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Las Cosas no Siempre son lo que Parecen
Dos ángeles viajeros se pararon para pasar la noche en el hogar de
una familia muy adinerada. La familia era descortés y no quiso
permitirle a los ángeles que se quedaran en la habitación de
huéspedes de la mansión. En vez de eso les dieron un
espacio pequeño en el frío sótano de la casa. Sucedió que
mientras los ángeles preparaban sus camas en el duro piso, el
ángel más viejo vio
un hueco en la pared y lo reparó. Cuando el
ángel más joven preguntó el por qué, el ángel más viejo le
respondió: "Las cosas no siempre son lo que parecen."
La siguiente noche, el par de ángeles vino a descansar en la casa
de un señor y una señora muy pobres, pero muy hospitalarios.
Después de compartir la poca comida que la familia pobre tenía, la
pareja le permitió a los ángeles que durmieran en su cama donde
ellos podrían tener una buena noche de descanso. Cuando amaneció
al siguiente día, los ángeles encontraron bañados en lágrimas
al señor y a su esposa. La única vaca que tenían, cuya leche
había sido su única entrada de dinero, yacía muerta en el campo.
El ángel más joven estaba furioso y preguntó al ángel más
viejo: "¿Cómo pudiste permitir que esto pase? El primer hombre lo
tenía todo, sin embargo tú lo ayudaste. La segunda familia tenía
muy poco, pero estaba dispuesta a compartirlo todo, y tú
permitiste que la vaca muriera"
"Las Cosas no siempre son lo que parecen," le replicó el ángel más
viejo. "Cuando estábamos en aquel sótano de la inmensa mansión,
yo noté que había oro almacenado en aquel hueco de la pared.
Debido a que el propietario estaba tan obsesionado con avaricia y
no dispuesto a compartir su buena fortuna, yo sellé el hueco, de
manera tal que nunca lo encontraría."
"Luego, anoche mientras dormíamos en la cama de la familia pobre,
el ángel de la muerte vino en busca de la esposa del agricultor. Y
yo le di a la vaca en su lugar... Las Cosas no siempre son lo que
parecen."
Algunas veces, eso es exactamente lo que pasa cuando las cosas no
salen como uno espera que salgan. Si tú tienes fe, solamente
necesitas confiar en que cualesquiera que fueran las cosas que
vengan, serán siempre para bien, incluso si no parecen serlo.
Dice el Libro de Dios: "y sabemos que a los que aman a Dios, todas
las cosas les ayudan a bien..." (Rom. 8:28a).
La Herencia
Pertenecía a su bisabuela y él sabía que debía ser muy cuidadoso.
El jarrón era uno de los tesoros más preciados
de su madre. Así se
lo había afirmado.
El jarrón, puesto en alto, estaba fuera del alcance de pequeñas
manos, pero de alguna manera lo logró. Solamente quería ver si el
delgado borde de capullos de rosas iba todo por detrás. Él no se
dio cuenta que las manos de un niño de cinco años, a veces son
torpes y no están hechas para sostener delicados tesoros de
porcelana. Se hizo pedazos cuando golpeó el suelo y él comenzó a
llorar. El llanto se transformó pronto en un sollozante gemido,
que iba haciéndose más y más fuerte. Desde la cocina su madre oyó
llorar a su hijo y vino corriendo. Sus pisadas apresuradas
resonaron en la sala y doblaron la esquina. Ella entonces se
detuvo, lo miró y vio lo que él había hecho.
Entre sollozos, él pudo pronunciar dificultosamente las
palabras:"rompí... el jarrón".
Y entonces su madre le dio un regalo.
Con una mirada de alivio, su madre dijo: "Oh, gracias a Dios.
¡pensé que te habías lastimado! Y lo sostuvo tiernamente hasta que
sus sollozos desaparecieron".
Ella fue perfectamente clara, él era su tesoro. A pesar de ser ya
un hombre maduro, es un regalo que sigue manteniendo en su
corazón.
Colaboración de José Lara, Van
Nuys, California, USA
La
Oferta Final
El acaudalado Barón inglés Fitzgerald tenía sólo un hijo varón, el
cual comprensiblemente era la niña de sus ojos, el centro de sus
efectos, hijo único, el foco de la atención de la familia.
El hijo creció, pero a sus breves diez años su madre murió,
abandonándolo a él y a su padre. Fitzgerald sufrió por la pérdida
de su esposa pero se propuso dedicarse a ser un buen padre para su
hijo. Pasado el tiempo, el hijo se enfermó gravemente y murió
poco antes de cumplir los once años. Mientras tanto, las empresas
financieras de fitzgerald prosperaron
grandemente. El padre
acostumbraba usar mucho de su fortuna para comprar obras de arte
de los "famosos".
Y con el
transcurso del tiempo, Fitzgerald mismo enfermó y se murió.
Previo a su deceso, había preparado cuidadosamente su testamento
con instrucciones explícitas cómo debían ser liquidados sus
bienes. Dispuso que debería efectuarse una subasta, donde se
vendería toda su colección de obras de arte. Debido a la cantidad
y calidad de obras de arte de su colección, valuada en millones de
libras esterlinas, se había reunido, expectante, una gran multitud
de futuros compradores. Entre ellos se encontraban muchos
conservadores de museo y coleccionistas privados, ansiosos de
hacer ofertas.
Las obras de arte fueron expuestas antes del comienzo del remate.
Entre ellas estaba una pintura que no había recibido mucha
atención. Era de pobre calidad y estaba hecha por un desconocido
artista local. Parecía ser un retrato del único hijo de
Fitzgerald.
Cuando llegó el momento de comenzar la subasta, el subastador
martilló para llamar la atención del publico antes que empezaran
las ofertas, el abogado leyó el testamento de Fitzgerald, quien
había dado instrucciones de que el primer cuadro a ser subastado
sería la pintura de "mi hijo".
La pintura de pobre calidad no recibió ninguna oferta...¡ salvo
una ! El único interesado fue el viejo sirviente que había
conocido al hijo y lo había amado y servido, el cual por razones
sentimentales hizo la única oferta. Por menos de una libra inglesa
compró la obra.
El subastador interrumpió las ofertas y le pidió al abogado que
leyera nuevamente el testamento. La multitud estaba silenciosa,
era bastante inusual, y el abogado leyó el testamento de
Fitzgerald: "Quienquiera que compre el cuadro de mi hijo recibe
toda mi colección.
¡La subasta
ha terminado!"
La
Oración
Un hombre norteamericano servía como misionero en un pequeño
hospital en una área rural de un país africano, cada dos semanas
viajaba a la ciudad en bicicleta para comprar provisiones y
medicamentos. El viaje era de dos días y
tenía
de atravesar la jungla. Debido a lo largo del viaje, debía de
acampar en el punto medio, Pasar la noche y reanudar el viaje
temprano al siguiente día. Dejemos que él nos relate lo que
experimentó en cierta ocasión:
En uno de estos viajes, llegué a la ciudad donde planeaba retirar
dinero del banco, comprar las medicinas y los víveres y reanudar
mi viaje de dos días de regreso al hospital.
Cuando llegué a la ciudad; observé a dos hombres peleándose, uno
de Los cuales estaba bastante herido. Le curé sus heridas y al
mismo tiempo Le hablé de Nuestro Señor Jesucristo. Después de
esto, reanudé mi viaje de regreso al hospital. Esa noche acampé en
el punto medio y a la mañana siguiente reanudé mi viaje y llegué
al hospital sin ningún incidente.
Dos semanas más tarde repetí mi viaje. Cuando llegué a la ciudad,
se me acercó el hombre al cual yo había atendido en mi viaje
anterior y me dijo que la vez pasada, cuando lo curaba, el se dio
cuenta que yo traía dinero y medicinas. El agregó "Unos amigos y
yo te seguimos en tu viaje mientras te adentrabas en la jungla,
pues sabíamos que habrías de acampar." Planeábamos matarte y tomar
tu dinero y medicinas. Pero en el momento que nos acercamos a tu
campamento, pudimos ver que estabas protegido por 26 guardias bien
armados".
Ante esto no pude mas que reír a carcajadas, y le aseguré que yo
siempre viajaba solo. El hombre insistió y agregó: "no señor, yo
no fui la única persona que vio a los guardias armados, todos mis
amigos también los vieron, y no solo eso, sino que entre todos los
contamos".
En ese momento, uno de los hombres en la Iglesia se puso de pie,
interrumpió al misionero y le pidió que por favor le dijera la
fecha exacta cuando sucedió ese hecho. El misionero les dijo la
fecha y el mismo hombre le dijo la siguiente historia. "En la
noche de tu incidente en África, era de mañana en esta parte del
mundo, y yo me encontraba con unos amigos preparándome para jugar
golf. Estábamos a punto de comenzar, cuando sentí una imperiosa
necesidad de orar por ti, de hecho, el llamado que el señor hacía
era tan fuerte, que llamé a algunas personas de nuestra
congregación a que se reunieran conmigo en este santuario lo más
pronto posible." Entonces, dirigiéndose a la congregación le dijo:
" todos los hombres que vinieron en esa ocasión a orar, ¿podrían
por favor ponerse de pie?". Todos los hombres que habían acudido a
orar por él se pusieron de pie, el misionero no estaba tan
preocupado por saber quienes eran ellos, mas bien se dedicó a
contarlos a todos - y en total eran 26 hombres.
Esta historia es un ejemplo vivo de como el Espíritu del Señor se
manifiesta en forma tan misteriosas. Si en alguna ocasión sientes
esa necesidad de orar por alguien, deja lo que estas haciendo y
hazlo. Una oración sincera... siempre llegará a oídos de Dios.
El
Carpintero
Un carpintero ya entrado en años estaba listo para
retirarse. Le dijo a su Jefe de sus planes de dejar el negocio de
la construcción para llevar una vida más placentera con su esposa
y disfrutar de su familia. El iba a extrañar su cheque mensual,
pero necesitaba retirarse. Ellos superarían esta etapa de alguna
manera.
El Jefe sentía ver que su buen empleado dejaba la compañía y le
pidió que si podría construir una sola casa más, como un favor
personal. El carpintero accedió, pero se veía fácilmente que no
estaba poniendo el corazón en su trabajo. Utilizaba materiales de
inferior calidad y el trabajo era deficiente. Era una
desafortunada manera de terminar su carrera.
Cuando el carpintero terminó su trabajo y su jefe fue
a inspeccionar la casa, el jefe le extendió al carpintero
las llaves de la puerta principal.
Esta es tu casa -dijo- es un regalo de la compañía para ti.
¡Qué tragedia! ¡Qué pena! Si solamente el carpintero
hubiera sabido que estaba construyendo su propia casa, la hubiera
hecho de manera totalmente diferente. ¡Ahora tendría que vivir en
la casa que construyó no muy bien que digamos!
Así es con nosotros. Construimos nuestras vidas de
manera distraída, reaccionando cuando deberíamos
actuar, dispuestos a poner en ello lo mejor de nuestra parte. Muy
a menudo, no ponemos lo mejor de nosotros en
nuestro trabajo. Entonces, con pena vemos la situación que
hemos creado y encontramos que estamos viviendo en la casa que
nosotros mismos hemos construido.
Si lo hubiéramos sabido antes, la habríamos
hecho diferente. Piensen como si fueran el carpintero. Piensen
en su casa. Cada día clavamos un clavo, levantamos una pared
o edificamos un techo.
Construye con sabiduría. Es la única vida que podrás construir.
Inclusive si sólo la vives por un día más, ese día merece ser
vivido con gracia y dignidad.
Eres
Importante para Mí
Una profesora universitaria inicio un nuevo proyecto entre sus
alumnos. A cada uno les dio cuatro moños de color azul, todos con
la leyenda Eres importante para mí, y les pidió que se
pusieran uno.
Cuando todos lo hicieron, les dijo que eso era lo que ella pensaba
de ellos. Luego les explicó de qué se trataba el experimento:
tendrán que darle un listón a alguna persona que fuera importante
para ellos, explicándoles el motivo y dándole los otros listones
para que ellos hicieran lo mismo. El resultado esperado era ver
cuánto podía influir en las personas ese pequeño detalle.
Todos salieron de esa clase platicando a quien darían sus
listones. Algunos mencionaban a sus padres, a sus hermanos o a sus
novios. Pero entre aquellos estudiantes, había uno que estaba
lejos de casa. Este muchacho había conseguido una beca para esa
universidad y al estar lejos de su hogar, no podía darle ese
listón a sus padres o sus hermanos.
Pasó toda la noche pensando a quien daría ese listón. Al otro día
muy temprano tuvo la respuesta. Tenía un amigo, un joven
profesionista que lo había orientado para elegir su carrera y
muchas veces lo asesoraba cuando las cosas no iban tan bien como
el esperaba.
¡Esa era la solución! Saliendo de clases se dirigió al edificio
donde su amigo trabajaba. En la recepción pidió verlo. A su amigo
le extrañó, ya que el muchacho lo iba a ver después de que el
saliera de trabajar, por lo que pensó que algo malo estaba
sucediendo.
Cuando lo vio en la entrada, sintió alivio de que todo estuviera
bien, pero a la vez le extrañaba el motivo de su visita. El
estudiante le explicó el propósito de su visita y le entregó tres
moños, le pidió que se pusiera uno y le dijo que al estar lejos de
casa, él era el más indicado para portarlo. El joven ejecutivo
se sintió halagado, no recibía ese tipo de reconocimientos muy a
menudo y prometió a su amigo que seguiría con el experimento y le
informaría de los resultados.
El joven ejecutivo regresó a sus labores y ya casi a la hora de la
salida se le ocurrió una arriesgada idea: Le quería entregar los
dos moños restantes a su jefe. El jefe era una persona huraña y
siempre muy atareada, por lo que tuvo que esperar que estuviera
"desocupado".
Cuando consiguió verlo, su jefe estaba inmerso en la lectura de
los nuevos proyectos de su departamento, la oficina estaba repleta
de reconocimientos y papeles. El jefe solo gruño "¿Qué desea?" El
joven ejecutivo le explicó tímidamente el propósito de su visita y
le mostró los dos moños. El jefe, asombrado, le preguntó "¿Por qué
cree usted que soy el más indicado para tener ese moño?". El joven
ejecutivo le respondió que él lo admiraba por su capacidad y
entusiasmo en los negocios, además que de él había aprendido
bastante y estaba orgulloso de estar bajo su mando. El jefe
titubeó, pero recibió con agrado los dos moños, no muy a menudo se
escuchan esas palabras con sinceridad estando en el puesto en
el que él se encontraba.
El joven ejecutivo se despidió cortésmente del jefe y, como ya era
la hora de salida, se fue a su casa. El jefe, acostumbrado a
estar en la oficina hasta altas horas, esta vez se fue temprano a
su casa. En la solapa llevaba uno de los moños y el otro lo guardó
en la bolsa de su camisa. Se fue reflexionando mientras manejaba
rumbo a su casa. Su esposa se extrañó de verlo tan temprano y
pensó que algo le había pasado, cuando le preguntó si pasaba algo,
el respondió que no pasaba nada, que ese día quería estar con su
familia. La esposa se extrañó, ya que su esposo acostumbraba
llegar de mal humor.
El jefe preguntó "¿dónde esta nuestro hijo?", la esposa salió y lo
llamó, ya que estaba en el piso superior de la casa. El hijo
bajó y el padre solo le dijo "Acompáñame". Ante la mirada
extrañada de la esposa, y del hijo, ambos salieron de la casa. El
jefe era un hombre que no acostumbraba gastar su "valioso tiempo"
en su familia muy a menudo. Tanto el padre como el hijo se sentaron
en el porche de la casa. El padre miró a su hijo, quien a su vez
lo miraba extrañado. Le empezó a decir que sabía que no era un
buen padre, que muchas veces se había perdido de aquellos momentos
que sabía eran importantes para él.
Le mencionó que había decidido cambiar, que quería pasar más
tiempo con ellos, ya que su madre y él eran lo más importante que
tenía. Le mencionó lo de los moños y su joven ejecutivo. Le dijo
que lo había pensado mucho, y que quería darle el último moño a
él, ya que era muy importante para él, que el día que nació, fue
el más feliz de su vida y que estaba orgulloso de él.
Todo esto mientras le prendía el moño que decía:
"Eres importante para mí". El hijo, con lágrimas
en los ojos le dijo: "Papá, no sé que decir, mañana pensaba
suicidarme porque pensé que no te importaba. Te quiero papá,
perdóname..."
Ambos lloraron y se abrazaron, el experimento de la profesora dio
resultado, había logrado cambiar no una, sino varias vidas, con
sólo expresar lo que sentía...
¡Cuán sabias fueron las
palabras de Salomón!, El nos dice, que hay en nuestras lenguas el
poder de bendecir o maldecir.
somos llamados a expresar lo que sentimos y darle valor a los
detalles de la gente que nos ama, y si llevamos esto un poco más
lejos, somos llamados a ser de bendición aún a aquellos que no
tienen quien les ame. Por eso,
tú para mí... eres muy
Importante.
Porque no realizas tú
también, el experimento de aquella maestra. Puedes hacerlo hoy,
siempre habrá alguien a quien puedas bendecir con tus palabras y
acciones. ¡Dios te bendiga hoy... y siempre!.
El
Analfabeto
En un lugar lejano y aislado de nuestras tierras, hace muchísimos
años, vivía don Tano, un señor de pocas palabras y de un carácter
fuerte y extraño. Su vida estaba dedicada al cuidado de sus
animales de la granja y a los cultivos; esa era la forma de
subsistir junto a su familia.
Un día recibió carta de un compadre, pero como nadie en su humilde
hogar sabía leer ni escribir, guardaron la carta, mientras
encontraban quien la leyera. Pasó por el lugar un desconocido, un
señor de cuerpo corpulento y una voz muy fuerte, a quien le
solicitaron que leyera la carta. El señor empezó leyendo el texto:
"querido compadre, quiero que me preste de inmediato cien pesos;
al vender la cosecha se los voy a devolver".
El desconocido se marchó y don Tano, dirigiéndose a su mujer, le
dijo: "Mira el compadre me viene a pedir dinero prestado y lo hace
con tal modo y hablándome tan golpeado que no le prestaré nada".
La señora hizo lo imposible para hacerlo comprender que la voz
fuerte y golpeada era del hombre que leyó la carta, pero don Tano
seguía confundido y a pesar de las explicaciones de su esposa no
logró convencerse.
Transcurrido algún tiempo pasó por el lugar una señorita a quien
le solicitaron el favor de leer nuevamente la misma carta. La
señorita la leyó muy amablemente. Don Tano, con un gesto de
satisfacción se dirigió a su mujer y le dijo: "así me gusta que me
hablen, con voz suave y buen modo, no como la primera vez. Ahora
si le enviaré el dinero a mi compadre. La señora se puso muy
contenta y le dijo a su marido: "Si alguno de nosotros hubiese
aprendido a leer el tono hubiera sido aún mas cariñoso.
Este cuento nos deja como moraleja que el tono con el que pidamos
las cosas nos hace mas accesibles a las mismas.
No es lo mismo discutir algo con voz enojada que hacerlo con
educación y cortesía cuando solicitamos algo a alguien. Las
exigencias nadie las acepta, ni las amenazas tampoco. Debemos ser
muy prudentes cuando queremos obtener lo que nos interesa y en
ninguna manera imprudentes pues con eso no vamos a lograr nada.
Busquemos el tono mejor que tengamos para decir o solicitar algo,
no nos dejemos llevar por nuestras emociones cuando estamos
enojados para comunicarnos con los demás, el tono de nuestra voz
es básico para que nuestras peticiones sean mejor aceptadas por
los que nos escuchan. No creamos que por alzar el tono de nuestra
voz la gente nos va a temer, y se van a amedrentar, por que
hablemos con una voz más ronca o más aguda para intimidar.
Busquemos comprensión en las personas de una manera convincente,
con nuestras palabras podemos llegar muy lejos, sea que las
escribamos o sea que las verbalicemos, nosotros podemos quedar muy
bien o muy mal con las personas que nos rodean.
En resumen, si nuestro tono de voz, es positivo y agradable, eso
es lo que recibimos: respeto y positivismo de parte de los otros,
que nos ayudan a ser positivos, a hacernos la vida más fácil y
llevarnos bien con el resto de la humanidad.
Nuestro tono de voz afecta a cualquiera, si hablamos hoscamente,
nos contestarán de la misma manera, si hablamos calmadamente,
nadie discutirá acaloradamente con nosotros, por el contrario
bajaremos los humos hasta del más enojado. Pruébalo y te
convencerás.
Colaboración
de: José Lara, Van Nuys, California, USA
La Palabra
Navidad
Un profesor de psicología le dio a sus estudiantes un examen de
asociación de palabras. Les dijo que escribieran lo primero que
les viniera a la mente tan pronto como él dijera cada palabra. Por
ejemplo, si decía "conversación", podía escribir "teléfono" o
"diálogo". Una de las palabras de ese día causó diversas
reacciones y asociaciones sumamente interesantes. La palabra era
"Navidad".
Estas fueron algunas de las palabras que asociaron con la Navidad:
cohetes, fiesta. lechón asado, baile, licor, regalos, árbol y
luces. Entre todas las asociaciones no hubo ninguna referencia a
Jesucristo, ni siquiera a su nacimiento.
La verdad es que muy poco de lo que hacemos hoy día se asocia con
lo espiritual. Muy pocas de nuestras actividades tienen alguna
relación con lo divino. Muy pocos de nuestros pensamientos abordan
lo religioso. Hablamos con vehemencia en contra del materialismo.
Nos sorprendemos cuando alguien afirma que es ateo. Nos enojamos
cuando alguna persona ridiculiza las cosas religiosas. Sin
embargo, guardamos muy poca relación con lo espiritual. Claro que
de cuando en cuando vamos a la iglesia, quizás una vez al mes o
hasta una vez a la semana. Pero muchas veces lo hacemos para salir
de una exigencia social. Desde luego que buscamos a Dios en los
momentos de tragedia, pero esto también viene a ser un acto de
último recurso, cuando no nos queda otra esperanza en la vida.
Mientras tenemos buena salud y disfrutamos de popularidad,
mientras nuestros amigos nos acogen y todo nos va bien, no
buscamos seriamente a Dios. Así que aquellas asociaciones con la
palabra "Navidad" revelan algo que se expresa en todas las facetas
de nuestra vida.
Si aquel profesor les hubiera dicho la palabra que pusimos como
ejemplo, "conversación", habría escogido una de las palabras que
más debiéramos asociar con la Navidad. Porque a los ojos de Dios,
lejos de representar cohetes, fiestas, lechón asado, baile, licor,
regalos, árbol y luces, la Navidad fue el principio de un nuevo
diálogo que entabló Él con nosotros. Esa primera Nochebuena, Dios
el Padre, mediante el nacimiento de su Hijo Jesucristo, reparó la
línea de comunicación con nosotros que se había cortado a fin de
que pudiéramos restablecer con Él la comunión que habíamos
perdido. De modo que ahora todos podemos tener comunión íntima y
constante con Dios. Él está esperando que respondamos a la llamada
celestial que nos hizo por medio de su Hijo. Pues es mediante esa
conversación que restablecemos la conexión y mostramos que
comprendemos el verdadero sentido de la palabra "Navidad".
Colaboración
de: José Lara, Van Nuys, California, USA
Con una Vez Basta
¡Apedréenlo! La orden fue dada en formo seca y terminante. Era el
antiguo suplicio bíblico, el que sufrieran muchos hombres y
mujeres culpables, como también muchos hombres y mujeres
inocentes. Era un suplicio bárbaro, un suplicio que prolongaba la
muerte de la víctima en medio de crueles golpes, horribles dolores
y espantoso terror.
Ciento sesenta guardias iraníes arrojaron a una zanja a Amín
Rahmati, de veinticuatro años de edad, y comenzaron a arrojar
piedras sobre él. Le habían arrojado ya más de ochenta, cuando el
joven, con un alarido más de fiera que de hombre, saltó de la
zanja y echó a correr desesperado.
La ley islámica es explícita. Ella declara que si un condenado a
lapidación logra escapar del suplicio, no podrá volver a ser
castigado de nuevo, aunque sea culpable. Las palabras de esta ley,
en el idioma islámico, rezan así "Con una vez basta".
Es un principio jurídico, adoptado por las leyes de casi todos los
países del mundo, que no se puede castigar dos veces a una persona
por el mismo delito. En este caso, Amín Rahmati era culpable del
delito de trata de blancas.
Pero cuando pudo escapar al suplicio, sangrante, amoratado,
desgarrada las ropas y la carne, al punto de morir, la ley que lo
había condenado también lo protegía.
Dios usa el mismo principio de justicia. Él nunca aplicará dos
veces el mismo suplicio, por el mismo delito. Una vez que el
criminal ha sido condenado, no puede ser juzgado de nuevo por el
mismo crimen.
Ahora bien, Dios, movido por su infinita gracia y misericordia, ya
castigó todo el pecado de todo la raza humana. Ese castigo lo pagó
Jesucristo en la cruz del Calvario. Esa, por cierto, fue la razón
de la cruz. Y como Dios no aplica el mismo castigo una segunda
vez, el delito suyo y el mío, el delito de todo ser humano, ya sea
de esta o aquella raza, religión, de esta o aquella era y de este
o aquel lugar, ya fue castigado en la persona de Jesucristo,
cuando Cristo murió crucificado.
Es por esta razón de justicia divina que cada hombre y cada mujer
pueden recibir perdón gratuito, eterno y perfecto de todos los
pecados que él o ella han cometido. El precio ya está pagado. La
culpa la llevó Cristo. Lo único que nosotros tenemos que hacer es
aceptar a Cristo como nuestro Redentor.
Colaboración
de: José Lara, Van Nuys, California, USA
El Concurso de Belleza
Un exitoso negociante de productos de belleza invitó a la gente de
una gran ciudad a enviar fotografías junto a breves cartas
hablando acerca de las mujeres más bellas que conocieran. En un
par de semanas miles de cartas fueron entregadas a la compañía.
Una carta en particular llamó la atención de los empleados y
rápidamente llegó a las manos del presidente de la compañía. La
carta había sido escrita por un muchacho joven, el cual provenía
obviamente de un hogar destruido que vivía en un barrio de bajo
nivel económico. Mostrando errores de escritura, un extracto de
esa carta decía: “Cruzando la calle, enfrente de mi casa, vive una
hermosa mujer. La visito todos los días. Ella me hace sentir
como si fuese el chico más importante del mundo. Jugamos a las
damas y ella escucha mis problemas. Ella me comprende y cada vez
que la dejo grita desde la puerta que está orgullosa de mí”.
El muchacho termina su carta diciendo: “Esta fotografía le
mostrará que ella es la mujer más hermosa. Espero tener una mujer
tan linda como ella”.
Intrigado por la carta, el presidente pidió ver la fotografía. Su
secretaria le alcanzó la foto de una mujer sonriente, sin dientes,
bastante avanzada en años, sentada en una silla de ruedas. El
escaso cabello gris, estaba atado por atrás con un moño, y las
arrugas que formaban profundos surcos en su rostro, eran
disimuladas de alguna manera, por el centelleo de su mirada.
“No podemos usar a esta mujer”, explicó el presidente,
sonriendo. “Ella mostraría al mundo que nuestros productos no son
necesarios para ser bella”.

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