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Papá ... yo quiero ser como tú
Mi hijo nació hace pocos días, llegó a este mundo de una
manera normal... Pero yo estaba de viaje ... ¡tenía tantos
compromisos!
Mi hijo aprendió a comer cuando menos lo esperaba, y comenzó a
hablar cuando yo no estaba... ¡Cómo crece mi hijo! ¡Cómo pasa
el tiempo!
A medida que crecía, mi hijo me decía:
— ¿Papá, algún día seré como tú? ¿Cuándo regresas a casa,
papá?
— No lo sé, hijo, pero cuando regrese, jugaremos juntos; ya lo
verás.
Mi hijo cumplió diez años hace pocos días y me dijo:
— ¡Gracias por la pelota, papá!, ¿quieres jugar conmigo?
— Hoy no hijo; tengo mucho que hacer.
— Está bien papá, otro día será.
Se fue sonriendo, siempre en sus labios las palabras: «Yo
quiero ser como tú».
Mi hijo regresó de la Universidad el otro día, todo un hombre.
— Hijo, estoy orgulloso de ti, siéntate y hablemos un poco.
— Hoy no papá, tengo compromisos. Por favor, préstame el auto
para visitar a algunos amigos.
Ahora ya estoy jubilado, y mi hijo vive en otro lugar. Hoy lo
llamé:
— !Hola hijo, ¿cómo estás? ¡Me gustaría tanto verte! – le
dije.
— Me encantaría, padre, pero es que no tengo tiempo. Tú sabes,
mi trabajo, los niños... !Pero gracias por llamar, fue
increíble oír tu voz!
Al colgar el teléfono me di cuenta que mi hijo había llegado a
ser como yo ...
¿Quién
lo construyó?
Hace muchísimos años,
Sir Isaac Newton construyó una maqueta a escala del Sistema
Solar. En su centro tenía una gruesa esfera dorada que
representaba el sol, y a su alrededor giraban otras esferas
más pequeñas en el extremo de varillas de diversa longitud,
las cuales representaban los diferentes planetas entonces
conocidos. Un dispositivo formado por ruedas dentadas y
correas de transmisión los hacía girar perfectamente
sincronizados alrededor del sol.
Cierto día, mientras Newton se encontraba estudiando el
modelo, lo visitó un amigo que no creía en la explicación
bíblica de la creación. Maravillado por tan genial mecanismo,
mientras observaba cómo el científico los hacía avanzar en sus
órbitas, exclamó:
-¡Pero qué belleza! ¿Quién te lo construyó?
-Nadie -repuso Newton sin levantar la mirada.
-¿Cómo que nadie? -preguntó el amigo.
-¡Eso mismo! ¡Nadie! Todas estas ruedas, correas y mecanismos
se juntaron por azar, y como por arte de magia comenzaron a
girar en su órbita a la velocidad precisa.
El incrédulo captó el mensaje. Era una insensatez suponer que
la maqueta había surgido de forma accidental. Más insensato
todavía era aceptar la teoría de que la Tierra y el universo
infinito son obra de la casualidad.
* * *
Afirmar que un mundo tan complejo como el que habitamos es
fruto del azar es tan ilógico como decir que los dramas de Shakespeare fueron compuestos por monos que jugueteaban en una
imprenta.
Merrill C. Tenney
¿Es normal esto?
"No temas, porque
Yo estoy contigo; no desmayes, porque Yo soy tu Dios que te
esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la
diestra de Mi justicia" (Isaías 41:10).
Mientras el mundo se
estremecía con los atentados terroristas acaecidos en Estados
Unidos, muchos acudieron a Dios en busca de refugio y
estabilidad. Una encuesta realizada a los pocos días reveló
que el 90% de los estadounidenses rogaron en un momento u otro
por sus semejantes. Un conocido columnista comenta esta
consecuencia del desastre.
Cuatro mil personas
se congregaron para la oración del mediodía en una catedral
del centro de la ciudad.
El martes pasado una iglesia neoyorquina se llenó en seis
ocasiones.
El dueño de una zapatería de Manhattan abrió de par en par sus
puertas y se puso a entregar zapatos deportivos a la gente que
huía de las torres.
La gente hacía cola en los hospitales para donar sangre y
tratar a los enfermos, y en iglesias para orar por los
heridos.
Esta semana los EE.UU. era otro. Lloramos con desconocidos.
Dimos dinero a familias que jamás habíamos visto.
Comentaristas leyeron la Biblia en televisión y columnistas
publicaron oraciones. Nuestro interés pasó de la moda y los
resultados deportivos a los huérfanos, las viudas y el futuro
del mundo.
Esta semana nos cambió. Republicanos y demócratas hicieron
causa común. Cristianos oraron junto a judíos. El color de la
piel quedó tapado por las cenizas de las torres. El país no es
el mismo de antes.
No somos tan egocéntricos como antes. No somos tan
independientes y seguros de nosotros mismos. Tendemos la mano
al prójimo. Oramos. Esto no es normal. No puedo menos que
preguntarme: "¿Queremos volver a la normalidad?"
¿Es esto una vislumbre de una nueva forma de vivir? ¿Será un
recordatorio de que el enemigo no son nuestros semejantes, ni
el poder está en nuestras manos ni el futuro en nuestra cuenta
bancaria?
¿Podría ser que Dios hubiera querido desde siempre que
viviésemos con esta actitud altruista y de oración?
Y también puede ser que la mejor forma de reaccionar a esta
tragedia sea negarnos a volver a la normalidad.
Tal vez la reacción más ejemplar fuera la de Jerry Glick y Tom
Burnet, pasajeros del vuelo 93. Minutos antes de que el avión
se estrellara en Pensilvania se comunicaron con sus esposas
por teléfono celular y les dijeron: "Todos vamos a morir, pero
tres de nosotros vamos a hacer algo".
Nosotros también podemos hacer algo. Podemos tomar la
determinación de interesarnos más por el prójimo. Podemos
tomar la decisión de orar más. Y podemos resolver, con la
ayuda de Dios, no volver jamás a la normalidad.
Max Lucado.
Una
vocecilla suave
Dios la rescató en el
último momento
Dale Hurd, CBN News
NUEVA YORK.-Mientras los dos aviones secuestrados se dirigían
a las Torres Gemelas, una mujer oraba camino a su escritorio
en el piso 61. Era una mañana como otra cualquiera cuando
sucedió la tragedia. Se anunció que había que quedarse en el
edificio, pero una voz interior sin palabras le dijo a Dawn
Robinson que debía marcharse.
Dawn recuerda: "Antes de hacer mis oraciones de la mañana,
acostumbro rogar a Dios así: "Ayúdame en esta jornada. Me
gozaré y alegraré en este día que me has dado." Aquella
mañana, mientras me dirigía al piso 61, oré al doblar una
esquina: "Te doy gracias, Señor, por este día que me va a ir
tan bien"".
Poco después de que se estrellara el primer avión contra el
World Trade Center, Dawn se dirigió en medio de la confusión a
un piso inferior con algunos compañeros para averiguar qué
ocurría. Le habían dicho que no pasaba nada y que volviera a
su oficina.
Dawn añade: "Me dirigía a mi oficina, pero a mitad del camino,
mientras iba en el ascensor, algo hizo que me detuviera. No
fue que tratara de decidir si debía volver al piso donde
trabajaba. Era como si en un instante hubiera comprendido que
no tenía más remedio que salir del edificio. De inmediato
sentí claustrofobia. Me dio una sensación extraña pero bien
concreta. No era que quizás no debía subir a mi oficina. En
ese momento tuve plena seguridad de que tenía que salir de
allí a toda costa. Para mí no hay duda de que el Espíritu
Santo me habló en ese momento."
"Me di la vuelta y vi a algunos de mis compañeros de trabajo.
Les dije: "Tenemos que irnos. Ahora mismo. ¡Vámonos!" Llegamos
a las escaleras, y calculamos que probablemente el 75% de las
personas se quedaron, porque era lo que se les había dicho.
Unos se quedaron y fueron a la cafetería y otros intentaron
volver a los pisos superiores.
"Sin embargo, una voz en mi interior me ordenaba: "Sal cueste
lo que cueste. Vete de aquí." Así que echamos a correr por las
escaleras, y no olvidemos que miles de personas ya iban
bajando a todo correr cuando nosotros empezamos. No estoy
segura, pero me parece que estábamos en el piso 42 cuando el
avión se estrelló contra nuestro edificio. En ese momento,
todavía no sabíamos que estaban estrellándose aviones contra
nuestros edificios. Es más, en ese instante, alguien comentó:
"Serán terroristas", y nos reímos, pues todos pensábamos que
de ningún modo podía ser eso lo que pasaba.
"Como decía, echamos a correr escaleras abajo, y creo que
íbamos por el piso 42 cuando el avión se estrelló y la onda
expansiva nos precipitó contra las paredes. La gente se puso a
gritar y se desató la histeria. El humo nos envolvía. Caía
agua de arriba. Algunos gritamos: "¡Avancen! ¡Rápido!" En una
situación así te mueres de miedo, porque sabes que te faltan
40 pisos para llegar y te llevará mucho tiempo bajarlos entre
los miles de personas que se van juntando en las escaleras."
"Seguí orando en voz muy alta: "Señor, protégenos. Jesús,
acompáñanos." Cuando llegamos al nivel de la calle,
encontramos unas puertas por donde salir. Una vez afuera, no
paraban de caernos encima escombros. Huíamos, sin exagerar,
del fuego que se veía detrás. Entonces oí de nuevo el mismo
ruido como de una explosión que había oído en mi oficina."
Mientras se le llenaban los ojos de lágrimas, Dawn añadió:
"Creía que nos estaban bombardeando, porque no se podía mirar
para arriba. Literalmente no veías más allá de tus narices."
Dawn aclaró que era evidente que Dios tenía todas las
intenciones de sacarla de allí, y agregó:
"Siento como si se me hubiera dado una nueva oportunidad de
vivir. Si Dios no me hubiese detenido y dado aquella sensación
de urgencia, ahora no podría contarlo, porque el segundo avión
chocó contra el piso donde trabajaba y lo incendió."
* * *
Promesas de protección
en la Biblia
"Dios es nuestro
amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las
tribulaciones. Por tanto, no temeremos aunque la tierra sea
removida y se traspasen los montes al corazón del mar" (Salmos
46:1- 2).
"Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal
alguno, porque Tú estarás conmigo; Tu vara y Tu cayado me
infundirán aliento" (Salmo 23:4).
"Estoy contigo para guardarte y para defenderte, dice el
Señor" (Jeremías 15:20).
”El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, Él te libre"
(Daniel 6:16).
"Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga:
"Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano
derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda" (Isaías
30:21).
"Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo"
(Mateo 28:20).
"Yo soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha y te
dice: "No temas, Yo te ayudo" (Isaías 41:13).
Una
botella de leche
¿Nos habla Dios en la
actualidad?
Un joven había
asistido a un estudio de la Biblia un miércoles por la noche.
El pastor había hablado de escuchar a Dios y obedecer la voz
del Señor. El joven no pudo menos que preguntarse: "¿Hablará
Dios todavía a la gente?"
Al término del culto, salió con unos amigos a tomar café y
comer pastelillos. Mientras lo hacían, conversaron sobre lo
que les había dicho el pastor. Varios de ellos explicaron que
Dios los había orientado de diversas formas.
Serían como las diez, cuando el joven se subió a su automóvil
para regresar a su casa. Se sentó en el auto y oró: "Dios, si
es verdad que todavía hablas a la gente, te ruego que me
hables. Te escucharé. Haré cuanto esté en mis manos para
obedecer lo que me indiques." Empezó a conducir por la calle
principal de la ciudad, y de pronto oyó en su interior una voz
que le pedía: "Para a comprar una botella de leche".
El joven sacudió la cabeza y dijo en voz alta: "Dios, ¿eres Tú
el que me habla?" Como nadie le respondió, continuó hacia su
casa. Sin embargo, volvió a oír la misma frase resonando en su
cabeza: "Compra una botella de leche".
El joven recordó la anécdota del joven Samuel en la Biblia,
que no reconoció al principio que la voz que lo llamaba era la
de Dios (1º de Samuel 3:2-10). Así pues, oró: "Está bien,
Señor, por si acaso eres Tú el que me habla, compraré la
leche". Aquello no parecía una prueba de obediencia muy
difícil.
Pensó que la leche siempre le podría servir. Se detuvo a
comprarla y reanudó el camino a casa. Al pasar ante la Calle
Séptima sintió una imperiosa necesidad de transitar por ella.
Oyó la misma voz, que esta vez le ordenaba: "Ve por esa
calle".
El joven pensó que aquello era una locura y pasó de largo. Una
vez más, sintió el impulso de ir por la Calle Séptima.
En el siguiente cruce, volvió y se dirigió a la Calle Séptima.
Tomándoselo medio en broma, dijo en voz alta: "Está bien,
Dios, lo haré". Al cabo de varias cuadras, sintió el impulso
repentino de detenerse. Se detuvo al borde de la acera y miró
a su alrededor. Estaba en una zona semicomercial. No era ni el
mejor ni el peor barrio. Los negocios estaban cerrados y la
mayoría de las casas estaban a oscuras; daba la impresión de
que sus moradores ya se hubiesen ido a dormir.
Esta vez, la voz le dijo: "Quiero que vayas a darles la leche
a las personas de aquella casa de enfrente". El joven observó
la vivienda en cuestión: tenía las luces apagadas y parecía
que sus ocupantes no estuvieran allí, o bien ya dormían.
Empezó a abrir la puerta de su automóvil y volvió a sentarse,
mientras le decía al Señor: "Esto es una locura. Los que viven
en esa casa ya están durmiendo. Si los despierto, se enojarán
y quedaré como un estúpido."
De nuevo, le embargó la sensación de que debía ir a entregar
la leche a los ocupantes de aquella morada. Por fin, abrió la
puerta del automóvil y asintió: "Está bien, Dios, si eres Tú
el que me habla, me dirigiré a esa casa y entregaré la leche a
los moradores. Si quieres que me crean loco, está bien. Allá
voy." Cruzó la calle y tocó el timbre. Alcanzó a oír algo de
ruido en el interior de la casa.
Una voz de hombre preguntó: "¿Quién es? ¿Qué desea?" La puerta
se abrió antes de que el joven tuviera oportunidad de
acobardarse y huir. El que abrió la puerta era un señor
vestido con pantalones de mezclilla y una camiseta. Daba la
impresión de que acabara de levantarse de la cama. Tenía un
semblante extraño. No parecía muy contento de que hubiera un
desconocido parado allí en su puerta, y preguntó:
-¿Qué se le ofrece?
El joven alargó la mano para ofrecerle la botella de leche
antes de decir:
-Tome. Aquí tiene.
El hombre tomó la botella y corrió por el pasillo, hablándole
a alguien en voz alta. Después, al otro extremo del pasillo
apareció una mujer con la botella de leche en la mano que se
dirigía a la cocina. El hombre la siguió, con un bebé en
brazos. La criatura lloraba. Al hombre también le rodaban las
lágrimas por el rostro. Con la voz entrecortada por el llanto,
explicó:
-Mi esposa y yo acabábamos de orar. Este mes tuvimos que pagar
unas deudas y nos quedamos sin dinero. No teníamos ni para
comprarle leche al bebé. Acababa de pedirle a Dios que me
indicara cómo podía conseguir algo de leche.
La esposa, que estaba en la cocina, gritó desde allí:
Había pedido a Dios que enviara un ángel con... ¿no será usted
un ángel?
El joven sacó su billetera y puso en la mano de aquel hombre
todo el dinero que llevaba encima. Luego, se despidió y se
dirigió a su automóvil con las lágrimas corriéndole por la
cara. Ahora no le cabía duda de que Dios todavía responde a
las oraciones.
Anónimo
Un poco de ánimo llega
muy lejos
Algunos de los
mayores triunfos que constan en los anales de la Historia son
precedidos por una palabra de ánimo o un acto de confianza por
parte de un ser querido o un buen amigo. De no haber sido por
su esposa Sophia, que tenía mucha fe en que su marido llegaría
a triunfar, Nathaniel Hawthorne no se contaría entre los
nombres más celebres de la literatura anglosajona.
En cierta ocasión, Nathaniel, volvió a casa descorazonado y le
dijo a su esposa que era un fracasado porque acababan de
despedirlo de su empleo en la aduana. Pero ella lo sorprendió
exclamando con alegría y voz triunfante:
-¡Ahora podrás escribir tu novela!
-Sí -contestó con poca confianza-, pero, ¿de qué viviremos
mientras lo hago?
Sorprendido, vio como Sophia abría un cajón y extraía una
cantidad considerable de dinero.
-¿De dónde lo sacaste? -preguntó él.
-Siempre tuve la certeza de que tenías talento para escribir
-respondió su esposa-. Jamás dudé que algún día escribirías
una obra maestra. Por eso, todas las semanas apartaba un poco
de lo que me dabas para los gastos de la casa. Con esto nos
basta para vivir un año.
La confianza de aquella esposa dio pie a que Nathaniel
escribiera La letra escarlata, considerada su obra maestra y
un clásico de la literatura estadounidense.
El
banquero y el mendigo
Cierto banquero tenía
por costumbre dar una moneda a un mendigo sin piernas que se
sentaba en la calle a las puertas de su banco. A diferencia de
la mayoría de los transeúntes, el banquero siempre tomaba un
lápiz de los que ofrecía el mendigo y le recordaba:
-Usted es comerciante, y cuando compro algo me gusta emplear
bien el dinero.
Un día, el pordiosero sin piernas no estaba en la acera.
Transcurrió un tiempo y el banquero se olvidó de él, hasta que
un día entró a un edificio público y vio sentado en un stand
al mismo hombre, el cual ya no mendigaba. Se notaba que era el
dueño de aquel pequeño negocio.
-Siempre tuve la esperanza de que viniera algún día -le dijo
el ex limosnero-. Usted me ayudó mucho a prosperar. Me dijo
tantas veces que yo era un comerciante que empecé a verme como
tal, y en vez de aceptar limosnas me puse a vender lápices. Y
vendí muchos. Usted me devolvió la dignidad. Hizo que empezara
a verme con otros ojos.
Tan solo una
tarjeta
Susan tenía unos
conflictos enormes. Tenía que afrontar cuestiones muy
delicadas relativas a su pasado, su marido se había
distanciado emocionalmente de ella y la familia atravesaba
problemas económicos. No obstante, se las arreglaba para
guardar las apariencias en el trabajo, aunque hasta llegó a
pensar en suicidarse.
Un día recibió una tarjeta de Navidad. Era de su jefe, que
había escrito de su puño y letra: «No sé qué haría sin usted.
Gracias por ser tan competente y amable.»
Más adelante, ella comentó:
-Enmarqué la tarjeta y la puse en la pared de mi cocina. Es
como un letrero que me recuerda que valgo.
Así pues, mande esa tarjeta que tenía pensado enviar. Escriba
una nota a alguien. Brinde palabras de ánimo en el nombre de
Jesús. Dé una palmadita en la espalda, conforme le indique el
Señor.
Es posible que infunda ánimo a alguien que lo necesite en ese
preciso momento.
* * *
En la Biblia leemos:
«Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha
como conviene» (Proverbios 25:12).
«Animaos unos a
otros». (1ª a Tesalonicenses 5:11)
«Panal de miel son
los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los
huesos» (Proverbios 16:24).
«Tu amor me ha
alegrado y animado mucho» (Filemón 1:7, Nueva Versión
Internacional).
Estrellas en la corona
una señorita se
hallaba ante el espejo, ajustando un ornamento sobre su
cabello para que pudiera brillar mejor.
Estaba preparándose
par ir a una fiesta. Observando por el espejo a su hermana
pequeña, le dijo:
-Ana, ¿qué te pasa?
-sólo estaba pensando - replicó la
niña.
-Pero, pensando, ¿qué?
-Pensando sobre lo
que dijo mi maestro de la Escuela Dominical el Domingo pasado:
Que si podemos ganar un alma para Cristo, tendremos una
estrella en nuestra corona, y estaba preguntándome si mi
estrella brillaría más que tu diamante.
La señorita fue a la
fiesta y volvió cansada. Fue a su cuarto y halló a su hermana
durmiendo. Sus rizos medio cubrían su frente. La hermana mayor
se arrodilló al lado de la cama y tendiendo sus brazos sobre
el cuello de la niña, dijo:
-¡Oh, Señor!,
permíteme ser la estrella en la corona de mi hermanita.
Entonces despertándola, le dijo:
-¡Oye, querida! ¡Yo
voy a ser la estrella de tu corona!. Lo que has dicho ha
ganado mi corazón.
El maestro de la
Escuela Dominical ganó a la niña y la niña ganó a su hermana,
y la hermana ganó a otros después.
Y tú, amable lector…
¿ya has ganado una estrella para tu corona?.
VUELVE A EMPEZAR...
AUNQUE SIENTAS EL CANSANCIO ...
AUNQUE EL TRIUNFO TE ABANDONE…
AUNQUE UN ERROR TE LASTIME …
AUNQUE UN NEGOCIO SE QUIEBRE ...
AUNQUE UNA TRAICION TE HIERA...
AUNQUE UNA ILUSION SE APAGUE…
AUNQUE EL DOLOR QUEME TUS OJOS...
AUNQUE IGNOREN TUS ESFUERZOS...
AUNQUE LA INGRATUDUD SEA LA PAGA...
AUNQUE LA INCOMPRESNSION CORTE TU
RISA...
AUNQUE TODO PAREZCA NADA....
VUELVE A EMPEZAR...

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