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El ciego
Érase una vez un ciego muy hábil para reconocer al tacto
cualquier animal al alcance de su mano, diciendo de qué
especie era. Le presentaron un día un lobezno, lo palpó y
quedó indeciso.
-No acierto - dijo, si es hijo de una loba, de una zorra o de
otro animal de su misma cualidad; pero lo que sí sé es que no
ha nacido para vivir en un rebaño de corderos.
La naturaleza de la maldad se puede notar en una sola de sus
características.
La liebre y la tortuga
Cierto día una liebre se burlaba de las cortas patas y
lentitud al caminar de una tortuga. Pero ésta, riéndose, le
replicó:
-Puede que seas veloz como el viento, pero yo te ganaría en
una competencia.
Y la liebre, totalmente segura de que aquello era imposible,
aceptó el reto, y propusieron a la zorra que señalara el
camino y la meta.
LLegado el día de la carrera, arrancaron ambas al mismo
tiempo. La tortuga nunca dejó de caminar y a su lento paso
pero constante, avanzaba tranquila hacia la meta. En cambio,
la liebre, que a ratos se echaba a descansar en el camino, se
quedó dormida. Cuando despertó, y moviéndose lo más veloz que
pudo, vio como la tortuga había llegado de primera al final y
obtenido la victoria.
Con seguridad, constancia y paciencia, aunque a veces
parezcamos lentos, obtendremos siempre el éxito.
El asno, la zorra y el león
El asno y la zorra, habiéndose unido para su mutua protección,
salieron un día de caza.
No anduvieron mucho cuando encontraron un león.
La zorra, segura del inmediato peligro, se acercó al león y le
prometió ayudar a capturar al asno si le daba su palabra de no
dañarla a ella.
Entonces, afirmándole al asno que no sería maltratado, lo
llevó a un profundo foso diciéndole que se guareciera allí.
El león, viendo que ya el asno estaba asegurado,
inmediatamente agarró a la zorra, y luego atacó al asno a su
antojo.
Nunca traiciones a tu amigo por temor al enemigo, pues al
final, tú también saldrás traicionado.
La tortuga y el águila
Una tortuga que se recreaba al sol, se quejaba a las aves
marinas de su triste destino, y de que nadie le había querido
enseñar a volar.
Un águila que paseaba a la deriva por ahí, oyó su lamento y le
preguntó con qué le pagaba si ella la alzaba y la llevaba por
los aires.
- Te daré – dijo – todas las riquezas del Mar Rojo.
- Entonces te enseñaré a volar – replicó el águila.
Y tomándola por las
patas
la llevó casi hasta las nubes, y soltándola de pronto, la dejó
ir, cayendo la pobre tortuga en una soberbia montaña,
haciéndose añicos su coraza. Al verse moribunda, la tortuga
exclamó:
- Renegué de mi suerte natural. ¿Qué tengo yo que ver con
vientos y nubes, cuando con dificultad apenas me muevo sobre
la tierra?
Si fácilmente adquiriéramos todo lo que deseamos, fácilmente
llegaríamos a la desgracia.
El perro y los bueyes
Un perro metido en un pajar gruñía y ladraba impidiendo a los
bueyes comerse la paja que había sido colocada para ellos.
– ¡Que egoísta perro!- Dijo un buey a sus compañeros -
-El no come de esa paja, y todavía pretende que los que sí
comemos, no lo hagamos.
Respeta siempre los derechos ajenos, para que así puedas
exigir el respeto a los tuyos.
El avaro y el oro
Un avaro vendió todo lo que tenía de más y compró una pieza de
oro, la cual enterró en la tierra a la orilla de una vieja
pared y todos los días iba a mirar el sitio.
Uno de sus vecinos observó sus frecuentes visitas al lugar y
decidió averiguar que pasaba. Pronto descubrió lo del tesoro
escondido, y cavando, tomó la pieza de oro, robándosela.
El avaro, a su siguiente visita encontró el hueco vacío y
jalándose sus cabellos se lamentaba amargamente.
Entonces otro vecino, enterándose del motivo de su queja, lo
consoló diciéndole:
- Da gracias de que el asunto no es tan grave. Ve y trae una
piedra y colócala en el hueco. Imagínate entonces que el oro
aún está allí. Para ti será lo mismo que aquello sea o no sea
oro, ya que hasta donde sé no hacías nunca ningún uso de él.
Valora las cosas por lo que sirven, no por lo que aparentan.
El lobo con piel de oveja
Pensó un día un lobo cambiar su apariencia para así facilitar
la obtención de su comida. Se metió entonces en una piel de
oveja y se fue a pastar con el rebaño, despistando totalmente
al pastor.
Al atardecer, para su protección, fue llevado junto con todo
el rebaño a un encierro, quedando la puerta asegurada.
Pero en la noche, buscando el pastor su provisión de carne
para el día siguiente, tomó al lobo creyendo que era un
cordero y lo sacrificó al instante.
Según hagamos el engaño, así recibiremos el daño.
El labrador y la vívora
Llegado el invierno, un labrador encontró una víbora helada de
frío. Apiadado de ella, la recogió y la guardó en su pecho.
Reanimada por el calor, la víbora, recobró sus sentidos y mató
a su bienhechor, el cual, sintiéndose morir, exclamó:
-¡Bien me lo merezco por haberme compadecido de un ser
malvado!
No te confíes del malvado, creyendo que haciéndole un favor
vas a cambiarle su naturaleza.
El labrador y los perros
Aprisionó el mal tiempo a un labrador en su casa.
No pudiendo salir para buscar comida, empezó por devorar a sus
carneros; luego, como el mal tiempo seguía, comió también las
cabras; y, en fin, como no paraba el temporal, acabó con sus
propios bueyes. Viendo entonces los perros lo que pasaba
dijéronse entre ellos:
-Larguémonos de aquí, pues, si el amo ha sacrificado los
bueyes que trabajan con él, ¿cómo nos perdonaría a nosotros?
Cuídate muy en especial de aquellos que no temen en maltratar
a sus mejores amigos.
El labrador y sus hijos
A punto de acabar su vida, quiso un labrador dejar
experimentados a sus hijos en la agricultura.
Así, les llamó y les dijo:
-Hijos míos: voy a dejar este mundo; buscad lo que he
escondido en la viña, y lo hallaréis todo.
Creyendo sus descendientes que había enterrado un tesoro,
después de la muerte de su padre, con gran afán removieron
profundamente el suelo de la viña.
Tesoro no hallaron ninguno, pero la viña, tan bien removida
quedó, que multiplicó su fruto.
El mejor tesoro siempre lo encontrarás en el trabajo adecuado.
Las gallinas y la comadreja
Supo una comadreja de que en un corral había unas gallinas
enfermas, y disfrazándose de médico, cogió los instrumentos
del oficio y se acercó al gallinero. Ya en la puerta, preguntó
a las gallinas que cómo les iba con su salud.
-¡Mucho mejor si tú te largas!- le respondieron.
Si somos precauciosos, podremos descubrir las falsas poses de
los malvados.

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