El
silencio aturde. Los padres que ven como sus hijos se independizan o
se alejan durante un tiempo del hogar, suelen sentir un inevitable
vacío que los pone en situación de melancolía e inseguridad...¿cómo
superar el síndrome del nido vacío?
En
el momento de la emancipación, se da un cambio que muchos padres
sienten: se termina un rol. El rol de cocinar para ellos, de jugar
con ellos todos los días, de despertarlos y recibirlos...algunas
cosas cambian.
¿Cómo tomarlo?
El
hecho de extrañarlos y querer verlos más seguido es tan inevitable
como normal. Pero eso no quita que la separación sea un proceso
natural del crecimiento y maduración, producto de la buena educación
que los padres les brindaron a sus hijos, y que se deba tomar con
paciencia y naturalidad.
Es
tiempo de que los padres se dediquen más a ellos mismos, salgan,
trabajen, compartan más tiempo con los amigos, se preocupen por su
estética en mayor medida, etc.
El
tiempo dedicado con pasión a los hijos durante años, puede
transformarse ahora en diversión, entretenimiento, dedicación a si
mismo. Han pasado años de crianza, incluyendo serias crisis y
grandes momentos de felicidad, tomar esta nueva etapa como un
“premio” al esfuerzo realizado, no es una mala idea.
Y
aun cuando sus hijos los necesiten, actuarán como si no los
quisieran ¿por qué no dedican mejor el tiempo a disfrutar el resto
de sus vidas? Deje atrás algunas de las preocupaciones que tenia
cuando eran chicos y admita que ellos ya han crecido.
Pregúntese a si mismo como quisiera estar a los 85 años, respecto de
su vida personal, sus amigos, sus hobbies, sus pasiones, trabajo,
etc. como disparador del convencimiento para comenzar a disfrutar un
poco más.
No
sacrifique sus sueños y metas. Impóngase objetivos y sepa lo que
quiere lograr. Continúe con proyectos interrumpidos de su vida que
no pudo concretar por una u otra razón.
Identifique las razones por las cuales usted no puede lograr avanzar
en sus proyectos, que lo hacen decir “no” cuando quiere decir “sí” y
viceversa. Sea paciente y persistente. Por lo menos, tomará 30 días
obtener un cambio en la conducta y hacerla un hábito, y como mínimo
seis meses, para que un hábito empiece a volverse una parte de su
personalidad....pero vale la pena.
Siempre
es duro que los hijos dejen la casa, pero más aún, lo puede ser el
hecho de que, pasado un tiempo, deban retornar al hogar. En esta
nota, algunas claves para enfrentar y manejar mejor esta situación
en su aspecto financiero.
La escena se repite con frecuencia: una llamada
telefónica o una reunión en un bar, y la angustiante confesión por
parte de sus hijos adultos de que ya les es imposible seguir
afrontando el alquiler (o han roto con su pareja, o cualquier otra
situación inmanejable), por lo que le piden volver al hogar.
En efecto, en las actuales condiciones de vida de
muchos países, no es raro que un gran número de padres, que creía
haber cumplido con sus obligaciones financieras hacia sus hijos,
tenga que enfrentar una situación como esta, sin lugar a dudas muy
diferente a la planificada.
Psicólogos y sociólogos coinciden en afirmar que cada
vez más padres ven retornar a sus pichones al nido, lo cual es una
tendencia que parece incrementarse de diez años a esta parte. Las
causas son numerosas, pero entre las más usuales, afirman, se podría
citar las dificultades en el mercado del trabajo, los costos de una
carrera universitaria, y el aumento en el costo de vida.
Según señalan estos mismos profesionales, casi la
mitad de los jóvenes de entre 18 y 24 años viven en la casa de uno o
ambos de sus padres, pero muchos de ellos afirmaron haber vivido un
tiempo de forma independiente, y haber regresado al hogar paterno
luego de tener que enfrentar diversos tipos de dificultades,
principalmente las mencionadas anteriormente.
Y es que, sea debido a la pérdida de sus trabajos, un
divorcio, algún revés financiero, o cualquier otra cuestión, muchos
hijos adultos que parecían haberse independizado definitivamente de
sus padres, regresan un buen día a vivir a la casa de sus
progenitores, lo que contempla un gran e impensado cambio en todas
las rutinas de vida de los mismos, tanto a nivel social como
financiero.
Pero por cierto que cuando un hijo adulto regresa al
hogar de sus padres, estos últimos están obligados a manejar un
imprevisto cambio de sus finanzas hogareñas para así sostener a los
nuevos habitantes.
Con todo, y más allá de todo lo negativo que esta
situación podría parecer, son varios los expertos que afirman que
este tipo de problemas contiene también en sí mismo la oportunidad
de mejorar la vida de ambas partes, mediante una correcta ayuda y
resolución de la situación.
De cara al problema
Por cierto que esto no quita que la situación sea
verdaderamente muy adversa. Es muy duro para aquellos hijos que
habían logrado cierta independencia y éxito profesional, tener que
aceptar que -no por su responsabilidad, sino en gran parte por la
falta de estabilidad en el mercado de trabajo- deben regresar a
buscar la ayuda de sus padres, y posiblemente a ocupar nuevamente el
cuarto que pensaron que no volverían a utilizar.
Por su parte, estos padres, que posiblemente puedan
encontrarse ya en el retiro, deben combinar sus gastos habituales
con el impensado aporte a sus hijos, que seguramente deberá incluir,
por ejemplo, la medicina pre-paga o los gastos del auto, cosas que
sin dudas muy costosas
y
que nunca planificaron que deberían afrontar.
Según afirman los especialistas, una de las claves
para manejar esta situación, es identificar cuáles son las
prioridades propias y de los hijos.
En primer lugar, estén o no trabajando, los hijos
deben saber que deberán aportar a la casa una contribución
financiera, pero además, tomar la responsabilidad de colaborar con
el (nuevo) funcionamiento del hogar, reconociendo sus roles y
responsabilidades para cada situación que se plantee en el hogar.
Por supuesto que esto último no está limitado a los
hijos, y de hecho, como punto básico de partida, deberá existir un
gran respeto entre todos, donde los padres también deberán reconocer
los derechos de sus hijos, que hace largo tiempo abandonaron la
niñez.
De cualquier forma, los especialistas señalan que, en
cualquier caso, será fundamental que haya algún tipo de estructura o
estímulo para que estos "chicos" sepan que la convivencia será
transitoria, y que, en el mediano o corto plazo, deberán volver a
valerse por si mismos.
En este sentido, agregan que nunca es bueno que los
hijos no tengan, por parte de sus padres, algún tipo de estímulo
para retornar a la vida independiente, y, de hecho, si usted les
hace creer que todo podría llegarles gratuitamente, no tendrían un
real estímulo para trabajar y volver a independizarse, haciendo algo
que a posteriori los pueda ayudar.
Ciertamente, esta es una situación que requiere de un
delicado equilibrio. Sus hijos acaban de atravesar un gran trance, y
usted no desearía agregarles una carga de presión a la que ya de por
sí traen, pero no menos real es que siempre se deben poner límites.
Y es que aunque le duela hacerlo, debe saber que la
imposición de claras reglas no significa que se haya convertido en
un padre frío y distante, sino, todo lo contrario, en un padre
preocupado por dar un amor constructivo, enseñándole a su hijo el
valor de las lecciones de la vida, las cuales debe conocer
profundamente para poder salir nuevamente al ruedo.
Lo contrario no significaría más que un negativo
apañamiento, que aumentaría las dudas y temores que puedan tener
sobre sí mismos, luego de haber tenido que volver al hogar paterno.
La importancia del diálogo
Ante todo, debe hablar claramente con sus hijos, para
establecer por cuánto tiempo esperan permanecer en su hogar. Por
cierto que esto no debe hacerse apenas lleguen, pero sí unos siete o
diez días después, cuando hayan logrado una mayor tranquilidad, y
todavía no surjan en la convivencia molestas diferencias.
Podrá escuchar los argumentos, pero en definitiva,
será usted el responsable de establecer, y comunicar, el plazo de
tiempo máximo por el cual su hijo podrá permanecer en su hogar.
Según los datos manejados por los especialistas, hay bastantes
esperanzas de que esto ocurra sin problemas, ya que en el período
de entre 25 y 34 años, menos de 10 por ciento de los hombres y
mujeres jóvenes viven con, por lo menos, uno de sus padres.
La cobertura médica
Una de las primeras cuestiones que se debe discutir
con sus hijos, cuando estos vuelven al hogar, es quien se hará cargo
de su cobertura médica. Como sabrá, una vez que ellos hayan perdido
el empleo, también habrán perdido el seguro de salud, y, aunque
muchos de ellos piensen que serán jóvenes y saludables para siempre,
y que podrían cuidarse a sí mismos sin problemas, todos sabemos que
siempre existe la posibilidad de que ocurra un imprevisto o un
accidente, y, en este caso, al margen de lo doloroso que resulta
atravesar cualquier enfermedad, las consecuencias financieras de no
contar con una cobertura médica podrían ser muy duras.
Para solucionar este problema, debería, en principio,
consultar con su seguro de salud sobre la ampliación de la cobertura
médica, para poder incluir a toda su familia. Generalmente, cubren a
los hijos hasta que estos cumplen los 18 años, 21, o 25 años,
dependiendo del tipo de cobertura.
También se podría considerar la posibilidad de
suscribir a su hijo a algún “plan joven” o “universitario”, que
ofrecen la mayoría de las compañías de cobertura médica. Claro que
si bien estos planes para jóvenes son más económicos, no menos
cierto es que serán más costosos que si logra que su hijo se
incorpore a su “grupo familiar”. Además, muchos de estos planes no
tienen una cobertura total, por lo que para ciertas atenciones o
internaciones, deberán hacerse pagos extras.
El seguro del automóvil
Otro ítem a discutir, en el caso de que tengan
automóvil, será cómo se harán cargo del seguro. Muy posiblemente,
sus hijos no contarán con los ingresos suficientes como para poder
afrontar el pago de esta póliza, pero todos sabemos (nuevamente,
aunque sus hijos le digan lo contrario) que es imprescindible que el
auto esté asegurado.
Como muy posiblemente usted deberá enfrentar también
este gasto (al igual que sucede con la cobertura médica), deberá
hacer las averiguaciones necesarias para saber cómo optar por el
seguro más indicado para su caso específico.
En este caso, por supuesto, influirán la marca y
modelo del coche, pero también el alcance que tiene el seguro con el
que usted ya cuenta, pues es posible que esta compañía le ofrezca
algún tipo de descuento.
También pueden colaborar
Aunque pueda resultarle difícil, deberá hablar con
sus hijos acerca de la posibilidad de que ellos realicen una
colaboración financiera al hogar.
Una opción para esto, podría ser pedirles que hagan
un pequeño aporte mensual fijo, hasta que puedan volver a la vida
independiente. Por más que no tenga un trabajo fijo, cualquier joven
adulto debería ser capaz de lograr un ingreso mínimo (dando clases
particulares, diseñando sitios webs, realizando suplencias, etc.) y
debería comprender que, al margen de sus gastos personales
imprescindibles, ese dinero debería ir al hogar donde vive.
Lo ideal sería que este monto mensual vaya subiendo
conforme pase el tiempo, de manera que adviertan que, cuanto más
tiempo permanecen, más caro les cuesta vivir allí, lo cual será un
estímulo para volver a vivir solos.
También, para el caso de que usted no necesite
imperiosamente de ese dinero, esta contribución mensual podría ser
utilizada para volverle a inculcarles a sus hijos el valor del
ahorro.
En este caso, deberá decirles que todo lo que ellos
aporten a este fondo, será contabilizado en una cuenta separada, por
lo que cuando el joven esté listo para volver a vivir solo, podrá
obtener ese monto para así aliviar las cargas que conlleva cualquier
mudanza, o bien para poder darse otros gustos. Esto también hará
que, luego de un tiempo, sus hijos estén más incentivados para
abandonar el hogar.
Claro que, sobre todo en los actuales tiempos, esto
es más fácil de programar que de llevar a cabo. Por eso, será
fundamental que, en primer lugar, fijen una cifra justa, y en
segundo, los padres acepten que muchas veces, más de las que
piensan, los hijos no podrán cumplir con los pagos, pero, en la
mayoría de las situaciones, no por mala voluntad, sino por una
imposibilidad real.
En estos casos, se debería ser lo más paciente
posible, sin mostrarse como un ser mezquino y avaro que sólo está
pendiente del dinero. De hecho, es posible que incluso usted les
tenga que pasar algún dinero para sus gastos personales, y para que
puedan continuar buscando trabajo.
Para compensar, los hijos también podrían ayudar en
las tareas domésticas o de oficina. Hacer la limpieza general del
hogar, preparar la comida, reparar el descuidado sótano, encargarse
de llevar la contabilidad de los gastos e ingresos, o realizar los
trámites burocráticos, tanto para el hogar como para la oficina,
podrían ser algunas de las varias tareas de las que podrían hacerse
cargo
Su propia economía, un objetivo para no desatender
Con todo, si bien usted puede querer mucho ayudar a
sus hijos, no debería descuidar tampoco sus propias metas
financieras. De hecho, muchos padres caen en el error de
perjudicarse más de lo que deberían.
Por mucho que quiera a sus hijos, podrá advertir que
es muy difícil soportar la carga de hijos grandes que han retornado
al hogar, en el plano emocional, por supuesto, pero también en el
económico, sobre todo en aquellas situaciones donde los padres se
encuentran en la edad del retiro, y les es muy costoso poder lograr
algún ingreso extra.
Por eso, el hecho de poner plazos a la convivencia se
tornará muy importante, ya que una prolongada estadía por parte de
sus hijos no será buena para ellos pero tampoco para sus padres, ya
que la mayoría de la gente adulta promedio no cuenta con suficientes
medios como para afrontar por mucho tiempo los costos adicionales
que representa un nuevo integrante en el hogar, especialmente si
están jubilados.
Siempre es necesario ayudar a un hijo mayor que esté
atravesando por un duro momento emocional y financiero, pero también
lo es ayudar a que vuelva a ser independientes.
Y de hecho, el mejor aporte que cualquier padre
podría hacer a un hijo que acaba de regresar a su hogar, es ayudarlo
a lograr nuevamente su independencia.
La
llegada de un nuevo integrante a la familia, representa una
conmoción para todos. Los abuelos no somos la excepción, y adaptarse
a la nueva situación no siempre es sencillo...
Muchos conflictos pueden surgir como consecuencia del nacimiento de
un nieto, que además de traer alegría puede ser muy demandante para
el círculo familiar. Todos queremos sentir que pertenecemos a algún
lugar, ser tratados bien y recibir la atención que nos merecemos.
Por eso tanto los abuelos como los padres, los tíos y los hermanos
deben saber adaptarse a la llegada de un nuevo miembro de la
familia.
Como
abuelos, podemos sentir que nuestra posición en la familia se
disminuye a medida que ésta se amplía. Por más contentos que nos
pongamos ante la llegada de nuestros nietos al mundo, también es
cierto que los momentos de hablar o compartir cosas con nuestros
propios hijos escasean cada vez más cuando ellos mismos se
convierten en padres. Ahora tienen responsabilidades muy importantes
y que les ocupan mucho tiempo. Los otros abuelos, los tíos y los
hermanos también forman parte de este cuadro. Y para completar los
momentos de incomodidad familiar, a veces se da el hecho de que
ex-esposas o ex-maridos compartan el tiempo con los nietos.
Todos queremos acomodarnos y llevarnos bien en la medida de lo
posible. Pero a veces es una lucha. Analizando este tipo de
situaciones, nos damos cuenta cómo es posible que las tensiones
surjan incluso en los círculos familiares más unidos.
Como
abuelos, también podemos tener dudas acerca del rol que debemos
ocupar. Ya no estamos más a cargo de las cosas. Debemos alejarnos
del centro de la escena y dejar que nuestros hijos tomen las
decisiones, por ellos mismos y por nuestros nietos. E incluso
nuestros propios deseos deben ser dejados de lado en más de una
oportunidad.
Pero
esto no significa que dejaremos de ser padres o madres. A pesar de
que íntimamente sabemos que debemos soltar las riendas de nuestros
hijos adultos, para nuestros ojos ellos siguen siendo nuestros
hijos. Y esto es así para siempre, sin importar qué edad tenga
cualquiera de los involucrados.}
Nuestro lugar, aunque no siempre nos guste
Podemos y debemos seguir nutriendo a nuestros hijos. Podemos ser un
reaseguro para ellos, ser alguien que los escuche. También ellos
viven situaciones de mucho stress. Ahora deben ganar el pan para
ellos y para su familia, y además de eso ahora son padres y están
muy ocupados. Debemos ayudarlos y acompañarlos, ya que muchas veces
necesitarán de nuestro consejo o de nuestra atención.
Por
otro parte, a menudo no estaremos de acuerdo con algunas decisiones
que nuestros hijos toman en su rol de padres. O cuando los
visitamos, quizás pretendamos pasa más tiempo con nuestros nietos.
También podemos pensar que sus hijos –nuestros nietos– están siendo
malcriados. Es muy tentador en esos casos invocar la autoridad que
nos brinda la edad y empezar a dar órdenes nuevamente. Pero si
adoptamos esa postura, con el tiempo seremos cada vez menos
bienvenidos en la casa de nuestros hijos.
Debemos ganarnos el derecho de hacer valer nuestra opinión. Esto se
logra estableciendo una relación afectuosa con nuestros hijos y
brindándonos por entero cuando ellos nos necesitan.
También hay que tener en cuenta que, en la actualidad, muchos padres
primerizos crían a sus hijos de manera muy distinta a la que ellos
mismos fueron criados. Ya son grandes y tienen sus propias ideas con
respecto a las cosas. Además, conocen de primera mano los errores
que hemos cometido como padres. A veces es muy riesgoso dar un
consejo desinteresado... porque nuestros hijos, en muchas ocasiones,
no quieren saber nada con nuestros consejos.
Aunque hay momentos en que un consejo es ineludible. Si observamos
que la seguridad de nuestro nieto está en peligro, debemos hablar
sin dudarlo. Pero también es bueno recordar, de tanto en tanto, que
ya tuvimos nuestro turno para hacer las cosas, mal o bien, y que
ahora lo que suceda con nuestros nietos no será responsabilidad
nuestra.
Cuando chocamos con nuestros hijos
Los
conflictos que se suscitan con nuestros hijos son conflictos
“limítrofes”, por llamarlos de algún modo. Suceden por lo general
cuando tanto los abuelos como los padres no cumplen las expectativas
que se generaron mutuamente. Estos conflictos pueden incluir
desacuerdos en las maneras de criar a los hijos o en el grado de
presencia que tengan los abuelos en la vida de los nietos. Algunos
abuelos no tienen mucho respeto por el rol de sus propios hijos como
padres. Y en otros casos, los padres piensan que lo normal es que
los abuelos tengan que abandonar sus vidas para ocuparse de sus
nietos cuando ellos tienen otro compromiso.
En
la práctica, debe existir un alto grado de flexibilidad y madurez
para resolver este tipo de problemas. Y el peso de los problemas
debe caer en las espaldas de los abuelos. Como “solucionadotes”, los
abuelos deberán:
*
Tratar de resolver los problemas de inmediato.
* Comunicarse con todos los miembros de la familia y escucharlos muy
atentamente.
* Recordar que los más importante para los padres y los abuelos es
el bienestar de los niños, y que se deberá hacer cualquier cosa para
resolver las dificultades que los involucren a ellos.
Sin
embargo, no debemos esperar demasiado de nosotros mismos. Es normal
sentirse celosos de los otros abuelos, es una reacción lógica y
comprensible. Quizás los “otros” abuelos vivan al lado de la casa de
los nietos, estén más presentes en sus vidas o tengan más dinero
para hacerles fabulosos regalos. Lo importante es reconocer este
tipo de reacciones en nosotros mismos. No es necesario esconder
estos sentimientos de celos: lo que se debe hacer es, simplemente,
no dejar que se impongan. Dentro de lo posible, lo recomendable es
tender puentes de acercamientos con los otros abuelos, compartir
tiempo con ellos y los nietos y compartir también el momento de
comprarles regalos.
Los
otros abuelos pueden pertenecer a un grupo religioso de creencias
muy diferentes a las nuestras. Hasta pueden hablar en distinto
idioma. Una vez más, será nuestra responsabilidad asegurar que las
relaciones familiares sean armoniosas y sin tensiones innecesarias.
Porque es lo que nuestros hijos y nuestros nietos esperan de
nosotros.
Somos los ejemplos a seguir
Como
parte de una generación más vieja, debemos ser ejemplos. Somos los
poseedores de la tradición y los valores de nuestra familia. Podemos
iluminar el camino para nuestros hijos, nuestros nietos, y nuestros
tataranietos, ofreciéndoles amor y siendo abuelos comprensivos.
Siempre debemos mantener las líneas de comunicación con nuestra
familia abiertas. Cuando los problemas se pueden enfrentar apelando
al amor, sin ponernos a la defensiva, cuando todas las partes
involucradas pueden apreciar cómo se siente estar en el lugar de la
otra persona, tenemos muchas más posibilidades de resolverlos
felizmente.
Es
bueno recordar que, como abuelos, a menudo estamos en una
inmejorable posición. Podemos recibir amor y atención de esas
maravillosas criaturas que son nuestros nietos sin tener que
sumergirnos en los deberes paternales. Sí, claro que nos preocupamos
por nuestros nietos, y también nos pueden cansar por momentos. Pero
la mayor parte del tiempo suelen ser acompañantes de valor precioso,
y debemos sentirnos emocionados y honrados de pasar tiempo con
ellos. A medida que estrechamos los lazos de unión con nuestra
familia y con nuestros propios hijos, podremos regocijarnos con los
suyos: nuestros nietos.
Las
crisis provocan profundos cambios en las familias. Las más
afectadas, son aquellas personas de entre 45 y 60 años, que deben
hacerse cargo tanto de sus padres mayores como de sus hijos adultos…
Si este es su caso, no deje de leer el siguiente artículo
Más de una vez, las
comedias televisivas de todo el mundo representaron la vida una
familia extendida, viviendo todos en el mismo hogar. Allí, podíamos
ver la ternura de los abuelos, la sana rebeldía de los hijos
adolescentes, o los sinsabores que les significaban a los hijos más
adultos tener que enfrentarse con el “mundo real”, todo rodeado en
un clima de camaradería, alegría, y buen humor.
Sin embargo, la realidad
no es exactamente la misma. Esto es lo que señalan aquellas personas
de mediana edad que tienen a su cargo tanto a sus padres ancianos
como a sus hijos adultos. Ninguno de ellos reniega del amor que
sienten hacia los mismos, ni tampoco del fundamental apoyo que los
mismos brindan a su vida, pero todos coinciden en afirmar que es muy
duro y desgastante tener que soportar, tanto en el plano económico
como afectivo, tanto a padres como a hijos.
Cambio
de vida
Las crisis que se han
vivido en Latinoamérica, no sólo se puede ver en las variables
macroeconómicas y lo fríos números. De hecho, estas crisis han
cambiado todas las costumbres de vida, y, entre las familiares, los
expertos resaltan el gran número de parejas de mediana edad que
deben hacerse cargo de mantener bajo su techo a sus padres, -cuyo
magra jubilación les impide mantener una calidad de vida decente-, y
a sus hijos adultos, a los cuales el desempleo, o los bajos
salarios, los tiene confinados a una dependencia continua con sus
progenitores.
Así, estas personas, que
suelen tener entre 45 y 60 años y a la que los expertos denominan
como parte de la “generación sándwich”, -por el hecho que han
quedado “atrapadas” entre la necesidad de atender a sus padres e
hijos-, se ha acostumbrado, no sin mucho esfuerzo, a educar a sus
hijos pequeños, consolar y apoyar económicamente a sus hijos adultos
desempleados, y a cuidar, llevar al médico, y asistir económicamente
a sus padres adultos, intentando, en el medio, no perder de vista su
relación de pareja.
El término de “generación
sándwich”fue señalado por el psicólogo norteamericano Quaeshi Walker,
quien, a pesar de vivir en la mayor potencia mundial, advirtió que
la crisis global de los últimos años había provocado que muchos
hijos retrasen su partida del hogar (o vuelvan al mismo) y que
muchos padres mayores se dirijan a vivir con sus hijos, por el hecho
de no poder afrontar un cuidado médico con gastos cada vez más
onerosos.
Un hecho reciente
Pero… ¿Por qué se
considera relativamente reciente a este fenómeno? Esto tiene
relación con el empobrecimiento que ha venido sufriendo, desde hace
unas tres décadas a esta parte, gran parte de las familias de clase
media.
Sucede que el auge
neoliberal que predominó en la mayoría de los países
latinoamericanos a partir de la década del setenta, transformo un
tipo de Estado, el Estado de Bienestar, a uno de “Laissez faire”,
es decir uno que no regulaba.
El primero de estos tipos
de Estado, se encargaba de que sus ciudadanos gocen de un servicio
social mínimo, que proveía trabajo, asistencia médica, y
jubilaciones con montes acordes para poder desarrollar una vida
digna.
Pero una vez que las
grandes corporaciones lograron sacar del centro al Estado regulador,
para tomar todos estos servicios en sus manos y hacer de ellos un
negocio, comenzó a verificarse un paulatino pero sostenido deterioro
social que hoy en día puede ser visto, entre muchas otras cosas, con
este modelo de convivencia familiar.
Además, el aumento en la
expectativa de vida que tienen muchas personas de los países
occidentales, provoca que los mayores vivan más años, y por ende,
requieran mayores cuidados y por más tiempos, los cuales insumen en
parte el tiempo que los padres les dedicarían a sus propios hijos.
Así, se invierte la lógica familiar que señala que son los padres
quienes deben cuidar a los hijos.
Enfrentando
problemas
Si bien es cierto, como
se señaló, que la mayoría de las familias gozaba en varios puntos de
esta convivencia familiar, no menos real es que muchos terapeutas
familiares afirman que cada vez son más las consultas que reciben a
causa desavenencias entre padres, hijos, abuelos, o entre las mismas
parejas, que deben tener a su cargo a toda la familia, lo cual les
hace perder intimidad y tiempo para disfrutar en soledad.
Estos problemas, afirman
los especialistas, tienen su correlato en el sistema inmunológico,
por lo que es muy frecuente que las personas pertenecientes a la
“generación sándwich”, -en especial las mujeres, que suelen
involucrarse más con los cuidados de su familia, tanto por factores
intrínsecos como por presiones sociales -, lleguen también a los
consultorios con trastornos psicosomáticos, diversos tipos de
cansancios, estrés, contracturas, fiebres, gastritis insomnio,
fatiga crónica, irritabilidad, picos de hipertensión, presión en el
pecho, angustia y, muchas veces, un muy mal humor.
Todas estos problemas son
el producto del peso que les contrae la responsabilidad de hacerse
cargo de tamaño grupo familiar; y además las mismas pueden
repercutir muy negativamente sobre todos los demás integrantes del
entorno familiar, que deben convivir con personas con una salud
psíquica o física debilitada.
Por cierto, existe una
sensación ambivalente entre los padres e hijos que conviven con la
“generación sandwich”, ya que por un lado, se sienten culpables de
generarle ciertos problemas como los descriptos anteriormente, pero,
por otro, no pueden dejar de depender de estas personas.
Pero a pesar de los
conflictos, son mayoría las personas integrantes de estos grupos
familiares que afirman haber aprendido muy bien a convivir, mediante
el respeto y la comprensión mutua, y que, de hecho, sienten
fundamental el apoyo que cada miembro de la familia brinda a su
prójimo, un apoyo del que tal vez carecerían si no tendrían este
tipo de convivencia.
Sección
18
En esta sección
te presentamos las siguientes notas:
Cómo sobrevivir cuando los hijos...
Cuando los hijos vuelven a casa
¿Qué lugar ocupan los abuelos...?
La generación "sándwich"
Nota
En nuestros
días la
familia enfrenta una gran crisis. Cada año más de un millón de
divorcios toman lugar en Estados Unidos y en otros países
alrededor del mundo.
Por
cada hogar derrumbado, hay muchos más en un lamentable estado de cuarteadura. Aun cuando la institución del hogar no ha muerto y
nunca morirá, está enferma, seriamente enferma.
Hoy
más que nunca debemos volver a los principios y absolutos de la
palabra de Dios. Estos principios pueden todavía ser un fundamento
sólido para edificar hogares estables y felices.