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Lecciones Dinámicas para los Padres del Siglo XX

Este modelo del Antiguo Testamento incluye ideas muy importantes para cualquier familia y en cualquier momento de la historia. En América, hoy, como padres cristianos, estamos haciendo frente en esencia a los mismos problemas que se le presentaron a Israel, y nosotros también debemos poner en orden nuestras vidas con. los principios del Antiguo Testamento.

Debemos consagrar nuestras vidas a Dios.

No podemos enseñar a nuestros hijos a andar en los caminos de Dios simplemente diciéndoles que deben hacerlo. Debemos demostrar con nuestras vidas que el Cristianismo es una realidad.

Lo que es peor, naturalmente, es hablar a nuestros hijos acerca de los caminos de Dios, enviarles a una iglesia para que allí los aprendan, y vivir un estilo de vida contrario a la Escritura. Esta duplicidad es fatal.

Incluso los psicólogos seculares reconocen el poder de la conducta humana para comunicar valores. J. A. Hacifield, un psicólogo británico que ha observado las pautas de crecimiento de millares de niños, hace la siguiente observación: «Vemos que es por medio de un proceso perfectamente natural que un niño desarrolla estándares de conducta y de sentido moral. De manera que si usted nunca enseña a un niño una sola máxima de moral, a pesar de ello desarrollará estándares de moralidad -o de inmoralidad- con respecto al bien y el mal por medio de un proceso de identificación».

En un sentido real, lo que somos como cristianos es mucho más importante que lo que decimos con respecto a las doctrinas del Cristianismo. Y, en todo caso, lo que somos es fundamental en crear una oportunidad para lo que decimos. Y es por esto que Moisés puso tanto énfasis en la consagración personal y en la entrega total a la Palabra de Dios. Es sólo cuando nosotros amamos al Señor nuestro Dios, con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma y voluntad, que podemos esperar que nuestros hijos tomen en serio lo que decimos.

Debemos comunicar (instruir) bíblicamente.

La total entrega a Cristo al permitir que la Palabra de Dios penetre en nuestro ser entero, hace posible comunicar de modo natural y espontáneo con nuestros hijos, sea lo que sea lo que somos y lo que hacemos. La instrucción formal es importante, pero no es tan importante como la instrucción natural.

Como padres, debemos prepararnos a aplicar la verdad de Dios a las circunstancias de nuestra vida, cuando ocurren. Es por esto que Moisés instruyó a los hijos de Israel que hablaran de la ley de Dios cuando estaban sentados en sus casas, andando por el camino, al acostarse y levantarse. Éstos son momentos importantes para la comunicación significativa: los momentos en que enseñar.

Notemos que Moisés dice: «Enseña diligentemente». Esta clase de comunicación constante exige esfuerzo. Debemos estar alerta y buscar las oportunidades. ¿Qué mejor sitio para hablar de la creación de Dios que cuando andamos en medio del bosque, subimos una montaña o conducimos por el campo? ¿Qué mejor escenario para comunicar el amor y cuidado divinos  que cuando arropamos a un niño en su cama por la noche, o cuando estamos haciendo frente a lo que nos trae el nuevo día? ¿Qué mejor sitio para llamar la atención del niño hacia la constante provisión de Dios que cuando estamos sentados a la mesa ante alimento delicioso? Y podría añadir, ¿qué mejor oportunidad para la apreciación de una madre que ha trabajado diligentemente para preparar esta comida?

Alguien ha dicho: «Lo que somos habla tan alto que los otros no pueden oír lo que les decimos». Esto es verdad, particularmente desde el punto de vista negativo. Pero voy a ponerlo de modo positivo: «Lo que somos habla tan alto, que realmente pueden oír lo que decimos». Esto es lo que Moisés quería decirles.

Tenemos que evitar la contaminación del mundo.

No podemos, naturalmente, eliminar el mundo. Vivimos en él (1 Cor. 5:9-1 l). Pero no tenemos por qué ser influidos negativamente por el mundo ni conformarnos a sus sistemas de valores.

Ésta fue la causa de la caída de Israel. Empezaron a adorar a los dioses de Canaán, y también al dios del materialismo. Cuando llegaron a la tierra y heredaron bienes materiales en abundancia, se olvidaron pronto de la fuente de todos estos bienes. Al final, dijeron: «Esto lo hicimos nosotros mismos». Y de modo trágico sus hijos lo creyeron. En otras palabras, la educación obra en dos direcciones: acercando hacia Dios, o alejando de Dios. La contaminación de Canaán alejó a la nueva generación de Dios. Por desgracia, el poder del ejemplo negativo es más atrayente que el del positivo. Satán lo sabe. El mundo ofrece excitación, emociones fulgurantes, placer personal sin tasa. Pero el fin es la destrucción y la muerte.

Como padres cristianos viviendo en el siglo xx, debemos estar en guardia constantemente contra las influencias mundanas del materialismo y del secularismo. Los vehículos que probablemente Satán usa más hoy son: la televisión, la literatura, el cine, el sistema de educación secular y el estilo de vida corriente del americano típico. Y, más que nada, debemos estar ojo avizor a las influencias mundanas que pueden ¡llegar a nuestros hijos a través de nuestras propias vidas. ¡Recordemos! Sólo hubo necesidad de una generación para destruir a Israel. Aunque como padres nosotros vivamos bajo dos banderas, los hijos vivirán bajo una: la del mundo.

Aplicación viva.

Evalúe cuidadosamente su estilo de vida como padre y como cristiano (los principios de paternidad y maternidad son aplicables a todo testigo cristiano en general) y conteste las siguientes preguntas de modo tan sincero como pueda:

1. ¿Hasta qué punto ha hecho de la Palabra de Dios algo suyo propio? ¿Ven los otros, especialmente sus hijos, que el amor de Dios está en su corazón, alma y mente? ¿Tiene consagrada su vida entera a Dios?

2. ¿Hasta qué punto está comunicando a los hijos bíblicamente? ¿Son Jesucristo y su voluntad para el hombre parte de su conversación y su estilo de vida? ¿Se aprovecha de las oportunidades, momentos para enseñar, a fin de comunicar las verdades cristianas a sus hijos y a otros?

(NOTA: La única manera en que esto se puede hacer de modo natural y espontáneo es teniendo una relación dinámica con Jesucristo. De otro modo es superficial y suena a falso.)

3. ¿Estoy constantemente en guardia en contra de la influencia del mundo, «los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida»? (1 Juan 2:16). ¿Me doy incluso cuenta de lo influido que estoy por el mundo?

(NOTA: El único criterio para evaluar la extensión de la influencia del mundo en su persona y en su hogar es a la luz de las enseñanzas del estándar externo: la eterna Palabra de Dios.)

 

La Madre en el Hogar

«La mujer que teme a Jehová, ésa será alabada» (Proverbios 31:30)

La mujer ha ocupado siempre un lugar importante en los planes de Dios. No en vano fue una mujer la que anunció a los discípulos la gloriosa noticia de la resurrección de Cristo. Otra mujer, María de Betania, fue un ejemplo de amor y devoción a Cristo Jesús, y a través de las páginas de las Sagradas Escrituras encontramos mujeres a quienes Dios ha concedido grandes privilegios.

El mayor de los privilegios que Dios ha dado a la mujer es el ser madre. La maternidad expresa el más elevado de los atributos divinos, que es el amor. El amor de madre es más fuerte que el odio, el mal y la muerte. Y cuando Dios quiso revelar al mundo su amor, envió a su único Hijo, el Señor Jesucristo, que nació de una mujer. Éste es el misterio que afirmamos con las palabras del Credo «nació de la bendita Virgen María».

La influencia de las madres es tan profunda en las vidas de sus hijos, que hoy desearíamos hacer unas breves observaciones sobre la influencia de una madre piadosa.

Cuando el amor de Dios llena el corazón de una madre, este amor se vuelve un instrumento para la justicia. El amor es el cetro de esta reina del hogar que es la madre. El corazón de una madre piadosa es el lugar en donde el cielo se acerca más a la tierra. De la vida de una madre piadosa se derraman bendiciones que enriquecen a todos los que la rodean. La madre piadosa es una fuente de bendiciones en esta vida, y en la vida venidera para los hijos que siguen su ejemplo. La mano que mece la cuna es la mano de la fe. Y esta fe dirige los pasos de sus hijos queridos hacia la verdad y la justicia. Abraham Lincoln dijo un día: «Todo lo que soy o lo que seré, lo debo al ángel que es mi madre.»

El primer beneficio que recibimos de una madre piadosa es un hogar. Y no hay que confundir aquí una casa con un hogar. La casa es un mero edificio, por espléndido que sea; el hogar es algo más, aunque carezca de todas las comodidades físicas. El hogar es un lugar donde existe amor mutuo, confianza y comprensión sincera. La verdadera madre no necesita un palacio para tener un hogar. El verdadero hogar se hace por dentro y no por fuera. Es aquella atmósfera de amor, fe y esperanza que ella infunde en los corazones jóvenes de sus hijos, que un día serán verdaderos hombres y mujeres. No en vano exclama el autor de los Proverbios: «Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada; y su marido también la alaba» (Proverbios 31:28). Ninguna madre debería abdicar de este cetro que es el amor ni este trono que es el hogar.

Afortunadamente, en nuestros pueblos hispanos, las familias han permanecido siempre bastante unidas, y el influjo de la madre sobre sus hijos ha sido siempre mayor que en otras partes. Pero existe la tendencia y el peligro se hace cada vez mayor, con los cambios de costumbres en nuestra sociedad, de que las madres se ocupen de muchas otras cosas, para dar un lugar secundario a los deberes y tareas del hogar, principalmente el de educar a los hijos.

Los hijos necesitan siempre el amor de la madre. Por otra parte, un hijo vale mucho más que todo lo que podamos obtener para abandonar el hogar al cuidado de otros. La Escritura enseña claramente que el ideal de la mujer no son los negocios, la vida de sociedad, el lujo o aun la política o los viajes; la verdadera madre es aquella que «considera los caminos de su casa» (Proverbios 31:27). Dice la Escritura a la mujer que ante todo se ocupa de su hogar: «Tú las sobrepasas a todas». El mundo necesita ante todo madres, madres que hagan de sus casas tronos, y que las dirijan con el cetro del amor.

La influencia de la madre proviene también de su obediencia a la Palabra de Dios. Es por esto que hablamos de madres piadosas. La madre es un mensajero de Dios para con sus hijos. Los enseña y los educa en el temor de Dios. Hasta aquí hemos hablado de las madres. No crea nadie que hemos olvidado a los padres. El padre es la cabeza del hogar, y los deberes de los padres fueron ya objeto de otra conferencia, pero no hay que olvidar que la estructura de nuestras familias hace que el padre ejerza una influencia más indirecta que la madre. Ante todo, por regla general, es la madre la que pasa más tiempo con los hijos.

La madre, la madre piadosa, tiene el deber y el privilegio de guiar a sus hijos en el temor y en los caminos de Dios. El mismo Hijo de Dios vino al mundo en un hogar piadoso. No hay duda alguna que María instruyó al Niño Jesús en los caminos de piedad y de amor que caracterizan un hogar cristiano. El día llegó cuando aquel niño se sentó en el Templo en medio de los doctores, y que María escuchó aquellas palabras que revelaban su eficacia como madre: «¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?» (Lucas 2:49). Ésta era la mayor recompensa que María podía recibir como pago de los años pasados cuidando de Jesús. Y ésta es la mejor recompensa que cualquier madre piadosa puede recibir después de haber educado a sus hijos en el temor de Dios y en las verdades del Evangelio. La mayor recompensa de una madre es ver que sus hijos siguen por los caminos de Dios.

Quizá alguien se diga: «¿Qué puedo yo hacer para que mis hijos vivan una vida agradable a Dios y sean hombres de provecho y de fe?» La respuesta es muy sencilla. Edúcalos conforme a las enseñanzas de la Palabra de Dios. No es necesario hacer cursos especiales de pedagogía y de psicología infantil. Todo ello es útil, naturalmente, pero la base de la educación del niño es el temor de Dios y la fidelidad a su palabra.

Si no sabes cómo educar a tus hijos, pide a Dios que te ilumine. Quizá primero necesitas tú misma entregar tu vida y corazón a Dios para que Él lo llene de su amor, de la fe y la piedad que necesitas para educar a tus hijos. Madres que leéis estas palabras, quiera Dios que seáis un ejemplo para vuestros hijos. A veces es difícil, particularmente en aquellos hogares donde el padre y la madre no comparten la misma fe. Pero, confiando en el poder infinito de Dios, recibiréis las fuerzas para ser un ejemplo a los hijos. Los hijos que Dios os ha dado son los tesoros más preciosos de vuestro hogar. Amadlos, cuidadlos, educadlos en el temor de Dios y no perdáis nunca la esperanza. Como aquella piadosa madre, Mónica, oraba diariamente por su hijo Agustín, hasta que de un disoluto y vicioso, Dios lo transformó en el gran San Agustín. Dios no dejará que vuestras oraciones sean en balde. Veréis un día, en la tierra o en el cielo, la preciosa influencia que una madre piadosa ejerce sobre sus hijos. Amén.

 

El Plan de la Familia Total

A fin de tener éxito como familia, es necesario comprender y aceptar la base de la autoridad familiar. La unidad de la familia no es sólo una necesidad biológica y social. La Biblia deja claro que Dios mismo instituyó la familia al dar a Adán y Eva, el uno al otro, en matrimonio (Génesis 2:18-25). Cuando Dios presentó a Eva a Adán, fue un caso de «amor instantáneo». Adán la aceptó inmediatamente. Era una esposa ideal, perfectamente adaptada (éste es el significado de «ayuda idónea») (v. 18) a sus necesidades. Él era el marido ideal, perfectamente diseñado para cubrir las necesidades de ella.

En relación con este primer matrimonio, la Escritura afirma: «Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre y se allegará a su esposa; y los dos serán una carne» (v. 24). Esto es, serán un todo, un conjunto. Esta pareja «total» estaba espiritual, emocional y físicamente unida el uno al otro. La suya era una relación de unidad total. En el matrimonio, el marido ha de separarse claramente de su familia («dejará») y establecer una nueva relación familiar totalmente nueva («allegarse o juntarse» a la esposa). Ella, no su madre, es la que debe pasar a ser la mujer número uno en su vida.

Niveles de autoridad.

El mismo Dios que instituyó el matrimonio y la familia nos ha dado también directrices claras respecto a la forma en que ha de funcionar la familia. A pesar de la profunda unidad personal entre Adán y Eva, el varón era claramente el designado por Dios como «cabeza» de esta familia.

El marido era la autoridad inmediata, mientras que Dios era la autoridad última o decisiva. Por tanto, el pecado no entró en la raza humana cuando pecó Eva, sino cuando pecó Adán.

Nótese que Romanos 5:12,14 dice claramente: «Así como el pecado entró en el mundo por un hombre, y con el pecado la muerte, así también la muerte alcanzó a todos los hombres... a la manera de la transgresión de Adán.» El apóstol Pablo se refiere a Adán diciendo que fue creado primero, dando esto como base de la dirección por parte del varón (1 Timoteo 2:12-14).

La línea de mando de Dios.

Dios ha establecido tres instituciones básicas en la tierra y ha prometido honrar a cada una. Se encuentran en una relación vital de dependencia entre sí, y cuando una falla, todas sufren. Estas instituciones son:

El Gobierno humano (Romanos 13:11-5). La Iglesia local (Hebreos 13:7, 17). La Familia total (Efesios 5:22-6:3).

La Biblia deja bien claro que cada una de estas instituciones deriva su autoridad de Dios mismo, cuando Él revela su voluntad por medio de la Palabra. Por tanto, Dios mismo es la autoridad más elevada en esta línea de mando, y todas las autoridades de la tierra derivan su prerrogativa como tales de Él. Dios mismo es el estándar final de nuestras vidas, y sus estándares son revelados en su Palabra. Toda dirección personal, familiar, religiosa y civil tiene que reconocer y someterse a la autoridad de Dios para funcionar debidamente. Como Dios se ha revelado a sí mismo y ha revelado su verdad por medio de las Escrituras en vez de hacerlo de modo directo, tenemos que reconocer que la obediencia a su Palabra nos trae sumisión a su autoridad. Nunca deberíamos tratar de evaluar la voluntad de Dios para la vida por las circunstancias y condiciones (por ejemplo: «Si llueve hoy sabré que la voluntad de Dios es que... »). Uno no determina la voluntad de Dios por medio de sentimientos o señales circunstanciales. Más bien se conoce la voluntad de Dios obedeciendo la Palabra de Dios.

La autoridad civil.

La Biblia enseña claramente la separación de la Iglesia del Estado. Esto significa que la Iglesia ha de tener autoridad sobre los asuntos espirituales de nuestra vida, mientras que el Gobierno ha de regir sobre los asuntos civiles. A lo largo de la historia, los intentos de mezclar la autoridad de la Iglesia con la del Estado han dado, en general, resultados desastrosos.

Romanos 13:1-6 deja bien claro que las autoridades que existen son «ordenadas» por Dios y que han de ser respetadas y obedecidas por el cristiano. El creyente individual ha de reconocer la validez de la autoridad del Gobierno. No tiene derecho a quebrantar la ley, no importa lo justa que le parezca la causa. La importancia de este concepto consiste en sus efectos sobre las actitudes en la familia. Los padres que critican continuamente al Gobierno y procuran engañarlo o usarlo indebidamente, están enseñando a sus hijos a hacer lo mismo. Recordemos: un ejemplo de desprecio a la autoridad engendrará desprecio para tu autoridad en tus hijos.

La autoridad espiritual.

Aun cuando reconocen la autoridad del Gobierno propiamente instituido, algunos han descuidado poner énfasis en la autoridad del pastor y de la iglesia local. Aquí, también, como en cada uno de los niveles de la «línea de mando», el ejemplo de los padres determina la actitud de los hijos. El miembro de la Iglesia cristiana tiene que reconocer la autoridad de la Iglesia sobre su vida (Hebreos 13:7).

Hebreos 13:7 nos amonesta: «Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la Palabra de Dios, considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e ¡mitad su fe.» La idea es que hemos de tener una actitud de respeto a su autoridad. Esto significa que no hemos de criticar al pastor. Sigamos leyendo en el versículo 17: «Obedeced a vuestros pastores y someteos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas ... » El obedecer a la autoridad de Dios sobre nuestras vidas desarrolla una fuerza de carácter necesaria para madurar y llegar a ser siervos fieles del Señor. La mayoría de los padres que se quejan de que sus hijos han perdido interés en la Iglesia admiten que habían criticado abiertamente a su pastor y a la Iglesia delante de sus hijos. Otra vez hay que decir aquí, que se cosechan los resultados de las actitudes negativas que se habían sembrado en los hijos.

La autoridad de los padres.

La eficacia de la autoridad de los padres sobre sus hijos se determina por la actitud de los adultos hacia la autoridad. Los padres que contradicen y critican la autoridad civil y espiritual, en último término están socavando su propia autoridad. Los hijos tienen que aprender a respetar la habilidad de sus padres a seguir a otros, de modo que puedan tener confianza en el liderazgo de sus padres. Como la madre se halla en medio de la familia, ella es la clave de los hijos. Su sumisión a la dirección del marido enseña a los hijos a respetar al padre y edifica un sentido de seguridad dentro de la familia.

En Efesios 5:21-24, el apóstol Pablo, hablando bajo la inspiración del Espíritu Santo, nos dice que un matrimonio con éxito empieza en la sumisión mutua de marido y mujer, y de ambos, a la autoridad de Dios. Sin embargo, éste es el primero de varios pasos para llegar al hogar centrado en Cristo. Las Escrituras siguen: «Que las esposas se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sometida a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo.»

Se puede ser un «Superpadre» o «Supermadre».

En el mismo pasaje de la Palabra de Dios le dice al marido cómo dar a la familia la dirección que necesita (Efesios 5:25-28). No se necesita una estaca para mantener la autoridad de líder en la casa. El padre que tiene que gritar, o chillarle a la esposa, y mucho peor ponerle la mano encima, es un fracaso como líder. La indignación frustrada no es un sustituto para la sabiduría y la bondad. «Maridos, AMAD a vuestras esposas, así como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25). Cuanto más amas a tu familia y cuanto más seguro estás en tu amor, con mejor voluntad seguirán ellos tu dirección. En uno y otro caso, Cristo es el estándar para el hogar; la esposa se somete al marido como lo hace a Cristo; el marido ama a la esposa como Cristo amó a la iglesia.

 

Comunicaciones y Relaciones

 

La Función de la Comunicación

Cuando dos personas principian una relación, hay siempre un vacío entre ellas. El vacío es falta de entendimiento. Si ese vacío no se cubre, puede llegar a causar malas interpretaciones. Es función de la comunicación estrechar el vacío entre las personas para que haya el mínimo de distancia sicológica entre ellas.

Entramos en relaciones íntimas porque tenemos una profunda necesidad de relacionarnos con otros, y de ser uno con ellos. Pero aunque deseamos intimidad emocional, al mismo tiempo le tenemos miedo. Esta ambivalencia de sentirnos en dos modos opuestos al mismo tiempo tiene mucho que ver con las dificultades que muchas personas experimentan en desarrollar relaciones más profundas. Instintivamente sabemos que el explayarnos nos hace vulnerables al dolor. Sin embargo, queremos amar; en verdad, tenemos una necesidad profunda de amar y ser amados. Pero el temor de amar es a veces mayor que la necesidad de amar. Por esto nos encontramos sicológicamente separados el uno del otro. Y aunque podríamos lastimarnos en el proceso de comunicación, hemos de saber que la comunicación nunca ha sido diseñada para herir. Si en la relación no hay confianza, el proceso de la comunicación se hunde, se desarrolla una distancia sicológica, y principia a volverse más difícil el entenderse uno al otro.

Cuando las personas en cierta relación no se están comunicando, están viviendo juntas, pero separadas. Para cambiar la terminología, están viviendo en un estado incomunicado aunque estén juntos. Aunque geográficamente estén juntos, están separados emocionalmente. Es función de la comunicación estrechar el vacío para que las dos personas puedan "verse" y "sentirse" una a la otra más fácilmente.

Obstáculos para la Comunicación.

Es de sorprender y de frustrarse el descubrir cuán fácilmente la comunicación se interrumpe en las relaciones íntimas. Uno pensaría que dos personas que en verdad se quieren pudieran dialogar fácilmente con poco o sin ningún conflicto entre los dos. No obstante, algunas veces la comunicación entre nuestras relaciones más íntimas se interrumpe, los mensajes no se reciben ni se envían, y nos separamos emocionalmente de aquellos que son nuestra vida. La razón es que hay mucho entre nosotros que impide que nuestros mensajes nos lleguen. Hay paredes, y hemos de saber cuáles son y por qué obstruyen el diálogo. Sin tal entendimiento, habrá pausas en la comunicación y nuestras relaciones serán frustradas y vacías.

Examinemos algunos de estos obstáculos que pueden destruir la comunicación:

1. Palabras.

Las palabras se usan para expresar un pensamiento, sentimientos y significados. Sin el uso de las palabras, una comunicación con sentido sería casi imposible. Pero las mismas palabras pueden ser obstáculo. Reuel Howe, en su excelente libro intitulado The Miracle of Dialogue, (El milagro del diálogo), enseña que el lenguaje mismo puede ser una barrera para la comunicación porque las dos personas tal vez no tengan un entendimiento común de las mismas palabras. No es suficiente que quien envía un mensaje diga algo al que lo recibe; el que recibe debe saber lo que quiere decir el que envía el mensaje. Por lo tanto, lo que se quiere decir con lo que se dice es más importante que lo que se dice. En la comunicación debemos querer decir lo que decimos y decir lo que queremos decir. Si estos dos factores no están presentes, el diálogo pronto será torcido y los que participan quedarán frustrados.

2. Impresiones.

Las impresiones que tenemos el uno del otro afectan cómo oímos lo que se nos dice. Estas impresiones tienen un modo de filtrar lo que el otro ha dicho dando por resultado que oigamos lo que nosotros pensábamos que íbamos a oír, en vez de oír el verdadero mensaje. Con frecuencia nos encerramos tanto en nuestras impresiones del otro que decimos: "Sé lo que estás pensando y sé lo que vas a decir". Y con frecuencia tenemos razón, pero por desgracia en algunas ocasiones estamos equivocados. Se vuelve una gran frustración para una persona el poner pensamientos erróneos en la mente de otro y palabras incorrectas en su boca. La persona siente que ha sido robada de su identidad e integridad. Esta violación de su personalidad ineludiblemente trae tensión dentro de las relaciones.

3. Interpretaciones.

Con frecuencia las interpretaciones incorrectas se unen tanto a los motivos como a los mensajes de quien los envía, haciendo que el significado recibido sea tan mutilado que tenga muy poco de común con el significado que se intentaba. Para entenderse el uno al otro, el que envía tiene que interpretarse al que recibe, no a la inversa. Sólo el que envía sabe lo que tiene en su mente (y corazón), y cualquier interpretación externa de ésta puede desarrollar distorsión. Los padres con frecuencia son culpables de dar sus propias interpretaciones a las expresiones de sus hijos. Cuando uno le dice al otro: "Lo que tú de veras quieres decir con esto . . ." viola su personalidad. A nadie -niño o adulto -le gusta que le interpreten sus motivos o su significado. Es un ataque a su personalidad.

4. Expectaciones.

Todos tenemos ciertas y bien definidas expectaciones del otro. Estas expectaciones, que pueden ser positivas y negativas, afectan el modo en que oímos, o el no oír lo que se nos dice. Aquí entran las expectaciones del papel que “esperamos” del hombre y la mujer. Tenemos ciertos patrones en la mente que nos dicen: "Todos los hombres o todas las mujeres deben . . ." (Complete la frase con 25 palabras o menos). Esta expectación acerca del otro lo encierra en lo que nosotros pensamos que él va a decir o lo que debe decir.

5. Defensas.

Todos tenemos defensas sicológicas (en su mayoría inconscientes) que usamos para protegemos de la posibilidad de ser lastimados. La pregunta no es si estamos a la defensiva sino qué tan a la defensiva estamos. Personas con un ego débil, los que fácilmente son amenazados y que generalmente tienen poca capacidad para tolerar presiones o frustraciones, generalmente desarrollan una conducta defensiva intensa. Personas fuertes y con una imagen propia saludable tienen menos necesidad de ser defensivas. El estar a la defensiva no es constante. Esto es, personas normalmente no dadas a estar a la defensiva, tal vez periódicamente se vuelvan así debido a circunstancias muy poderosas. Generalmente hablando, sin embargo, las personas tienden a demostrar casi la misma cantidad de defensa día con día porque es una expresión de su madurez emocional.

El estar a la defensiva tiene la tendencia de impedirnos oír mensajes que son una amenaza para nosotros. Así que nos preocupamos tanto en protegernos que no logramos ser objetivos acerca de la comunicación que nos compromete a nosotros personalmente.

6. Temores.

El escritor Rollo May y otros se refieren a nuestros días como la "edad de la ansiedad". A la ansiedad se le ha llamado "terror al futuro". El hombre tiene muchos temores, pero nuestro más grande miedo se centraliza en nuestro sentido de identidad y de ser. Aunque tenemos necesidad de ser algo aparte de los otros (teniendo nuestra propia original¡dad y nuestro propio valor) tenemos miedo de ser separados de los otros. En cierto sentido es una paradoja: el querer estar separado de alguien mientras deseamos ser parte de alguien. Nadie desea ser un rostro borrado entre una multitud; pero, el ser completamente conocido es una amenaza de diferente clase. Así que vivimos en continuo miedo de que no seamos bien conocidos o de que se nos conozca demasiado bien. Esta condición de temor nos evita entrar completamente en un diálogo significativo.

7. Dolores.

Cuando hemos sido lastimados por otro, tenemos la tendencia de volvernos extremadamente cuidadosos en explayarnos con otros, particularmente con el que nos lastimó. Algunas personas encuentran casi imposible el explayarse con otros porque han sido lastimados tan profundamente en el pasado, y se oponen a correr el mismo riesgo otra vez. Para mantenerse sin ser lastimado, uno se encierra dentro de sí mismo. Esto asegura el no ser lastimado. No se da cuenta, sin embargo, que este cuidado le es costoso, porque así se asegura que tendrá el sufrimiento final, que es el aislamiento.

5. Preocupaciones.

Con frecuencia dejamos de oír lo que se nos dice, simplemente porque nuestras mentes están preocupadas con otros asuntos y el mensaje no se recibe. Todos tenemos la experiencia de que alguien nos habló pero no lo oímos, porque nuestras mentes estaban inundadas con otros asuntos que nos tenían totalmente absortos en ese momento. Cuando hemos sido sacudidos por otro, ya sea verbalmente o de otro modo, vagamente recordamos que lo "oímos" pero fue un mensaje que no tenía sentido porque las "conexiones estaban ocupadas". Los niños y esposos parecen ser los más susceptibles a esta enfermedad, cosa que es motivo de aflicción para las madres y las esposas.

Nos ayudaría bastante si en verdad oyéramos lo que se ha dicho. ¡Y también sería de ayuda si lo que se nos dice vale la pena oírlo. 

9. Valores.

Algunas veces la comunicación se interrumpe porque el que la envía pone más valor en el mensaje que en quien lo recibe. Lo que pueda ser de gran interés (valor) al que envía tal vez no tenga la misma importancia al que recibe el mensaje. Esto quiere decir que el que comunica sentirá que está siendo rechazado porque su mensaje no se valoriza como él considera. Para que dos personas encuentren diálogo se necesita que las dos se conozcan bien, para que así ellas respondan una a la otra sobre base de intereses mutuos y no solitarios.

10. Factores del momento.

En cualquier tiempo del proceso del diálogo, los factores del momento pueden impedir que haya comunicación. Esto tal vez sea algún ruido o alguna otra distracción temporal. Los educadores en las zonas urbanas están muy preocupados con el mucho ruido que afecta adversamente a los estudiantes en su capacidad de oír a sus instructores. Automóviles, camiones de carga, aviones, equipo pesado, todo se roba una gran cantidad del silencio que podría usarse en formas más productivas. En el hogar, el radio, la televisión, la aspiradora, y otros muchos factores pueden ser un obstáculo para el diálogo comprensible entre dos personas.

Recientemente, se celebró una conferencia para educadores en un campo rústico. Y un ratoncito al que nadie invitó, llegó a la reunión y periódicamente causó excitación entre todos los que estaban allí. Cada vez que entraba, el ratón quitaba la atención de los educadores del tema en discusión y por algún tiempo, la comunicación se perdió. ¡El conferencista, un brillante doctor, tomó el segundo lugar en relación al ratón!

Los factores del momento que afectan la comunicación pueden ser múltiples. Para oír tenemos que escuchar; para escuchar, tenemos que dar nuestra atención al que la quiere. Las distracciones del momento pueden desviar la atención de modo que lo que se envía no se reciba.

11. Factores emocionales y físicos.

En cualquier tiempo los factores emocionales y físicos pueden afectar al que envía y al que recibe. Por ejemplo, si una persona está desanimada, su plática con otra persona resultará afectada adversamente. 0 si el que recibe está desanimado, no podrá recibir claramente el mismo mensaje que le es enviado. Y si los dos están tensos emocionalmente, la posibilidad de recibir mensajes con sentido se vuelve muy remota. Los factores físicos como enfermedades, o cansancio, pueden también evitar la comunicación clara del uno al otro. Por regla general, no es bueno intentar "una comunicación intensa" cuando cualquiera de las dos personas está bajo una gran presión emocional o física.

Habiendo examinado todos estos obstáculos, uno se pregunta si es posible que se obtenga comunicación alguna. Esperamos que el lector tome esta pregunta seriamente; porque si lo hace, no se sorprenderá cuando note que la comunicación se rompe tan fácilmente. También le ayudaría examinar por qué no hay comunicación cuando se encuentra en un callejón sin salida al hablar con otro.

Problemas de Comunicación.

Hay varios tipos de problemas de comunicación que las personas tienen que resolver para que sus relaciones se enriquezcan y sean sólidas. Los problemas siguientes, aunque no ofrecen una lista completa, explican mucho de la tensión y crisis que se desarrollan en las relaciones.

1. Comunicación defectuosa.

La comunicación defectuosa puede resultar de una conversación inexacta o de haber escuchado inexactamente. A veces es ambas cosas. Con frecuencia las personas no expresan lo que quieren decir. Esto es, la mente piensa una cosa, pero la boca dice otra. Del mismo modo, uno puede "oír" lo que espera oír, de manera que este es el mensaje que se inscribe en la mente del oyente, sin importar lo que en realidad se dijo.

Suposiciones de lo que se dijo, lo que se oyó o lo que se quiso decir, son parte de la gran cantidad de conflictos que resultan en las relaciones. Una pareja en dificultad vino al consejero con muchos problemas que resultaron de una comunicación defectuosa que se había desarrollado entre los dos. Uno de los problemas era de finanzas, que había resultado de que aproximadamente la mitad de sus sueldos se usaba para pagar las mensualidades de la casa. Durante todo el proceso de aconsejamiento el consejero descubrió que ninguno de los dos quería la casa en que vivían. ¿Por qué consiguieron una hipoteca que les estaba atormentando financieramente cuando ninguno de los dos quería la casa? La respuesta es fácil: El pensaba que ella la quería, y ella pensaba que él la quería. Estas sugestiones basadas en comunicaciones defectuosas, habían sido la causa para firmar la hipoteca que los estaba estrangulando financiera y emocionalmente.

2. Comunicación engañosa.

La palabra engañosa se usa aquí ampliamente: primero, en una forma no moral; y después con una dimensión ética-moral. La comunicación engañosa consiste en no demostrar el uno al otro cómo uno piensa o siente en realidad. Esto quizás aparezca por un momento tener un contenido ético, pero no es siempre así.

A veces las personas usan comunicación engañosa porque tienen miedo de lastimar al otro. Por ejemplo, una esposa puede comprar un vestido que le gusta mucho, pero no le gusta a su esposo. Cuando ella le pregunta si le gusta, él quizá responde de este modo: "Ahora sí, que este es todo un vestido, ¿verdad? El ha dado una respuesta, pero no ha revelado sus verdaderos sentimientos porque no quiere lastimarla. Su motivo es puro, pero de todos modos, no demostró lo que realmente sentía. Esto es una comunicación engañosa, usada por temor de lastimar a su esposa.

En algunas ocasiones la comunicación engañosa se emplea porque tenemos miedo de crear problemas. Esto es, los esposos saben que si sus verdaderos sentimientos se expresan, pueden dar principio a una situación insoluble en sus relaciones. El no querer "arruinar la cosa", les hace dar una respuesta parcial al otro. Además, esto quizá sea bien intencionado, aunque el método deje mucho qué desear. Es mejor atreverse a dialogar acerca de las diferencias que tomar parte en jueguitos. El enfrentarlo quizás origine algunos conflictos pequeños momentáneamente, pero esto es mejor que formar una relación sobre sentimientos que no son auténticos.

La comunicación engañosa tiene un contenido ético-moral, cuando deliberadamente no se dice lo que uno siente. Algunas veces se hace porque se quiere cubrir una

relación ¡lícita. Por ejemplo, un hombre bien puede tener relaciones extra-maritales, pero, para engañar a su esposa, le dice qué tanto la ama. El tal vez diga todo lo que es "correcto" decirle, pero lo dice por una razón equivocada. Así que su engaño es de lo peor.

3. No-comunicación (silencio).

Es de preguntarse cómo hay que llamar al silencio cuando es problema de comunicación. En la superficie parece ser nombre equivocado, pero en realidad representa una de las peores clases de problemas de comunicación. Hay muchas cosas que el silencio "dice". Veámoslas.

a. "No sé cómo hablar contigo". A algunos se les hace muy fácil expresar a otros sus sentimientos más profundos. Con frecuencia esto se debe al modo que fueron creados en su infancia en el hogar. Probablemente fue criado en un ambiente muy "cerrado" y por eso nunca vio ni sintió un ambiente de franqueza. Por regla general, los hombres tienen más dificultad en revelarse que las mujeres. Esto probablemente se deba en gran parte al acondicionamiento cultural; pero otros, incluyendo a este escritor, sienten que los hombres, por naturaleza, tienen la tendencia de ser más herméticos que las mujeres. Aunque las personas francas vienen de los hogares donde hay franqueza (y viceversa), no es raro encontrar a un miembro de una familia que es muy franca, que sea muy reservado. Y también no es raro encontrar una persona franca que creció en un hogar "cerrado".

El silencio también puede decir:

b. "Tengo miedo de hablarte". Esta posición se toma con frecuencia por quien es básicamente una persona pacífica que prefiere el silencio al conflicto. Lo puede tomar

una persona básicamente débil. Jessica Payne dice que el silencio no es siempre de oro; ¡con frecuencia es cobarde! Esta posición también la puede tomar alguien que aunque no sea débil, está en relación con una persona quien es opresivamente dominante. La mejor descripción de "debilidad" en este caso es "flaqueza" comparada con una persona fuerte.

Tanto el "no sé cómo hablarte" como "tengo miedo de hablarte" son formas de silencio pasivo. Esto es, el silencio no es tomado con un móvil ulterior. Son simplemente métodos inadecuados de comunicación debido al modo de ser de la persona con quien se trata o a la naturaleza de la relación misma.

En contraste al silencio pasivo hay un silencio agresivo. Esta clase de silencio "dice":

c. "No te hablaré". Esta posición se toma cuando las relaciones han llegado a una crisis. El silencio se usa entonces como para hacer daño al otro. En su forma más débil, esta clase de silencio bien puede decir que aunque la relación en total es estable, hay aspectos que uno (o los dos) no quiere discutir por el dolor emocional que trae consigo el resolver sus problemas.

Se necesita mucho valor para romper las capas del silencio que han causado la separación y el aislamiento. Cuando esto principia a pasar, sin embargo, la relación principiará a reanudarse y a madurar.

4. Comunicación negativa.

Cuando una relación ha deteriorado en gran manera, hay la tendencia entre las dos personas, de "trabar combate" en una gran comunicación negativa. Y esto se hace con un intento deliberado de lastimar al otro. A veces las palabras se usan como cinceles para acabar con la personalidad del otro. El ser lastimado causa un deseo de venganza. De este modo, la comunicación negativa se vuelve un síndrome contraproducente. El uso de las palabras para lastimar al otro es más poderoso de lo que nosotros nos imaginamos. En lugar de ser lastimado con palabras, uno puede ser, de hecho, destruido.

Este estilo de comunicación es extremadamente difícil de cambiar, y en muchos casos trae la relación a un grado de crisis del que quizás nunca se recupere. Con frecuencia, esta relación necesita el talento de un buen consejero si ha de llegar a resolverse.

5. Comunicación superficial.

La comunicación superficial trata de los detalles de naturaleza impersonal. Esta es la clase de comunicación que caracteriza a millones de relaciones en los hogares. Tal comunicación involucra enviar y recibir mensajes de una naturaleza racional e impersonal. En esta clase de relación puede haber mucha conversación, pero muy poco en verdad revelado. Este tipo de comunicación carece completamente de sentimientos. Esto quiere decir que dos personas pueden vivir bajo el mismo techo, compartir el mismo nombre, comer en la misma mesa y aún dormir en la misma cama sin que nunca se conozcan el uno al otro. Una mujer que tenía tal relación lo expresó de este modo: "De las personas que conozco, a todas las conozco mejor que a mi esposo".

Es posible que las personas conozcan los hábitos de cada una, sus manerismos, patrones de conversación y aún las reacciones de cada una, sin que en verdad se conozcan la una a la otra. Esto sucede porque las personas nunca en verdad han revelado lo que son, lo que piensan, lo que sienten y lo que quieren decir.

Un consejero le dijo a una pareja cuando salían de su oficina: "Quizá todavía se lleguen a conocer". Cuando regresaron la semana siguiente, la mujer dijo: "Pensé mucho acerca de lo que usted dijo la semana pasada cuando salíamos de la consulta. Ahora comprendo que usted tenía razón. Hemos estado casados por diez años y durante todo ese tiempo no nos hemos podido conocer". ¿Por qué? Su comunicación había sido solamente superficial, tratando con lo razonable, lo externo y lo impersonal.

La Naturaleza de la Comunicación.

Comunicación es enviar y recibir mensajes, sensaciones, intensiones. Se le ha llamado con varios nombres, como franqueza, transparencia, honestidad, revelación propia o auto-revelación. El último, el de exhibirse a uno mismo, es la descripción más precisa de la comunicación, pero desafortunadamente lleva una connotación física-sexual que lo hace desagradable a algunos. Como quiera que sea, esto es precisamente lo que es la comunicación el exponerse el uno al otro para que cada uno sea conocido por el otro completamente. Contrario a la comunicación superficial, el exhibirse a uno mismo, (o revelación de sí mismo) es una comunicación sólida y profunda que llega por debajo del nivel de lo externo, racional e impersonal al nivel del aspecto interno, emocional y personal de nuestro mismo ser.

No llegamos a conocer a la persona sólo experimentándola en forma física o racional. El se da a conocer cuando deliberadamente se revela hacia nosotros. Esto tal vez incluya su conducta y lo que piensa; debe incluir lo que siente y lo que significa. Esta es precisamente la razón por la que se ha dicho que uno puede vivir con otro en una proximidad geográfica y sin embargo no experimentar intimidad emocional. La reunión de dos mentes es necesaria para un diálogo racional, pero tiene que haber un encuentro de sentimientos si es que la relación va a ser completamente premiada y satisfactoria.

El exhibirse uno mismo (la revelación del yo) no es cosa fácil de alcanzar. Con frecuencia es peligroso y doloroso. Hasta produce conflicto en algunas ocasiones. Pero es precisamente, el enfrentamos al conflicto y resolverlo lo que estimula al crecimiento en la relación. Paradójicamente, la misma comunicación que puede producir conflicto se vuelve el medio por el cual se soluciona el conflicto.

Comunicación no es lo mismo que conversación. Aunque la comunicación casi invariablemente incluye conversación, en ningún modo se puede decir que son lo mismo. Ni tampoco hay una relación positiva entre la cantidad de conversación que se da y el nivel de comunicación que se alcanza. Lo ideal, lo que se espera es que la función de la conversación sea la de revelar lo interno que hay en el corazón de la persona. La conversación que no descubre (no revela) a la persona que la hace, no es en verdad comunicación. Ciertamente, algunas personas abrumadas por la ansiedad usan esto como una cortina de humo para esconderse y que nadie los conozca. Otros usan el silencio para el mismo propósito.

Uno de los males del sexo ¡lícito es que obra bajo el antifaz de intimidad, cuando en efecto, puede estar enteramente lejos de ella a pesar de que se dice que intimidad física es también intimidad emotiva. Por eso es que esos encuentros sexuales son vacíos, usan los medios físicos más dramáticos para simbolizar una relación que no existe. El sexo, en su mejor acepción, es una expresión física de una intimidad emocional. Cuando no existe esta emoción íntima, la expresión física no sólo está vacía, sino que no es auténtica. Una esposa dijo: "Nuestros problemas me hacen sentir como una prostituta -haciéndolo sin amor".

La desnudez sicológica puede ser más amenazadora para algunas personas que el desnudarse físicamente. El revelarse uno mismo como en realidad es, es lo último de la desnudez. Pero este es precisamente el proceso, que aunque sea doloroso momentáneamente, determina la cualidad de la relación al final de cuentas.

LA FORMACIÓN DE VALORES MORALES

Los niños hoy en día están siendo bombardeados por mensajes - en la televisión, la radio y las revistas,  y no todos ellos influyen positivamente. Para aprender a separar la paja del trigo en cuanto a la moralidad, ellos necesitan ayuda. La Biblia enseña claramente que la responsabilidad de dar esta ayuda es de los padres (Dt. 6:1-9, 20-24). Algunos padres aceptan con toda seriedad esta responsabilidad. Intentan levantar muros alrededor de sus hijos para aislarlos de los valores seculares del mundo que los rodea. Este aislamiento puede funcionar durante los primeros años, pero, tarde o temprano, el muro tendrá grietas por las cuales entrarán valores ajenos. Un niño que se ha criado en una especie de burbuja no tendrá las defensas morales necesarias para luchar eficazmente.

Otros padres niegan aceptar la responsabilidad de guiar a sus hijos moralmente y delegan esta labor completamente a otros. La iglesia, la escuela, los compañeros, y la televisión se prestan para llenar el hueco dejado.

Existe todavía otro tipo de padres. Aquellos que reconocen su responsabilidad paterna de enseñar la moralidad en el hogar, pero reconocen, también, sus limitaciones y buscan la ayuda de otras personas que comparten los mismos valores. Esta combinación de reforzar la enseñanza hogareña con la instrucción recibida de la comunidad (sea iglesia, escuela, familiares o amigos) se aproxima más al plan que Dios presenta en Dt. 6. Los padres han de enseñar la ley de Dios a sus hijos en el seno familiar y en la comunidad. La meta es guiarles a desarrollar su propia escala de valores que les pueda servir para toda la vida.

SISTEMA PERSONAL DE VALORES

Cada persona tiene ciertos valores, como son las actitudes, costumbres, acciones e influencias que se han ido desarrollando y asimilando desde los primeros días de la vida. Estos valores no son adornos o accesorios lujosos de la vida, sino que son esenciales si vamos a vivir como seres humanos de forma responsable y fructífera. No son conceptos irracionales, misteriosos, ni raros, compartidos por algunos pocos; son comunes y para todos. La capacidad de tomar decisiones morales es una de las características que separa a la raza humana de las otras criaturas de Dios.

Se puede decir que los valores morales forman el eje de la sociedad, que permite que los individuos giren alrededor con cierto orden. Si viviéramos en un mundo donde nadie dijera la verdad, ¿cómo podría funcionar la sociedad? No habría confianza entre las personas. Todos vivirían bajo la sombra larga de la desconfianza con la consiguiente falta de seguridad. No, no sería un mundo que ofreciera una vida atractiva. Para vivir bien y sin miedo, la confianza en sí mismo y en los demás es esencial. Exige una moralidad. Sin embargo, es notorio que los valores que algunas personas manifiestan son mucho más positivos y más altos que los de otras. Hay una diferencia entre valores morales y valores no morales. Los valores morales existen porque emanan de la naturaleza de la vida. Dios es así - es moral - y la vida que El ha creado se beneficia de sus atributos y carácter. "Seréis santos, porque yo soy santo" (Lv. 11:44).

Para muchas personas de diferentes culturas y religiones, la tradición reemplaza a Dios como la fuente y autoridad de sus valores morales y espirituales. La moral se debilita y se desintegra si se basa sólo en las tradiciones. Se reduce a un legalismo, o a una tolerancia anárquica.

Otros simplemente hacen lo que los demás hacen. Sus valores se rigen por las prácticas vigentes en la sociedad y el momento dado. Es una moralidad basada en las circunstancias, en lo conveniente. No requiere mucho valor personal seguir a los demás. Los padres suelen escuchar de sus adolescentes esta excusa: "Todo el mundo lo hace."

Algunos basan sus decisiones morales en lo que les va bien a ellos. Es una moralidad egoísta, incluso se puede decir infantil. Durante los primeros años de vida, un bebé vive en un mundo completamente ego-céntrico. Es incapaz de pensar en términos abstractos o en relaciones ajenas a sí mismo.

La triste realidad es que el mundo está lleno de adultos que no han pasado de la etapa de la niñez o de la adolescencia en cuanto a su moralidad. Cuando se consigue que la vida no sea regida por los impulsos naturales o las circunstancias, ni por nuestros propios gustos, sino por el poder de conocer y hacer lo bueno, se ha conseguido una de las mayores metas de la educación... una moralidad madura.

DIOS Y LOS VALORES MORALES

El hombre tiene la necesidad de afinar sus propios valores y la capacidad de expresar su significado, pero aún más importante que aprender a manipular un idioma moral es identificarse con Dios que es la fuente de los valores, y también aceptar su responsabilidad para con otras personas.

Uno de los valores que Dios nos enseña es la creación de una comunidad en la cual una vida ética y espiritual puede nutrirse y desarrollarse. En nuestro contexto, estamos pensando en la familia, pero, claro, esto se aplica también a otros niveles de relaciones, como, por ejemplo, la iglesia. La libertad individual sin el contexto de esta clase de comunidad tiende a autodestruirse y a terminar en tiranía. Como dijo Carlos Kingsley: "Hay dos libertades: la falsa, que permite a uno hacer lo que quiera; y la verdadera, que permite a uno hacer lo que debe." Para el creyente que ha entregado su vida a Cristo Jesús, la verdadera libertad es la única permitida. Hemos de ser personas de conducta recta y de valores honrados porque Dios es recto y moral (Lv. 11:44). No obstante, hemos de recordar que una persona puede tener valores altos y ser muy moral y, sin embargo, no sentir devoción hacia Cristo. Ser fiel a los valores morales cristianos no hace que una persona sea creyente en el Señor. Esta es una de las enseñanzas principales del relato de la experiencia del joven rico (Lc. 18: 18-23). No hay duda de que fue un buen hombre; había guardado los mandamientos escrupulosamente. Pero, su bondad no le hizo un seguidor de Cristo. La verdad es que la bondad y la moralidad, aún la más estricta, no hace de nadie un cristiano. La Biblia dice claramente que la salvación no es el resultado de las obras, por buenas que éstas sean (Ef. 2:8-9). La salvación por fe y no obras no implica, ni mucho menos, que Dios no espera buenas obras de sus seguidores. Al contrario, los cristianos están llamados a una moralidad más alta. Los valores morales de los cristianos han de: - estar basados en la Biblia; - reflejar la compasión y la benignidad; - ser prácticos y relevantes y - ser auténticos, no fingidos. Además, han de ser practicables. Es un deber cristiano relacionar de forma responsable los valores morales con la realidad de la vida cotidiana. "Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen hombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad" (Fil. 4:8).

La responsabilidad moral de un cristiano no termina ahí. Está llamado a ser el factor de cambio que necesita la sociedad, a trabajar para que se mejore (1 P. 2:9). Jesús enseñó que sus discípulos son la luz de este mundo, y la función de la luz es iluminar los rincones oscuros (Mt. 5:14-16). No hay mejor sitio para difundir la luz moral que dentro del propio hogar. Los padres tienen la responsabilidad de ayudar a sus hijos a desarrollar una relación positiva con Dios, enfatizando su amor divino. Han de presentarles al Dios justo, que es verdad, honra, y rectitud, pero quien, a la vez, entiende y perdona los fallos humanos. Si compartimos con ellos la buena noticia del perdón que Dios ofrece en Cristo Jesús, les ayudaremos a entender que pueden gozar de vidas responsables moralmente.

Dios llama a los padres creyentes a comunicar a sus hijos su propio compromiso de vivir según los valores cristianos del amor, justicia, e integridad en un mundo que suele ignorar o menospreciar estas cualidades. No deben tener miedo de revelar su propia humanidad a los hijos, sino mostrarse uno con ellos en el esfuerzo de aplicar los valores morales de la Biblia a sus propias vidas.

Los valores (virtudes) absolutos de Dios son dados a la humanidad para ser utilizados en las situaciones y circunstancias apropiadas. Dios ve tu necesidad y confecciona para ti vestiduras de amor con las que arroparte. Su amor es constante y no cambia en su esencia, pero siempre se identifica contigo para cubrir tus dolencias. En este sentido, es absoluto, relevante, y situacional. La escala o el sistema de valores de un cristiano ha de ser así, basado en Dios, en su naturaleza y carácter de amor, inmutable, y, a la vez, con una entrega sincera hacia los demás, dispuesto a ser un siervo según la necesidad del prójimo.

EL RESPETO Y LOS VALORES MORALES

Cada persona tiene un gran valor; es creación de Dios, hecha a su imagen (Gn. 1:27;2:7). Recuerda siempre: las personas han de tomar prioridad sobre las cosas, como Jesús mostró tantas veces en su ministerio. Si los padres van a comunicar valores morales en el hogar, han de tratar a sus hijos y a su cónyuge con respeto genuino.

1. Respeto por sus derechos. En esta ocasión, no estamos hablando de las personas encarceladas por razones políticas, ni de los refugiados ni la discriminación racial/social; estamos hablando del derecho de la esposa - de los hijos - del marido. Estamos hablando de libertad y responsabilidad, de solidaridad y de independencia personal e interpersonal. Reconocer los derechos de nuestros familiares es la base de la justicia familiar.

Hay muchas necesidades más allá de los derechos básicos.

¿Qué derechos tienen los niños, y cuándo los adquieren? Entre los diez derechos de los niños, aprobados por la Asamblea General de las Naciones Unidas, se encuentra en el número VI: "El niño, para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad, necesita amor y comprensión.... en un ambiente de afecto y seguridad moral y material." La Asamblea reconoció que el ambiente preferible para recibir este amparo es el hogar familiar.

2. Respeto por sus necesidades. ¿Hemos de respetar y ayudar sólo a las personas con necesidades obvias? Cada persona es especial, con sus necesidades particulares, sea anciano, niño, bebé, enfermo, o atleta. Respetar a un miembro de la familia significa escucharle cuando habla, aun cuando sea sobre cosas que, a nuestra manera de pensar, carecen de importancia. Cada persona tiene necesidad de ser escuchada. Respeto también significa aceptar a cada uno con todas las debilidades que pueda tener. Es una característica del amor (1 Co. 13:7). Esto no significa, por supuesto, apoyarles en sus acciones indeseables. Al contrario, el amor requiere la disciplina y la formación de valores morales, pero la aceptación de las debilidades nos dará más paciencia para corregir los problemas.

3. Respeto por sus vidas. Dios nos enseña a respetar la vida en todas sus formas: física, emocional, espiritual. Una vez que los padres han dado vida física a un hijo, sólo han empezado un proceso hacia una vida sana y madura. Respeto por la vida de los hijos implica darles la libertad de desarrollar sus propios talentos y habilidades, sus propias convicciones y lealtades. Cada uno tiene un llamado, una vocación. Su vocación no será necesariamente la que los padres hubieran escogido, y la aceptación de lo que ellos escojan es una cuestión de respeto. En todo, hay que enseñar la integridad y la honestidad, que son más importantes que el éxito mismo. Una parte importante de este respeto a su propia personalidad es la necesidad de ayudarles a desarrollar su propio sistema de valores. Hay dos extremos de parte de los padres que niegan esta posibilidad: (1) dictadura sobre toda la conducta de sus hijos y (2) abdicación de toda responsabilidad (Los que dicen "El niño puede decidir por sí mismo cuando sea mayor.") Estos dos extremos tienen el mismo resultado: el niño no recibe ayuda para desarrollar su propio sistema de valores. Esto requiere diálogo y cooperación entre hijo y padres. Los padres deben alentar a los hijos a expresar sus opiniones, y no deben siempre rechazar sus ideas. Amar a Dios, al prójimo, y a uno mismo (Mt. 22:37-40) es comunicar valores morales de la más alta calidad. En el círculo familiar, los hijos y cónyuges son los "prójimos". Hay que respetarles a ellos para ganar su respeto.

ENSEÑAR CON EL EJEMPLO

La moralidad no es una asignatura como las matemáticas que se aprende estudiando las reglas. Tampoco es una cuestión de saber lo que es correcto. La moralidad de una persona no es lo que dice, sino lo que hace. Son sus creencias puestas en acción. No puede haber este tipo de enseñanza sin buenos ejemplos. Dios lo reconoció, y nos mandó a su Hijo para enseñarnos a través de su ejemplo (1 P. 2:21). Los hijos perciben los verdaderos valores morales de los padres observando sus relaciones éticas entre sí y con las personas en la iglesia, la comunidad, el trabajo. Estas impresiones son absorbidas por el niño, y sirven para moldear su carácter. Hacen más efecto que los sermones escuchados en la iglesia y los discursos del hogar. Con su ejemplo, los padres pueden enseñar el respeto hacia otros, hacia la autoridad (que resultará en la obediencia a los padres), y la honestidad. Si quieren escuchar la verdad de los labios de sus hijos, los padres deben decir la verdad siempre, no solamente cuando sea conveniente.

El conocido autor y consejero cristiano, James Dobson, da una lista de cinco valores bíblicos que han de servir como objetivos para nuestra vida como creyentes. Los niños aprenderán estos conceptos si los padres los viven.

1. "Amarás al Señor tu Dios de todo corazón." (Mr. 12:30) ¿Está aprendiendo tu hijo a amar a Dios por medio del amor, ternura, y misericordia que sus padres muestran? La imagen que los niños pequeños tienen de Dios está directamente relacionada con la imagen que tienen de sus propios padres.

2. "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." (Mr. 12:31) ¿Esta el niño aprendiendo a no ser egoísta y exigente, a compartir sus posesiones, y a no criticar? ¿Está aprendiendo a aceptarse a sí mismo? Si él vive bajo las críticas de sus padres, no podrá entender este concepto.

3. "Enséñame a hacer tu voluntad; porque tú eres mi Dios." (Sal. 143:10) ¿Está aprendiendo el niño a obedecer a los padres para luego saber cómo obedecer a Dios?

4. "Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque este es el todo del hombre." (Ec. 12:13) Los niños se darán cuenta de la importancia de Dios y su mandamientos en la vida del hogar, y en las relaciones de sus padres con el mundo exterior. Los niños necesitan ver una concordancia entre lo que los padres profesan y lo que viven diariamente.

5. "Pero el fruto del Espíritu es... dominio propio." (Gá. 5:22,23) ¿Estamos enseñando al niño a controlar sus impulsos? ¿El ve este control por parte de los padres? Si los padres son responsables en los diferentes aspectos de sus vidas, pueden enseñar a ser responsables a sus hijos. Pablo escribió sobre la importancia del ejemplo en la enseñanza: "Pues si tú enseñas a otros, ¿por qué no te enseñas a ti mismo? Si tú mismo predicas que no se debe robar, ¿por qué robas? Si tú mismo dices que no se debe cometer adulterio, ¿por qué lo cometes? Si tú mismo odias a los ídolos, ¿por qué robas las riquezas de sus templos? Te sientes orgulloso de la ley, pero deshonras a Dios al desobedecer a esa misma ley" (Ro. 2:21-23).

CONCLUSIÓN

La meta de los padres cristianos es ser guiados por el Espíritu Santo para educar y criar personas que puedan tomar decisiones morales correctas, imitar lo bueno, y actuar con amor hacia otros. Jesús dijo: "Yo soy el camino, la verdad, y la vida." (Jn. 10:10) El es el camino que queremos seguir, la verdad que queremos imitar, y la vida que queremos tener. Dios quiere lo mejor para la familia. El camino hacia una moralidad alta es más sano y da más felicidad porque Dios, que planeó la familia, es santo. Este estilo de vida podemos tenerlo por medio de Cristo Jesús. Un padre no puede guiar a su hijo por caminos que él ignora. El padre tiene que pasar antes por ellos. Si aún no has empezado el camino de la fe, ¿a qué esperas? Dios quiere que seas una nueva criatura, gozando de una vida abundante en El (Ef. 4:22-24).

 

EL LUGAR DE CRISTO EN EL HOGAR

Un hogar religioso no es necesariamente un hogar cristiano, aun en familias donde los padres se consideran como tales. El problema radica en el concepto que tenemos de lo que significa ser cristiano. Para muchos, ser cristiano es no ser pagano; es ser una persona civilizada, respetable; es ser español. Desde luego, la identificación del cristianismo con España es tal que al decir "háblame en cristiano", se entiende que uno está haciendo referencia al idioma castellano. Pero, ser cristiano tampoco es un asunto de cultura.

La palabra "cristiano" apareció por primera vez en la historia en la antigua ciudad de Antioquía (Hch. 11:26), y hacía referencia claramente a las personas que habían aceptado a Jesucristo como el prometido Mesías de Dios. Además de creer, los cristianos de Antioquia pusieron en práctica el amor que caracterizaba la vida y la enseñanza de Jesús. Se ocuparon de otros creyentes fuera de su círculo, y mandaron una ofrenda para ayudar a los que estaban pasando hambre en Jerusalén. Expresaron su fe religiosa en su adoración a Dios, su estudio de la Palabra, y su compasión hacia otros. Esto es ser cristiano, una persona que ha aceptado a Cristo como el Hijo Unigénito de Dios y ha decidido vivir en comunión con él, según sus preceptos, cueste lo que cueste (Gá. 2:20; 1 P. 4:16). Entonces, podemos concluir diciendo que un hogar cristiano es aquel que da la preeminencia a Cristo, un hogar en el que cada miembro de la familia ha entregado su vida a Cristo, y le ha aceptado como su Salvador y Señor e intentan poner en práctica sus enseñanzas. Es un hogar donde los padres cristianos toman en serio su responsabilidad de criar a sus hijos en la misma fe. En el hogar, se comparte la fe cristiana básicamente de tres maneras: (1) la instrucción formal; (2) la instrucción informal y (3) la dedicación personal.

LA INSTRUCCIÓN FORMAL

En el hogar

La religión judía ha sobrevivido a siglos de persecución porque los padres han tomado en serio el mandato de Dios de enseñar a sus hijos la palabra divina (Dt. 5:4-7). Se podría mantener la instrucción religiosa en casa aunque no existiesen ni sinagogas ni templos cristianos. La verdad es que el hogar ofrece muchas oportunidades de rendir culto a Dios y enseñar la Biblia:

1. Dar gracias a Dios antes de las comidas. Los niños pueden aprender desde muy pequeñitos a poner las manos en actitud de oración y a respetar este tiempo. La oración antes de comer fue una costumbre de Jesús (Mr. 8:6; Mt. 14:19; Lc. 22:19; 24:30). A la vez que enseña la gratitud, esta práctica recuerda que todo lo que tenemos viene de Dios, el Creador.

2. Orar antes de acostarse. Es una buena oportunidad de inculcar en los niños el concepto de un Dios de amor, un Padre celestial que se preocupa por sus criaturas. Enseña la realidad de la fe que permite que uno pueda descansar en Dios.

3. Tener un culto familiar. Los primeros padres, Adán y Eva, enseñaron a sus hijos a dar culto a Dios (Gn. 4:3-4), y Noé practicaba el culto con su familia (Gn. 8:20). La responsabilidad de los padres en cuanto a educar a sus hijos espiritualmente se ve en varios sitios de la Biblia, como en Dt. 6 y Sal. 78.

Para planificar un culto familiar, conviene establecer una hora fija, tomando en cuenta las edades de los niños y las responsabilidades fuera del hogar. El culto familiar normalmente consta de una lectura bíblica y oración, pero puede incluir cánticos, poesías, un pensamiento personal o leído. Puede seguir la lectura de los libros de la Biblia, o las sugerencias de un libro devocional.

4. Tener un culto individual. El culto familiar y el culto en el templo no quitan la importancia del estudio bíblico y la oración personal. Cada miembro de la familia, sea adulto o niño, necesita este tiempo a solas con Dios. La base, por supuesto, es la Biblia y la oración, pero, también, hay libros devocionales adaptados a las diferentes edades.

5. Leer historias bíblicas. A los niños, les encanta escuchar historias. La Biblia está llena de historias emocionantes, y la repetición de estos relatos enseña mucho sobre el carácter de Dios y su plan para el mundo.

6. Memorizar la escritura. Jesús es nuestro ejemplo supremo en todos los aspectos de la vida, incluyendo el valor de memorizar la Palabra de Dios. Él rechazó las tentaciones de Satanás recitando las Sagradas Escrituras (Mt. 4:1-11), y repitió las palabras del Antiguo Testamento vez tras vez en sus enseñanzas. Los padres dan a sus hijos una armadura para protegerse y una luz para guiarse durante toda su vida si les ayudan a aprender de memoria versículos de la Biblia (Ef. 6:13-17; Sal. 119:105). Conviene escoger estos versículos con mucho cuidado, tomando en cuenta la edad y la capacidad del niño. La memorización debe realizarse de forma natural y agradable, no ha de ser una carga para el niño.

La historia de Moisés muestra claramente la importancia de la enseñanza durante los primeros años de vida. Supo escuchar y contestar el llamamiento de Dios gracias a lo que había aprendido sobre las rodillas de su madre verdadera en su humilde hogar, no como hijo de la princesa en la corte de Faraón. Timoteo también tuvo la misma ventaja. Pablo hizo referencia al conocimiento de las Escrituras que joven había recibido de su madre y de su abuela materna (2 Ti. 1:5; 3:14-15).

Los niños pueden apreciar los valores cristianos que ven reflejados en las vidas de sus padres e incluso adoptar estos mismos valores pero, si no se les enseña la Biblia, no llegarán a conocer al Dios de sus padres. La enseñanza de la Biblia es necesaria.

En el templo

Desde los comienzos del cristianismo, las iglesias (congregaciones) se han reunido para recibir las enseñanzas en los principios de la fe. La instrucción fue una de las funciones básicas de los apóstoles, y Pablo aceptó con orgullo el título de maestro (2 Ti. 1:11). La habilidad de enseñar fue considerada un don. Además, la enseñanza tuvo un propósito bien definido:

"perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo" (Ef. 4:11-12).

Este propósito se ve reflejado en la misma palabra que se emplea en el Nuevo Testamento para "enseñar". El vocablo griego enfatiza un mayor desarrollo del estudiante, su capacidad de razonar y poner en práctica sus propias conclusiones. En otras palabras, la meta de la enseñanza formal que da la iglesia como pueblo de Dios es la de formar creyentes convencidos, con una base firme en los principios de la fe.

Los padres cristianos necesitan el respaldo de otros hermanos en la fe (la familia ampliada) para enseñar a sus hijos. Deben llevar a sus hijos a las clases de estudio bíblico y animarles a asistir a retiros, conferencias, clases de discipulado, y otras actividades que la iglesia ofrece. Un día llegará el momento en que los amigos tendrán mucha más influencia sobre los hijos que los padres, y conviene que tengan amigos cristianos que compartan sus mismas experiencias. Pero, si nos paramos a pensar, nos daremos cuenta de que los niños, en realidad, pasan poco tiempo en el templo. La participación en los cultos y estudios bíblicos es importante, pero la iglesia no puede enseñar en una hora o dos a la semana todo lo que los niños necesitan aprender de Dios, de la Biblia, y de su propia fe. Es imprescindible que la enseñanza de la iglesia sea complementada en el hogar.

LA INSTRUCCIÓN INFORMAL

Los padres son los maestros de sus hijos por naturaleza. No es algo que pueden ser o no ser; no tienen opción. Lo que sí pueden decidir, es si van a ser maestros adecuados o no. Aunque, como hemos visto, la enseñanza religiosa formal es importante y digna del tiempo que los padres invierten en ella, la instrucción informal suele tener más peso en la vida del hijo.

La educación informal se imparte de varias maneras:

Por el ambiente que se respira

Una tarea primordial de los matrimonios cristianos es crear en su hogar un ambiente de amor y aceptación. La vida enseña que los hogares religiosos en los cuales los hijos se rebelan suelen ser aquellos donde la arbitrariedad, y no el amor, ha sido la característica más destacada. Las personas legalistas suelen ser generalmente inflexibles y juiciosas, creando un ambiente tenso en el hogar, donde la crítica y la presión son el pan de cada día. Muchos niños, especialmente cuando llegan a la edad de la adolescencia, rechazan la autoridad paterna. Los hijos transfieren este mismo rechazo al cristianismo que han visto en sus padres, si ellos han usado la autoridad de la iglesia y de la Biblia para obligarles a hacer lo que los padres querían.

En un hogar verdaderamente cristiano, los padres intentan que la vida familiar sea regida más por los frutos del Espíritu que por la ley. Algunos de estos frutos son el "amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza" (Gá. 5:22). El ambiente del hogar es positivo; se respira amor y aceptación. Cada miembro sabe que cuenta con el apoyo de los otros. Hay un respeto genuino por la individualidad que da a cada uno la oportunidad de desarrollar sus propias capacidades. Las vías de comunicación están abiertas. La familia experimenta el gozo de jugar juntos y trabajar juntos, llevando cada uno la parte que le corresponde. En la intimidad del hogar, padres e hijos pueden compartir sus sueños, sus temores, sus preocupaciones, sabiendo que serán escuchados con la debida atención posible; es el tipo de hogar que Dios quiere que tengamos, un poco del cielo aquí en la tierra. Será posible vivir este sueño si, primero, el núcleo de la familia, los esposos, se entregan sin reservas a Dios y se comprometen a vivir según sus preceptos, con la ayuda del Espíritu Santo (Jn. 10:10). Esto no quiere decir que, haciéndote cristiano, todos los problemas van a desaparecer, ni mucho menos. El cristiano sigue siendo miembro de la raza humana, con todos sus defectos. Dios tendrá que pulir mucho, antes de que salga el diamante con todo su brillo. Pero, los padres cristianos saben que no están trabajando en solitario, que cuentan con la ayuda del Espíritu de nuestro Dios Santo. El hogar cristiano, a pesar de las dificultades que pueden presentarse, tiene base firme. "Si el Señor edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican ." (Sal. 127:1)

Por el trato personal

Las relaciones interpersonales de la familia - entre el marido y la esposa, entre los padres y los hijos - son de suma importancia porque, a base de ellas, los niños forman su idea de Dios.

Un niño que nunca ha experimentado amor no puede entender lo que es. Si tiene miedo hacia su padre en la carne, también tendrá miedo hacia su Padre Celestial.

No hay un sustituto satisfactorio para la relación personal. Dios reconoció la importancia de este contacto personal, y por eso, Cristo se hizo hombre y convivió de una manera muy estrecha con sus discípulos durante tres años.

Toda relación íntima exige tiempo de dedicación. Pasar horas en la misma casa, cada cual con sus cosas, no logra esta meta. No importa tanto la cantidad de tiempo como la calidad. Es necesario dejar los quehaceres del mundo y del hogar a un lado y escuchar al hijo, al marido, a la esposa, prestándole la debida atención. De este modo, los padres muestran la importancia que Dios da a cada vida. Establecen una relación basada en el respeto y el amor que ayudará al niño a relacionarse con Dios por la fe.

Hay varias maneras de tratarse en el seno de la familia que ocasionan relaciones defectuosas, que pueden traer una larga cola de consecuencias trágicas. Brevemente, vamos a mencionar diez de ellas, sin entrar en muchos detalles:

1. El abuso. Tanto el abuso físico como el emocional puede manifestarse de una manera obvia, mediante golpes y gritos ("¡Estúpido!") o de una forma más sutil, como es anular la personalidad de alguien. Hay muchos tipos de abusos.

2. El perfeccionismo. Esperar la perfección del cónyuge o de hijo no es realista. Una persona que es dada a criticar los defectos de los demás y sin embargo no alaba lo positivo daña la auto-estima de los que le rodean.

3. La rigidez. Este tipo de hogar se caracteriza por tener normas inflexibles y una rutina estricta. No hay lugar para los imprevistos ni para las diferencias de opinión.

4. El silencio. La familia se cree capaz u obligada a resolver todos sus problemas, sin que nadie fuera del hogar los sepa. No se puede compartir con nadie lo que pasa dentro de las paredes de la casa porque hay que mantener la fachada de una familia perfecta. Las personas que viven bajo esta conspiración de silencio no buscan ayuda, aun en los casos en que la necesitan.

5. La represión. Alguien ha llamado a la represión emocional la sentencia a muerte del matrimonio. Los cónyuges - y, luego, los hijos - aprenden a expresar los sentimientos que se esperan de ellos, no necesariamente lo que sienten en realidad. Reprimir las emociones no hace que desaparezcan; al contrario, se quedan allí, amargando la vida hasta que explotan en una pérdida de control. Por supuesto, conviene aprender a expresarlas de una manera madura.

6. El doble sentido. Un hombre dice a su esposa que la quiere, pero nunca pasa tiempo con ella. Las palabras dan un mensaje que las acciones contradicen.

7. La falta de diversión. En algunas familias, no hay lugar para la diversión. Conviene recordar este dicho: "La familia que juega junta se queda junta."

8. El martirio. Una persona con la tendencia a negarse siempre a sí misma aguanta hasta el punto de sufrir abusos, pensando que está haciendo bien. Es una distorsión de la humildad que enseñó Cristo (Mt. 11:29).

9. Los enredos. Los diferentes miembros de la familia están tan enredados los unos con los otros que si uno está triste, todos lo están.

10. Las relaciones triangulares. Este punto, como algunos otros, se ha presentado ya en lecciones anteriores. Un repaso de aquellas lecciones ayudará a comprender las implicaciones.

Por la conversación espontánea

Uno de los principios de la enseñanza es que una persona es capaz de aprender sólo cuando está dispuesta a aprender. Los padres que dedican tiempo a sus hijos son, entonces, los maestros idóneos ya que pueden aprovechar el momento adecuado. La vida diaria ofrece muchas oportunidades que los padres pueden aprovechar para enseñar con la pregunta sencilla: "¿Sabes lo que dice la Biblia acerca de esto?" La mente del niño estará predispuesta en ese momento a recibir el pensamiento bíblico. Los versículos de la Biblia toman vida cuando los aplicamos a las situaciones cotidianas. Los niños aprenderán no solamente el versículo, sino también su significado por medio de la enseñanza espontánea.

DEDICACIÓN PERSONAL

El cristianismo es una fe personal; es una relación entre una persona y Dios por medio de su hijo Jesucristo. No es una religión cultural o algo que se puede heredar. Tener padres cristianos no es una garantía para que sus hijos lo sean. Ser cristiano o no es una decisión que cada individuo ha de tomar por sí mismo.

En el capítulo 17 del Evangelio de Juan, encontramos la oración del Señor Jesús por los discípulos. Al leer este texto pongamos a nuestras familias (a nuestros hijos, a los padres, a el esposo, a la esposa, a los suegros) en el lugar de los discípulos y oigamos otra vez el significado de sus palabras. Jn. 17:3 -"Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien has enviado."

Si todos los miembros de la familia oraran los unos por los otros, habría mayor unidad. Es la voluntad de Dios que la familia se una en la fe y que seamos uno en El. Esta unión y devoción a Cristo no depende de los sentimientos, es decir, del calor y cariño del momento, sino es asunto de habernos entregado por nuestra voluntad propia a la realidad de Cristo. Si somos uno con Cristo, seremos como él en su espíritu y en su carácter. Leamos bien las Bienaventuranzas (Mt. 5:1-12). Leamos bien la vida de Jesús en los cuatro Evangelios. Las emociones fuertes de amor, gozo, y exaltación no muestran tanto nuestra unión con Cristo como las evidencias vistas en una vida como la del maestro y en un carácter como el del Señor. Si somos uno con un amigo, quiere decir que somos uno en propósito, pensamientos, y deseos. Ser uno con Cristo quiere decir que somos partícipes de su naturaleza, y la naturaleza de un árbol se ve en sus frutos. Los buenos frutos deben manifestarse en nuestras vidas. Es la fe en acción, o como lo pone Juan en su primera epístola (2:6), es nuestro deber "andar como él anduvo." La autenticidad de nuestra fe o la falta de ella se pondrá al descubierto según el estilo de vida que llevemos en la intimidad de nuestro hogar.

Hemos visto en todo este estudio que tanto los niños como los adultos aprendemos más por el ejemplo. ¿Estás mostrándoles el ejemplo de un cristiano verdadero? Los niños se dan cuenta si la fe que los padres profesan es verdadera o una farsa. "Lo que eres habla tan fuertemente que no puedo oír lo que dices". Esta verdad destaca especialmente en el hogar. Muchos hijos han dejado la fe de sus padres por no haber visto en sus vidas una relación íntima entre lo que profesaban y lo que vivían diariamente. Como dice el refrán, "El hacer y el hablar, tienen que concordar."

La Biblia nos explica los pasos a seguir para ser un creyente convencido y un fiel seguidor de Cristo:

Primero, hay que reconocer el amor que Dios tiene hacia ti (Jn. 3:16 y 1 Jn. 4:9). Este amor de Dios es tan grande que nos ama tal como somos, hombres imperfectos y pecadores (Ro. 3:23;5:8). Gracias a este amor puro, Cristo murió para ofrecernos la salvación (Ro. 4:25 y Ef. 1:7).

Enseguida, la salvación y una vida abundante pueden ser tuyas si confiesas tus pecados y pides el perdón de Dios (Ro. 6:23; 10:9).

Luego, llegarás a ser creyente con una vida nueva, llena de propósito, en el momento en que por fe te vuelvas a Dios por medio de Jesucristo (1 Jn. 5:12-13).

Si todavía no has aceptado a Cristo como tu Salvador personal y quieres entregar tu vida a él, ¿por qué no lo haces ahora? No hay mejor tiempo que el presente (2 Co. 6:2). ¿No quieres hacer tuya esta oración?

Querido Padre Celestial: Reconozco que tú eres amor. Me miro interiormente, y sé que soy pecador y que necesito tu perdón. Entiendo que Jesucristo vivió, sufrió, y murió por mis pecados y rebeldías. Gracias por ofrecerme la oportunidad de cambiar el rumbo de mi vida por la fuerza del amor que veo en Cristo. Confieso mi necesidad. Ahora mismo acepto a Jesucristo como mi Salvador y Señor, y estoy dispuesto a seguirle y obedecerle. Toma mi vida en tus manos y hazla abundante y útil. En el nombre de Jesús, Amén.

 

Reglas para unas Relaciones Correctas 

En esta parte estudiaremos modos para mejorar nuestras relaciones íntimas. Si bien el énfasis principal de este estudio ha sido cómo mejorar las relaciones que tenemos con nuestros seres amados, creemos que las direcciones que se han ofrecido aquí son válidas para formar toda clase de relaciones, ya sean íntimas o de cualquier otra clase.

Veremos ahora algunas de las reglas que podemos seguir que nos capacitarán para construir puentes para nuestras relaciones.

Comunicación-Sólida, no Superficial.

Cómo la comunicación es la llave a las relaciones correctas, necesitamos principiar con este asunto importante. Si las personas quieren evitar el seguir viviendo juntas y al mismo tiempo separadas, tienen que aprender que el diálogo es absolutamente esencial para una unión correcta. Ya se ha dicho antes que el estar geográficamente juntos no equivale a que haya unidad emocional. Nuestra necesidad doble de amar y ser amados puede satisfacerse solamente hablando con franqueza en un profundo nivel de nuestro ser, el uno al otro.

La comunicación superficial no es suficiente. La autoexhibición del yo (la auto-revelación) que se requiere para que una persona en realidad conozca, respete y ame a la otra, no puede obtenerse por la clase de conversación que caracteriza la mayoría de las relaciones superficiales. Una mujer dijo a su consejero: "Mi esposo no me oye con su corazón". Tampoco hablaba con su corazón. Este estilo desinteresado de comunicación sólo sirvió para separarlos emocionalmente.

En la pared de una oficina de un consejero hay un letrero que dice: "Las personas se sienten solas porque hacen paredes, no puentes". El levantar paredes será la garantía de una relación sin significado. El edificar puentes mutuamente será un poco difícil, pero promete la única esperanza de escape de la soledad y del aislamiento. Samuel Shoemaker dijo: "No estamos solos ni solitarios porque no seamos amados; estamos tristes y solitarios porque no amamos".

Efesios 4:15 instruye a los cristianos a que hablen la verdad en amor. A veces la verdad nos hiere profundamente. Pero si se habla la verdad "en amor", se diseña solamente para ayudar, no para lastimar. Si podemos hacer esto, nos garantizaremos dos cosas: (1) el contenido de nuestra comunicación será auténtica ("verdad"), y (2) será comunicada en una circunstancia correcta ("en amor"). Ambas son necesarias para asegurar un encuentro saludable.

Comunicaciones positivas, no negativas.

Cuando las relaciones han sufrido mucho deterioro, hay la tendencia de que las personas se involucren en una comunicación negativa. Cuando esto pasa, el deterioro aumenta y la crisis se profundiza. La comunicación negativa solamente sirve para revelar lo peor de cada uno. Cada uno quiere decirle al otro exactamente lo que piensa y es una declaración que ninguno de los dos está en condiciones de hacer. Se ha dicho que todos los argumentos tienen dos lados, pero algunos no tienen fin o extremos. También se ha dicho que en las discusiones se usan las palabras más fuertes para los argumentos más débiles. Es de sorprender qué tantas faltas encontramos en el otro si nos hemos acondicionado a ver lo negativo. Un hombre dijo de su esposa: "A mí ni siquiera me gusta el modo como ella se corta las uñas".

Una mujer cuyo esposo continuamente la acosaba con negativas, le dijo a su consejero: "Si al menos se sonriera". Con esto quería decir que la atmósfera en el hogar era tan oscura y sombría que un solo gesto de sonrisa en el rostro de su esposo sería como un hermoso amanecer después de una noche oscura. Un hombre casado con una mujer regañona dijo: “Cuando voy llegando al hogar, me pregunto, “¿Por qué estoy regresando al hogar?” A muchas personas les da terror el estar en sus propios hogares por el clima tan negativo que hay allí. Se ha contado la historia

de un hombre quien se enlistó en el ejército sólo para estar lejos del constante regañar de su esposa. Aún cuando estaba del otro lado del océano, recibía cartas de ella, ¡regañándolo! Finalmente él le escribió y le dijo: "Deja de regañarme, para que pueda gozar esta guerra en paz".

Dios nos ha hecho para amar no para odiar. Cuando intentamos operar nuestros organismos con combustible malo, los efectos se sentirán individualmente en nuestras relaciones. Ningún individuo puede obtener un desarrollo máximo si envía o recibe un material negativo. Con esto no queremos decir que en nuestras relaciones nunca experimentaremos tensiones y conflictos, porque no hay relación que escape todos los vestigios de negativismo. Sin embargo, esto es muy diferente de vivir continuamente en un ambiente plagado de negativismo.

No hay un substituto para una comunicación positiva. El sabio dijo que una palabra hablada apropiadamente es como una "manzana de oro con figuras de plata" (Proverbios 25:11). Hay un proverbio japonés que dice: "Una palabra de ternura puede calentar tres meses de invierno". ¡Cuán cierto! Necesitamos desesperadamente la afirmación de nuestro valor que solamente nuestros seres íntimos pueden darnos. Y cuando recibimos el don de una buena palabra apropiadamente hablada, nos satisface instantáneamente. Pero más aún nos satisface continuamente al recordar la palabra de ternura que se nos ha dicho.

A los cristianos claramente se les instruye el no dejarse guiar por el negativismo y la comunicación destructiva: "Toda amargura, y enojo, e ira, y voces, y maledicencia sea quitada de vosotros, y toda malicia" (Efesios 4:31). Si tomamos nuestra fe cristiana seriamente y si tomamos la Palabra de Dios como nuestra guía para unas relaciones correctas, sabremos que la comunicación negativa no es compatible con la vida cristiana.

Hablando Nuestras Sensaciones, no Actuándolas.

Algunas personas con frecuencia substituyen la conducta de sentimientos por la declaración de los sentimientos. La conducta de los sentimientos es un substituto pobre porque las acciones que resultan de los sentimientos que no se hablan, quizás no tengan ninguna conexión reconocible con los sentimientos mismos. Por ejemplo, una esposa quizás se ponga muy disgustada con su esposo por sus fallas en hacer cualquier tarea como ella quiere que él la haga. Esta falla le traerá desilusión, pero en lugar de decirle lo que siente, ella quizás "actúe" sus sentimientos negativos siendo fría y silenciosa. Su esposo notará que hay algo malo, pero no sabrá qué es. Como un cliente dijo: "Mi problema es que no sé cuál es mi problema". Esto hace el asunto muy difícil, si no imposible de tratarlo, porque el problema no se puede localizar. El esposo, sabiendo que algo anda mal, bien puede preguntar: “¿Qué es lo que pasa?” y si ella no ha aprendido a expresar lo que siente, puede contestar "nada" (con su rostro viendo a otro lado y su nariz respingada). Cualquier esposo sabe que tal "nada" quiere decir algo.

La Biblia reconoce el peligro que enfrentamos al no expresar nuestros sentimientos. Se nos ha enseñado que no se "ponga el sol sobre vuestro enojo" (Efesios 4:26). Dios sabe que aunque las personas pueden experimentar y experimentan enojo, no deben de dejar que su enojo se disimule, o que no hablen de ello ni traten de resolverlo.

Hay una diferencia entre el sol que se pone en un problema y el sol que se pone en la ira que es parte del problema. Quizás el problema dure muchos crepúsculos, pero la ira relacionada con el problema que la originó no ha de sobrevivir para ver la próxima caída del sol. Para que esto suceda, debemos aprender a tratar pronto y apropiadamente con nuestros sentimientos. Y al hacerlo aclararemos la situación para que el problema se pueda ver en su perspectiva adecuada.

Relacionando, no Reaccionando ni Retirándose.

Puede volverse muy difícil el relacionarse con personas en forma que tenga algún sentido o satisfacción. Es más fácil el reaccionar hacia ellos o el retirarse de ellos.

Cuando las personas reaccionan una a la otra, es una indicación de que han aprendido a entenderse mutuamente. Schopenhauer contó una fábula de dos puercos espín que ilustra el estilo reaccionario que algunas personas han adoptado. Dijo que dos puercos espín estaban con mucho frío a la intemperie, pero que, cuando querían acurrucarse para calentarse, con sus espinas dolorosamente se picaban el uno al otro. Cuando se retiraban para huir del dolor, sentían el frío una vez más.

Muchas personas casadas pueden identificarse con Schopenhauer y su cuento de los puercos espín. Conocen el dolor del aislamiento; y también saben el dolor que se produce con la proximidad. Así que se pasan toda su vida en un proceso de tener frío, herirse con las espinas y tener frío por la inhabilidad de relacionarse correctamente la una con la otra.

Cuando las personas reaccionan una con la otra, dejan de distinguir entre la guerra y el campo de batalla. Los campos de batalla en los que las personas pelean sus guerras son aparentemente ¡limitados, pero las razones de la guerra son generalmente limitadas. En la II Guerra Mundial algunas de las batallas más terribles del Pacífico sucedieron en las islas que eran de valor sólo en sentido militar. Siendo así, pelearon en las islas, no por las islas. Lo mismo pasa con los conflictos interpersonales. Tenemos que aprender el porqué de la guerra, no sea que uno de sus campos de batalla deje muertos a los dos que en verdad no querían pelear. Un hombre hizo esta observación: "El matrimonio puede ser hecho en el cielo, pero también los truenos y los relámpagos". íQué revelación de su propio matrimonio! Vance Havner nos recuerda que algunos pleitos se pierden aunque se ganen. El dijo: "Un perro buldog puede darle una golpiza a un zorrillo pero no vale la pena".

Hace tiempo, el Catholic Digest informó que el ensayo de una niña de ocho años de edad acerca de los cuáqueros decía esto: "Los cuáqueros son muy sumisos, son personas quietas, nunca pelean ni discuten. Mi padre es un cuáquero pero mi madre no lo es". Ella sin duda era como la esposa de un hombre quien le preguntó al dependiente de un hotel: “¿Tiene usted algún cuarto en el cual pueda soportar a mi esposa?”

El reaccionar en lugar de relacionarse, hace mal tanto al individuo como a la relación de la cual es parte. Para algunas personas que están divididas por causa de diferencias se necesitará la obra mediadora de gracia de Cristo para que la armonía substituya a la falta de unidad. Esto fue lo que pasó en la larga y profunda división entre los judíos y los gentiles en los tiempos del Nuevo Testamento. Ellos estaban separados y divididos por raza, religión y temperamento; pero Cristo derribó la pared de en medio trayendo paz donde había discordia (Efesios 2:14). Si su gracia puede hacer esto por dos grupos divididos y tan diferentes como ellos eran, de seguro su gracia puede traer unión entre dos personas que en realidad quieran relacionarse entre sí.

Otro substituto inferior que ofrecemos en vez de relacionarnos es el de retirarnos el uno del otro. El retirarse se usa aquí en el sentido emocional no geográfico de la palabra. El retirarse de la otra persona porque hay problemas en su relación se basa en la falacia de que corriendo de sus problemas, ellos se resolverán. No solamente no sucede esto, sino que el problema tiende a agrandarse porque no se ha obtenido su solución.

Algunos, inocentemente creen que la ausencia de pelea quiere decir que hay paz. Durante el conflicto en Viet Nam, hubo algunos días cuando casi no se oían los tiros. Esta ausencia de batalla, sin embargo, no se interpretaba por ambos lados como que la guerra ya había terminado y que había llegado la paz. Sólo había un descanso temporal de hostilidad.

Un hombre rico le confesó a su consejero que había comprado un negocio subsidiario en otro estado por $250,000 para tener una excusa legítima para estar lejos de su esposa una gran parte del tiempo. No necesitaba el dinero de ese otro negocio; sólo necesitaba un descanso de sus muchos problemas. Falló al no darse cuenta de que al correr de sus problemas sólo lograría que se profundizaran más.

La Palabra de Dios nos enseña claramente que debemos trabajar constantemente en formar relaciones significativas. Efesios 4:3 dice que debemos persistir (trabajar duro) para mantener la unidad del Espíritu en un vínculo de paz. Esto no puede hacerse si las personas corren de sus problemas. Por el contrario, tienen que estar dispuestas a acercarse a sus problemas y la una a la otra.

Atacando los Problemas, no al Consorte.

Es más fácil el atacarse el uno al otro que atacar los problemas. Pero la conducta de desquitarnos, o atacar a la otra persona nos garantiza dos cosas: (1) los problemas se agrandan, y (2) las personas se hacen más pequeñas. Así que hay menos recursos para tratar con los problemas.

Es cierto que a veces se suscitan problemas entre dos personas. El error que hay que evitar es el de pasar por encima el problema y atacar a la otra persona. Y con tan inapropiado estilo de relacionarse, se garantizará la mayor profundidad del conflicto. El atacarse el uno al otro sólo sirve para causar una imagen falsa del problema al desviar la atención hacia el que se cree que es el causante del problema y así, alejarse del mismo problema.

Desafortunadamente, el atacar personas en lugar de problemas es algo que puede suceder tanto en las iglesias como en los hogares. Cuando esto sucede, la amistad se termina, las relaciones sufren nueva tensión, y el Espíritu Santo es contristado. Pronto se pierden las razones originales del conflicto en cuestiones puramente personales. El doctor Hardy C. Powers dijo que había estado en un hogar donde un hombre le contó cómo la iglesia se había dividido por esta pregunta "importante": ¿Debemos poner el piano en la plataforma o en el piso del santuario? Cuando el doctor Powers le preguntó al hombre qué lado había tomado, ¡el hombre se había olvidado! Llamó a su esposa que estaba en la cocina y le preguntó: "¿Querida, cuando tuvimos todo ese lío acerca del piano, ¿de qué lado estábamos nosotros?”

Puede usted estar seguro que en ese caso, había algo más que la situación del lugar para el instrumento. Ese asunto tan pequeño se había convertido en un campo de batalla para una guerra comprometiendo a personas, no tanto al piano. Esto nos puede pasar también en nuestras relaciones íntimas. El fallar al enfocar el problema, nos hace que la otra persona sea el blanco. Las energías síquicas necesarias para tratar realísticamente con las diferencias son mal dirigidas hacia maniobras defensivas para evitar el ser lastimados. Cuando uno ha sido atacado, no tiene la disposición ni los medios para comprometerse en más aventuras constructivas. Una vez más, vemos que se necesita la gracia mediadora de Cristo que pueda hacer de ambos uno, haciendo la paz (Efesios 2:14-15).

Enfrentando el Conflicto con Franqueza, y no Indirectamente.

Algunos cristianos tienen gran dificultad en admitir que tienen alguna dificultad en sus relaciones. Esta indisposición o incapacidad (cualquiera que sea) tiende a complicar las tensiones cuando principian porque las tensiones no son reconocidas tal como son. Nunca confíe en la persona que dice que ha estado casada por años y nunca ha tenido una falta de entendimiento con su esposa. ¡Cualquiera que mienta, también puede robar! El negar los problemas interpersonales lo hace a uno vivir en un paraíso de tontos, pero los pagos de la hipoteca del castillo son horrorosos.

Cuando el conflicto llega, los cristianos con frecuencia dan cualquiera de dos desafortunadas respuestas. Por un lado, pueden admitir el conflicto y apartarse de la fe por causa del conflicto. Por el otro lado, pudieran negar la existencia del conflicto porque sicológica y espiritualmente es una amenaza.

¿De dónde salió la creencia de que los cristianos no tienen conflictos? No se sabe con seguridad. Podemos estar seguros, sin embargo, de que esto no vino de la Biblia. Algunas de las mejores personas han tenido conflictos. Por ejemplo, Pablo y Bernabé tuvieron un conflicto profundo sobre si habían de llevar a Juan Marcos en un viaje misionero. ¡Pablo y Bernabé! De quien menos esperaría la gente conflictos. Pablo, el más grande predicador y misionero que la iglesia haya tenido, y Bernabé de quien las Escrituras dijeron que "era un buen hombre, lleno del Espíritu Santo, y de fe" (Hechos 11:24). Pablo y Pedro una vez tuvieron una discusión grave, y Pablo escribió que él había resistido a Pedro cara a cara (Gálatas 2: 1 l).

Esto no implica que Dios se solace en los conflictos de las relaciones interpersonales. Claro que no. Pero sí reconoce que el conflicto puede ocurrir; por tanto ha llenado su Palabra con principios y preceptos que nos ayudarán a vivr cristianamente el uno con el otro.

El problema no es si los cristianos tendrán conflictos. Los tendrán. La cuestión es cómo manejar los conflictos que resultan. Debemos decir que mientras más parecidas a Cristo sean las dos personas, menos serán las posibilidades del conflicto. Pero aunque el conflicto sea menos, es casi seguro que no desaparecerá. No olvidemos que el tesoro está en vasos terrestres (2 Corintios 4:7).

Cuando no confrontamos el conflicto con franqueza, se le tiene que tratar indirectamente. Esto es, el conflicto estará presente en forma de un temperamento fuerte, palabras hirientes, conducta guiada por los sentimientos, silencio, negativismo y muchas otras manifestaciones inapropiadas. Cuando esto sucede, no podemos tratar con el conflicto mismo sino con las manifestaciones de actitud y de conducta que ello implica. Siendo de ese modo, la posibilidad de hallar la solución satisfactoria de la dificultad será remota.

Perdonando, no Juzgando.

Uno no puede leer el Nuevo Testamento sin confrontar el tema central del perdón. Desafortunadamente, con frecuencia hemos limitado el alcance de este maravilloso concepto hasta el grado que nada más significa venir a Dios en la experiencia de la conversión. De hecho, esto representa el meollo del concepto del perdón. Sin embargo, si lo limitamos a esta dimensión solamente la relación Dios con el hombre, le robamos su significado más profundo que también incluye la relación de hombre con hombre.

Jesús afirmó que no hay tal cosa como "una religión solitaria" una religión que solamente tiene que ver con el encuentro del hombre con Dios. El vio el perdón como algo que opera en dos direcciones entre Dios y el hombre y entre hombre y hombre. De hecho, Jesús dijo que el perdón de Dios para nosotros se determinará por el perdón que nosotros demos a otros. Sus palabras son devastadoras. "Mas si no perdonareis a los hombres sus ofendas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas" (Mateo 6:15). Esto acaba con la falacia de que uno puede ser un cristiano aislado. No somos cristianos en aislamiento, solamente en relación. Algunas personas tienen problemas con la dimensión Dios de su cristianismo porque no le han dado la atención apropiada a su dimensión hombre.

¿Qué le dice todo esto a nuestras relaciones? Dice que el perdón que esperamos de Dios tiene que ser reflejado en nuestro perdón de otros. El juicio o crítica no tiene lugar en la vida del cristiano. Como dijo Samuel Shoemaker: "El juicio congela; el amor derrite". La forma más rápida para que una relación se infecte es que la crítica le sea inyectada. El veneno de la crítica hace pronto su trabajo, amenazando la vida misma de la relación. Alguien ha dicho: "cuando confieso las faltas de otros, declaro guerra. Cuando confieso mis faltas, hago paz".

El juicio es la tarea de Dios; perdonar es la nuestra. No podemos hacer la tarea de Dios y El no hará la nuestra. Millones de relaciones podrían cambiar de la noche a la

mañana sí el juicio cesara y el perdón principiara, porque este es el modelo de Dios para las relaciones correctas.

Hay una sicología cristiana de por medio en este asunto del perdón. El juicio es un asalto del carácter de otro. Es evaluar el valor de uno basándose en la percepción del otro. Es medir un motivo por un conocimiento limitado e inadecuado. No podemos saber el intento en el corazón de la otra persona. Y tampoco podemos correctamente tasar el significado de la conducta de otro. Solamente Dios puede hacer esto. Por el otro lado, el perdonar deja el juicio a Dios. El perdón busca remendar las relaciones rotas. Busca ver a la persona como Dios la ve, como una persona de un valor infinito. Busca enfocar sobre lo que uno puede hacer por otro, no en lo que se ha hecho a él.

No carecemos de modelo en el asunto de perdonar. Recordemos que nuestro Señor vio desde la cruz a los rostros de los que lo pusieron allí y dijo: "Padre, perdónalos". Si El hizo esto cuando le hicieron lo peor a El, ¿no podremos nosotros hacer lo mismo cuando menos que esto se nos ha hecho?

Al concluir este estudio, veamos dos versículos que ofrecen un contraste: Efesios 4:31-32. El primero nos dice qué no hacer: "Toda amargura, y enojo, e ira, y voces, y maledicencia sea quitada de vosotros, y toda malicia". El dejar de hacer estas cosas restaurará muchas relaciones. Pero el hacer las cosas que se incluyen en el versículo 32 transformará las relaciones: "Antes sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó en Cristo".

Estas reglas para las relaciones correctas representan una norma alta para las personas. En verdad, son demasiado altas para poder obtenerse sólo por un esfuerzo humano. Por eso se nos instruye a "ser llenos del Espíritu" (Efesios 5:18). Cuando nuestras vidas estén entregadas al Espíritu Santo, tendremos la capacidad para vivir en amor. Este es el secreto de la armonía en el hogar.


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Familia

                     Sección 15

  En esta sección te presentamos las siguientes notas:

  Lecciones dinámicas
  La madre en el...
  El plan de la familia
  comunicación y...
  La formación de...
  El lugar de...
  Reglas para... 

                     Nota

En nuestros días la familia enfrenta una gran crisis. Cada año más de un millón de divorcios toman lugar en Estados Unidos y en otros países alrededor del mundo.

Por cada hogar derrumbado, hay muchos más en un lamentable estado de cuarteadura. Aun cuando la institución del hogar no ha muerto y nunca morirá, está enferma, seriamente enferma.

Hoy más que nunca debemos volver a los principios y absolutos de la palabra de Dios. Estos principios pueden todavía ser un fundamento sólido para edificar hogares estables y felices.

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