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Providencia Divina
Hace unos
cien años, vivía en Bristol un mercader, que era famoso por su generosidad con
los pobres y sus éxitos en el negocio.
La Providencia de Dios
parecía sonreírle en todo.
Se decía que
nunca había asegurado, ni perdido un solo barco. Sin embargo, estaba viajando
una vez de retorno a su hogar, cuando su navío chocó con una roca que abrió una
vía de agua tal que amenazaba con su destrucción. Inmediatamente se adoptaron
medidas para salvar el bajel, pero todo parecía inútil, pues el agua subía
rápidamente. Sin embargo, el agua cesó de subir repentinamente, sin ninguna
causa aparente, y el barco pudo llegar a Bristol sin novedad. Al examinar el
agujero, se encontró un pez, que se decía ser un delfín. Se había introducido en
el agujero que había abierto la roca al chocar con el casco, privando así de que
el agua entrara durante el resto del viaje. Como memoria de este singular
suceso, en todas las procesiones públicas organizadas en Bristol en días
especiales se lleva la figura de un delfín en hombros de los niños educados en
las escuelas de caridad fundadas por mister Colstone.
Naranjas en el océano
En un viaje
por el océano, una señora se puso tan enferma por el mareo que el médico le dijo
que solamente el comer muchas naranjas podría restablecerla. La señora, en su
debilidad dijo:
-Doctor, no
se apure. Mi Padre Celestial me las enviará. Yo voy a pedírselo ahora.
-Pero,
querida señora --contestó él- no olvidéis que nos hallamos en mitad del océano.
-No importa,
amigo mío; para Dios todo es posible.
Unas horas
más tarde, el mismo doctor entraba corriendo hasta la enferma, para poner a los
pies de su cama un cesto colmado de naranjas.
Como pudo,
nervioso y maravillado, explicó su procedencia:
-Un buque
averiado... Le hemos auxiliado... Un cargamento de naranjas en el buque... Un...
-¡Un milagro
de mi Padre Celestial, doctor! -le interrumpió la enferma.
Fiel a su palabra
Aquel domingo
por la mañana hacía mucho frío. Un siervo del Señor se dirigía a la capilla
cuando se encontró con otro creyente, quien después de saludarle, exclamó medio
tiritando: "¡Vaya día de frío que nos hace hoyl" "Oh, sí contestó el hombre de
Dios, el Señor sigue siendo fiel a sus promesas". El otro quedó un tanto
asombrado ante esa respuesta, y por un momento pensé que no le había
entendido, pero pronto salió de dudas al oír la explicación del ministro: "Hace
más de tres mil años, Dios prometió que mientras la tierra permaneciese no
cesarían la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y
el día y la noche. Es por esto que, en vez de quejarme por el frío o el calor
que hace, más bien me alegro de que sea así, pues esto me demuestra que Dios
sigue siendo fiel a su palabra. ¿No le parece?
Cerca del guía
Un guía
estaba mostrando la "Cueva del Mamuth" a un grupo de turistas. Cuando llegaron
al lugar conocido con el nombre de "La Catedral", el guía se subió a una roca
llamada "El Púlpito", y anunció con una sonrisa que iba a pronunciar "un sermón
muy importante". Sin embargo, todo cuanto dijo fue: "Manténganse agrupados cerca
de mí".
Poco después,
los turistas pudieron darse perfecta cuenta de cuán importante fue "el sermón"
que les predicó el guía, pues sólo manteniéndose muy cerca de él era posible
eludir los múltiples peligros que se esconden en el interior de "La Cueva del
Mamuth".
Ahora, mucho
más intrincados que los senderos de una gruta son sin duda alguna los caminos de
esta vida. ¿Cómo evitar el peligro de perderse por toda la eternidad? Sólo hay
un medio: ponte en las benditas manos de aquel que dijo: "Yo soy el Camino, la
Verdad y la Vida; nadie viene d Padre sino es por Mí".
Dios nos guía
por su Palabra, y por las evidentes manifestaciones de su Providencia... “Procede corno si hubiera Dios y hallarás que lo hay”. En medio de
la oscuridad de los caminos de esta vida, mantengámonos cerca del Guía.
RANAS EN EL HOYO
Un grupo de ranas viajaba por el bosque y de repente, dos de ellas
cayeron en un hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron
alrededor del hoyo. Cuando vieron cuán hondo era el hoyo, le dijeron a
las dos ranas que, para efectos prácticos, se debían dar por muertas.
Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y
siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con todas sus fuerzas. Las
otras ranas seguían insistiendo en que sus esfuerzos serían inútiles.
Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y
se rindió. Ella se desplomó y murió. La otra rana continuó saltando tan
fuerte como le era posible. Una vez más, la multitud de ranas le gritaba
que dejara de sufrir y simplemente se dispusiera a morir. Pero la rana
saltó cada vez con más fuerza hasta que finalmente salió del hoyo.
Cuando salió, las otras ranas le preguntaron: ¿No escuchaste lo que te
decíamos? La rana les explicó que ella era sorda, y pensó que las demás
la estaban animando a esforzarse más y salir del hoyo.
Ésta historia contiene dos lecciones:
1. La lengua tiene poder de vida y muerte. Una palabra de aliento
compartida a alguien que se siente desanimado puede ayudar a levantarle
y finalizar el día.
2. Una palabra destructiva a alguien que se encuentre desanimado puede
que acabe por destruirlo.
Tengamos cuidado con lo que decimos. Hablemos de vida a aquellos que se
cruzan en nuestro camino. El poder de las palabras es tanto, que a veces
es difícil de comprender que una palabra de ánimo pueda hacer tanto
bien. Cualquiera puede hablar palabras que roben a los demás el espíritu
que les lleva a seguir en la lucha en medio de tiempos difíciles.
MIEDO
Una madre y su hijita se preparaban una noche para acostarse. La niña
sentía miedo de la oscuridad y estaba algo atemorizada.
Cuando las luces se apagaron vio la luna por la ventana y le dijo a su
madre: - Mamá, quiero qué me digas, ¿será la luna la luz de Dios?
-La madre le contestó: -Si, hijita.
La niñita volvió a preguntarle:
-¿Y apagará Dios su luz para dormir?
Esta vez la madre puso su mano sobre su cabecita y le dijo:
-No, hija mía, Dios nunca se queda dormido.
Estas palabras despertaron la fe de su corazón infantil y dijo:
-Pues si Dios esta despierto, entonces, ya no tengo miedo.
Eso es encontrar la confianza en una seguridad verdadera.
LOS
TRES FILTROS
El joven discípulo de un filósofo sabio llega a casa de éste y le dice:
- Oye maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia...
- ¡Espera! –lo interrumpe el filósofo-. ¿Ya hiciste pasar por los tres
filtros lo que vas a contarme?
- ¿Los tres filtros?
- Sí. El primero es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres
decirme es absolutamente cierto?
- No. Lo oí comentar a unos vecinos.
- Al menos lo habrás hecho pasar por el segundo filtro, que es la
bondad. Eso que quieres decirme, ¿es bueno para alguien?
- No, en realidad no. Al contrario...
- ¡Ah, vaya! El último filtro es la necesidad. ¿Es necesario hacerme
saber eso que tanto te inquieta?
- A decir verdad, no.
- Entonces –dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno ni
necesario, sepultémoslo en el olvido.
LAS
PIEDRAS
Cierto día un motivador experto estaba dando una conferencia a un grupo
de profesionales. Para dejar en claro un punto utilizó un ejemplo que
los profesionales jamás olvidarían. De pie frente al auditorio de gente
muy exitosa
dijo: "Quisiera hacerles un pequeño examen... "De debajo de la mesa sacó
un jarro de vidrio, de boca ancha y lo puso sobre la mesa frente a él.
Luego sacó una docena de rocas del tamaño de un puño y empezó a
colocarlas una por una en el jarro. Cuando el jarro estaba lleno hasta
el tope y no podía colocar más piedras preguntó al auditorio: "¿Está
lleno este jarro?" Todos los asistentes dijeron: "Sí". Entonces dijo:
"¿Están seguros?" Y sacó de debajo de la mesa un balde con piedras
pequeñas de construcción. Echó un poco de las piedras en el jarro y lo
movió haciendo que las piedras pequeñas se acomoden en el espacio vacío
entre las grandes. Cuando hubo hecho esto preguntó una vez más:
"¿Está lleno este jarro?" Esta vez el auditorio ya suponía lo que
vendría y uno de los asistentes dijo en voz alta: "Probablemente no".
"Muy bien!" contestó el expositor. Sacó de debajo de la mesa un balde
lleno de arena y empezó a echarlo en el jarro. La arena se acomodó en el
espacio entre las piedras grandes y las pequeñas. Una vez más pregunto
al grupo:
"¿Está lleno este jarro?" Esta vez varias personas respondieron a coro:
"¡No!" Una vez más el expositor dijo: "Muy bien!", luego sacó una jarra
llena de agua y echó agua al jarro hasta que estuvo lleno hasta el borde
mismo.
Cuando terminó, miró al auditorio y preguntó: "¿Cuál creen qué es la
enseñanza de esta pequeña demostración?" Uno de los espectadores levantó
la mano y dijo:
"La enseñanza es que no importa qué tan lleno está tu horario, si de
verdad lo intentas, siempre podrás incluir más cosas"...
"¡No! -replicó el expositor-, esa no es la enseñanza. La verdad es que
esta demostración nos enseña lo siguiente: Si no pones las piedras
grandes primero, no podrás ponerlas en ningún otro momento".
¿Cuáles son las piedras grandes en tu vida? ¿Un proyecto que tú deseas
hacer funcionar? ¿Tiempo con tu familia? ¿Tu fe, tu educación o tus
finanzas? ¿Alguna causa que desees apoyar? ¿Enseñar lo que sabes a
otros? Recuerda poner estas piedras grandes primero o luego no
encontrarás un lugar para ellas. Así que hoy en la noche o mañana al
despertar, cuando te acuerdes de esta pequeña anécdota, pregúntate a ti
mismo cuáles son las piedras grandes en tu vida y corre a ponerlas de
primero en tu jarro.
LOS
CLAVOS
Había un niño que tenía muy mal carácter. Un día su padre le dio una
bolsa con clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma debería
clavar un clavo en la cerca de atrás de la casa. El primer día el niño
clavó 37 clavos en la cerca... Pero poco a poco fue calmándose porque
descubrió que era mucho más fácil controlar su carácter que clavar los
clavos en la cerca. Finalmente llegó el día cuando el muchacho no perdió
la calma para nada y se lo dijo a su padre y entonces el papá le sugirió
que por cada día que controlara su carácter debería sacar un clavo de la
cerca. Los días pasaron y el joven pudo finalmente decirle a su padre
que ya había sacado todos los clavos de la cerca... Entonces el papá
llevó de la mano a su hijo a la cerca de atrás... Mira hijo, has hecho
bien... pero fíjate en todos los agujeros que quedaron en la cerca... Ya
la cerca nunca será la misma de antes... Cuando dices o haces cosas con
coraje, dejas una cicatriz como éste agujero en la cerca... Es como
meterle un cuchillo a alguien, aunque lo vuelvas a sacar, la herida ya
quedó hecha... No importa cuántas veces pidas disculpas, la herida esta
ahí... Una herida física es igual de grave que una herida verbal.
EL
PESCADOR Y EL BANQUERO
Un banquero de inversión estaba en el muelle de un pueblito costeño
cuando llego un botecito con un solo pescador. Dentro del bote habían
varios atunes amarillos de buen tamaño. El banquero elogió al pescador
por la calidad del pescado y le preguntó cuánto tiempo le había tomado
pescarlos.
El pescador respondió que solo un poco tiempo. El banquero luego le
preguntó que ¿por qué no permanecía más tiempo y sacaba más pescado?
El pescador dijo que el tenía lo suficiente para satisfacer las
necesidades inmediatas de su familia. El banquero luego preguntó, "¿pero
qué hace usted con el resto de su tiempo?" El pescador dijo, "duermo
tranquilo, pesco un poco, juego con mis hijos, hago siesta con mi
señora, María, voy todas las noches al pueblo donde como y toco guitarra
con mis amigos. Tengo una vida feliz y ocupada".
El banquero replicó: Soy un egresado de la Universidad de Harvard y
podría ayudarte. Deberías gastar más tiempo en la pesca y con los
ingresos comprar un bote más grande, con los ingresos del bote más
grande podrías comprar varios botes, eventualmente tendrías una flota de
botes pesqueros. En vez de vender el pescado a un intermediario lo
podrías hacer directamente a un procesador, eventualmente abrir tu
propia procesadora. Deberías controlar la producción, el procesamiento y
la distribución. Deberías salir de este pueblo e irte a la ciudad, y
eventualmente estarás exportando el producto a otros países.
El pescador preguntó, "¿Pero, cuánto tiempo tarda todo eso?".
Respondió el banquero: "entre 15 y 20 años".
"¿Y luego qué?". El banquero se rió y dijo que esa era la mejor parte.
"Cuando seas próspero puedes vender las acciones de tu empresa al
público. Te volverás rico, tendrás millones".Millones ... ¿y luego qué?"
Dijo el banquero: "Luego te puedes retirar. Te mueves a un pueblito en
la costa donde puedes dormir hasta tarde, pescar un poco, jugar con tus
hijos, hacer siesta con tu mujer, ir todas las noches al pueblo donde
comas y toques guitarra con tus amigos".
El pescador respondió: ¿acaso eso no es lo que tengo ya?
Muchas veces el ser humano busca tener más de lo que necesita, debido a
eso nuestro planeta no está dando abasto pues la avaricia del hombre es
mayor que la producción del planeta. Cristo mismo nos enseñó a decir
"danos hoy el pan de cada día" no el de todo el año. Obviamente no es un
llamado a vivir sin que nos importe nada, sino a vivir el hoy, tomando
lo que necesitamos y expresando nuestro afecto a quienes tenemos cerca.
EN EL ANDÉN DE LA VIDA
Cuando aquella tarde llegó a la vieja estación le informaron que el tren
en el que ella viajaría se retrasaría aproximadamente una hora. La
elegante señora, un poco fastidiada, compró una revista, un paquete de
galletas y una botella de agua para pasar el tiempo. Buscó un banco en
el andén central y se sentó preparada para la espera.
Mientras hojeaba su revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a
leer un diario. Imprevistamente, la señora observó como aquel muchacho,
sin decir una sola palabra, estiraba la mano, agarraba el paquete de
galletas, lo abría y comenzaba a comerlas, una a una,
despreocupadamente. La mujer se molestó por esto, no quería ser grosera,
pero tampoco dejar pasar aquella situación o hacer de cuenta que nada
había pasado; así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete y sacó
una galleta, la exhibió frente al joven y se la comió mirándolo
fijamente a los ojos.
Como respuesta, el joven tomó otra galleta y mirándola la puso en su
boca y sonrió. La señora ya enojada, tomó una nueva galleta y, con
ostensibles señales de fastidio, volvió a comer otra, manteniendo de
nuevo la mirada en el muchacho. El dialogo de miradas y sonrisas
continuó entre galleta y galleta.
La señora cada vez mas irritada, y el muchacho cada vez más sonriente.
Finalmente, la señora se dio cuenta de que en el paquete solo quedaba la
última galleta. "No podrá ser tan descarado", pensó mientras miraba
alternativamente al joven y al paquete de galletas. Con calma el joven
alargó la mano, tomó la última galleta, y con mucha suavidad, la partió
exactamente por la mitad. Así, con un gesto amoroso, ofreció la mitad de
la última galleta a su compañera de banco. ¡Gracias! -dijo la mujer
tomando con rudeza aquella mitad. "De nada" -contestó el joven sonriendo
suavemente mientras comía su mitad. En esos momentos se anunció la
partida del tren...
La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Al arrancar,
desde la ventanilla de su asiento vio al muchacho todavía sentado en el
andén y pensó: "¡Que insolente, que mal educado, que ser de nuestro
mundo!".
Sin dejar de mirar con resentimiento al joven, sintió la boca reseca por
el disgusto que aquella situación le había provocado. Abrió su bolso
para sacar la botella de agua y se quedó totalmente sorprendida cuando
encontró, dentro de su cartera, su paquete de galletas INTACTO.
¡Cuantas veces nuestros prejuicios, nuestras decisiones apresuradas nos
hacen valorar erróneamente a las personas y cometer las peores
equivocaciones!
¡Cuántas veces la desconfianza, ya instalada en nosotros, hace que
juzguemos, injustamente a personas y situaciones, y sin ninguna razón,
las encasillamos en ideas preconcebidas, muchas veces tan alejadas de la
realidad que se presenta...!

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