momento de su llamamiento hasta el día en que durmió en Macpela fue un testigo fiel. Luego podríamos mencionar a Lot en Sodoma, a Melquisedec en Salem, a Isaac y Jacob en sus tiendas, y a José en Egipto. Lee la historia de la Escritura, y podrás observar una cadena dorada de eslabones unidos que cuelga sobre un mar de tinieblas, pero uniendo a Abel con el último de los patriarcas.

Hemos llegado ahora a una nueva era en la historia de la iglesia, pero no está carente de luz. Ved aquí al hijo de Amram, al glorioso Moisés. Este hombre fue un verdadero sol resplandeciente, porque había estado donde las tinieblas velaban la inenarrable luz de los ropajes de Jehová. Ascendió las empinadas laderas del Sinaí; subió adonde destellaban los rayos y los truenos levantaban su terrible voz; estuvo en pie sobre la ardiente *****bre de la montaña; y allí, en aquella cámara secreta del Altísimo, aprendió en cuarenta días, el testigo de cuarenta años, y fue el constante anunciador de la justicia y de la rectitud. Pero murió, como ha de suceder a los mejores hombres. ¡Duerme, oh Moisés, en un secreto sepulcro! No temas por la verdad, porque Josué declara ahora: «Yo y mi casa serviremos a Jehová.»

Los tiempos de los jueces y de los reyes fueron en ocasiones muy tenebrosos; pero en medio de sus guerras civiles, de su idolatría, de sus persecuciones y de sus visitaciones, el pueblo escogido seguía teniendo un remanente, según la elección de la gracia. Había siempre los que caminaban por la tierra, como los antiguos druidas de los bosques, vestidos en vestiduras blancas de santidad, y coronados con las glorias del Altísimo. El río de verdad podría correr como un riachuelo más poco profundo, pero nunca quedó seco del todo. Luego llega el tiempo de los profetas; y ahí, tras atravesar un período de desolación, cuando el mundo estaba sólo iluminado por lámparas como Natán, Abías, Gad o Elías, encontramos que llegamos a la luz del mediodía, o más bien a un cielo sin nubes, lleno de estrellas. Nos encontramos con un elocuente Isaías, con el plañidero Jeremías, el sublime Ezequiel, el amado Daniel, y, ¡he aquí!, detrás de estos cuatro sumos sacerdotes de la profecía, siguen doce revestidos de los mismos ropajes, ejercitando el mismo servicio. Podría calificar a Isaías de estrella polar de la profecía; Jeremías se parece a las lluviosas Híadas de Horacio; Ezequiel era el ardiente Sirio; y en cuanto a Daniel, se parece a un llameante cometa, resplandeciente en nuestra visión por un momento, y luego perdido en la oscuridad. No me cuesta encontrar una constelación para los profetas menores; son un dulce grupo de intenso resplandor, aunque pequeño: son las Pléyades de la Biblia. Quizá en ningún tiempo anterior desfilaron las estrellas de Dios en mayor número; sin embargo, en medio de toda la anterior y posterior oscuridad, el cielo del tiempo nunca estuvo en total oscuridad; siempre había un vigilante, un ser resplandeciente, ahí. Dios malea ha abandonado el mundo, nunca ha apagado su lámpara del testimonio; nunca ha dicho: «Ve, tú, cosa vil», apartándolo con el pie. Pudo una vez inundarlo con agua; pudo llover fuego y azufre sobre Sodoma; pudo ahogar una nación en el mar; pudo destruir una generación en el desierto; pudo devorar reinos y desarraigarlos; pero nunca, nunca, iba a extinguir la llama eterna del testimonio de la verdad.

Estaba pensando ahora acerca de una pintura que vi hace pocos días; un hermoso cuadro de un arroyo, con unos estriberones en el agua sobre los que pasaba el caminante; y la idea acaba de pasar por mi mente ciertamente, el arroyo de la maldad del hombre, y el arroyo del tiempo, pueden ser cruzados gracias a estas piedras del testimonio. Ahí tenéis a Noé, y él es un estriberón, para pasar a Abraham; y de él a Moisés, y de Moisés a Elías; y así de Elías a Isaías, de Isaías a Daniel, y de Daniel a los valientes Macabeos. ¿Y cuál es el último estriberón? Es Jesucristo, el testigo fiel y verdadero; el Señor de los reyes de la tierra. Jesús fue, en cierto sentido, el último testigo de la verdad. A nosotros nos toca confirmarla a otros; y por unos momentos nos extenderemos acerca de cuál fue el testimonio de Jesucristo. Primero de todo, a fin de justificar que haya designado a Jesucristo como un testigo, quiero referirme a un pasaje o dos de la Escritura, donde veréis que vino a este mundo para ser testigo y declarador de la verdad. Pasemos al capítulo tres de Juan, versículo treinta y vino. Dice Juan: «El que viene de arriba está por encima de todos; el que es de la tierra, es terrenal, y habla de cosas terrenales; el que viene del cielo, está sobre todos. Y lo que ha visto y oído, de eso testifica; y nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio, ése certifica que Dios es veraz.» Ahí encontramos a Juan, que fue el heraldo de nuestro Salvador, hablando de Cristo como dador de testimonio; hablando de él como aquel que vino al mundo con el especial propósito de testificar de la verdad. Sigamos más adelante, en este mismo libro, y encontraréis, en el capítulo 8 y versículo 18, que nuestro Salvador dice esto de sí mismo: «Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da también testimonio de mí.» Luego me remito de nuevo al capítulo 18 de Juan, y al versículo 37, donde Pilato dice a Jesucristo: «Luego, ¿eres tú rey?» Y Jesús responde: «Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad.» Ahí de nuevo encontramos a nuestro Salvador hablando de sí como testigo. Luego podría remitiros a algunas porciones de la Escritura en Isaías, donde él habla de sí mismo como testigo; pero me limitaré a las obras de nuestro amigo Juan; y pasaremos ahora al libro de Apocalipsis. Pasemos al capítulo primero y versículo cinco, y le encontramos diciendo: «Jesucristo, el testigo fiel.» El capítulo tres del mismo libro, versículo catorce: «Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: Esto dice el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios.» Ahora bien, creo que no deshonro a mi Señor al llamarle «testigo». Lo he puesto junto a ma gloriosa nube de testigos, y he dicho que es el último testigo; y creo que no he deshonrado su bendito nombre cuando veo que él se llama a sí mismo «testigo». Extendámonos un poco acerca de esto. Cristo es el rey mismo de los testigos; él es el mayor de todos los testigos, y superior a cada uno. No difiere de cualquier otro en las cosas de que testifica, porque todos ellos testifican de la misma verdad; pero hay algo en lo que este glorioso testigo es superior a todos los demás.

Primero dejadme observar que Cristo testifica directamente por sí mismo, y ésta es una cosa en la que es superior a todo el resto de los profetas -y a todos los otros santos hombres que testificaron de la verdad. ¿Qué dijo Isaías? ¿Y Elías? ¿O Jeremías? ¿O Daniel? Sólo dijeron cosas de segunda mano, dijeron lo que Dios les había revelado. Pero cuándo Cristo hablaba; siempre hablaba directamente desde él mismo. Todo el resto sólo hablaban lo que habían recibido de Dios. Ellos tenían que esperar hasta que un serafín halado trajera la brasa encendida; tenían que ceñirse el efod y el cinto primoroso con su Urim y Tumim; tenían que estar en pie escuchando hasta que la voz dijera: «Hijo del hombre, tengo un mensaje para ti.» Eran sólo instrumentos soplados por el aliento de Dios, y dando sones sólo a su placer; pero Cristo era una fuente de agua viva, abría su boca y la verdad se derramaba, y todo provenía directamente de él mismo. En esto, como testigo fiel, era superior a todos los demás. Él podía decir: «Lo que hemos visto, y oído, esto testificamos.» He estado dentro del velo; he entrado en el sanctum sanctormn; he ahondado en las profundidades, he remontado las alturas; no hay lugar en el que no haya estado, no hay verdad que no pueda llamar mía. No soy una voz para otro. Yo soy Él. A este respecto, era superior a todos.

En segundo lugar, Cristo era superior a todos los demás por el hecho de que su testimonio fue uniforme. Siempre era el mismo testimonio. No podemos decir eso de ningún otro. Mira a Noé; él fue un muy buen testigo de la verdad, excepto una vez, cuando se embriagó; en aquella ocasión fue un mísero testigo de la verdad. David fue testigo de la verdad, pero pecó contra Dios, e hizo matar a Urías. ¿Qué diremos de Elías, aquel hombre con ruda vestimenta? Él fue testigo de la verdad, pero no lo fue cuando estuvo en la cueva: «Y vino a él palabra de Jehová, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías?» Abraham fue otro testigo, pero no lo fue cuando dijo que su mujer era su hermana, y la negó. Lo mismo podría decirse dé Isaac; y si repasamos toda la lista de hombres santos, encontraréis alguna falta en ellos; y nos veremos obligados a decir que eran desde luego muy buenos testigos, pero su testimonio no es uniforme. Hay una marca de la llaga que el pecado ha dejado sobre todos ellos; había algo para mostrar que el hombre no es, después de todo, más que un vaso de barro. Pero el testimonio de Cristo fue uniforme. Nunca hubo una ocasión en que se contradijera; nunca hubo un caso en el que se pudiera decir: «Lo que dijiste lo estás contradiciendo ahora.» Vedlo en todas partes, sea en la fría
cumbre del monte a medianoche, en oración, o en medio de la ciudad; observadle caminando a través de los campos en día de sábado, o cuando, en el mar, ordenó que las aguas se aplacaran; fuera donde fuera, su testimonio era uniforme. Esto no se puede decir de nadie más. Los mejores hombres tienen sus faltas. Dicen que el sol tiene manchas, y así supongo que sucede con los hombres más gloriosos, sean quienes sean, los que resplandecerán para siempre en el firmamento, tendrán sus manchas mientras estén en la tierra. El testimonio de Cristo era como su propia túnica, tejida de arriba abajo; no había en ella costura alguna; las túnicas de los otros hombres tienen costuras, pero su testimonio fue uniforme.

Además, el testimonio de Cristo fue perfecto en el testimonio de toda verdad. Otros hombres sólo dieron testimonio a partes de la verdad, pero Cristo la manifestó toda. Otros hombres tenían los hilos de la verdad, pero Cristo tomó los hilos y los tejió en un tapiz, los transformó en un ropaje glorioso, se lo puso, y salió vestido con todas las verdades de Dios. Hubo más revelación de Dios por medio de Cristo que en las obras de la creación, o que en todos los profetas. Cristo fue testigo de todos los atributos de Dios, y no dejó ninguno de ellos sin mencionar. Me preguntáis si Cristo dio testimonio de la justicia de Dios; os lo diré: Sí. Vedle colgando allí, muriendo en el Calvario, con todos sus huesos dislocados. ¿Dio testimonio de la misericordia de Dios? Sí. ¿Veis aquellas pobres criaturas abatidas? -el cojo salta como una gacela, el pobre ciego contemplando el sol y regocijándose. ¿Dio testimonio del poder de Dios? Os digo que sí. Le veis en pie a la proa del barco, diciendo a los vientos: «¡Enmudece!», y sosteniéndolos en su puño. ¿No ha dado testimonio de todo lo que hay en Dios? Su testimonio fue perfecto; nada quedó fuera; todo estaba allí. No podríamos decir esto de nadie más. Creo que no podríais decir esto de ningún predicador moderno. Algunos dicen: Me gusta oír a Fulano de Tal, porque predica muy doctrinalmente; a otros les gusta que todo sea experiencia; a algunos les gusta todo práctico. Muy bien, no esperáis que Dios haya hecho a un hombre para decirlo todo. Desde luego que no. Una clase de hombres defiende una clase de verdades, y otra, otras. Doy gracias a Dios de que hayan tantas denominaciones. Si no hubiera hombres que difirieran un poco en sus credos, nunca tendríamos tanto evangelio como tenemos. A un hombre le encanta la doctrina elevada, y piensa que está obligado a defenderla cada domingo. Tanto mejor. Algunos no hablan de ella en absoluto, de modo que ayudan a suplir las deficiencias de otros. A algunos les gustan las exhortaciones ardientes; las dan cada domingo, y no pueden predicar un sermón sin ellas. Pero otros nunca las dan; de manera que la 'falta de uno es suplida* por él otro. Dios ha enviado a diferentes hombres para defender diferentes clases de verdades. Pero Cristo las defendió y predicó todas. Las tomó, las ligó en un manojo, y dijo: «Aquí están la mirra, las especias y los áloes juntos; aquí está toda la verdad»: El testimonio de Cristo fue perfecto.

Observemos, una vez más, antes que llegue a la confirmación de este testimonio, que el testimonio de Cristo fue definitivo. El suyo fue el último testimonio, la última revelación que será jamás dada al hombre. Después de Cristo no hay nada. Cristo viene el último: él es el estriberón que salva el arroyo del tiempo. Todos los que vienen tras él son sólo confirmadores del testimonio de Cristo. Nuestros Agustines, nuestros Ambrosios, nuestros Crisóstomos, o cualquiera de los poderosos predicadores de la antigüedad, nunca pretendieron decir nada nuevo. Sólo avivaron el evangelio -aquel mismo antiguo evangelio que Cristo solía predicar. Y Lutero y Calvino, y Zuinglio y Knox, vinieron sólo para confirmar la verdad. Cristo dijo «finis» al canon de la revelación, y quedó cerrado para siempre. Nadie le puede añadir una sola palabra, ni quitársela. A nosotros los Inconformistas se nos acusa a veces de inventar un nuevo evangelio. Negamos esta acusación. Decimos que nuestros Owen, Howe, Henry, Charnock, Bunyan, Baxter o Janeway, y toda aquella galaxia de estrellas, no pretendieron dar nada nuevo; sólo predicaron lo mismo una y otra vez, sólo avivaron las cosas que Cristo dijo, sólo profesaron ser confirmadores de los testigos, y no testigos. Y así ha sido con los grandes hombres que hemos perdido a lo largo del siglo pasado. Whitefield y sus compañeros evangelistas, y hombres que estuvieron en la misma postura que Gill, Booth, Rippon, Carey, Ryland, o algunos de los que acaban de tiernos arrebatados -ellos no pretendieron dar nada nuevo. Sólo dijeron: Hermanos, hemos venido a contaron la misma antigua historia; hemos recibido aquello que Dios ha dado; no somos testigos de cosas nuevas; sólo somos confirmadores del testigo, Cristo Jesús.

II Y ahora llegamos a la segunda parte de nuestro tema, que es: Cómo el testimonio de Casto ha de ser confrontado en vosotros. Aquí tenemos dos puntos: el testimonio de Cristo ha de ser confirmado en nosotros mismos, y ha de ser confirmado en otros.

1. En primer lugar, entonces, para cada cristiano el testimonio de Cristo tiene que ser confirmado en su propio corazón. Oh amados, ésta es la mejor confirmación de la verdad evangélica que cada cristiano lleva consigo. Me encanta la Antología de Butlet, es un libro muy poderoso. Me encanta Evidencias de Paley, pero nunca los necesito yo mismo, para mi propio uso. No necesito prueba alguna de que la Biblia es verdadera. ¿Por qué? Porque está confirmada en mí. Hay un testigo que mora en mí y que me hace desafiar toda incredulidad, de manera que puedo decir:

«Si todas las formas por hombres inventadas

Mi fe asaltaran con artes traicioneras,

Las llamaría vanidades y mentiras

Y ataría el evangelio a mi corazón.»

No me dedico a leer libros oponiéndose a las verdades de la Biblia. Nunca me ha gustado meterme en lodazales sólo para poderme lavar después. Cuando me piden que lea un libro herético, pienso en el buen John Newton. El doctor Taylor, de Norwich, le dijo: «Ha leído usted mi Clave a Romanos?» «Le he echado un vistazo», dijo Newton. «¿Y ése es el trato que le da a un libro que me ha costado tantos años de duro estudio? Usted debiera haberlo leído atentamente y ponderado de manera cuidadosa lo que expone acerca de una cuestión tan seria.» «Un momento», dijo Newton, «usted acaba de encomendarme una actividad plena para una vida tan larga como la de Matusalén. Mi vida es demasiado corta para dedicarla a leer contradicciones de mi religión. Si la primera página me dice que el autor está minando verdades, ya tengo suficiente. Si al primer bocado de un filete noto que está en mal estado, no quiero comérmelo todo para estar convencido de ello; lo aparto de mí.» Habiendo tenido la verdad confirmada en nosotros, podemos reírnos de todos los argumentos; estamos revestidos de una cota de malla cuando tenemos un testigo de la verdad de Dios dentro de nosotros. Todos los hombres de este mundo no nos pueden llevar a alterar una sola jota de lo que Dios ha escrito dentro de nosotros. Ah, hermanos y hermanas, necesitamos que la verdad de Dios sea confirmada dentro de nosotros. Dejadme que os diga algunas cosas que harán esto. Primero, el mismo hecho de nuestra conversión tiende a confirmarnos en la verdad. ¡Oh!, dirá el cristiano, no me digas que no hay poder en la religión, porque yo lo he experimentado. Yo era irreflexivo como los demás; escarnecía la religión y a aquellos que la seguían; mi lenguaje era: Comamos y bebamos, disfrutemos de la vida, pero ahora, por medio de Cristo Jesús, encuentro en la Biblia un panal de miel, que apenas si ha de ser apretado para que se derrame su dulzura; es tan dulce y preciosa para mi gusto que me gustaría sentarme y deleitarme con mi Biblia para siempre. ¿Qué ha llevado a este cambio? Así es cómo razona el cristiano. Dice: Ha de haber poder en la gracia, pues si no, nunca habría sido tan cambiado como lo he sido; debe haber verdad en la religión cristiana, pues si no este cambio nunca me habría sobrevenido. Algunos hombres han ridiculizado la religión y a sus seguidores, y sin embargo la gracia divina ha sido tan poderosa que aquellos mismos escarnecedores han sido convertidos y han sentido el nuevo nacimiento. A tales hombres no se les puede argumentar en contra de la verdad de la religión. Podéis quedaros con ellos y hablarles desde la temprana madrugada hasta la puesta del sol, pero nunca podréis llevarlos a creer que no hay verdad en la palabra de Dios. Tienen la verdad confirmada en ellos.

Luego hay otra cosa que confirma al cristiano en la verdad, y esto es cuando Dios contesta a sus oraciones. Creo que ésta es una de las más poderosas confirmaciones de la verdad, cuando descubrimos que Dios nos oye. Ahora os hablo, en esta cuestión, de cosas que he probado y manejado. El impío no lo creerá; dirá: Ah, ve y díselo a los que no lo saben. Yo os digo que he comprobado el poder de la oración cien veces, porque he ido a Dios, y le he pedido misericordias, y las he obtenido. Ah, dicen algunos, sólo es el curso común de la providencia. «¡El curso común de la providencia!» Es un bendito curso de la providencia; si estuvierais en mi posición no habríais dicho tal cosa; lo he visto como si Dios hubiera rasgado los cielos y sacado la mano y dicho: «Ahí, hijo mío, está la gracia.» Ha salido fuera de su camino de manera tan clara que no podría llamarlo el curso común de la providencia. A veces me he sentido deprimido y abatido, e incluso descorazonado en cuanto a salir a ponerme delante de esta multitud, y he dicho: ¿Qué haré? Podría haberme ido volando a cualquier lugar antes que estar más aquí. He pedido a Dios que me bendijera, y que me diera palabras que decir, y luego me he sentido lleno hasta rebosar, de manera que me he podido presentar ante esta congregación o cualquier otra. ¿Es éste el curso común de la providencia? Es una providencia especial, una respuesta especial a la oración. Y aquí hay algunos que pueden repasar las páginas de su diario, y ver allí la mano de Dios interponiéndose claramente; podemos decirle al incrédulo: ¡Lárgate! La verdad es confirmada en nosotros, y confirmada de tal manera que nada puede apartarnos de ella.

Vosotros habéis tenido la verdad confirmada en vosotros, mis queridos amigos, cuando habéis encontrado gran apoyo en tiempos de aflicción y tribulación. Algunos de vosotros habéis pasado por problemas, porque nunca podemos esperar una congregación que esté exenta de ellos. Algunos de vosotros habéis sido puestos a prueba y habéis sido llevados a un gran abatimiento; ¿y no podéis decir con David: «Fui abatido, y el Señor me ayudó»? ¿No podéis recordar lo bien que resististeis la última aflicción? Cuando perdiste aquel hijo, pensabas que no podrías soportarlo como lo soportaste. Pero dijiste: «El Señor dio, el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor.» Muchos de vosotros tenéis seres amados bajo tierra; vuestra madre, padre, marido 0 mujer. Pensaste que tu corazón se iba a partir cuando perdiste a tus padres; pero ¿no es cierta la promesa, que cuando tu padre ,y tu madre te dejaren, entonces el Señor te tomará? El te dijo, mujer, que sería padre para tus hijos, ¿y no ha sido así? ¿No puedes decir: No ha faltado nada de todo lo que el Señor ha prometido? Ésta es la mejor confirmación de la verdad de Dios. A veces me vienen personas al vestíbulo, y quieren que les confinase la verdad fuera de ellas. No puedo hacerlo; quiero que tengan la verdad confirmada en ellos. Ellos dicen: ¿Cómo sabemos que la Biblia es verdad? Oh, les digo, yo nunca tengo que hacer ahora una pregunta así, porque ha sido confirmada en mí. El Obispo me la ha confirmado -me refiero al «Obispo de nuestras almas»; porque nunca fui yo confirmado por nadie más, y me confirmó de tal manera en la verdad que nadie me puede confirmar fuera de ella. Yo digo: Prueba la religión por ti mismo, y verás su poder. Te quedas fuera de la casa, y quieres que te demuestre lo que está dentro de la casa; entra tú mismo; gusta y ve que el Señor es bueno: Oh, confiar en él es una cosa bienaventurada. Ésta es la mejor manera de confirmar la verdad.

2. El segundo pensamiento fue que no sólo es cosa nuestra tener la verdad confirmada en nuestras almas, sino vivir de tal manera que pudiéramos ser el medio para confirmar la verdad en otros. ¿Sabéis cuál es la Biblia que leen el hombre malvado y el mundano? No lee esta Biblia en absoluto. Lee al cristiano. «Mira», dice él, «aquel hombre va a la iglesia, y es un miembro; examinaré cómo vive, le leeré de arriba abajo»; y lo examina y lee su conducta. «Si es malo», dice él, «la religión es una farsa»; pero si es un hombre que vive de manera consecuente, dice: «Hay algo en la religión, después de todo.» Los malvados no leen la Biblia; leen a los cristianos; leen a los profesantes y a los miembros. Los vigilan, para ver cómo viven, con mirada atenta. Los cristianos tienen a Argos contemplándolos con cien ojos. El mundo malvado contempla cada falta con una lente de aumento, y convierte la menor mota en un monte; y si tenemos una mota en nuestro ojo, la convertirán en viga, y dirán en el acto que la persona es un hipócrita. Es el deber de todo hijo de Dios vivir de tal manera que pueda confirmar el testimonio de Cristo. Deberíamos esforzarnos para hacerlo en todas las cosas comunes de la vida diaria: «Sea que comáis, o bebáis, o cualquier cosa que hagáis, hacedlo todo para la gloria de Dios.» Algunas personas piensan que la religión reside en grandes cosas. No es así, sino que toca a las pequeñas. Aquel hombre que murió anoche y fue al cielo; si le preguntáis cómo fue su vida el día que murió -por qué comió, bebió, no hubo nada en particular acerca del día. Tomemos cualquier día de nuestras vidas. Comemos, bebemos, nos levantamos por la mañana, vamos a dormir por la noche; no hay nada muy en particular acerca de cada día. Nuestra vida está constituida por pequeñeces, y si no tenemos cuidado de las pequeñeces, no tendremos cuidado de las grandezas. Si no nos cuidamos de las cosas pequeñas, las grandes tendrán que ir mal. ¡Ah, ten gracia para vivir de tal manera que el mundo no pueda hallar falta en ti; y si ven en lo pequeño una exactitud y casi precisión (y demasiada precisión será mejor que la dejadez de la moralidad de algunos profesantes), entonces dirán: Algo hay en la religión; la vida de este hombre la ha confirmado en mi mente, porque vive conforme a ella.

Luego, otra vez, si puedes soportar los escarnios de los malvados sin devolverlos, ésta será una manera de confirmar la religión. Oh, cuando he entrado en controversia con algunos, y mi temperamento me ha traicionado, me habría mordido los dedos por ello. Si puedes controlar tu temperamento cuando la gente se ría de ti, y si, cuando te insultan, no lo devuelves, confirmarás la verdad. Dirán: Hay algo en este hombre, si no, no controlaría su temperamento. Habéis leído acerca de James Haldane. En una ocasión, cuando era inconverso, lanzó una pesada pieza de un ancla a la cabeza de un hombre que le había ofendido; pero cuando ya era regenerado, en otra ocasión en que fue insultado, simplemente dijo: «Me resentiría, pero he aprendido a perdonar ofensas y a pasar los insultos por alto.» La gente se vio obligada a decir de él: «Algo hay en la religión que pueda transformar a un león como éste, y hacer de él un cordero.» Así confirmarás el testimonio de Cristo, si soportas la persecución. Si puedes soportar las burlas y los escarnios de los malvados con paciencia, confirmarás la verdad.

Ahora, amigos míos, concluyamos. La última confirmación que tú y yo podremos jamás dar al testimonio de Cristo vendrá muy pronto. Hay una hora en la que no podremos ya confirmar más la verdad; porque hemos de morir, y ésta es la mejor confirmación de los principios del hombre --cuando muere bien. Una de las confirmaciones más nobles de la religión cristiana es el hecho de que un hombre muera una muerte

 pacífica, feliz y triunfante. Ah, si cuando te llegue el momento de venir puedes decir: «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?», y si puedes asir en tu mano a la tirana Muerte, y lanzarla al suelo, y triunfas en aquel que dijo: «¡Oh muerte, yo seré tu muerte; oh Seol, yo seré tu destrucción!» Si puedes morir sin temor, ni lamentación ni remordimiento, sabiendo que estás perdonado -si puedes morir con el cántico de victoria en tus labios, y con la sonrisa de gozo sobre tu rostro, entonces confirmarás el testimonio de Cristo.

Una vez más, dejadme, como conclusión, que os apremie a vosotros como seguidores de Cristo Jesús, como aquellos a quienes él ha amado con amor eterno; como herederos de inmortalidad, como aquellos que han sido rescatados del hoyo de la destrucción, como profesantes de la religión, como miembros de una iglesia cristiana, dejad que os ruegue que vuestro primer y último objetivo sea confirmar el testimonio de Cristo. Allí donde estéis, sea lo que sea que estéis haciendo, decid dentro de vosotros: Tengo que vivir y morir de tal manera que pueda confirmar el testimonio de Cristo. Tengo que andar de tal manera entre mis amigos y vecinos, que vean que hay una verdad y un poder en la religión. Y dejad que os advierta que no emprendáis esto en vuestra propia fuerza; necesitaréis un poder de lo alto, del Espíritu Santo. Recibid un suministro renovado de gracia procedente del trono. Necesitaréis poder nuevo desde el trono de la gracia celestial. Es un buen plan el que adoptan algunas personas. Se van a casa, y cuando llegan allí tienen unos cuantos minutos de oración con Dios. Es una bendita manera de remachar el clavo, y de hacer que un sermón tenga efecto. Ah, si puedes ir a tu casa y decir: ¡Hago solemne voto, pero no lo hago con mis propias fuerzas; sin embargo, hago solemne voto por tu gracia, que desde ahora en adelante será mi objetivo vivir más como confirmador de la verdad! Antes no conocía mi excelsa posición, pero ahora lo sé, que soy confirmador de la verdad. Señor, ayúdame a vivir de tal manera que nunca haya techa en mi conducta, que nunca una palabra vil proceda de mi boca. Hazme vivir de tal manera que pueda confirmar la verdad. ¡Señor, ayúdame a confirmar el testimonio de Cristo! ¡Ve y registra este voto, v esta resolución, y busca la gracia de Dios para que no dejes. que se trate de un voto in
cumplido, sino que puedas ser capaz de vivir para la gloria de Dios, y para la honra de su bendito nombre!

 

CRISTO - LA ROCA

"Por Charles Spurgeon


«Y la roca era Cristo» (Lucas 9:42).
Es un hecho que tenemos registrado en las Sagradas Escrituras que hubo dos rocas, y que las dos dieron agua en el desierto para suplir las necesidades de las Multitudes que pasaban por el desierto. Algunos han supuesto que el apóstol Pablo dijo que sólo había una roca, mientras que si leemos cuidadosamente lo que dice, veremos que meramente observa que «y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo».

Fuese donde fuese que estuviese aquella roca de la que bebían las tribus de Israel, todos bebieron de la misma; no hubo dos rocas a la vez; todos ellos bebieron de la misma roca que los seguía, fuese cual fuese de las dos rocas; y aquella roca, refiriéndose a cualquiera de las dos, era Cristo. Tanto si consideramos la primera roca de Horeb, o la segunda de Cades, ambas eran tipo de Jesucristo. Algunos pueden deducir que si hubo dos rocas, puede que haya dos Cristos. En absoluto, amigos.

Cada Día de la Expiación había un nuevo chivo expiatorio, pero esto no implica que deba haber un nuevo Cristo cada año. Se debía ofrecer un cordero cada mañana y otro cada tarde, pero ¿quién inferiría de eso que debía haber tantos Cristos como corderos? Podemos decir, tanto de la roca de Refidim como de la roca de Cades, «y la roca era Cristo». Comprended esto, habla dos roces, pero no dos rocas a la vez; y por ello, todos bebieron la misma bebida espiritual que manaba de la misma roca espiritual, «y la roca era Cristo».

Nuestro objeto será mostraron que las dos rocas eran tipos destacados de nuestro bendito Señor Jesucristo, que, siendo golpeado, da agua para el refrigerio de su pueblo, y que los sigue por todo el desierto con sus refrescantes corrientes. Permitid que os pida que vayamos al primer pasaje, que trataremos de explicar, en el capítulo 17 de Éxodo. No me detendré W por un momento a señalar las varias perspectivas de Jesucristo en las que él pudiese ser considerado como una roca, como siendo inmutable, permaneciendo constantemente en la misma posición, como refugio frente al turbión y a la tempestad, o como el lugar donde todos los que le aman tienen refugio de las tempestades de la justicia vindicadora. Éstos no son los temas a los que invito ahora a que prestéis vuestra atención. El tema que tocamos no es Cristo como una roca, sino Cristo como una roca en el desierto, de la que mana el agua.

Permitid que os pida una atenta lectura del siguiente pasaje de las Escrituras:

«Toda la congregación de los hijos de Israel partió del desierto de Sin por sus jornadas, conforme al mandamiento de Jehová, y acamparon en Refidim; y no había agua para que el pueblo bebiese. Y altercó el pueblo con Moisés, y dijeron: Danos agua para beber. Y Moisés dijo: ¿Por qué altercáis conmigo? ¿Por qué tentáis a Jehová? Así que el pueblo tuvo sed, y murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matamos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? Entonces clamó Moisés a Jehová, diciendo: ¿Qué haré con este pueblo? De aquí a un poco me apedrearán. Y Jehová dijo a Moisés: Pasa delante del pueblo, y toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también en tu mano tu vara con que golpeaste el río, y ve. He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo. Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel. El llamó el nombre de aquel lugar Masah y Meriba, por la rencilla de los hijos de Israel, v porque tentaron a Jehová, diciendo: ¿Está, pues, Jehová entre nosotros, o no?» Éxodo 17:7-7.

LA PRIMERA ROCA ERA CRISTO EN SU PERSONA

En primer lugar observamos que la roca de Refidim, u Horeb, era un notable tipo de Cristo POR EL HECHO DE SU NOMBRE. Se llama Horeb; y al consultar el diccionario de nombres encontraréis que la palabra «Horeb» significa «sequedad»; también se llama Refidim, que significa «lechos de reposo». Ahora bien, es de destacar que estos dos nombres deban pertenecer a una roca; pero ambos títulos pueden bien aplicarse a nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Primero, él era la Roca de Horeb: o sea, él era una roca en tierra seca y yerma. Isaías profetizó de él que sería «raíz de tierra seca», y así lo fue. Provino de una familia que, aunque había sido regia, estaba casi extinguida. Su padre y su madre eran del común del pueblo, de la clase menestral. Las glorias de la línea regia de David habían quedado olvidadas entre el pueblo; sin embargo, de ella provino Jesucristo, el hombre «escogido de entre el pueblo», para que fuese exaltado como gobernante sobre el Israel escogido de Dios. Isaías dijo: «No hay apariencia en él, ni hermosura como para que le miremos, ni atractivo como para que nos deleitemos en él.» Si alguien hubiese contemplado las empinadas y agrestes laderas de Horeb, cubiertas de espinos y zarzales, nunca hubiese soñado que escondido en una roca tan dura hubiese un manantial de agua suficiente para suplir las necesidades de la multitud. Hubiera levantado las enanos atónito, y exclamado: «¿Será posible? Se puede cavar buscando agua en la yerma arena, pero no puedo suponer que ni el mismo Dios pueda sacar agua de esa roca diamantina.» De esta manera los judíos, mirando a Jesús, dijeron: «¿Puede ser él el Salvador tan largamente predicho para introducir la era de oro? ¿Puede él ser el Mesías? ¿Él, el hijo del carpintero? ¿Puede ése ser el que viene a redimirnos de nuestros opresores, y a fundar un reino que nunca verá fin? ¿Es éste el Jesús que debe descender como lluvia sobre la hierba segada, y como chubasco para regar la tierra?» No podían prever salvación de parte de él. Parecía una roca yerma, y no podían admitir que él llegase a ser el Salvador de una nación poderosa; que él fuese uno de cuyo costado traspasado saliesen corrientes sanadoras de sangre y agua para lavar y purificar a sus hijos.

Observemos también el otro nombre: Rehdin, o lechos de reposo. ¿No se aplica este dulce título al Señor? Aunque él sea ciertamente como Horeb para sus enemigos, ¿no es sin embargo un verdadero Refidim para sus amigos? Él mismo nos dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os daré reposo.» Y él nos da reposo. Poco podríamos esperar reposar sobre una roca, pero no hay reposo en ninguna otra parte. Podríamos reposar sobre el suave plumón de la tierra, pero encontraremos que será duro para nuestras cabezas en el día del juicio. Podemos amontonarnos mansiones señoriales de nuestras propias obras, y esperar hallar reposo en ellas; pero no hay otro reposo excepto el que queda para el pueblo de Dios. Jesús es nuestro único reposo: el único que necesitamos, y el único posible. Mis queridos amigos, ¿consideráis a Cristo como Horeb, o sea, desolación y sequedad? ¿O podéis contemplarle como vuestro Refidim, vuestro reposo? ¿Podéis decir: «Señor, tú has sido por refugio de generación en generación»? ¿Puedes tú, como Juan, reclinar tu cabeza junto al seno del Señor Jesús? ¿Puedes tú decir que has creído y que has entrado en el reposo? Si es así, entonces eres un verdadero hijo de Dios, y puedes regocijarte de que aquel que no tenía apariencia ni hermosura es hermoso para ti; y que aquel que parecía ser todo menos lo que esperaban los hombres, es para ti toda tu salvación y todo tu deseo.

Puede que sea fantasioso apoyarse en estos nombres, pero prefiero descubrir demasiado en la palabra de Dios que demasiado poco. Los nombres me parecen extremadamente significativos, y, por ello, los he mencionado ambos como aplicables a Jesucristo.

Observemos, a continuación, que esta roca, lo mismo que nuestro Salvador, NO DIO AGUA HASTA QUE FUE GOLPEADA. Nuestro Señor Jesús no fue Salvador hasta que fue golpeado, porque no podía salvar a los hombres excepto por Su muerte. Es cierto que los patriarcas ascendieron al cielo antes que muriese nuestro Salvador, pero ello fue por la previsión de su muerte. Si cualquiera de nosotros quiere tener el privilegio de contemplar la ciudad del Altísimo en gloria, sólo Podremos entrar en ella por sus agonías. No puedo tener confianza para mi salvación en el simple hombre Cristo Jesús, o ni siquiera en Dios sobre todas las cosas, bendito para siempre. No es Cristo, que es mi salvación, a no ser que añada su cruz; es Cristo en el Calvario quien redime mi alma. Si él se hubiese quedado aún en el cielo, sentado en Su sublime trono, nunca podría haber sido el redentor de la raza humana. Con todo el poderoso amor de su corazón, no habría podido redimir: sólo siendo «azotado de Dios y afligido». Él fue nuestro Salvador antes que el mundo existiese, así considerado en el pacto eterno; pero así fue porque era contemplado como el Salvador azotado, inmolado antes de la fundación del mundo. No hay esperanza para ti, amigo mío, fuera del golpeado Jesús. Puedes inclinarte a adorar su cabeza exaltada, pero esta cabeza exaltada no puede salvarte aparte de su frente coronada de espinas. Puedes acudir al Cristo que sostiene el cetro, pero, recuerda, Cristo con el cetro no podría ser tu Salvador a no ser que hubiese sido primero Cristo enclavado. Puedes allegarte a Cristo, cuyo ropaje son nubes de gloria, pero recuerda, Aquel que está revestido de esplendor no hubiese podido ser tu Redentor si primero no hubiese estado vestido de la escarlata del escarnio, y sacado fuera con aquel infame Ecce Homo, «He aquí el hombre». Es Cristo el sufriente quien nos redime. La roca no da agua hasta que es golpeada, y por ello el Salvador no da salvación hasta que es inmolado. Aprende entonces, creyente, en todas tus contemplaciones del Salvador, a considerarle como el Golpeado, porque es así, menospreciado y afligido, con las cicatrices de la venganza sobre él, que llega a ser tu Redentor, y el dador de salvación hasta lo último de la tierra.

Observemos también que esta roca debe ser golpeada de una manera peculiar: ha de ser GOLPEADA CON LA VARA DEL LEGISLADOR, o no saldrá agua. Así nuestro Salvador Jesucristo fue golpeado con la espada del legislador en la tierra, y con la vara de su gran Padre, el legislador en el cielo. Nadie sino Moisés podía golpear la roca, porque él era rey en Jesurún, y como Dios en medio del pueblo. Así es con nuestro Salvador. Es cierto que el Romano le clavó en el árbol. Es cierto que el judío lo arrastró a la muerte; pero es igualmente cierto que el Padre lo hizo todo. Es una gran realidad que el hombre mató al Salvador, pero es una gran realidad que fue su Padre quien le dio muerte. ¿Quién fue el que dijo: «Despierta, oh espada, contra mi pastor, y contra el hombre compañero mío»? Esto nos lo contesta el profeta cuando añade, «dice Jehová de los ejércitos». Fue Dios quien entregó a su Hijo por todos nosotros, y quien también ahora con él nos dará libremente todas las cosas. Cristo no hubiese sido Redentor si su Padre no le hubiese golpeado. No habría habido sacrificio aceptable, aunque el Judío lo hubiese arrastrado a la muerte, o si el Romano hubiese traspasado su costado, a no ser que el azote del Padre hubiese caído sobre sus hombros, a no ser que la espada del Padre hubiese traspasado su bendito corazón. Fue la espada del legislador la que golpeó a Jesucristo, e hizo de él nuestro aceptable sacrificio. Creyente, contempla este magno hecho; te ayudará a adorar a Dios Padre e Hijo de la manera más solemne. Recuerda, fue el Padre quien golpeó al Salvador. Recuerda, fue el Hijo quien sobrellevó el azote del Padre. No fue el cruel flagelo; no fue la corona de espinas; no fueron sólo los clavos los que hicieron de Cristo el Salvador: fue el clamor, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» No fue Herodes, ni fue Pilato, los que le dieron muerte como a nuestro Salvador; ellos le dieron muerte como a un malhechor; pero fue Dios quien lo entregó para morir por nosotros. Su Padre dijo: «Tomadle, que muera.» Fue del cielo que vino la orden de ejecución. Fue de parte de Dios que cayó el golpe. Y si no hubiese sido de parte del Padre, todos hubiésemos sido condenados, aunque hubiese muerto un Salvador. Era necesario que fuese la vara del legislador la que golpease a esa Roca de la Eternidad, para hacer manar de ella abundantes corrientes de agua, trayendo perdón y paz a almas moribundas.

Luego observemos que cuando la roca fue golpeada, LO FUE EN PUBLICO. Leemos en el versículo 5: «Pasa delante del pueblo, y toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también en tu mano tu vara.» No fue hecho en secreto, en un rincón oscuro de la tierra, sino que se hizo delante de los ancianos. Igualmente nuestro Salvador, cuando fue muerto, no fue ejecutado en privado, sino que fue llevado a la cima del monte Gólgota, y allí, en medio de la multitud que se había reunido, entre escarnios y burlas, menosprecio y oprobio, murió. Los ancianos del pueblo estaban allí; el hombre rico estaba allí, en su orgullo y pompa, mirando al falleciente Salvador, y escarneciéndole por su humilde origen. Los pobres estaban allí, gritando con voces malvadas: «Crucifícale, crucifícale», señalándole con el dedo, y meneando las cabezas contra el poderoso Príncipe que entonces expiraba. El sabio estaba también allí, el hombre del Sanedrín, el representante de la filosofía y sabiduría de la tierra, el cual decía: «Si él es el Cristo, descienda ahora de la cruz.» El iletrado estaba también allí; también él se reía del Salvador escarneciéndole, y le sacaba la lengua en ignorante y zafio gesto. El justo estaba también allí, justo en su propia consideración, con la filacteria entre sus ojos; con la ancha franja de su manto. El mayor de los pecadores estaba también allí, porque allí colgaba el salteador, expirando en un madero. Todo tipo de personas contemplaron al golpeado Señor. Los judíos estaban congregados multitudinariamente; también los romanos, tomando parte destacada como representantes de la raza gentil. De hecho, siendo que era el tiempo de la Pascua, estaban reunidos griegos, partos y medos, elamitas y los moradores de Mesopotamia. Gentes de todas las naciones, de pie como representantes de toda la tierra, vieron morir al Salvador, mientras los ancianos estaban allí como representantes de todas las tribus de Israel.

Hay otra cosa que no podemos pasar por alto. Esta roca, golpeada, y que por ello representaba la humanidad de nuestro Salvador ofrecido por nuestros pecados, tenía también DIVINIDAD ENCIMA DE ELLA; porque observaréis lo que dice en el versículo 6: «He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña de Horeb.» Aunque era una roca seca, y representaba con ello la condición de humillación de Cristo; aunque era una roca golpeada, y por ello representaba su humanidad sufriente; sin embargo, sobre aquella roca resplandecía la luz brillante de la Shekiná. Dios, con las alas extendidas de los querubines, estuvo sobre la roca, y el pueblo le vio; hubo una manifestación de su deidad sobre la roca de Horeb. Y lo mismo en el Calvario. Aunque fue Cristo quien murió, verdadero hombre, había sin embargo lo suficiente de la deidad en la roca golpeada del Calvario para mostrar que Dios estaba allí. Hubo la negra noche del mediodía; hubo el cubrimiento del sol en nubes de negrura; hubo el hendimiento de las peñas, el desgarramiento en dos del velo del templo, el despertar de los muertos, el terror de las multitudes. Dios estaba ahí: estaba la deidad además de la humanidad. «He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña Horeb.» Creo que Dios se reveló así para mostrar que Cristo la Roca era divino además de humano. ¡Ah, qué dulce es contemplar la compleja persona de nuestro querido Redentor!; contemplarle como verdadero hombre padeciendo por nosotros, y sin embargo verle como verdadero Dios, sentado sin padecer en el cielo más sublime. Recuerdo lo que dice Harrington Evans de manera tan entrañable, que cometemos un gran error cuando deificamos la humanidad de Cristo, y que cometemos un error semejante cuando bajamos la deidad de Cristo al nivel de su humanidad. Debemos recordar que la naturaleza humana de Cristo era tan humana como la nuestra; que sufrió, fue tentada y probada, como la nuestra. No debemos suponer que la divinidad de Cristo ha restado en absoluto en el menor grado su humanidad; pero, al contemplarle como hombre peregrino, lleno de dolores, y experimentado en quebranto, no debemos olvidar que era Dios de Dios al mismo que era verdadero hombre. Aunque su humanidad se veía con la mayor evidencia, sufriendo por el pecado del hombre, había también suficiente resplandor en la nube para dejar que los hombres viesen que Dios estaba allí. Y, aunque la muerte se asió del hombre, sin embargo Dios se mostró el más poderoso de todos, venciendo por nosotros. Dios estuvo en aquella primera roca para mostrarnos que Cristo era divino, además de humano.

Apenas si me será necesario indicar la otra razón por la que esta roca es como Jesús, esto es, que CUANDO FUE GOLPEADA BROTÓ EL AGUA de una manera abundante, suficiente para todos los hijos de Israel, y fue siguiéndoles a lo largo de sus jornadas, hasta que le plugo a Dios pararla, para abrir otra fuente, para damos otra exhibición de Cristo en otra forma.

Cristo golpeado, amados míos, mana agua para todas las almas sedientas, dando suficiente para cada hijo de Israel. De Cristo golpeado mana una corriente que no es que fluya hoy, o mañana, sino para siempre; y así como esta corriente sirvió para los israelitas allí donde fuesen, así Jesucristo, en virtud de su expiación y su gracia, sigue a sus hijos allí donde peregrinan. Si son llevados al desierto de Sin, o a las regiones de Cades, Cristo les seguirá; la eficacia de su sangre, la luz de su gracia, el poder de su evangelio, les acompañará en todas sus decenas de millares de peregrinaciones, por muy difíciles que sean sus caminos por los que les lleve el pilar de nube. ¡Oh, bendito Jesús!, tú eres ciertamente un dulce antitipo de la roca. Una vez mi sedienta alma clamaba por alguna cosa para satisfacer sus necesidades; estaba hambriento y sediento de justicia; miré a los cielos, pero eran como de bronce, porque un Dios airado parecía mirarme ceñudo el ceño; miré a la tierra, pero era árida arena, y mis buenas obras me habían fallado. No tenía justicia propia; todos mis pozos estaban cegados, y cuando los legisladores cavaron el pozo con su varas y cantaron, «Sube pozo», no salía agua, con todo. Pero bien recordaré cuando mi alma desmayaba dentro de mí, y Dios dijo: «Ven aquí, pecador, te mostraré dónde puedes beber», y me mostró a Cristo en su cruz, con su costado traspasado y sus manos clavadas. Pensé que oía el grito al expirar en la muerte: «Consumado es.» Y cuando lo oí, ¡mira!, vi una corriente de agua, en la que apagué mi ardiente sed. Y aquí estoy.

«Un monumento de la gracia, Pecador por la sangre salvado; Las corrientes de amor remonto. Hasta aquella fuente: Dios; Y en su poderoso pecho veo pensamientos de eterno amor para mí.»

Pero esto sé: si nunca hubiese visto la fuente abierta, nunca habría vivido; si no hubiese contemplado aquella poderosa corriente manando allí, nunca habría apagado mi sed. Y ahora aquella agua siempre atrae mi alma, y cuando quiero calmar mi renovada sed, de nuevo me precipito a aquella fuente, como el ciervo sediento. A1 Dios encarnado huyo: aquí puedo apagar mi ardiente sed y nunca morir. ¡Oh pecadores!, ¿queréis el agua de vida? Cristo os la da. ¡Oh maravilla de maravillas!, aquel que dijo: «tengo sed», dice también: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.» Aquel que no tuvo ni una gota de agua para humedecer sus labios, dijo sin embargo: «El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.» Un. 7:38). Venid a Cristo, almas sedientas; venid a Jesús, los sedientos, porque escrito está: «A todos los sedientos: Venid a las aguas; y a los que no tienen dinero: Venid, comprad y comed. Sí, venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.»

Veis entonces, amados, que esta roca es un tipo de Cristo personalmente, es un tipo de él como muriendo, azotado por nuestros pecados. He sido breve acerca de estos puntos en particular, porque quiero mostraron cómo estas dos rocas eran tipo de Cristo, y puede que sea cosa algo instructiva que lo haga así.

II
Ahora debo pediros que prestéis atención a otra escena en Números 20:1-13. «Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades; y allí murió María, y allí fue sepultada. Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón. Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová! ¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias? ¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traemos a este mal lugar? No es lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua para beber. Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros; y la gloria de Jehová apareció sobre ellos. Y habló Jehová a Moisés, diciendo: toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, v hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, v les sacarás aguas de la pella, v darás de beber a la congregación v a sus bestias. Y Jehová dijo a Moisés v a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les fue dado. Estas son las aguas de la rencilla, por las cuales contendieron los hijos de Israel con Jehová, y con las que él manifestó su santidad.»

De esta segunda roca se puede decir: «Y aquella roca era Cristo.» Ahora bien, creo que la primera roca era Cristo personal; creo que

LA SEGUNDA ROCA ERA EL CRISTO MÍSTICO

Sabéis lo que quiero decir por el Cristo místico. Ya sois sabedores que en la Escritura la palabra «Cristo» denota a menudo la iglesia de Cristo, todo el cuerpo del pueblo de Cristo, a Cristo la cabeza, y a todos los miembros. La primera roca era el mismo Cristo, el Hombre-Dios, azotado por nosotros; la segunda roca es Cristo la iglesia, Cristo la cabeza y todos los miembros juntos; y de la iglesia, y sólo de la iglesia, ha de manar siempre todo lo que necesita el mundo. Nunca se darán ningunas bendiciones al mundo excepto por el cuerpo místico de Jesucristo. Así como el perdón y la paz solas manan a través de la persona del Cristo crucificado y golpeado, del mismo modo las bendiciones dadas a este mundo sólo pueden fluir a través de Cristo la gran cabeza y de su cuerpo, la iglesia. Ahora voy a mostraros los paralelos aquí.

Primero, observaréis EL LUGAR donde estaba situada esta roca. Se mencionan dos nombres al inicio del capítulo, justo al principio. «Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades.» A ésta se le llamó la roca de Cades. Cades significa santidad, y es ahí donde mora místicamente Cristo. Místicamente, Cristo puede ser siempre conocido por su santidad. Podemos distinguir la iglesia de Cristo por el hecho de estar separada del mundo. Mora en Cades. Parece que esto estaba en el desierto de Sin, o Zin, que significa «adarga», y «frialdad». Es cosa cierta que la iglesia de Dios se mantiene en una doble posición. Se mantiene en frialdad e indiferencia con respecto al mundo, y se mantiene también segura, como en una adarga, con respecto a su bendito Dios. Observad el nombre, porque es significativo; la segunda roca no era Horeb, sequedad, como lo era Cristo personalmente, sino santidad, Cades, como es Cristo ahora en su iglesia. Porque la iglesia es una iglesia santa, justificada por medio de la justicia de su bendito Señor; una iglesia santa, santificada por la influencia del Espíritu Santo, y liberada del pecado. Podéis conocer a la iglesia de Dios, aunque mora en las tiendas de Cedar y habita entre pecadores, porque es siempre distinta, y levanta su tienda en Cades, siendo santa, santificada para el Señor.

Ahora, amados, habiendo sólo dado unas indicaciones acerca del nombre, quiero mostraros el paralelo aquí. Podéis observar la manera en que el agua debía ser sacada de la segunda roca. No debía serlo GOLPEANDO, sino HABLANDO: Ésta era la voluntad revelada de Dios. Quería que esta roca bendijese al pueblo no volviendo a ser golpeada, sino hablándosele. Así, amados, es la voluntad revelada de Dios que Cristo bendiga místicamente al mundo por la palabra. La iglesia de Cristo envía corrientes de agua viviente cada día hablando. Es por la locura de la predicación que Dios salva a los que creen. Hace de la iglesia una corriente, derramando crecidas de vida y de verdor sobre todas las tierras estériles de este mundo, que si no hubiesen sido entregados, como los desiertos del Sahara, a la sequedad. Él hace de la iglesia, o quiere hacerla, una bendición por la palabra. ¿Cómo puedo bendecir el mundo? Hablando, y sólo hablando. ¿Cómo puede cada cristiano bendecir el mundo, y la iglesia en general llegar a ser bendición para el Universo? Sólo hablando. Dios ha ordenado el sencillo medio de testimoniar del evangelio de la gracia de Dios para hacer que las crecidas vivientes de la gracia divina se derramen sobre el mundo. Si alguien quiere vida de Cristo, debe conseguirla oyendo la palabra de Dios. Y si alguno de nosotros desea conferir una bendición a sus semejantes, debe hacerlo hablándoles la bendita palabra de Jesucristo.

Pero ahora observad que así como era la voluntad revelada de Dios que Cristo bendijera místicamente al mundo hablando, sin embargo, por el pecado de Moisés, LA ROCA NO DIO AGUA POR HABLARLE, SINO POR GOLPEARLA. La roca fue golpeada dos veces. Ahora bien, tenemos. aquí un paralelismo significativo. La iglesia de Cristo fue dada por Dios en su voluntad revelada para que bendijese al mundo sólo hablando. Pero los malvados de este mundo han vuelto a golpear a Cristo en su iglesia. Han perseguido al pueblo de Dios, y los principales beneficios que la iglesia da ahora al mundo, hablando en general, provienen de los golpes de la persecución. Moisés golpeó la roca no una, sino dos veces, para mostrar que si era posible, el pueblo de Cristo sería aún más perseguido, atormentado y acosado que su conductor. La golpeó dos veces; el agua no salió al principio: para mostrar que una persecución prolongada sería necesaria para bendecir al mundo, y que los malos de este mundo iban de cierto a golpear a la iglesia una y otra vez, antes que el mundo recibiese una plena bendición.

Pero aunque el golpe fue un acto pecaminoso, EL AGUA BROTÓ, para mostrar que mediante la persecución la iglesia ha sido hecha una bendición para el mundo. Los túmulos funerarios de Smithfield han esparcido chispas por toda esta nación, y han encendido mil fuegos. El golpe dado a la roca del evangelio de Dios, la iglesia, ha esparcido gotas de preciosa agua a tierras donde de modo contrario nunca habría manado. Ha sido por la persecución que se han esparcido las semillas de la vida, como las semillas que son impelidas por los vientos, procedentes de plantas que en caso contrario habrían quedado sin descendencia. La persecución saca las palabras de los hijos de Dios, y las dispersa por todas partes. Nunca se llevó a cabo un acto más significativo que el de exhumar los restos de Wycliffe y echar sus cenizas en el río, de donde fueron llevadas al mar, y luego a las costas de todas las tierras. Así es ahora místicamente con Cristo; ha de ser esparcido por todas partes, y sus cenizas han de ser echadas a los vientos del cielo, para que dé vida a naciones distantes, y para que todos los hombres oigan la verdad.

Veis lo que he intentado; espero que me he hecho entender. Esta segunda roca es un tipo no de Cristo de manera personal, sino de Cristo en su iglesia. El Salvador del mundo en sentido instrumental, no mediador. No era la voluntad revelada de Dios que su iglesia debiera ser la salvadora del mundo recibiendo golpes, sino por la palabra. Los hombres malos han ido en contra de la voluntad divina, y han golpeado la iglesia. Sin embargo, se ha encontrado que golpear la iglesia produce los mejores efectos. El agua brota. Cuanta más persecución, cuantas más aflicciones ha de soportar la iglesia, tanto más poderosas son las corrientes de agua que de ella brotan, dirigiéndose al ancho mundo. Creo, hermanos, que no hay nada mejor en el mundo para un hombre, o para la iglesia, que un poco de persecución. ¿Qué hubiera sido de nosotros, si no hubiese sido por las calumnias, los insultos y los agravios de continuo amontonados sobre nuestras cabezas? Creemos que nuestra prosperidad se debe en no poca medida a nuestros enemigos. No nos habrían conocido, a no ser que nos hubiesen calumniado. No se habría oído de nosotros, a no ser que nos hubiesen querido abatir; pero no nos pueden abatir por mucho que digan. Cuanto más intenten oprimirnos, tanto más nos multiplicamos; y, a semejanza de los hijos de Dios en Egipto, cuanto más quieran destruirnos bajo diversas opresiones, tanto más Dios nuestro Padre nos multiplica y hace abundar. ¡Ah, hermanos míos, nunca os avergoncéis de la persecución! Recordad que debéis ser golpeados. Es cierto que Dios no tuvo la intención -la tuvo en sus consejos secretos, pero no según su voluntad revelada- que fueseis golpeados; nunca se agrada de los que os golpean. Dijo que debíais bendecir al mundo hablando. Moisés erró, y un mundo malvado ha errado. Es cosa innegable que Dios decretó que Moisés golpease la roca, aunque Moisés lo hizo pecaminosamente. Así Dios ha decretado que seáis golpeados, para que tengáis alguna utilidad para los demás. El higo no madura sino es golpeado. Y timo habrías madurado si no hubieses sentido la vara. Las fuentes de la honda tierra nunca enviarían sus aguas excepto que se horadase hasta el mismo fondo. Igualmente el cristiano ha de ser horadado con aflicciones para que pueda dar agua de vida. Se dice que la ostra no tendrá perlas a no ser que sufra una irritación. De la misma manera es cierto que el cristiano no tendrá perla alguna si no tiene algunas pruebas y aflicciones. La roca ha de ser golpeada; y si recibe un golpe doble, no tengáis miedo, porque la roca fue golpeada dos veces, y brotaron las aguas.

Pero quiero que observéis que la roca, aunque golpeada erróneamente, FUE GOLPEADA CON LA VARA DEL LEGISLADOR. Esto me fascinó cuando pensé por primera vez en ello, que la misma roca, que es místicamente Cristo, fue golpeada con la mismísima vara que golpeó a la primera roca, al mismo Cristo. Si yo sufro por Cristo, mis padecimientos son los padecimientos de Cristo. Y aunque sean ocasionados por el hombre como causa segunda, sin embargo surgen verdaderamente de Dios. «La vara de los injustos no reposará sobre la heredad de los justos»; y cuando los malos nos golpean, ignorándolo no nos golpean con su propia vara, sino con la vara de Dios. Dios mide nuestras pruebas y nuestras aflicciones, y, haga lo que haga el enemigo contra mí, no puede golpearme con nada más que con la vara de mi Padre. Mi Padre hace incluso de la vara del Rabsacés la vara de justicia para Ezequías, pero el Rabsacés no puede golpear con su propia vara. Es la vara de Dios la que cae sobre sus hijos. Ningún hijo de Dios es nunca golpeado con ninguna vara sino la de Dios. Puede que pensemos que viene del infierno, pero en realidad proviene del cielo. Aunque Judas traicionó a su Señor, leemos que «fue a esto destinado». Y si nuestro amigo más íntimo levantase su talón contra nosotros, incluso entonces es Dios quien le ha dado al perro permiso para ladrar. Ningún león devorador ruge contra los lujos de Dios hasta que Dios abre su boca. Ningún fiero leopardo emerge de su guarida para ir contra un heredero del cielo a no ser que Dios lo saque fuera. El mismo diablo deviene un siervo de Dios. No puede golpear al hijo de Dios más que con la vara de Dios. Tuvo que acudir y pedir permiso a Dios para oprimir a uno de los hijos de Dios; tuvo que pedir autorización para afligir a Job, e incluso entonces Satanás no pudo afligir al mismo Job, pero rogó a Dios diciendo: «Extiende ahora tu mano.» Fue la mano de Dios la que tuvo que golpear a Job, aunque pareciese que Satanás fue su instrumento. Así, amado, aunque seas golpeado por una vara, es la misma vara la que cayó sobre la espalda de Cristo.

Observaréis una vez más, vosotros, los que gozáis persiguiendo a los hijos de Dios, que aunque grandes resultados surgieron de golpear a la roca, sin embargo Moisés FUE CASTIGADO por hacerlo. Moisés jamás entró en la Tierra Prometida, por haber golpeado aquella roca. Era el emblema del Cristo místico, e incluso golpear el emblema tenía significación. A Moisés le había sido mandado hablar, no golpear. Golpeó con atolondramiento y rebeldía, y fue por ello castigado. ¡Observa esto, perseguidor! Serás castigado por tu persecución, tanto si es de palabra como de obra. Todo lo que hagas contra un hijo de Dios te valdrá una terrible retribución en tu propio serio. «Al que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, irás le valdría que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno, y que le hundieran en el fondo del mar.» Os digo, hombres y mujeres, que hay perdón para toda clase de pecados contra el Hijo de Dios, incluso para la persecución; pero si hay algo que Dios, cuando castiga, visita con Lu1a terrible venganza, es ésta. ¿No recordáis cómo Herodes, el orgulloso perseguidor, fue comido por los gusanos? ¿Nunca habéis oído de la suerte de Antíoco Epifanes, que dio muerte a los gloriosos Macabeos, a los testigos de la verdad? ¿Nunca habéis oído cómo murió el Obispo Bonner, que había perseguido a los hijos del Señor? ¿No sabéis que raras veces los perseguidores mueren en sus lechos, o que, si lo hacen, mueren como si las llamas del infierno estuviesen encendidas a su alrededor, antes de entrar en él? Ser un perseguidor es ciertamente algo horrible. Un pecador de cualquier clase ha de ser condenado, si muere inconverso, pero un perseguidor ha de ser hundido en lo más hondo del abismo sin fondo. Temblad, vosotros los calumniadores, escarnecedores y ridiculizadores, los que oprimís al pueblo de Dios; recordad que su Hacedor es poderoso. Ellos no pueden vengarse a sí mismos. Y no desean hacerlo. Pero recordad: «Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor.» Puede ser con algunos de vosotros que sois perseguidores de los hijos de Dios, que haya salido ya la sentencia; y si es así, oh hombre, nunca entrarás en la tierra prometida, porque has golpeado aquella roca. Pero, aunque seas perseguidor, escucha la verdad de Dios. Pablo dijo: «Yo era perseguidor e injuriador, pero fui recibido a misericordia, porque lo hice con ignorancia, en incredulidad.» ¿Lo has hecho en ignorancia? ¿Ha estado alguno de vosotros persiguiendo a los hijos de Dios, no creyendo que fuesen de él, sino suponiendo que eran hipócritas? ¡Escuchad esto! Volved, perseguidores, volved, vosotros que habéis pecado voluntariosamente contra Dios. En él hay plena redención. Él puede borrar vuestras transgresiones, y limpiaros de vuestros pecados; sí, él pasará por alto vuestras iniquidades, os recibirá en su gracia, y os amará abundantemente, si clamáis a él de todo corazón. ¡Ah, creedme!, no hay pecado que pueda condenar a nadie si tiene fe en Cristo. No hay crimen, por negro que sea, que pueda excluir a un hombre del cielo, si tan sólo cree en Jesucristo; pero si sigues hasta tu tumba como encanecido pecador contra Dios, ¡cuán terrible será tu suerte cuando los feroces leones de la venganza quiebren tus huesos, o cuando llegues al fondo del foso en el que esperabas poder destruir a Daniel! Le verás liberado a él, y tú mismo serás echado en medio de demonios más fieros que lo que jamás hayas podido imaginar, y en medio de las llamas más horrendas que lo que jamás hayas soñado. Sí, tiembla: «Besad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían.»

¡Que Dios bendiga todo lo que he dicho, para vuestras almas, por amor de Jesucristo!

 

DEL ESTERCOLERO AL TRONO

  "Por Charles Spurgeon


"Y levanta del polvo al pobre. Y al menesteroso alza del estiércol, para hacerles sentar con los príncipes, con los príncipes de su pueblo." (Salmo 113:7, 8)
Este texto trata especialmente de la obra de la gracia de Dios. En este caso vemos mejor que en otro alguno la condescendencia infinita de Dios en su trato con el hombre se vale de lo que es vil para el mundo y de lo de ningún valor para reducir a nada lo que se jacta de algo. Elige para sí mismo lo que con desprecio desecha el mundo.

Cubre el tabernáculo del testimonio con piel de foca, elige piedra tosca, sin labrar como material para construir el ara, una zarza cual candelabro para su manifestación ardiente y un pobre pastorcillo de ovejas para ser el «hombre según su corazón». Las personas y cosas que desprecian los hombres son a menudo de gran estima a la vista de Dios. Halla decenas de millares que por su estado y dignidad merecen un estercolero y les eleva llevándolos en sus potentes brazos de misericordia, hasta sentarlos entre los príncipes de su pueblo.

Con motivo del texto fijémonos, pues, en dónde halla sus escogidos, cómo les eleva y dónde les coloca.

I. Dónde los halla

La expresión del texto implica que se hallan en la categoría social más baja. Muchos de los elegidos del Señor no sólo se hallan entre los obreros, sino en las filas de los más pobres hijos del trabajo. Hay personas cuya penosa ocupación apenas produce lo bastante para proporcionarles el alimento suficiente para mantener el alma unida al cuerpo y, no obstante, llegan a poseer pan espiritual en abundancia. Muchos visten miserablemente, llevando remiendo sobre remiendo, mas a pesar de ello, ante Dios, ni Salomón en el apogeo de su gloria, estaba vestido como uno de ellos. Algunas de las biografías más hermosas contienen la vida y hechos de cristianos elevados de la mayor miseria. Y ¿quién no ha contemplado con el mayor placer a esas personas afligidas de diversas calamidades, que han tenido que ir a parar en algún asilo, a esos creyentes en Dios que comen de gracia el pan cotidiano por carecer de fuerzas y de ocasión para ganárselo con sus propias manos? Pobre oyente que me escuchas esta mañana v te sientes casi indigno de sentarte en uno de estos asientos del lugar del culto, te suplico no te imagines que la pobreza sea un impedimento de elevación a la categoría de príncipe para con Dios. Todo lo contrario. La gloria del Evangelio es que ha de ser predicado a los pobres.

Pero, evidentemente, el texto tiene un sentido más espiritual. El estercolero es un lugar donde se echan las cosas inútiles; las cosas gastadas, ya inservibles para todo uso, se echan a la basura. Acaso desde su primitivo y apropiado uso, se les ha dado ya dos o tres anos, más o menos adecuados, pero ahora sólo sirven de estorbo, y de consiguiente se echan a la basura para que se lleve lejos. ¡Cuántas veces los elegidos del Señor se han sentido semejantes a tal desecho, inútiles para todo uso, dignos solamente de ser tirados a la basura! Tú, querido amigo, tal vez en este momento te reconoces tal nulidad. Esta apreciación te causa tristeza, pero es, sin embargo, señal de salud. Cuando nosotros nos tenemos en poco Dios nos tiene en gran estima. Dios resiste al soberbio, pero da gracia al humilde. «El no quebrará la caña cascada; ni apagará la mecha que humea.» Aunque seas digno tan sólo de ser echado a la basura, su misericordia tierna te tendrá en cuenta y te elevará entre los príncipes de su pueblo.

Quizás ofrezca más consuelo tener presente que el estercolero es el lugar de destino para las cosas inmundas y repugnantes. De tales cosas acostumbramos a decir: «¡Fuera esa peste!» Cuando una cosa entra en descomposición, procuramos librarnos de ella en seguida. ¡Qué triste! Triste es que tengamos que aplicar esto a alguno de nuestros semejantes, pero es preciso hacerlo. ¡Oh amigo!, si el pecado te hace sentir enfermo, la cabeza enferma, el corazón fatigado, y si desde la cabeza hasta los pies te parece podrida llaga y corrupción, todavía el amor del Señor de gloria bajará hasta ti. Aun cuando al robo hayas añadido el homicidio y al homicidio iniquidad, la misericordia divina te busca y la sangre de Cristo aún es capaz de limpiarte de toda vileza. Todo aquel que se arrepiente y cree en El, queda justificado de todo aquello de que la ley de Moisés no le podría justificar.

El pecado es un mal horroroso, un veneno fatal; sin embargo, y aun cuando hubiere penetrado en tu alma y en tu cuerpo hasta hacerte repugnante, moral y físicamente, la gracia infinita de Dios, manifestada en Cristo Jesús, es capaz de levantarte de tanto embrutecimiento y degradación v constituirte en glorioso trofeo de su gracia.

II. Cómo el Señor lo efectúa

Cuando el culpable, inútil y desgraciado pecador oye que Cristo Jesús vino al mundo a buscar y salvar lo perdido esa pobre alma dirige la vista hacia El, como diciendo: «Señor, tú eres mi último recurso. Si tú no me salvas, estoy perdido para siempre; de ti depende en absoluto mi salvación, porque yo no puedo ayudarme; no puedo añadir ni siquiera un hilo a la tela del vestido de tu justicia. Si tú no has completado la obra de salvación, no tengo nada para agregar a ella. Si tú no has pagado del todo el precio del rescate, no tengo ni un céntimo para completarlo. Señor, estoy ahogándome, me hundo, a ti me acojo; sálvame por tu amor y misericordia.»

Toda mi esperanza
en ti descansa.

Llegando el alma a este punto, ya está fuera del estercolero. Desde el momento en que el pecador se abandona así a la misericordia divina, cesa de ser pecador perdido. Dios borra de una plumada, como si dijéramos, sus culpas. Ya no se halla culpable en su presencia, sino justificado por la sangre de Cristo. Es salvado por gracia, mediante la fe, no por obras: es don de Dios. Ya puede levantarse de su arrepentimiento en saco y ceniza, cantando un nuevo cántico en honor del Cordero inmolado que le redimió, no con oro y plata, sino con su preciosa sangre. Así por el don de su Hijo unigénito aceptado por el perdido, Dios eleva a sus elegidos de su estado de perdición y ruina, haciéndoles ver y sentir que están sobre el estercolero y que no pueden librarse de la miseria ellos mismos.

Todo cristiano presente en esta congregación, cualquiera que haya sido su vida anterior, se halla perfecto a la vista de Dios, mediante la obra de Jesús. La justicia inmaculada de Dios le es atribuida mediante la fe, de suerte que se halla «acepto en el Amado». Los hijos de Dios salvados del estercolero disfrutan de la seguridad completa de la salvación. Están seguros de que están a salvo, pudiendo decir con Job: «Sé que mi Redentor vive.» No dudan de si son hijos de Dios o no, porque el Espíritu rinde testimonio a su espíritu que son hijos de Dios, nacidos de arriba. Cristo es su hermano mayor. Dios es su Padre y les rige el espíritu filial, mediante el cual dicen: «Abba Padre.» Están convencidos de que «ni la muerte, ni la vida, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura podrá apartarles del amor de Dios que es en Cristo Jesús, su Señor». Pregunto a cada uno de vosotros, de corazón entendido, si esto no es estar entre los príncipes de su pueblo.

Los hijos de Dios, favorecidos por la gracia divina, tienen el privilegio de tener comunión con Cristo Jesús. Como Enoc, andamos con Dios. Como una criatura anda con su padre llevada de su mano, mirándole el rostro, así los elegidos de Dios andan con su Padre celestial, del modo más íntimo, familiar y confiado, hablándole, explicándole sus tristeza, escuchando de su boca de gracia los secretos de su amor. La comunión con Jesús es cosa de más precio que el diamante más precioso de cualquier diadema imperial, de más precio que la corona más hermosa que vista el primer rey de la tierra.

Pero no es esto todo. Los creyentes son favorecidos con la gracia santificadora del Espíritu Santo. Dios, el Espíritu, mora en el cristiano verdadero por humilde que sea entre los hombres: es un templo ambulante en el que reside la divinidad. El Espíritu de Dios mora en nosotros y nosotros en él. Y este Espíritu santifica diariamente la vida y obra del cristiano, de manera que todo lo hace como para Dios; si vive, vive para Dios; si muere, le es ganancia. Queridos, en verdad es estar sentado entre príncipes el experimentar la influencia santificadora del Espíritu del Señor.

Además, muchos santos reciben, por añadidura, la bendición de ser útiles y hacemos hincapié en esto especialmente porque de linaje real es todo hombre positivamente útil a sus semejantes. No creáis que exagero; hablo la pura verdad: es príncipe verdadero quien hace bien a sus semejantes. Ser capaz de sembrar perlas sacándolas de la boca puede constituir a uno príncipe de cuento de hadas; pero si los labios son bendición para las almas de los hombres llevándoles al Salvador, esto es ser príncipe de verdad. Alimentar al hambriento, vestir al desnudo, levantar al caído, enseñar al ignorante, animar a los tristes, fortalecer a los vacilantes y conducir a los creyentes al trono de Dios, esto, hermanos, es andar revestido de un brillo que cordones y estrellas, órdenes y condecoraciones, jamás pueden conferir al hombre.

Aún más; el mundo tiene la idea de que somos gente sin dicha. Los escritores nos pintan a los caballeros andantes cual personas animosas, valientes y llenas de gozo y entusiasmo, mientras que los pobres puritanos eran gente desdichada, detestando los días festivos, aborreciendo los juegos y entretenimientos lícitos, caritristes y miserables, siendo una lástima que bajaran al infierno porque ya lo tenían en esta vida. Esto es falso; absolutamente falso, o por lo menos caricatura grosera. El regocijo de los caballeros no era más que chisporroteo de espinas bajo la olla; pero en los pechos de los puritanos moraba un gozo profundo e inagotable.

Pero sea como fuese, lo positivo es que nosotros que confiamos en Jesús somos la gente más bienaventurada y feliz del mundo; y esto no naturalmente, porque algunos de nosotros somos melancólicos por naturaleza; no siempre circunstancialmente, porque algunos de nosotros somos extremadamente pobres; pero en nuestro interior somos verdadera y positivamente felices, y podéis creerlo, el gozo de nuestro corazón no puede ser aventajado por ningún otro. Ni por el doble del oro que hay en todas las Indias mentiría en este caso: si hubiera de morir como un perro mañana, no cambiaría mi lugar con hombre alguno debajo del cielo en lo que toca a gozo y paz del alma, porque el ser cristiano y saberlo, disfrutar de este hecho, conocer la elección y comprender el glorioso llamamiento de Dios, esto proporciona más bienaventuranza, paz y gozo, en diez minutos, que el que se halla cien años en las moradas del pecado.

Así que, leyendo en el texto que «nos hace sentar con los príncipes», no pienso tanto en la figura retórica que, como todas, cojea; porque Dios nos coloca muy por encima de todos los príncipes terrestres, y si no fuera por lo que sigue, sería mejor prescindir de la figura; pero esto lo explica: «príncipes de su pueblo»> es decir, príncipes de otra sangre; grandes de otro reino. Entre los tales hace Dios morar a los suyos.

III. Dónde los hace sentar

«Entre los príncipes.» Ya hemos indicado la idea, pero vamos a fijarnos en otro aspecto del caso. «Entre príncipes» es el lugar de sociedad escogida. No se admite a cualquier en tal círculo distinguido. Entre tales aristócratas no debe meterse el plebeyo. Sangre azul circula por sus finas venas y no se puede esperar que el carmesí común se permita avivar la corriente lánguida. Pero ¿el verdadero cristiano? Pues éste también vive en sociedad muy distinguida. Oigamos: «Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (Juan 1:3). ¡Hablar de sociedad selecta! Ninguna hay más distinguida que ésta. Somos «linaje escogido, real sacerdocio, gente santa.» No nos liemos llegado al monte de Sinaí, sino al monte de Sión v a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celeste, y a la compañía de muchos millares de ángeles, y a la congregación de los primogénitos que están alistados en los cielos (Hebreos 12:18-24). Esta es la sociedad escogida.

Por otra parte, aunque los soberanos tengan sus días y sus horas de audiencia, el príncipe será recibido mientras el pueblo ha de mantenerse a distancia. Así también en lo espiritual, el hijo de Dios tiene acceso libre al trono del cielo a toda hora. Nuestros privilegios son de la mayor importancia. «Porque por él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo espíritu al Padre.» «Lleguémonos, pues, confiadamente, al trono de la gracia -dice el apóstol- para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16). Tal es nuestra sociedad elegida, tal nuestro privilegio de palacio y de trono.

Se supone que entre los príncipes hay riqueza abundante. Pero, ¿qué y cuál es la riqueza de los príncipes de la tierra comparada con la de los creyentes? Pues, «todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios». El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no os dará también con Él todas las cosas?

Los príncipes tienen también poder especial. El príncipe ejerce influencia; maneja el cetro en sus dominios. Y así, nosotros, somos hechos «reyes y sacerdotes para Dios y reinaremos para siempre jamás». No somos reyes de tal o cual dominio de triple corona, y no obstante tenemos triple dominio: reinamos sobre el espíritu, alma y cuerpo. Reinamos sobre el reino unido del tiempo y de la eternidad: reinaremos en el venidero, para siempre jamás.

Los príncipes disfrutan de honor especial. Las masas desean ver al príncipe y se deleitarían en servirle. Se le concede el primer puesto en el reino: es de sangre real y es preciso que se le estime y respete. Queridos, oigamos la Palabra: «Y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús», de modo que como participamos de su cruz participaremos de sus honores.

Pablo fue arrebatado del estercolero de la persecución y no obstante no es inferior a nadie en la gloria; y tú aun cuando fueras el primero de los pecadores, no tendrás más mala suerte cuando venga el Señor en su gloria. Pero como te redimió con su sangre y te honró en la tierra, así te honrará en el estado futuro, haciéndote sentar consigo y reinar entre los príncipes de su pueblo para siempre jamás.
¡Bendiga Dios estas palabras por amor de Jesús! Amén.


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Sermones

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Confirmando el testimonio...
Cristo la Roca
Del estercolero al trono

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