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Los niños y la timidez
Muchos escolares tienen dificultades para expresar sus opiniones en clase o,
simplemente, para contestar en voz alta a las preguntas de los profesores lo
que, con frecuencia, les convierte en el centro de las burlas de sus compañeros.
En ocasiones,
los padres no reconocen este comportamiento en sus hijos y su respuesta más
frecuente suele ser la siguiente: “Si lo viera usted en casa, habla por los
codos y discute con todos”. Ésta es la mejor manera de definir la timidez.
Si consultamos el diccionario, la
timidez se manifiesta en una sensación involuntaria de vergüenza, falta de
confianza o de inseguridad en presencia de otras personas, sobre todo si éstas
son desconocidas.
Esto explica que la timidez no sea
un rasgo de personalidad que destaque en ambientes familiares donde el
conocimiento de los otros es grande y nos sentimos seguros de nuestro propio
comportamiento y de las posibles reacciones de los demás.
La causa de la timidez puede ser de
dos tipos. Puede tratase de una timidez heredada de los propios padres al igual
que se hereda el color de los ojos o del pelo; pero también puede tratarse de
una timidez aprendida debida a dificultades de relación en la infancia.
En cualquier caso, el niño tímido
se reconoce como tal y, a menudo, sufre por ello, porque experimenta en sí mismo
las consecuencias de la timidez: rechazo en clase (“es un aburrido”, “no juega a
nada” refieren sus compañeros), rendimiento escolar por debajo de sus
posibilidades (“le cuesta mucho preguntar las dudas en voz alta” dice la
maestra), aumento de la propia ansiedad por la sensación de inseguridad que
experimenta en las relaciones sociales...
¿Cómo podemos ayudar a un
niño tímido?
Como ya hemos visto, la timidez es una sensación de falta de confianza en las
propias posibilidades, baja autoestima e inseguridad en uno mismo, frente a
esto, hay que ofrecerle al niño situaciones de seguridad.
-
El chaval
ya sabe que es tímido. Si los padres insisten en que tiene que relacionarse
porque si no, va a acabar teniendo un problema, no harán más que instaurar más
profundamente dicho problema.
Entraríamos en un círculo cerrado: Soy tímido, me dicen que me abra más a la
gente, me cuesta, sigo siendo tímido.
-
Invítale a
hablar con personas pero no le fuerces demasiado, recuerda lo mal que lo
pasabas tú de pequeño cuando te hacían lo mismo.
-
Si el grado
de timidez es excesivo, existen maneras de conseguir mejorar las relaciones
sociales a través del trabajo de las habilidades sociales. La comunicación
interpersonal no es cien por cien innata, también se puede aprender y ampliar.
-
Actualmente
existen gran variedad de programas de enseñanza de este tipo de habilidades,
siendo las más trabajadas las siguientes: saludar, pedir favores, iniciar
conversaciones, expresar emociones, buscar soluciones...
En estos programas, sobre todo si se aplican en ámbitos escolares, se les
proponen tareas a realizar en casa y en el colegio, dos de los ambientes más
conocidos por los chavales.
-
Si la
timidez llevara implícita grandes dosis de ansiedad, es conveniente reducir
previamente ésta última mediante alguna técnica de relajación para después
comenzar a trabajar las habilidades sociales.
-
Un contexto
de equilibrio y educación emocional de los progenitores y resto de la familia
ayudan también a superar este complejo.
Reglas
para un
Matrimonio Feliz
-
Nunca estén los dos con ira al mismo tiempo.
-
Nunca se griten el uno al otro, a menos que la casa esté en llamas.
-
Si
uno de los dos tiene que ganar una discusión, deja que sea tu cónyuge.
-
Si
tienes que criticar, hazlo con amor.
-
Nunca recuerden errores del pasado.
-
Nunca se retiren a dormir con un desacuerdo sin resolver.
-
Por
lo menos una vez cada día, trata de decirle algo agradable al
compañero o compañera de tu vida.
-
Cuando te equivoques, admítelo y pide perdón.
-
Se
necesitan dos para empezar una pelea, no seas tú uno de ellos.
La Importancia de la
Comunicación
La
importancia de la comunicación se muestra en un estudio que comparaba
parejas casadas que vivían felices con otras que vivían en continua
rencilla. Los resultados indicaron que las parejas que vivían bien:
1. Se
hablaban más el uno al otro; 2. Tenían el sentimiento de que entendían
lo que el otro les decía; 3. Tenían una gama de temas disponibles para
hablar más amplia. (Prueba este experimento: haz un acuerdo con tu
esposa de no hablar de los hijos o del trabajo durante tres días. ¿De
qué otra cosa vais a hablar?); 4. Mantenían los cauces de comunicación
en buen estado pasara lo que pasara entre ellos; 5. mostraban más
sensibilidad para los sentimientos del otro.
La
importancia de la comunicación es subrayada por muchos profesionales que
tratan con parejas que hacen frente a problemas matrimoniales. Un autor
dice: «Si hay algo indispensable que ha de saber una pareja recién
casada en su nueva vida juntos es que deben esforzarse por mantener
abiertas las líneas de comunicación entre los dos a toda costa» (Reuel
Howe).
Escribe el mismo autor: «La comunicación es esencial para la expresión
del amor, y en realidad es la vida misma. Donde hay amor, hay
comunicación, porque el amor no puede ser nunca pasivo e inactivo. El
amor se expresa de modo inevitable y se dirige hacia los otros. Cuando
las comunicaciones se interrumpen el amor está bloqueado y su energía se
vuelve resentimiento y hostilidad.»
¿Comunicas bien o mal?
Para
poner a prueba tu habilidad para comunicar, escribe la respuesta a los
siguientes sucesos cotidianos. Asegúrate de que escribes la respuesta
inicial -la primera que se te ocurre-, porque esto es probablemente lo
que habrías dicho.
1. Es
sábado. Tu esposa te pide que vayas a comprar algo, pero tú en realidad
no quieres ir. Le contestas:
2.
Estás tratando de mirar tu programa predilecto de televisión, pero tu
esposa está continuamente interrumpiendo y haciéndote preguntas. El
programa está en un punto crucial y no quieres perderte nada. Tú le
dices:
3. Tú
estás describiendo a tu esposa el suceso más emocionante del día. En
medio del relato tu esposa bosteza y dice: «Me parece que voy a buscar
una taza de café.» Tú dices:
4. Tu
esposa sirve el desayuno. Notas que el huevo pasado por agua está duro,
cosa que no te gusta. La tostada apenas tiene mantequilla, y esto es lo
que quieres. Tú dices:
5.
Después de la cena tu esposa te pide que le laves los platos porque está
muy cansada. Tú también estás cansado y esperabas echarte en el sofá.
Generalmente lo hacéis los dos juntos. Tú dices:
6.
Acabas de tener unas palabras con uno de tus hijos y te das cuenta de
que tú no tienes razón. No es fácil dar disculpas a los miembros de la
familia porque luego te lo machacan. Tú dices:
Es
posible comunicar de tal forma que los otros te escuchen y te respondan.
Requiere tiempo. Tendrás que cambiar pautas y hábitos de comunicación
que se han formado durante años, pero puede hacerse.
Muchas parejas casadas tienen similares quejas sobre la comunicación.
Tengo una lista que llamo «Los doce culpables». Son las quejas más
comunes que oigo en mi consultorio. Pero antes de hablar de «Los doce
culpables», tú y tu esposa debéis evaluar vuestra comunicación presente.
Al leer la siguiente lista de tipos de conducta haz una marca en cada
uno de los ejemplos que describen tu conducta. Luego escribe una
explicación, sea en el libro o en un papel aparte, de la forma en que
crees que esta conducta afecta a tu esposa (o esposo). Ésta hará también
la misma evaluación por su cuenta. Recuerda que no se trata aquí de tu
cónyuge, sino de ti mismo. Ésta es una ocasión para la evaluación de uno
mismo, no del otro.
Después de haber terminado, sentaos los dos y seguid las siguientes
instrucciones: El marido debería escoger uno de los puntos y decir a su
mujer, por ejemplo: «Creo que hablo demasiado.» (Estas palabras son muy
importantes para este ejercicio.) La mujer debería responder diciendo:
«Sí, estoy de acuerdo en que tú piensas eso.» (Ella no está de acuerdo
en que lo que él ha dicho que hace es un hecho, sino en que es verdad
que él lo cree.) Entonces ella debe añadir: «¿Qué sugieres que hagamos
sobre esto?» El marido puede responder diciendo lo que él cree que se
puede hacer. Entonces la mujer puede ofrecer una sugerencia positiva de
otro tipo de conducta. El ejercicio continúa escogiendo la esposa uno de
los puntos, que se aplica a ella misma, y se sigue la misma pauta.
Extracto del libro:
Respuesta a la Comunicación en familia, por Norman Wright.
La Atmósfera de tu
Casa
No
tenemos por qué poner un letrero clavado en nuestro buzón en la calle
que diga: «Dios vive aquí», para que se enteren todos los vecinos. Pero,
además de la atmósfera social de la casa, puede haber muestras evidentes
físicas de que Cristo es la cabeza de ella, las cuales servirán como
testimonio constante a nuestros hijos, vecinos y amigos.
G.
Campbell Morgan, el gran expositor británico de la Biblia, contó que al
visitarle en su recién instalada casa su padre, el día después de su
boda, miró alrededor en cada habitación y luego dijo: «Sí, muy lindo;
pero nadie sabe, entrando aquí, si pertenecéis a Dios o al diablo.»
Morgan dice: «Entonces yo di otra vuelta, miré las habitaciones y dije:
"Mi padre tiene razón." De modo que decidimos inmediatamente que no
habría ninguna habitación en la casa, a partir de entonces, que no
tuviera un mensaje, un cuadro o un texto, y que cada uno de los rincones
proclamaría que servíamos al Rey.» Ésta fue una de las maneras en que
los Morgan anunciaron al mundo que Dios estaba en aquella casa.
Hay
una base bíblica para lo que hizo. Se halla en Deuteronomio, cuando Dios
dio instrucciones de que la Palabra que Él les había dado debía estar en
el corazón de los israelitas, y que deberían enseñarlas a sus hijos. Y
entonces Dios ordenó: «Y las escribirás en los postes de tu casa, y en
tus puertas» (Deuteronomio 6:9).
Los
principios intemporales de la Palabra de Dios no caen ni se marchitan.
Dios dice que la atmósfera de tu casa es importante para comunicar los
principios bíblicos a tus hijos. ¿Cuenta para algo el que tu casa sea
tenida por una casa cristiana?
¡Hoy
se nos bombardea con toda clase de estímulos sensoriales! Por todas
partes recibimos mensajes para que compremos cosas distintas. Se nos
dice incluso que los automóviles (una cierta marca) tienen «sex appeal»
(si esto tiene algún sentido). Se nos guía a veces, de modo
subconsciente, en nuestras compras, por lo que vemos y oímos en los
medios de comunicación.
Lo
mismo puede decirse de nuestras casas. Mi abuela ya está en el cielo,
pero yo no olvidaré algunos de los versículos que colgaban de su humilde
casa. Uno que debía haber estado allí por lo menos medio siglo era una
bandera medio plegada, con un mensaje permanente: «El Señor es mi
Pastor. Nada me faltará.»
En la
obra La familia cristiana, Larry Christenson nos cuenta de una mujer
cuyos tres hijos habían decidido hacerse marinos, algo que ella hubiera
preferido que no hicieran. No podía explicarse por qué lo habían hecho.
«¿Cuánto tiempo lleva aquí esta pintura?», preguntó un día un visitante
mirando un cuadro que colgaba de la pared del comedor. «Oh, hace muchos
años -contestó la mujer, desde que los niños eran muy pequeños.» «Ésta
es la respuesta», le dijo el visitante. En la pintura había un velero
cruzando las olas, con sus velas desplegadas, hinchadas por el viento.
Se veía al capitán en la proa, con un catalejo en la mano avizorando el
horizonte. Mañana, mediodía y tarde, en cada comida, los chicos habían
estado viendo esta pintura, y había penetrado en su mente un deseo de
aventura, estimulado por el cuadro. Nunca les había dicho nadie una
palabra para que se hicieran marinos; pero el cuadro había plantado la
semilla del deseo y la había hecho crecer.
Estoy
plenamente convencido de que nadie sabe cuál era realmente el aspecto de
Jesús, pero hay un cuadro de Warren Sallman, representando un rostro de
Cristo, muy expresivo, que cuelga de la pared de nuestra sala desde hace
años y deja saber inmediatamente a todos los que vienen que Dios se
encuentra como en su casa en nuestro hogar. En muchas ocasiones, el
cuadro nos ha dado oportunidad para hablar de nuestra fe y confianza en
el Señor.
Extracto del libro: Como Educar a los Hijos y Sentirse Satisfecho, por
Harold J. Sala.
Educación como Dios la Quiere
«Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará
de él» (Proverbios 22:6).
Hoy
en día hay más gente educada que en todos los siglos anteriores.
Especialmente en las naciones del mundo occidental. Ciertamente todavía
hay analfabetos. Hay regiones apartadas donde los maestros no han
llegado y la gente sí puede escuchar la radio, pero no puede escribir o
leer. Hay gente altruista que dedica su tiempo y su vida a la
eliminación del analfabetismo, y todo el mundo debe desear a estos
heraldos de un nuevo día el más cordial saludo. Hay mucha gente educada
-es decir, gente que sabe leer y escribir y algo de geografía y un poco
de historia y un mínimo de la gramática de su lengua gloriosa.
Es
sumamente curioso que, simultáneamente con este avance en la educación
popular, debe admitirse un aumento considerable en la miseria humana, el
crimen, la pobreza, el desempleo, las drogas y cosas por el estilo. ¿Hay
alguna relación entre estas realidades modernas? ¿Es cierto quizá que
una mayor educación conduce al aumento de deseos y ambiciones y que esto
lleva luego a la acción criminal? ¿Eran mejores aquellos tiempos cuando
casi nadie sabía leer pero todos sabían de comer y trabajar y ser
honestos y amar a sus parientes? Seguramente, nadie que sabe algo de
cómo era la vida desearía volver a esas épocas oscuras en que sólo algún
sacerdote que otro sabía leer y escribir.
Es
muy probable, sin embargo, que en todo esto de la educación se haya
dejado de lado el elemento de mayor importancia y se haya permitido, por
otra parte, la introducción de conceptos que quitan al hombre su
humanidad. Hay muchas oportunidades para obtener una educación, pero
¿hay también felicidad? Hay muchísima educación a todos los niveles,
pero ¿es la gente mejor que antes? Muchísimos saben leer, pero ¿qué
leen? Hay quienes saben de números y cuentas, pero ¿se están
enriqueciendo a sí mismos o haciendo ricos a sus contemporáneos? Es
curioso que en una era de educación casi universal haya tanto temor y
dudas, agonía de espíritu y robos a mano armada.
Una
causa de esta situación es que no se ha prestado mucha atención a la
educación como Dios la quiere. Es una tragedia moderna el que se eduque
tanto y que todo se haga sin referencia alguna a lo que Dios tiene que
decir. Esto es por demás lamentable, porque usted sabe que, en estas
cosas como en muchas otras, se puede apreciar nuevamente el carácter
especialísimo del hombre. No es un animal avanzado o refinado, o ni
siquiera educado, sino hechura de la mano divina en semejanza del
Creador. ¿Cómo puede dejarse de lado a quien formó al hombre y le dio
sus características, su humanidad? Creado a la imagen de Dios, el hombre
tiene personalidad y responsabilidad. No es un animal que sólo necesita
aprender los secretos que le darán comida y protección de los elementos.
La personalidad humana es una de las maravillas más estupendas de toda
la creación y, precisamente por ser personalidad, se requiere una
educación cuidadosa, una formación acorde con su potencial. Esa
personalidad necesita ser educada en todos los aspectos de la vida; no
es cuestión solamente de hechos históricos y problemas matemáticos y
nombres geográficos, sino cuestión de integrar toda la personalidad-el
intelecto, ciertamente, pero también las emociones y la voluntad- Usted
sabe que una mera educación no garantiza una buena conducta. Hay gente
con estudios universitarios en los callejones de las grandes ciudades y
el graduado de escuela técnica que está en la cárcel por homicidio. Pero
también es cierto que muchas veces la educación recibida no tomó en
cuenta la totalidad de la personalidad. Se enseñó cómo sumar pero no
cómo amar; se sabe dividir pero no ser justo; se sabe de historia pero
nada de quien es soberano de la historia. Lo que se necesita con
urgencia es una educación como la que Dios quiere.
Según
indicaciones de la Palabra de Dios, la educación es primordialmente un
asunto de familia. Usted puede ver a través de las páginas de la
Escritura la gran responsabilidad que se da a los padres en esto de
educar a los hijos o prepararlos para la vida. Luego de haber dado al
hombre instrucciones sobre la esencia de la vida, ésta es la orden que
Dios mismo le dio: «Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu
corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu
casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y
las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus
ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.»
Éstas son palabras dirigidas a los padres y muestran lo que deben hacer
con el saber y con sus hijos -es responsabilidad familiar.
Piense usted en los primeros años de la educación de un niño. Tal vez
piensa que ese niño empieza a educarse a los seis años cuando va al
primer grado. Pero su educación está ya muy avanzada para cuando llega a
los umbrales del primer grado. Es el hogar la primera escuela -y quizá
la mayor influencia para bien o para mal- Hay muchos padres que culpan a
la escuela o al maestro por la conducta de sus hijos, pero es casi
seguro que si un hijo es desobediente y ladrón y poco prolijo, lo es
porque su educación inicial ha sido un fracaso. No hay mayor influencia
que la del hogar en los primeros cinco años de vida. Muy especialmente
debe destacarse en esto el papel crucial que juega una madre en esa
educación hogareña. De ella aprenderá el niño sus pasos iniciales pero
también sus primeros pensamientos, su despertar a la realidad humana, su
capacidad de ver más allá de sus ojos, empezar a reconocer a Dios y a
Jesucristo como única esperanza. ¡Cuántos no hay por esas calles de Dios
que aprendieron lo más importante de todo en el regazo maternal! Algunos
lo saben y lo admiten y dan gracias, pero hay muchos que ni lo admiten
ni agradecen, sino que se rebelan contra tal cosa en sus vidas. No sólo
se privan los mismos de nobles sentimientos, sino que también echarán a
perder la vida de muchos otros en su derredor. El hogar es una escuela
donde, mucho antes de aprender a leer, se aprenden otras mil cosas quizá
de mayor importancia que toda la matemática y la ciencia.
Pero
la educación que Dios quiere es mucho más que la influencia materna en
el hogar. La responsabilidad familiar continúa durante la niñez y
adolescencia, y hasta durante la juventud de los hijos. La educación es
responsabilidad familiar aun en el sentido técnico de la palabra. ¿Por
qué cree usted puso Dios a los hijos bajo la responsabilidad de sus
padres? ¿Para luego confiarlos a alguna otra institución o persona para
que los eduque? Usted sabe que la influencia de la escuela sobre la
mente y las actitudes de un niño es incomparable. Es casi tan grande
como la influencia materna¡ en el hogar. Ahora bien, supóngase que la
madre ha enseñado al niño que Dios creó el cielo y la tierra, que Adán y
Eva fueron los primeros seres humanos y que todos han pecado. Ahora va
el niño a la escuela donde le enseñan que el hombre es resultado de
millones y millones de siglos de evolución, que sus antepasados son los
monos y que, en vez de pecar, el hombre es cada día mejor y que la
educación lo salvará. ¿Es precisamente por este principio bíblico de la
responsabilidad familiar que en muchos círculos los cristianos han
creado y administran y sostienen escuelas cristianas? Tales escuelas son
gobernadas por los padres de los alumnos, y lo que allí se enseña es
determinado por los padres y no por expertos de esta materia o de la
otra. Pero hay también una dimensión espiritual en la educación como
Dios la quiere. Todo el amor de madre y la mejor educación posible son
como la nada si tal educación no lleva al niño a servir la causa de
Dios. Usted sabe que la Biblia muestra a Dios como alguien que respeta
profundamente la institución de la familia. Tan es así, que desde tiempo
inmemorial ha prometido a los padres que también sus hijos son parte de
su pueblo escogido y especial. «Seré tu Dios y el de tu simiente», le
dijo a Abraham; y, por medio de Pedro, dijo que «para vosotros es la
promesa y para vuestros hijos.» Es, pues, responsabilidad primerísima de
toda familia cristiana crear el ambiente donde esa semilla que Dios ha
sembrado germine, nazca y dé origen a otra planta en el gran jardín de
Dios. Para ello, el hogar debe enseñar a orar, a leer la Biblia, a ir a
la iglesia, a la Escuela Dominical; deben fomentarse las conversaciones
espirituales y personales. ¡En eso consiste la educación como Dios la
quiere!
Extracto del libro: Hogar y Familia en el Siglo XX, por Juan S. Boonstra.
La
Familia que se Divierte Junta
«Un
corazón alegre hace el efecto de una buena medicina» (Proverbios 17:22).
El
tópico más usado de todos los tópicos puede que sea ese de «Mucho
trabajar y ningún juego, hacen de Juan un niño borrego.» Sin embargo,
incluso aquellos que desprecian esa frase, tendrán que admitir que lo
que hace esa frase citada es recalcar la grandísima verdad que encierra.
En el
reino de la familia, en sus dominios, cuando el padre está sobrecargado
de trabajo, todo el mundo sufre. Cuán importante es para los padres el
que puedan distraerse con sus hijos.
Siempre recordaré el momento en que hacía un test de inteligencia
individual a un pequeño en su primer grado. Tras de que hube trabajado
durante un rato, el pequeño me miró y me dijo:
-¿Sabe usted una cosa?
-¿Qué?
-Mi
padre me ama.
-¿Y
cómo puedes saberlo?
-Porque... -y se extendió por su carita una amplia sonrisa-, porque
juega conmigo.
He
aquí un simple razonar infantil. «Mi papá juega conmigo, luego papá me
ama.»
Ken,
un chico de tercer grado, estaba explicándole a su tío:
-Mi
amigo Tommy no puede parar ni un balón. Siempre está torpe. ¿Sabes lo
que pienso, tío Bill?
-¿Qué
es ello, Ken?
-Pienso que su padre no juega con él como nuestro papá lo hace con
Bruce, Khaty y conmigo.
Afortunado el muchacho cuyos padres tienen tiempo para divertirse con la
familia y jugar entre ellos, todos juntos.
La
confianza de un muchacho puede construirse conforme gana eficacia y
rendimiento en los juegos que espera estar capacitado para llevar a
cabo. Un padre que piensa bien las cosas tendrá esto en cuenta cuando
dispone de algún tiempo para jugar un poco con su hijo. La vida puede
ser cruel para el muchacho que tiene que estar al margen de los juegos
por miedo a no saber cómo hacerlo.
Se
oye con frecuencia decir: -«La familia que ora junta y unida, permanece
unida.» Esto es una verdad indiscutible. Pero es igualmente cierto lo de
que «la familia que juega unida, permanece unida.»
Un
grupo de adolescentes, ya algo mayores, estaban recordando algunas de
las cosas que más les gustaba recordar de su época de crecimiento.
«Me
gusta pensar en los tiempos en que dejábamos los platos en la mesa y
salíamos un rato a jugar, antes del anochecer. A veces corríamos, otras
jugábamos a la raqueta. Muchas veces organizábamos un partido de pelota.
Mi madre era tan buena como cualquiera de nosotros. Cuántas veces se
hacía de noche antes de que los platos quedaran limpios...»
Una
diversión auténtica, honesta y de buena gana no tiene precio. Es algo
reconfortante, alentador y hace de una criatura una persona mejor. Uno
de los secretos de la felicidad es la capacidad para divertirse. Y es
algo bueno para todos.
Dios
nos dice: «Un corazón alegre es la mejor medicina» (Proverbios 17:22).
Esta clase de «medicina» no es difícil de conseguir, ¿verdad?
La
Biblia nos dice también: «alégrate y permanece contento», y «alégrate
cuanto puedas» (Salmos 40:16 y 1 Tesal. 5:16).
Mark
Twain d,ijo: -«Para sacar el mejor partido de la alegría, hay que
compartirla con alguien». ¡Quién mejor que la familia, nuestra propia
familia, para compartirla!
¿Han
sentido ustedes alguna vez algo así como una sonrisa ante una persona
que pregunta: -«¿Qué es lo que hacen los cristianos para divertirse?»
¿Qué hacemos?...
Algunos cristianos incluso hacen la misma pregunta.
Dos
matrimonios estaban una tarde discutiendo este asunto y Gerry Owen dijo:
-«Está muy bien decir eso de que deberíamos divertirnos, pero ¿qué hay
de diversiones para los cristianos?»
Su
esposa, Anne, contestó: -«No nos vamos a bailar a una sala de fiestas,
ni ... » -y así fue desgranando toda una serie de lugares o de hechos
negativos- «¿Qué nos queda?» -repuso vivazmente Joy Adams- «¡Vaya!, pues
todo lo que valga la pena de disfrutar». Cuánta razón tenía Joy. Todas
las cosas que valgan la pena, todo aquello que sea alentador y
reconfortante, todo aquello que nos haga sentirnos bien después. Ésa es
la clase de diversión que hay para un cristiano. Y hay mucho con qué
divertirse.
Personas como Gerry que no están alegres porque su cristianismo «limita»
su sentido de la diversión, revelan simplemente sus propias limitaciones
personales. Sí, falta de espiritualidad, de personalidad, de
imaginación, de versatilidad y de entrenamiento realmente cristiano.
¿Qué
quiero significar con esto? Es muy simple. Está recortado
espiritualmente, porque una persona que está en íntima confraternidad
con Dios no tendrá interés en las diversiones mundanales. De hecho,
tales diversiones le serán desagradables. Dios lo puso de manifiesto
bien claramente en las Escrituras. «No améis al mundo, ni a las cosas
que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está
en él» (1 Juan 2:15).
Está
recortado en su personalidad, porque una persona que está viva, tiene
interés y vitalidad puede pensar siempre en algo que hacer, y disponer
de un buen tiempo para hacerlo. Es usualmente el retraimiento lo que
impide que sepa lo que hacer consigo mismo.
Está
limitado en imaginación, porque con todas las miríadas de cosas que hay
por hacer, si no puede pensar en algo, sería mejor que comenzara a
pensar un poco.
Está
falto de versatilidad, porque precisamente no sabe cómo hacer algo. En
ese caso, es mejor que comience a aprender, si no quiere quedarse
«afuera».
Y
está falto también de verdadero espíritu cristiano, porque sencillamente
ignora lo que es. No conseguimos nuestra alegría y satisfacción mediante
las cosas que hacemos. Las obtenemos mediante Cristo y a través de la
voluntad de Dios.
El
hecho que Gerry necesita comprobar, es que es el no cristiano el que
encuentra difícil encontrar algo que hacer. Eso es cierto. Mucho más
difícil le resulta encontrar satisfacciones en las diversiones
mundanales. Y cuando todo ha terminado, es como si sintiera que un globo
se desinfla. Una concha vacía. Y así intenta hallar algo que le
proporcione una fuerte sensación. Pero tampoco le satisface. Y nunca
encontrará lo que está buscando hasta que encuentre a Cristo.
¿Qué es, pues, lo que tenemos que hacer?
Cuando yo era adolescente, vivíamos en una pequeña comunidad rodeada por
un desierto. Yo amaba aquello. Para mí, un desierto era el lugar más
maravilloso de todo el mundo para vivir. Teníamos meriendas campestres,
carreras a caballo, asados de mazorcas, reuniones, cosas que hacer para
la iglesia, deportes varios y cosas por el estilo. Teníamos tantas cosas
excitantes que hacer, que nunca las terminábamos. Era fascinante. De
hecho, me preguntaba con frecuencia, qué es lo que harían los chicos que
no vivían en un desierto.
Ahora, habiendo viajado por todo el mundo, sé que la diversión es la que
se hace uno mismo, en cualquier parte, en todas partes. No hay nada más
divertido que la propia diversión.
Y, a
propósito, si tenemos que discutir con el Señor respecto a qué es lo que
estamos planeando que hacer, o dónde vamos a ir a divertirnos, vamos por
el camino equivocado. El Señor nunca lo está.
Un
muchacho preguntó una vez: -«Mamá, ¿está sucia esta camisa?» Lo que
estaba queriendo dar a entender, por supuesto, era: «¿Tengo que
cambiarme?»
Su
madre, una mujer especialmente astuta, le repuso:
-«Hijo, si estás dudoso, es que está sucia.»
¿Pueden ustedes haber pensado todas las cosas que un cristiano puede
-hacer y que el promedio de los no cristianos no hacen nunca? Toda clase
de funciones religiosas, viajes deportivos de la juventud, asistir a
películas cristianas, reuniones de la iglesia, campamentos deliciosos,
entre otras cosas.
Muchas otras diversiones están asimismo abiertas a los cristianos. El
problema está en dónde empezar. Juegos que van desde el ajedrez hasta el
golf. En los deportes tenemos la natación, el empleo de embarcaciones,
pescar, excursiones a pie, cabalgar, pasear en bicicleta.
Recientemente vi algo que me hizo sentirme bien. Había una madre
montando en bicicleta y llevando a su nena en una canasta detrás; el
padre sostenía a la criatura en otro asiento posterior, pedaleando
igualmente, y los otros dos muchachos miembros de la familia montando
cada uno su bicicleta.
Está
el esquí, en invierno y verano, el trineo, la pelota, el tenis, el
balonvolea, el baloncesto, el ping-pong, en fin, las posibilidades son
innumerables.
Y la
música. ¿Qué hay respecto a la orquesta familiar? Una maravillosa
diversión y un deleite que una familia puede practicar en grupo. al vez
la madre al piano o al órgano, el padre con su violín, Juanito con su
guitarra, la hermana acompañando con su ukelele. La familia es
totalmente independiente para tener su tiempo completamente lleno de
satisfacciones al respecto. Están las improvisaciones. El canto, para
quien está dotado, es un maravilloso medio de expresión espiritual. Las
familias disfrutan cantando en conjunto. ¡Qué cosa puede ser más
reconfortante!
Realmente, hay tantas cosas que hacer, tanta diversión al alcance de
nuestras manos, que nunca se termina por acabarlas todas. En sólo
intentarlo, existe ya de por sí una gran cantidad de diversión.
Prácticamente todo esto puede ser «diversión familiar»: el tiempo que se
emplea en decir: «Te quiero ... » «Eres importante para nosotros ... »
«Todos nosotros estamos mejor contigo que con cualquier otra persona en
el mundo» ... i«El amor» no es un término que esté reservado
exclusivamente para el tenis!
Observen al chico de trece años, Phil, agachado sobre su hermanito, en
el jardín de la casa, colocando las manecitas del pequeño adecuadamente
sobre el bate. Lo más seguro es que Phil lo hubiera aprendido años atrás
de su padre.
Es
importante, también, que las madres muestren un interés en los deportes
que se hacen fuera de la casa y en los que están interesados los
muchachos. El razonamiento más seguro es que los chicos digan: «Puesto
que mamá se interesa por mis juegos, es que está interesada por mí».
Principalmente, aceptará esto como una verdad y crecerá siempre con un
poco más de seguridad.
«Hacer lo mejor de vuestros años maravillosos» es el eslogan de un bien
conocido producto alimenticio. Este mismo eslogan deberíamos tomarlo
como lo más apropiado para nuestra familia.
Podría parecer, a veces, que estamos tontamente malgastando el tiempo
cuando jugamos a construir castillos de arena con nuestros hijos. El
hecho es que mientras la marea sube y borra los castillos ya fabricados,
nunca se borrará de la memoria de los niños el cálido y amoroso
pensamiento de que sus padres les han amado lo bastante como para
proporcionarles ese tiempo, aparentemente perdido.
Podemos preguntarnos a nosotros mismos: -«¿Cómo podría emplear mejor mi
tiempo libre que en reforzar los lazos familiares?»
Se ha
dicho sabiamente: -«Dime cómo emplea un hombre sus ratos de ocio, y te
diré qué clase de hombre es.» Para el cristiano, que tendrá un día que
dar cuenta a Dios de sus hechos, la familia tiene una absoluta prioridad
sobre todo, hasta que ese momento llegue.
Y
mucho de ese tiempo es para la diversión.
Extracto del libro: Cómo Tener Éxito en las Relaciones Familiares, por
Clyde Narramore.
Hijos:
Alegría o Frustración
Salmo
127:3
Es
irónico que las parejas que desesperadamente desean tener hijos no los
tienen, y otros que los tienen no saben qué hacer con ellos. El hijo es
una moneda con dos caras, puede traer alegría o frustración al hogar.
Puede acabar con el hogar o puede unirlo. Alguien ha dicho que los hijos
son la única manera por medio de la cual Dios puede humillar a algunos
matrimonios, porque si nadie acaba con el orgullo de un hogar, los hijos
sí lo hacen. Sólo los hijos pueden hacer quedar bien a los padres y sólo
ellos pueden hacerles quedar mal también.
Cuando le recomienda a un niño que se porte bien, es cuando lo hace
peor. Pero debemos admitir que el hogar está incompleto sin los hijos.
Ellos ayudan a desarrollar el carácter de la pareja y lo complementan.
Por eso es que los hogares que no han tenido hijos, cuando hay un niño
en su hogar y hace ruido, se molestan y quisieran callarlo. ¿Por qué? Es
que nunca tuvieron la gracia de que un niño les puliera el carácter, que
los fastidiara a medianoche y les enseñara a tener paciencia. Uno madura
en su carácter a través de la crianza de los hijos.
Los
hijos requieren mucho de los padres.
Podemos agrupar las demandas de los hijos en cinco cosas: tiempo,
cuidado, afecto, dinero y energías. Recordemos que lo que el hijo
necesita no es estar vigilado por una empleada, sino sentirse protegido
y cuidado por sus padres. Nadie puede hacer el trabajo de un padre,
porque el plan de Dios dice que debe ser el padre. El tiempo que no se
dedica al hijo, no se puede compensar con juguetes o comodidades.
El
dar afecto a un hijo no sólo implica caricias, sino es comunicarle el
sentimiento de amor. El afecto que le da al niño es fundamentalmente
formativo en la edificación del hombre interior. Por ello los niños que
crecen sin mucho afecto de los padres se forman con una inseguridad
tremenda, que puede desarrollarse en un tipo de conducta violenta o
desordenada.
En
cuanto al dinero, habrá que proveerle al hijo de techo, alimentación y
abrigo durante unos cuantos años. Es una inversión en sus vidas y en su
futuro. El cuidado de un niño requiere mucha energía de parte de su
madre y padre y muchas veces los padres se agotarán; pero, aun con todo
esto, los hijos son una bendición.
La
personalidad del niño tiene que ser formada o encaminada, y se puede
hacer a través de dos medios básicos: el ENTRENAMIENTO y la DISCIPLINA.
Veamos en detalle cada uno de ellos.
Entrenamiento de los Hijos.
Los
hijos no vienen con un manual bajo el brazo y con un circuito con el
cual se conecta y el niño salga bien entrenado. Los hijos salen tan
buenos o malos como son los propios padres, porque los hijos aprenden
más de la persona del padre que por el método empleado por el padre.
Definamos qué se entiende por ENTRENAMIENTO. Es la instrucción, la
enseñanza, el concepto preventivo que nosotros le damos a nuestros
hijos.
Al
niño hay que entrenarlo en todo: comer, dormir, lavarse, caminar, etc.
Es interesante que la Biblia delega la responsabilidad de la instrucción
de los hijos sobre los padres (Deuteronomio 11:18-21). Cuando pagamos a
otra persona para que enseñe ciertas cosas a nuestros hijos, se lo
enseñan, pero bajo el concepto de asalariados y no con el concepto de
relación. Usted puede poner a sus hijos en la mejor escuela, pero si
usted no toma interés en enseñarles, estará perdiendo dinero y tiempo.
La responsabilidad fundamental de los padres es la educación de los
hijos.
Hay
cinco áreas donde los padres debemos poner especial cuidado y no delegar
la instrucción a ninguna otra persona que no sea nuestro propio cónyuge.
1.
Enseñarle a amar a Dios - Desarrollo espiritual.
Si el
padre no ama a Dios ¿cómo va a enseñarle al hijo? Usted puede llevar a
su niño a la iglesia, al grupo o donde sea y le enseñarán allí, pero si
el padre en su casa no le ha enseñado, su formación será débil y sin
base fuerte. El amor a Dios es algo que lo enseñan la madre y el padre
en la mutua búsqueda de Dios.
2.
Enseñarle a amar a otros.
Al
hijo hay que enseñarle a amar a otros, porque por naturaleza es egoísta,
sólo ama a sí mismo. Debe aprender a pensar en el otro, a expresar
cariño con sinceridad, a amar al hermanito, al vecino, al amigo, los
primos, etc. El niño tiene que amar a otros, compartiendo, a veces
soportando, tolerando y hasta cediendo en algunas cosas. Pero todo esto
no se consigue fácilmente, hay que repetir constantemente para que se
aprenda. Luego, el niño tendrá que aprender a dominar sus emociones
negativas. El buen ejemplo de los padres le ayudará a aprenderlo.
3.
Enseñarle a relacionarse bien con otros - Desarrollo social.
Este
aspecto tiene íntima relación con la convivencia, la comunicación y el
respeto. Aceptar y respetar a los demás es una virtud a desarrollar en
nuestros hijos. Hay que enseñar a nuestros hijos a comprender que nunca
van a elegir ni sus vecinos, ni sus abuelos, ni al lechero o al maestro
de grado. En el hogar se debe enseñar la convivencia con el ejemplo de
los padres y luego mediante la acción de los hijos.
4.
Enseñarle a estudiar - Desarrollo mental.
Al
hijo también hay que enseñarle a estudiar. Los padres deben formar un
hábito en la vida del hijo para la lectura y el estudio. Recordemos que
el hombre nunca deja de aprender. En la escuela se aprenden muchas
cosas, las cuales en el futuro permitirán que uno pueda valerse por sí
mismo en la vida.
5.
Enseñarle a trabajar - Desarrollo físico-mental.
Si el
padre es haragán, ¡pobres los hijos!, no tienen ningún ejemplo de
trabajo y esfuerzo. Uno enseña a trabajar trabajando. Hay padres que
siempre desean jubilarse y el niño aprende de este ejemplo. El padre
tiene el deber de enseñar al niño el elemento de progreso. Cuando los
hijos crecen sin esta enseñanza sus metas en la vida serán también
limitadas y poco trascendentes. Es importante señalar que cuando el hijo
dice: «No sé cómo se hace eso», el padre debe estimularle para que
pruebe un par de veces y logre el conocimiento y la capacidad de hacer
determinadas cosas.
El
padre tiene que alimentar al niño con responsabilidades y privilegios
para que aprenda a ser útil.
El
hijo aprende mas cuando se siente útil que cuando le hace el favor al
padre. La instrucción que se da en casa no se puede compensar con
ninguna otra cosa. Mucha gente habla de aquellas cosas que aprendió en
casa, y que realmente lo formaron como persona.
La
Disciplina de los Hijos.
Ésta
es la parte correctiva en la formación de los hijos. Se instruye cuando
se guía, pero cuando se sale de lo trazado, hay que meter en línea al
hijo. Siempre que se tenga que corregir al hijo, el padre debe buscar
las razones por las cuales ha fallado la conducta del hijo. A
continuación veremos seis razones por las cuales un hijo puede portarse
mal y ser rebelde.
1.
Causas físicas.
Un
niño hambriento es llorón; también es fastidioso si le duele algo o si
está enfermo. La atención al niño es sumamente importante, no pegándole
por llorar sino proveyendo para su necesidad. Dios vela por los niños y
los padres somos los responsables del bienestar de ellos. Hay que
atender las necesidades físicas de nuestros hijos.
2.
Causas intelectuales.
A
veces la indisciplina proviene directamente de la falta de información o
falta de instrucción (Proverbios 22:6). El niño no sabe o no entiende y
por eso se comporta mal. Es injusto, entonces, castigar a un hijo por
algo que uno mismo es el responsable. Lo que no se le ha enseñado al
hijo no se tiene el derecho de demandar que lo cumpla o lo haga.
3.
Causas psicológicas.
Los
temores, la timidez y las preocupaciones en el niño pueden resultar de
la falta de afecto en el hogar o el mal carácter de los padres. Son
problemas que llevan a un mal comportamiento o indisciplina.
Si
los padres todo el tiempo pegan gritos y discuten fuertemente, el hijo
se portará mal porque siente una inseguridad en su hogar motivada por la
conducta de sus padres. También algunos padres han impregnado las mentes
de sus hijos con temor diciéndoles, por ejemplo: «Si no lo haces el gato
te comerá ... »; luego, el mismo padre le quiere hacer sentir al hijo
que no debe tener miedo, que no le pasará nada, y el niño se confunde y
se rebela. El hijo también se rebela si los padres prefieren a sus
hermanos más que a él, cuando hay favoritismo.
También es frecuente ver cómo los padres a veces cometemos el error de
decir constantemente al hijo: «Mira que si sigues haciendo tal cosa te
voy a castigar», y nunca lo hacemos. La Biblia dice que no debemos
mentir; además nos enseña que nuestro sí debe ser firme, al igual que
nuestro no. No engañe.
4.
Causas medioambientales.
Al
hablar de medio ambiente estamos refiriéndonos a la forma como usted
vive la situación en su casa. Los ruidos, la música muy recia,
temperaturas incómodas, el desorden hogareño, etc., provocan tensión y a
veces rebelión en nuestros hijos. Debemos esforzarnos los padres para
proveer a nuestros hijos un ambiente de paz, amor y orden.
5.
Causas espirituales.
Si el
niño o hijo no conoce a Jesucristo como su Salvador, tampoco sabrá orar
y compartir sus problemas con el Señor y habrá problemas con su
conducta.
Si un
hijo puede arrodillarse, orar y pedirle perdón a Dios, esto moldeará su
conducta y la rebeldía desaparecerá. La formación del hijo en este
sentido no la debemos tomar dentro de la estructura religiosa, sino como
relación personal con Dios. Es interesante que para los niños Dios es
algo muy real, no es religión. Cuando
oran
dicen más realidades que oraciones prefabricadas de los adultos, saben
expresarle a Dios lo que sienten. El comportamiento mejora cuando el hijo
tiene conciencia de Dios.
6. La
falta de disciplina.
Si
hay rebeldía es evidente que no se ha conquistado la voluntad del hijo.
Los padres tienen la obligación no de dañar la voluntad del niño, sino
de conquistarla. Las amenazas no encajan en este sentido, nuestros hijos
no son esclavos nuestros. Si uno conquista la voluntad del hijo,
fácilmente va aceptando ser corregido. Los textos en el libro Proverbios
son muy claros al respecto de la disciplina para beneficiar las vidas de
nuestros hijos. Dice Proverbios 13:24: «El que detiene el castigo, a su
hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige.» En
Proverbios 23:13-14 dice que el castigo librará al hijo del infierno o
Seol.
Crianza de la Familia un Modelo del Antiguo Testamento
Pablo
dejó bien claro que los padres cristianos eran responsables de modo
primario por la crianza de sus hijos. Y también ilustró con su propia
vida, al ministrar a los creyentes en general, lo que creía que debía
ser este proceso (1 Tes. 2:11, 12). Es interesante, aunque no nos
sorprende, que el Antiguo Testamento dé un modelo más detallado de cómo
se deben criar los hijos en la instrucción y enseñanzas del Señor. ¡Y es
un modelo único! Incluye los problemas más importantes, las
frustraciones y los peligros inherentes en la vida familiar en cualquier
lugar del mundo y en cualquier punto de la historia. Y al mismo tiempo
presenta los ingredientes, ideas y sugerencias necesarias para que los
padres del siglo xx puedan usarlo con éxito en cualquier tipo de
circunstancias.
Demos
una mirada a este modelo del Antiguo Testamento. Hay tres lecciones
principales, por lo menos, para los padres. Y las hallamos en
Deuteronomio 6.
Experimentar la consagración personal.
«Oye,
IsraeI»
Ésta
es la voz de Moisés hablando a, la multitud que había ya completado 40
años de peregrinación en el desierto a causa de los pecados de sus
padres que se habían entregado a una idolatría e inmoralidad increíble.
La nueva generación se hallaba ahora acampada a una corta distancia de
la Tierra de Promisión, a punto de entrar en ella.
Moisés, su caudillo, estaba pasando revista a la Ley de Dios. En este
momento estaba interesado de modo primario en el primer mandamiento -la
esencia de la Ley- y al que ellos habían faltado más. Antes el Señor en
el Monte Sinaí había dicho: «Yo soy el Señor tu Dios... No tendrás
dioses ajenos delante de Mí... no te harás imagen ni ninguna
semejanza... no te inclinarás a ellas ni las honrarás» (Éxodo 20:2-5).
Poco
después de haber hablado Dios de modo tan claro contra la idolatría, los
israelitas se habían inclinado ante un becerro de oro, acarreándose la
ira de Dios sobre ellos a causa de esta flagrante violación de su
Palabra revelada. Por esto Moisés reitera: «Oye, Israel: Jehová nuestro
Dios, Jehová uno es» (Deut. 6:4). En otras palabras, ¡Él es el Dios
absoluto! No hay otro Creador ni Liberador. Con esta advertencia, Moisés
estaba exhortando a los hijos de Israel a no volverse nunca a los dioses
falsos de la sociedad pagana.
Pero
el mensaje de Moisés aquel día incluía más de lo que debía ser su visión
intelectual y mental de Dios. Incluía sus emociones y su voluntad: el
hombre total. Por esto Moisés continuó: «Y amarás a Jehová tu Dios, de
todo tu corazón y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas
palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón» (Deut. 6:5, 6).
Moisés estaba pidiendo la entrega total y la consagración personal. No
había manera de que este pueblo pudiera permanecer fiel a Dios con el
simple asentamiento intelectual a sus mandamientos. El amor de que
hablaba implicaba obediencia. Ya antes había dicho: «Oye, pues, y cuida
de ponerlos por obra» (Deut. 6:3).
Esta
clase de obediencia debe salir del corazón, la verdadera sede de las
emociones del hombre. Debe emanar del alma, la verdadera sede de la
personalidad del hombre. Debe incluir su poder y su fuerza, la energía
que fluye del cuerpo físico del hombre. En una palabra, el hombre puede
sólo ser fiel a Dios si está totalmente entregado a Él.
El
punto se ve claro. Antes, en Sinaí, los hijos de Israel habían fallado
miserablemente como padres, porque no habían hecho suya, en su interior,
la palabra de Dios. Pues no se habían realmente entregado a Él. Sus
vidas eran todavía sus vidas. Ellos no habían tomado a Dios de modo
serio. No había habido consagración personal. Cuando fueron tentados por
sus deseos pecaminosos, sus inseguridades y sus ambiciones, volvieron a
su estilo anterior de vida. Los resultados eran obvios, tal como dijo
Dios que serían cuando les dio la Ley por primera vez. En este mismo
contexto de prohibirles la idolatría, El había dicho: «Porque yo soy
Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre
los hijos, hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen»
(Éxodo 20:5).
Poner
énfasis sobre aprender y comprender la Biblia.
Siguiendo las exhortaciones a la consagración personal, Moisés les dio
en detalle los particulares de cómo habían de instruir a sus hijos -sin
duda el «peregrinaje en el desierto», que estaba a punto de terminar, no
iba a ser repetido en las vidas de sus descendientes- «Y las repetirás a
tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el
camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como señal en
tu mano, y estarán como frontales en tus ojos; y las escribirás en los
postes de tu casa, y en tus puertas» (Deut. 6:7-9).
Aunque estas instrucciones sin duda incluían elementos literales y
figurativos, los hijos no podían dejar de ver el interés primario de
Moisés. La Palabra de Dios debía ser comunicada de modo natural y
espontáneo a sus hijos en todas sus actividades. Cuando se sentaban a
comer, dando gracias a Dios por proveerles el alimento. Cuando iban a
dar un paseo, alabar a Dios por los lugares seguros en que podían poner
la planta de sus pies -la Tierra de Promisión que fluía leche y miel. Y
cuando se echaban para descansar por la noche, tenían que levantar sus
voces y dar gracias por haber sido liberados de la esclavitud. Y cuando
se levantaban por la mañana, debían alabar a Dios porque podían hacer
frente a otro día libres de sus opresores.
Y,
mezclado con la alabanza y la acción de gracias, debían enseñar a sus
hijos las leyes de Dios. Cada día y en todas las maneras posibles tenían
que integrar la verdad de Dios en su mismo estilo de vida. Todo esto
tenía que ser espontáneo, natural y constante.
Hay,
naturalmente, una evidente correlación entre la llamada de Moisés a la
consagración y esta orden de comunicación. Es sólo a medida que iban
haciendo suya la Palabra de Dios que podían de modo natural y espontáneo
enseñarla a sus hijos. Sólo reflejando las Escrituras en su estilo total
de vida podían hablar de ellas al sentarse, al ir de un lado a otro, al
descansar, al levantarse, al amanecer del nuevo día. Y era sólo cuando
la verdad de Dios estaba «en sus corazones» que su presencia física (en
sus «manos» y «frentes»), incluso en la estructura física de lo que
ellos llamaban su casa, «los postes», podía reflejar la voluntad de Dios
(ver Deut. 6:8-9).
Eliminar la contaminación mundana.
El
fracaso previo de Israel y su caída (lo que acarreó el juicio de Dios)
implicó una renovada promiscuidad con el sistema mundanal de Egipto.
Incluso querían volver a la posición de esclavitud, simplemente por no
tener que someterse a un régimen de comida poco apetitoso (ver Núm. 11
:5, 6). Cuando se impacientaron con Moisés en medio de las tremendas
revelaciones que Dios le hacía en Sinaí, volvieron a una idolatría
increíble.
Moisés se hacía cargo de sus flaquezas. Había vivido con sus
murmuraciones e inconsecuencias durante 40 años. Por ello, les advirtió
de antemano: «¡Vigilad!», les dijo: «Cuando Dios te haya introducido en
la tierra que juró a tus padres... que te daría, en ciudades grandes y
buenas que tú no edificaste... cisternas cavadas que tú no cavaste,
viñas y olivares que tú no plantaste..., que te sacó de la tierra de
Egipto, de casa de servidumbre» (Deut. 6:10-12).
Me
gustaría poder decir que la historia termina bien: «Y fueron a la tierra
de Canaán, y obedecieron las leyes de Dios, enseñaron a sus hijos, y
experimentaron la bendición plena del Señor.» Pero no fue así. En
realidad la historia es trágica -y aún está en proceso. Los hijos de
Israel, aunque tuvieron otras oportunidades dadas por el Señor después
de su miserable fracaso en Sinaí, otra vez fallaron a Dios. Y por este
fallo el divino juicio trajo sentencia y caos sobre la nación de Israel.
El
libro de los Jueces registra algunos hechos casi increíbles realizados
por Israel una vez entraron en la Tierra de Promisión bajo el caudillaje
de Josué. A pesar de los repetidos avisos, veamos lo que ocurrió: «Pero
murió Josué hijo de Nun... Y toda aquella generación también fue reunida
a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no
conocía a Jehová, ni la obra que Él había hecho por Israel. Después los
hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a
los baales. Dejaron a Jehová Dios de sus padres... Y se encendió contra
Israel el furor de Jehová ... » (jueces 2:8-14).
Es
difícil comprender esta incredulidad y desobediencia. Es difícil
entender cómo una sola generación puede hacer esta diferencia tan grande
en el estilo de vida de una nación. Y, con todo, es verdad. Los padres a
los que Moisés se dirigió antes de entrar en la tierra dejaron de hacer
lo que él les había mandado. Fallaron en su consagración personal, y en
su comunicación bíblica a sus hijos, con el sistema mundano de Canaán.
En unos pocos años, todos se habían apartado de Dios.

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