Un relojito
que acababa de ser terminado por el relojero, fue puesto en
una repisa en la bodega, junto a dos relojes mayores que
estaban muy ocupados marcando los segundos con su tictac.
Bien: dijo uno de los relojes al recién llegado, De modo que
te has iniciado en este trabajo?
Lo siento por ti. Ahora estás dando tu tictac con mucho
entusiasmo, pero ya te cansarás cuando hayas marcado treinta y
tres millones de tic tacs.
-¡Treinta y tres millones de tic tacs! dijo asustado el
relojito-.
¡Yo jamás podré hacer eso! E inmediatamente se detuvo
desesperado.
-No seas necio- le dijo el otro reloj en ese momento-.
¿Por qué prestas oídos a tales palabras?
La cosa no es así. Lo único que tienes que hacer, es dar un
tictac en este momento.
Eso es fácil, ¿verdad?
En seguida das otro, lo que es tan fácil como el anterior, y
así sucesivamente.
¿¡Ah! Si eso es todo -gritó el relojito-, se hace fácilmente.
Así, que ¡aquí voy!
Y comenzó con nuevo entusiasmo a hacer un tictac a la vez sin
pensar en los meses, ni en los millones. Al final de un año,
había hecho 33.000,000 de vibraciones sin darse cuenta de
ello.
¡Ojalá los cristianos quisieran vivir solamente el momento que
les corresponde y no el año completo!
En el Padre Nuestro se pide por el día.
"Basta al día su afán", dice el Señor.
Y la promesa que no se ha agotado en cuatro mil años dice:
"Como tus días será tu fortaleza."
¿Por qué te afanas hoy por el mañana?
Tu corazón hoy llenas de pesar?
Conoce tus pruebas, Tus cargas Él lleva; Si Dios tiene cuidado
de las aves, De ti sin duda ha de cuidar.
Representación
de navidad
Era Navidad
y en el pueblo iban a hacer la representación del nacimiento
de Jesús. Todos estaban muy entusiasmados, querían que la obra
fuera un éxito.
Los niños
la iban a representar, pero entre ellos había un niño con
problemas; quién sabe por qué causa, era más lento en aprender
que los demás. El quería estar en la obra, y a la maestra le
dio ternura verlo con tanta emoción que le dio un papel
pequeño: el del
posadero que rechazaba a la Virgen y a José porque la posada
estaba llena.
El día de
la obra, el teatro estaba a reventar; hasta había gente de
pie. Y cuando llegaron a la parte en la que llegan José y
María a la posada, donde este niño con problemas tenía que
hablar, pasó algo inesperado.
José toco
la puerta y salió el posadero, y cuando ya los iba a rechazar,
al ver a la joven pareja y sobre todo a la mujer, embarazada
de quien iba a ser nuestro salvador, al niño se le llenaron
los ojos de lágrimas y les dijo:
"Pasen, pasen, la señora puede dormir en mi cama, que yo
dormiré en el suelo."
Hubo un
silencio intenso en la sala y a muchas personas les salieron
lágrimas. La obra fue un éxito, a pesar de que no fue fiel
representación de lo que realmente pasó en esa noche de
Navidad, pero sentimos que algo había cambiado en nuestras
vidas, pues ese niño nos enseñó una lección de amor; en su
inocencia nos enseñó que debemos amar y ayudar a otros, no
importa quienes sean, porque somos hijos de Dios y estamos
aquí para hacer el bien, sin pedir nada a cambio.
Regalos que nada cuestan
1. El regalo de escuchar.
Pero realmente escuchar, sin interrumpir, bostezar, o
criticar. Sólo escuchar.
2. El regalo del
cariño.
Ser generoso con besos, abrazos, una palabra amable, un
apretón de manos.
Con estas pequeñas acciones demuestras el cariño por tu
familia y amigos.
3. El regalo de la sonrisa.
Llena tu vida de imágenes con sonrisas, dibujos, caricaturas,
y tu regalo dirá "me gusta reír
contigo".
4. El regalo de una nota escrita.
Puede ser un simple "gracias por ayudarme". Un detallito así
puede ser recordado toda una vida, y aún, tal vez, inclusive
cambiarla.
5. El regalo del
reconocimiento.
Un simple, pero sincero "te ves preciosa con ese vestido",
"has hecho un gran trabajo", "fue
una cena estupenda", "muchas
gracias", "eres un cielo", "qué suerte tenerte
cerca"... pueden
convertir en especial un día ordinario.
6. El regalo del
favor.
Todo los días procura hacer un favor.
7. El regalo de la soledad.
Hay momentos en que preferimos estar solos. En esas ocasiones
especiales ofrécete ese regalo a ti mismo, o pídele a otros
que te lo obsequien.
Yo temía...
Temía estar
solo... hasta que aprendí a
disfrutar de mi propia compañía.
Temía fracasar... y me di
cuenta que es la mejor oportunidad para aprender.
Temía a lo que opinaran los demás....
y reconocí que lo importante es mi opinión acerca de mí mismo.
Temía la ingratitud... y encontré
que el dar era mi regalo. Temía que
me rechazaran ...y reconocí que la
mayoría de los rechazos están en mi propia exageración.Temía
el dolor ....hasta que aprendí que
yo podía retenerlo o soltarlo. Temía
a la verdad ...y descubrí en ella la
oportunidad de liberarme. Temía a la
muerte ...hasta que aprendí a vivir
con plenitud cada instante. Temía al
resentimiento ...hasta que me di
cuenta que es a mí a quien hace daño.
Temía el ridículo ...hasta
que aprendí a reírme de mí mismo.
Temía envejecer ....hasta que
encontré que cada estación tiene su encanto.
Temía al pasado ...hasta que
reconocí que todo fue perfecto.
Temía al cambio ...hasta que
encontré que en él estaban mis tesoros del futuro.
Cuando yo era
pequeño, mi mamá solía coser mucho. Yo me sentaba cerca de ella y le preguntaba
qué estaba haciendo. Ella me respondía que estaba bordando. Yo observaba el
trabajo de mi mamá desde una posición más baja que donde estaba sentada ella,
así que siempre me quejaba diciéndole que desde mi punto de vista lo que estaba
haciendo me parecía muy confuso. Ella me sonreía, miraba hacia abajo y
gentilmente me decía: "Hijo, ve afuera a jugar un rato y cuando haya terminado
mi bordado te pondré sobre mi regazo y te dejaré verlo desde mi posición". Me
preguntaba porqué ella usaba algunos hilos de colores oscuros y por qué me
parecían tan desordenados desde donde yo estaba. Unos minutos más tarde
escuchaba la voz de mi mamá diciéndome: "Hijo, ven y siéntate en mi regazo." Yo
lo hacía de inmediato y me sorprendía y emocionaba al ver la hermosa flor o el
bello atardecer en el bordado. No podía creerlo; desde abajo se veía tan
confuso. Entonces mi mamá me decía: "Hijo mío, desde abajo se veía confuso y
desordenado, pero no te dabas cuenta de que había un plan arriba. Había un
diseño, sólo lo estaba siguiendo. Ahora míralo desde mi posición y sabrás lo
que estaba haciendo."Muchas veces a lo largo de los años he mirado al Cielo y he
dicho: "Padre, ¿qué estás haciendo?" El responde: "Estoy bordando tu vida."
Entonces yo le replico: "Pero se ve tan confuso, es un desorden. Los hilos
parecen tan oscuros, "¿porqué no son más brillantes?" El Padre parecía decirme:
"Mi niño, un día te traeré al cielo y te pondré sobre mi regazo y verás el plan
desde mi posición.
….Entonces entenderás.
Cualquiera...
Cualquiera
reclama un derecho, pero pocos se atienen a sus deberes.
A cualquiera le brota una idea, pero pocos saben realizarla.
Cualquiera puede criticar, pero pocos enmendar.
Cualquiera puede señalar el mal, pero pocos trabajar el bien.
Cualquiera se compromete, pero pocos cumplen.
Cualquiera sentencia como un juez, pero pocos indultan como un cristiano.
Cualquiera sabe lo que debería hacerse, pero pocos lo hacen en el momento de
actuar.
Cualquiera se pone un disfraz en sociedad, pero pocos se lo quitan ante Dios y
se miran tal cual son.
Cualquiera arrebata al otro la corona del triunfo, pero pocos resisten pagar el
precio que por ella se les exige.
Cualquiera quisiera mejorar el mundo, pero pocos se ponen al servicio de esa
causa.... Animo tú no eres cualquier persona.Tú eres una persona muy especial.
(Max Ehrman,
1872-1945)
(Desiderata=
palabra latina que significa "cosas que se desean")
Ve
plácidamente entre el ruido y la prisa, recuerda que la paz puede estar en el
silencio. Sin renunciar a ti mismo, esfuérzate por ser amigo de todos. Di tu
verdad, quietamente, claramente. Escucha a los otros aunque sean torpes e
ignorantes; cada uno de ellos tiene también una vida que contar.
Evita a los ruidosos y agresivos, porque ellos denigran el espíritu. Si te
comparas con los otros puedes convertirte en un hombre vano y amargado; siempre
habrá cerca de ti alguien mejor o peor que tú. Alégrate tanto de tus
realizaciones como de tus proyectos.
Ama tu trabajo aunque sea humilde; es el tesoro de tu vida. Sé prudente en tus
negocios, porque en el mundo abundan las gentes sin escrúpulos. Pero que esta
convicción no te impida reconocer la virtud; hay muchas personas que luchan por
hermosos ideales y dondequiera, la vida está llena de heroísmo.
Sé tu mismo. Sobre todo no pretendas disimular tus inclinaciones. No seas cínico
en el amor, porque cuando aparece la aridez y el desencanto en el rostro, se
convierte en algo tan perenne como la hierba.
Acepta con serenidad el consejo de los años y renuncia sin reservas a los dones
de la juventud. Fortalece tu espíritu, para que no te destruyan inesperadas
desgracias. Pero no te crees falsos infortunios; muchas veces, el miedo es
producto de la fatiga y la soledad. Sin olvidar una justa disciplina, sé benigno
contigo mismo.
No eres más que una criatura en el Universo, no menos que los árboles y las
estrellas; tienes derecho a estar aquí. Y, si no tienes ninguna duda, el Mundo
se desplegará ante ti.
Vive en paz con Dios, no importa como lo imagines; sin olvidar tus trabajos y
aspiraciones, mantente en paz con tu alma, pese a la ruidosa confusión de la
vida.
Pese a tus falsedades, penosas luchas y sueños arruinados, la Tierra sigue
siendo hermosa. Sé cuidadoso. Lucha por ser feliz.
"Desiderata"
fue escrito en 1927 por Max Ehrmann (1872-1945), abogado y filósofo de Harvard y
publicado en 1948, después de su muerte, por su viuda, en el libro "Los poemas
de Max Ehrman".
En 1956, el reverendo Kates, pastor de la iglesia de San Pablo en Baltimore (Maryland),
incluyó el texto en una colección de poemas de su congregación.
Alguien cambió la fecha del poema unos 200 años al decir erróneamente que el
poema se encontró en una inscripción fechada en 1692 grabada en una tumba de la
antigua Iglesia de San Pablo de Baltimore. El año 1692 es el año en que se fundó
la iglesia y no tiene nada que ver con la fecha de creación del poema.
Los
hijos aprenden lo que viven
Si un niño
vive con las críticas, aprende a condenar.
Si un niño vive con la hostilidad, aprende a pelear.
Si un niño vive con el ridículo, aprende a ser tímido.
Si un niño vive con la vergüenza, aprende a ser culpable.
Si un niño vive con la tolerancia, aprende a ser paciente.
Si un niño vive con el aplauso, aprende a confiar.
Si un niño vive con el elogio, aprende a apreciar.
Si un niño vive con la seguridad, aprende a tener fe.
Si un niño vive con la aprobación, aprende a gustarse.
Si un niño vive con la aceptación y la amistad,
aprende a encontrar amor en el mundo.
El Fruto del Espíritu
Por causa del Calvario tengo la libertad de decidir, así que decido.... Elijo el
amor. Ninguna ocasión justifica el odio; ninguna injusticia justifica la
amargura... Elijo el amor.
Hoy amaré a Dios y todo lo que Dios ama... Elijo el gozo.
Invitaré a mi Dios para que sea el Dios de las circunstancias. Rehusaré la
tentación de ser cínico... la herramienta del pensador perezoso. Rehusaré
considerar a las personas como menos que seres humanos, creados por Dios.
Rehusaré ver en los problemas algo menos que una oportunidad de ver a Dios...
Elijo la paz.
Viviré habiendo sido perdonado. Perdonaré para que pueda vivir... Elijo la
paciencia.
En lugar de quejarme porque la espera es demasiado larga, agradeceré a Dios por
un momento para orar. En lugar de cerrar mi puño por una nueva tarea asignada,
la encararé con gozo y valor... Elijo la amabilidad.
Seré amable con los pobres pues están solos. Amable con los ricos pues tienen
temor. Y amable con los malvados pues de tal manera me ha amado Dios... Elijo la
bondad.
Prefiero estar sin un dólar que aceptar uno de manera deshonesta. Prefiero ser
ignorado antes que jactarme. Prefiero confesar antes que acusar. Elijo la
bondad... Elijo la fidelidad.
Hoy guardaré mis promesas. Mis acreedores no se lamentarán de su confianza. Mis
asociados no cuestionarán mi palabra. Mi esposa no pondrá en duda mi amor. Y mis
hijos nunca tendrán temor de que su padre no regrese a casa... Elijo la
humildad.
Nada se gana por la fuerza.... Elijo ser manso.
Si levanto mi voz que sólo sea en alabanza. Si cierro mi puño que sólo sea en
oración. Si hago exigencias que sólo sean a mí mismo... Elijo el dominio propio.
Soy un ser espiritual. Luego de que haya muerto, mi espíritu remontará vuelo. Me
niego a permitir que lo que se va a podrir gobierne lo eterno... Elijo el
dominio propio.
Sólo me emborracharé de gozo. Sólo me apasionará mi fe. Sólo Dios ejercerá
influencia sobre mí. Sólo Cristo me enseñará.... Elijo el dominio propio.
Amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad, dominio
propio. A estos encomiendo mi día. Si tengo éxito, daré gracias. Si fallo,
buscaré su gracia. Y luego, cuando este día haya acabado, pondré mi cabeza sobre
mi almohada y descansaré.
Tomado de Cuando Dios susurra tu nombre, de Max Lucado, Editorial Betania.
El
poder de la amistad
Un viernes por la tarde, me dirigía a casa tras salir de clase. Un chico nuevo,
alumno de primer curso de secundaria, iba media cuadra delante de mí. Se llamaba
Kyle. Llevaba una pila de libros y tenía pinta de ser el típico alumno
estudioso, capaz de pasarse el fin de semana estudiando. Yo ya tenía planeado lo
que iba a hacer: iría a fiestas y jugaría un partido con mis amigos.
Momentos después, otros chicos corrieron hacia Kyle, le arrebataron los libros y
le pusieron la zancadilla. Kyle cayó al suelo, sus gafas salieron volando y
cayeron en la hierba a corta distancia. Mientras se levantaba, miró hacia mí.
Aun a media cuadra de distancia, vi que estaba enojado, frustrado y humillado.
Me compadecí de él y corrí hacia donde estaba. Cuando llegué, andaba a gatas
buscando sus anteojos. Intentó disimular las lágrimas que le nublaban los ojos,
e hice como si no las hubiera notado. Le entregué los anteojos, y le dije: «¡Qué
estúpidos! ¡No tienen nada mejor que hacer!»
Kyle me miró y respondió: «¡Gracias!» En los labios se le dibujó una amplia
sonrisa que evidenciaba gratitud.
Le ayudé a recoger los libros y le pregunté dónde vivía. Era cerca de mi casa.
Le pregunté cómo era que no lo había visto antes, y me explicó que hasta
entonces siempre había asistido a un colegio privado. Antes, yo nunca habría
trabado amistad con un chico que asistiera a un colegio privado. Conversamos
todo el camino a casa y le llevé algunos de sus libros. Resultó ser de lo más
buena onda.
Le pregunté si quería jugar un rato al fútbol con mis amigos. Aceptó. Aquel fin
de semana lo pasamos juntos. Mientras más conocía a Kyle, mejor me caía. Mis
amigos compartían mi opinión.
El lunes por la mañana vi de nuevo a Kyle, iba camino al colegio con su inmensa
pila de libros. Lo detuve y le dije bromeando: «¡Te van a salir unos buenos
músculos de cargar tantos libros cada día!» Riéndose, me pasó la mitad de los
textos.
En el transcurso de los siguientes cuatro años, Kyle y yo nos hicimos muy buenos
amigos. Cuando estábamos en el último año de secundaria y empezamos a pensar en
estudiar una carrera, optamos por distintas universidades. Sin embargo, sabíamos
que siempre seríamos amigos. La gran distancia que mediaba entre nosotros jamás
supuso un problema. Kyle estudiaría medicina y yo administración de empresas,
gracias a una beca.
Kyle fue el estudiante con el mejor desempeño académico en su clase, y el que
pronunció el discurso de clausura de curso. Yo lo llamaba ratón de biblioteca.
Me alegré de no tener que ser yo el que tendría que ponerse en pie ante todos
para hablar.
El día de fin de curso vi a Kyle. Estaba espléndido. Puede decirse que es uno de
esos chicos que se encuentran a sí mismos durante los años de la enseñanza
media. Ya no estaba tan flaco, y la verdad es que le quedaban bien los anteojos.
Tenía más amigos que yo y las chicas lo adoraban. A veces me ponía celoso. Aquel
día sin ir más lejos lo estaba.
Me di cuenta de que Kyle estaba nervioso antes de pronunciar el discurso. Le di
una palmada en la espalda, y le dije: «¡Ánimo! ¡Te saldrá muy bien!»
Me miró con una sonrisa llena de gratitud, y respondió: «Gracias».
Llegó el momento, subió al estrado y se aclaró la garganta.
«La clausura de curso -dijo- es una oportunidad de dar gracias a los que nos
ayudaron a salir adelante en los años difíciles: de dar gracias a los padres, a
los profesores, a los hermanos, tal vez a un entrenador... pero más que nada a
los amigos. No les quepa duda de que la verdadera amistad es el mejor regalo que
se pueda recibir. Voy a relatar algo que me sucedió en una ocasión...»
No podía dar crédito a lo que oía. Kyle se puso a contar lo que ocurrió el día
en que nos conocimos. Confesó que ese fin de semana tenía pensado suicidarse.
Kyle me miró a los ojos, y me sonrió. Luego, prosiguió: «Gracias a Dios, me
salvé. Mi amigo impidió que cometiera una barbaridad.»
Los presentes se sobrecogieron cuando aquel joven apuesto y querido les habló de
su momento de mayor debilidad. Sus padres me miraron con la misma sonrisa de
gratitud. Hasta ese momento no me había dado cuenta de la gran trascendencia de
lo que hice.
Jamás debemos subestimar el poder de nuestras acciones. Un pequeño gesto puede
transformar para bien o para mal la vida de otro.