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El estómago y los pies
El estómago y los pies
discutían sobre su fuerza.
Los pies repetían a
cada momento que su fuerza era de tal modo superior, que
incluso llevaban al estómago.
A lo que éste
respondió:
-Amigos míos, si yo no les diera el alimento, no me podrían
llevar.
Veamos siempre con
atención dónde se inicia realmente la cadena de sucesos. Demos
el mérito a quien realmente es la base de lo que juzgamos.
El
médico y el enfermo
Un médico tenía en
tratamiento a un enfermo. Este murió, y el médico decía a las
personas del acompañamiento:
-Si este hombre se
hubiera abstenido del vino y se hubiese puesto lavativas, no
hubiera muerto.
-¡Amigo, le
contestaron-, no es ahora, que no sirve de nada cuando tenías
que haber dicho esto, sino antes, cuando tu consejo podía
haber sido de provecho!
Las correcciones
debemos hacerlas siempre en el momento oportuno y no dejarlas
sólo para mencionarlas cuando ya es tarde.
Los
ladrones y el gallo
Entraron unos ladrones
en una casa y sólo encontraron un gallo; se apoderaron de él y
se marcharon. A punto de ser inmolado por los ladrones, rogóles el gallo que le perdonaran alegando que era útil a los
hombres, despertándolos por la noche para ir a sus trabajos.
-Mayor razón para
matarte, exclamaron los ladrones-, puesto que despertando a
los hombres nos impides robar.
Nada hay que aterrorize más a los malvados que todo aquello que es útil
para los honrados.
Los
leñadores y el pino
Rendían unos leñadores
un pino y lo hacían con gran facilidad gracias a las cuñas que
habían fabricado con su propia madera.
Y el pino les dijo:
-No odio tanto al
hacha que me corta como a las cuñas nacidas de mí mismo.
Es más duro el
sufrimiento del daño que nace de uno mismo que del que
proviene de afuera.
Los
hijos del labrador
Los hijos de un
labrador vivían en discordia y desunión. Sus exhortaciones
eran inútiles para hacerles mudar de sentimientos, por lo cual
resolvió darles una lección con la experiencia.
Les llamó y les dijo
que le llevaran una gavilla de varas. Cumplida la orden, les
dio las varas en haz y les dijo que las rompieran; mas a pesar
de todos sus esfuerzos, no lo consiguieron. Entonces deshizo
el haz y les dio las varas una a una; los hijos las rompieron
fácilmente.
- Ahí tienen! les dijo
el padre-. Si también ustedes, hijos míos, permanecen unidos,
serán invencibles ante sus enemigos; pero estando divididos
serán vencidos uno a uno con facilidad.
Nunca olvides que
en la unión se encuentra la fortaleza.
Los
pescadores
Tiraban unos
pescadores de una red y como la sentían muy cargada, bailaban
y gritaban de contento, creyendo que habían hecho una buena
pesca. Arrastrada la red a la playa, en lugar de peces sólo
encontraron piedras y otros objetos, con lo que fue muy grande
su contrariedad, no tanto por la rabia de su chasco, como por
haber esperado otra cosa.
Uno de los pescadores,
el más viejo, dijo a sus compañeros:
-Basta de afligirse,
muchachos, puesto que según parece la alegría tiene por
hermana la tristeza; después de habernos alegrado tanto antes
de tiempo, era natural que tropezásemos con alguna
contrariedad.
Es rutina de la
vida que a buenos tiempos siguen unos malos y a los malos
tiempos le suceden otros buenos. Estemos siempre preparados a
estos inesperados cambios.
El
músico y la cítara
Un tocador de cítara
sin talento cantaba desde la mañana a la noche en una casa con
las paredes muy bien estucadas. Como las paredes le devolvían
el eco, se imaginó que tenía una voz magnífica, y tanto se lo
creyó, que resolvió presentarse en el teatro; pero una vez en
la escena cantó tan mal, que lo arrojaron a pedradas.
No seamos nosotros
jueces de nosotros mismos, no vaya a ser que nuestra
parcialidad nos arruine.
Dos
amigos y un hacha
Caminaban dos hombres
en compañía. Habiendo encontrado uno de ellos un hacha, el
otro dijo:
-Hemos encontrado un hacha.
-No digas -repuso el primero- "hemos encontrado", sino: "has
encontrado".
Instantes después
fueron alcanzados por el hombre que había perdido el hacha; y
el que la llevaba, al verse perdido, dijo a su compañero:
-Estamos perdidos.
-No digas -replicó
éste- "estamos perdidos", sino: "estoy perdido", porque cuando
encontraste el hacha no me has admitido como parte en tu
hallazgo.
Si no estamos
dispuestos a compartir nuestros éxitos, tampoco esperemos que
nos soporten en la desgracia.
El
perro y el jardinero
El perro de un
jardinero había caído en un pozo.
El jardinero, por
salvarle, descendió también. Creyendo el perro que bajaba para
hundirlo más todavía, se volvió y le mordió.
El jardinero,
sufriendo con la herida, volvió a salir del pozo, diciendo:
-Me está muy bien
empleado; ¿quién me llamaba para salvar a un animal que quería
suicidarse?
Cuando te veas en
peligro o necesidad, no maltrates la mano de quien viene en tu
ayuda.
El jardinero
Un hombre se detuvo
cerca de un jardinero que trabajaba con sus legumbres,
preguntándole por qué las legumbres silvestres crecían lozanas
y vigorosas, y las cultivadas flojas y desnutridas.
-Porque la tierra-repuso el jardinero-, para unos es dedicada
madre y para otros descuidada madrastra.
Del interés que se
ponga en un asunto, así se desarrollará y así será el fruto
que se recoja.
El
labrador y el águila
Encontró un labrador
un águila presa en su cepo, y, seducido por su belleza, la
soltó y le dio la libertad. El águila, que no fue ingrata con
su bienhechor, viéndole sentado al pie de un muro que
amenazaba derrumbarse, voló hasta él y le arrebató con sus
garras la cinta con que se ceñía su cabeza.
Alzóse el hombre para
perseguirla. El águila dejó caer la cinta; la tomó el
labriego, y al volver sobre sus pasos halló desplomado el muro
en el lugar donde antes estaba sentado, quedando muy
sorprendido y agradecido de haber sido pagado así por el
águila.
Siempre debemos ser
agradecidos con nuestros bienhechores y agradecer un favor con
otro.
El
labriego y el árbol
En el campo de un
labriego había un árbol estéril que únicamente servía de
refugio a los gorriones y a las cigarras ruidosas.
El labrador, viendo su
esterilidad, se dispuso a abatirlo y descargó contra él su
hacha.
Suplicáronle los
gorriones y las cigarras que no abatiera su asilo, para que en
él pudieran cantar y agradarle a él mismo. Más sin hacerles
caso, le asestó un segundo golpe, luego un tercero. Rajado el
árbol, vio un panal de abejas y probó y gustó su miel, con lo
que arrojó el hacha, honrando y cuidando desde entonces el
árbol con gran esmero, como si fuera sagrado.
Mucha gente hay que
hace un bien sólo si de él recoge beneficio, no por amor y
respeto a lo que es justo. Haz el bien por el bien mismo, no
porque de él vayas a sacar provecho.
La
miel y las moscas
De un panal se derramó
su deliciosa miel, y las moscas acudieron ansiosas a
devorarla. Y era tan dulce que no podían dejarla. Pero sus
patas se fueron prendiendo en la miel y no pudieron alzar el
vuelo de nuevo. Ya a punto de ahogarse en su tesoro,
exclamaron:
-- ¡ Nos morimos,
desgraciadas nosotras, por quererlo tomar todo en un instante
de placer !
Toma siempre las
cosas más bellas de tu vida con serenidad, poco a poco, para
que las disfrutes plenamente. No te vayas a ahogar dentro de
ellas.
La
hormiga y el escarabajo
Llegado el verano, una
hormiga que rondaba por el campo recogía los granos de trigo y
cebada, guardándolos para alimentarse durante el invierno. La
vio un escarabajo y se asombró de verla tan ocupada en una
época en que todos los animales, descuidando sus trabajos, se
abandonan a la buena vida. Nada respondió la hormiga por el
momento; pero más tarde, cuando llegó el invierno y la lluvia
deshacía las boñigas, el escarabajo hambriento fue a pedirle a
la hormiga una limosna de comida. Entonces sí respondió la
hormiga:
-- Mira escarabajo, si
hubieras trabajado en la época en que yo lo hacía y tú te
burlabas de mí, ahora no te faltaría el alimento.
Cuando te queden
excedentes de lo que recibes con tu trabajo, guarda una
porción para cuando vengan los tiempos de escasez.
La
langosta y su hija
- No andes atravesada
y no roces tus costados contra la roca mojada, - decía una
langosta a su hija.
-Madre, - repuso
ésta,- tú, que quieres instruirme, camina derecha y yo te
miraré y te imitaré.
Antes de decir un
consejo, primero dalo con tu ejemplo.
Las
bodas del sol
Llegó el verano y se
celebraban las bodas del Sol.
Regocijábanse todos los animales del acontecimiento, faltando
poco para que también las ranas fueran de la partida; pero una
de ellas exclamó:
-¡Insensatas! ¿Qué
motivo tenéis para regocijaros? Ahora que es él solo, seca
todos los pantanos; si toma mujer y tiene un hijo como él ¿qué
nos quedará por sufrir?
Antes de celebrar
un acontecimiento, primero ve sus futuras consecuencias.
Los
árboles eligiendo rey
Decididos un día los
árboles a elegir un rey que los gobernara, dijeron al olivo:
-Reina en nosotros. Y
el olivo contestó:
-¿Renunciar yo al
líquido aceite que tanto aprecian en mí los dioses y los
hombres, para ir a reinar entre los árboles?
Y los árboles buscaron
a la higuera pidiéndole:
-Ven a reinar entre
nosotros.
Y la higuera respondió
igualmente:
-¿Renunciar yo a la
dulzura de mis frutos para ir a reinar entre vosotros?
Entonces los árboles
dijeron al espino:
-Ven a reinar en
nosotros.
Y el espino respondió
a los árboles:
-Si en verdad queréis
ungirme para reinar entre vosotros, venid a poneros bajo mi
amparo, o si no que surja el fuego de la espina y devore los
cedros del Líbano!
Quien no tiene
buenos frutos que dar, dará lo malo que tenga para sufrimiento
de los que le rodean.
La lámpara
Borracha de aceite una
lámpara y lanzando una luz poderosa, jactábase de ser más
brillante que el sol. Pero en eso sopló un fuerte viento y se
apagó enseguida. Alguien volvió a encenderla y le dijo:
-Ilumina, lámpara,
pero cállate: el resplandor de los astros nunca se eclipsa tan
fácilmente como el tuyo.
Nunca nos jactemos
como si fuera de nuestra propiedad aquello que no depende de
nosotros.
La bruja
Una bruja tenía como
profesión vender encantamientos y fórmulas para aplacar la
cólera de los dioses; no le faltaban clientes y ganaba de este
modo ampliamente la vida. Pero fue acusada por ello de violar
la ley, y, llevada ante los jueces, sus acusadores la hicieron
condenar a muerte.
Viéndola salir del
tribunal, un observador le dijo:
-Tú, bruja, que decías
poder desviar la cólera de los dioses, ¿cómo no has podido
persuadir a los hombres?
Nunca creas en los
que prometen hacer maravillas en lo que no se ve, pero son
incapaces de hacer cosas ordinarias.

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