El
anciano y el niño
Eran un
anciano y un niño que viajaban con un burro de pueblo en
pueblo. Llegaron a una aldea caminando junto al asno y, al
pasar por ella, un grupo de jóvenes se rió de ellos, gritando:
-¡Mirad que
par de tontos! Tienen un burro y, en lugar de montarlo, van
los dos andando a su lado. Por lo menos, el viejo podría
subirse al burro.
Entonces el
anciano se subió al burro y prosiguieron al marcha. Llegaron a
otro pueblo y, al pasar por el mismo, algunas personas se
llenaron de indignación cuando vieron al viejo sobre el burro
y al niño caminando al lado. Dijeron:
"¡Parece
mentira! ¡Qué desfachatez! El viejo sentado en el burro y el
pobre niño caminando".
Al salir
del pueblo, el anciano y el niño intercambiaron sus puestos.
Siguieron haciendo camino hasta llegar a otra aldea. Cuando
las gentes los vieron, exclamaron escandalizados:
"¡Este es
verdaderamente intolerable! ¿Habéis visto algo semejante? El
muchacho montado en el burro y el pobre anciano caminando a su
lado. ¡Qué vergüenza!"
Puestas así
las cosas, el viejo y el niño compartieron el burro. El fiel
animal llevaba ahora el cuerpo de ambos sobre su lomo.
Cruzaron junto a un grupo de campesinos y éstos comenzaron a
vociferar:
"¡Sinvergüenzas! ¿Es que no tenéis corazón? ¡Vais a reventar
al pobre animal!"
El anciano
y el niño optaron por cargar al burro sobre sus hombros. De
este modo llegaron al siguiente pueblo. La gente se apiñó
alrededor de ellos. Entre las carcajadas, los pueblerinos se
mofaban gritando:
"Nunca
hemos visto gente tan boba. Tienen un burro y, en lugar de
montarse sobre él, lo llevan a cuestas. ¡Esto sí que es bueno!
¡Qué par de tontos!"
Al dejar el
último pueblo, el anciano y el niño ya no sabían cómo
enfrentar la próxima aldea, las críticas los habían
confundido, así que se sentaron frente a un río, y al mirar el
reflejo de sus rostros en el agua, comprendieron que estaban
solos, que su camino dependía sólo de ellos, que para
continuar debían seguir su propia intuición, vivir sus propias
experiencias.
El
perro y el tridente
En cierta ocasión un hombre de medios acusó a un hombre del
pueblo de haberle matado su perro que era muy fino.
Abraham
Lincoln aceptó defender al matador del perro. El hombre
alegaba que se vio obligado a defenderse del
perro con un tridente que traía (un tridente es cierto
instrumento de labranza de tres picos que se usa para aventar
la paja) porque el animal se le echó encima.
El abogado del rico, habló y dijo que su cliente aceptaba que
el perro había atacado al hombre, pero que éste no tuvo por
qué matarlo ya que bien pudo haberse defendido con el otro
extremo del tridente y no con los picos.
Cuando le tocó el turno a Lincoln dijo algo más o menos así.
“Yo
también admito que mi cliente pudo haber golpeado al perro con
la parte de atrás del tridente... siempre y cuando el perro hubiera querido
morderlo con la cola”. Todos en la sala, incluidos el juez y
el dueño del perro,
soltaron una sonora carcajada.
Ni para qué decir que Lincoln ganó el caso.
Receta del hogar feliz
- 4 tazas de amor
- 2 de lealtad
- 3 de perdón
- 1 de amistad
- 3 de esperanza
- 2 de ternura
- 4 de galón de fe
- 1 barril de risa
Procedimineto: Tome el amor y la lealtad, mezclaos
perfectamente con la fe.
Agregue la
amistad y la esperanza, salpique abundantemente de risa.
Hornee al sol. Sirva diariamente en porciones generosas.
Reconocer a Dios
Cuando el astronauta ruso Yuri Gagarin fue interrogado sobre
si había visto a Dios allá en las alturas, respondió: "No lo
he visto, Dios no existe"
Tiempo después la misma pregunta se la hicieron a Gordon
Cooper y dijo: "Para ver a Dios no necesito subir a las
alturas, lo llevo dentro de mí"
Cuántos pretenden encontrar a Dios lejos de sí mismos.
Dios sonríe
en los juegos de los niños, gime en el dolor del
enfermo, sufre en la miseria del que no tiene pan, alarga la
mano en el mendigo...
Dios está en todas partes y en todos y cada uno de nosotros,
no es preciso ir a la luna a buscarlo...
basta con que abramos los ojos para poderlo ver.
¡Que triste pasar a su lado... y no reconocerlo!
Recuerda dar Gracias
Una alma
recién llegada al cielo se encontró con San Pedro. El santo
llevó al alma a un recorrido por el cielo. Ambos caminaron
paso a paso por unos grandes talleres llenos con
ángeles. San Pedro se detuvo frente a la primera sección y
dijo: "Esta es la sección de recibo. Aquí, todas las
peticiones hechas a Dios mediante la oración son
recibidas." El ángel miró a la sección y estaba terriblemente
ocupada con muchos ángeles clasificando peticiones escritas
en voluminosas hojas de papel de personas de todo el mundo.
Ellos
siguieron caminando hasta que llegaron a la siguiente sección
y San Pedro le dijo: "Esta es la sección de empaque y
entrega. Aquí, las gracias y bendiciones que la gente pide,
son empacadas y enviadas a las personas que las
solicitaron." El ángel vio cuan ocupada estaba. Habían
tantos ángeles trabajando en ella como tantas bendiciones
estaban siendo empacadas y enviadas a la tierra.
Finalmente,
en la esquina más lejana del
cuarto, el ángel se detuvo en la última sección. Para su sorpresa, sólo un ángel permanecía en ella ocioso
haciendo muy poca cosa. "Esta es la sección del
agradecimiento" dijo San Pedro al
alma. "¿Cómo es que hay tan poco trabajo aquí?" - preguntó el
alma. "Esto es lo peor"- contestó San Pedro. "Después que
las personas reciben las bendiciones que pidieron, muy pocas
envían su agradecimiento."
"¿Cómo uno
agradece a las bendiciones de Dios?" "Simple" - contestó San
Pedro, "Solo tienes que decir, gracias Señor"
Refinados como la plata
Hace ya
tiempo un grupo de señoras se reunieron en cierta ciudad para
estudiar la Biblia.
Mientras que leían el tercer capítulo de Malaquías,
encontraron una expresión notable en el tercer versículo que
decía:
"Él purificará... y los refinará como se hace con la plata"
(Mal. 3:3).
Una de las señoras propuso visitar un platero y reportarles a
las demás lo que él dijera sobre el tema.
Ella fue y sin decir el objeto de su diligencia, pidió al
platero que le dijera sobre el
proceso de refinar la plata.
Después de que el platero describiera el proceso, ella le
preguntó: "Señor, ¿usted se sienta mientras que está en el
proceso de la refinación?"
- "Oh, sí señora", contestó el platero; "debo sentarme con el
ojo fijo constantemente en el horno,
porque si el tiempo necesario para la refinación se excede en
el grado más leve, la plata será dañada".
La señora inmediatamente vio la belleza y el consuelo de la
expresión: "Él purificará... y los refinará como se hace con
la plata"
Dios ve necesario poner a sus hijos en un horno, su ojo es
constantemente atento en el trabajo de la purificación, y su
sabiduría y amor obran juntos en la mejor manera para nosotros.
Nuestras pruebas no vienen al azar, y Él no nos dejará ser
probados más allá de lo que podemos sobrellevar.
La señora hizo una pregunta final: "¿Cuándo sabe que el
proceso está completo?"
- "Pues es muy sencillo", contestó el platero, "Cuando puedo
ver mi propia imagen en la plata, se acaba el proceso de
refinación".
Reflejo de tus acciones
Conducía
camino a mi casa durante una noche lluviosa; delante de mi iba
otro automóvil que constantemente me deslumbraba con una luz
proveniente de la parte de atrás del automóvil.
Me molesté pues a demás de la lluvia y el estado de la
carretera tenía que lidiar con el destello que aquel automóvil
me reflejaba. Pensé que algún niño
travieso llevaba algún artefacto
luminoso e iba jugando por la
carretera.
Más adelante llegamos a un semáforo donde un poco molesto me
coloqué al lado de aquel
automóvil, cuando se abrió la ventana del otro auto y el
conductor me dijo:
- "Disculpe, pero su luz izquierda está desprendida,
debería repararla o puede tener
algún accidente"
Me di cuenta entonces que el reflejo era producto de mi luz
averiada. Esto me hizo reflexionar
mucho sobre lo que pensamos de los demás.
A veces una
actitud negativa o mala de otras personas, puede no ser mas
que el reflejo de nuestras acciones en aquella persona.
Comprendí
entonces las palabras de Jesús de tratar a los demás
como quisiéramos ser tratados, y servir como si fuéramos
los últimos para así ser los primeros.
Mantén la paz
con tus amigos y compañeros, y antes de criticar o juzgar,
mira tu corazón y piensa si
aquello no es el resultado de tus acciones para con aquella
persona Y recuerda no juzgar pues con la misma medida
serás juzgado, deja el juicio a Dios,
que ES MISERICORDIOSO, lento para enojarse y generoso para
perdonar.
Regando mi jardín
Había una
joven muy rica, que tenia todo, un marido maravilloso, hijos perfectos,
un empleo que le daba muchísimo bien, una familia unida.
Lo extraño es que ella no conseguía conciliar todo eso, el
trabajo y los quehaceres le ocupaban todo el tiempo y su vida
siempre estaba deficiente en alguna
área.
Si el trabajo
le consumía tiempo, ella lo quitaba de los hijos, si surgían problemas
ella dejaba de lado al marido... Y así, las personas que ella amaba
eran siempre dejadas para después.
Hasta que un día, su padre, un hombre sabio, le dio un regalo:
Una flor rarísima, de la cuál sólo había un
ejemplar en todo el mundo. Y le dijo: Hija, está flor te va a
ayudar mucho, ¡más de lo que te imaginas!
Tan sólo tendrás que regarla y podarle de vez
en cuando, y a veces conversar un
poco con ella, y ella te dará a cambio ese perfume maravilloso
y esas maravillosas flores.
La joven
quedó muy emocionada, a fin de cuentas, la flor era de una
belleza sin igual. Pero el tiempo
fue pasando, los problemas surgieron, el trabajo consumía todo
su tiempo, y su vida, que continuaba confusa, no le permitía
cuidar de la flor. Ella llegaba a casa, miraba la flor y las
flores todavía estaban allá, no mostraban señas de flaqueza o
muerte.
Entonces ella pasaba de largo. Hasta
que un día, sin más ni menos, la flor murió. Ella llegó a casa
¡ y se llevó un susto ! Estaba completamente muerta, su raíz
estaba reseca sus
flores caídas y sus hojas amarillas. La joven lloró mucho, y
contó a su padre lo que había ocurrido.
Su padre
entonces respondió: Yo ya me imaginaba que eso ocurriría, y no
te puedo dar otra flor, porque no existe otra flor igual que
esa, ella era única, al igual que tus hijos, tu marido y tu
familia. Todos son bendiciones que el Señor te dio, pero tú
tienes que aprender a regarlos, podarlos y darles atención,
pues igual que la flor, los sentimientos también mueren. Te
acostumbraste a ver la flor siempre allí, siempre florida,
siempre perfumada y te olvidaste de cuidarla.
¡Cuida a las personas que amas !
¿Y tú? ¿Vas
cuidando las bendiciones que Dios te ha dado?
Acuérdate siempre de la flor, pues las Bendiciones del Señor
son como ella, Él nos da, pero nosotros tenemos que cuidar.
Reglas de oro del día
Si abriste,
cierra.
Si encendiste, apaga.
Si conectaste, desconecta.
Si desordenaste, ordena.
Si ensuciaste, limpia.
Si rompiste, arregla.
Si no sabes arreglar, busca al que sepa.
Si no sabes qué decir, cállate.
Si debes usar algo que no te pertenece, pide permiso.
Si te prestaron, devuelve.
Si no sabes cómo funciona, no toques.
Si es gratis, no lo desperdicies.
Si no es asunto tuyo, no te entrometas.
Si no sabes hacerlo mejor, no critiques.
Si no puedes ayudar, no molestes.
Si prometiste, cumple.
Si ofendiste, discúlpate.
Si no sabes, no opines.
Si opinaste, hazte cargo.
Si algo te sirve, trátalo con cariño.
Si no puedes hacer lo que quieres, trata de querer lo que
haces.
Regreso al hogar
Corría el
tren por la vía en busca de las estaciones que se acercaban
sin cesar. Entre el bullicio que había en el pasillo, nadie
reparó en un joven que estaba sentado con el rostro entre las
manos en un compartimiento. Cuando levantaba el rostro, se
veían en él las huellas de la tristeza, el desencanto y la
preocupación. Después de varias estaciones, un señor mayor que
estaba sentado frente a él, se animó a preguntarle cuál era el
motivo de su turbación.
Verá, -dijo
el joven- siendo adolescente, era muy rebelde y no hice caso a
mi madre que me aconsejaba a dejar las malas compañías. En una
de esas andanzas mías, en una pelea, maté a una persona. Fui
juzgado, condenado a diez años de cárcel y mi sentencia la
tuve que purgar en un presidio lejos de mi casa. Nadie me
escribió durante ese tiempo, y todas las cartas que envié no
tuvieron respuesta.
Unos meses
atrás, -prosiguió el joven- cuando supe la fecha de mi
liberación le escribí a mi madre una carta. En ella le decía
más o menos así: "Querida mamá, sé que has sufrido mucho por
mi causa en estos diez años. Sé que he sido un mal hijo y que
entiendo tu silencio al no querer comunicarte conmigo. Dentro
de unos meses voy a estar libre y quisiera regresar a casa. No
sé si me estarás esperando, por lo cual te ruego que me des
una señal que me aceptarás. ¿Te acuerdas el peral que hay en
la estación de trenes? Yo voy a comprar un pasaje que sirva
para más allá de nuestro pueblo. Si tú me perdonaste y aceptas
mi regreso, te ruego le pongas una cinta amarilla a ese peral,
entonces yo al verlo me bajaré. Si es que no aceptas mi
regreso, al no ver la cinta amarilla en el árbol, seguiré de
largo y nunca más te molestaré."
Esta es mi
historia, señor, y quisiera pedirle un favor. ¿Podría mirar Ud.
en la próxima estación si ve el árbol con cinta amarilla?
Tengo tanto miedo que no me animo a mirar.
En silencio,
solo interrumpido por los sollozos del joven, el tren fue
avanzando, acercándose cada vez más a la estación asignada. De
repente, el señor que estaba enfrente gritó lleno de júbilo:
-¡Joven,
joven, mire! Alzando los ojos surcados por las lágrimas, el
joven contempló el espectáculo más hermoso que podían ver sus
ojos. El peral no tenía una cinta amarilla. Estaba lleno de
cintas amarillas, pero no solo él, sino todos los árboles del
pueblo estaban llenos de cintas amarillas.