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Sermones
CERTIFICADO DE ÉXITO DE LA ORACIÓN
Por Charles Spurgeon
Texto: "Y yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis;
llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que
busca, halla; y al que llama, se le abrirá." Lucas 11: 9-10
Buscar ayuda de un ser sobrenatural en tiempo de angustia es un
instinto de la naturaleza humana. No decimos que la naturaleza
humana no renovada ofrezca una oración verdaderamente espiritual,
o pueda ejercer la fe salvadora en el Dios vivo.
Pero, no obstante, como niño que llora en la oscuridad con
angustioso anhelo de recibir ayuda de uno u otro lugar,
difícilmente puede saber de dónde, el alma un profundo pesar casi
invariablemente clama a algún ser sobrenatural en demanda de
socorro.
No hay personas más dispuestas a orar en tiempo de angustia que
aquellas que han ridiculizado la oración en tiempos de
prosperidad; y probablemente no hay oraciones más reales y en
conformidad con los sentimientos de la hora que las que el ateo ha
ofrecido bajo la presión del temor de la muerte.
En uno de sus papales en el Tattler, Addison describe a un hombre
que, a bordo de un barco, se jactaba ruidosamente de su ateísmo.
A1 sobrevenir un repentino vendaval, cayó de rodillas y confesó al
capellán que había sido ateo. Los rudos marineros que nunca antes
habían oído esa palabra pensaban que se trataba de algún extraño
pez, y se sorprendieron en extremo cuando vieron que era un
hombre, y supieron de su propio boca "que nunca, hasta ese día
había creído que hubiera un Dios." Uno de los viejos marineros le
dijo al contramaestre que sería una buena obra echarlo por la
borda, pero consideró que era una sugerencia cruel, porque la
pobre criatura ya estaba en un estado tan miserable que su ateísmo
se había evaporado, y en medio de un terror mortal clamaba a Dios
pidiendo que tuviera misericordia de él.
Han ocurrido incidentes similares no una ni dos veces. En
realidad, el escepticismo jactancioso se bate en retirada tan
frecuentemente que siempre esperamos vuelva a ocurrir lo mismo.
Quítese toda restricción artificial de la mente, y puede decirse
de todos los hombres que, al igual que los compañeros de viaje de
Jonás, cada uno clama a su Dios estando en tribulación. Como las
aves en sus nidos, y los ciervos a sus matorrales, los hombres en
su angustia vuelan en busca de socorro a un ser superior en la
hora de la necesidad.
Por instinto, el hombre se volvió a su Dios en el Paraíso; y
ahora, aunque en un grado lamentable es un monarca destronado,
permanecen en su memoria vestigios de lo que era, y memoria en
cuanto a donde encontrar su fuerza. Por lo tanto, no importa dónde
encontráis a un hombre, si está en angustia, pedirá ayuda
sobrenatural. Creo en la veracidad de este instinto, y que el
hombre ora porque hay algo en la oración. Como cuando Dios da a
sus criaturas el don de la sed, es porque existe el agua para
saciarla. Y cuando crea el hambre es porque existe el alimento
correspondiente al apetito. Así cuando él inclina a los hombres a
orar es porque la oración tiene una bendición correspondiente
unida a ella.
Encontramos una poderosa razón para esperar que la oración sea
efectiva en el hecho de que es una institución de Dios. En la
palabra de Dios repetidas veces se nos da el mandamiento de orar.
Las instituciones de Dios no son necedad. ¿Puedo yo creer que el
Dios infinitamente sabio me ha ordenado un ejercicio que es
ineficaz y que no es más que un juego de niños? ¿Me ordena orar, y
sin embargo, la oración no tiene más resultado que si silbo al
viento, o le canto, a un matorral? Si no hay respuesta a la
oración, la oración es un monstruoso absurdo y Dios es el autor de
ella. Y esto es una blasfemia si alguien se atreve a afirmarlo.
Ningún hombre que no sea un tonto seguirá orando una vez que se le
ha probado que la oración no hace ningún efecto delante de Dios, y
que nunca recibe una respuesta. La oración es una tarea de idiotas
y locos, y no para personas sanas, si fuera verdad que sus efectos
terminan en el mismo hombre que ora.
Esta mañana no entraré a argumentar sobre la materia, más bien,
voy a considerar mi texto, el cual para mí, por lo menos, y para
vosotros que sois seguidores de Cristo, es el fin de toda
controversia. Nuestro Salvador sabía muy bien que surgirían muchas
dificultades en relación con la oración, y podrían hacer vacilar a
sus discípulos, así que contrarrestó toda oposición mediante una
afirmación incontrovertible. Leed las palabras: "Y yo os digo: Yo,
vuestro Dios: Yo os digo, pedid y se os dará; buscad y hallaréis;
llamad y se os abrirá."
En el texto nuestro Señor hace frente a todas las dificultades, en
primer lugar, dándonos el peso de Su autoridad, "Yo os digo;" en
segundo término, obsequiándonos una promesa, "Pedid y se os dará,"
etcétera; y luego recordándonos un hecho indiscutible, "todo el
que pide, recibe." Tenemos aquí tres heridas mortales para las
dudas que el cristiano pueda tener en cuanto a la oración.
I. En primer lugar, NUESTRO SALVADOR NOS DA EL PESO DE SU PROPIA
AUTORIDAD: "Y yo os digo."
La primera marca de un seguidor de Cristo es que cree a su Señor.
De ningún modo podemos seguir al Señor si levantamos dudas acerca
de puntos que El ha establecido positivamente. La declaración de
nuestro Maestro es todo el argumento que necesitamos: :''Yo os
digo" es nuestra lógica. ¡Razón! te vemos majestuosa en Jesús,
porque El nos ha sido hecho por Dios sabiduría. El no puede errar,
no puede mentir y si El dice: "Yo os digo," todo debate llega a su
fin.
Pero, hermanos, hay algunas razones que nos deben llevar a
descansar más confiadamente en la palabra de nuestro Señor Jesús,
pero en la explicación que tenemos en consideración hay una fuerza
especial. Se ha objetado que no es posible que la oración pueda
ser contestada, porque las leyes de la naturaleza son
inalterables, y todo debe seguir su curso y así será sea que los
hombres oren o no. No nos parece necesario demostrar que las leyes
de la naturaleza sufren perturbaciones. Dios puede obrar milagros,
y puede obrarlos todavía como lo hiciera antaño, pero no es parte
de la fe cristiana que Dios tenga que obrar milagros para
responder las oraciones de sus siervos. Cuando un hombre, para
cumplir una
promesa tiene que desorganizar todos sus asuntos, y por decirlo
así, tiene que detener toda su maquinaria, ello demuestra que es
sólo un hombre, y que su sabiduría y poder son limitados; pero El
es verdadero Dios, y sin dar marcha atrás a su maquinaria, o sin
quitar un solo diente a la rueda, cumple los deseos de su pueblo
cuando los presenta delante de El. El Señor es tan omnipotente que
puede lograr resultados equivalentes a milagros sin necesidad de
suspender en él más mínimo grado alguna de sus leyes. En el
pasado, por decirlo así, detuvo la maquinaria del universo en
respuesta a la oración, pero ahora, con una gloria igualmente
divina, El ordena los sucesos de modo que pueda responder las
oraciones de los creyentes, y sin suspender no obstante una sola
ley natural.
Pero esto está lejos de ser nuestro único y principal consuelo;
ello radica en el hecho de que oímos la voz de uno que es
competente para hablarnos de la materia, y El dice: "Yo os digo,
pedid y recibiréis." Sea que las leyes de la naturaleza sean
irreversibles o no, "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis."
Ahora bien, ¿quién es el que lo dice? Es el que ha hecho todas las
cosas, sin el cual nada de lo que ha sido hecho fue hecho. ¿No
puede hablar hasta este punto? ¡Oh, tú Verbo eterno, que en el
principio estabas con Dios, pesando las nubes y amarrando los
cimientos de la tierra, tú sabes cuáles son las leyes de la
naturaleza y su inalterable constitución, y si tú dices "Pedid y
se os dará," entonces, ciertamente será así, sean lo que fueren
las leyes de la naturaleza. Además, nuestro Señor es adorado por
nosotros como el sustentador de todas las cosas, y viendo que
todas las leyes de la naturaleza son operativas solamente por su
poder, y que son sostenidas en su acción por su poder, el debe ser
conocedor del mecanismo de todas las fuerzas del universo, y si
dice: "Pedid y se os dará," El no habla por ignorancia, más conoce
lo que afirma. Podríamos estar seguros que no hay fuerzas que
puedan impedir el cumplimiento
de la palabra del Señor. De parte del Creador y Sustentador de
todas las cosas, la expresión "yo os digo," pone fin a toda
controversia para siempre.
Pero se ha presentado otra objeción que es muy antigua y tiene
apariencia de gran fuerza. No es presentada por los escépticos,
sino por los que sustentan parte de la verdad, y es este: que la
oración no puede producir resultados ciertos, porque los decretos
de Dios han establecido todas las cosas y esos decretos son
inmutables. Ahora no tenemos deseos de negar la afirmación de que
los decretos de Dios han establecido todos los sucesos. Creemos
plenamente que Dios en su presencia ha predestinado todo lo que
sucede en el cielo 0 abajo en la tierra, y que el conocimiento
anticipado de la posición de un junco a la orilla del río es tan
fija como la posición del rey en el trono y "el tamo del amo del
aventador es dirigido como las estrellas en sus órbitas." La
predestinación abarca lo grande y lo pequeño, y alcanaza a todas
las cosas. La pregunta es, "entonces, ¿por qué orar?" Con la misma
lógica, ¿no se nos podría pedir que respiremos, comamos, nos
movamos o hagamos algo? Tenemos una respuesta que nos satisface:
nuestras oraciones están en la predestinación, y que Dios ha
ordenado las oraciones de su pueblo al igual que todas las demás
cosas, y cuando oramos, estamos produciendo eslabones en la cadena
de los hechos ordenados. El destino decreta que ore; yo oro; el
destino decreta que me sea respondida, y recibo la respuesta.
Pero tenemos una respuesta mejor que todo esto. El Señor Jesús se
adelanta, y nos dice esta mañana: "Querido hijo mío, no debes
preocuparte del decreto de Dios, nada hay en ellos que sea
incongruente con el hecho de que tus oraciones sean contestadas.
`Yo os digo, pedid y os será dado.' " Ahora, quién es el que dice
esto? ¡Vamos! es el que ha estado con el Padre desde el principio
--"Este era en el principio con Dios"-- y él conoce cuales son los
propósitos de Dios y cómo es el corazón de Dios, porque ha dicho
en otro lugar, "el Padre mismo os ama." Ahora, puesto que El
conoce el decreto del Padre, y el corazón del Padre, nos puede
decir con la absoluta certeza de un testigo ocular que no hay nada
en el consejo eterno que entre en conflicto con esta verdad y que
el que pide recibe, y el que busca halla. El ha leído los decretos
de principio a fin. ¿No ha tomado el libro y ha desatado los siete
sellos, declarando las ordenanzas del cielo? El os dice que nada
hay que esté en contra de tu rodilla doblada y tus ojos mojados
con lágrimas, y con el hecho de que el padre abra las ventanas de
los cielos para hacer llover sobre ti las bendiciones que estás
buscando. Más aun, El mismo es Dios: los propósitos de los cielos
son sus propósitos, y aquel que ordenó el propósito aquí da la
seguridad de que nada hay en él que impida la eficacia de la
oración. "Yo os digo." ¡Oh, vosotros que creéis en El, vuestras
dudas son esparcidas a los vientos, porque sabéis que El oye la
oración.
Pero a veces surge en nuestra mente una tercera dificultad, que
está asociada con nuestro propio juicio acerca de nosotros mismos
y nuestra evaluación de Dios. Sentimos que Dios es muy grande, y
temblamos en la presencia de su majestad; sentimos que somos muy
pequeños, y que, además, somos viles; y parece una cosa increíble
que una insignificancia culpable tenga poder para mover el brazo
que mueve el universo. Me pregunto si no es ese temor culpable el
que nos impide frecuentemente que oremos. Pero Jesús contesta
dulcemente. Dice: "Yo os digo: pedid y se os dará." Y pregunto
nuevamente, ¿quién es el que dice "Yo os digo?" Es aquel que
conoce tanto la grandeza de Dios como la debilidad del hombre. El
es Dios y desde su excelsa majestad, imagino oírle decir: "Yo os
digo: `Pedid, y se os dará.' " Pero El también es hombre como
nosotros, y dice: "No tengas miedo de tu insignificancia, porque
yo, hueso de tu hueso, y carne de tu carne te aseguro que Dios oye
la oración del hombre."
Y, sin embargo, si el terror del pecado nos espanta, y nuestro
pesar nos deprime, yo os recordaría que cuando dice, "Yo os digo,"
Jesús nos da la autoridad, no solo de su persona, sino de su
experiencia. Jesús era dado a orar. Nunca nadie ha orado como él
lo hizo. El pasaba las noches en oración, y días enteras en
ferviente intercesión. El es quien nos dice: "Yo os digo, `Pedid y
se os dará.'" Los veo descender fresco de entre los brezos del
monte, entre los cuales arrodillado había pasado la noche en
oración, y dice: "Discípulos míos, pedid y se os dará, porque yo
he orado y me ha sido dado. "Fue oído en aquello que temía, y por
lo tanto, nos dice: "Yo os digo, llamad y se os abrirá." E imagino
oírle hablar así desde la cruz, con su rostro resplandeciente por
el primer rayo de luz después que hubo sufrido nuestros pecados en
su cuerpo sobre el madero, y hubo sufrido nuestros dolores hasta
el último tormento. El había clamado: "Dios mío, Dios mío, ¿Por
qué me has desamparado?" y ahora, habiendo recibido una repuesta,
clama triunfante: "Consumado es," y hecho esto, nos manda: "Pedid
y se os dará." Jesús ha probado el poder de la oración.
Además, recordad que si Jesús nuestro Señor, podía hablar
positivamente aquí, hay razones mayores aun para creer en El
ahora, porque ha traspasado el velo, se ha sentado a la diestra de
Dios el padre, y la voz que ahora nos viene no nos llega del
hombre pobre que usa una túnica sin costura, sino del sacerdote
entronizado que lleva sobre sus lomos un cinto, porque es él quien
ahora dice, desde la diestra de Dios : "Yo os digo, pedid y se os
dará," ¿No crees en su nombre? Sí crees. Entonces, ¿cómo podría
caer en tierra una oración que se ofrece sinceramente en ese
nombre? Cuando presentas tu petición en el nombre de Jesús, una
parte de su autoridad refuerza tus oraciones. Si tu oración es
rechazada, Cristo es deshonrado. No puedes creer que ello pueda
ocurrir. Puesto que has confiado en él, cree que la oración
ofrecida por medio de él debe tener éxito y lo tendrá.
No podemos quedar por más tiempo en este punto, pero confiamos en
que el Espíritu Santo impresionará con él los corazones de todos
nosotros.
II. Ahora recordaremos que NUESTRO SEÑOR NOS OBSEQUIA UNA PROMESA
Nótese que la promesa se da para diversas variedades de oración:
"Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis, llamad y se
os abrirá." El texto claramente afirma que todas las formas de
oración verdadera serán escuchadas, con la condición de ser
presentadas por intermedio de Jesucristo, y son para bendiciones
prometidas. Algunas son oraciones vocalizadas los hombres piden;
no debemos jamás dejar de ofrecer la oración expresada por la
lengua, porque la promesa es que el que pide será oído. Pero, hay
otros que sin descuidar la oración activa, porque por el uso
humilde y diligente de los medios ellos buscan las bendiciones que
necesitan. Sus corazones hablan a Dios por medio de sus anhelos,
sus esfuerzos, sus emociones y sus trabajos. Que no cesan de
buscar, porque ciertamente hallarán. Hay otros que, en su ardor
combinan las formas más apasionadas, actuando y hablando, porque
llaman es una forma intensa de pedir y una forma vehemente de
buscar. Así la oración crece desde el pedir --que es su
vocalización, su declaración--, hacia el buscar, --que es
suplicar--; y llamar --que es importunar. Para cada una de estas
etapas de la oración hay una promesa clara. El que pide, tendrá
aquello que más pidió. Pero en el que busca yendo más allá,
encontrará, disfrutará, estrechará entre sus manos, sabrá que ha
obtenido. Y el que llama, irá más lejos aún, porque entenderá, y
se le abrirán las cosas preciosas. No solamente tendrá la
bendición y la disfrutará, sino que la comprenderá, "entenderá con
todos los santos cuáles sean las alturas y las profundidades."
Sin embargo, quiero que notéis lo siguiente, que lo abarca todo:
sea cual fuere la forma de oración tendrá éxito. Si solamente
pedís recibiréis; si buscáis, hallaréis, si llamáis, os será
abierto, pero en cada caso os será hecho conforme a vuestra fe.
Las cláusulas de la promesa que tenemos ante nuestros ojos no se
nos presentan colectivamente, como decimos en derecho: el que pide
y busca y llama, recibirá, el que busca hallará y al que llama le
será abierto. No es cuando combinamos las tres cosas que recibimos
la bendición, aunque indudablemente si las combinamos recibiremos
una respuesta combinada; pero si ejercemos solamente una de estas
tres formas de oración, de todos modos tendremos lo que nuestra
alma necesita.
Estos tres métodos de oración ejercitan una variedad de nuestra
gracia. Los padres comentan en cuanto a este pasaje que la fe
pide, la esperanza busca y el amor llama, y vale la pena repetir
ese comentario. La fe pide porque cree que Dios dará; habiendo
pedido, la esperanza espera, y en consecuencia busca la bendición;
el amor lleva más cerca aún, y no recibirá una negativa de Dios,
antes bien desea entrar en su casa, cenar con El, y por eso llama
a su puerta hasta que le abre. Pero, regresamos a nuestro punto
original. No importa cuál es la gracia que se ejerce, una
bendición corresponde a cada una. Si la fe pide, recibirá; si la
esperanza busca, hallará; y si el amor llama, le será abierto.
Estos tres modos de orar nos convienen en diferentes estados de
angustia. Allí estoy, pobre mendigo, a la puerta de la
misericordia; pido y recibiré. Pero me extravío, de modo que no
puedo hallar a Aquel a quien una vez pedí tan exitosamente;
entonces puedo buscarlo con la certeza de que la hallaré. Y si
estoy en la última de las etapas, no solamente pobre y confundido,
sino también inmundo como para sentirme separado de Dios, como
leproso que es echado fuera del campamento, entonces puedo llamar
y la puerta se me abrirá.
Cada una de estas diferentes descripciones de las oraciones es
sobremanera sencilla. Si alguien dijese: "No puedo pedir," nuestra
respuesta sería: "no entiendes la palabra." Con toda seguridad
toda persona puede pedir. Un niño pequeño puede pedir. Mucho antes
que el bebé sepa hablar, ya puede pedir. No necesita palabras para
pedir lo que necesita, y no hay uno solo entre nosotros que esté
incapacitado para pedir. No es necesario que las oraciones sean
hermosas. Creo que Dios aborrece las oraciones hermosas. Cuando
oramos, mientras más sencilla nuestra oración mejor; el lenguaje
más sencillo, el más humilde que expresa lo que queremos
significar, es el mejor de todos.
La segunda palabra es buscad, y ciertamente no hay dificultades
con buscar. Podría haber dificultades para encontrar, pero no las
hay en el buscar. Cuando la mujer de la parábola perdió el dinero,
ella encendió una luz y lo buscó. No creo que haya estado alguna
vez en la universidad, o que fuera calificada como doctora en
medicina, o que hubiera estado ante la Junta Escolar como mujer de
sentido superior, pero ella podía buscar. Todo el que desea
hacerlo, puede buscar, sea hombre, mujer o niño; y para
estimularles, no se da la promesa en alguna forma filosófica en
particular en cuanto al buscar, sino establece simplemente "el que
busca encuentra." Luego tenemos el llamar: bueno, eso es algo que
no reviste mayor dificultad. Nosotros lo hacíamos cuando éramos
niños, lo que a veces era demasiado para la comodidad de los
vecinos. Y en casa, si el aldabón estaba demasiado elevado para
nuestra estatura, siempre encontrábamos métodos y medios para
llamar. Una piedra nos daba el mismo servicio, o el tacón de la
bota. Cualquier cosa servía para golpear la puerta. De ningún modo
estaba más allá de nuestra capacidad. Por tanto, Jesús lo pone de
esta manera como para decirnos: "No necesitas tener escolaridad,
preparación, talento ni ingenio para orar. Pide, busca, llama, eso
es todo, y hay una promesa para cada una de estas formas de orar."
¿Creeréis la promesa? Es Cristo quien la da. Jamás ha salido de
sus labios una mentira. Oh, no dudéis de El. Si has orado, sigue
orando, y si nunca has orado, Dios te ayude para que comiences
hoy.
III. Nuestro tercer punto es que JESUS DA TESTIMONIO DEL HECHO DE
QUE LA ORACION ES OIDA
Habiendo dado una promesa, luego añade, en efecto: "Podéis estar
completamente seguros de que esta promesa será
cumplida, no
solamente porque yo lo digo, sino porque es y ha sido siempre
así." Cuando un hombre dice que mañana por la mañana saldrá el
sol, le creemos, porque siempre ha sido así. Nuestro Señor nos
dice, como hecho indiscutible, que a través de todas las edades el
verdadero pedir ha sido seguido por el recibir. Recordad que quien
afirma este hecho lo conoce. Si yo afirmara un hecho, podrías
responderme: "Sí, en lo que respecta a lo que tú has observado, es
verdad," pero la observación de Cristo no tiene límites. Jamás ha
habido una oración verdadera que no la haya conocido él. Las
oraciones aceptables al altísimo le llegan por la vía de las
heridas de Cristo. De aquí que el Señor Jesús puede hablar por
conocimiento personal, y su declaración es que la oración ha
tenido éxito: "Todo el que pide recibe, y el que busca encuentra."
En este punto debemos suponer, desde luego, las limitaciones que
iniciaría el sentido común ordinario, y que son establecidas por
las Escrituras. No es que todo el que pida con frivolidad o maldad
a Dios vaya a lograr lo que pidió. Dios no contestará cada
petición necia, ociosa y deconsiderada del corazón no regenerado.
Además las Escrituras ponen su límite. "No tenéis porque no pedís,
o pedís mal." Hay un pedir mal que nunca obtendrá lo que pide.
Pero teniendo en cuenta estas cosas, la declaración de nuestro
Señor no tiene otra limitación: "Todo el que pide recibe."
Cabe recordar que frecuentemente, aun cuando los impíos y los
malvados han pedido a Dios, han recibido. Con mucha frecuencia en
el día de angustia han clamado a Dios, y él les ha respondido.
"¿Cómo te atreves a decir eso?,» dice alguno. No lo digo yo, lo
dice la Escritura: La oración de Acab fue contestada y el Señor
dijo: "¿No has visto cómo Acab se ha humillado delante de mí? Pues
por cuanto se ha humillado delante de mí, no traeré el mal en sus
días; en los días de su hijo traeré el mal sobre su casa." Así
también, el Señor oyó la oración de Jocaz, el hijo de Jehú, que
hizo lo malo delante de Jehová (2 Reyes 13:1-4). Los israelitas
también, cuando por sus pecados fueron entregados a sus enemigos,
clamaron a Dios pidiendo liberación, y recibieron su respuesta,
sin embargo, el Señor mismo testifica respecto de ellos que sólo
lisonjean con sus bocas.
¿Esto te hace vacilar? ¿No escucha él a los jóvenes cuervos cuando
claman?" Piensas que no oíra al hombre que está hecho a Su imagen?
¿Lo dudas? Recuerda a Nínive. Las oraciones ofrecidas en Nínive,
¿eran oraciones espirituales? ¿Has oído hablar alguna vez de una
iglesia de Dios en Nínive? Yo no, y creo que los ninivitas no
fueron visitados por la gracia de la conversión; más bien fueron
convencidos por la predicación de Jonás de que estaban en peligro
delante del gran Jehová, y proclamaron ayuno y se humillaron, y
Dios oyó su oración, y por un tiempo Nínive fue preservada. Muchas
veces, en el tiempo de la enfermedad yen el tiempo de dolor, Dios
ha atendido a las oraciones de los ingratos y los malos. ¿Piensas
que nada da sino a los buenos? ¿Te has quedado al pie del Sinaí y
has aprendido a juzgar según la ley de los méritos? ¿Qué eras
cuando comenzaste a orar? ¿Eras bueno y justo? ¿No te ha mandado
Dios que hagas bien a los malos? ¿Crees que El te mandaría hacer
algo que él mismo no haría? ¿No ha dicho que envía la lluvia sobre
justos e injustos, y es así? ¿No está dando cotidianas bendiciones
a quienes le maldicen? y hace bien a aquellos que despectivamente
le utilizan? Esta es una de las glorias de la gracia de Dios. Y
cuando ya no queda nada de bueno en el hombre, si de su corazón se
eleva un clamor, el Señor se digna con mucha frecuencia a enviarle
alivio en su tribulación. Ahora bien, si Dios ha oído las
oraciones aun de Hombres que no le han buscado de la manera más
elevada, y les ha dado liberación temporal en respuesta a sus
clamores, ¿no te oirá con mayor razón cuando te humillas en su
presencia, y desea ser reconciliado con El? Por cierto que éste es
un argumento.
Pero para entrar de lleno en el punto respecto de las oraciones
verdaderas y espirituales, todo el que pide, recibe sin ninguna
limitación. No ha habido un solo caso de un hombre que estuviera
realmente buscando bendiciones espirituales de Dios, que no las
haya recibido. El publicano estaba de pie alejado, y tan
quebrantado de corazón que no se atrevía a levantar los ojos al
cielo. Sin embargo, Dios lo miró desde arriba. Manasés yacía en la
oscura mazmorra. Había sido un cruel perseguidor de los santos;
nada había en él que pudiera servirle de recomendación ante los
ojos de Dios. Pero Dios lo oyó desde sus prisiones y concedió
libertad a su alma. Por su propio pecado Jonás llegó al vientre
del gran pez. En el mejor de los casos era un siervo de Dios
petulante. Sin embargo, desde el seno del infierno clamó y Dios le
oyó. Todo el que pide recibe, y el que busca halla y al que llama
se abrirá." Todo el que. Si necesitara evidencias podría
encontrarlas en este tabernáculo. Lo podría preguntar a cualquiera
que haya encontrado a Cristo, para dar testimonio de que Dios oyó
sus oraciones. Yo no creo que entre los condenados al infierno
haya alguien que se atreva a decir, "Yo busqué al Señor y él me
rechazó."
No se hallará en el día final de la rendición de cuentas una sola
alma que pueda decir: "Llamé a la puerta de la misericordia, pero
Dios se negó a abrirla." No habrá una sola alma que se puede poner
de pie ante el gran trono blanco y pueda reclamar: "Oh Cristo, yo
habría sido salvado por ti, pero tú no me quisiste salvar. Me puse
en tus manos, pero me rechazaste. Arrepentido pedí que tuvieras
misericordia de mí, pero no la obtuve." Todo el que pide recibe.
Ha sido así hasta el día de hoy, y será así hasta que Cristo
venga. Si tienes dudas, haz la prueba, y si ya has probado, prueba
nuevamente. ¿Estás vestido de harapos? No importa, todo aquel que
pide recibe. ¿Está inmundo por el pecado? No tiene importancia,
Todo el que busca, encuentra. ¿Te sientes como si estuvieras del
todo destituido de Dios? Tampoco importa," llamad y se os abrirá,
porque todo e1 que pide recibe." "¿No hay alternativa allí?" Sin
duda la hay, pero ello no altera esta verdad que no tiene limite
alguno; "todo el que." ¡Qué rico es este texto!" "Todo el que
puede, recibe.
Cuando nuestro Señor dijo estas palabras, él podría haber
recurrido a su propia vida como evidencia. En todo caso, nosotros
podemos referirnos a ella ahora y demostrar que nadie pidió de
Cristo sin recibir. La mujer sirofenicia al principio fue
rechazada cuando el Señor la llamó perrillo, pero cuando ella tuvo
el valor de decir: "Sin embargo, los perrillos comen las migajas
que caen de la mesa," ella descubrió que todo aquel que pide
recibe. Aquella mujer que desde atrás vino al Señor, apretado por
la multitud, y tocó el borde de su túnica, no estaba pidiendo,
estaba buscando, y encontró.
En respuesta a todo esto me parece oír la queja lamentable de
alguien que dice: "He estado clamando a Dios por mucho tiempo
pidiéndole salvación; le he pedido, le ha buscado y he llamado,
pero no me ha venido todavía." Bien, querido amigo, si se me
pregunta, quien tiene la verdad, Dios o tú, yo sé qué partido
tomar, y te aconsejaría que creas en el Señor antes de creer en ti
mismo. Dios oirá la oración, pero, ¿sabes que hay algo antes de la
oración? ¿Qué es? El evangelio no es todo el que ora será salvo.
No, ese no es el evangelio. Creo que será salvo, pero ese no es el
evangelio que se me ha ordenado predicaron. "Id por todo el mundo
y predicad el evangelio a toda criatura; el que"-- ¿quién? ¿qué
cosa?-- "el que creyere y fuere bautizado será salvo." Ahora, tú
le has estado pidiendo a Dios que te salve, ¿esperas que él te
salve sin que creas y seas bautizado? Seguramente no has tenido la
insolencia de pedir a Dios que anule su propia palabra. ¿No podría
decirte: "Haz lo que te he ordenado, cree en mi Hijo: el que cree
en el, dice alguien-- "confío en él plenamente." ¡Alma, no pidas
más salvación! ¡Y la tienes¡ ¡Eres salvo! Si confías en Jesús de
todo corazón, tus pecados te son perdonados y eres salvo. Y la
próxima vez que te acerques al Señor, vé a él con alabanza unida a
tu oración, y canta bendiciendo su nombre.
"Pero, ¿cómo puedo saber que soy salvo? dice alguien. Dios dice:
"El que creyere y fuere bautizado será salvo." ¿Has creído? ¿Has
sido bautizado? ¿Sí? Entonces eres salvo. ¿Cómo lo sé? Lo sé en
base a la mejor de las evidencias de todo el mundo. Dios dice que
lo eres. ¿Necesitas otra evidencia aparte de esta? "Quiero
sentirlo." ¡Sentirlo! ¿Son los sentimientos tuyos mejores que el
testimonio de Dios? ¿Tratarás a Dios de mentiroso pidiéndole más
señales y evidencias aparte de su segurísima palabra de
testimonio? No tengo otra evidencia aparte de su segurísima
palabra de testimonio. No tengo otra evidencia en este día en que
me atreva a confiar respecto de mi salvación sino esta: que
descanso en Cristo solamente con todo mi corazón, alma y
fortaleza. "Otro refugio no tengo," y si tienes esa evidencia, es
toda la evidencia que necesitas buscar este día. Después vendrán a
ti otros testimonios de la gracia en tu corazón, y en ti formarán
racimos y adornarán la doctrina que profesas, pero ahora, tu
primera preocupación debe ser creer en Jesús.
"He pedido fe," dice uno. Bueno, ¿qué quieres decir con ello?
Creer en Jesucristo es en don de Dios, pero además debe ser un
acto tuyo. ¿Piensas que Dios creerá por ti, o que el Espíritu
Santo cree en lugar de nosotros? ¿Qué tiene que creer el Espíritu
Santo? Tú debes creer por ti mismo o te pierdes .El no puede
mentir. ¿No creerás en El? El tuerce que se le crea, confía en él
y serás salvo, y tu oración será contestada.
Me parece oír a otra que dice: Cono en que ya he sido salvado;
pero estoy esperando la salvación de otros en respuesta a mis
oraciones"; Querido amigo, lo tendrás. "El que pide recibe; y el
que busca encuentra, y el que llama, se abrirá." "Pero yo he
buscado la conversión de tal persona durante años con mucha
oración." La tendrás, o sabrás algún día por qué no ha podido ser,
y quedarás contento con ello.
Sigue orando con esperanza. Hay muchos que han tenido la respuesta
a sus oraciones por otros después de muertos. Creo que les ha
hecho recordar otra ocasión del padre que durante muchos años oró
por sus hijos e hijas, y sin embargo, no solo no se convirtieron
sino que se hicieron sobremanera mundanos. Llegó el tiempo de
morir. Reunió sus hijos alrededor de su lecho, esperando dar un
testimonio tal de Cristo en el último momento que pudiera ser
bendecido por la conversión de ellos. Pero infelizmente para él,
tuvo gran angustia en su alma, porque tenía dudas de su propio
interés en Cristo. El era uno de los hijos de Dios que llegan al
lecho de muerte en tinieblas. Pero el peor de todos sus temores
era que sus queridos hijos se dieran cuenta de su angustia y
quedaran con prejuicios en contra de la religión. El buen hombre
fue sepultado y sus hijos estuvieron en el funeral, y Dios
contestó la oración del hombre ese mismo día, porque cuando se
retiraban del sepulcro, se decían unos a otros: "Hermano, nuestro
padre tuvo una muerte muy infeliz." "Sí, hermano; yo estaba muy
asombrado por ello, porque nunca vi un mejor hombre que nuestro
padre. "Ah," dijo el primer hermano, "si un hombre santo como
nuestro padre encontró que era difícil morir, para nosotros será
una cosa terrible cuando llegue el momento, porque no tenemos fe."
El mismo pensamiento los había golpeado a todos, y los condujo
hasta la cruz, de modo que la oración del buen hombre fue oída de
un modo misterioso. El cielo y la tierra pasarán, pero mientras
Dios viva, la oración debe ser oída. Mientras Dios sea fiel a su
palabra, las súplicas no son vanas. El Señor os dé gracia para
ejercitaros en ellas continuamente. Amén.
CONFIRMANDO EL
TESTIMONIO DE CRISTO
Por Charles Spurgeon
«Así como el testimonio de Cristo ha sido confirmado en vosotros»
(1 Corintios 1:6, RVR).
No es siempre la iglesia más dotada la que está en mejor estado.
Una iglesia puede tener muchos miembros ricos, influyentes o
eruditos; muchos que tengan el don de palabra y que comprendan
todas las ciencias; pero esta iglesia puede estar en una condición
insana. Esto era lo que sucedía con la iglesia en Corinto.
Pablo, al comienzo de su epístola, les cuenta que da siempre
gracias a Dios por ellos por la gracia que Dios les ha dado en
Cristo Jesús, que en todo eran enriquecidos en toda palabra, y en
todo conocimiento, de modo que no iban atrás en ningún don,
esperando la venida de nuestro Señor Jesucristo. Los corintios
eran lo que nosotros llamaríamos hoy, juzgando por la norma usual,
una iglesia de primera. Había entre ellos muchos que comprendían
mucha de la erudición griega; había gente de gusto clásico, y
hombres entendidos, hombres de profundos conocimientos, y sin
embargo, por lo que respecta a la salud espiritual, aquella
iglesia era una de las peores en toda Grecia, y quizá del mundo.
No se encontraría otra iglesia tan profundamente hundida entre
todas ellas como ésta, aunque era la más dotada. Ahora bien, ¿qué
debería enseñarnos esto, ya de entrada? ¿No debería enseñarnos que
los dones nada son, ano ser que sean puestos sobre el altar de
Dios? ¿Que de nada sirve tener el don de la oratoria, que nada es
tener el poder de la elocuencia, que de nada sirve tener
erudición, que de nada sirve tener influencia, a no ser que todo
esto sea dedicado a Dios y consagrado a su servicio? Cuando he
dicho que de nada sirve, me refiero que para nada bueno. ¡Ay!,
peor que para nada bueno; se trata entonces de algo malo, de algo
horrible; es horrendo que un hombre posea estos dones y que los
emplee mal, porque sólo servirán como combustible para una llama
más ardiente que la que habría soportado si no hubiera tenido
estas dotes. El que sepulta sus diez talentos bien puede esperar
ser entregado a los verdugos. Ésta es la lección que nos enseña.
Nunca juzguemos a los hombres por sus talentos -nunca estimemos a
nuestros semejantes por las cosas externas, sino por el uso que
hacen de sus capacidades; por el fin al que dedican sus talentos;
por el tipo de interés que ganan sobre aquellas libras que su
Señor les ha confiado. San Pablo, al comienzo de su epístola, les
indica muy gentilmente cuál es el uso adecuado de los dones y de
los talentos, y les dice que nos son dados para que podamos
«confirmar el testimonio de Cristo». Si no los empleamos para este
propósito, los usamos mal; si no los dirigimos a esto, abusamos de
ellos. Deberíamos emplear nuestras dotes de la manera en que los
corintios izo los empleaban, pero como hubieran debido hacerlo, en
la confirmación del testimonio de nuestro Señor Jesucristo. Los
corintios tenían más poderes que ninguno de nosotros. Muchos de
ellos podían obrar milagros; podían sanar a los enfermos; podían
restaurar leprosos; podían hacer maravillas por medio de los dones
sobrenaturales del Espíritu Santo. Algunos de ellos podían hablar
diversas lenguas, y allí donde iban podían hablar la lengua de la
gente entre la que estaban; debido a que no podían dedicar mucho
tiempo al aprendizaje de lenguas, y se precisaba de algo que
sostuviera a la recién nacida iglesia. Era entonces tan sólo un
vástago, y precisaba de un palo en el suelo a su lado, para
poderse apoyar en él, crecer, y fortalecerse. Era una pequeña
planta que necesitaba ser sustentada; y por ello es que Dios
obraba milagros; pero ahora es un finase roble, y tiene raíces
enroscadas alrededor de las más fuertes rocas de la creación;
ahora no necesita el soporte de milagros, y por ello Dios nos ha
dejado sin dones extraordinarios. Pero aquellos dones que tenemos
debemos emplearlos para el propósito mencionado en el texto, esto
es, para la confirmación del testimonio de Cristo Jesús.
Hay dos puntos de los que hablaremos según el Espíritu Santo nos
capacite. Primero de todo, el testimonio de Chisto Jesús; y
segundo, lo que se significa por nuestra confirmación del mismo.
I Primero, entonces, el testimonio de Cristo Jesús. Se nos dice en
el texto que había un testimonio de Cristo que «ha sido confirmado
en vosotros». Nuestra indagación es, qué es lo que se significa
por el testimonio de Cristo.
La primera verdad en toda teología es que este mundo está caído.
«Nos descarriamos como ovejas perdidas»; y si no hubiera habido
misericordia en la mente de Dios, podría haber dejado en justicia
que el mundo pereciera sin siquiera llamarlo al arrepentimiento;
pero él, en su maravillosa longanimidad y en su poderosa
paciencia, no se complació en ello. Lleno de tierna misericordia y
de bondad, decidió enviar al Mediador al mundo, mediante quien
pudiera restaurarlo a su prístina gloria, y salvar para sí a un
pueblo a quien «nadie puede contar», que han de ser llamados los
escogidos de Dios, amados con su amor eterno. A fin de poder
rescatar al mundo, y salvar a los elegidos, el Señor de los
Ejércitos ha ordenado constantemente un sacerdocio perpetuo de
testigos. ¿Qué fue Abel con su cordero sino el primer testigo
martirizado por la verdad? ¿Acaso Enoc no llevó el manto de Abel
al andar con Dios y profetizar de la segunda vetada? ¿No fue Noé
un predicador de justicia entre una generación contradictoria? La
gloriosa sucesión nunca falla. Abraham sale de Ur de los Caldeos,
y desde el momento de su llamamiento hasta el día en que durmió en
Macpela fue un testigo fiel. Luego podríamos mencionar a Lot en
Sodoma, a Melquisedec en Salem, a Isaac y Jacob en sus tiendas, y
a José en Egipto. Lee la historia de la Escritura, y podrás
observar una cadena dorada de eslabones unidos que cuelga sobre un
mar de tinieblas, pero uniendo a Abel con el último de los
patriarcas.
Hemos llegado ahora a una nueva era en la historia de la iglesia,
pero no está carente de luz. Ved aquí al hijo de Amram, al
glorioso Moisés. Este hombre fue un verdadero sol resplandeciente,
porque había estado donde las tinieblas velaban la inenarrable luz
de los ropajes de Jehová. Ascendió las empinadas laderas del
Sinaí; subió adonde destellaban los rayos y los truenos levantaban
su terrible voz; estuvo en pie sobre la ardiente *****bre de la
montaña; y allí, en aquella cámara secreta del Altísimo, aprendió
en cuarenta días, el testigo de cuarenta años, y fue el constante
anunciador de la justicia y de la rectitud. Pero murió, como ha de
suceder a los mejores hombres. ¡Duerme, oh Moisés, en un secreto
sepulcro! No temas por la verdad, porque Josué declara ahora: «Yo
y mi casa serviremos a Jehová.»
Los tiempos de los jueces y de los reyes fueron en ocasiones muy
tenebrosos; pero en medio de sus guerras civiles, de su idolatría,
de sus persecuciones y de sus visitaciones, el pueblo escogido
seguía teniendo un remanente, según la elección de la gracia.
Había siempre los que caminaban por la tierra, como los antiguos
druidas de los bosques, vestidos en vestiduras blancas de
santidad, y coronados con las glorias del Altísimo. El río de
verdad podría correr como un riachuelo más poco profundo, pero
nunca quedó seco del todo. Luego llega el tiempo de los profetas;
y ahí, tras atravesar un período de desolación, cuando el mundo
estaba sólo iluminado por lámparas como Natán, Abías, Gad o Elías,
encontramos que llegamos a la luz del mediodía, o más bien a un
cielo sin nubes, lleno de estrellas. Nos encontramos con un
elocuente Isaías, con el plañidero Jeremías, el sublime Ezequiel,
el amado Daniel, y, ¡he aquí!, detrás de estos cuatro sumos
sacerdotes de la profecía, siguen doce revestidos de los mismos
ropajes, ejercitando el mismo servicio. Podría calificar a Isaías
de estrella polar de la profecía; Jeremías se parece a las
lluviosas Híadas de Horacio; Ezequiel era el ardiente Sirio; y en
cuanto a Daniel, se parece a un llameante cometa, resplandeciente
en nuestra visión por un momento, y luego perdido en la oscuridad.
No me cuesta encontrar una constelación para los profetas menores;
son un dulce grupo de intenso resplandor, aunque pequeño: son las
Pléyades de la Biblia. Quizá en ningún tiempo anterior desfilaron
las estrellas de Dios en mayor número; sin embargo, en medio de
toda la anterior y posterior oscuridad, el cielo del tiempo nunca
estuvo en total oscuridad; siempre había un vigilante, un ser
resplandeciente, ahí. Dios malea ha abandonado el mundo, nunca ha
apagado su lámpara del testimonio; nunca ha dicho: «Ve, tú, cosa
vil», apartándolo con el pie. Pudo una vez inundarlo con agua;
pudo llover fuego y azufre sobre Sodoma; pudo ahogar una nación en
el mar; pudo destruir una generación en el desierto; pudo devorar
reinos y desarraigarlos; pero nunca, nunca, iba a extinguir la
llama eterna del testimonio de la verdad.
Estaba pensando ahora acerca de una pintura que vi hace pocos
días; un hermoso cuadro de un arroyo, con unos estriberones en el
agua sobre los que pasaba el caminante; y la idea acaba de pasar
por mi mente ciertamente, el arroyo de la maldad del hombre, y el
arroyo del tiempo, pueden ser cruzados gracias a estas piedras del
testimonio. Ahí tenéis a Noé, y él es un estriberón, para pasar a
Abraham; y de él a Moisés, y de Moisés a Elías; y así de Elías a
Isaías, de Isaías a Daniel, y de Daniel a los valientes Macabeos.
¿Y cuál es el último estriberón? Es Jesucristo, el testigo fiel y
verdadero; el Señor de los reyes de la tierra. Jesús fue, en
cierto sentido, el último testigo de la verdad. A nosotros nos
toca confirmarla a otros; y por unos momentos nos extenderemos
acerca de cuál fue el testimonio de Jesucristo. Primero de todo, a
fin de justificar que haya designado a Jesucristo como un testigo,
quiero referirme a un pasaje o dos de la Escritura, donde veréis
que vino a este mundo para ser testigo y declarador de la verdad.
Pasemos al capítulo tres de Juan, versículo treinta y vino. Dice
Juan: «El que viene de arriba está por encima de todos; el que es
de la tierra, es terrenal, y habla de cosas terrenales; el que
viene del cielo, está sobre todos. Y lo que ha visto y oído, de
eso testifica; y nadie recibe su testimonio. El que recibe su
testimonio, ése certifica que Dios es veraz.» Ahí encontramos a
Juan, que fue el heraldo de nuestro Salvador, hablando de Cristo
como dador de testimonio; hablando de él como aquel que vino al
mundo con el especial propósito de testificar de la verdad.
Sigamos más adelante, en este mismo libro, y encontraréis, en el
capítulo 8 y versículo 18, que nuestro Salvador dice esto de sí
mismo: «Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que
me envió da también testimonio de mí.» Luego me remito de nuevo al
capítulo 18 de Juan, y al versículo 37, donde Pilato dice a
Jesucristo: «Luego, ¿eres tú rey?» Y Jesús responde: «Yo para esto
he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de
la verdad.» Ahí de nuevo encontramos a nuestro Salvador hablando
de sí como testigo. Luego podría remitiros a algunas porciones de
la Escritura en Isaías, donde él habla de sí mismo como testigo;
pero me limitaré a las obras de nuestro amigo Juan; y pasaremos
ahora al libro de Apocalipsis. Pasemos al capítulo primero y
versículo cinco, y le encontramos diciendo: «Jesucristo, el
testigo fiel.» El capítulo tres del mismo libro, versículo
catorce: «Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: Esto dice
el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación
de Dios.» Ahora bien, creo que no deshonro a mi Señor al llamarle
«testigo». Lo he puesto junto a ma gloriosa nube de testigos, y he
dicho que es el último testigo; y creo que no he deshonrado su
bendito nombre cuando veo que él se llama a sí mismo «testigo».
Extendámonos un poco acerca de esto. Cristo es el rey mismo de los
testigos; él es el mayor de todos los testigos, y superior a cada
uno. No difiere de cualquier otro en las cosas de que testifica,
porque todos ellos testifican de la misma verdad; pero hay algo en
lo que este glorioso testigo es superior a todos los demás.
Primero dejadme observar que Cristo testifica directamente por sí
mismo, y ésta es una cosa en la que es superior a todo el resto de
los profetas -y a todos los otros santos hombres que testificaron
de la verdad. ¿Qué dijo Isaías? ¿Y Elías? ¿O Jeremías? ¿O Daniel?
Sólo dijeron cosas de segunda mano, dijeron lo que Dios les había
revelado. Pero cuándo Cristo hablaba; siempre hablaba directamente
desde él mismo. Todo el resto sólo hablaban lo que habían recibido
de Dios. Ellos tenían que esperar hasta que un serafín halado
trajera la brasa encendida; tenían que ceñirse el efod y el cinto
primoroso con su Urim y Tumim; tenían que estar en pie escuchando
hasta que la voz dijera: «Hijo del hombre, tengo un mensaje para
ti.» Eran sólo instrumentos soplados por el aliento de Dios, y
dando sones sólo a su placer; pero Cristo era una fuente de agua
viva, abría su boca y la verdad se derramaba, y todo provenía
directamente de él mismo. En esto, como testigo fiel, era superior
a todos los demás. Él podía decir: «Lo que hemos visto, y oído,
esto testificamos.» He estado dentro del velo; he entrado en el
sanctum sanctormn; he ahondado en las profundidades, he remontado
las alturas; no hay lugar en el que no haya estado, no hay verdad
que no pueda llamar mía. No soy una voz para otro. Yo soy Él. A
este respecto, era superior a todos.
En segundo lugar, Cristo era superior a todos los demás por el
hecho de que su testimonio fue uniforme. Siempre era el mismo
testimonio. No podemos decir eso de ningún otro. Mira a Noé; él
fue un muy buen testigo de la verdad, excepto una vez, cuando se
embriagó; en aquella ocasión fue un mísero testigo de la verdad.
David fue testigo de la verdad, pero pecó contra Dios, e hizo
matar a Urías. ¿Qué diremos de Elías, aquel hombre con ruda
vestimenta? Él fue testigo de la verdad, pero no lo fue cuando
estuvo en la cueva: «Y vino a él palabra de Jehová, el cual le
dijo: ¿Qué haces aquí, Elías?» Abraham fue otro testigo, pero no
lo fue cuando dijo que su mujer era su hermana, y la negó. Lo
mismo podría decirse dé Isaac; y si repasamos toda la lista de
hombres santos, encontraréis alguna falta en ellos; y nos veremos
obligados a decir que eran desde luego muy buenos testigos, pero
su testimonio no es uniforme. Hay una marca de la llaga que el
pecado ha dejado sobre todos ellos; había algo para mostrar que el
hombre no es, después de todo, más que un vaso de barro. Pero el
testimonio de Cristo fue uniforme. Nunca hubo una ocasión en que
se contradijera; nunca hubo un caso en el que se pudiera decir:
«Lo que dijiste lo estás contradiciendo ahora.» Vedlo en todas
partes, sea en la fría cumbre
del monte a medianoche, en oración, o en medio de la ciudad;
observadle caminando a través de los campos en día de sábado, o
cuando, en el mar, ordenó que las aguas se aplacaran; fuera donde
fuera, su testimonio era uniforme. Esto no se puede decir de nadie
más. Los mejores hombres tienen sus faltas. Dicen que el sol tiene
manchas, y así supongo que sucede con los hombres más gloriosos,
sean quienes sean, los que resplandecerán para siempre en el
firmamento, tendrán sus manchas mientras estén en la tierra. El
testimonio de Cristo era como su propia túnica, tejida de arriba
abajo; no había en ella costura alguna; las túnicas de los otros
hombres tienen costuras, pero su testimonio fue uniforme.
Además, el testimonio de Cristo fue perfecto en el testimonio de
toda verdad. Otros hombres sólo dieron testimonio a partes de la
verdad, pero Cristo la manifestó toda. Otros hombres tenían los
hilos de la verdad, pero Cristo tomó los hilos y los tejió en un
tapiz, los transformó en un ropaje glorioso, se lo puso, y salió
vestido con todas las verdades de Dios. Hubo más revelación de
Dios por medio de Cristo que en las obras de la creación, o que en
todos los profetas. Cristo fue testigo de todos los atributos de
Dios, y no dejó ninguno de ellos sin mencionar. Me preguntáis si
Cristo dio testimonio de la justicia de Dios; os lo diré: Sí.
Vedle colgando allí, muriendo en el Calvario, con todos sus huesos
dislocados. ¿Dio testimonio de la misericordia de Dios? Sí. ¿Veis
aquellas pobres criaturas abatidas? -el cojo salta como una
gacela, el pobre ciego contemplando el sol y regocijándose. ¿Dio
testimonio del poder de Dios? Os digo que sí. Le veis en pie a la
proa del barco, diciendo a los vientos: «¡Enmudece!», y
sosteniéndolos en su puño. ¿No ha dado testimonio de todo lo que
hay en Dios? Su testimonio fue perfecto; nada quedó fuera; todo
estaba allí. No podríamos decir esto de nadie más. Creo que no
podríais decir esto de ningún predicador moderno. Algunos dicen:
Me gusta oír a Fulano de Tal, porque predica muy doctrinalmente; a
otros les gusta que todo sea experiencia; a algunos les gusta todo
práctico. Muy bien, no esperáis que Dios haya hecho a un hombre
para decirlo todo. Desde luego que no. Una clase de hombres
defiende una clase de verdades, y otra, otras. Doy gracias a Dios
de que hayan tantas denominaciones. Si no hubiera hombres que
difirieran un poco en sus credos, nunca tendríamos tanto evangelio
como tenemos. A un hombre le encanta la doctrina elevada, y piensa
que está obligado a defenderla cada domingo. Tanto mejor. Algunos
no hablan de ella en absoluto, de modo que ayudan a suplir las
deficiencias de otros. A algunos les gustan las exhortaciones
ardientes; las dan cada domingo, y no pueden predicar un sermón
sin ellas. Pero otros nunca las dan; de manera que la 'falta de
uno es suplida* por él otro. Dios ha enviado a diferentes hombres
para defender diferentes clases de verdades. Pero Cristo las
defendió y predicó todas. Las tomó, las ligó en un manojo, y dijo:
«Aquí están la mirra, las especias y los áloes juntos; aquí está
toda la verdad»: El testimonio de Cristo fue perfecto.
Observemos, una vez más, antes que llegue a la confirmación de
este testimonio, que el testimonio de Cristo fue definitivo. El
suyo fue el último testimonio, la última revelación que será jamás
dada al hombre. Después de Cristo no hay nada. Cristo viene el
último: él es el estriberón que salva el arroyo del tiempo. Todos
los que vienen tras él son sólo confirmadores del testimonio de
Cristo. Nuestros Agustines, nuestros Ambrosios, nuestros
Crisóstomos, o cualquiera de los poderosos predicadores de la
antigüedad, nunca pretendieron decir nada nuevo. Sólo avivaron el
evangelio -aquel mismo antiguo evangelio que Cristo solía
predicar. Y Lutero y Calvino, y Zuinglio y Knox, vinieron sólo
para confirmar la verdad. Cristo dijo «finis» al canon de la
revelación, y quedó cerrado para siempre. Nadie le puede añadir
una sola palabra, ni quitársela. A nosotros los Inconformistas se
nos acusa a veces de inventar un nuevo evangelio. Negamos esta
acusación. Decimos que nuestros Owen, Howe, Henry, Charnock,
Bunyan, Baxter o Janeway, y toda aquella galaxia de estrellas, no
pretendieron dar nada nuevo; sólo predicaron lo mismo una y otra
vez, sólo avivaron las cosas que Cristo dijo, sólo profesaron ser
confirmadores de los testigos, y no testigos. Y así ha sido con
los grandes hombres que hemos perdido a lo largo del siglo pasado.
Whitefield y sus compañeros evangelistas, y hombres que estuvieron
en la misma postura que Gill, Booth, Rippon, Carey, Ryland, o
algunos de los que acaban de tiernos arrebatados -ellos no
pretendieron dar nada nuevo. Sólo dijeron: Hermanos, hemos venido
a contaron la misma antigua historia; hemos recibido aquello que
Dios ha dado; no somos testigos de cosas nuevas; sólo somos
confirmadores del testigo, Cristo Jesús.
II Y ahora llegamos a la segunda parte de nuestro tema, que es:
Cómo el testimonio de Casto ha de ser confrontado en vosotros.
Aquí tenemos dos puntos: el testimonio de Cristo ha de ser
confirmado en nosotros mismos, y ha de ser confirmado en otros.
1. En primer lugar, entonces, para cada cristiano el testimonio de
Cristo tiene que ser confirmado en su propio corazón. Oh amados,
ésta es la mejor confirmación de la verdad evangélica que cada
cristiano lleva consigo. Me encanta la Antología de Butlet, es un
libro muy poderoso. Me encanta Evidencias de Paley, pero nunca los
necesito yo mismo, para mi propio uso. No necesito prueba alguna
de que la Biblia es verdadera. ¿Por qué? Porque está confirmada en
mí. Hay un testigo que mora en mí y que me hace desafiar toda
incredulidad, de manera que puedo decir:
«Si todas las formas por hombres inventadas
Mi fe asaltaran con artes traicioneras,
Las llamaría vanidades y mentiras
Y ataría el evangelio a mi corazón.»
No me dedico a leer libros oponiéndose a las verdades de la
Biblia. Nunca me ha gustado meterme en lodazales sólo para poderme
lavar después. Cuando me piden que lea un libro herético, pienso
en el buen John Newton. El doctor Taylor, de Norwich, le dijo: «Ha
leído usted mi Clave a Romanos?» «Le he echado un vistazo», dijo
Newton. «¿Y ése es el trato que le da a un libro que me ha costado
tantos años de duro estudio? Usted debiera haberlo leído
atentamente y ponderado de manera cuidadosa lo que expone acerca
de una cuestión tan seria.» «Un momento», dijo Newton, «usted
acaba de encomendarme una actividad plena para una vida tan larga
como la de Matusalén. Mi vida es demasiado corta para dedicarla a
leer contradicciones de mi religión. Si la primera página me dice
que el autor está minando verdades, ya tengo suficiente. Si al
primer bocado de un filete noto que está en mal estado, no quiero
comérmelo todo para estar convencido de ello; lo aparto de mí.»
Habiendo tenido la verdad confirmada en nosotros, podemos reírnos
de todos los argumentos; estamos revestidos de una cota de malla
cuando tenemos un testigo de la verdad de Dios dentro de nosotros.
Todos los hombres de este mundo no nos pueden llevar a alterar una
sola jota de lo que Dios ha escrito dentro de nosotros. Ah,
hermanos y hermanas, necesitamos que la verdad de Dios sea
confirmada dentro de nosotros. Dejadme que os diga algunas cosas
que harán esto. Primero, el mismo hecho de nuestra conversión
tiende a confirmarnos en la verdad. ¡Oh!, dirá el cristiano, no me
digas que no hay poder en la religión, porque yo lo he
experimentado. Yo era irreflexivo como los demás; escarnecía la
religión y a aquellos que la seguían; mi lenguaje era: Comamos y
bebamos, disfrutemos de la vida, pero ahora, por medio de Cristo
Jesús, encuentro en la Biblia un panal de miel, que apenas si ha
de ser apretado para que se derrame su dulzura; es tan dulce y
preciosa para mi gusto que me gustaría sentarme y deleitarme con
mi Biblia para siempre. ¿Qué ha llevado a este cambio? Así es cómo
razona el cristiano. Dice: Ha de haber poder en la gracia, pues si
no, nunca habría sido tan cambiado como lo he sido; debe haber
verdad en la religión cristiana, pues si no este cambio nunca me
habría sobrevenido. Algunos hombres han ridiculizado la religión y
a sus seguidores, y sin embargo la gracia divina ha sido tan
poderosa que aquellos mismos escarnecedores han sido convertidos y
han sentido el nuevo nacimiento. A tales hombres no se les puede
argumentar en contra de la verdad de la religión. Podéis quedaros
con ellos y hablarles desde la temprana madrugada hasta la puesta
del sol, pero nunca podréis llevarlos a creer que no hay verdad en
la palabra de Dios. Tienen la verdad confirmada en ellos.
Luego hay otra cosa que confirma al cristiano en la verdad, y esto
es cuando Dios contesta a sus oraciones. Creo que ésta es una de
las más poderosas confirmaciones de la verdad, cuando descubrimos
que Dios nos oye. Ahora os hablo, en esta cuestión, de cosas que
he probado y manejado. El impío no lo creerá; dirá: Ah, ve y
díselo a los que no lo saben. Yo os digo que he comprobado el
poder de la oración cien veces, porque he ido a Dios, y le he
pedido misericordias, y las he obtenido. Ah, dicen algunos, sólo
es el curso común de la providencia. «¡El curso común de la
providencia!» Es un bendito curso de la providencia; si
estuvierais en mi posición no habríais dicho tal cosa; lo he visto
como si Dios hubiera rasgado los cielos y sacado la mano y dicho:
«Ahí, hijo mío, está la gracia.» Ha salido fuera de su camino de
manera tan clara que no podría llamarlo el curso común de la
providencia. A veces me he sentido deprimido y abatido, e incluso
descorazonado en cuanto a salir a ponerme delante de esta
multitud, y he dicho: ¿Qué haré? Podría haberme ido volando a
cualquier lugar antes que estar más aquí. He pedido a Dios que me
bendijera, y que me diera palabras que decir, y luego me he
sentido lleno hasta rebosar, de manera que me he podido presentar
ante esta congregación o cualquier otra. ¿Es éste el curso común
de la providencia? Es una providencia especial, una respuesta
especial a la oración. Y aquí hay algunos que pueden repasar las
páginas de su diario, y ver allí la mano de Dios interponiéndose
claramente; podemos decirle al incrédulo: ¡Lárgate! La verdad es
confirmada en nosotros, y confirmada de tal manera que nada puede
apartarnos de ella.
Vosotros habéis tenido la verdad confirmada en vosotros, mis
queridos amigos, cuando habéis encontrado gran apoyo en tiempos de
aflicción y tribulación. Algunos de vosotros habéis pasado por
problemas, porque nunca podemos esperar una congregación que esté
exenta de ellos. Algunos de vosotros habéis sido puestos a prueba
y habéis sido llevados a un gran abatimiento; ¿y no podéis decir
con David: «Fui abatido, y el Señor me ayudó»? ¿No podéis recordar
lo bien que resististeis la última aflicción? Cuando perdiste
aquel hijo, pensabas que no podrías soportarlo como lo soportaste.
Pero dijiste: «El Señor dio, el Señor quitó; bendito sea el nombre
del Señor.» Muchos de vosotros tenéis seres amados bajo tierra;
vuestra madre, padre, marido 0 mujer. Pensaste que tu corazón se
iba a partir cuando perdiste a tus padres; pero ¿no es cierta la
promesa, que cuando tu padre ,y tu madre te dejaren, entonces el
Señor te tomará? El te dijo, mujer, que sería padre para tus
hijos, ¿y no ha sido así? ¿No puedes decir: No ha faltado nada de
todo lo que el Señor ha prometido? Ésta es la mejor confirmación
de la verdad de Dios. A veces me vienen personas al vestíbulo, y
quieren que les confinase la verdad fuera de ellas. No puedo
hacerlo; quiero que tengan la verdad confirmada en ellos. Ellos
dicen: ¿Cómo sabemos que la Biblia es verdad? Oh, les digo, yo
nunca tengo que hacer ahora una pregunta así, porque ha sido
confirmada en mí. El Obispo me la ha confirmado -me refiero al
«Obispo de nuestras almas»; porque nunca fui yo confirmado por
nadie más, y me confirmó de tal manera en la verdad que nadie me
puede confirmar fuera de ella. Yo digo: Prueba la religión por ti
mismo, y verás su poder. Te quedas fuera de la casa, y quieres que
te demuestre lo que está dentro de la casa; entra tú mismo; gusta
y ve que el Señor es bueno: Oh, confiar en él es una cosa
bienaventurada. Ésta es la mejor manera de confirmar la verdad.
2. El segundo pensamiento fue que no sólo es cosa nuestra tener la
verdad confirmada en nuestras almas, sino vivir de tal manera que
pudiéramos ser el medio para confirmar la verdad en otros. ¿Sabéis
cuál es la Biblia que leen el hombre malvado y el mundano? No lee
esta Biblia en absoluto. Lee al cristiano. «Mira», dice él, «aquel
hombre va a la iglesia, y es un miembro; examinaré cómo vive, le
leeré de arriba abajo»; y lo examina y lee su conducta. «Si es
malo», dice él, «la religión es una farsa»; pero si es un hombre
que vive de manera consecuente, dice: «Hay algo en la religión,
después de todo.» Los malvados no leen la Biblia; leen a los
cristianos; leen a los profesantes y a los miembros. Los vigilan,
para ver cómo viven, con mirada atenta. Los cristianos tienen a
Argos contemplándolos con cien ojos. El mundo malvado contempla
cada falta con una lente de aumento, y convierte la menor mota en
un monte; y si tenemos una mota en nuestro ojo, la convertirán en
viga, y dirán en el acto que la persona es un hipócrita. Es el
deber de todo hijo de Dios vivir de tal manera que pueda confirmar
el testimonio de Cristo. Deberíamos esforzarnos para hacerlo en
todas las cosas comunes de la vida diaria: «Sea que comáis, o
bebáis, o cualquier cosa que hagáis, hacedlo todo para la gloria
de Dios.» Algunas personas piensan que la religión reside en
grandes cosas. No es así, sino que toca a las pequeñas. Aquel
hombre que murió anoche y fue al cielo; si le preguntáis cómo fue
su vida el día que murió -por qué comió, bebió, no hubo nada en
particular acerca del día. Tomemos cualquier día de nuestras
vidas. Comemos, bebemos, nos levantamos por la mañana, vamos a
dormir por la noche; no hay nada muy en particular acerca de cada
día. Nuestra vida está constituida por pequeñeces, y si no tenemos
cuidado de las pequeñeces, no tendremos cuidado de las grandezas.
Si no nos cuidamos de las cosas pequeñas, las grandes tendrán que
ir mal. ¡Ah, ten gracia para vivir de tal manera que el mundo no
pueda hallar falta en ti; y si ven en lo pequeño una exactitud y
casi precisión (y demasiada precisión será mejor que la dejadez de
la moralidad de algunos profesantes), entonces dirán: Algo hay en
la religión; la vida de este hombre la ha confirmado en mi mente,
porque vive conforme a ella.
Luego, otra vez, si puedes soportar los escarnios de los malvados
sin devolverlos, ésta será una manera de confirmar la religión.
Oh, cuando he entrado en controversia con algunos, y mi
temperamento me ha traicionado, me habría mordido los dedos por
ello. Si puedes controlar tu temperamento cuando la gente se ría
de ti, y si, cuando te insultan, no lo devuelves, confirmarás la
verdad. Dirán: Hay algo en este hombre, si no, no controlaría su
temperamento. Habéis leído acerca de James Haldane. En una
ocasión, cuando era inconverso, lanzó una pesada pieza de un ancla
a la cabeza de un hombre que le había ofendido; pero cuando ya era
regenerado, en otra ocasión en que fue insultado, simplemente
dijo: «Me resentiría, pero he aprendido a perdonar ofensas y a
pasar los insultos por alto.» La gente se vio obligada a decir de
él: «Algo hay en la religión que pueda transformar a un león como
éste, y hacer de él un cordero.» Así confirmarás el testimonio de
Cristo, si soportas la persecución. Si puedes soportar las burlas
y los escarnios de los malvados con paciencia, confirmarás la
verdad.
Ahora, amigos míos, concluyamos. La última confirmación que tú y
yo podremos jamás dar al testimonio de Cristo vendrá muy pronto.
Hay una hora en la que no podremos ya confirmar más la verdad;
porque hemos de morir, y ésta es la mejor confirmación de los
principios del hombre --cuando muere bien. Una de las
confirmaciones más nobles de la religión cristiana es el hecho de
que un hombre muera una muerte
pacífica, feliz y triunfante. Ah, si cuando te llegue el momento
de venir puedes decir: «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?», y si puedes asir en tu mano
a la tirana Muerte, y lanzarla al suelo, y triunfas en aquel que
dijo: «¡Oh muerte, yo seré tu muerte; oh Seol, yo seré tu
destrucción!» Si puedes morir sin temor, ni lamentación ni
remordimiento, sabiendo que estás perdonado -si puedes morir con
el cántico de victoria en tus labios, y con la sonrisa de gozo
sobre tu rostro, entonces confirmarás el testimonio de Cristo.
Una vez más, dejadme, como conclusión, que os apremie a vosotros
como seguidores de Cristo Jesús, como aquellos a quienes él ha
amado con amor eterno; como herederos de inmortalidad, como
aquellos que han sido rescatados del hoyo de la destrucción, como
profesantes de la religión, como miembros de una iglesia
cristiana, dejad que os ruegue que vuestro primer y último
objetivo sea confirmar el testimonio de Cristo. Allí donde estéis,
sea lo que sea que estéis haciendo, decid dentro de vosotros:
Tengo que vivir y morir de tal manera que pueda confirmar el
testimonio de Cristo. Tengo que andar de tal manera entre mis
amigos y vecinos, que vean que hay una verdad y un poder en la
religión. Y dejad que os advierta que no emprendáis esto en
vuestra propia fuerza; necesitaréis un poder de lo alto, del
Espíritu Santo. Recibid un suministro renovado de gracia
procedente del trono. Necesitaréis poder nuevo desde el trono de
la gracia celestial. Es un buen plan el que adoptan algunas
personas. Se van a casa, y cuando llegan allí tienen unos cuantos
minutos de oración con Dios. Es una bendita manera de remachar el
clavo, y de hacer que un sermón tenga efecto. Ah, si puedes ir a
tu casa y decir: ¡Hago solemne voto, pero no lo hago con mis
propias fuerzas; sin embargo, hago solemne voto por tu gracia, que
desde ahora en adelante será mi objetivo vivir más como
confirmador de la verdad! Antes no conocía mi excelsa posición,
pero ahora lo sé, que soy confirmador de la verdad. Señor, ayúdame
a vivir de tal manera que nunca haya techa en mi conducta, que
nunca una palabra vil proceda de mi boca. Hazme vivir de tal
manera que pueda confirmar la verdad. ¡Señor, ayúdame a confirmar
el testimonio de Cristo! ¡Ve y registra este voto, v esta
resolución, y busca la gracia de Dios para que no dejes. que se
trate de un voto incumplido,
sino que puedas ser capaz de vivir para la gloria de Dios, y para
la honra de su bendito nombre!
CRISTO - LA ROCA
"Por Charles Spurgeon
«Y la roca era Cristo» (Lucas 9:42).
Es un hecho que tenemos registrado en las Sagradas Escrituras que
hubo dos rocas, y que las dos dieron agua en el desierto para
suplir las necesidades de las Multitudes que pasaban por el
desierto. Algunos han supuesto que el apóstol Pablo dijo que sólo
había una roca, mientras que si leemos cuidadosamente lo que dice,
veremos que meramente observa que «y todos bebieron la misma
bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los
seguía, y la roca era Cristo».
Fuese donde fuese que estuviese aquella roca de la que bebían las
tribus de Israel, todos bebieron de la misma; no hubo dos rocas a
la vez; todos ellos bebieron de la misma roca que los seguía,
fuese cual fuese de las dos rocas; y aquella roca, refiriéndose a
cualquiera de las dos, era Cristo. Tanto si consideramos la
primera roca de Horeb, o la segunda de Cades, ambas eran tipo de
Jesucristo. Algunos pueden deducir que si hubo dos rocas, puede
que haya dos Cristos. En absoluto, amigos.
Cada Día de la Expiación había un nuevo chivo expiatorio, pero
esto no implica que deba haber un nuevo Cristo cada año. Se debía
ofrecer un cordero cada mañana y otro cada tarde, pero ¿quién
inferiría de eso que debía haber tantos Cristos como corderos?
Podemos decir, tanto de la roca de Refidim como de la roca de
Cades, «y la roca era Cristo». Comprended esto, habla dos roces,
pero no dos rocas a la vez; y por ello, todos bebieron la misma
bebida espiritual que manaba de la misma roca espiritual, «y la
roca era Cristo».
Nuestro objeto será mostraron que las dos rocas eran tipos
destacados de nuestro bendito Señor Jesucristo, que, siendo
golpeado, da agua para el refrigerio de su pueblo, y que los sigue
por todo el desierto con sus refrescantes corrientes. Permitid que
os pida que vayamos al primer pasaje, que trataremos de explicar,
en el capítulo 17 de Éxodo. No me detendré W por un momento a
señalar las varias perspectivas de Jesucristo en las que él
pudiese ser considerado como una roca, como siendo inmutable,
permaneciendo constantemente en la misma posición, como refugio
frente al turbión y a la tempestad, o como el lugar donde todos
los que le aman tienen refugio de las tempestades de la justicia
vindicadora. Éstos no son los temas a los que invito ahora a que
prestéis vuestra atención. El tema que tocamos no es Cristo como
una roca, sino Cristo como una roca en el desierto, de la que mana
el agua.
Permitid que os pida una atenta lectura del siguiente pasaje de
las Escrituras:
«Toda la congregación de los hijos de Israel partió del desierto
de Sin por sus jornadas, conforme al mandamiento de Jehová, y
acamparon en Refidim; y no había agua para que el pueblo bebiese.
Y altercó el pueblo con Moisés, y dijeron: Danos agua para beber.
Y Moisés dijo: ¿Por qué altercáis conmigo? ¿Por qué tentáis a
Jehová? Así que el pueblo tuvo sed, y murmuró contra Moisés, y
dijo: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matamos de sed a
nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? Entonces clamó
Moisés a Jehová, diciendo: ¿Qué haré con este pueblo? De aquí a un
poco me apedrearán. Y Jehová dijo a Moisés: Pasa delante del
pueblo, y toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también
en tu mano tu vara con que golpeaste el río, y ve. He aquí que yo
estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la
peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo. Moisés lo hizo
así en presencia de los ancianos de Israel. El llamó el nombre de
aquel lugar Masah y Meriba, por la rencilla de los hijos de
Israel, v porque tentaron a Jehová, diciendo: ¿Está, pues, Jehová
entre nosotros, o no?» Éxodo 17:7-7.
LA PRIMERA ROCA ERA CRISTO EN SU PERSONA
En primer lugar observamos que la roca de Refidim, u Horeb, era un
notable tipo de Cristo POR EL HECHO DE SU NOMBRE. Se llama Horeb;
y al consultar el diccionario de nombres encontraréis que la
palabra «Horeb» significa «sequedad»; también se llama Refidim,
que significa «lechos de reposo». Ahora bien, es de destacar que
estos dos nombres deban pertenecer a una roca; pero ambos títulos
pueden bien aplicarse a nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Primero, él era la Roca de Horeb: o sea, él era una roca en tierra
seca y yerma. Isaías profetizó de él que sería «raíz de tierra
seca», y así lo fue. Provino de una familia que, aunque había sido
regia, estaba casi extinguida. Su padre y su madre eran del común
del pueblo, de la clase menestral. Las glorias de la línea regia
de David habían quedado olvidadas entre el pueblo; sin embargo, de
ella provino Jesucristo, el hombre «escogido de entre el pueblo»,
para que fuese exaltado como gobernante sobre el Israel escogido
de Dios. Isaías dijo: «No hay apariencia en él, ni hermosura como
para que le miremos, ni atractivo como para que nos deleitemos en
él.» Si alguien hubiese contemplado las empinadas y agrestes
laderas de Horeb, cubiertas de espinos y zarzales, nunca hubiese
soñado que escondido en una roca tan dura hubiese un manantial de
agua suficiente para suplir las necesidades de la multitud.
Hubiera levantado las enanos atónito, y exclamado: «¿Será posible?
Se puede cavar buscando agua en la yerma arena, pero no puedo
suponer que ni el mismo Dios pueda sacar agua de esa roca
diamantina.» De esta manera los judíos, mirando a Jesús, dijeron:
«¿Puede ser él el Salvador tan largamente predicho para introducir
la era de oro? ¿Puede él ser el Mesías? ¿Él, el hijo del
carpintero? ¿Puede ése ser el que viene a redimirnos de nuestros
opresores, y a fundar un reino que nunca verá fin? ¿Es éste el
Jesús que debe descender como lluvia sobre la hierba segada, y
como chubasco para regar la tierra?» No podían prever salvación de
parte de él. Parecía una roca yerma, y no podían admitir que él
llegase a ser el Salvador de una nación poderosa; que él fuese uno
de cuyo costado traspasado saliesen corrientes sanadoras de sangre
y agua para lavar y purificar a sus hijos.
Observemos también el otro nombre: Rehdin, o lechos de reposo. ¿No
se aplica este dulce título al Señor? Aunque él sea ciertamente
como Horeb para sus enemigos, ¿no es sin embargo un verdadero
Refidim para sus amigos? Él mismo nos dice: «Venid a mí todos los
que estáis trabajados y cargados, y yo os daré reposo.» Y él nos
da reposo. Poco podríamos esperar reposar sobre una roca, pero no
hay reposo en ninguna otra parte. Podríamos reposar sobre el suave
plumón de la tierra, pero encontraremos que será duro para
nuestras cabezas en el día del juicio. Podemos amontonarnos
mansiones señoriales de nuestras propias obras, y esperar hallar
reposo en ellas; pero no hay otro reposo excepto el que queda para
el pueblo de Dios. Jesús es nuestro único reposo: el único que
necesitamos, y el único posible. Mis queridos amigos, ¿consideráis
a Cristo como Horeb, o sea, desolación y sequedad? ¿O podéis
contemplarle como vuestro Refidim, vuestro reposo? ¿Podéis decir:
«Señor, tú has sido por refugio de generación en generación»?
¿Puedes tú, como Juan, reclinar tu cabeza junto al seno del Señor
Jesús? ¿Puedes tú decir que has creído y que has entrado en el
reposo? Si es así, entonces eres un verdadero hijo de Dios, y
puedes regocijarte de que aquel que no tenía apariencia ni
hermosura es hermoso para ti; y que aquel que parecía ser todo
menos lo que esperaban los hombres, es para ti toda tu salvación y
todo tu deseo.
Puede que sea fantasioso apoyarse en estos nombres, pero prefiero
descubrir demasiado en la palabra de Dios que demasiado poco. Los
nombres me parecen extremadamente significativos, y, por ello, los
he mencionado ambos como aplicables a Jesucristo.
Observemos, a continuación, que esta roca, lo mismo que nuestro
Salvador, NO DIO AGUA HASTA QUE FUE GOLPEADA. Nuestro Señor Jesús
no fue Salvador hasta que fue golpeado, porque no podía salvar a
los hombres excepto por Su muerte. Es cierto que los patriarcas
ascendieron al cielo antes que muriese nuestro Salvador, pero ello
fue por la previsión de su muerte. Si cualquiera de nosotros
quiere tener el privilegio de contemplar la ciudad del Altísimo en
gloria, sólo Podremos entrar en ella por sus agonías. No puedo
tener confianza para mi salvación en el simple hombre Cristo
Jesús, o ni siquiera en Dios sobre todas las cosas, bendito para
siempre. No es Cristo, que es mi salvación, a no ser que añada su
cruz; es Cristo en el Calvario quien redime mi alma. Si él se
hubiese quedado aún en el cielo, sentado en Su sublime trono,
nunca podría haber sido el redentor de la raza humana. Con todo el
poderoso amor de su corazón, no habría podido redimir: sólo siendo
«azotado de Dios y afligido». Él fue nuestro Salvador antes que el
mundo existiese, así considerado en el pacto eterno; pero así fue
porque era contemplado como el Salvador azotado, inmolado antes de
la fundación del mundo. No hay esperanza para ti, amigo mío, fuera
del golpeado Jesús. Puedes inclinarte a adorar su cabeza exaltada,
pero esta cabeza exaltada no puede salvarte aparte de su frente
coronada de espinas. Puedes acudir al Cristo que sostiene el
cetro, pero, recuerda, Cristo con el cetro no podría ser tu
Salvador a no ser que hubiese sido primero Cristo enclavado.
Puedes allegarte a Cristo, cuyo ropaje son nubes de gloria, pero
recuerda, Aquel que está revestido de esplendor no hubiese podido
ser tu Redentor si primero no hubiese estado vestido de la
escarlata del escarnio, y sacado fuera con aquel infame Ecce Homo,
«He aquí el hombre». Es Cristo el sufriente quien nos redime. La
roca no da agua hasta que es golpeada, y por ello el Salvador no
da salvación hasta que es inmolado. Aprende entonces, creyente, en
todas tus contemplaciones del Salvador, a considerarle como el
Golpeado, porque es así, menospreciado y afligido, con las
cicatrices de la venganza sobre él, que llega a ser tu Redentor, y
el dador de salvación hasta lo último de la tierra.
Observemos también que esta roca debe ser golpeada de una manera
peculiar: ha de ser GOLPEADA CON LA VARA DEL LEGISLADOR, o no
saldrá agua. Así nuestro Salvador Jesucristo fue golpeado con la
espada del legislador en la tierra, y con la vara de su gran
Padre, el legislador en el cielo. Nadie sino Moisés podía golpear
la roca, porque él era rey en Jesurún, y como Dios en medio del
pueblo. Así es con nuestro Salvador. Es cierto que el Romano le
clavó en el árbol. Es cierto que el judío lo arrastró a la muerte;
pero es igualmente cierto que el Padre lo hizo todo. Es una gran
realidad que el hombre mató al Salvador, pero es una gran realidad
que fue su Padre quien le dio muerte. ¿Quién fue el que dijo:
«Despierta, oh espada, contra mi pastor, y contra el hombre
compañero mío»? Esto nos lo contesta el profeta cuando añade,
«dice Jehová de los ejércitos». Fue Dios quien entregó a su Hijo
por todos nosotros, y quien también ahora con él nos dará
libremente todas las cosas. Cristo no hubiese sido Redentor si su
Padre no le hubiese golpeado. No habría habido sacrificio
aceptable, aunque el Judío lo hubiese arrastrado a la muerte, o si
el Romano hubiese traspasado su costado, a no ser que el azote del
Padre hubiese caído sobre sus hombros, a no ser que la espada del
Padre hubiese traspasado su bendito corazón. Fue la espada del
legislador la que golpeó a Jesucristo, e hizo de él nuestro
aceptable sacrificio. Creyente, contempla este magno hecho; te
ayudará a adorar a Dios Padre e Hijo de la manera más solemne.
Recuerda, fue el Padre quien golpeó al Salvador. Recuerda, fue el
Hijo quien sobrellevó el azote del Padre. No fue el cruel flagelo;
no fue la corona de espinas; no fueron sólo los clavos los que
hicieron de Cristo el Salvador: fue el clamor, «Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has desamparado?» No fue Herodes, ni fue Pilato,
los que le dieron muerte como a nuestro Salvador; ellos le dieron
muerte como a un malhechor; pero fue Dios quien lo entregó para
morir por nosotros. Su Padre dijo: «Tomadle, que muera.» Fue del
cielo que vino la orden de ejecución. Fue de parte de Dios que
cayó el golpe. Y si no hubiese sido de parte del Padre, todos
hubiésemos sido condenados, aunque hubiese muerto un Salvador. Era
necesario que fuese la vara del legislador la que golpease a esa
Roca de la Eternidad, para hacer manar de ella abundantes
corrientes de agua, trayendo perdón y paz a almas moribundas.
Luego observemos que cuando la roca fue golpeada, LO FUE EN
PUBLICO. Leemos en el versículo 5: «Pasa delante del pueblo, y
toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también en tu mano
tu vara.» No fue hecho en secreto, en un rincón oscuro de la
tierra, sino que se hizo delante de los ancianos. Igualmente
nuestro Salvador, cuando fue muerto, no fue ejecutado en privado,
sino que fue llevado a la cima del monte Gólgota, y allí, en medio
de la multitud que se había reunido, entre escarnios y burlas,
menosprecio y oprobio, murió. Los ancianos del pueblo estaban
allí; el hombre rico estaba allí, en su orgullo y pompa, mirando
al falleciente Salvador, y escarneciéndole por su humilde origen.
Los pobres estaban allí, gritando con voces malvadas:
«Crucifícale, crucifícale», señalándole con el dedo, y meneando
las cabezas contra el poderoso Príncipe que entonces expiraba. El
sabio estaba también allí, el hombre del Sanedrín, el
representante de la filosofía y sabiduría de la tierra, el cual
decía: «Si él es el Cristo, descienda ahora de la cruz.» El
iletrado estaba también allí; también él se reía del Salvador
escarneciéndole, y le sacaba la lengua en ignorante y zafio gesto.
El justo estaba también allí, justo en su propia consideración,
con la filacteria entre sus ojos; con la ancha franja de su manto.
El mayor de los pecadores estaba también allí, porque allí colgaba
el salteador, expirando en un madero. Todo tipo de personas
contemplaron al golpeado Señor. Los judíos estaban congregados
multitudinariamente; también los romanos, tomando parte destacada
como representantes de la raza gentil. De hecho, siendo que era el
tiempo de la Pascua, estaban reunidos griegos, partos y medos,
elamitas y los moradores de Mesopotamia. Gentes de todas las
naciones, de pie como representantes de toda la tierra, vieron
morir al Salvador, mientras los ancianos estaban allí como
representantes de todas las tribus de Israel.
Hay otra cosa que no podemos pasar por alto. Esta roca, golpeada,
y que por ello representaba la humanidad de nuestro Salvador
ofrecido por nuestros pecados, tenía también DIVINIDAD ENCIMA DE
ELLA; porque observaréis lo que dice en el versículo 6: «He aquí
que yo estaré delante de ti allí sobre la peña de Horeb.» Aunque
era una roca seca, y representaba con ello la condición de
humillación de Cristo; aunque era una roca golpeada, y por ello
representaba su humanidad sufriente; sin embargo, sobre aquella
roca resplandecía la luz brillante de la Shekiná. Dios, con las
alas extendidas de los querubines, estuvo sobre la roca, y el
pueblo le vio; hubo una manifestación de su deidad sobre la roca
de Horeb. Y lo mismo en el Calvario. Aunque fue Cristo quien
murió, verdadero hombre, había sin embargo lo suficiente de la
deidad en la roca golpeada del Calvario para mostrar que Dios
estaba allí. Hubo la negra noche del mediodía; hubo el cubrimiento
del sol en nubes de negrura; hubo el hendimiento de las peñas, el
desgarramiento en dos del velo del templo, el despertar de los
muertos, el terror de las multitudes. Dios estaba ahí: estaba la
deidad además de la humanidad. «He aquí que yo estaré delante de
ti allí sobre la peña Horeb.» Creo que Dios se reveló así para
mostrar que Cristo la Roca era divino además de humano. ¡Ah, qué
dulce es contemplar la compleja persona de nuestro querido
Redentor!; contemplarle como verdadero hombre padeciendo por
nosotros, y sin embargo verle como verdadero Dios, sentado sin
padecer en el cielo más sublime. Recuerdo lo que dice Harrington
Evans de manera tan entrañable, que cometemos un gran error cuando
deificamos la humanidad de Cristo, y que cometemos un error
semejante cuando bajamos la deidad de Cristo al nivel de su
humanidad. Debemos recordar que la naturaleza humana de Cristo era
tan humana como la nuestra; que sufrió, fue tentada y probada,
como la nuestra. No debemos suponer que la divinidad de Cristo ha
restado en absoluto en el menor grado su humanidad; pero, al
contemplarle como hombre peregrino, lleno de dolores, y
experimentado en quebranto, no debemos olvidar que era Dios de
Dios al mismo que era verdadero hombre. Aunque su humanidad se
veía con la mayor evidencia, sufriendo por el pecado del hombre,
había también suficiente resplandor en la nube para dejar que los
hombres viesen que Dios estaba allí. Y, aunque la muerte se asió
del hombre, sin embargo Dios se mostró el más poderoso de todos,
venciendo por nosotros. Dios estuvo en aquella primera roca para
mostrarnos que Cristo era divino, además de humano.
Apenas si me será necesario indicar la otra razón por la que esta
roca es como Jesús, esto es, que CUANDO FUE GOLPEADA BROTÓ EL AGUA
de una manera abundante, suficiente para todos los hijos de
Israel, y fue siguiéndoles a lo largo de sus jornadas, hasta que
le plugo a Dios pararla, para abrir otra fuente, para damos otra
exhibición de Cristo en otra forma.
Cristo golpeado, amados míos, mana agua para todas las almas
sedientas, dando suficiente para cada hijo de Israel. De Cristo
golpeado mana una corriente que no es que fluya hoy, o mañana,
sino para siempre; y así como esta corriente sirvió para los
israelitas allí donde fuesen, así Jesucristo, en virtud de su
expiación y su gracia, sigue a sus hijos allí donde peregrinan. Si
son llevados al desierto de Sin, o a las regiones de Cades, Cristo
les seguirá; la eficacia de su sangre, la luz de su gracia, el
poder de su evangelio, les acompañará en todas sus decenas de
millares de peregrinaciones, por muy difíciles que sean sus
caminos por los que les lleve el pilar de nube. ¡Oh, bendito
Jesús!, tú eres ciertamente un dulce antitipo de la roca. Una vez
mi sedienta alma clamaba por alguna cosa para satisfacer sus
necesidades; estaba hambriento y sediento de justicia; miré a los
cielos, pero eran como de bronce, porque un Dios airado parecía
mirarme ceñudo el ceño; miré a la tierra, pero era árida arena, y
mis buenas obras me habían fallado. No tenía justicia propia;
todos mis pozos estaban cegados, y cuando los legisladores cavaron
el pozo con su varas y cantaron, «Sube pozo», no salía agua, con
todo. Pero bien recordaré cuando mi alma desmayaba dentro de mí, y
Dios dijo: «Ven aquí, pecador, te mostraré dónde puedes beber», y
me mostró a Cristo en su cruz, con su costado traspasado y sus
manos clavadas. Pensé que oía el grito al expirar en la muerte:
«Consumado es.» Y cuando lo oí, ¡mira!, vi una corriente de agua,
en la que apagué mi ardiente sed. Y aquí estoy.
«Un monumento de la gracia, Pecador por la sangre salvado; Las
corrientes de amor remonto. Hasta aquella fuente: Dios; Y en su
poderoso pecho veo pensamientos de eterno amor para mí.»
Pero esto sé: si nunca hubiese visto la fuente abierta, nunca
habría vivido; si no hubiese contemplado aquella poderosa
corriente manando allí, nunca habría apagado mi sed. Y ahora
aquella agua siempre atrae mi alma, y cuando quiero calmar mi
renovada sed, de nuevo me precipito a aquella fuente, como el
ciervo sediento. A1 Dios encarnado huyo: aquí puedo apagar mi
ardiente sed y nunca morir. ¡Oh pecadores!, ¿queréis el agua de
vida? Cristo os la da. ¡Oh maravilla de maravillas!, aquel que
dijo: «tengo sed», dice también: «Si alguno tiene sed, venga a mí
y beba.» Aquel que no tuvo ni una gota de agua para humedecer sus
labios, dijo sin embargo: «El que cree en mí, como dice la
Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.» Un. 7:38).
Venid a Cristo, almas sedientas; venid a Jesús, los sedientos,
porque escrito está: «A todos los sedientos: Venid a las aguas; y
a los que no tienen dinero: Venid, comprad y comed. Sí, venid,
comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.»
Veis entonces, amados, que esta roca es un tipo de Cristo
personalmente, es un tipo de él como muriendo, azotado por
nuestros pecados. He sido breve acerca de estos puntos en
particular, porque quiero mostraron cómo estas dos rocas eran tipo
de Cristo, y puede que sea cosa algo instructiva que lo haga así.
II Ahora debo
pediros que prestéis atención a otra escena en Números 20:1-13.
«Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto
de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades; y allí
murió María, y allí fue sepultada. Y porque no había agua para la
congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón. Y habló el pueblo
contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando
perecieron nuestros hermanos delante de Jehová! ¿Por qué hiciste
venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos
aquí nosotros y nuestras bestias? ¿Y por qué nos has hecho subir
de Egipto, para traemos a este mal lugar? No es lugar de
sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua
para beber. Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la
congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se
postraron sobre sus rostros; y la gloria de Jehová apareció sobre
ellos. Y habló Jehová a Moisés, diciendo: toma la vara, y reúne la
congregación, tú y Aarón tu hermano, v hablad a la peña a vista de
ellos; y ella dará su agua, v les sacarás aguas de la pella, v
darás de beber a la congregación v a sus bestias. Y Jehová dijo a
Moisés v a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme
delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta
congregación en la tierra que les fue dado. Estas son las aguas de
la rencilla, por las cuales contendieron los hijos de Israel con
Jehová, y con las que él manifestó su santidad.»
De esta segunda roca se puede decir: «Y aquella roca era Cristo.»
Ahora bien, creo que la primera roca era Cristo personal; creo que
LA SEGUNDA ROCA ERA EL CRISTO MÍSTICO
Sabéis lo que quiero decir por el Cristo místico. Ya sois
sabedores que en la Escritura la palabra «Cristo» denota a menudo
la iglesia de Cristo, todo el cuerpo del pueblo de Cristo, a
Cristo la cabeza, y a todos los miembros. La primera roca era el
mismo Cristo, el Hombre-Dios, azotado por nosotros; la segunda
roca es Cristo la iglesia, Cristo la cabeza y todos los miembros
juntos; y de la iglesia, y sólo de la iglesia, ha de manar siempre
todo lo que necesita el mundo. Nunca se darán ningunas bendiciones
al mundo excepto por el cuerpo místico de Jesucristo. Así como el
perdón y la paz solas manan a través de la persona del Cristo
crucificado y golpeado, del mismo modo las bendiciones dadas a
este mundo sólo pueden fluir a través de Cristo la gran cabeza y
de su cuerpo, la iglesia. Ahora voy a mostraros los paralelos
aquí.
Primero, observaréis EL LUGAR donde estaba situada esta roca. Se
mencionan dos nombres al inicio del capítulo, justo al principio.
«Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto
de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades.» A ésta se
le llamó la roca de Cades. Cades significa santidad, y es ahí
donde mora místicamente Cristo. Místicamente, Cristo puede ser
siempre conocido por su santidad. Podemos distinguir la iglesia de
Cristo por el hecho de estar separada del mundo. Mora en Cades.
Parece que esto estaba en el desierto de Sin, o Zin, que significa
«adarga», y «frialdad». Es cosa cierta que la iglesia de Dios se
mantiene en una doble posición. Se mantiene en frialdad e
indiferencia con respecto al mundo, y se mantiene también segura,
como en una adarga, con respecto a su bendito Dios. Observad el
nombre, porque es significativo; la segunda roca no era Horeb,
sequedad, como lo era Cristo personalmente, sino santidad, Cades,
como es Cristo ahora en su iglesia. Porque la iglesia es una
iglesia santa, justificada por medio de la justicia de su bendito
Señor; una iglesia santa, santificada por la influencia del
Espíritu Santo, y liberada del pecado. Podéis conocer a la iglesia
de Dios, aunque mora en las tiendas de Cedar y habita entre
pecadores, porque es siempre distinta, y levanta su tienda en
Cades, siendo santa, santificada para el Señor.
Ahora, amados, habiendo sólo dado unas indicaciones acerca del
nombre, quiero mostraros el paralelo aquí. Podéis observar la
manera en que el agua debía ser sacada de la segunda roca. No
debía serlo GOLPEANDO, sino HABLANDO: Ésta era la voluntad
revelada de Dios. Quería que esta roca bendijese al pueblo no
volviendo a ser golpeada, sino hablándosele. Así, amados, es la
voluntad revelada de Dios que Cristo bendiga místicamente al mundo
por la palabra. La iglesia de Cristo envía corrientes de agua
viviente cada día hablando. Es por la locura de la predicación que
Dios salva a los que creen. Hace de la iglesia una corriente,
derramando crecidas de vida y de verdor sobre todas las tierras
estériles de este mundo, que si no hubiesen sido entregados, como
los desiertos del Sahara, a la sequedad. Él hace de la iglesia, o
quiere hacerla, una bendición por la palabra. ¿Cómo puedo bendecir
el mundo? Hablando, y sólo hablando. ¿Cómo puede cada cristiano
bendecir el mundo, y la iglesia en general llegar a ser bendición
para el Universo? Sólo hablando. Dios ha ordenado el sencillo
medio de testimoniar del evangelio de la gracia de Dios para hacer
que las crecidas vivientes de la gracia divina se derramen sobre
el mundo. Si alguien quiere vida de Cristo, debe conseguirla
oyendo la palabra de Dios. Y si alguno de nosotros desea conferir
una bendición a sus semejantes, debe hacerlo hablándoles la
bendita palabra de Jesucristo.
Pero ahora observad que así como era la voluntad revelada de Dios
que Cristo bendijera místicamente al mundo hablando, sin embargo,
por el pecado de Moisés, LA ROCA NO DIO AGUA POR HABLARLE, SINO
POR GOLPEARLA. La roca fue golpeada dos veces. Ahora bien,
tenemos. aquí un paralelismo significativo. La iglesia de Cristo
fue dada por Dios en su voluntad revelada para que bendijese al
mundo sólo hablando. Pero los malvados de este mundo han vuelto a
golpear a Cristo en su iglesia. Han perseguido al pueblo de Dios,
y los principales beneficios que la iglesia da ahora al mundo,
hablando en general, provienen de los golpes de la persecución.
Moisés golpeó la roca no una, sino dos veces, para mostrar que si
era posible, el pueblo de Cristo sería aún más perseguido,
atormentado y acosado que su conductor. La golpeó dos veces; el
agua no salió al principio: para mostrar que una persecución
prolongada sería necesaria para bendecir al mundo, y que los malos
de este mundo iban de cierto a golpear a la iglesia una y otra
vez, antes que el mundo recibiese una plena bendición.
Pero aunque el golpe fue un acto pecaminoso, EL AGUA BROTÓ, para
mostrar que mediante la persecución la iglesia ha sido hecha una
bendición para el mundo. Los túmulos funerarios de Smithfield han
esparcido chispas por toda esta nación, y han encendido mil
fuegos. El golpe dado a la roca del evangelio de Dios, la iglesia,
ha esparcido gotas de preciosa agua a tierras donde de modo
contrario nunca habría manado. Ha sido por la persecución que se
han esparcido las semillas de la vida, como las semillas que son
impelidas por los vientos, procedentes de plantas que en caso
contrario habrían quedado sin descendencia. La persecución saca
las palabras de los hijos de Dios, y las dispersa por todas
partes. Nunca se llevó a cabo un acto más significativo que el de
exhumar los restos de Wycliffe y echar sus cenizas en el río, de
donde fueron llevadas al mar, y luego a las costas de todas las
tierras. Así es ahora místicamente con Cristo; ha de ser esparcido
por todas partes, y sus cenizas han de ser echadas a los vientos
del cielo, para que dé vida a naciones distantes, y para que todos
los hombres oigan la verdad.
Veis lo que he intentado; espero que me he hecho entender. Esta
segunda roca es un tipo no de Cristo de manera personal, sino de
Cristo en su iglesia. El Salvador del mundo en sentido
instrumental, no mediador. No era la voluntad revelada de Dios que
su iglesia debiera ser la salvadora del mundo recibiendo golpes,
sino por la palabra. Los hombres malos han ido en contra de la
voluntad divina, y han golpeado la iglesia. Sin embargo, se ha
encontrado que golpear la iglesia produce los mejores efectos. El
agua brota. Cuanta más persecución, cuantas más aflicciones ha de
soportar la iglesia, tanto más poderosas son las corrientes de
agua que de ella brotan, dirigiéndose al ancho mundo. Creo,
hermanos, que no hay nada mejor en el mundo para un hombre, o para
la iglesia, que un poco de persecución. ¿Qué hubiera sido de
nosotros, si no hubiese sido por las calumnias, los insultos y los
agravios de continuo amontonados sobre nuestras cabezas? Creemos
que nuestra prosperidad se debe en no poca medida a nuestros
enemigos. No nos habrían conocido, a no ser que nos hubiesen
calumniado. No se habría oído de nosotros, a no ser que nos
hubiesen querido abatir; pero no nos pueden abatir por mucho que
digan. Cuanto más intenten oprimirnos, tanto más nos
multiplicamos; y, a semejanza de los hijos de Dios en Egipto,
cuanto más quieran destruirnos bajo diversas opresiones, tanto más
Dios nuestro Padre nos multiplica y hace abundar. ¡Ah, hermanos
míos, nunca os avergoncéis de la persecución! Recordad que debéis
ser golpeados. Es cierto que Dios no tuvo la intención -la tuvo en
sus consejos secretos, pero no según su voluntad revelada- que
fueseis golpeados; nunca se agrada de los que os golpean. Dijo que
debíais bendecir al mundo hablando. Moisés erró, y un mundo
malvado ha errado. Es cosa innegable que Dios decretó que Moisés
golpease la roca, aunque Moisés lo hizo pecaminosamente. Así Dios
ha decretado que seáis golpeados, para que tengáis alguna utilidad
para los demás. El higo no madura sino es golpeado. Y timo habrías
madurado si no hubieses sentido la vara. Las fuentes de la honda
tierra nunca enviarían sus aguas excepto que se horadase hasta el
mismo fondo. Igualmente el cristiano ha de ser horadado con
aflicciones para que pueda dar agua de vida. Se dice que la ostra
no tendrá perlas a no ser que sufra una irritación. De la misma
manera es cierto que el cristiano no tendrá perla alguna si no
tiene algunas pruebas y aflicciones. La roca ha de ser golpeada; y
si recibe un golpe doble, no tengáis miedo, porque la roca fue
golpeada dos veces, y brotaron las aguas.
Pero quiero que observéis que la roca, aunque golpeada
erróneamente, FUE GOLPEADA CON LA VARA DEL LEGISLADOR. Esto me
fascinó cuando pensé por primera vez en ello, que la misma roca,
que es místicamente Cristo, fue golpeada con la mismísima vara que
golpeó a la primera roca, al mismo Cristo. Si yo sufro por Cristo,
mis padecimientos son los padecimientos de Cristo. Y aunque sean
ocasionados por el hombre como causa segunda, sin embargo surgen
verdaderamente de Dios. «La vara de los injustos no reposará sobre
la heredad de los justos»; y cuando los malos nos golpean,
ignorándolo no nos golpean con su propia vara, sino con la vara de
Dios. Dios mide nuestras pruebas y nuestras aflicciones, y, haga
lo que haga el enemigo contra mí, no puede golpearme con nada más
que con la vara de mi Padre. Mi Padre hace incluso de la vara del
Rabsacés la vara de justicia para Ezequías, pero el Rabsacés no
puede golpear con su propia vara. Es la vara de Dios la que cae
sobre sus hijos. Ningún hijo de Dios es nunca golpeado con ninguna
vara sino la de Dios. Puede que pensemos que viene del infierno,
pero en realidad proviene del cielo. Aunque Judas traicionó a su
Señor, leemos que «fue a esto destinado». Y si nuestro amigo más
íntimo levantase su talón contra nosotros, incluso entonces es
Dios quien le ha dado al perro permiso para ladrar. Ningún león
devorador ruge contra los lujos de Dios hasta que Dios abre su
boca. Ningún fiero leopardo emerge de su guarida para ir contra un
heredero del cielo a no ser que Dios lo saque fuera. El mismo
diablo deviene un siervo de Dios. No puede golpear al hijo de Dios
más que con la vara de Dios. Tuvo que acudir y pedir permiso a
Dios para oprimir a uno de los hijos de Dios; tuvo que pedir
autorización para afligir a Job, e incluso entonces Satanás no
pudo afligir al mismo Job, pero rogó a Dios diciendo: «Extiende
ahora tu mano.» Fue la mano de Dios la que tuvo que golpear a Job,
aunque pareciese que Satanás fue su instrumento. Así, amado,
aunque seas golpeado por una vara, es la misma vara la que cayó
sobre la espalda de Cristo.
Observaréis una vez más, vosotros, los que gozáis persiguiendo a
los hijos de Dios, que aunque grandes resultados surgieron de
golpear a la roca, sin embargo Moisés FUE CASTIGADO por hacerlo.
Moisés jamás entró en la Tierra Prometida, por haber golpeado
aquella roca. Era el emblema del Cristo místico, e incluso golpear
el emblema tenía significación. A Moisés le había sido mandado
hablar, no golpear. Golpeó con atolondramiento y rebeldía, y fue
por ello castigado. ¡Observa esto, perseguidor! Serás castigado
por tu persecución, tanto si es de palabra como de obra. Todo lo
que hagas contra un hijo de Dios te valdrá una terrible
retribución en tu propio serio. «Al que haga tropezar a uno de
estos pequeños que creen en mí, irás le valdría que le colgasen al
cuello una piedra de molino de asno, y que le hundieran en el
fondo del mar.» Os digo, hombres y mujeres, que hay perdón para
toda clase de pecados contra el Hijo de Dios, incluso para la
persecución; pero si hay algo que Dios, cuando castiga, visita con
Lu1a terrible venganza, es ésta. ¿No recordáis cómo Herodes, el
orgulloso perseguidor, fue comido por los gusanos? ¿Nunca habéis
oído de la suerte de Antíoco Epifanes, que dio muerte a los
gloriosos Macabeos, a los testigos de la verdad? ¿Nunca habéis
oído cómo murió el Obispo Bonner, que había perseguido a los hijos
del Señor? ¿No sabéis que raras veces los perseguidores mueren en
sus lechos, o que, si lo hacen, mueren como si las llamas del
infierno estuviesen encendidas a su alrededor, antes de entrar en
él? Ser un perseguidor es ciertamente algo horrible. Un pecador de
cualquier clase ha de ser condenado, si muere inconverso, pero un
perseguidor ha de ser hundido en lo más hondo del abismo sin
fondo. Temblad, vosotros los calumniadores, escarnecedores y
ridiculizadores, los que oprimís al pueblo de Dios; recordad que
su Hacedor es poderoso. Ellos no pueden vengarse a sí mismos. Y no
desean hacerlo. Pero recordad: «Mía es la venganza, yo daré el
pago, dice el Señor.» Puede ser con algunos de vosotros que sois
perseguidores de los hijos de Dios, que haya salido ya la
sentencia; y si es así, oh hombre, nunca entrarás en la tierra
prometida, porque has golpeado aquella roca. Pero, aunque seas
perseguidor, escucha la verdad de Dios. Pablo dijo: «Yo era
perseguidor e injuriador, pero fui recibido a misericordia, porque
lo hice con ignorancia, en incredulidad.» ¿Lo has hecho en
ignorancia? ¿Ha estado alguno de vosotros persiguiendo a los hijos
de Dios, no creyendo que fuesen de él, sino suponiendo que eran
hipócritas? ¡Escuchad esto! Volved, perseguidores, volved,
vosotros que habéis pecado voluntariosamente contra Dios. En él
hay plena redención. Él puede borrar vuestras transgresiones, y
limpiaros de vuestros pecados; sí, él pasará por alto vuestras
iniquidades, os recibirá en su gracia, y os amará abundantemente,
si clamáis a él de todo corazón. ¡Ah, creedme!, no hay pecado que
pueda condenar a nadie si tiene fe en Cristo. No hay crimen, por
negro que sea, que pueda excluir a un hombre del cielo, si tan
sólo cree en Jesucristo; pero si sigues hasta tu tumba como
encanecido pecador contra Dios, ¡cuán terrible será tu suerte
cuando los feroces leones de la venganza quiebren tus huesos, o
cuando llegues al fondo del foso en el que esperabas poder
destruir a Daniel! Le verás liberado a él, y tú mismo serás echado
en medio de demonios más fieros que lo que jamás hayas podido
imaginar, y en medio de las llamas más horrendas que lo que jamás
hayas soñado. Sí, tiembla: «Besad al Hijo, para que no se enoje, y
perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira.
Bienaventurados todos los que en él confían.»
¡Que Dios bendiga todo lo que he dicho, para vuestras almas, por
amor de Jesucristo!
DEL ESTERCOLERO AL TRONO
"Por Charles Spurgeon
"Y levanta del polvo al pobre. Y al menesteroso alza del
estiércol, para hacerles sentar con los príncipes, con los
príncipes de su pueblo." (Salmo 113:7, 8)
Este texto trata especialmente de la obra de la gracia de Dios. En
este caso vemos mejor que en otro alguno la condescendencia
infinita de Dios en su trato con el hombre se vale de lo que es
vil para el mundo y de lo de ningún valor para reducir a nada lo
que se jacta de algo. Elige para sí mismo lo que con desprecio
desecha el mundo.
Cubre el tabernáculo del testimonio con piel de foca, elige piedra
tosca, sin labrar como material para construir el ara, una zarza
cual candelabro para su manifestación ardiente y un pobre
pastorcillo de ovejas para ser el «hombre según su corazón». Las
personas y cosas que desprecian los hombres son a menudo de gran
estima a la vista de Dios. Halla decenas de millares que por su
estado y dignidad merecen un estercolero y les eleva llevándolos
en sus potentes brazos de misericordia, hasta sentarlos entre los
príncipes de su pueblo.
Con motivo del texto fijémonos, pues, en dónde halla sus
escogidos, cómo les eleva y dónde les coloca.
I. Dónde los halla
La expresión del texto implica que se hallan en la categoría
social más baja. Muchos de los elegidos del Señor no sólo se
hallan entre los obreros, sino en las filas de los más pobres
hijos del trabajo. Hay personas cuya penosa ocupación apenas
produce lo bastante para proporcionarles el alimento suficiente
para mantener el alma unida al cuerpo y, no obstante, llegan a
poseer pan espiritual en abundancia. Muchos visten miserablemente,
llevando remiendo sobre remiendo, mas a pesar de ello, ante Dios,
ni Salomón en el apogeo de su gloria, estaba vestido como uno de
ellos. Algunas de las biografías más hermosas contienen la vida y
hechos de cristianos elevados de la mayor miseria. Y ¿quién no ha
contemplado con el mayor placer a esas personas afligidas de
diversas calamidades, que han tenido que ir a parar en algún
asilo, a esos creyentes en Dios que comen de gracia el pan
cotidiano por carecer de fuerzas y de ocasión para ganárselo con
sus propias manos? Pobre oyente que me escuchas esta mañana v te
sientes casi indigno de sentarte en uno de estos asientos del
lugar del culto, te suplico no te imagines que la pobreza sea un
impedimento de elevación a la categoría de príncipe para con Dios.
Todo lo contrario. La gloria del Evangelio es que ha de ser
predicado a los pobres.
Pero, evidentemente, el texto tiene un sentido más espiritual. El
estercolero es un lugar donde se echan las cosas inútiles; las
cosas gastadas, ya inservibles para todo uso, se echan a la
basura. Acaso desde su primitivo y apropiado uso, se les ha dado
ya dos o tres anos, más o menos adecuados, pero ahora sólo sirven
de estorbo, y de consiguiente se echan a la basura para que se
lleve lejos. ¡Cuántas veces los elegidos del Señor se han sentido
semejantes a tal desecho, inútiles para todo uso, dignos solamente
de ser tirados a la basura! Tú, querido amigo, tal vez en este
momento te reconoces tal nulidad. Esta apreciación te causa
tristeza, pero es, sin embargo, señal de salud. Cuando nosotros
nos tenemos en poco Dios nos tiene en gran estima. Dios resiste al
soberbio, pero da gracia al humilde. «El no quebrará la caña
cascada; ni apagará la mecha que humea.» Aunque seas digno tan
sólo de ser echado a la basura, su misericordia tierna te tendrá
en cuenta y te elevará entre los príncipes de su pueblo.
Quizás ofrezca más consuelo tener presente que el estercolero es
el lugar de destino para las cosas inmundas y repugnantes. De
tales cosas acostumbramos a decir: «¡Fuera esa peste!» Cuando una
cosa entra en descomposición, procuramos librarnos de ella en
seguida. ¡Qué triste! Triste es que tengamos que aplicar esto a
alguno de nuestros semejantes, pero es preciso hacerlo. ¡Oh
amigo!, si el pecado te hace sentir enfermo, la cabeza enferma, el
corazón fatigado, y si desde la cabeza hasta los pies te parece
podrida llaga y corrupción, todavía el amor del Señor de gloria
bajará hasta ti. Aun cuando al robo hayas añadido el homicidio y
al homicidio iniquidad, la misericordia divina te busca y la
sangre de Cristo aún es capaz de limpiarte de toda vileza. Todo
aquel que se arrepiente y cree en El, queda justificado de todo
aquello de que la ley de Moisés no le podría justificar.
El pecado es un mal horroroso, un veneno fatal; sin embargo, y aun
cuando hubiere penetrado en tu alma y en tu cuerpo hasta hacerte
repugnante, moral y físicamente, la gracia infinita de Dios,
manifestada en Cristo Jesús, es capaz de levantarte de tanto
embrutecimiento y degradación v constituirte en glorioso trofeo de
su gracia.
II. Cómo el Señor lo efectúa
Cuando el culpable, inútil y desgraciado pecador oye que Cristo
Jesús vino al mundo a buscar y salvar lo perdido esa pobre alma
dirige la vista hacia El, como diciendo: «Señor, tú eres mi último
recurso. Si tú no me salvas, estoy perdido para siempre; de ti
depende en absoluto mi salvación, porque yo no puedo ayudarme; no
puedo añadir ni siquiera un hilo a la tela del vestido de tu
justicia. Si tú no has completado la obra de salvación, no tengo
nada para agregar a ella. Si tú no has pagado del todo el precio
del rescate, no tengo ni un céntimo para completarlo. Señor, estoy
ahogándome, me hundo, a ti me acojo; sálvame por tu amor y
misericordia.»
Toda mi esperanza
en ti descansa.
Llegando el alma a este punto, ya está fuera del estercolero.
Desde el momento en que el pecador se abandona así a la
misericordia divina, cesa de ser pecador perdido. Dios borra de
una plumada, como si dijéramos, sus culpas. Ya no se halla
culpable en su presencia, sino justificado por la sangre de
Cristo. Es salvado por gracia, mediante la fe, no por obras: es
don de Dios. Ya puede levantarse de su arrepentimiento en saco y
ceniza, cantando un nuevo cántico en honor del Cordero inmolado
que le redimió, no con oro y plata, sino con su preciosa sangre.
Así por el don de su Hijo unigénito aceptado por el perdido, Dios
eleva a sus elegidos de su estado de perdición y ruina,
haciéndoles ver y sentir que están sobre el estercolero y que no
pueden librarse de la miseria ellos mismos.
Todo cristiano presente en esta congregación, cualquiera que haya
sido su vida anterior, se halla perfecto a la vista de Dios,
mediante la obra de Jesús. La justicia inmaculada de Dios le es
atribuida mediante la fe, de suerte que se halla «acepto en el
Amado». Los hijos de Dios salvados del estercolero disfrutan de la
seguridad completa de la salvación. Están seguros de que están a
salvo, pudiendo decir con Job: «Sé que mi Redentor vive.» No dudan
de si son hijos de Dios o no, porque el Espíritu rinde testimonio
a su espíritu que son hijos de Dios, nacidos de arriba. Cristo es
su hermano mayor. Dios es su Padre y les rige el espíritu filial,
mediante el cual dicen: «Abba Padre.» Están convencidos de que «ni
la muerte, ni la vida, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto,
ni lo bajo, ni ninguna criatura podrá apartarles del amor de Dios
que es en Cristo Jesús, su Señor». Pregunto a cada uno de
vosotros, de corazón entendido, si esto no es estar entre los
príncipes de su pueblo.
Los hijos de Dios, favorecidos por la gracia divina, tienen el
privilegio de tener comunión con Cristo Jesús. Como Enoc, andamos
con Dios. Como una criatura anda con su padre llevada de su mano,
mirándole el rostro, así los elegidos de Dios andan con su Padre
celestial, del modo más íntimo, familiar y confiado, hablándole,
explicándole sus tristeza, escuchando de su boca de gracia los
secretos de su amor. La comunión con Jesús es cosa de más precio
que el diamante más precioso de cualquier diadema imperial, de más
precio que la corona más hermosa que vista el primer rey de la
tierra.
Pero no es esto todo. Los creyentes son favorecidos con la gracia
santificadora del Espíritu Santo. Dios, el Espíritu, mora en el
cristiano verdadero por humilde que sea entre los hombres: es un
templo ambulante en el que reside la divinidad. El Espíritu de
Dios mora en nosotros y nosotros en él. Y este Espíritu santifica
diariamente la vida y obra del cristiano, de manera que todo lo
hace como para Dios; si vive, vive para Dios; si muere, le es
ganancia. Queridos, en verdad es estar sentado entre príncipes el
experimentar la influencia santificadora del Espíritu del Señor.
Además, muchos santos reciben, por añadidura, la bendición de ser
útiles y hacemos hincapié en esto especialmente porque de linaje
real es todo hombre positivamente útil a sus semejantes. No creáis
que exagero; hablo la pura verdad: es príncipe verdadero quien
hace bien a sus semejantes. Ser capaz de sembrar perlas sacándolas
de la boca puede constituir a uno príncipe de cuento de hadas;
pero si los labios son bendición para las almas de los hombres
llevándoles al Salvador, esto es ser príncipe de verdad. Alimentar
al hambriento, vestir al desnudo, levantar al caído, enseñar al
ignorante, animar a los tristes, fortalecer a los vacilantes y
conducir a los creyentes al trono de Dios, esto, hermanos, es
andar revestido de un brillo que cordones y estrellas, órdenes y
condecoraciones, jamás pueden conferir al hombre.
Aún más; el mundo tiene la idea de que somos gente sin dicha. Los
escritores nos pintan a los caballeros andantes cual personas
animosas, valientes y llenas de gozo y entusiasmo, mientras que
los pobres puritanos eran gente desdichada, detestando los días
festivos, aborreciendo los juegos y entretenimientos lícitos,
caritristes y miserables, siendo una lástima que bajaran al
infierno porque ya lo tenían en esta vida. Esto es falso;
absolutamente falso, o por lo menos caricatura grosera. El
regocijo de los caballeros no era más que chisporroteo de espinas
bajo la olla; pero en los pechos de los puritanos moraba un gozo
profundo e inagotable.
Pero sea como fuese, lo positivo es que nosotros que confiamos en
Jesús somos la gente más bienaventurada y feliz del mundo; y esto
no naturalmente, porque algunos de nosotros somos melancólicos por
naturaleza; no siempre circunstancialmente, porque algunos de
nosotros somos extremadamente pobres; pero en nuestro interior
somos verdadera y positivamente felices, y podéis creerlo, el gozo
de nuestro corazón no puede ser aventajado por ningún otro. Ni por
el doble del oro que hay en todas las Indias mentiría en este
caso: si hubiera de morir como un perro mañana, no cambiaría mi
lugar con hombre alguno debajo del cielo en lo que toca a gozo y
paz del alma, porque el ser cristiano y saberlo, disfrutar de este
hecho, conocer la elección y comprender el glorioso llamamiento de
Dios, esto proporciona más bienaventuranza, paz y gozo, en diez
minutos, que el que se halla cien años en las moradas del pecado.
Así que, leyendo en el texto que «nos hace sentar con los
príncipes», no pienso tanto en la figura retórica que, como todas,
cojea; porque Dios nos coloca muy por encima de todos los
príncipes terrestres, y si no fuera por lo que sigue, sería mejor
prescindir de la figura; pero esto lo explica: «príncipes de su
pueblo»> es decir, príncipes de otra sangre; grandes de otro
reino. Entre los tales hace Dios morar a los suyos.
III. Dónde los hace sentar
«Entre los príncipes.» Ya hemos indicado la idea, pero vamos a
fijarnos en otro aspecto del caso. «Entre príncipes» es el lugar
de sociedad escogida. No se admite a cualquier en tal círculo
distinguido. Entre tales aristócratas no debe meterse el plebeyo.
Sangre azul circula por sus finas venas y no se puede esperar que
el carmesí común se permita avivar la corriente lánguida. Pero ¿el
verdadero cristiano? Pues éste también vive en sociedad muy
distinguida. Oigamos: «Nuestra comunión verdaderamente es con el
Padre y con su Hijo Jesucristo» (Juan 1:3). ¡Hablar de sociedad
selecta! Ninguna hay más distinguida que ésta. Somos «linaje
escogido, real sacerdocio, gente santa.» No nos liemos llegado al
monte de Sinaí, sino al monte de Sión v a la ciudad del Dios vivo,
Jerusalén la celeste, y a la compañía de muchos millares de
ángeles, y a la congregación de los primogénitos que están
alistados en los cielos (Hebreos 12:18-24). Esta es la sociedad
escogida.
Por otra parte, aunque los soberanos tengan sus días y sus horas
de audiencia, el príncipe será recibido mientras el pueblo ha de
mantenerse a distancia. Así también en lo espiritual, el hijo de
Dios tiene acceso libre al trono del cielo a toda hora. Nuestros
privilegios son de la mayor importancia. «Porque por él los unos y
los otros tenemos entrada por un mismo espíritu al Padre.»
«Lleguémonos, pues, confiadamente, al trono de la gracia -dice el
apóstol- para alcanzar misericordia y hallar gracia para el
oportuno socorro» (Hebreos 4:16). Tal es nuestra sociedad elegida,
tal nuestro privilegio de palacio y de trono.
Se supone que entre los príncipes hay riqueza abundante. Pero,
¿qué y cuál es la riqueza de los príncipes de la tierra comparada
con la de los creyentes? Pues, «todo es vuestro, y vosotros de
Cristo, y Cristo de Dios». El que aun a su propio Hijo no perdonó,
antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no os dará también con
Él todas las cosas?
Los príncipes tienen también poder especial. El príncipe ejerce
influencia; maneja el cetro en sus dominios. Y así, nosotros,
somos hechos «reyes y sacerdotes para Dios y reinaremos para
siempre jamás». No somos reyes de tal o cual dominio de triple
corona, y no obstante tenemos triple dominio: reinamos sobre el
espíritu, alma y cuerpo. Reinamos sobre el reino unido del tiempo
y de la eternidad: reinaremos en el venidero, para siempre jamás.
Los príncipes disfrutan de honor especial. Las masas desean ver al
príncipe y se deleitarían en servirle. Se le concede el primer
puesto en el reino: es de sangre real y es preciso que se le
estime y respete. Queridos, oigamos la Palabra: «Y juntamente nos
resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los cielos con Cristo
Jesús», de modo que como participamos de su cruz participaremos de
sus honores.
Pablo fue arrebatado del estercolero de la persecución y no
obstante no es inferior a nadie en la gloria; y tú aun cuando
fueras el primero de los pecadores, no tendrás más mala suerte
cuando venga el Señor en su gloria. Pero como te redimió con su
sangre y te honró en la tierra, así te honrará en el estado
futuro, haciéndote sentar consigo y reinar entre los príncipes de
su pueblo para siempre jamás. ¡Bendiga Dios estas palabras
por amor de Jesús! Amén.

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