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El mercader de sal y el asno
Llevó un mercader a su asno a
la costa para comprar sal.
En el camino de regreso a su
pueblo pasaban por un río, en el cual, en un hueco, su asno
resbaló mojando su carga. Cuando se levantó sintió aliviado su
peso considerablemente, pues bastante de la sal se había
diluido.
Retornó el mercader de nuevo a
la costa y cargó más sal que la vez anterior.
Cuando llegaron otra vez al
río, el asno se tiró de propósito en el mismo hoyo en que
había caído antes, y levantándose de nuevo con mucho menos
peso, se enorgullecía triunfantemente de haber obtenido lo que
buscó.
Notó el comerciante el truco
del asno, y por tercera vez regreso a la costa, donde esta vez
compró una carga de esponjas en vez de sal.
Y el asno, tratando de jugar de
nuevo a lo mismo, se tiro en el hueco del río, pero esta vez
las esponjas se llenaron de agua y aumentaron terriblemente su
peso.
Y así el truco le rebotó al
asno, teniendo que cargar ahora en su espalda más del doble de
peso.
Tratar de evitar el deber
haciendo trucos, sólo nos dañara a nosotros mismos.
Los
jóvenes y las ranas
Varios jóvenes, jugando cerca
de un estanque, vieron un grupo de ranas en el agua y
comenzaron a apedrearlas.
Habían matado a varias, cuando
una de las ranas, sacando su cabeza gritó:
- Por favor, paren muchachos,
que lo que es diversión para ustedes, es muerte y tristeza
para nosotras.
Antes de tomar una acción que
creas te beneficia, ve primero que no perjudique a otros.
El ciervo y sus
amigos
Yacía un ciervo enfermo en una
esquina de su terreno de pastos.
Llegaron entonces sus amigos en
gran número a preguntar por su salud, y mientras hablaban,
cada visitante mordisqueaba parte del pasto del ciervo.
Al final, el pobre ciervo
murió, no por su enfermedad sino porque no ya no tenía de
donde comer.
Más vale estar solo que mal
acompañado.
El ciervo
en el pesebre de los bueyes
Un ciervo perseguido por la
jauría y ciego por el terror del peligro en que se encontraba
llegó a una granja y se escondió entre unas pajas en un
cobertizo para bueyes. Un buey amablemente le dijo:
-¡Oh, pobre criatura! ¿Por qué
de esa forma, has decidido arruinarte, y venir a confiarte a
la casa de tu enemigo?
Y replicó el ciervo:
-Permíteme amigo, quedarme
donde estoy, y yo esperaré la mejor oportunidad para escapar.
Al final de la tarde llegó el
arriero a alimentar el ganado, pero no vio al ciervo. Y aún el
administrador de la finca pasó con varios de sus empleados sin
notar su presencia. El ciervo congratulándose a sí mismo por
su seguridad comenzó a agradecer a los bueyes su gentileza por
la ayuda en los momentos de necesidad. Uno de los bueyes de
nuevo le advirtió:
-Realmente deseamos tu
bienestar, pero el peligro no ha terminado. Todavía falta otro
hombre de revisar el establo, que pareciera que tiene cien
ojos, y hasta tanto, no puedes estar seguro.
Al momento ingresó el dueño, y
quejándose de que no habían alimentado bien a los bueyes fue
al pajar y exclamó:
-¿Por qué falta paja aquí? Ni
siquiera hay para que se echen.
-¡Y esos vagos ni siquiera
limpiaron las telarañas!
Y mientras seguía examinando
todo, vio sobresalir de entre la paja las puntas de una
cornamenta. Entonces llamando a sus empleados, ordenó la
captura del ciervo y su posterior sacrificio.
Nunca te refugies en los
terrenos del enemigo.
Las palomas, el milano y el halcón
Unas palomas, aterrorizadas por
la presencia de un milano, llamaron al halcón para que las
defendiera.
Inmediatamente él aceptó.
Cuando ya ellas lo habían
admitido dentro de su palomar, se dieron cuenta de que hacía
mucho más estragos y matanzas en un día, que lo que haría un
milano en un año.
Evita los remedios que son
peores que la enfermedad.
El asno, el gallo
y el león
Estaban un gallo y un asno en
un pastizal cuando llegó un hambriento león. Y ya iba el león
a tirarse encima del asno, cuando el gallo, cuyo cantar se
dice que aterroriza a los leones, gritó fuertemente, haciendo
salir corriendo al león tan rápido como pudo.
El asno al ver el impacto que
un simple canto del gallo realizaba, se llenó de coraje para
atacar al león, y corrió tras de él con ese propósito.
No había recorrido mayor
distancia cuando el león se volvió, lo atrapó y lo seccionó en
pedazos.
Ten siempre presente que las
cualidades de tu prójimo no son necesariamente las tuyas.
Los ríos y el mar
Se juntaron los ríos para
quejarse ante el mar diciéndole:
-¿Por qué si nosotros te
entregamos agua dulce y potable, haces tal trabajo, que
conviertes nuestras aguas en saladas e imposibles de beber?
El mar, percibiendo que querían
echarle la culpa del asunto, dijo:
- Por favor, dejen de darme
agua y entonces ya no volverán a salarse sus aguas.
Antes de culpar a otros, fíjate
primero si no eres el verdadero culpable.
El asno juguetón
Un asno se subió al techo de
una casa y brincando allá arriba, resquebrajó el techado.
Corrió el dueño tras de él y lo bajó de inmediato,
castigándolo severamente con un leño. Dijo entonces el asno:
-¿Por qué me castigan, si yo
vi ayer al mono hacer exactamente lo mismo y todos reían
felizmente, como si les estuviera dando un gran espectáculo?
Trabaja siempre para lo que te
has preparado, no hagas lo que no es de tu campo.
El asno
que cargaba una imagen
Una vez le correspondió a un asno cargar
la
imagen de una
deidad
por las calles de una ciudad para ser llevada a un templo. Y
por donde él pasaba, la multitud se postraba ante la imagen.
El asno, pensando que se
postraban en respeto hacia él, se erguía orgullosamente,
dándose aires y negándose a dar un paso más.
El conductor, viendo su
decidida parada, lanzó su látigo sobre sus espaldas y le
dijo:
-¡Oh, cabeza hueca, todavía no
ha llegado la hora en que los hombres adoren a los asnos!
Nunca tomes como tuyos los
méritos ajenos.
El viejo
perro cazador
Un viejo perro cazador, que en sus días de
juventud y fortaleza jamás se rindió ante ninguna bestia de la
foresta, encontró en sus ancianos días un jabalí en una
cacería. Y lo agarró por la oreja, pero no pudo retenerlo por
la debilidad de sus dientes, de modo que el jabalí escapó.
Su amo, llegando rápidamente, se mostró muy
disgustado, y groseramente reprendió al perro.
El perro lo miró lastimosamente y le dijo:
-Mi amo, mi espíritu está tan bueno como
siempre, pero no puedo sobreponerme a mis flaquezas del
cuerpo. Yo prefiero que me alabes por lo que he sido, y no que
me maltrates por lo que ahora soy.
Respeta siempre a tus ancianos, que aunque ya
no puedan hacer de todo, dieron lo mejor de su vida para tu
beneficio.
La lecherita
La hija de un granjero llevaba
un recipiente lleno de leche a vender al pueblo, y empezó a
hacer planes futuros:
-Cuando venda esta leche,
compraré trescientos huevos. Los huevos, descartando los que
no nazcan, me darán al menos doscientos pollos. Los pollos
estarán listos para mercadearlos cuando los precios de ellos
estén en lo más alto, de modo que para fin de año tendré
suficiente dinero para comprarme el mejor vestido para asistir
a las fiestas donde todos los muchachos me pretenderán, y yo
los valoraré uno a uno.-
Pero en ese momento tropezó con
una piedra, cayendo junto con la vasija de leche al suelo,
regando su contenido. Y así todos sus planes acabaron en un
instante.
No te ilusiones con lo que aún
no tienes.
La
viña y la cabra
Una viña se encontraba
exuberante en los días de la cosecha con hojas y uvas. Una
cabra que pasaba por ahí mordisqueó sus zarcillos y tiernas
hojas. La viña le reclamó:
-¿Por qué me maltratas sin
causa y comes mis hojas? ¿No ves que hay zacate suficiente?
Pero no tendré que esperar demasiado por mi venganza, pues si
sigues comiendo mis hojas y me maltratas hasta la raíz, yo
proveeré el vino que echarán sobre ti cuando seas la víctima
del sacrificio.
Los maltratos hechos con
intención, tarde o temprano regresan a quien los hizo, muchas
veces bajo otra vestidura.
El
pastor y el joven lobo
Encontró un pastor un joven
lobo y se lo llevó. En seguida le enseñó como robar ovejas de
los rebaños vecinos. Y el lobo, ya crecido y demostrándose
como un excelente alumno, dijo al pastor:
-Puesto que me has enseñado muy
bien a robar, pon buena atención en tu vigilancia, o perderás
parte de tu rebaño también.
Quien enseña a hacer el mal,
tiene que cuidarse de sus propios discípulos.
El
padre y sus dos hijas
Un padre tenía dos hijas. Una
casó con un hortelano y la otra con un fabricante de
ladrillos. Al cabo de un tiempo fue a visitar a la casada con
el hortelano, y le preguntó sobre su situación. Ella dijo:
-Todo está de maravilla
conmigo, pero sí tengo un deseo especial: que llueva todos los
días con abundancia para que así las plantas tengan siempre
suficiente agua.
Pocos días después visitó a su
otra hija, también preguntándole sobre su estado. Y ella le
dijo:
-No tengo quejas, solamente un
deseo especial: que los días se mantengan secos, sin lluvia,
con sol brillante, para que así los ladrillos sequen y
endurezcan muy bien.
El padre meditó: si una desea
lluvia, y la otra tiempo seco, ¿a cual de las dos le adjunto
mis deseos?
No trates nunca de complacer y
quedar bien con todo el mundo. Te será imposible.
El
ladrón y su madre
Un joven adolescente robó un
libro a uno de sus compañeros de escuela y se lo mostró a su
madre. Ella no solamente se abstuvo de castigarlo, sino más
bien lo estimuló. A la siguiente oportunidad se robó una capa
y se la llevó a su madre quien de nuevo lo alabó.
El joven creció y ya adulto fue
robando cada vez cosas de más valor hasta que un día fue
capturado en el acto, y con las manos atadas fue conducido al
cadalso para su ejecución pública.
Su madre lo siguió entre la
multitud y se golpeaba violentamente su pecho de tristeza. Al
verla el ladrón dijo:
-Deseo decirle algo a mi madre
en su oído.
Ella acercó su oído a él, y
éste rápidamente mordió su oreja cortándosela. Su madre le
reclamó que era un hijo desnaturalizado, a lo que él replicó:
-¡Ah! Si me hubieras reprendido
en mi primer robo del libro aquel, nunca hubiera llegado a
esto y ser condenado a una ingrata muerte.
Al nuevo árbol se le
endereza tierno para que crezca derecho.

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