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Cómo sobrevivir cuando los hijos se van de casa

El silencio aturde. Los padres que ven como sus hijos se independizan o se alejan durante un tiempo del hogar, suelen sentir un inevitable vacío que los pone en situación de melancolía e inseguridad...¿cómo superar el síndrome del nido vacío?

En el momento de la emancipación, se da un cambio que muchos padres sienten: se termina un rol. El rol de cocinar para ellos, de jugar con ellos todos los días, de despertarlos y recibirlos...algunas cosas cambian.

¿Cómo tomarlo?

El hecho de extrañarlos y querer verlos más seguido es tan inevitable como normal. Pero eso no quita que la separación sea un proceso natural del crecimiento y maduración, producto de la buena educación que los padres les brindaron a sus hijos, y que se deba tomar con paciencia y naturalidad.

Es tiempo de que los padres se dediquen más a ellos mismos, salgan, trabajen, compartan más tiempo con los amigos, se preocupen por su estética en mayor medida, etc.

El tiempo dedicado con pasión a los hijos durante años, puede transformarse ahora en diversión, entretenimiento, dedicación a si mismo. Han pasado años de crianza, incluyendo serias crisis y grandes momentos de felicidad, tomar esta nueva etapa como un “premio” al esfuerzo realizado, no es una mala idea.

Y aun cuando sus hijos los necesiten, actuarán como si no los quisieran ¿por qué no dedican mejor el tiempo a disfrutar el resto de sus vidas? Deje atrás algunas de las preocupaciones que tenia cuando eran chicos y admita que ellos ya han crecido.

Pregúntese a si mismo como quisiera estar a los 85 años, respecto de su vida personal, sus amigos, sus hobbies, sus pasiones, trabajo, etc. como disparador del convencimiento para comenzar a disfrutar un poco más.

No sacrifique sus sueños y metas. Impóngase objetivos y sepa lo que quiere lograr. Continúe con proyectos interrumpidos de su vida que no pudo concretar por una u otra razón.

Identifique las razones por las cuales usted no puede lograr avanzar en sus proyectos, que lo hacen decir “no” cuando quiere decir “sí” y viceversa. Sea paciente y persistente. Por lo menos, tomará 30 días obtener un cambio en la conducta y hacerla un hábito, y como mínimo seis meses, para que un hábito empiece a volverse una parte de su personalidad....pero vale la pena.

Cuando los hijos vuelven a casa

Siempre es duro que los hijos dejen la casa, pero más aún, lo puede ser el hecho de que, pasado un tiempo, deban retornar al hogar. En esta nota, algunas claves para enfrentar y manejar mejor esta situación en su aspecto financiero.

La escena se repite con frecuencia: una llamada telefónica o una reunión en un bar, y la angustiante confesión por parte de sus hijos adultos de que ya les es imposible seguir afrontando el alquiler (o han roto con su pareja, o cualquier otra situación inmanejable), por lo que le piden volver al hogar.

En efecto, en las actuales condiciones de vida de muchos países, no es raro que un gran número de padres, que creía haber cumplido con sus obligaciones financieras hacia sus hijos, tenga que enfrentar una situación como esta, sin lugar a dudas muy diferente a la planificada.

Psicólogos y sociólogos coinciden en afirmar que cada vez más padres ven retornar a sus pichones al nido, lo cual es una tendencia que parece incrementarse de diez años a esta parte. Las causas son numerosas, pero entre las más usuales, afirman, se podría citar las dificultades en el mercado del trabajo, los costos de una carrera universitaria, y el aumento en el costo de vida.

Según señalan estos mismos profesionales, casi la mitad de los jóvenes de entre 18 y 24 años viven en la casa de uno o ambos de sus padres, pero muchos de ellos afirmaron haber vivido un tiempo de forma independiente, y haber regresado al hogar paterno luego de tener que enfrentar diversos tipos de dificultades, principalmente las mencionadas anteriormente.

Y es que, sea debido a la pérdida de sus trabajos, un divorcio, algún revés financiero, o cualquier otra cuestión, muchos hijos adultos que parecían haberse independizado definitivamente de sus padres, regresan un buen día a vivir a la casa de sus progenitores, lo que contempla un gran e impensado cambio en todas las rutinas de vida de los mismos, tanto a nivel social como financiero.

Pero por cierto que cuando un hijo adulto regresa al hogar de sus padres, estos últimos están obligados a manejar un imprevisto cambio de sus finanzas hogareñas para así sostener a los nuevos habitantes.

Con todo, y más allá de todo lo negativo que esta situación podría parecer, son varios los expertos que afirman que este tipo de problemas contiene también en sí mismo la oportunidad de mejorar la vida de ambas partes, mediante una correcta ayuda y resolución de la situación.

De cara al problema

Por cierto que esto no quita que la situación sea verdaderamente muy adversa. Es muy duro para aquellos hijos que habían logrado cierta independencia y éxito profesional, tener que aceptar que -no por su responsabilidad, sino en gran parte por la falta de estabilidad en el mercado de trabajo- deben regresar a buscar la ayuda de sus padres, y posiblemente a ocupar nuevamente el cuarto que pensaron que no volverían a utilizar.

Por su parte, estos padres, que posiblemente puedan encontrarse ya en el retiro, deben combinar sus gastos habituales con el impensado aporte a sus hijos, que seguramente deberá incluir, por ejemplo, la medicina pre-paga o los gastos del auto, cosas que sin dudas muy costosas y que nunca planificaron que deberían afrontar.

Según afirman los especialistas, una de las claves para manejar esta situación, es identificar cuáles son las prioridades propias y de los hijos.

En primer lugar, estén o no trabajando, los hijos deben saber que deberán aportar a la casa una contribución financiera, pero además, tomar la responsabilidad de colaborar con el (nuevo) funcionamiento del hogar, reconociendo sus roles y responsabilidades para cada situación que se plantee en el hogar.

Por supuesto que esto último no está limitado a los hijos, y de hecho, como punto básico de partida, deberá existir un gran respeto entre todos, donde los padres también deberán reconocer los derechos de sus hijos, que hace largo tiempo abandonaron la niñez.

De cualquier forma, los especialistas señalan que, en cualquier caso, será fundamental que haya algún tipo de estructura o estímulo para que estos "chicos" sepan que la convivencia será transitoria, y que, en el mediano o corto plazo, deberán volver a valerse por si mismos.

En este sentido, agregan que nunca es bueno que los hijos no tengan, por parte de sus padres, algún tipo de estímulo para retornar a la vida independiente, y, de hecho, si usted les hace creer que todo podría llegarles gratuitamente, no tendrían un real estímulo para trabajar y volver a independizarse, haciendo algo que a posteriori los pueda ayudar.

Ciertamente, esta es una situación que requiere de un delicado equilibrio. Sus hijos acaban de atravesar un gran trance, y usted no desearía agregarles una carga de presión a la que ya de por sí traen, pero no menos real es que siempre se deben poner límites.

Y es que aunque le duela hacerlo, debe saber que la imposición de claras reglas no significa que se haya convertido en un padre frío y distante, sino, todo lo contrario, en un padre preocupado por dar un amor constructivo, enseñándole a su hijo el valor de las lecciones de la vida, las cuales debe conocer profundamente para poder salir nuevamente al ruedo.

Lo contrario no significaría más que un negativo apañamiento, que aumentaría las dudas y temores que puedan tener sobre sí mismos, luego de haber tenido que volver al hogar paterno.

La importancia del diálogo

Ante todo, debe hablar claramente con sus hijos, para establecer por cuánto tiempo esperan permanecer en su hogar. Por cierto que esto no debe hacerse apenas lleguen, pero sí unos siete o diez días después, cuando hayan logrado una mayor tranquilidad, y todavía no surjan en la convivencia molestas diferencias.

Podrá escuchar los argumentos, pero en definitiva, será usted el responsable de establecer, y comunicar, el plazo de tiempo máximo por el cual su hijo podrá permanecer en su hogar. Según los datos manejados por los especialistas, hay bastantes esperanzas de que esto ocurra sin problemas, ya que en el período de entre 25 y 34 años, menos de 10 por ciento de los hombres y mujeres jóvenes viven con, por lo menos, uno de sus padres.

La cobertura médica

Una de las primeras cuestiones que se debe discutir con sus hijos, cuando estos vuelven al hogar, es quien se hará cargo de su cobertura médica. Como sabrá, una vez que ellos hayan perdido el empleo, también habrán perdido el seguro de salud, y, aunque muchos de ellos piensen que serán jóvenes y saludables para siempre, y que podrían cuidarse a sí mismos sin problemas, todos sabemos que siempre existe la posibilidad de que ocurra un imprevisto o un accidente, y, en este caso, al margen de lo doloroso que resulta atravesar cualquier enfermedad, las consecuencias financieras de no contar con una cobertura médica podrían ser muy duras.

Para solucionar este problema, debería, en principio, consultar con su seguro de salud sobre la ampliación de la cobertura médica, para poder incluir a toda su familia. Generalmente, cubren a los hijos hasta que estos cumplen los 18 años, 21, o 25 años, dependiendo del tipo de cobertura.

También se podría considerar la posibilidad de suscribir a su hijo a algún “plan joven” o “universitario”, que ofrecen la mayoría de las compañías de cobertura médica. Claro que si bien estos planes para jóvenes son más económicos, no menos cierto es que serán más costosos que si logra que su hijo se incorpore a su “grupo familiar”. Además, muchos de estos planes no tienen una cobertura total, por lo que para ciertas atenciones o internaciones, deberán hacerse pagos extras.

El seguro del automóvil

Otro ítem a discutir, en el caso de que tengan automóvil, será cómo se harán cargo del seguro. Muy posiblemente, sus hijos no contarán con los ingresos suficientes como para poder afrontar el pago de esta póliza, pero todos sabemos (nuevamente, aunque sus hijos le digan lo contrario) que es imprescindible que el auto esté asegurado.

Como muy posiblemente usted deberá enfrentar también este gasto (al igual que sucede con la cobertura médica), deberá hacer las averiguaciones necesarias para saber cómo optar por el seguro más indicado para su caso específico.

En este caso, por supuesto, influirán la marca y modelo del coche, pero también el alcance que tiene el seguro con el que usted ya cuenta, pues es posible que esta compañía le ofrezca algún tipo de descuento.

También pueden colaborar

Aunque pueda resultarle difícil, deberá hablar con sus hijos acerca de la posibilidad de que ellos realicen una colaboración financiera al hogar.

Una opción para esto, podría ser pedirles que hagan un pequeño aporte mensual fijo, hasta que puedan volver a la vida independiente. Por más que no tenga un trabajo fijo, cualquier joven adulto debería ser capaz de lograr un ingreso mínimo (dando clases particulares, diseñando sitios webs, realizando suplencias, etc.) y debería comprender que, al margen de sus gastos personales imprescindibles, ese dinero debería ir al hogar donde vive.

Lo ideal sería que este monto mensual vaya subiendo conforme pase el tiempo, de manera que adviertan que, cuanto más tiempo permanecen, más caro les cuesta vivir allí, lo cual será un estímulo para volver a vivir solos.

También, para el caso de que usted no necesite imperiosamente de ese dinero, esta contribución mensual podría ser utilizada para volverle a inculcarles a sus hijos el valor del ahorro.

En este caso, deberá decirles que todo lo que ellos aporten a este fondo, será contabilizado en una cuenta separada, por lo que cuando el joven esté listo para volver a vivir solo, podrá obtener ese monto para así aliviar las cargas que conlleva cualquier mudanza, o bien para poder darse otros gustos. Esto también hará que, luego de un tiempo, sus hijos estén más incentivados para abandonar el hogar.

Claro que, sobre todo en los actuales tiempos, esto es más fácil de programar que de llevar a cabo. Por eso, será fundamental que, en primer lugar, fijen una cifra justa, y en segundo, los padres acepten que muchas veces, más de las que piensan, los hijos no podrán cumplir con los pagos, pero, en la mayoría de las situaciones, no por mala voluntad, sino por una imposibilidad real.

En estos casos, se debería ser lo más paciente posible, sin mostrarse como un ser mezquino y avaro que sólo está pendiente del dinero. De hecho, es posible que incluso usted les tenga que pasar algún dinero para sus gastos personales, y para que puedan continuar buscando trabajo.

Para compensar, los hijos también podrían ayudar en las tareas domésticas o de oficina. Hacer la limpieza general del hogar, preparar la comida, reparar el descuidado sótano, encargarse de llevar la contabilidad de los gastos e ingresos, o realizar los trámites burocráticos, tanto para el hogar como para la oficina, podrían ser algunas de las varias tareas de las que podrían hacerse cargo

Su propia economía, un objetivo para no desatender

Con todo, si bien usted puede querer mucho ayudar a sus hijos, no debería descuidar tampoco sus propias metas financieras. De hecho, muchos padres caen en el error de perjudicarse más de lo que deberían.

Por mucho que quiera a sus hijos, podrá advertir que es muy difícil soportar la carga de hijos grandes que han retornado al hogar, en el plano emocional, por supuesto, pero también en el económico, sobre todo en aquellas situaciones donde los padres se encuentran en la edad del retiro, y les es muy costoso poder lograr algún ingreso extra.

Por eso, el hecho de poner plazos a la convivencia se tornará muy importante, ya que una prolongada estadía por parte de sus hijos no será buena para ellos pero tampoco para sus padres, ya que la mayoría de la gente adulta promedio no cuenta con suficientes medios como para afrontar por mucho tiempo los costos adicionales que representa un nuevo integrante en el hogar, especialmente si están jubilados.

Siempre es necesario ayudar a un hijo mayor que esté atravesando por un duro momento emocional y financiero, pero también lo es ayudar a que vuelva a ser independientes.

Y de hecho, el mejor aporte que cualquier padre podría hacer a un hijo que acaba de regresar a su hogar, es ayudarlo a lograr nuevamente su independencia.

¿Qué lugar ocupan los abuelos en la familia?

La llegada de un nuevo integrante a la familia, representa una conmoción para todos. Los abuelos no somos la excepción, y adaptarse a la nueva situación no siempre es sencillo...

Muchos conflictos pueden surgir como consecuencia del nacimiento de un nieto, que además de traer alegría puede ser muy demandante para el círculo familiar. Todos queremos sentir que pertenecemos a algún lugar, ser tratados bien y recibir la atención que nos merecemos. Por eso tanto los abuelos como los padres, los tíos y los hermanos deben saber adaptarse a la llegada de un nuevo miembro de la familia. 

Como abuelos, podemos sentir que nuestra posición en la familia se disminuye a medida que ésta se amplía. Por más contentos que nos pongamos ante la llegada de nuestros nietos al mundo, también es cierto que los momentos de hablar o compartir cosas con nuestros propios hijos escasean cada vez más cuando ellos mismos se convierten en padres. Ahora tienen responsabilidades muy importantes y que les ocupan mucho tiempo. Los otros abuelos, los tíos y los hermanos también forman parte de este cuadro. Y para completar los momentos de incomodidad familiar, a veces se da el hecho de que ex-esposas o ex-maridos compartan el tiempo con los nietos. 

Todos queremos acomodarnos y llevarnos bien en la medida de lo posible. Pero a veces es una lucha. Analizando este tipo de situaciones, nos damos cuenta cómo es posible que las tensiones surjan incluso en los círculos familiares más unidos. 

Como abuelos, también podemos tener dudas acerca del rol que debemos ocupar. Ya no estamos más a cargo de las cosas. Debemos alejarnos del centro de la escena y dejar que nuestros hijos tomen las decisiones, por ellos mismos y por nuestros nietos. E incluso nuestros propios deseos deben ser dejados de lado en más de una oportunidad. 

Pero esto no significa que dejaremos de ser padres o madres. A pesar de que íntimamente sabemos que debemos soltar las riendas de nuestros hijos adultos, para nuestros ojos ellos siguen siendo nuestros hijos. Y esto es así para siempre, sin importar qué edad tenga cualquiera de los involucrados.} 

Nuestro lugar, aunque no siempre nos guste 

Podemos y debemos seguir nutriendo a nuestros hijos. Podemos ser un reaseguro para ellos, ser alguien que los escuche. También ellos viven situaciones de mucho stress. Ahora deben ganar el pan para ellos y para su familia, y además de eso ahora son padres y están muy ocupados. Debemos ayudarlos y acompañarlos, ya que muchas veces necesitarán de nuestro consejo o de nuestra atención. 

Por otro parte, a menudo no estaremos de acuerdo con algunas decisiones que nuestros hijos toman en su rol de padres. O cuando los visitamos, quizás pretendamos pasa más tiempo con nuestros nietos. También podemos pensar que sus hijos –nuestros nietos– están siendo malcriados. Es muy tentador en esos casos invocar la autoridad que nos brinda la edad y empezar a dar órdenes nuevamente. Pero si adoptamos esa postura, con el tiempo seremos cada vez menos bienvenidos en la casa de nuestros hijos. 

Debemos ganarnos el derecho de hacer valer nuestra opinión. Esto se logra estableciendo una relación afectuosa con nuestros hijos y brindándonos por entero cuando ellos nos necesitan. 

También hay que tener en cuenta que, en la actualidad, muchos padres primerizos crían a sus hijos de manera muy distinta a la que ellos mismos fueron criados. Ya son grandes y tienen sus propias ideas con respecto a las cosas. Además, conocen de primera mano los errores que hemos cometido como padres. A veces es muy riesgoso dar un consejo desinteresado... porque nuestros hijos, en muchas ocasiones, no quieren saber nada con nuestros consejos. 

Aunque hay momentos en que un consejo es ineludible. Si observamos que la seguridad de nuestro nieto está en peligro, debemos hablar sin dudarlo. Pero también es bueno recordar, de tanto en tanto, que ya tuvimos nuestro turno para hacer las cosas, mal o bien, y que ahora lo que suceda con nuestros nietos no será responsabilidad nuestra. 

Cuando chocamos con nuestros hijos 

Los conflictos que se suscitan con nuestros hijos son conflictos “limítrofes”, por llamarlos de algún modo. Suceden por lo general cuando tanto los abuelos como los padres no cumplen las expectativas que se generaron mutuamente. Estos conflictos pueden incluir desacuerdos en las maneras de criar a los hijos o en el grado de presencia que tengan los abuelos en la vida de los nietos. Algunos abuelos no tienen mucho respeto por el rol de sus propios hijos como padres. Y en otros casos, los padres piensan que lo normal es que los abuelos tengan que abandonar sus vidas para ocuparse de sus nietos cuando ellos tienen otro compromiso. 

En la práctica, debe existir un alto grado de flexibilidad y madurez para resolver este tipo de problemas. Y el peso de los problemas debe caer en las espaldas de los abuelos. Como “solucionadotes”, los abuelos deberán: 

* Tratar de resolver los problemas de inmediato.
* Comunicarse con todos los miembros de la familia y escucharlos muy atentamente.
* Recordar que los más importante para los padres y los abuelos es el bienestar de los niños, y que se deberá hacer cualquier cosa para resolver las dificultades que los involucren a ellos. 

Sin embargo, no debemos esperar demasiado de nosotros mismos. Es normal sentirse celosos de los otros abuelos, es una reacción lógica y comprensible. Quizás los “otros” abuelos vivan al lado de la casa de los nietos, estén más presentes en sus vidas o tengan más dinero para hacerles fabulosos regalos. Lo importante es reconocer este tipo de reacciones en nosotros mismos. No es necesario esconder estos sentimientos de celos: lo que se debe hacer es, simplemente, no dejar que se impongan. Dentro de lo posible, lo recomendable es tender puentes de acercamientos con los otros abuelos, compartir tiempo con ellos y los nietos y compartir también el momento de comprarles regalos. 

Los otros abuelos pueden pertenecer a un grupo religioso de creencias muy diferentes a las nuestras. Hasta pueden hablar en distinto idioma. Una vez más, será nuestra responsabilidad asegurar que las relaciones familiares sean armoniosas y sin tensiones innecesarias. Porque es lo que nuestros hijos y nuestros nietos esperan de nosotros.  

Somos los ejemplos a seguir 

Como parte de una generación más vieja, debemos ser ejemplos. Somos los poseedores de la tradición y los valores de nuestra familia. Podemos iluminar el camino para nuestros hijos, nuestros nietos, y nuestros tataranietos, ofreciéndoles amor y siendo abuelos comprensivos. Siempre debemos mantener las líneas de comunicación con nuestra familia abiertas. Cuando los problemas se pueden enfrentar apelando al amor, sin ponernos a la defensiva, cuando todas las partes involucradas pueden apreciar cómo se siente estar en el lugar de la otra persona, tenemos muchas más posibilidades de resolverlos felizmente. 

Es bueno recordar que, como abuelos, a menudo estamos en una inmejorable posición. Podemos recibir amor y atención de esas maravillosas criaturas que son nuestros nietos sin tener que sumergirnos en los deberes paternales. Sí, claro que nos preocupamos por nuestros nietos, y también nos pueden cansar por momentos. Pero la mayor parte del tiempo suelen ser acompañantes de valor precioso, y debemos sentirnos emocionados y honrados de pasar tiempo con ellos. A medida que estrechamos los lazos de unión con nuestra familia y con nuestros propios hijos, podremos regocijarnos con los suyos: nuestros nietos.

La generación sándwich

Las crisis provocan profundos cambios en las familias. Las más afectadas, son aquellas personas de entre 45 y 60 años, que deben hacerse cargo tanto de sus padres mayores como de sus hijos adultos… Si este es su caso, no deje de leer el siguiente artículo

Más de una vez, las comedias televisivas de todo el mundo representaron la vida una familia extendida, viviendo todos en el mismo hogar. Allí, podíamos ver la ternura de los abuelos, la sana rebeldía de los hijos adolescentes, o los sinsabores que les significaban a los hijos más adultos tener que enfrentarse con el “mundo real”, todo rodeado en un clima de camaradería, alegría, y buen humor.

 Sin embargo, la realidad no es exactamente la misma. Esto es lo que señalan aquellas personas de mediana edad que tienen a su cargo tanto a sus padres ancianos como a sus hijos adultos. Ninguno de ellos reniega del amor que sienten hacia los mismos, ni tampoco del fundamental apoyo que los mismos brindan a su vida, pero todos coinciden en afirmar que es muy duro y desgastante tener que soportar, tanto en el plano económico como afectivo, tanto a padres como a hijos.

 Cambio de vida

 Las crisis que se han vivido en Latinoamérica, no sólo se puede ver en las variables macroeconómicas y lo fríos números. De hecho, estas crisis han cambiado todas las costumbres de vida, y, entre las familiares, los expertos resaltan el gran número de parejas de mediana edad que deben hacerse cargo de mantener bajo su techo a sus padres, -cuyo magra jubilación les impide mantener una calidad de vida decente-, y a sus hijos adultos, a los cuales el desempleo, o los bajos salarios, los tiene confinados a una dependencia continua con sus progenitores.

 Así, estas personas, que suelen tener entre 45 y 60 años y a la que los expertos denominan como parte de la  “generación sándwich”, -por el hecho que han quedado “atrapadas” entre la necesidad de atender a sus padres e hijos-, se ha acostumbrado, no sin mucho esfuerzo, a educar a sus hijos pequeños, consolar y apoyar económicamente a sus hijos adultos desempleados, y a cuidar, llevar al médico, y asistir económicamente a sus padres adultos, intentando, en el medio, no perder de vista su relación de pareja. 

El término de “generación sándwich”fue señalado por el psicólogo norteamericano Quaeshi Walker, quien, a pesar de vivir en la mayor potencia mundial, advirtió que la crisis global de los últimos años había provocado que muchos hijos retrasen su partida del hogar (o vuelvan al mismo) y que muchos padres mayores se dirijan a vivir con sus hijos, por el hecho de no poder afrontar un cuidado médico con gastos cada vez más onerosos. 

Un hecho reciente

 Pero… ¿Por qué se considera relativamente reciente a este fenómeno? Esto tiene relación con el empobrecimiento que ha venido sufriendo, desde hace unas tres décadas a esta parte, gran parte de las familias de clase media.

 Sucede que el auge neoliberal que predominó en la mayoría de los países latinoamericanos a partir de la década del setenta, transformo un tipo de Estado, el Estado de Bienestar, a uno de “Laissez faire”, es decir uno que no regulaba.

 El primero de estos tipos de Estado, se encargaba de que sus ciudadanos gocen de un servicio social mínimo, que proveía trabajo, asistencia médica, y jubilaciones con montes acordes para poder desarrollar una vida digna.

 Pero una vez que las grandes corporaciones lograron sacar del centro al Estado regulador, para tomar todos estos servicios en sus manos y hacer de ellos un negocio, comenzó a verificarse un paulatino pero sostenido deterioro social que hoy en día puede ser visto, entre muchas otras cosas, con este modelo de convivencia familiar.

 Además, el aumento en la expectativa de vida que tienen muchas personas de los países occidentales, provoca que los mayores vivan más años, y por ende, requieran mayores cuidados y por más tiempos, los cuales insumen en parte el tiempo que los padres les dedicarían a sus propios hijos. Así, se invierte la lógica familiar que señala que son los padres quienes deben cuidar a los hijos.

 Enfrentando problemas

 Si bien es cierto, como se señaló, que la mayoría de las familias gozaba en varios puntos de esta convivencia familiar, no menos real es que muchos terapeutas familiares afirman que cada vez son más las consultas que reciben a causa desavenencias entre padres, hijos, abuelos, o entre las mismas parejas, que deben tener a su cargo a toda la familia, lo cual les hace perder intimidad y tiempo para disfrutar en soledad. 

Estos problemas, afirman los especialistas, tienen su correlato en el sistema inmunológico, por lo que es muy frecuente que las personas pertenecientes a la “generación sándwich”, -en especial las mujeres, que suelen involucrarse más con los cuidados de su familia, tanto por factores intrínsecos como por presiones sociales -, lleguen también a los consultorios con trastornos psicosomáticos, diversos tipos de cansancios, estrés, contracturas, fiebres, gastritis insomnio, fatiga crónica, irritabilidad, picos de hipertensión, presión en el pecho, angustia y, muchas veces, un muy mal humor.

 Todas estos problemas son el producto del peso que les contrae la responsabilidad de hacerse cargo de tamaño grupo familiar; y además las mismas pueden repercutir muy negativamente sobre todos los demás integrantes del entorno familiar, que deben convivir con personas con una salud psíquica o física debilitada.

 Por cierto, existe una sensación ambivalente entre los padres e hijos que conviven con la “generación sandwich”, ya que por un lado, se sienten culpables de generarle ciertos problemas como los descriptos anteriormente, pero, por otro, no pueden dejar de depender de estas personas.

 Pero a pesar de los conflictos, son mayoría las personas integrantes de estos grupos familiares que afirman haber aprendido muy bien a convivir, mediante el respeto y la comprensión mutua, y que, de hecho, sienten fundamental el apoyo que cada miembro de la familia brinda a su prójimo, un apoyo del que tal vez carecerían si no tendrían este tipo de convivencia.


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Familia

                     Sección 18

  En esta sección te presentamos las siguientes notas:

  Cómo sobrevivir cuando los hijos...
  Cuando los hijos vuelven a casa
  ¿Qué lugar ocupan los abuelos...?
 
La generación "sándwich"

                     Nota

En nuestros días la familia enfrenta una gran crisis. Cada año más de un millón de divorcios toman lugar en Estados Unidos y en otros países alrededor del mundo.

Por cada hogar derrumbado, hay muchos más en un lamentable estado de cuarteadura. Aun cuando la institución del hogar no ha muerto y nunca morirá, está enferma, seriamente enferma.

Hoy más que nunca debemos volver a los principios y absolutos de la palabra de Dios. Estos principios pueden todavía ser un fundamento sólido para edificar hogares estables y felices. 

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