Págs.

Los 1000 espejos

 

Se dice que hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, un perrito buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero de una de las puertas de dicha casa.

El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar de subir las escaleras se topó con una puerta entre abierta; lentamente se adentró en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta que dentro de ese cuarto había 1000 perritos más observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos. El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los 1000 perritos hicieron lo mismo. Posteriormente sonrió y le ladró alegremente a uno de ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que los 1000 perritos también le sonreían y ladraban alegremente con él! Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando para sí mismo: Qué lugar tan agradable! Voy a venir más seguido a visitarlo!

Tiempo después, otro perrito callejero entró al mismo sitio y se encontró entrando al mismo cuarto. Pero a diferencia del primero, este perrito al ver a los otros 1000 perritos del cuarto se sintió amenazado ya que lo estaban viendo de una manera agresiva. Posteriormente empezó a gruñir; vio como los 1000 perritos le gruñían a el. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros 1000 perritos le ladraron también a él. Cuando este perrito salió del cuarto pensó: "Qué lugar tan horrible es este! Nunca más volveré a entrar allí!" En el frente de dicha casa se encontraba un viejo letrero que decía:"La Casa de los 1000 Espejos"

Lo que hay dentro de nosotros, eso es lo que reflejamos.

 

Los huevos de oro

Cierta gallina ponía un huevo de oro por día Y el dueño dijo: Aquí hay mina; si yo mato esta gallina soy de un golpe millonario. ¿Qué vale un huevo diario? La mató, no halló tesoro, Y allí paró el huevo de oro.

Con lo cual supo el bellaco Que lo bastante  es bastante Y que ansiando lo sobrante. La codicia rompe el saco.

 

Los perros de Licurgo

Una vez apareció en la plaza de Esparta, durante  una reunión pública el legislador que había escrito  la Constitución de aquel pueblo. Iba seguido de unos criados que llevaban dos perros atados a una liebre mansa; llegado al medio de la concurrencia, sin decir palabra, soltó la liebre, y uno de los perros, contra la expectación de todos se puso a juguetear cariñosamente con el tímido animal de largas orejas.

 Admiraban los espartanos, extrañados, del espectáculo, cuando Licurgo ordenó que fuera soltado el otro perro; apenas éste se vio libre, aullando se precipitó sobre la liebre, que orejas tendidas empezó a correr por el espacio en se lo permitía la apiñada muchedumbre, hasta que, rodando jadeante cayó en poder  de su encarnizado adversario, que la deshizo en un momento. El pueblo contemplaba con lástima aquel espectáculo, los restos de la liebre infeliz, las manchas de sangre, la tristeza del primer perro por el fin de su amiga, cuando el legislador tomando la palabra dijo:

Ciudadanos, salud y libertad. He querido presentaros esta tarde el ejemplo palpable de lo que vale la educación. Al primer perro le enseñé desde chico a estar con las liebres sin hacerles daño, y al segundo le dejé abandonado a su bárbaro instinto natural, que aún acrecenté con la educación, amaestrándolo a perseguir las liebres dondequiera que las encontraba.

Ahí tenéis lo que es el hombre y lo que pueden ser vuestros hijos, según la educación que les deis. Abandonadlos a sí mismos, no les habléis de Dios,  de obligaciones ni de moral, y crecerán en los vicios más degradantes, y un día, cuando tengan fuerzas y libertad, se lanzarán contra las instituciones y los gobiernos, y contra sus pacíficos conciudadanos, y convertirán la república en un lago de sangre. Pero educadlos en el bien, en la piedad y en la disciplina; infundidles respeto religioso al prójimo, a las leyes, a la justicia de Dios, y tendréis un pueblo feliz en medio de la grandeza, gloria y corona de la humanidad.

 

Los dos amigos y el oso

A dos amigos se aparece un oso: El uno muy medroso En las ramas de un árbol se asegura. El otro, abandonado a la aventura, se finge muerto repentinamente. El oso se le acerca lentamente; mas como este animal, según se cuenta, de cadáveres nunca se alimenta, sin ofenderlo lo registra y toca; huélele las narices y la boca; no le siente el aliento, ni el menor movimiento; Y así se fue diciendo sin recelo: Este tan muerto está como mi abuelo. Entonces el cobarde, de su gran amistad haciendo alarde, del árbol se desprende muy ligero. Corre, llega y abraza al compañero: Pondera la fortuna de haberle hallado sin lesión alguna Y al fin le dice: Sepas que he notado que el oso te decía algún recado. ¿Qué pudo ser?

Te diré lo que ha sido: “Aparta tu amistad de la persona que si te ve en riesgo te abandona”

 

La rana y los gansos

Una rana se preguntaba cómo podía alejarse del clima frío del invierno. Unos gansos le sugirieron que emigrara con ellos. Pero el problema era que la rana no sabía volar. "Déjenmelo a mí -dijo la rana-. Tengo un cerebro espléndido". Luego pidió a dos gansos que la ayudaran a recoger una caña fuerte, cada uno sosteniéndola por un extremo. La rana pensaba agarrarse a la caña por la boca.

A su debido tiempo, los gansos y la rana comenzaron su travesía. Al poco rato pasaron por una pequeña ciudad, y los habitantes de allí salieron para ver el inusitado espectáculo. Alguien preguntó: "¿A quién se le ocurrió tan brillante idea?" Esto hizo que la rana se sintiera tan orgullosa y con tal sentido de importancia, que exclamó: "¡A MI!". Su orgullo fue su ruina, porque al momento en que abrió la boca, se soltó de la caña, cayó al vacío, y murió.

Es sabido siempre que todo orgullo en demasía, la ruina puede ser de una vida.

 

Las moscas

A un panal de rica miel dos mil moscas acudieron, que por golosas murieron presas de patas en él.
Otra dentro de un pastel
enterró su golosina.

Así, si bien se examina, los humanos corazones perecen en las prisiones del vicio que los domina.

El pastorcito y el lobo

Apacentando un joven su ganado, gritó desde la cima de un collado: "¡Favor! que viene un lobo, labradores"
Estos, abandonando sus labores,
acuden prontamente
y hallan que es una chanza solamente.

Vuelve a llamar, y temen la desgracia; segunda vez los burla. ¡Linda gracia! Pero, ¿qué sucedió la vez tercera?
Que vino en realidad la hambrienta fiera.
Entonces el pastorcito se desgañita, y por más que patea, llora y grita,
no se mueve la gente escarmentada
y el lobo le devora la manada.


¡Cuantas veces resulta de un engaño,
contra el engañador el mayor daño!

El cuervo y el zorro

En la rama de un árbol, bien ufano y contento, con un queso en el pico, estaba el señor Cuervo. Del olor atraído, un Zorro muy maestro le dijo estas palabras un poco más o menos:
 

"¡Tenga usted buenos días, señor Cuervo, mi dueño! ¡Vaya que estáis donoso, mono, lindo en extremo! Yo no gasto lisonjas, y digo lo que siento; que si a tu bella traza
corresponde el gorjeo,
juro a la diosa Ceres, siendo testigo el cielo, que tú serás el Fénix de sus vastos imperios".
 

Al oír un discurso tan dulce y halagüeño, de vanidad llevado,
quiso cantar el Cuervo.
Abrió su negro pico, dejó caer el queso. El muy astuto Zorro, después de haberle preso,
le dijo:

"Señor bobo, pues sin otro alimento, quedáis con alabanzas
tan hinchado y repleto,
digerid las lisonjas mientras yo digiero el queso"


Quien oye aduladores,
nunca espere otro premio.

El lobo y el perro

En busca de alimento iba un Lobo muy flaco y muy hambriento. Se encontró con un Perro tan relleno, tan lucio, sano y bueno, que le dijo: "Yo extraño que estés de tan buen año como se deja ver por tu semblante, cuando a mí, más pujante, más osado y sagaz, mi triste suerte me tiene hecho retrato de la muerte".

El Perro respondió: "Sin duda alguna lograrás, si tú quieres, mi fortuna. Deja el bosque y el prado; retírate a poblado; servirás de portero a un rico caballero, sin otro afán ni más ocupaciones que defender la casa de ladrones".

"Acepto desde luego tu partido, que para mucho más estoy curtido. Así me libraré de la fatiga, a que el hambre me obliga de andar por montes sendereando peñas, trepando riscos y rompiendo breñas, sufriendo de los tiempos los rigores, lluvias, nieves, escarchas y calores".

A paso diligente marchando juntos amigablemente, varios puntos tratando en confianza, pertenecientes a llenar la panza. En esto el Lobo, por algún recelo, que comenzó a turbarle su consuelo, mirando al Perro, le dijo: "He reparado
que tienes el pescuezo algo pelado.
Dime: ¿Qué es eso?"

"Dímelo, por tu vida, camarada". "No es más que la señal de la cadena; pero no me da pena, pues aunque por inquieto
a ella estoy sujeto,
me sueltan cuando comen mis señores,
recíbenme a sus pies con mil amores:
ya me tiran el pan, ya la tajada, y todo aquello que les desagrada; éste lo mal asado,
aquél un hueso poco descarnado;
y aun un glotón, que todo se lo traga, a lo menos me halaga, pasándome la mano por el lomo; yo meneo la cola, callo y como".

"Todo eso es bueno, yo te lo confieso; pero por fin y postre tú estás preso: jamás sales de casa, ni puedes ver lo que en el pueblo pasa". "Es así" "Pues, amigo, la amada libertad que yo consigo no he de trocarla de manera alguna por tu abundante y próspera fortuna.

Marcha, marcha a vivir encarcelado; no serás envidiado de quien pasea el campo libremente, aunque tú comas tan glotonamente pan, tajadas, y huesos; porque al cabo, no hay bocado en sazón para un esclavo".

El asno y el lobo

Un Burro cojo vio que le seguía un Lobo cazador, y, no pudiendo huir de su enemigo, le decía: "Amigo Lobo, yo me estoy muriendo; me acaban por instantes los dolores 
de este maldito pie de que cojeo. Si yo me valiese de herradores, no me vería así como me veo. Y pues fallezco, sé caritativo: sácame con los dientes este clavo. Muera yo sin dolor tan excesivo, y cómeme después de cabo a rabo" 

"¡Oh!, -dijo el cazador con ironía, contando con la presa ya en la mano- ¡No solamente sé la anatomía, sino que soy perfecto cirujano! El caso es para mí una patarata: La operación, no es más que de un momento. ¡Alargue bien la pata, y no se acobarde, buen jumento!" Con su estuche molar desenvainado, el nuevo profesor llega doliente; mas éste le dispara de contado una coz que le deja sin un diente. Escapa el cojo; pero el triste herido llorando se quedó su desventura. 

"¡Ay, infeliz de mí! ¡Bien merecido el pago tengo de mi gran locura! ¡Yo siempre me llevé el mejor bocado en mi oficio de Lobo carnicero! Pues si pude vivir tan regalado, ¡a qué meterme ahora a curandero?" 

Hablemos con razón no tiene juicio quien deja el propio por ajeno oficio. 

 

El león y la zorra

Un León fingía que estaba enfermo: con este engaño hacía venir a su cueva a todos los animales, y cuando los tenía allí los mataba.

Llegó también la zorra, pero, no fiándose dijo desde fuera al león que sentía mucho su enfermedad. El león , viendo que no entraba, dijo:

¿porqué no entras? ¿recelas por ventura de mí, cuanto estoy tan débil que aunque quisiera no me sería posible hacerte daño? Entra, pues, como los demás.

Esto es, respondió la zorra, lo que me infunde recelo, que veo aquí seguramente las huellas de que han entrado, pero no veo las de haber salido.

No se debe fiar ciegamente en lo que nos dicen; se debe juzgar de las palabras, según sean las obras de la persona que las pronuncia.

 

El avariento

Cierto hombre avaro vendió cuanto poseía y convirtió su precio en oro, el cual enterró en un lugar oculto; y teniendo todo su ánimo y su pensamiento puesto puesto en el tesoro, iba diariamente a visitarlo, lo que observado por otro hombre fue a aquel sitio, desenterró el oro y se lo llevó.

Cuando el avaro vino según costumbre a visitar su tesoro, vio desenvuelta la tierra, y que lo habían robado, se puso a llorar y a arrancarse los cabellos. Uno que pasaba viendo los extremos que hacía aquel hombre, se llegó a él, y después de informarse de la causa de su dolor, le dijo:

¿Por qué te entristeces tanto por haber perdido un oro que tenías como si no lo poseyeras? Toma una piedra y entiérrala, figurándote que es oro, una vez que tanto te servirá ella como te servía ese oro del que nunca hacías uso.

Esta fábula enseña que de nada sirve poseer una cosa, si no se disfruta.


 

El libro presumido

Encontrándose dos libros en una biblioteca que se iba ha abrir próximamente, decía el uno al otro:

- No se como han consentido tu presencia en este lugar, puesto que a diferencia mía eres muy feo. Tu encuadernación no está adornada con oro como la mía, tampoco está hecha de cuero y además no tienes ningún dibujo bello presentándote como portada.

- Al oír estas palabras quedó el segundo libro muy apenado.

Se abrió por fin la biblioteca y el libro feo vio como era el predilecto entre el resto de ellos. Dijo entonces al libro presumido:

- Bien es cierto que eres más bonito que yo, sin embargo, yo soy más leído pues mis páginas contienen más esencia que las tuyas.

No todo lo que reluce por fuera, reluce también por dentro.

 

El gusanito

Un pequeño gusanito caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un saltamontes.
Hacia dónde te diriges? le preguntó. Sin dejar de caminar, la oruga contestó:


Tuve un sueño anoche: soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo.

Sorprendido, el saltamontes dijo mientras su amigo se alejaba; ¡debes estar loco!, ¿cómo podrás llegar hasta aquel
lugar?, ¡Tu una simple oruga! Una piedra será una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable.

Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó, su diminuto cuerpo no dejó de moverse.
De pronto se oyó la voz de un escarabajo:

¿Hacia dónde te diriges con tanto empeño? Sudando ya el gusanito, le dijo jadeante:  Tuve un sueño y deseo realizarlo, subir a esa montaña y desde ahí contemplar todo nuestro mundo. El escarabajo no pudo soportar la risa, soltó la carcajada y luego dijo: Ni yo, con patas tan grandes, intentaría realizar algo tan ambicioso y se quedó en el suelo tumbado de la risa mientras la oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros.

Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor le aconsejaron a nuestro amigo a desistir, ¡No lo lograrás jamás! Le dijeron, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir. Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar. "Estaré mejor", fue lo último que dijo y murió.

Todos los animales del valle fueron a mirar sus restos, ahí estaba el animal más loco del pueblo, había construido como su tumba un monumento a la insensatez, ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió por querer realizar un sueño irrealizable.

Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos.  De pronto quedaron atónitos, aquella concha dura comenzó a quebrarse y con asombro vieron unos ojos y una antena que no podía ser la de la oruga que creían muerta, poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron
saliendo las hermosas alas arco iris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos: una mariposa, no hubo  nada que decir, todos sabían lo que pasaría, se iría volando hasta la gran montaña y realizaría su sueño, el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir, todos se  había equivocado.
 

Dios nos ha creado para realizar un sueño, vivamos por el, intentemos alcanzarlo, pongamos la vida en ello y si nos damos cuenta que no podemos, quizá necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en nuestras vidas y entonces, con otro aspecto, con otras posibilidades y con la gracia de Dios, lo lograremos.

EL ÉXITO EN LA VIDA NO SE MIDE POR LO QUE HAS LOGRADO, SINO POR LOS OBSTÁCULOS QUE HAS TENIDO QUE ENFRENTAR EN EL CAMINO.

 

La hormiguita y el lirio

Había una vez una hormiguita, esta hormiguita era como toda buena hormiga, trabajadora y servicial. Se la pasaba acarreando hojitas de día y de noche: casi no tenía tiempo para descansar. Y así transcurría su vida, trabajando y trabajando.  

Un día fue a buscar comida a un estanque que estaba un poco lejos de su casa, y para su sorpresa al llegar al estanque vio como un botón de lirio se abría y de él surgía una hermosa y delicada florecilla.

 Se acercó: -¡Hola! ¿sabes? eres muy bonito, ¿qué eres?

-Y la florcita contestó: Soy un lirio, Gracias, ¿sabes? eres muy simpático, ¿qué eres?

 -Soy una hormiga, Gracias también.

Y así la hormiguita y el lirio siguieron conversando todo el día, haciéndose grandes amigos, cuando iba anochecer la hormiga regresó a su casa, no sin antes de prometer al lirio que volvería al día siguiente.

 Mientras iba caminando a casa, la hormiga descubrió que admiraba a su nuevo amigo, que lo quería muchísimo y se dijo, "Mañana le diré que me encanta su forma de ser, mañana".

Y el lirio al quedarse solo se dijo, "Me gusta la amistad de la hormiga, mañana cuando venga se lo diré".  

Pero al día siguiente la hormiguita se dio cuenta de que no había trabajado nada el día anterior. Así que decidió quedarse a trabajar y se dijo, "Mañana iré con el lirio. hoy  no puedo, estoy demasiado ocupado, mañana y le diré además, que le extraño".

Al día siguiente amaneció lloviendo, y la hormiga no pudo salir de su casa y se dijo, -que mala suerte hoy tampoco veré al lirio.  Bueno no importa mañana le diré todo lo especial que es para mí"   Y al tercer día la hormiguita se despertó muy temprano y se fue al estanque, pero al llegar encontró al lirio en el suelo, ya sin vida.

La lluvia y el viento habían destrozado su tallo. Entonces la hormiga pensó, que tonta fui, desperdicié demasiado tiempo, mi amigo se fue sin saber todo lo que lo quería, en verdad me arrepiento.

Y así fue como ambos nunca supieron lo importante que eran. No esperes el final de tu vida para arrepentirte.  

No esperes el mañana para soñar, y por ningún motivo dejes de decirle  a una persona que le amas.

 

El hombre, el caballo y el perro

Un hombre, su caballo y su perro caminaban por una calle. El hombre quería mucho a sus dos animales, que en alguna ocasión incluso le habían salvado la vida. Pero esta vez, de repente y en un momento dado, el hombre se dio cuenta de que, tanto él como su caballo y su perro, habían muerto atropellados (a veces cuesta algo de trabajo comprender que se ha abandonado definitivamente la vida).

Siguieron caminando. Mucho tiempo. El recorrido era largo, ascendiendo lentamente cuesta arriba; bajo un fuerte sol. Cada vez más cansados, sudorosos y con una sed que comenzaba a ser abrasadora. Aunque habían muerto, descubrieron que necesitaban desesperadamente un poco de agua.

En una curva del camino, al pie de una gran montaña, se toparon con una explanada de losetas doradas que terminaba en una impresionante puerta de hierro forjado, con dinteles de mármol, tras la que se vislumbraba una plazoleta con un suelo que brillaba como el fuego. Un acueducto lleno de agua la atravesaba. El caminante se dirigió inmediatamente al guardián que, dentro de una lujosa caseta, se encontraba a la entrada.

- Buenos días, le dijo.
- Buenos días, respondió el guardián con solemnidad, desde debajo de su gorra.
- ¿Qué lugar es éste, tan hermoso? preguntó el hombre.
- Este es el Cielo, fue la escueta respuesta.
- ¡Qué suerte, hemos llegado al Cielo! Por favor, déjenos pasar, estamos cansados y sedientos, dijo el hombre.
- Bien, puede usted entrar y beber toda el agua que quiera, pero solo, le contestó el guardián, indicándole el camino con un gesto de su cabeza.

El hombre miró con ansia el agua cantarina, pero volvió la vista hacia su caballo y su perro, que le miraban implorantes, jadeando y con sus lenguas asomando entre los dientes.

- Mi caballo y mi perro están tan sedientos como yo, dijo en un susurro el hombre.
- Lo lamento mucho, le comentó cortésmente el guardián, pero aquí no se permite bajo ningún concepto la entrada a los animales. Usted tampoco podrá volver a salir una vez que entre en el Cielo, añadió.
- Pero ellos me han acompañado siempre, incluso han arriesgado su vida por salvar la mía, le replicó el hombre con angustia.
El guardián se limitó a menear la cabeza negativamente y con firmeza. El hombre se quedó quieto, desilusionado y con su reseca lengua clavada como una estaca entre sus labios. Sin embargo, decidió no beber si sus amigos no podían hacerlo. "Iré a ver si puedo encontrar dónde darles de beber, y luego pensaré cómo pedirle a Dios que los deje entrar conmigo", pensó.

Así que prosiguió su camino. Después de continuar ascendiendo por estrechas veredas, monte arriba, cada vez más sedientos y agotados, llegaron los tres a un jardín que rodeaba una vieja puerta de madera entreabierta. La puerta se asomaba a un amplio camino de tierra, con árboles frondosos a sus costados que ofrecían una acogedora sombra recorrida por la brisa. Bajo el tercero de ellos estaba un anciano jardinero de barba blanca, recostado en el suelo y con la espalda sobre el tronco. Parecía adormilado, con la cabeza cubierta por un amplio sombrero de paja que le cubría el rostro. El caminante se aproximó.

- Buenos días, señor, le dijo.
- Buenos días, joven, respondió afablemente el anciano.
- Estamos a punto de morir de nuevo mi caballo, mi perro y yo, esta vez de sed. ¿Hay algún lugar donde podamos beber los tres, aunque sea un momento, por favor?, preguntó el hombre con esfuerzo, sin poder casi articular las palabras por la falta de saliva.
- Detrás de aquellos arbustos hay un manantial de agua fresca, contestó el anciano. Pueden pasar y beber lo que les apetezca.

Nada más oírlo, el hombre, el caballo y el perro saltaron como flechas. Corrieron hasta el manantial, arrojándose literalmente dentro y bebiendo con ansia hasta calmar la sed y refrescarse. Al volver hasta donde estaba el anciano, el hombre le dio efusivamente las gracias.

- Pueden volver cuando quieran, fue la respuesta.
- A propósito - dijo el caminante - ¿cual es el nombre de este lugar?
- Están en el Cielo, contestó el anciano con una amplia sonrisa.
- ¡Pero no es posible, exclamó el hombre sin comprender nada, el guardián que estaba al pie de la montaña, junto al gran portal de mármol, nos dijo que el Cielo estaba allí!
- No, no, aquello no es el Cielo, ¡es el infierno!.
El caminante se quedó tartamudeando del asombro.
- !!!Pero, pero, pero entonces... esto es, es terrible... ese guardián mentiroso del infierno va a engañar a mucha gente!!!
- De ninguna manera, respondió el anciano. La verdad es que nos hace un favor, porque consigue que se queden allí aquellos que son capaces de abandonar, a las primeras de cambio, a sus mejores amigos.


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Fábulas

                     Sección 5

  En esta sección te presentamos las siguientes fábulas: 

 Los 1000 espejos
Los huevos de oro
 Los perros de Licurgo
 Dos amigos y el oso
La rana y los gansos
 Las moscas
El pastorcito y el lobo
El cuervo y el zorro
El lobo y el perro
El asno y el lobo
El león y la zorra
El avariento
 El libro presumido
 El gusanito
 La hormiga y el lirio
Hombre, caballo y el perro

                     Nota

¿Qué es la fábula?  Viene del latín, (fabula, relato) Es un relato generalmente en verso que oculta una enseñanza moral bajo el   velo de una ficción, dicha enseñanza  lleva el nombre de  moraleja.

Se considera a Esopo (un escritor griego) el más grande fabulista de todos los tiempos. La mayoría de las fábulas en esta sección son de su autoría. 

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