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El regalo de conversar
Lynn
Rogers
Aunque siempre me dijo que no hablara con gente extraña, mi mamá siempre
lo hacía. En la fila del supermercado. Buscando bolsas de mano en alguna
tienda. Cuando estaba en un elevador lento y mientras la demás gente,
seriamente, oprimía los botones. En el aeropuerto, en los juegos de
fútbol y en la playa.
Lo
bueno era que sólo le hacía caso cuando se trataba de gente extraña que
parecía muy sospechosa. Creo que me fue bien así.
Hoy,
cuando me pongo a pensar cómo ella se ponía a hablar con las personas,
me dan ganas de reír. Pero en aquel tiempo, cuando yo era un
adolescente, me daba mucha vergüenza. Una vez, le dijo a una mujer que
andaba comprando con su hija: "Lynn también va a tener su primera bata."
Yo pensé esconderme en la sección de las batas de baño, pero me puse
roja y le dije con disgusto. "¡Maaaamaaaá!" Me sentí un poco mejor
cuando la mamá de la muchacha le contestó: "Andamos buscando una bata
para Sara, pero todas están muy grandes para ella."
No
toda la gente le respondía a mamá cuando ella hacía alguna observación o
trataba de iniciar una discusión. Algunas personas la miraban con
disgusto y se alejaban. Otras la ignoraban completamente. Siempre que
estuve con ella y esto sucedía, me daba cuenta que eso lastimaba sus
sentimientos.
Pero ella alzaba
los hombros y seguíamos caminando.
Pero
en muchas otras ocasiones, cuando yo regresaba de dar la vuelta, la
encontraba hablando amenamente con otras personas. Hubo otras veces,
cuando pensé que se me había perdido entre la gente. Pero entonces, oía
sus risas cuando hablaba, haciendo comentarios como. "¿De veras?"A mí
también me pasa lo mismo.
Por
medio de esas conversaciones espontáneas, mi madre me enseñó que nuestro
mundo era demasiado grande (o muy pequeño-ustedes escojan) para no tener
tiempo de hablar con los demás. Ella me hizo pensar que como mujeres,
tenemos un nexo especial, aun cuando no seamos diferentes. Aun en las
cosas más triviales, tenemos cosas en común que nos unen. Quizá, por eso
sea que nos gusta más el papel que el plástico, 0 el por qué pensamos
que comprar un abrigo azul nunca es una mala compra, o por qué el himno
nacional todavía nos pone la carne de gallina.
Uno
de los últimos recuerdos que tengo de mi madre, tuvo lugar en el
hospital. El cáncer en sus senos la habían reducido a un peso de apenas
85 libras. Aún así, apenas unas horas antes de su muerte, ella
conversaba con la enfermera cómo sembrar plantitas de tulipanes. Yo me
quedé parada en la puerta, en silencio. Tenía ganas de llorar, pero a la
misma vez, sentía una descarga de amor y calor. Ella me había enseñado a
ver en otros, la belleza de la primavera. Nunca lo olvidaré,
especialmente cuando yo me doy vuelta y le digo a alguien: " ¿No le
parece lindo que ..."
Llamada de larga distancia
Bárbara Johnson
Leí
en cierta ocasión, que un hombre llamó a su esposa desde un teléfono
público en el aeropuerto. Cuando se le acabaron las monedas, la
operadora lo interrumpió para decirle que quedaba sólo un minuto.
El
hombre trató, rápidamente, de terminar la conversación con su esposa.
Pero antes que se pudieran decir adiós, se les había terminado el
tiempo. El hombre salió de la cabina telefónica suspirando. En ese mismo
momento, el teléfono sonó. Pensó que era la operadora que quería más
dinero y no iba a contestar. Pero algo le decía que
levantara el teléfono. Y ciertamente era la operadora. Pero ella no
quería más dinero. Ella tenía un recado para él:
-Después que usted colgó, su esposa dijo: "Te amo. Pensé que a usted le
gustaría saberlo."
¡Vamos a brillar!
Cheryl Kirking
¡Es
hora de dormir! les dije a mis tres hijos. Ya había leído tres cuentos,
había oído tres oraciones muy largas, había besado a tres osos de
peluche, un conejo y un canguro para darles las buenas noches. También
había traído tres vasos de agua y había hecho tres viajes al baño.
Pero
Bryce me rogaba: "¡Mamá, tengo que decirte algo muy importante!" Con
firmeza le contesté: "¡Vete a dormir!"
"Pero
es algo importante ... tienes que venir.
"Le
pregunté: "¿De qué se trata?"
Y él
persistió: "¡Tienes que venir aquí!"
Yo me
arrodillé al lado de su camita y le volví a preguntar:
¿De
qué se trata, Bryce? Tomó mi cara en sus suaves manos, me miró a los
ojos y me dijo: "Mamá, nunca escondas tu luz detrás de un mamut"
Yo le
aseguré que no lo haría.
Su
hermanita me explicó desde su cuarto que lo que quería decir él era:
canasta. "La maestra de escuela dominical nos explicó que almud era un
tipo de canasta.
Blend
también habló desde la tercera cama: "Es cierto, nosotros cantamos una
canción sobre eso."Y entonces, comenzó a cantar una versión muy alegre
de: "Mi pequeña luz" completa, con ademanes: "Escondida detrás de un
almud..."
"Es
cierto, Mamá," repetía Bryce solemnemente mientras pasaba sus manos
sobre mi rostro. "¡Nunca escondas tu rostro detrás de un mamut! ¡Deja
que brille! ¡Deja que brille! ¡Deja que brille!
Después de otro vaso de agua y tres besos, pude bajar a la sala para
disfrutar de un momento de quietud bebiéndome una taza de té pensando en
lo que ellos habían dicho.
Y me
puse a pensar en aquellas veces que fallé, al no servir a otros porque
no estaba poniendo atención a sus necesidades. Recordé tiempos cuando me
abstuve de hacer algo porque me sentía insegura de mis habilidades. Y al
abstenerme, perdía la oportunidad de que mi luz brillara. Oré para que
Dios nos ayudara, a mis hijos y a mí, para que pudiéramos descubrir y
ofrecer nuestras "pequeñas luces" a otros. ¡Qué nunca las escondamos
detrás del almud ... o, para el caso, detrás de un mamut!
El corazón de papel
Gigi
Graham
Nuestras voces se alzaban con la intensidad de la discusión.
Intercambiábamos palabras que no queríamos decir. Sacábamos asuntos que
no venían al caso. Traíamos a colación los agravios del pasado,
perdonados pero no olvidados.
Ninguno de nosotros tenía la intención de convertir una simple discusión
en un pleito acalorado.
Era
tarde, los dos estábamos cansados. Muy cansados. Stephen y yo habíamos
pasado por una larga procesión de tensión, ansiedad y minicrisis. Yo me
sentía como si me estuvieran haciendo pedazos: los niños, la ropa para
lavar, las compras, las fechas tope para escribir, los amigos pidiendo
consejo, las cartas que se necesitaba contestar, el teléfono sonando
todo el día. Me sentía agotada más de lo que las palabras pueden
describirlo.
Stephen también había pasado por un mal día tratando con hombres y
mujeres cuyas vidas estaban al borde de la ruina. Después de una hora
batallando con el tráfico, llegó a casa para encontrarse que los niños
querían su atención, una lista de pacientes que tenía que llamar y una
pila de cuentas a pagar. Toda la tarde habíamos estado a punto de
gritar, controlándonos los nervios crispados.
Entonces, un pequeño desacuerdo nos sacó de control.
Mientras nuestras palabras ardían en el aire, la puerta de nuestro
cuarto se abrió. Despacio, lentamente, una pequeña mano se extendió por
la abertura y puso algo en la puerta. Y de la misma forma, aquella mano
se retrajo y cerró la puerta. Con curiosidad, me fui a investigar.
Encontré un corazón de papel, pintado con crayolas rojas, pegado en la
puerta. Tenía también este mensaje: "' Yo amo a mi mamá y a mi papá.
Era
mi hijo de ocho anos, Anthony, que estaba tratando de hacer la paz.
De
pronto, recordé aquel versículo que dice: "Un niño los pastoreará"
(Isaías 11:9). Lágrimas de vergüenza rodaron por mi rostro. Stephen y yo
nos miramos. Los dos nos sentíamos mal por la forma como habíamos dejado
a nuestras emociones cargadas. sacarnos de control y alterar nuestro
hogar ...
Ni
siquiera recuerdo por lo que estábamos discutiendo cuando Anthony puso
su corazón de papel en la puerta de nuestro cuarto.
Pero
lo dejamos ahí como recordatorio.
Las
personas que más amamos son aquellas que nunca se
acuerdan de nada malo de nosotros. (Anónimo)
Cosechando amor
Gladys Hunt
Los
vecinos que vivían en la casita roja, al lado de la nuestra, eran un
caso especial. Eran chismosos, maliciosos, ruidosos y peleadores. Sus
niños tenían la mala costumbre de tomar lo que no era de ellos -y esto
es para decir, diplomáticamente, que eran una banda de ladrones
compuesta de menores de edad.
Como
grupo, eran un aguijón en la carne para todo el vecindario.
En
nuestra propiedad, pero cerca de la ventana de su cocina, a la cual le
daba sombra, estaba el más miserable esqueleto de árbol de duraznos que
alguien haya visto jamás. Cada primavera, este árbol viejo juntaba las
fuerzas que le quedaban para producir unas pocas hojas y flores. Cuando
llegaba la época de la cosecha, las flores se convertían en unos
duraznitos verdes que nunca llegaban a madurar. Lo único para lo que
servían era para tirarlos. Ustedes se pueden imaginar quiénes los
tiraban y hacia dónde. Así había sido siempre. El árbol no producía nada
y mamá decidió cortarlo y poner flores en su lugar.
No
pasó mucho tiempo en llegar a oídos de los vecinos. Ellos se apresuraron
a ir a la casa para pedirle que dejara al árbol donde estaba, porque era
la única sombra que les daba en la cocina. La cocina tenía un techo
plano y estaba expuesta al despiadado sol de Illinois. La tentación de
dejar a esos sinvergüenzas debajo del sol ardiente era grande.
Ciertamente, había justicia poética en ello. Ellos nos habían quemado
tanto, que ahora uno podía ver un elemento profético en esta situación.
Pero mi mamá era cristiana y creía que uno tiene que hacer las cosas
como cristiano. Ella les dijo: -Está bien, lo voy a dejar donde está.-Y
lo hizo.
Cuando la primavera llegó ese año, algo maravilloso le había pasado al
árbol. Aquellas pequeñas ramas habían desaparecido en medio de toda una
nube de flores. Las flores se volvieron duraznitos verdes, como los que
siempre habíamos visto año tras año. Y entonces, para nuestro asombro,
se maduraron y llegaron a ser frutas dulces y deliciosas.
Nosotros comimos lo que pudimos. Mi mamá les dio algunos a los vecinos,
incluyendo a aquellos que no eran tan buenos. Y enlató suficientes para
todo un año.
Meses
más tarde, los vecinos de la casita roja se mudaron. No quiero dar la
impresión de alguna conexión. Pero ellos, en verdad, se mudaron. Yo
solamente estoy diciendo lo que pasó. Y ese año, o el siguiente, el
árbol se secó.
El
árbol nunca había producido buen fruto antes. Nunca más volvió a
producirlo. Sólo lo dio un año. Sé lo que algunos de ustedes están
pensando: el árbol hubiera producido fruto aun cuando mi mamá no hubiera
sido tan buena. Pueden pensar que se debió a la época y los químicos. Yo
no sé lo que pasó. No pretendo saberlo. Pero sí sé esto: Si ella hubiera
devuelto mal por mal, el árbol no hubiera dado su fruto y yo hubiera
perdido una de las experiencias más lindas y una de las lecciones más
profundas de toda mi vida.
Mi
mamá tuvo la oportunidad de desquitarse y prefirió cosechar amor. Y ella
tuvo una cosecha preciosa. El árbol dio cosecha, pero también hubo una
cosecha en su corazón, en el mío y en el de muchos otros.
El pastel más delicioso
Ellen
Javernick
Era
el pastel más bello del mundo. Yo tenía siete años en aquel entonces,
pero lo recuerdo muy bien. Lo hicimos mi mamá y yo. Yo le ayudé a romper
los huevos y a medir el azúcar. También engrasé los moldes
cuidadosamente, para que el pastel no se pegara. Batimos la mezcla
fuertemente. No queríamos que el pastel quedara flojo. Entonces, mi mamá
puso los moldes en el horno para comenzar a hornearlos. Yo puse a
funcionar el marcador de tiempo. Mi mamá se fue a doblar la ropa al
cuarto de arriba y yo me quedé en la mesa de la cocina y preparé la
tarjeta de cumpleaños de mi papá. El pastel era para él y tenía que
quedar perfecto.
El
marcador de tiempo no sonaba todavía, pero yo no pude seguir esperando.
Y abrí el horno para echarle un vistazo. Los pasteles se veían
lindísimos: redondos en la parte de arriba y dorados en las orillas. En
ese mismo momento oí que mi mamá bajaba las escaleras. Me sentí culpable
de haberle echado un vistazo a los pasteles y cerré la puerta del horno
con fuerza. El golpe de la puerta fue en el peor momento. El centro de
las dos
capas
se arruinó. Cuando mi mamá abrió el horno, unos minutos más tarde,
nuestros bellos pasteles parecían un plato de sopa.
Lloré
desconsoladamente. ¡Nuestra gran sorpresa se había echado a perder!
"Vamos a ver" dijo mi mamá con toda la calma del mundo.
¿Qué
podemos hacer con estos chistosos pasteles? Ella comenzó a preparar la
crema. –Blanca se ve bien. Yo vi como, poco a poco, sacaba las capas de
pastel para enfriarlas. -Mira qué bien salen de los moldes.
Tengo
que admitir que se veían bien. Pero le hice ver que había un pedazo
aplastado en el mismo centro de los pasteles.
Tienes razón, -me dijo, - vamos a quitarle todo el centro. Lo probamos y
estuvimos de acuerdo que estaba sabroso.
Pero
yo le dije persistentemente: -Pero todavía se ve muy feo. De todos
modos, ella no se desanimó. –Ve allá afuera y tráeme unas margaritas,
mientras yo preparo la crema y cubro los pasteles.
Cuando regresé con las flores, el pastel con la crema encima ya no se
veía tan mal. Ahora, -me dijo mamá, mientras tomaba una jarra de jalea,
vamos a poner las flores en el hueco del centro. -¿Qué te parece?
Yo le
dije: -¡Es el pastel más lindo del mundo!
Nunca
olvidé esa lección que mamá me dio. La vida no está siempre llena de
pasteles con orillas perfectamente doradas o días perfectos. Pero
tampoco tenemos que vivir en el fracaso: hay que enfrentarlos y
tornarlos en éxito. Funciona, no importa si tienes siete o setenta años
de edad.
Círculo de amor
Jeannie Williams
Cuando Joey tenía cinco años, su maestra del Jardín de infantes le pidió
que hiciera un dibujo de algo que él amaba. Joey dibujó a su familia ...
entonces, tomó su crayon rojo
e hizo un círculo alrededor de su dibujo. Joey quería escribir una
palabra encima de su dibujo, así que se levantó de su silla y fue hasta
el escritorio de la maestra.
-Maestra -le dijo-, ¿cómo se deletrea…?
Pero
antes que pudiera terminar la pregunta, la maestra le dijo que regresara
a su silla y que no interrumpiera la clase. Joey dobló el papel y se lo
puso en el bolsillo.
Cuando llegó a casa, se acordó del papel y lo sacó de su bolsillo. Lo
puso en la mesa de la cocina y lo estiró. Entonces, sacó también un
lápiz de su mochila y vio el círculo rojo. Su mamá estaba ocupada
cocinando. Joey quería terminarlo antes de enseñárselo.
-Mamá, ¿cómo se deletrea ...?
La
mamá le contestó: -¿No ves que estoy ocupada? ¿Por qué no te vas afuera
a Jugar? -Ah, y no cierres la puerta muy fuerte.
Joey
dobló el dibujo y se lo metió en el bolsillo.
Esa
tarde, Joey volvió a sacar el dibujo del bolsillo. Vio el círculo rojo y
corrió a la cocina para buscar un lápiz. Quería terminar el dibujo antes
de mostrárselo a su padre. Le aplanó los dobleces y puso el dibujo en el
piso, cerca del sillón de su padre.
-Papá, ¿cómo deletreas ...?
-Joey,
estoy leyendo el periódico y no quiero que me molestes. ¿Por qué no vas
a jugar afuera? -No cierres la puerta muy fuerte.
Joey
dobló el dibujo y lo puso en su bolsillo. Su mamá lo encontró a la
mañana siguiente cuando iba a lavar la ropa. Lo puso en la basura sin
desdoblarlo. También tiró a la basura una piedrecita, un pedazo de
cuerda y dos canicas que Joey había encontrado cuando estaba jugando
afuera.
Cuando Joey tenía 28 años, su hija hizo un dibujo. Joey se puso a reír
cuando vio el dibujo y su hija de cinco años le dijo: ¡Papá, este eres
tú!
Annie
también se rió- Joey se fijó en el círculo que su hija había hecho
alrededor de la figura y pasó lentamente su dedo alrededor.
-Regreso pronto, -le dijo Annie. Y dio un salto de las piernas de su
padre donde estaba sentada. Cuando regresó, traía un lápiz en la mano.
Su padre puso el dibujo a un lado y le hizo espacio para que se volviera
a sentar en sus piemas.
Annie
puso el lápiz en el papel, arriba del círculo y le preguntó: -Papá,
¿cómo se deletrea la palabra amor?
Joey
tomó a su hija en sus brazos y le ayudó a escribir las letras.
Le
dijo: -Amor se deletrea:
T-I-E-M-P-O.
El ingrediente secreto de
Marta
Roy
J. Reiman
A Ben,
siempre le molestaba ir a la cocina. Era esa vasija de metal que estaba
en la alacena, arriba de la estufa de Marta. A él no le hubiera
molestado tanto, ni siquiera habría notado su existencia, si Marta no le
hubiera repetido, vez tras vez, que no la tocara. La razón que ella dio,
fue que contenía una "hierba secreta" que su madre le había dado. A ella
le preocupaba que Ben u otra persona, la levantara para ver adentro y se
cayera accidentalmente, echando a perder su valioso contenido.
La
vasija no tenía mucho atractivo. Estaba tan vieja, que muchos de sus
colores originales, flores rojas y doradas, estaban ya muy despintadas.
Uno podía ver el desgaste en las áreas donde se le había agarrado una u
otra vez para levantarla. Aun la tapa ya estaba suelta.
No
era Marta la única que la había usado. Antes de ella, también la usaron
su madre y su abuela. Marta no estaba segura, pero ella creía que hasta
su bisabuela había usado la misma vasija para "la hierba secreta."
Lo
único que sabía Ben era que, poco después de haberse casado con Marta,
su madre había traído la vasija. Y ella le había dicho a Marta que
tratara con cariño el contenido, como ella misma lo había hecho.
Y
ella lo había hecho al pie de la letra. Ben nunca había visto a Marta
cocinar sin que ella sacara la vasija de la alacena y pusiera "la hierba
secreta" en los ingredientes. Aun cuando ella horneaba pasteles, panes o
galletas, él la veía vertiendo unas gotitas sobre las fuentes antes de
ponerlas en el horno.
Y
parece que lo que había en esa vasija, daba un buen resultado. Porque
Ben pensaba que Marta era la mejor cocinera del mundo. Y él no era el
único que tenía esta opinión. Cualquier persona que comía en su casa
salía elogiando las comidas de Marta.
Pero,
¿por qué no dejaba que él tocara la vasija? ¿Estaba ella, realmente,
temerosa que derramaran su contenido? ¿Cómo era esa "hierba secreta"?
Era algo tan fino, que Ben no podía saber de qué se trataba. Obviamente,
ella tenía que usar muy poco porque no había forma de obtener más.
No se
sabía cómo era que Marta había hecho para usarla por más de 30 años de
matrimonio. Y nunca había fallado al lograr delicias para el paladar.
Ben
siempre tuvo la tentación de ver dentro de la vasija. Pero siempre la
resistió.
Entonces, un día Marta se enfermó. Él la llevó al hospital y tuvo que
quedarse en el hospital esa noche. Cuando Ben regresó a casa, se sintió
muy solo. Nunca antes Marta se había quedado fuera de casa. Y cuando
llegó la hora de comer, no sabía qué hacer. Marta era la que siempre
cocinaba. Él nunca se había preocupado en aprender a cocinar.
Cuando fue a ver lo que había en el refrigerador, lo primero que vio fue
la vasija. Sus ojos fueron atraídos como metal a un imán. El quiso
tornar la mirada, pero la curiosidad lo vencía.
La
curiosidad lo siguió molestando.
¿Qué
era lo que había en la vasija? ¿Por qué no podía tocarla? ¿Cómo era esa
" hierba secreta? ¿Cuánta quedaba?
Ben
volvió a tornar su mirada y levantó la cubierta de un molde de hornear
que estaba en la mesa de la cocina. ¡Ah! Todavía quedaba la mitad de uno
de los sabrosos pasteles de Marta. Cortó un pedazo muy grande y se sentó
a la mesa de la cocina. Todavía no se había comido el primer bocado
cuando sus ojos volvieron a fijarse en la vasija. ¿En qué estaría lo
malo de ver lo que había adentro? ¿Por qué tanto secreto?
Ben
mordió otro pedazo de pastel y siguió debatiendo en su mente. ¿La abría
o no la abría? Y lo siguió pensando mientras le daba otras cinco
mordidas al pastel y sin quitarle la vista a la vasija. Por último, no
pudo resistir.
Caminó muy despacio hacia donde estaba la vasija y con mucho cuidado le
quitó la tapa. ¡Tenía mucho miedo de abrirla! Cuando pudo ver lo que
había adentro, los ojos de Ben se abrieron de sorpresa. ¡Estaba vacía!
... excepto por una papelito doblado en el fondo.
Como
tenía manos muy anchas, tuvo problemas en alcanzar el papelito del
fondo. Hasta que por fin pudo agarrarlo por una esquina y lo sacó con
mucha precaución. Lo desdobló con mucho cuidado debajo de la luz de la
cocina.
Había
una nota muy breve en el papelito. Y Ben reconoció la letra de su
suegra. Decía en forma muy sencilla: "Marta, a todo lo que cocines,
échale un poquito de amor."
A Ben
se le hizo un nudo en la garganta. Puso la nota de nuevo en la vasija y
se fue a terminar de comer el pastel. Por fin entendía por qué estaba
tan delicioso.

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