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La Rana
Optimista
Dos ranas, una optimista y otra pesimista, cayeron al mismo
tiempo en
dos vasijas que contenían leche. La rana pesimista dice: “No
puedo salir
de este cacharro, porque las paredes son muy lisas. No puedo
respirar en
la leche, voy a asfixiarme, estoy perdida.” Y, en efecto, se
asfixia y muere.
La rana optimista no sabe tampoco qué hacer; pero como es
optimista
trata de hacer algo y se agita en todos sentidos. Como se está
moviendo
continuamente, bate la leche con tanto vigor que ésta se
transforma en
mantequilla. La rana entonces se sienta sobre la mantequilla y
puede
respirar libremente.
Esto prueba que quien posee un carácter optimista hace siempre
algo, aun
cuando no sepa qué hacer para salir en una situación difícil;
pero sigue
luchando y confiando en Dios y él es poderoso para hacernos “más
que
vencedores.”
El Papa y Galileo
En el año 1633 el Papa Urbano VIII, quien pretendía ser el
sapientísimo e
infalible vicario de Cristo, haciendo alarde de su “sabiduría”
mandó
encarcelar a Galileo porque éste enseñaba que la tierra giraba
sobre sí
misma y a la vez alrededor del sol. Al gran Galileo, para
salvarle la vida
después de haber sufrido durante muchos, muchos meses en los
calabozos
de la Inquisición, se le hizo salir, con la creencia de los
inquisidores, de
que la prisión había quebrantado la fe de él en las “herejías”
que había
estado enseñando. Pero como se viera que Galileo aún conservaba
las
ideas que antes había expuesto, el Papa lo mandó a la cámara de
tormento,
donde el pobre anciano sufrió muchas veces, con estoicismo, el
suplicio
de la cuerda. Al fin, quebrantado y vencido por los sufrimientos
físicos y
morales, fue obligado a abjurar en esta forma: “Yo, Galileo, a
los setenta
años de edad, arrodillado ante sus eminencias y teniendo ante
mis ojos los
Santos Evangelios que toco con mis propias manos, abjuro,
detesto y
maldigo el error y la herejía del movimiento de la tierra.”
La justicia divina y la sabiduría que Dios ha transmitido a los
hombres,
han exaltado a Galileo colocándolo entre los sabios más ilustres
que el
mundo ha conocido, y han humillado al altivo Papa Urbano VIII
colocándolo entre los hombres más presuntuosos e ignorantes de
la tierra.
Amor Más Valioso Que El Arte Y
Los Honores
Jorge Romney fue un famoso pintor inglés (1734- 1802). Desde su
niñez
demostró que tenía un sentido artístico excepcional, y se dedicó
a pintar
cuadros históricos, de la naturaleza, y mayormente retratos. En
su
juventud anduvo de villa en villa y de ciudad en ciudad pintando
retratos y
vendiéndolos por unas cuantas monedas. Se enamoró de una
señorita, y se
casó con ella. Entonces uno de los admiradores de Jorge dijo que
era una
lástima que se hubiera casado porque se dedicaría más a su
esposa que a
su arte, y que por esto fracasaría artísticamente. Al saber esto
Romney se
separó de su joven esposa, y se dedicó a la pintura. Viajó por
Francia, por
Italia, y regresó a Londres. Poco a poco había adquirido
experiencia,
habilidad y prestigio. Unos de sus más famosos cuadros son “La
muerte
del general Wolfe”, “Guillermo Bedford”, “Miss Vernon como
Hebe”,
“Casandro”, “El naufragio”, “Sir Jorge y Lady Warren”, “Las
hijas del
Párroco”, y “Lady Hamilton como Dafne”. Esté último cuadro está
en el
museo Metropolitano de Nueva York. Se dice que admiraba tanto a
Lady
Hamilton que la consideró como su modelo favorito y la llamó “la
dama
divina”. Fue tan solicitado para pintar retratos de personajes
célebres de
Londres, que no tuvo tiempo para dedicarse a otro género de
pintura.
Todo eso le dio fama y dinero. Pasaron los años, y Jorge Romney
envejeció y enfermó, juntó las cosas que podía llevar consigo, y
se
encaminó hacia el norte del país, donde había quedado su esposa,
y se
reunió con ella: amorosamente lo recibió, y lo cuidó con ternura
hasta que
murió. Después alguien dijo que el corazón y el amor de la
esposa de
Jorge Romney eran mucho más valiosos que todos los cuadros que
Jorge
Romney pintó. — A.L.
Amor Es Ayudar A Otros
Una maestra de párvulos trataba de explicar a los niñitos de su
clase lo
que es el amor; pero no podía, y por saber lo que decían sus
pequeños
alumnos, les preguntó qué es el amor. Entonces una niñita de
seis años de
edad se levantó de su silla y fue hasta la maestra, la abrazó,
la besó y le
declaró: “Esto es amor.” Enseguida la maestra dijo: “Está bien;
pero el
amor es algo más. ¿Qué es ese algo?” La misma niña, después de
un rato
de estar pensando, se levantó y comenzó a poner en orden las
sillitas que
estaban fuera del lugar que les correspondían, limpió bien el
pizarrón,
levantó los papeles que estaban en el suelo, arregló los libros
que estaban
en desorden sobre una mesa; y en seguida, con aire de
satisfacción, dijo a
su maestra: “Amor es ayudar a otros.” La niñita tenía razón.—
Expositor
Bíblico.
Parábola
Un alfiler y una aguja encontrándose en una cesta de labores y
no
teniendo nada qué hacer, empezaron a reñir, como suele suceder
entre
gentes ociosas, entablándose la siguiente disputa:
— ¿De qué utilidad eres tú? Dijo el alfiler a la aguja; y ¿cómo
piensas
pasar la vida sin cabeza?
—Y a ti — respondió la aguja en tono agudo—, ¿de qué te sirve la
cabeza
si no tienes ojo?
— Y de qué te sirve un ojo si siempre tienes algo en él?
—Pues yo, con algo en mi ojo, puedo hacer mucho más que tú.
—Sí; pero tu vida será muy corta, pues depende de tu hilo.
Mientras hablaban así el alfiler y la aguja, entró una niña
deseando coser,
tomó la aguja y echó mano a la obra por algunos momentos; pero
tuvo la
mala suerte de que se rompiera el ojo de la aguja. Después cogió
el alfiler,
y atándole el hilo a la cabeza procuró acabar su labor; pero tal
fue la
fuerza empleada que le arrancó la cabeza y disgustada lo echó
con la
aguja en la cesta y se fue.
—Conque aquí estamos de nuevo — se dijeron—, parece que el
infortunio
nos ha hecho comprender nuestra pequeñez; no tenemos ya motivo
para
reñir.
—¡Cómo nos asemejamos a los seres humanos que disputan acerca de
sus
dones y aptitudes hasta que los pierden, y luego...echados en el
polvo,
como nosotros, descubren que son hermanos! — El Embajador.
La
Torre Del Arrepentimiento
En las cercanías de Hoddam Castle, Dumfrieshire (Escocia), había
una
torre llamada “La Torre del Arrepentimiento”. Se refiere que en
cierta
ocasión un barón inglés, al caminar cerca de ese castillo, vio a
un
pastorcito que estaba tendido sobre el césped y leyendo
atentamente un libro.
—¿Qué lees niño? —preguntó el barón
—La Biblia, señor— respondió el niño.
—¡La Biblia¡ Tú debes ser más sabio que el cura párroco. ¿Puedes
decirme cuál es el camino para ir al cielo?
En seguida el pastorcito, sin desconcertarse por el tono burlón
de aquel
hombre, repuso:
—Sí señor, puedo: usted debe tomar el camino hacia aquella
torre.
El varón se dio cuenta de que el niño había aprendido muy bien
la lección
de su libro, y después de pronunciar una insolencia siguió su
camino en
silencio.
Lector: ¿Ya has estado en “La Torre del arrepentimiento”? Si
no... pues ya
sabes: debes entrar en ella...
Leer La Biblia No Es Tarea, Es
Placer
Cuéntase que recorriendo los caminos del país de Gales iba un
ateo, era el
señor Hone; iba a pie y al caer la tarde sintióse cansado y
sediento. Se
detuvo a la puerta de una choza donde una niña estaba sentada
leyendo un
libro. Le pidió el viajero agua; la niña le contestó que si
gustaba pasar su
madre le daría también un vaso de leche. Entró el señor Hone en
aquel
humilde hogar donde descansó un rato y satisfizo su sed. Al
salir vio que
la niña había reasumido la lectura, y le preguntó:
— ¿Estás preparando tu tarea pequeña?
— No señor — contestó la niña—, estoy leyendo la Biblia.—
— Bueno ¿te impusieron de tarea que leyeras unos capítulos?
— Señor, para mí no es tarea leer la Biblia, es un placer.
Esta breve plática tuvo tal efecto en el ánimo del señor Hone,
que se
propuso leer él también la Biblia, convirtiéndose en uno de los
más
ardientes defensores de las sublimes verdades que ella enseña. —
El
Faro.

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