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LOS TRES
CERDITOS
ace
muchísimos años en
el corazón del bosque vivían tres cerditos que eran hermanos.
El lobo siempre andaba persiguiéndoles para comérselos. Para
escapar del lobo, los cerditos decidieron hacerse una casa.
El
pequeño la hizo de paja, para acabar antes y poder irse a
jugar.
El
mediano construyó una casita de madera. Al ver que su hermano
pequeño había terminado ya, se dio prisa para irse a jugar con
él.
El
mayor trabajaba en su casa de ladrillo.
- Ya veréis lo que hace el lobo con vuestras casas- riñó a sus
hermanos mientras éstos se lo pasaban en grande.
El
lobo salió detrás del cerdito pequeño y él corrió hasta su
casita de paja, pero el lobo sopló y sopló y la casita de paja
derrumbó.
El
lobo persiguió también al cerdito por el bosque, que corrió a
refugiarse en casa de su hermano mediano. Pero el lobo sopló y
sopló y la casita de madera derribó. Los dos cerditos salieron
pitando de allí.
Casi
sin aliento, con el lobo pegado a sus talones, llegaron a la
casa del hermano mayor.
Los
tres se metieron dentro y cerraron bien todas las puertas y
ventanas. El lobo se puso a dar vueltas a la casa, buscando
algún sitio por el que entrar. Con una escalera larguísima
trepó hasta el tejado, para colarse por la chimenea. Pero el
cerdito mayor puso al fuego una olla con agua. El lobo comilón
descendió por el interior de la chimenea, pero cayó sobre el
agua hirviendo y se escaldó.
Escapó
de allí dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el
bosque. Se cuenta que nunca jamás quiso comer cerditos.
FIN
EL
FLAUTISTA DE HAMELIN
ace
mucho, muchísimo tiempo, en la próspera ciudad de Hamelín,
sucedió algo muy extraño: una mañana, cuando sus gordos y
satisfechos habitantes salieron de sus casas, encontraron las
calles invadidas por miles de ratones que merodeaban por todas
partes, devorando, insaciables, el grano de sus repletos
graneros y la comida de sus bien provistas
despensas.
Nadie
acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era
aún peor, nadie sabía qué hacer para acabar con tan
inquietante plaga.
Por
más que pretendían exterminarlos o, al menos, ahuyentarlos,
tal parecía que cada vez acudían más y más ratones a la
ciudad. Tal era la cantidad de ratones que, día tras día, se
enseñoreaba de las calles y de las casas, que hasta los mismos
gatos huían asustados.
Ante
la gravedad de la situación, los prohombres de la ciudad, que
veían peligrar sus riquezas por la voracidad de los ratones,
convocaron al Consejo y dijeron: "Daremos cien monedas de oro
a quien nos libre de los ratones".
Al
poco se presentó ante ellos un flautista taciturno, alto y
desgarbado, a quien nadie había visto antes, y les dijo: "La
recompensa será mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón en
Hamelín".
Dicho
esto, comenzó a pasear por las calles y, mientras paseaba,
tocaba con su flauta una maravillosa melodía que encantaba a
los ratones, quienes saliendo de sus escondrijos seguían
embelesados los pasos del flautista que tocaba incansable su
flauta.
Y
así, caminando y tocando, los llevó a un lugar muy lejano,
tanto que desde allí ni siquiera se veían las murallas de la
ciudad.
Por
aquel lugar pasaba un caudaloso río donde, al intentar
cruzarlo para seguir al flautista, todos los ratones
perecieron ahogados.
Los
hamelineses, al verse al fin libres de las voraces tropas de
ratones, respiraron aliviados. Ya tranquilos y satisfechos,
volvieron a sus prósperos negocios, y tan contentos estaban
que organizaron una gran fiesta para celebrar el feliz
desenlace, comiendo excelentes viandas y bailando hasta muy
entrada la noche.
A
la mañana siguiente, el flautista se presentó ante el Consejo
y reclamó a los prohombres de la ciudad las cien monedas de
oro prometidas como recompensa. Pero éstos, liberados ya de su
problema y cegados por su avaricia, le contestaron: "¡Vete de
nuestra ciudad!, ¿o acaso crees que te pagaremos tanto oro por
tan poca cosa como tocar la flauta?".
Y
dicho esto, los orondos prohombres del Consejo de Hamelín le
volvieron la espalda profiriendo grandes carcajadas.
Furioso
por la avaricia y la ingratitud de los hamelineses, el
flautista, al igual que hiciera el día anterior, tocó una
dulcísima melodía una y otra vez, insistentemente.
Pero
esta vez no eran los ratones quienes le seguían, sino los
niños de la ciudad quienes, arrebatados por aquel sonido
maravilloso, iban tras los pasos del extraño músico.
Cogidos
de la mano y sonrientes, formaban una gran hilera, sorda a los
ruegos y gritos de sus padres que en vano, entre sollozos de
desesperación, intentaban impedir que siguieran al flautista.
Nada
lograron y el flautista se los llevó lejos, muy lejos, tan
lejos que nadie supo adónde, y los niños, al igual que los
ratones que nunca volvieron.
En
la ciudad sólo quedaron sus opulentos habitantes y sus bien
repletos graneros y bien provistas despensas, protegidas por
sus sólidas murallas y un inmenso manto de silencio y
tristeza.
Y
esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta
desierta y vacía ciudad de Hamelín, donde, por más que
busquéis, nunca encontraréis ni un ratón ni un niño.
FIN
EL
PATITO FEO
Como
cada verano, a la Señora Pata le dio por empollar y todas sus
amigas del corral estaban deseosas de ver a sus patitos, que
siempre eran los más guapos de todos.
Llegó
el día en que los patitos comenzaron a abrir los huevos poco a
poco y todos se congregaron ante el nido para verles por
primera vez.
Uno
a uno fueron saliendo hasta seis preciosos patitos, cada uno
acompañado por los gritos de alborozo de la Señora Pata y de
sus amigas. Tan contentas estaban que tardaron un poco en
darse cuenta de que un huevo, el más grande de los siete, aún
no se había abierto.
Todos
concentraron su atención en el huevo que permanecía intacto,
incluso los patitos recién nacidos, esperando ver algún signo
de movimiento.
Al
poco, el huevo comenzó a romperse y de él salió un sonriente
pato, más grande que sus hermanos, pero ¡oh, sorpresa!,
muchísimo más feo y desgarbado que los otros seis...
La
Señora Pata se moría de vergüenza por haber tenido un patito
tan feísimo y le apartó con el ala mientras prestaba atención
a los otros seis.
El
patito se quedó tristísimo porque se empezó a dar cuenta de
que allí no le querían...
Pasaron
los días y su aspecto no mejoraba, al contrario, empeoraba,
pues crecía muy rápido y era flacucho y desgarbado, además de
bastante torpe el pobrecito.
Sus
hermanos le jugaban pesadas bromas y se reían constantemente
de él llamándole feo y torpe.
El
patito decidió que debía buscar un lugar donde pudiese
encontrar amigos que de verdad le quisieran a pesar de su
desastroso aspecto y una mañana muy temprano, antes de que se
levantase el granjero, huyó por un agujero del cercado.
Así
llegó a otra granja, donde una vieja le recogió y el patito
feo creyó que había encontrado un sitio donde por fin le
querrían y cuidarían, pero se equivocó también, porque la
vieja era mala y sólo quería que el pobre patito le sirviera
de primer plato. También se fue de aquí corriendo.
Llegó
el invierno y el patito feo casi se muere de hambre pues tuvo
que buscar comida entre el hielo y la nieve y tuvo que huir de
cazadores que pretendían dispararle.
Al
fin llegó la primavera y el patito pasó por un estanque donde
encontró las aves más bellas que jamás había visto hasta
entonces. Eran elegantes, gráciles y se movían con tanta
distinción que se sintió totalmente acomplejado porque él era
muy torpe. De todas formas, como no tenía nada que perder se
acercó a ellas y les preguntó si podía bañarse también.
Los
cisnes, pues eran cisnes las aves que el patito vio en el
estanque, le respondieron:
- ¡Claro que sí, eres uno de los nuestros!
A lo que el patito respondió:
-¡No os burléis de mí!. Ya sé que soy feo y desgarbado, pero
no deberíais reír por eso...
- Mira tu reflejo en el estanque -le dijeron ellos- y verás
cómo no te mentimos.
El
patito se introdujo incrédulo en el agua transparente y lo que
vio le dejó maravillado. ¡Durante el largo invierno se había
transformado en un precioso cisne!. Aquel patito feo y
desgarbado era ahora el cisne más blanco y elegante de todos
cuantos había en el estanque.
Así
fue como el patito feo se unió a los suyos y vivió feliz para
siempre.
FIN

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