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Los
1000 espejos
Se dice que hace tiempo,
en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto
día, un perrito buscando refugio del sol, logró meterse por un
agujero de una de las puertas de dicha casa.
El perrito subió
lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar de subir
las escaleras se topó con una puerta entre abierta; lentamente se
adentró en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta que dentro
de ese cuarto había 1000 perritos más observándolo tan fijamente
como él los observaba a ellos. El perrito comenzó a mover la cola
y a levantar sus orejas poco a poco. Los 1000 perritos hicieron lo
mismo. Posteriormente sonrió y le ladró alegremente a uno de
ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que los 1000
perritos también le sonreían y ladraban alegremente con él! Cuando
el perrito salió del cuarto se quedó pensando para sí mismo: Qué
lugar tan agradable! Voy a venir más seguido a visitarlo!
Tiempo después, otro
perrito callejero entró al mismo sitio y se encontró entrando al
mismo cuarto. Pero a diferencia del primero, este perrito al ver a
los otros 1000 perritos del cuarto se sintió amenazado ya que lo
estaban viendo de una manera agresiva. Posteriormente empezó a
gruñir; vio como los 1000 perritos le gruñían a el. Comenzó a
ladrarles ferozmente y los otros 1000 perritos le ladraron también
a él. Cuando este perrito salió del cuarto pensó: "Qué lugar tan
horrible es este! Nunca más volveré a entrar allí!" En el frente
de dicha casa se encontraba un viejo letrero que decía:"La Casa de
los 1000 Espejos"
Lo que hay dentro de
nosotros, eso es lo que reflejamos.
Los huevos de oro
Cierta gallina ponía un huevo de oro por día
Y el dueño dijo: Aquí hay mina;
si
yo mato esta gallina
soy
de un golpe millonario.
¿Qué vale un huevo diario?
La mató, no halló tesoro,
Y allí paró el huevo de oro.
Con lo cual supo el bellaco
Que lo bastante es bastante
Y que ansiando lo sobrante.
La codicia rompe el saco.
Los perros de Licurgo
Una vez apareció en la plaza de Esparta,
durante una reunión pública el legislador que había escrito la
Constitución de aquel pueblo. Iba seguido de unos criados que
llevaban dos perros atados a una liebre mansa; llegado al medio de
la concurrencia, sin decir palabra, soltó la liebre, y uno de los
perros, contra la expectación de todos se puso a juguetear
cariñosamente con el tímido animal de largas orejas.
Admiraban los espartanos, extrañados,
del espectáculo, cuando Licurgo ordenó que fuera soltado el otro
perro; apenas éste se vio libre, aullando se precipitó sobre la
liebre, que orejas tendidas empezó a correr por el espacio en se
lo permitía la apiñada muchedumbre, hasta que, rodando jadeante
cayó en poder de su encarnizado adversario, que la deshizo en un
momento. El pueblo contemplaba con lástima aquel espectáculo, los
restos de la liebre infeliz, las manchas de sangre, la tristeza
del primer perro por el fin de su amiga, cuando el legislador
tomando la palabra dijo:
Ciudadanos, salud y libertad. He querido
presentaros esta tarde el ejemplo palpable de lo que vale la
educación. Al primer perro le enseñé desde chico a estar con las
liebres sin hacerles daño, y al segundo le dejé abandonado a su
bárbaro instinto natural, que aún acrecenté con la educación,
amaestrándolo a perseguir las liebres dondequiera que las
encontraba.
Ahí tenéis lo que es el hombre y lo que
pueden ser vuestros hijos, según la educación que les deis.
Abandonadlos a sí mismos, no les habléis de Dios, de obligaciones
ni de moral, y crecerán en los vicios más degradantes, y un día,
cuando tengan fuerzas y libertad, se lanzarán contra las
instituciones y los gobiernos, y contra sus pacíficos
conciudadanos, y convertirán la república en un lago de sangre.
Pero educadlos en el bien, en la piedad y
en la disciplina; infundidles respeto
religioso al prójimo, a las leyes, a
la justicia de Dios, y tendréis un pueblo feliz en medio de la
grandeza, gloria y corona de la humanidad.
Los dos amigos y el oso
A dos amigos se aparece un oso:
El uno muy medroso
En las ramas de un árbol se asegura.
El otro, abandonado a la aventura,
se
finge muerto repentinamente.
El oso se le acerca lentamente;
mas
como este animal, según se cuenta, de cadáveres nunca se alimenta,
sin ofenderlo lo registra y toca;
huélele
las narices y la boca;
no
le siente el aliento,
ni
el menor movimiento;
Y así se fue diciendo sin recelo:
Este tan muerto está como mi abuelo.
Entonces el cobarde,
de
su gran amistad haciendo alarde,
del
árbol se desprende muy ligero.
Corre, llega y abraza al compañero:
Pondera la fortuna de haberle hallado
sin lesión alguna
Y al fin le
dice: Sepas que he notado
que
el oso te decía algún recado. ¿Qué pudo ser?
Te diré lo que ha sido: “Aparta tu
amistad de la persona
que
si te ve en riesgo te abandona”
La rana y los
gansos
Una rana se preguntaba
cómo podía alejarse del clima frío del invierno. Unos gansos le
sugirieron que emigrara con ellos. Pero el problema era que la
rana no sabía volar. "Déjenmelo a mí -dijo la rana-. Tengo un
cerebro espléndido". Luego pidió a dos gansos que la ayudaran a
recoger una caña fuerte, cada uno sosteniéndola por un extremo. La
rana pensaba agarrarse a la caña por la boca.
A su debido tiempo, los
gansos y la rana comenzaron su travesía. Al poco rato pasaron por
una pequeña ciudad, y los habitantes de allí salieron para ver el
inusitado espectáculo. Alguien preguntó: "¿A quién se le ocurrió
tan brillante idea?" Esto hizo que la rana se sintiera tan
orgullosa y con tal sentido de importancia, que exclamó: "¡A MI!". Su orgullo fue su ruina, porque al momento en que abrió la boca,
se soltó de la caña, cayó al vacío, y murió.
Es sabido siempre que
todo orgullo en demasía, la ruina puede ser de una vida.
A un panal de rica miel
dos mil moscas acudieron,
que por golosas murieron
presas de patas en él.
Otra dentro de un pastel
enterró su golosina.
Así, si bien se examina,
los humanos corazones
perecen en las prisiones
del vicio que los domina.
Apacentando un joven su ganado,
gritó desde la cima de un collado:
"¡Favor! que viene un lobo, labradores"
Estos, abandonando sus labores,
acuden prontamente
y hallan que es una chanza solamente.
Vuelve a llamar, y temen la desgracia;
segunda vez los burla. ¡Linda gracia!
Pero, ¿qué sucedió la vez tercera?
Que vino en realidad la hambrienta fiera.
Entonces el pastorcito se desgañita,
y por más que patea, llora y grita,
no se mueve la gente escarmentada
y el lobo le devora la manada.
¡Cuantas veces resulta de un engaño,
contra el engañador el mayor daño!
El cuervo y el zorro
En la rama de un árbol,
bien ufano y contento,
con un queso en el pico,
estaba el señor Cuervo.
Del olor atraído,
un Zorro muy maestro
le dijo estas palabras
un poco más o menos:
"¡Tenga usted buenos días,
señor Cuervo, mi dueño!
¡Vaya que estáis donoso,
mono, lindo en extremo!
Yo no gasto lisonjas,
y digo lo que siento;
que si a tu bella traza
corresponde el gorjeo,
juro a la diosa Ceres,
siendo testigo el cielo,
que tú serás el Fénix
de sus vastos imperios".
Al oír un discurso
tan dulce y halagüeño,
de vanidad llevado,
quiso cantar el Cuervo.
Abrió su negro pico,
dejó caer el queso.
El muy astuto Zorro,
después de haberle preso,
le dijo:
"Señor bobo,
pues sin otro alimento,
quedáis con alabanzas
tan hinchado y repleto,
digerid las lisonjas
mientras yo digiero el queso"
Quien oye aduladores,
nunca espere otro premio.
El lobo y el perro
En
busca de alimento
iba un Lobo muy flaco y
muy hambriento.
Se encontró
con un Perro tan
relleno, tan lucio, sano
y bueno, que le dijo: "Yo extraño
que estés de tan
buen año
como se deja ver por tu
semblante,
cuando a mí, más
pujante,
más osado y sagaz, mi
triste suerte
me tiene hecho retrato
de la muerte".
El Perro respondió:
"Sin duda alguna
lograrás, si tú
quieres, mi fortuna.
Deja el bosque y el
prado;
retírate a poblado;
servirás de
portero
a un rico caballero,
sin otro afán ni
más ocupaciones
que defender la casa de
ladrones".
"Acepto desde luego tu
partido,
que para mucho más
estoy curtido.
Así me libraré de la
fatiga,
a que el hambre me
obliga
de andar por montes
sendereando peñas,
trepando riscos y
rompiendo breñas,
sufriendo de los
tiempos los rigores,
lluvias, nieves,
escarchas y calores".
A paso diligente
marchando juntos
amigablemente,
varios puntos tratando
en confianza,
pertenecientes a llenar la panza.
En esto el Lobo, por algún recelo,
que comenzó a turbarle su consuelo,
mirando al Perro, le dijo: "He reparado
que tienes el pescuezo algo pelado.
Dime: ¿Qué es eso?"
"Dímelo, por tu vida, camarada".
"No es más que la señal de la cadena;
pero no me da pena,
pues aunque por inquieto
a ella estoy sujeto,
me sueltan cuando comen mis señores,
recíbenme a sus pies con mil amores:
ya me tiran el pan, ya la tajada,
y todo aquello que les desagrada;
éste lo mal asado,
aquél un hueso poco descarnado;
y aun un glotón, que todo se lo traga,
a lo menos me halaga,
pasándome la mano por el lomo;
yo meneo la cola, callo y como".
"Todo eso es bueno, yo te lo confieso;
pero por fin y postre tú estás preso:
jamás sales de casa,
ni puedes ver lo que en el pueblo pasa".
"Es así" "Pues, amigo,
la amada libertad que yo consigo
no he de trocarla de manera alguna
por tu abundante y próspera fortuna.
Marcha, marcha a vivir encarcelado;
no serás envidiado
de quien pasea el campo libremente,
aunque tú comas tan glotonamente
pan, tajadas, y huesos; porque al cabo,
no hay bocado en sazón para un esclavo".
Un Burro
cojo vio que le seguía un Lobo cazador, y, no pudiendo huir de su
enemigo, le decía: "Amigo Lobo, yo me estoy muriendo; me acaban
por instantes los dolores
de este maldito pie de que cojeo. Si yo me valiese de
herradores, no me vería así como me veo. Y pues fallezco, sé
caritativo: sácame con los dientes este clavo. Muera yo sin dolor
tan excesivo, y cómeme después de cabo a rabo"
"¡Oh!, -dijo el
cazador con ironía, contando con la presa ya en la mano- ¡No
solamente sé la anatomía, sino que soy perfecto cirujano! El caso
es para mí una patarata: La operación, no es más que de un
momento. ¡Alargue bien la pata, y no se acobarde, buen
jumento!" Con su estuche molar desenvainado, el nuevo profesor
llega doliente; mas éste le dispara de contado una coz que le deja
sin un diente. Escapa el cojo; pero el triste herido llorando
se quedó su desventura.
"¡Ay, infeliz de mí! ¡Bien merecido el pago tengo de mi gran
locura! ¡Yo siempre me llevé el mejor bocado en mi oficio de Lobo
carnicero! Pues si pude vivir tan regalado, ¡a qué meterme ahora a
curandero?"
Hablemos con razón no tiene juicio quien deja el propio por ajeno
oficio.
El león y la zorra
Un León fingía que estaba
enfermo: con este engaño hacía venir a su cueva a todos los
animales, y cuando los tenía allí los mataba.
Llegó también la zorra, pero,
no fiándose dijo desde fuera al león que sentía mucho su
enfermedad. El león , viendo que no entraba, dijo:
¿porqué no entras? ¿recelas por ventura de mí, cuanto estoy tan dé bil
que aunque quisiera no me sería posible hacerte daño? Entra, pues,
como los demás.
Esto es, respondió la zorra, lo que me infunde recelo, que veo
aquí seguramente las huellas de que han entrado, pero no veo las
de haber salido.
No se debe fiar ciegamente en
lo que nos dicen; se debe juzgar de las palabras, según sean las
obras de la persona que las pronuncia.
Cierto hombre
avaro vendió
cuanto poseía y convirtió su precio en oro, el cual enterró en un
lugar oculto; y teniendo todo su ánimo y su pensamiento puesto
puesto en el tesoro, iba diariamente a visitarlo, lo que observado
por otro hombre fue a aquel sitio, desenterró el oro y se lo
llevó.
Cuando el
avaro vino según costumbre a visitar su tesoro,
vio
desenvuelta la tierra, y que lo habían robado, se puso a
llorar y a arrancarse los cabellos. Uno que pasaba viendo los
extremos que hacía aquel hombre, se llegó a él, y después de
informarse de la causa de su dolor, le dijo:
¿Por qué te
entristeces tanto por haber perdido un oro que tenías como si no
lo poseyeras? Toma una piedra y entiérrala, figurándote
que es oro, una vez que tanto te servirá ella como te servía ese
oro
del que
nunca hacías uso.
Esta fábula enseña
que de nada sirve poseer una cosa, si no se disfruta.
Encontrándose dos libros en una
biblioteca que se iba ha abrir próximamente, decía el uno al otro:
- No se como han consentido tu
presencia en este lugar, puesto que a diferencia mía eres muy feo.
Tu encuadernación no está adornada con oro como la mía, tampoco
está hecha de cuero y además no tienes ningún dibujo bello
presentándote como portada.
- Al oír estas palabras quedó
el segundo libro muy apenado.
Se abrió por fin la biblioteca
y el libro feo vio
como era el predilecto entre el resto de ellos.
Dijo entonces al libro presumido:
- Bien es cierto que eres más
bonito que yo,
sin embargo, yo soy más leído pues mis páginas
contienen más esencia que las tuyas.
No todo lo que reluce por
fuera, reluce también por dentro.
El gusanito
Un pequeño gusanito caminaba un
día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un
saltamontes.
Hacia dónde te diriges? le preguntó. Sin dejar de caminar, la
oruga contestó:
Tuve un sueño anoche: soñé que desde la punta de la gran montaña
yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he
decidido realizarlo.
Sorprendido, el saltamontes dijo mientras su
amigo se alejaba; ¡debes estar loco!, ¿cómo podrás llegar hasta
aquel
lugar?, ¡Tu una simple oruga! Una piedra será una montaña, un
pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera
infranqueable.
Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó, su diminuto
cuerpo no dejó de moverse.
De pronto se oyó la voz de un escarabajo:
¿Hacia dónde te diriges
con tanto empeño? Sudando ya el gusanito, le dijo jadeante: Tuve
un
sueño y deseo realizarlo, subir a esa montaña y desde ahí
contemplar todo nuestro mundo.
El
escarabajo no pudo soportar la risa, soltó la carcajada y luego
dijo: Ni yo, con patas tan grandes, intentaría realizar algo tan
ambicioso y se quedó en el suelo tumbado de la risa mientras la
oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos
centímetros.
Del
mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor le aconsejaron a
nuestro amigo a desistir, ¡No lo lograrás jamás! Le dijeron, pero
en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir. Ya
agotado, sin
fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir
con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar. "Estaré mejor",
fue lo último que dijo y murió.
Todos los animales del valle fueron a mirar sus restos, ahí estaba
el animal más loco del pueblo, había construido como su tumba un
monumento a la insensatez, ahí estaba un duro refugio, digno de
uno que murió por querer realizar un sueño irrealizable.
Una
mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los
animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido
en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron
atónitos, aquella concha dura comenzó a quebrarse y con asombro
vieron unos ojos y una antena que no podía ser la de la oruga que
creían muerta, poco a poco, como para darles tiempo de reponerse
del impacto, fueron
saliendo las hermosas alas arco iris de aquel impresionante ser
que tenían frente a ellos: una mariposa, no hubo nada que decir,
todos sabían lo que pasaría, se iría volando hasta la gran montaña
y realizaría su sueño, el sueño por el que había vivido, por el
que había muerto y por el que había vuelto a vivir, todos se
había equivocado.
Dios
nos ha creado para realizar un sueño, vivamos por el, intentemos
alcanzarlo, pongamos la vida en ello y si nos damos cuenta que no
podemos, quizá necesitemos hacer un alto en el camino y
experimentar un cambio radical en nuestras vidas y entonces, con
otro aspecto, con otras posibilidades y con la gracia de Dios, lo lograremos.
EL ÉXITO EN LA VIDA NO SE MIDE POR LO QUE HAS LOGRADO,
SINO POR LOS OBSTÁCULOS QUE HAS TENIDO QUE ENFRENTAR EN EL CAMINO.
La hormiguita
y el lirio
Había una vez una hormiguita, esta
hormiguita era como toda buena hormiga, trabajadora y servicial.
Se la pasaba acarreando hojitas de día y de noche: casi no tenía
tiempo para descansar. Y así transcurría su vida, trabajando y
trabajando.
Un día fue a buscar comida a un
estanque que estaba un poco lejos de su casa, y para su sorpresa
al llegar al estanque vio como un botón de lirio se abría y de él
surgía una hermosa y delicada florecilla.
Se acercó: -¡Hola! ¿sabes? eres muy
bonito, ¿qué eres?
-Y la florcita contestó: Soy un
lirio, Gracias, ¿sabes? eres muy simpático, ¿qué eres?
-Soy una hormiga, Gracias también.
Y así la hormiguita y el lirio
siguieron conversando todo el día, haciéndose grandes amigos,
cuando iba anochecer la hormiga regresó a su casa, no sin antes de
prometer al lirio que volvería al día siguiente.
Mientras iba caminando a casa, la
hormiga descubrió que admiraba a su nuevo amigo, que lo quería
muchísimo y se dijo, "Mañana le diré que me encanta su forma de
ser, mañana".
Y el lirio al quedarse solo se dijo,
"Me gusta la amistad de la hormiga, mañana cuando venga se lo
diré".
Pero al día siguiente la hormiguita
se dio cuenta de que no había trabajado nada el día anterior. Así
que decidió quedarse a trabajar y se dijo, "Mañana iré con el
lirio. hoy no puedo, estoy demasiado ocupado, mañana y le diré
además, que le extraño".
Al día siguiente amaneció lloviendo,
y la hormiga no pudo salir de su casa y se dijo, -que mala suerte
hoy tampoco veré al lirio. Bueno no importa mañana le diré todo
lo especial que es para mí" Y al tercer día la hormiguita se
despertó muy temprano y se fue al estanque, pero al llegar
encontró al lirio en el suelo, ya sin vida.
La lluvia y el viento habían
destrozado su tallo. Entonces la hormiga pensó, que tonta fui,
desperdicié demasiado tiempo, mi amigo se fue sin saber todo lo
que lo quería, en verdad me arrepiento.
Y así fue como ambos nunca supieron
lo importante que eran. No esperes el final de tu vida para
arrepentirte.
No esperes el mañana para soñar, y
por ningún motivo dejes de decirle a una persona que le amas.
El
hombre, el
caballo y el perro
Un hombre, su caballo y su
perro caminaban por una calle. El hombre quería mucho a sus dos
animales, que en alguna ocasión incluso le habían salvado la vida.
Pero esta vez, de repente y en un momento dado, el hombre se dio
cuenta de que, tanto él como su caballo y su perro, habían muerto
atropellados (a veces cuesta algo de trabajo comprender que se ha
abandonado definitivamente la vida).
Siguieron caminando. Mucho tiempo. El recorrido era largo,
ascendiendo lentamente cuesta arriba; bajo un fuerte sol.
Cada vez más cansados, sudorosos y con una sed que comenzaba a ser
abrasadora. Aunque habían muerto, descubrieron que necesitaban
desesperadamente un poco de agua.
En una curva del camino, al pie de una gran montaña, se toparon
con una explanada de losetas doradas que terminaba en una
impresionante puerta de hierro forjado, con dinteles de mármol,
tras la que se vislumbraba una plazoleta con un suelo que brillaba
como el fuego. Un acueducto lleno de agua la atravesaba. El
caminante se dirigió inmediatamente al guardián que, dentro de una
lujosa caseta, se encontraba a la entrada.
- Buenos días, le dijo.
- Buenos días, respondió el guardián con solemnidad, desde debajo
de su gorra.
- ¿Qué lugar es éste, tan hermoso? preguntó el hombre.
- Este es el Cielo, fue la escueta respuesta.
- ¡Qué suerte, hemos llegado al Cielo! Por favor, déjenos pasar,
estamos cansados y sedientos, dijo el hombre.
- Bien, puede usted entrar y beber toda el agua que quiera, pero
solo, le contestó el guardián, indicándole el camino con un gesto
de su cabeza.
El hombre miró con ansia el
agua cantarina, pero volvió la vista hacia su caballo y su perro,
que le miraban implorantes, jadeando y con sus lenguas asomando
entre los dientes.
- Mi caballo y mi perro están
tan sedientos como yo, dijo en un susurro el hombre.
- Lo lamento mucho, le comentó cortésmente el guardián, pero aquí
no se permite bajo ningún concepto la entrada a los animales.
Usted tampoco podrá volver a salir una vez que entre en el Cielo,
añadió.
- Pero ellos me han acompañado siempre, incluso han arriesgado su
vida por salvar la mía, le replicó el hombre con angustia.
El guardián se limitó a menear la cabeza negativamente y con
firmeza. El hombre se quedó quieto, desilusionado y con su reseca
lengua clavada como una estaca entre sus labios. Sin embargo,
decidió no beber si sus amigos no podían hacerlo. "Iré a ver si
puedo encontrar dónde darles de beber, y luego pensaré cómo
pedirle a Dios que los deje entrar conmigo", pensó.
Así que prosiguió su camino.
Después de continuar ascendiendo por estrechas veredas, monte
arriba, cada vez más sedientos y agotados, llegaron los tres a un
jardín que rodeaba una vieja puerta de madera entreabierta. La
puerta se asomaba a un amplio camino de tierra, con árboles
frondosos a sus costados que ofrecían una acogedora sombra
recorrida por la brisa. Bajo el tercero de ellos estaba un anciano
jardinero de barba blanca, recostado en el suelo y con la espalda
sobre el tronco. Parecía adormilado, con la cabeza cubierta por un
amplio sombrero de paja que le cubría el rostro. El caminante se
aproximó.
- Buenos días, señor, le dijo.
- Buenos días, joven, respondió afablemente el anciano.
- Estamos a punto de morir de nuevo mi caballo, mi perro y yo,
esta vez de sed. ¿Hay algún lugar donde podamos beber los tres,
aunque sea un momento, por favor?, preguntó el hombre con
esfuerzo, sin poder casi articular las palabras por la falta de
saliva.
- Detrás de aquellos arbustos hay un manantial de agua fresca,
contestó el anciano. Pueden pasar y beber lo que les apetezca.
Nada más oírlo, el hombre, el
caballo y el perro saltaron como flechas. Corrieron hasta el
manantial, arrojándose literalmente dentro y bebiendo con ansia
hasta calmar la sed y refrescarse. Al volver hasta donde estaba el
anciano, el hombre le dio efusivamente las gracias.
- Pueden volver cuando quieran,
fue la respuesta.
- A propósito - dijo el caminante - ¿cual es el nombre de este
lugar?
- Están en el Cielo, contestó el anciano con una amplia sonrisa.
- ¡Pero no es posible, exclamó el hombre sin comprender nada, el
guardián que estaba al pie de la montaña, junto al gran portal de
mármol, nos dijo que el Cielo estaba allí!
- No, no, aquello no es el Cielo, ¡es el infierno!.
El caminante se quedó tartamudeando del asombro.
- !!!Pero, pero, pero entonces... esto es, es terrible... ese
guardián mentiroso del infierno va a engañar a mucha gente!!!
- De ninguna manera, respondió el anciano. La verdad es que nos
hace un favor, porque consigue que se queden allí aquellos que son
capaces de abandonar, a las primeras de cambio, a sus mejores
amigos.

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