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Los niños y la timidez

Muchos escolares tienen dificultades para expresar sus opiniones en clase o, simplemente, para contestar en voz alta a las preguntas de los profesores lo que, con frecuencia, les convierte en el centro de las burlas de sus compañeros.

En ocasiones, los padres no reconocen este comportamiento en sus hijos y su respuesta más frecuente suele ser la siguiente: “Si lo viera usted en casa, habla por los codos y discute con todos”. Ésta es la mejor manera de definir la timidez.

Si consultamos el diccionario, la timidez se manifiesta en una sensación involuntaria de vergüenza, falta de confianza o de inseguridad en presencia de otras personas, sobre todo si éstas son desconocidas.

Esto explica que la timidez no sea un rasgo de personalidad que destaque en ambientes familiares donde el conocimiento de los otros es grande y nos sentimos seguros de nuestro propio comportamiento y de las posibles reacciones de los demás.

La causa de la timidez puede ser de dos tipos. Puede tratase de una timidez heredada de los propios padres al igual que se hereda el color de los ojos o del pelo; pero también puede tratarse de una timidez aprendida debida a dificultades de relación en la infancia.

En cualquier caso, el niño tímido se reconoce como tal y, a menudo, sufre por ello, porque experimenta en sí mismo las consecuencias de la timidez: rechazo en clase (“es un aburrido”, “no juega a nada” refieren sus compañeros), rendimiento escolar por debajo de sus posibilidades (“le cuesta mucho preguntar las dudas en voz alta” dice la maestra), aumento de la propia ansiedad por la sensación de inseguridad que experimenta en las relaciones sociales...

¿Cómo podemos ayudar a un niño tímido?
Como ya hemos visto, la timidez es una sensación de falta de confianza en las propias posibilidades, baja autoestima e inseguridad en uno mismo, frente a esto, hay que ofrecerle al niño situaciones de seguridad.

  • El chaval ya sabe que es tímido. Si los padres insisten en que tiene que relacionarse porque si no, va a acabar teniendo un problema, no harán más que instaurar más profundamente dicho problema.
    Entraríamos en un círculo cerrado: Soy tímido, me dicen que me abra más a la gente, me cuesta, sigo siendo tímido.

  • Invítale a hablar con personas pero no le fuerces demasiado, recuerda lo mal que lo pasabas tú de pequeño cuando te hacían lo mismo.

  • Si el grado de timidez es excesivo, existen maneras de conseguir mejorar las relaciones sociales a través del trabajo de las habilidades sociales. La comunicación interpersonal no es cien por cien innata, también se puede aprender y ampliar.

  • Actualmente existen gran variedad de programas de enseñanza de este tipo de habilidades, siendo las más trabajadas las siguientes: saludar, pedir favores, iniciar conversaciones, expresar emociones, buscar soluciones...
    En estos programas, sobre todo si se aplican en ámbitos escolares, se les proponen tareas a realizar en casa y en el colegio, dos de los ambientes más conocidos por los chavales.

  • Si la timidez llevara implícita grandes dosis de ansiedad, es conveniente reducir previamente ésta última mediante alguna técnica de relajación para después comenzar a trabajar las habilidades sociales.

  • Un contexto de equilibrio y educación emocional de los progenitores y resto de la familia ayudan también a superar este complejo.

 

Reglas para un Matrimonio Feliz

  1. Nunca estén los dos con ira al mismo tiempo.
  2. Nunca se griten el uno al otro, a menos que la casa esté en llamas.
  3. Si uno de los dos tiene que ganar una discusión, deja que sea tu cónyuge.
  4. Si tienes que criticar, hazlo con amor.
  5. Nunca recuerden errores del pasado.
  6. Nunca se retiren a dormir con un desacuerdo sin resolver.
  7. Por lo menos una vez cada día, trata de decirle algo agradable al compañero o compañera de tu vida.
  8. Cuando te equivoques, admítelo y pide perdón.
  9. Se necesitan dos para empezar una pelea, no seas tú uno de ellos.

La Importancia de la Comunicación

La importancia de la comunicación se muestra en un estudio que comparaba parejas casadas que vivían felices con otras que vivían en continua rencilla. Los resultados indicaron que las parejas que vivían bien:

1. Se hablaban más el uno al otro; 2. Tenían el sentimiento de que entendían lo que el otro les decía; 3. Tenían una gama de temas disponibles para hablar más amplia. (Prueba este experimento: haz un acuerdo con tu esposa de no hablar de los hijos o del trabajo durante tres días. ¿De qué otra cosa vais a hablar?); 4. Mantenían los cauces de comunicación en buen estado pasara lo que pasara entre ellos; 5. mostraban más sensibilidad para los sentimientos del otro.

La importancia de la comunicación es subrayada por muchos profesionales que tratan con parejas que hacen frente a problemas matrimoniales. Un autor dice: «Si hay algo indispensable que ha de saber una pareja recién casada en su nueva vida juntos es que deben esforzarse por mantener abiertas las líneas de comunicación entre los dos a toda costa» (Reuel Howe).

Escribe el mismo autor: «La comunicación es esencial para la expresión del amor, y en realidad es la vida misma. Donde hay amor, hay comunicación, porque el amor no puede ser nunca pasivo e inactivo. El amor se expresa de modo inevitable y se dirige hacia los otros. Cuando las comunicaciones se interrumpen el amor está bloqueado y su energía se vuelve resentimiento y hostilidad.»

¿Comunicas bien o mal?

Para poner a prueba tu habilidad para comunicar, escribe la respuesta a los siguientes sucesos cotidianos. Asegúrate de que escribes la respuesta inicial -la primera que se te ocurre-, porque esto es probablemente lo que habrías dicho.

1. Es sábado. Tu esposa te pide que vayas a comprar algo, pero tú en realidad no quieres ir. Le contestas:

2. Estás tratando de mirar tu programa predilecto de televisión, pero tu esposa está continuamente interrumpiendo y haciéndote preguntas. El programa está en un punto crucial y no quieres perderte nada. Tú le dices:

3. Tú estás describiendo a tu esposa el suceso más emocionante del día. En medio del relato tu esposa bosteza y dice: «Me parece que voy a buscar una taza de café.» Tú dices:

4. Tu esposa sirve el desayuno. Notas que el huevo pasado por agua está duro, cosa que no te gusta. La tostada apenas tiene mantequilla, y esto es lo que quieres. Tú dices:

5. Después de la cena tu esposa te pide que le laves los platos porque está muy cansada. Tú también estás cansado y esperabas echarte en el sofá. Generalmente lo hacéis los dos juntos. Tú dices:

6. Acabas de tener unas palabras con uno de tus hijos y te das cuenta de que tú no tienes razón. No es fácil dar disculpas a los miembros de la familia porque luego te lo machacan. Tú dices:

Es posible comunicar de tal forma que los otros te escuchen y te respondan. Requiere tiempo. Tendrás que cambiar pautas y hábitos de comunicación que se han formado durante años, pero puede hacerse.

Muchas parejas casadas tienen similares quejas sobre la comunicación. Tengo una lista que llamo «Los doce culpables». Son las quejas más comunes que oigo en mi consultorio. Pero antes de hablar de «Los doce culpables», tú y tu esposa debéis evaluar vuestra comunicación presente. Al leer la siguiente lista de tipos de conducta haz una marca en cada uno de los ejemplos que describen tu conducta. Luego escribe una explicación, sea en el libro o en un papel aparte, de la forma en que crees que esta conducta afecta a tu esposa (o esposo). Ésta hará también la misma evaluación por su cuenta. Recuerda que no se trata aquí de tu cónyuge, sino de ti mismo. Ésta es una ocasión para la evaluación de uno mismo, no del otro.

Después de haber terminado, sentaos los dos y seguid las siguientes instrucciones: El marido debería escoger uno de los puntos y decir a su mujer, por ejemplo: «Creo que hablo demasiado.» (Estas palabras son muy importantes para este ejercicio.) La mujer debería responder diciendo: «Sí, estoy de acuerdo en que tú piensas eso.» (Ella no está de acuerdo en que lo que él ha dicho que hace es un hecho, sino en que es verdad que él lo cree.) Entonces ella debe añadir: «¿Qué sugieres que hagamos sobre esto?» El marido puede responder diciendo lo que él cree que se puede hacer. Entonces la mujer puede ofrecer una sugerencia positiva de otro tipo de conducta. El ejercicio continúa escogiendo la esposa uno de los puntos, que se aplica a ella misma, y se sigue la misma pauta.

Extracto del libro: Respuesta a la Comunicación en familia, por Norman Wright.

La Atmósfera de tu Casa

No tenemos por qué poner un letrero clavado en nuestro buzón en la calle que diga: «Dios vive aquí», para que se enteren todos los vecinos. Pero, además de la atmósfera social de la casa, puede haber muestras evidentes físicas de que Cristo es la cabeza de ella, las cuales servirán como testimonio constante a nuestros hijos, vecinos y amigos.

G. Campbell Morgan, el gran expositor británico de la Biblia, contó que al visitarle en su recién instalada casa su padre, el día después de su boda, miró alrededor en cada habitación y luego dijo: «Sí, muy lindo; pero nadie sabe, entrando aquí, si pertenecéis a Dios o al diablo.» Morgan dice: «Entonces yo di otra vuelta, miré las habitaciones y dije: "Mi padre tiene razón." De modo que decidimos inmediatamente que no habría ninguna habitación en la casa, a partir de entonces, que no tuviera un mensaje, un cuadro o un texto, y que cada uno de los rincones proclamaría que servíamos al Rey.» Ésta fue una de las maneras en que los Morgan anunciaron al mundo que Dios estaba en aquella casa.

Hay una base bíblica para lo que hizo. Se halla en Deuteronomio, cuando Dios dio instrucciones de que la Palabra que Él les había dado debía estar en el corazón de los israelitas, y que deberían enseñarlas a sus hijos. Y entonces Dios ordenó: «Y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas» (Deuteronomio 6:9).

Los principios intemporales de la Palabra de Dios no caen ni se marchitan. Dios dice que la atmósfera de tu casa es importante para comunicar los principios bíblicos a tus hijos. ¿Cuenta para algo el que tu casa sea tenida por una casa cristiana?

¡Hoy se nos bombardea con toda clase de estímulos sensoriales! Por todas partes recibimos mensajes para que compremos cosas distintas. Se nos dice incluso que los automóviles (una cierta marca) tienen «sex appeal» (si esto tiene algún sentido). Se nos guía a veces, de modo subconsciente, en nuestras compras, por lo que vemos y oímos en los medios de comunicación.

Lo mismo puede decirse de nuestras casas. Mi abuela ya está en el cielo, pero yo no olvidaré algunos de los versículos que colgaban de su humilde casa. Uno que debía haber estado allí por lo menos medio siglo era una bandera medio plegada, con un mensaje permanente: «El Señor es mi Pastor. Nada me faltará.»

En la obra La familia cristiana, Larry Christenson nos cuenta de una mujer cuyos tres hijos habían decidido hacerse marinos, algo que ella hubiera preferido que no hicieran. No podía explicarse por qué lo habían hecho. «¿Cuánto tiempo lleva aquí esta pintura?», preguntó un día un visitante mirando un cuadro que colgaba de la pared del comedor. «Oh, hace muchos años -contestó la mujer, desde que los niños eran muy pequeños.» «Ésta es la respuesta», le dijo el visitante. En la pintura había un velero cruzando las olas, con sus velas desplegadas, hinchadas por el viento. Se veía al capitán en la proa, con un catalejo en la mano avizorando el horizonte. Mañana, mediodía y tarde, en cada comida, los chicos habían estado viendo esta pintura, y había penetrado en su mente un deseo de aventura, estimulado por el cuadro. Nunca les había dicho nadie una palabra para que se hicieran marinos; pero el cuadro había plantado la semilla del deseo y la había hecho crecer.

Estoy plenamente convencido de que nadie sabe cuál era realmente el aspecto de Jesús, pero hay un cuadro de Warren Sallman, representando un rostro de Cristo, muy expresivo, que cuelga de la pared de nuestra sala desde hace años y deja saber inmediatamente a todos los que vienen que Dios se encuentra como en su casa en nuestro hogar. En muchas ocasiones, el cuadro nos ha dado oportunidad para hablar de nuestra fe y confianza en el Señor.

Extracto del libro: Como Educar a los Hijos y Sentirse Satisfecho, por Harold J. Sala.

Educación como Dios la Quiere

«Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Proverbios 22:6).

Hoy en día hay más gente educada que en todos los siglos anteriores. Especialmente en las naciones del mundo occidental. Ciertamente todavía hay analfabetos. Hay regiones apartadas donde los maestros no han llegado y la gente sí puede escuchar la radio, pero no puede escribir o leer. Hay gente altruista que dedica su tiempo y su vida a la eliminación del analfabetismo, y todo el mundo debe desear a estos heraldos de un nuevo día el más cordial saludo. Hay mucha gente educada -es decir, gente que sabe leer y escribir y algo de geografía y un poco de historia y un mínimo de la gramática de su lengua gloriosa.

Es sumamente curioso que, simultáneamente con este avance en la educación popular, debe admitirse un aumento considerable en la miseria humana, el crimen, la pobreza, el desempleo, las drogas y cosas por el estilo. ¿Hay alguna relación entre estas realidades modernas? ¿Es cierto quizá que una mayor educación conduce al aumento de deseos y ambiciones y que esto lleva luego a la acción criminal? ¿Eran mejores aquellos tiempos cuando casi nadie sabía leer pero todos sabían de comer y trabajar y ser honestos y amar a sus parientes? Seguramente, nadie que sabe algo de cómo era la vida desearía volver a esas épocas oscuras en que sólo algún sacerdote que otro sabía leer y escribir.

Es muy probable, sin embargo, que en todo esto de la educación se haya dejado de lado el elemento de mayor importancia y se haya permitido, por otra parte, la introducción de conceptos que quitan al hombre su humanidad. Hay muchas oportunidades para obtener una educación, pero ¿hay también felicidad? Hay muchísima educación a todos los niveles, pero ¿es la gente mejor que antes? Muchísimos saben leer, pero ¿qué leen? Hay quienes saben de números y cuentas, pero ¿se están enriqueciendo a sí mismos o haciendo ricos a sus contemporáneos? Es curioso que en una era de educación casi universal haya tanto temor y dudas, agonía de espíritu y robos a mano armada.

Una causa de esta situación es que no se ha prestado mucha atención a la educación como Dios la quiere. Es una tragedia moderna el que se eduque tanto y que todo se haga sin referencia alguna a lo que Dios tiene que decir. Esto es por demás lamentable, porque usted sabe que, en estas cosas como en muchas otras, se puede apreciar nuevamente el carácter especialísimo del hombre. No es un animal avanzado o refinado, o ni siquiera educado, sino hechura de la mano divina en semejanza del Creador. ¿Cómo puede dejarse de lado a quien formó al hombre y le dio sus características, su humanidad? Creado a la imagen de Dios, el hombre tiene personalidad y responsabilidad. No es un animal que sólo necesita aprender los secretos que le darán comida y protección de los elementos. La personalidad humana es una de las maravillas más estupendas de toda la creación y, precisamente por ser personalidad, se requiere una educación cuidadosa, una formación acorde con su potencial. Esa personalidad necesita ser educada en todos los aspectos de la vida; no es cuestión solamente de hechos históricos y problemas matemáticos y nombres geográficos, sino cuestión de integrar toda la personalidad-el intelecto, ciertamente, pero también las emociones y la voluntad- Usted sabe que una mera educación no garantiza una buena conducta. Hay gente con estudios universitarios en los callejones de las grandes ciudades y el graduado de escuela técnica que está en la cárcel por homicidio. Pero también es cierto que muchas veces la educación recibida no tomó en cuenta la totalidad de la personalidad. Se enseñó cómo sumar pero no cómo amar; se sabe dividir pero no ser justo; se sabe de historia pero nada de quien es soberano de la historia. Lo que se necesita con urgencia es una educación como la que Dios quiere.

Según indicaciones de la Palabra de Dios, la educación  es primordialmente un asunto de familia. Usted puede ver a través de las páginas de la Escritura la gran responsabilidad que se da a los padres en esto de educar a los hijos o prepararlos para la vida. Luego de haber dado al hombre instrucciones sobre la esencia de la vida, ésta es la orden que Dios mismo le dio: «Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.» Éstas son palabras dirigidas a los padres y muestran lo que deben hacer con el saber y con sus hijos -es responsabilidad familiar.

Piense usted en los primeros años de la educación de un niño. Tal vez piensa que ese niño empieza a educarse a los seis años cuando va al primer grado. Pero su educación está ya muy avanzada para cuando llega a los umbrales del primer grado. Es el hogar la primera escuela -y quizá la mayor influencia para bien o para mal- Hay muchos padres que culpan a la escuela o al maestro por la conducta de sus hijos, pero es casi seguro que si un hijo es desobediente y ladrón y poco prolijo, lo es porque su educación inicial ha sido un fracaso. No hay mayor influencia que la del hogar en los primeros cinco años de vida. Muy especialmente debe destacarse en esto el papel crucial que juega una madre en esa educación hogareña. De ella aprenderá el niño sus pasos iniciales pero también sus primeros pensamientos, su despertar a la realidad humana, su capacidad de ver más allá de sus ojos, empezar a reconocer a Dios y a Jesucristo como única esperanza. ¡Cuántos no hay por esas calles de Dios que aprendieron lo más importante de todo en el regazo maternal! Algunos lo saben y lo admiten y dan gracias, pero hay muchos que ni lo admiten ni agradecen, sino que se rebelan contra tal cosa en sus vidas. No sólo se privan los mismos de nobles sentimientos, sino que también echarán a perder la vida de muchos otros en su derredor. El hogar es una escuela donde, mucho antes de aprender a leer, se aprenden otras mil cosas quizá de mayor importancia que toda la matemática y la ciencia.

Pero la educación que Dios quiere es mucho más que la influencia materna en el hogar. La responsabilidad familiar continúa durante la niñez y adolescencia, y hasta durante la juventud de los hijos. La educación es responsabilidad familiar aun en el sentido técnico de la palabra. ¿Por qué cree usted puso Dios a los hijos bajo la responsabilidad de sus padres? ¿Para luego confiarlos a alguna otra institución o persona para que los eduque? Usted sabe que la influencia de la escuela sobre la mente y las actitudes de un niño es incomparable. Es casi tan grande como la influencia materna¡ en el hogar. Ahora bien, supóngase que la madre ha enseñado al niño que Dios creó el cielo y la tierra, que Adán y Eva fueron los primeros seres humanos y que todos han pecado. Ahora va el niño a la escuela donde le enseñan que el hombre es resultado de millones y millones de siglos de evolución, que sus antepasados son los monos y que, en vez de pecar, el hombre es cada día mejor y que la educación lo salvará. ¿Es precisamente por este principio bíblico de la responsabilidad familiar que en muchos círculos los cristianos han creado y administran y sostienen escuelas cristianas? Tales escuelas son gobernadas por los padres de los alumnos, y lo que allí se enseña es determinado por los padres y no por expertos de esta materia o de la otra. Pero hay también una dimensión espiritual en la educación como Dios la quiere. Todo el amor de madre y la mejor educación posible son como la nada si tal educación no lleva al niño a servir la causa de Dios. Usted sabe que la Biblia muestra a Dios como alguien que respeta profundamente la institución de la familia. Tan es así, que desde tiempo inmemorial ha prometido a los padres que también sus hijos son parte de su pueblo escogido y especial. «Seré tu Dios y el de tu simiente», le dijo a Abraham; y, por medio de Pedro, dijo que «para vosotros es la promesa y para vuestros hijos.» Es, pues, responsabilidad primerísima de toda familia cristiana crear el ambiente donde esa semilla que Dios ha sembrado germine, nazca y dé origen a otra planta en el gran jardín de Dios. Para ello, el hogar debe enseñar a orar, a leer la Biblia, a ir a la iglesia, a la Escuela Dominical; deben fomentarse las conversaciones espirituales y personales. ¡En eso consiste la educación como Dios la quiere!

Extracto del libro: Hogar y Familia en el Siglo XX, por Juan S. Boonstra.

La Familia que se Divierte Junta

«Un corazón alegre hace el efecto de una buena medicina» (Proverbios 17:22).

El tópico más usado de todos los tópicos puede que sea ese de «Mucho trabajar y ningún juego, hacen de Juan un niño borrego.» Sin embargo, incluso aquellos que desprecian esa frase, tendrán que admitir que lo que hace esa frase citada es recalcar la grandísima verdad que encierra.

En el reino de la familia, en sus dominios, cuando el padre está sobrecargado de trabajo, todo el mundo sufre. Cuán importante es para los padres el que puedan distraerse con sus hijos.

Siempre recordaré el momento en que hacía un test de inteligencia individual a un pequeño en su primer grado. Tras de que hube trabajado durante un rato, el pequeño me miró y me dijo:

-¿Sabe usted una cosa?

-¿Qué?

-Mi padre me ama.

-¿Y cómo puedes saberlo?

-Porque... -y se extendió por su carita una amplia sonrisa-, porque juega conmigo.

He aquí un simple razonar infantil. «Mi papá juega conmigo, luego papá me ama.»

Ken, un chico de tercer grado, estaba explicándole a su tío:

-Mi amigo Tommy no puede parar ni un balón. Siempre está torpe. ¿Sabes lo que pienso, tío Bill?

-¿Qué es ello, Ken?

-Pienso que su padre no juega con él como nuestro papá lo hace con Bruce, Khaty y conmigo.

Afortunado el muchacho cuyos padres tienen tiempo para divertirse con la familia y jugar entre ellos, todos juntos.

La confianza de un muchacho puede construirse conforme gana eficacia y rendimiento en los juegos que espera estar capacitado para llevar a cabo. Un padre que piensa bien las cosas tendrá esto en cuenta cuando dispone de algún tiempo para jugar un poco con su hijo. La vida puede ser cruel para el muchacho que tiene que estar al margen de los juegos por miedo a no saber cómo hacerlo.

Se oye con frecuencia decir: -«La familia que ora junta y unida, permanece unida.» Esto es una verdad indiscutible. Pero es igualmente cierto lo de que «la familia que juega unida, permanece unida.»

Un grupo de adolescentes, ya algo mayores, estaban recordando algunas de las cosas que más les gustaba recordar de su época de crecimiento.

«Me gusta pensar en los tiempos en que dejábamos los platos en la mesa y salíamos un rato a jugar, antes del anochecer. A veces corríamos, otras jugábamos a la raqueta. Muchas veces organizábamos un partido de pelota. Mi madre era tan buena como cualquiera de nosotros. Cuántas veces se hacía de noche antes de que los platos quedaran limpios...»

Una diversión auténtica, honesta y de buena gana no tiene precio. Es algo reconfortante, alentador y hace de una criatura una persona mejor. Uno de los secretos de la felicidad es la capacidad para divertirse. Y es algo bueno para todos.

Dios nos dice: «Un corazón alegre es la mejor medicina» (Proverbios 17:22). Esta clase de «medicina» no es difícil de conseguir, ¿verdad?

La Biblia nos dice también: «alégrate y permanece contento», y «alégrate cuanto puedas» (Salmos 40:16 y 1 Tesal. 5:16).

Mark Twain d,ijo: -«Para sacar el mejor partido de la alegría, hay que compartirla con alguien». ¡Quién mejor que la familia, nuestra propia familia, para compartirla!

¿Han sentido ustedes alguna vez algo así como una sonrisa ante una persona que pregunta: -«¿Qué es lo que hacen los cristianos para divertirse?»

¿Qué hacemos?...

Algunos cristianos incluso hacen la misma pregunta.

Dos matrimonios estaban una tarde discutiendo este asunto y Gerry Owen dijo: -«Está muy bien decir eso de que deberíamos divertirnos, pero ¿qué hay de diversiones para los cristianos?»

Su esposa, Anne, contestó: -«No nos vamos a bailar a una sala de fiestas, ni ... » -y así fue desgranando toda una serie de lugares o de hechos negativos- «¿Qué nos queda?» -repuso vivazmente Joy Adams- «¡Vaya!, pues todo lo que valga la pena de disfrutar». Cuánta razón tenía Joy. Todas las cosas que valgan la pena, todo aquello que sea alentador y reconfortante, todo aquello que nos haga sentirnos bien después. Ésa es la clase de diversión que hay para un cristiano. Y hay mucho con qué divertirse.

Personas como Gerry que no están alegres porque su cristianismo «limita» su sentido de la diversión, revelan simplemente sus propias limitaciones personales. Sí, falta de espiritualidad, de personalidad, de imaginación, de versatilidad y de entrenamiento realmente cristiano.

¿Qué quiero significar con esto? Es muy simple. Está recortado espiritualmente, porque una persona que está en íntima confraternidad con Dios no tendrá interés en las diversiones mundanales. De hecho, tales diversiones le serán desagradables. Dios lo puso de manifiesto bien claramente en las Escrituras. «No améis al mundo, ni a las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Juan 2:15).

Está recortado en su personalidad, porque una persona que está viva, tiene interés y vitalidad puede pensar siempre en algo que hacer, y disponer de un buen tiempo para hacerlo. Es usualmente el retraimiento lo que impide que sepa lo que hacer consigo mismo.

Está limitado en imaginación, porque con todas las miríadas de cosas que hay por hacer, si no puede pensar en algo, sería mejor que comenzara a pensar un poco.

Está falto de versatilidad, porque precisamente no sabe cómo hacer algo. En ese caso, es mejor que comience a aprender, si no quiere quedarse «afuera».

Y está falto también de verdadero espíritu cristiano, porque sencillamente ignora lo que es. No conseguimos nuestra alegría y satisfacción mediante las cosas que hacemos. Las obtenemos mediante Cristo y a través de la voluntad de Dios.

El hecho que Gerry necesita comprobar, es que es el no cristiano el que encuentra difícil encontrar algo que hacer. Eso es cierto. Mucho más difícil le resulta encontrar satisfacciones en las diversiones mundanales. Y cuando todo ha terminado, es como si sintiera que un globo se desinfla. Una concha vacía. Y así intenta hallar algo que le proporcione una fuerte sensación. Pero tampoco le satisface. Y nunca encontrará lo que está buscando hasta que encuentre a Cristo.

¿Qué es, pues, lo que tenemos que hacer?

Cuando yo era adolescente, vivíamos en una pequeña comunidad rodeada por un desierto. Yo amaba aquello. Para mí, un desierto era el lugar más maravilloso de todo el mundo para vivir. Teníamos meriendas campestres, carreras a caballo, asados de mazorcas, reuniones, cosas que hacer para la iglesia, deportes varios y cosas por el estilo. Teníamos tantas cosas excitantes que hacer, que nunca las terminábamos. Era fascinante. De hecho, me preguntaba con frecuencia, qué es lo que harían los chicos que no vivían en un desierto.

Ahora, habiendo viajado por todo el mundo, sé que la diversión es la que se hace uno mismo, en cualquier parte, en todas partes. No hay nada más divertido que la propia diversión.

Y, a propósito, si tenemos que discutir con el Señor respecto a qué es lo que estamos planeando que hacer, o dónde vamos a ir a divertirnos, vamos por el camino equivocado. El Señor nunca lo está.

Un muchacho preguntó una vez: -«Mamá, ¿está sucia esta camisa?» Lo que estaba queriendo dar a entender, por supuesto, era: «¿Tengo que cambiarme?»

Su madre, una mujer especialmente astuta, le repuso:

-«Hijo, si estás dudoso, es que está sucia.»

¿Pueden ustedes haber pensado todas las cosas que un cristiano puede -hacer y que el promedio de los no cristianos no hacen nunca? Toda clase de funciones religiosas, viajes deportivos de la juventud, asistir a películas cristianas, reuniones de la iglesia, campamentos deliciosos, entre otras cosas.

Muchas otras diversiones están asimismo abiertas a los cristianos. El problema está en dónde empezar. Juegos que van desde el ajedrez hasta el golf. En los deportes tenemos la natación, el empleo de embarcaciones, pescar, excursiones a pie, cabalgar, pasear en bicicleta.

Recientemente vi algo que me hizo sentirme bien. Había una madre montando en bicicleta y llevando a su nena en una canasta detrás; el padre sostenía a la criatura en otro asiento posterior, pedaleando igualmente, y los otros dos muchachos miembros de la familia montando cada uno su bicicleta.

Está el esquí, en invierno y verano, el trineo, la pelota, el tenis, el balonvolea, el baloncesto, el ping-pong, en fin, las posibilidades son innumerables.

Y la música. ¿Qué hay respecto a la orquesta familiar? Una maravillosa diversión y un deleite que una familia puede practicar en grupo. al vez la madre al piano o al órgano, el padre con su violín, Juanito con su guitarra, la hermana acompañando con su ukelele. La familia es totalmente independiente para tener su tiempo completamente lleno de satisfacciones al respecto. Están las improvisaciones. El canto, para quien está dotado, es un maravilloso medio de expresión espiritual. Las familias disfrutan cantando en conjunto. ¡Qué cosa puede ser más reconfortante!

Realmente, hay tantas cosas que hacer, tanta diversión al alcance de nuestras manos, que nunca se termina por acabarlas todas. En sólo intentarlo, existe ya de por sí una gran cantidad de diversión.

Prácticamente todo esto puede ser «diversión familiar»: el tiempo que se emplea en decir: «Te quiero ... » «Eres importante para nosotros ... » «Todos nosotros estamos mejor contigo que con cualquier otra persona en el mundo» ... i«El amor» no es un término que esté reservado exclusivamente para el tenis!

Observen al chico de trece años, Phil, agachado sobre su hermanito, en el jardín de la casa, colocando las manecitas del pequeño adecuadamente sobre el bate. Lo más seguro es que Phil lo hubiera aprendido años atrás de su padre.

Es importante, también, que las madres muestren un interés en los deportes que se hacen fuera de la casa y en los que están interesados los muchachos. El razonamiento más seguro es que los chicos digan: «Puesto que mamá se interesa por mis juegos, es que está interesada por mí». Principalmente, aceptará esto como una verdad y crecerá siempre con un poco más de seguridad.

«Hacer lo mejor de vuestros años maravillosos» es el eslogan de un bien conocido producto alimenticio. Este mismo eslogan deberíamos tomarlo como lo más apropiado para nuestra familia.

Podría parecer, a veces, que estamos tontamente malgastando el tiempo cuando jugamos a construir castillos de arena con nuestros hijos. El hecho es que mientras la marea sube y borra los castillos ya fabricados, nunca se borrará de la memoria de los niños el cálido y amoroso pensamiento de que sus padres les han amado lo bastante como para proporcionarles ese tiempo, aparentemente perdido.

Podemos preguntarnos a nosotros mismos: -«¿Cómo podría emplear mejor mi tiempo libre que en reforzar los lazos familiares?»

Se ha dicho sabiamente: -«Dime cómo emplea un hombre sus ratos de ocio, y te diré qué clase de hombre es.» Para el cristiano, que tendrá un día que dar cuenta a Dios de sus hechos, la familia tiene una absoluta prioridad sobre todo, hasta que ese momento llegue.

Y mucho de ese tiempo es para la diversión.

Extracto del libro: Cómo Tener Éxito en las Relaciones Familiares, por Clyde Narramore.

 

Hijos: Alegría o Frustración

Salmo 127:3

Es irónico que las parejas que desesperadamente desean tener hijos no los tienen, y otros que los tienen no saben qué hacer con ellos. El hijo es una moneda con dos caras, puede traer alegría o frustración al hogar. Puede acabar con el hogar o puede unirlo. Alguien ha dicho que los hijos son la única manera por medio de la cual Dios puede humillar a algunos matrimonios, porque si nadie acaba con el orgullo de un hogar, los hijos sí lo hacen. Sólo los hijos pueden hacer quedar bien a los padres y sólo ellos pueden hacerles quedar mal también.

Cuando le recomienda a un niño que se porte bien, es cuando lo hace peor. Pero debemos admitir que el hogar está incompleto sin los hijos. Ellos ayudan a desarrollar el carácter de la pareja y lo complementan. Por eso es que los hogares que no han tenido hijos, cuando hay un niño en su hogar y hace ruido, se molestan y quisieran callarlo. ¿Por qué? Es que nunca tuvieron la gracia de que un niño les puliera el carácter, que los fastidiara a medianoche y les enseñara a tener paciencia. Uno madura en su carácter a través de la crianza de los hijos.

Los hijos requieren mucho de los padres.

Podemos agrupar las demandas de los hijos en cinco cosas: tiempo, cuidado, afecto, dinero y energías. Recordemos que lo que el hijo necesita no es estar vigilado por una empleada, sino sentirse protegido y cuidado por sus padres. Nadie puede hacer el trabajo de un padre, porque el plan de Dios dice que debe ser el padre. El tiempo que no se dedica al hijo, no se puede compensar con juguetes o comodidades.

El dar afecto a un hijo no sólo implica caricias, sino es comunicarle el sentimiento de amor. El afecto que le da al niño es fundamentalmente formativo en la edificación del hombre interior. Por ello los niños que crecen sin mucho afecto de los padres se forman con una inseguridad tremenda, que puede desarrollarse en un tipo de conducta violenta o desordenada.

En cuanto al dinero, habrá que proveerle al hijo de techo, alimentación y abrigo durante unos cuantos años. Es una inversión en sus vidas y en su futuro. El cuidado de un niño requiere mucha energía de parte de su madre y padre y muchas veces los padres se agotarán; pero, aun con todo esto, los hijos son una bendición.

La personalidad del niño tiene que ser formada o encaminada, y se puede hacer a través de dos medios básicos: el ENTRENAMIENTO y la DISCIPLINA. Veamos en detalle cada uno de ellos.

Entrenamiento de los Hijos.

Los hijos no vienen con un manual bajo el brazo y con un circuito con el cual se conecta y el niño salga bien entrenado. Los hijos salen tan buenos o malos como son los propios padres, porque los hijos aprenden más de la persona del padre que por el método empleado por el padre. Definamos qué se entiende por ENTRENAMIENTO. Es la instrucción, la enseñanza, el concepto preventivo que nosotros le damos a nuestros hijos.

Al niño hay que entrenarlo en todo: comer, dormir, lavarse, caminar, etc. Es interesante que la Biblia delega la responsabilidad de la instrucción de los hijos sobre los padres (Deuteronomio 11:18-21). Cuando pagamos a otra persona para que enseñe ciertas cosas a nuestros hijos, se lo enseñan, pero bajo el concepto de asalariados y no con el concepto de relación. Usted puede poner a sus hijos en la mejor escuela, pero si usted no toma interés en enseñarles, estará perdiendo dinero y tiempo. La responsabilidad fundamental de los padres es la educación de los hijos.

Hay cinco áreas donde los padres debemos poner especial cuidado y no delegar la instrucción a ninguna otra persona que no sea nuestro propio cónyuge.

1. Enseñarle a amar a Dios - Desarrollo espiritual.

Si el padre no ama a Dios ¿cómo va a enseñarle al hijo? Usted puede llevar a su niño a la iglesia, al grupo o donde sea y le enseñarán allí, pero si el padre en su casa no le ha enseñado, su formación será débil y sin base fuerte. El amor a Dios es algo que lo enseñan la madre y el padre en la mutua búsqueda de Dios.

2. Enseñarle a amar a otros.

Al hijo hay que enseñarle a amar a otros, porque por naturaleza es egoísta, sólo ama a sí mismo. Debe aprender a pensar en el otro, a expresar cariño con sinceridad, a amar al hermanito, al vecino, al amigo, los primos, etc. El niño tiene que amar a otros, compartiendo, a veces soportando, tolerando y hasta cediendo en algunas cosas. Pero todo esto no se consigue fácilmente, hay que repetir constantemente para que se aprenda. Luego, el niño tendrá que aprender a dominar sus emociones negativas. El buen ejemplo de los padres le ayudará a aprenderlo.

3. Enseñarle a relacionarse bien con otros - Desarrollo social.

Este aspecto tiene íntima relación con la convivencia, la comunicación y el respeto. Aceptar y respetar a los demás es una virtud a desarrollar en nuestros hijos. Hay que enseñar a nuestros hijos a comprender que nunca van a elegir ni sus vecinos, ni sus abuelos, ni al lechero o al maestro de grado. En el hogar se debe enseñar la convivencia con el ejemplo de los padres y luego mediante la acción de los hijos.

4. Enseñarle a estudiar - Desarrollo mental.

Al hijo también hay que enseñarle a estudiar. Los padres deben formar un hábito en la vida del hijo para la lectura y el estudio. Recordemos que el hombre nunca deja de aprender. En la escuela se aprenden muchas cosas, las cuales en el futuro permitirán que uno pueda valerse por sí mismo en la vida.

5. Enseñarle a trabajar - Desarrollo físico-mental.

Si el padre es haragán, ¡pobres los hijos!, no tienen ningún ejemplo de trabajo y esfuerzo. Uno enseña a trabajar trabajando. Hay padres que siempre desean jubilarse y el niño aprende de este ejemplo. El padre tiene el deber de enseñar al niño el elemento de progreso. Cuando los hijos crecen sin esta enseñanza sus metas en la vida serán también limitadas y poco trascendentes. Es importante señalar que cuando el hijo dice: «No sé cómo se hace eso», el padre debe estimularle para que pruebe un par de veces y logre el conocimiento y la capacidad de hacer determinadas cosas.

El padre tiene que alimentar al niño con responsabilidades y privilegios para que aprenda a ser útil.

El hijo aprende mas cuando se siente útil que cuando le hace el favor al padre. La instrucción que se da en casa no se puede compensar con ninguna otra cosa. Mucha gente habla de aquellas cosas que aprendió en casa, y que realmente lo formaron como persona.

La Disciplina de los Hijos.

Ésta es la parte correctiva en la formación de los hijos. Se instruye cuando se guía, pero cuando se sale de lo trazado, hay que meter en línea al hijo. Siempre que se tenga que corregir al hijo, el padre debe buscar las razones por las cuales ha fallado la conducta del hijo. A continuación veremos seis razones por las cuales un hijo puede portarse mal y ser rebelde.

1. Causas físicas.

Un niño hambriento es llorón; también es fastidioso si le duele algo o si está enfermo. La atención al niño es sumamente importante, no pegándole por llorar sino proveyendo para su necesidad. Dios vela por los niños y los padres somos los responsables del bienestar de ellos. Hay que atender las necesidades físicas de nuestros hijos.

2. Causas intelectuales.

A veces la indisciplina proviene directamente de la falta de información o falta de instrucción (Proverbios 22:6). El niño no sabe o no entiende y por eso se comporta mal. Es injusto, entonces, castigar a un hijo por algo que uno mismo es el responsable. Lo que no se le ha enseñado al hijo no se tiene el derecho de demandar que lo cumpla o lo haga.

3. Causas psicológicas.

Los temores, la timidez y las preocupaciones en el niño pueden resultar de la falta de afecto en el hogar o el mal carácter de los padres. Son problemas que llevan a un mal comportamiento o indisciplina.

Si los padres todo el tiempo pegan gritos y discuten fuertemente, el hijo se portará mal porque siente una inseguridad en su hogar motivada por la conducta de sus padres. También algunos padres han impregnado las mentes de sus hijos con temor diciéndoles, por ejemplo: «Si no lo haces el gato te comerá ... »; luego, el mismo padre le quiere hacer sentir al hijo que no debe tener miedo, que no le pasará nada, y el niño se confunde y se rebela. El hijo también se rebela si los padres prefieren a sus hermanos más que a él, cuando hay favoritismo.

También es frecuente ver cómo los padres a veces cometemos el error de decir constantemente al hijo: «Mira que si sigues haciendo tal cosa te voy a castigar», y nunca lo hacemos. La Biblia dice que no debemos mentir; además nos enseña que nuestro sí debe ser firme, al igual que nuestro no. No engañe.

4. Causas medioambientales.

Al hablar de medio ambiente estamos refiriéndonos a la forma como usted vive la situación en su casa. Los ruidos, la música muy recia, temperaturas incómodas, el desorden hogareño, etc., provocan tensión y a veces rebelión en nuestros hijos. Debemos esforzarnos los padres para proveer a nuestros hijos un ambiente de paz, amor y orden.

5. Causas espirituales.

Si el niño o hijo no conoce a Jesucristo como su Salvador, tampoco sabrá orar y compartir sus problemas con el Señor y habrá problemas con su conducta.

Si un hijo puede arrodillarse, orar y pedirle perdón a Dios, esto moldeará su conducta y la rebeldía desaparecerá. La formación del hijo en este sentido no la debemos tomar dentro de la estructura religiosa, sino como relación personal con Dios. Es interesante que para los niños Dios es algo muy real, no es religión. Cuando oran dicen más realidades que oraciones prefabricadas de los adultos, saben expresarle a Dios lo que sienten. El comportamiento mejora cuando el hijo tiene conciencia de Dios.

6. La falta de disciplina.

Si hay rebeldía es evidente que no se ha conquistado la voluntad del hijo. Los padres tienen la obligación no de dañar la voluntad del niño, sino de conquistarla. Las amenazas no encajan en este sentido, nuestros hijos no son esclavos nuestros. Si uno conquista la voluntad del hijo, fácilmente va aceptando ser corregido. Los textos en el libro Proverbios son muy claros al respecto de la disciplina para beneficiar las vidas de nuestros hijos. Dice Proverbios 13:24: «El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige.» En Proverbios 23:13-14 dice que el castigo librará al hijo del infierno o Seol.

 

Crianza de la Familia un Modelo del Antiguo Testamento

 

Pablo dejó bien claro que los padres cristianos eran responsables de modo primario por la crianza de sus hijos. Y también ilustró con su propia vida, al ministrar a los creyentes en general, lo que creía que debía ser este proceso (1 Tes. 2:11, 12). Es interesante, aunque no nos sorprende, que el Antiguo Testamento dé un modelo más detallado de cómo se deben criar los hijos en la instrucción y enseñanzas del Señor. ¡Y es un modelo único! Incluye los problemas más importantes, las frustraciones y los peligros inherentes en la vida familiar en cualquier lugar del mundo y en cualquier punto de la historia. Y al mismo tiempo presenta los ingredientes, ideas y sugerencias necesarias para que los padres del siglo xx puedan usarlo con éxito en cualquier tipo de circunstancias.

Demos una mirada a este modelo del Antiguo Testamento. Hay tres lecciones principales, por lo menos, para los padres. Y las hallamos en Deuteronomio 6.

Experimentar la consagración personal.

«Oye, IsraeI»

Ésta es la voz de Moisés hablando a, la multitud que había ya completado 40 años de peregrinación en el desierto a causa de los pecados de sus padres que se habían entregado a una idolatría e inmoralidad increíble. La nueva generación se hallaba ahora acampada a una corta distancia de la Tierra de Promisión, a punto de entrar en ella.

Moisés, su caudillo, estaba pasando revista a la Ley de Dios. En este momento estaba interesado de modo primario en el primer mandamiento -la esencia de la Ley- y al que ellos habían faltado más. Antes el Señor en el Monte Sinaí había dicho: «Yo soy el Señor tu Dios... No tendrás dioses ajenos delante de Mí... no te harás imagen ni ninguna semejanza... no te inclinarás a ellas ni las honrarás» (Éxodo 20:2-5).

Poco después de haber hablado Dios de modo tan claro contra la idolatría, los israelitas se habían inclinado ante un becerro de oro, acarreándose la ira de Dios sobre ellos a causa de esta flagrante violación de su Palabra revelada. Por esto Moisés reitera: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es» (Deut. 6:4). En otras palabras, ¡Él es el Dios absoluto! No hay otro Creador ni Liberador. Con esta advertencia, Moisés estaba exhortando a los hijos de Israel a no volverse nunca a los dioses falsos de la sociedad pagana.

Pero el mensaje de Moisés aquel día incluía más de lo que debía ser su visión intelectual y mental de Dios. Incluía sus emociones y su voluntad: el hombre total. Por esto Moisés continuó: «Y amarás a Jehová tu Dios, de todo tu corazón y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón» (Deut. 6:5, 6).

Moisés estaba pidiendo la entrega total y la consagración personal. No había manera de que este pueblo pudiera permanecer fiel a Dios con el simple asentamiento intelectual a sus mandamientos. El amor de que hablaba implicaba obediencia. Ya antes había dicho: «Oye, pues, y cuida de ponerlos por obra» (Deut. 6:3).

Esta clase de obediencia debe salir del corazón, la verdadera sede de las emociones del hombre. Debe emanar del alma, la verdadera sede de la personalidad del hombre. Debe incluir su poder y su fuerza, la energía que fluye del cuerpo físico del hombre. En una palabra, el hombre puede sólo ser fiel a Dios si está totalmente entregado a Él.

El punto se ve claro. Antes, en Sinaí, los hijos de Israel habían fallado miserablemente como padres, porque no habían hecho suya, en su interior, la palabra de Dios. Pues no se habían realmente entregado a Él. Sus vidas eran todavía sus vidas. Ellos no habían tomado a Dios de modo serio. No había habido consagración personal. Cuando fueron tentados por sus deseos pecaminosos, sus inseguridades y sus ambiciones, volvieron a su estilo anterior de vida. Los resultados eran obvios, tal como dijo Dios que serían cuando les dio la Ley por primera vez. En este mismo contexto de prohibirles la idolatría, El había dicho: «Porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos, hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen» (Éxodo 20:5).

Poner énfasis sobre aprender y comprender la Biblia.

Siguiendo las exhortaciones a la consagración personal, Moisés les dio en detalle los particulares de cómo habían de instruir a sus hijos -sin duda el «peregrinaje en el desierto», que estaba a punto de terminar, no iba a ser repetido en las vidas de sus descendientes- «Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como señal en tu mano, y estarán como frontales en tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas» (Deut. 6:7-9).

Aunque estas instrucciones sin duda incluían elementos literales y figurativos, los hijos no podían dejar de ver el interés primario de Moisés. La Palabra de Dios debía ser comunicada de modo natural y espontáneo a sus hijos en todas sus actividades. Cuando se sentaban a comer, dando gracias a Dios por proveerles el alimento. Cuando iban a dar un paseo, alabar a Dios por los lugares seguros en que podían poner la planta de sus pies -la Tierra de Promisión que fluía leche y miel. Y cuando se echaban para descansar por la noche, tenían que levantar sus voces y dar gracias por haber sido liberados de la esclavitud. Y cuando se levantaban por la mañana, debían alabar a Dios porque podían hacer frente a otro día libres de sus opresores.

Y, mezclado con la alabanza y la acción de gracias, debían enseñar a sus hijos las leyes de Dios. Cada día y en todas las maneras posibles tenían que integrar la verdad de Dios en su mismo estilo de vida. Todo esto tenía que ser espontáneo, natural y constante.

Hay, naturalmente, una evidente correlación entre la llamada de Moisés a la consagración y esta orden de comunicación. Es sólo a medida que iban haciendo suya la Palabra de Dios que podían de modo natural y espontáneo enseñarla a sus hijos. Sólo reflejando las Escrituras en su estilo total de vida podían hablar de ellas al sentarse, al ir de un lado a otro, al descansar, al levantarse, al amanecer del nuevo día. Y era sólo cuando la verdad de Dios estaba «en sus corazones» que su presencia física (en sus «manos» y «frentes»), incluso en la estructura física de lo que ellos llamaban su casa, «los postes», podía reflejar la voluntad de Dios (ver Deut. 6:8-9).

Eliminar la contaminación mundana.

El fracaso previo de Israel y su caída (lo que acarreó el juicio de Dios) implicó una renovada promiscuidad con el sistema mundanal de Egipto. Incluso querían volver a la posición de esclavitud, simplemente por no tener que someterse a un régimen de comida poco apetitoso (ver Núm. 11 :5, 6). Cuando se impacientaron con Moisés en medio de las tremendas revelaciones que Dios le hacía en Sinaí, volvieron a una idolatría increíble.

Moisés se hacía cargo de sus flaquezas. Había vivido con sus murmuraciones e inconsecuencias durante 40 años. Por ello, les advirtió de antemano: «¡Vigilad!», les dijo: «Cuando Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus padres... que te daría, en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste... cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivares que tú no plantaste..., que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre» (Deut. 6:10-12).

Me gustaría poder decir que la historia termina bien: «Y fueron a la tierra de Canaán, y obedecieron las leyes de Dios, enseñaron a sus hijos, y experimentaron la bendición plena del Señor.» Pero no fue así. En realidad la historia es trágica -y aún está en proceso. Los hijos de Israel, aunque tuvieron otras oportunidades dadas por el Señor después de su miserable fracaso en Sinaí, otra vez fallaron a Dios. Y por este fallo el divino juicio trajo sentencia y caos sobre la nación de Israel.

El libro de los Jueces registra algunos hechos casi increíbles realizados por Israel una vez entraron en la Tierra de Promisión bajo el caudillaje de Josué. A pesar de los repetidos avisos, veamos lo que ocurrió: «Pero murió Josué hijo de Nun... Y toda aquella generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que Él había hecho por Israel. Después los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales. Dejaron a Jehová Dios de sus padres... Y se encendió contra Israel el furor de Jehová ... » (jueces 2:8-14).

Es difícil comprender esta incredulidad y desobediencia. Es difícil entender cómo una sola generación puede hacer esta diferencia tan grande en el estilo de vida de una nación. Y, con todo, es verdad. Los padres a los que Moisés se dirigió antes de entrar en la tierra dejaron de hacer lo que él les había mandado. Fallaron en su consagración personal, y en su comunicación bíblica a sus hijos, con el sistema mundano de Canaán. En unos pocos años, todos se habían apartado de Dios.


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Familia

                     Sección 16

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  Educación como...
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Crianza de la...

                     Nota

En nuestros días la familia enfrenta una gran crisis. Cada año más de un millón de divorcios toman lugar en Estados Unidos y en otros países alrededor del mundo.

Por cada hogar derrumbado, hay muchos más en un lamentable estado de cuarteadura. Aun cuando la institución del hogar no ha muerto y nunca morirá, está enferma, seriamente enferma.

Hoy más que nunca debemos volver a los principios y absolutos de la palabra de Dios. Estos principios pueden todavía ser un fundamento sólido para edificar hogares estables y felices. 

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