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Conversión en un rebaño
Roberto es un estudiante de Homilética, y en sus clases, su
profesor insistía que era necesario practicar mucho no solo la
elaboración sistemática de los sermones, sino que también a fin
de dominar el rebaño, era necesario practicar repetidamente la
exposición de tales sermones. Como Roberto vivía con sus padres
en la afueras de la ciudad, todos los días muy temprano en la
mañana, salía a practicar el sermón que en la noche elaboraba, a
título de práctica, el cual era expuesto a las cincuenta vacas,
los tres caballos, la burrita vieja, las quince gallinas, los
siete cerdos y los cinco perros que su padre poseía en su
pequeña finca. Cada vez que Roberto, terminaba el sermón,
preguntaba al conjunto de los animales si alguno de ellos
deseaba recibir al Señor Jesucristo, como su Salvador, esto lo
hacía casi todos los días. Un buen día el Padre de Roberto salió
muy temprano con sus perros, sin embargo Roberto inició su
predica como era habitual al resto de los animales. Al terminar
el sermón (Proverbios 28:13: El que encubre sus pecados no
prosperará), efectúo la misma pregunta que se había
acostumbrado a hacer: ¿Desea alguien de ustedes recibir al Señor
Jesucristo como su Salvador?, nadie respondió. En el calor de la
culminación del sermón Roberto volvió a preguntar ¿Desea alguien
de ustedes recibir al Señor Jesucristo como su Salvador?,
nuevamente hubo silencio… Roberto con voz grave y fuerte, y
mirando al rebaño de animales de manera retórica pero
condenatoria, expresó: Por tercera y última vez quiero
preguntar, y será su decisión de ser salvo e ir al cielo o
condenarse e ir al infierno: ¿Desea alguien de ustedes recibir
al Señor Jesucristo como su Salvador? Unos segundos … de nuevo
silencio …, y Roberto estaba poniendo cara de suficiencia y
arrogancia, cuando oyó, para su sorpresa, una voz entrecortada
que saliendo como de debajo de las vacas, débilmente decía:
predicador yo quiero ser salvo … Roberto no podía creer lo que
escuchaba y sus ojos se abrieron desmesuradamente, y quedó casi
mudo, pensando que las vacas habían comenzado a hablar y a
arrepentirse … de pronto comenzó a observar a una figura humana
que se iba incorporando de debajo de una de las vacas … un
hombre … tembloroso y avergonzado, con aspecto muy humilde,
cabizbajo, manifestó a Roberto, que su familia era pobre y
necesitaba la leche para darles algo de comer, por lo tanto
había decidido robarse la leche; pero que no deseaba condenarse,
y por tanto deseaba recibir al Señor Jesucristo como su Salvador
y no volver a robar. Fue la primera vez que en una predicación
Roberto obtuvo la conversión de alguien.
Conclusión:
No dejes de predicar, aunque el rebaño no necesariamente sea de
ovejas, quizás alguien desea acercarse al Señor Jesucristo.
2 Timoteo 4,1-2. “Te encarezco delante de Dios y del Señor
Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su
manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que
instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta
con toda paciencia y doctrina”. R.V.60
Puede usarse sin restricción, ampliarse y/o modificarse,
cambiarse, copiarse, imprimirse, publicarse, aún puede decir que
es suyo. No se preocupe … glorifique al Señor Eterno e
Inmutable.
Colaboración de: Eduardo Trujillo. Colombia.
Papá ayúdeme … ¿Piloto o copiloto?
Hablando con un piloto de una línea aérea carguera Colombiana,
comentaba que siendo copilotos, ellos son evaluados cada seis
meses por las compañías aéreas, a fin de saber si continúan o no
en sus puestos de trabajo o si son ascendidos a pilotos, o en
los otros cargos de la misma manera. Uno de los factores que se
_evalúan con mayor atención, para ascender de copiloto de nave a
piloto de la misma, no es solamente la capacidad de pilotaje
normal y formal de una aeronave, sino la capacidad de la
persona, en desarrollar planes de atención de emergencias aéreas
y/o siniestros, demostrando serenidad, audacia, temeridad y
definitivamente mucha frialdad. Sucedió que en una oportunidad
una nave de carga que hacía su vuelo entre Bogotá y Leticia,
ciudades Colombianas, iba tripulada por su piloto, hombre
experimentado, un copiloto muy joven, hijo de un gran piloto, y
un ingeniero de vuelo. El tiempo era ideal, el vuelo se
efectuaba con perfecta visibilidad y buen tiempo. Estaban a
treinta y dos mil pies de altura, y se aproximaba la hora de
iniciar el descenso, pues el lugar de destino se aproximaba. El
piloto solicitó a su joven copiloto, pedir permiso a la Torre de
Control para iniciar el descenso, sin embargo, a partir de la
solicitud del permiso respectivo que había sido otorgado, se
perdió toda comunicación y no se volvió a saber nada del avión.
Su búsqueda continuó por mes y medio, después del cual fue
encontrado totalmente destruido. Cuando se inspeccionó, la cinta
de grabación, sobre los últimos minutos del vuelo se encontró el
siguiente diálogo:
Piloto: Copiloto pida autorización de descenso.
Copiloto: Autorización recibida.
Piloto: Controles no responden, vamos en picada.
Ingeniero de vuelo: Capitán tome una decisión ¿en que le puedo
ayudar?
Piloto: Hemos perdido todo control del avión, sus controles no
responden, estamos cayendo.
Copiloto: Capitán haga algo, nos vamos a matar.
Ingeniero de Vuelo: Capitán intente algo ¿en que le puedo
ayudar?
Piloto: No hay nada que podamos a hacer, nos quedan dos
minutos para el impacto.
Copiloto: (Comienza a llorar y a gritar) Hagan algo …
Papá, papá, ayúdeme …. Se escuchan más gritos de desesperación y
llanto y nuevamente la súplica … papá, papá ayúdeme ... En medio
de éstas voces de desesperación se oye la voz del Piloto
diciendo… tranquilos … tranquilos … no hay nada que podamos
hacer… tranquilos … tranquilos …; … más gritos de desesperación
y llanto del joven copiloto …
Se halló entonces, que mientras el piloto asumía el siniestro
con calma y tranquilidad, y asumía el siniestro como algo real e
inevitable, el joven copiloto, no estaba preparado para el mismo
desenlace, y pedía ayuda a su padre, quien también era un
experimentado piloto, pero que desde luego no estaba en el avión
siniestrado.
Conclusión:
En la vida cristiana, es usted ¿piloto o copiloto?. El piloto es
aquel que ha sido probado por el fuego y está en condiciones de
dirigir con mesura la obra del Señor, asumiendo los riesgos y
desenlaces de la vida cristiana, bien sean positivos o
negativos, aceptando con calma la voluntad de Dios … tranquilos
… tranquilos … Cuantos creyentes cuando están en dificultades
comienzan a llorar y a gritar … pastor ayúdeme … traigan al
pastor, llamen al pastor … pastor ayúdeme. Probablemente algunos
de nosotros no alcanzamos ni siquiera a copilotos.
1 Ped. 5,10-11.
Más el Dios de toda gracia que nos llamó a su gloria eterna
en Jesucristo, después de que hayáis padecido un poco de tiempo,
él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca. A él
sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.
R.V.60
Este relato es una historia real, pero de cualquier manera los
hermanos pueden adaptarlo, mejorarlo o cambiarlo, imprimirlo,
reproducirlo, colocarlo en cualquier página de Internet … No hay
restricciones, no es necesario tampoco colocar mi autoría.
Solamente que su fin sea para la gloria del Dios Eterno e
Inmutable.
Colaboración de: Eduardo Trujillo. Colombia.
La divinidad de Jesucristo
En los días de mi gloria, yo apasioné a las multitudes hasta el
punto de que ellas morían alegremente por mí. Encendí el fuego
en los corazones, poseí el secreto de ese poder mágico que eleva
a los espíritus.
Ahora que me encuentro en Santa Elena clavado sobre esta roca,
¿quién lucha y conquista imperios por mí? ¿Quién es el que me
sigue siendo fiel?
Tal es el destino de los grandes hombres. Tal fue el de César y
de Alejandro. Se nos olvida. El nombre de un conquistador, de un
emperador, no es más que un tema escolar. Aun antes de que yo
muera, mi obra es destruida. Jesucristo es el único hombre en el
mundo que haya hecho planes con su muerte y que no se equivocó.
El dijo: "Si yo fuere levantado a todos atraeré a Mí"
He aquí un conquistador que incorpora a su persona no una
nación, sino la humanidad. El alma humana se hace un anexo de la
suya.
Cuanto más pienso, más absolutamente me persuado de la divinidad
de Jesucristo.
Napoleón Bonaparte (1769-1821) Memorial de Santa Elena
El punto céntrico
Cuando el almirante Byrd, hace algunos años, pasó el invierno
cerca del Polo Sur, con el fin de hacer ciertas investigaciones
científicas, le aconteció lo siguiente: Salió una vez de su
morada hecha de hielo, para tomar aire fresco. La noche y el
frío le envolvían. Estaba solo, como jamás algún hombre lo había
estado. De repente se detuvo, un tanto espantado. Había ido
demasiado lejos. Dando media vuelta, se dio cuenta de que le era
imposible ver su cabaña. Absolutamente ninguna seña de ella se
vislumbraba. En su derredor nada había sino la nieve. Comprendió
que si principiaba a buscar su cabaña y no tropezaba con ella en
el primer intento, todo sentido de dirección estaría perdido y
no habría manera de orientarse. Tenía consigo un palo. Lo clavó
en el hielo. «Aquí está mi centro -se dijo-, no lo dejaré hasta
no encontrarla.» Fue sobre una línea buscando la cabaña y, no
encontrándola, volvió rápidamente a su centro, el cual no perdió
de vista. Por segunda vez fue en busca de la cabaña, pero no la
halló; sin embargo, no tenía miedo porque aún vislumbraba su
centro, al cual rápidamente volvía una y otra vez. De nuevo fue
buscando la cabaña con el mismo resultado, pero no se desesperó,
pues se había quedado dentro del radio de visión de su centro,
al cual de nuevo volvió. La cuarta vez tropezó con su cabaña y
se salvó.
El Cristo silencioso
Un día me encontré, atónito, frente a una imagen de Cristo, en
un pueblecito del estado de Michoacán, México. Era una imagen
bellamente labrada y vestida de blanco. Pero un feo objeto
perturbaba la serena belleza de su faz. Era un candado de
hierro, que atravesando los labios de la imagen, los mantenía
herméticamente cerrados. Pregunté a una devota, que estaba allí
arrodillada, y me contestó: «Es Nuestro Señor del Candado. ¡Muy
milagroso! Si tiene usted algún secreto, déselo... ¡Y Él hará
que no se sepa jamás!» Noté cómo la vestidura de la imagen tenía
pequeños objetos de plata, que los devotos habían prendido en
ella. ¡Cohecho recibido por el Cristo silencioso, en premio de
su silencio!
Aquel espectáculo transverberó mi alma. Porque ahí estaba el
símbolo del Cristo de Iberoamérica. Bello, encerrado en iglesias
de soberbio ornamento, con cirios encendidos a sus pies,
cubierto de dones de oro y plata, ¡pero con un candado en los
labios! Porque en ninguna otra región del mundo, excepto en
países francamente religiosos, se ignora tan completamente la
Palabra de Dios.
Gonzalo Báez-Camargo
Jesús se quedó fuera
En los días más álgidos de la furia antirracista que desató en
Alemania el mito ario, se escribió un poema muy sugerente. En él
se describe una escena que se desarrolla en uno de los llamados
países privilegiados. Una mañana en la catedral. Las naves están
atestadas de personas de los más altos niveles sociales. El
ritual se ofrece, en todos sus detalles, con gran esplendor. El
ministro va a dar su mensaje. Ocupa el púlpito sagrado y antes
de empezar a hablar quiere ser benévolo y dice: «Si hay alguien
en esta catedral que tiene sangre judía sería conveniente que
saliera pues no le ha de agradar algo -de lo que va a escuchar
en esta mañana.» Al decir esto una figura majestuosa se levantó,
cruzó los pasillos y abandonó la catedral. Era la figura de un
judío. Era el Señor Jesucristo.
La mala lengua
Yo soy la que urdo todos los enredos, fabrico todas las
mentiras, invento todas las calumnias, me la paso averiguando
vidas ajenas, llevando de aquí para allá todos los chismes y
todos los cuentos.
Yo soy la que siembro toda la cizaña y discordia entre hermanos,
amigos, parientes y familias.
Yo soy la que alimento los odios, los rencores y las venganzas,
cuando no soy la causa de todo eso.
Yo, a manera de voraz incendio, todo lo avasallo, nada respeto y
todo lo devoro.
Mi hambre es insaciable; mi sed inextinguible.
Yo sirvo a la soberbia y a la envidia de telégrafo y cable, para
prender la guerra entre las naciones, excitando el odio de
aquellos que la representan.
Yo sirvo a la impureza de tea incendiaria para prender el fuego
de la concupiscencia en todos los corazones.
Yo ando de casa en casa denigrando al mundo.
Yo no dejo en paz ni a los muertos, pues los desentierro cual
hiena famélica y voraz para saciarme de sus podridas carnes: es
decir, saco a la luz los vicios y pecados por los cuales ya
están juzgados o condenados.
Yo soy más inexorable que la muerte, pues ésta se detiene ante
el polvo del sepulcro y en él descansa; mas yo sigo adelante.
¡Yo soy la mala lengua!
Decía que las madres no
trabajaban
Un hombre, por cierto, muy meticuloso, decía que las madres no
trabajaban tanto. Que los quehaceres de la casa eran poca cosa.
Pero un día se vio obligado a cuidar a la familia, debido a que
su esposa tuvo que salir. Decidió escribir una lista de sus
actividades, con el siguiente resultado:
Le abrí la puerta a los niños 106 veces.
Le cerré la puerta a los niños 106 veces.
Amarré los cordones de sus zapatos 16 veces.
Rescaté al nene, que está aprendiendo a andar, 21 veces. A
Jorgito, nuestro niño de 2 años, le dije «no» 94 veces. Les di
pan, con mantequilla y jalea, 11 veces.
Les di galletas 28 veces.
Contesté el teléfono 7 veces.
Contesté sus preguntas 145 veces.
No pude contestar sus preguntas 175 veces. Se me agotó la
paciencia 45 veces.
Caminé tras los niños, alrededor de 6 kilómetros. Y faltan aún
muchas cosas que no quise anotar.

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