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El Tingalín
[Anónimo]

acía
poco tiempo que el abogado había llegado al pueblo y no
conocía el significado de algunas palabras que usaban los
campesinos. Como andaba buscando fincas para comprar,
consiguió un burrito para hacer sus diligencias. Pero sucedió
que un día el burrito amaneció muerto. Andaba preocupado
buscando otro, cuando se topó con un campesino montado en un
hermoso caballo, grande y buen paso.
El abogado pensó que justamente
eso era lo que necesitaba y le pidió al campesino que se lo
vendiera. Pero el campesino le respondió:
-¡Ay,
licenciado! este caballo no le conviene.
-¿Por qué dice
que no me conviene?
-Licenciado,
es que este caballo no trepa palos.
-¿Y acaso yo
quiero comprar un mono? Véndamelo.
-Licenciado,
es que este caballo tampoco come hierro –volvió a decir el
campesino.
-No me importa
que no coma hierro, para eso detrás de mi casa hay buenos
potreros de pará y jaraguá. Véndamelo.
Licenciado, ya
le dije que este caballo no le conviene. Además, no le gusta
el tingalín.
El abogado, ya
impaciente, le dijo: -No sé qué cosa es el tingalín ni me
interesa. Yo lo que quiero es me venda el caballo.
-Está
bien, licenciado, si usted insiste, lléveselo. Pero después no
me venga con quejas, porque mucho le he advertido que no le
conviene.
El abogado se fue muy contento
en su nuevo caballo. Lo llevaba al trote y parecía un animal
manso. Pero al llegar a un puente el caballo paró de repente,
lanzando al abogado por los aires.
Entonces se fue a buscar al
campesino y le dijo: -No sé qué le pasó al caballo, casi me
mata porque no quiso cruzar el puente. Como pude me levanté y
lo jalaba, lo empujaba, le pegaba, hice todo lo posible pero
no hubo forma de hacerlo cruzar el puente.
El campesino le respondió: -Se
lo dije ese caballo no trepa palos ni parados ni acostados.
Al día
siguiente el abogado volvió a salir a caballo. Iba bastante
rápido porque tenía prisa. Al llegar a un cruce de caminos
donde el campesino siempre entraba, el caballo dobló
rápidamente a la derecha. Y el abogado, que no estaba
preparado para eso, volvió a salir por los aires y casi se
raja la cabeza al caer sobre una piedra. Entonces el abogado
dijo: -Lo que este caballo necesita es un buen freno. Se fue a
comprarlo, pero al tratar de ponerle el freno al caballo, el
animal lo sintió. Se puso arisco, pateó, brincó y ni siquiera
dejó que el abogado se le acercara.
El abogado volvió donde el
campesino y le dijo: -Qué caballo más difícil fui a comprar,
no aguanta el freno.
-¿Se acuerda
que le dije que ese caballo no come hierro? No me venga ahora
con reclamos –respondió el campesino.
El abogado no se dio por
vencido. Estaba empeñado en dominar al caballo. Entonces
compró un par de espuelas. Se las puso y se acercó al caballo.
Pero cuando el animal oyó el ruido de las espuelas, cada vez
que el abogado intentó montarlo, lo botó.
El abogado, furioso y bien
golpeado, fue a buscar al campesino y le dijo: -Hombre, este
caballo no me deja montar con las espuelas. Y eso usted no me
lo dijo.
-¡Ay,
licenciado! ¿Cómo que no se lo dije? Yo le advertí que a este
caballo no le gusta el tingalín.
-¿El tingalín…?
–Preguntó el abogado.
-Sí, el
tingalín, la bulla de las espuelas, pues.
De esta manera el abogado se
fue, arrepentido de haber comprado el resabido caballo.
Pulgarcito
[Cuento
de
Charles Perrault
]
Érase
una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos,
todos ellos varones. El mayor tenía diez años y el menor, sólo
siete. Puede ser sorprendente que el leñador haya tenido
tantos hijos en tan poco tiempo; pero es que a su esposa le
cundía la tarea pues los hacía de dos en dos. Eran muy pobres
y sus siete hijos eran una pesada carga ya que ninguno podía
aún ganarse la vida. Sufrían además porque el menor era muy
delicado y no hablaba palabra alguna, interpretando como
estupidez lo que era un rasgo de la bondad de su alma. Era muy
pequeñito y cuando llegó al mundo no era más gordo que el
pulgar, por lo cual lo llamaron Pulgarcito.
Este pobre niño era en la casa
el que pagaba los platos rotos y siempre le echaban la culpa
de todo. Sin embargo, era el más fino y el más agudo de sus
hermanos y, si hablaba poco, en cambio escuchaba mucho.
Sobrevino un año muy difícil, y
fue tanta la hambruna, que esta pobre pareja resolvió
deshacerse de sus hijos. Una noche, estando los niños
acostados, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego, le
dijo:
-Tú ves que ya no podemos
alimentar a nuestros hijos; ya no me resigno a verlos morirse
de hambre ante mis ojos, y estoy resuelto a dejarlos perderse
mañana en el bosque, lo que será bastante fácil pues mientras
estén entretenidos haciendo atados de astillas, sólo tendremos
que huir sin que nos vean.
-¡Ay! -exclamó la leñadora-
¿serías capaz de dejar tú mismo perderse a tus hijos?
Por mucho que su marido le
hiciera ver su gran pobreza, ella no podía permitirlo; era
pobre, pero era su madre. Sin embargo, al pensar en el dolor
que sería para ella verlos morirse de hambre, consistió y fue
a acostarse llorando.
Pulgarcito oyó todo lo que
dijeron pues, habiendo escuchado desde su cama que hablaban de
asuntos serios, se había levantado muy despacio y se deslizó
debajo del taburete de su padre para oírlos sin ser visto.
Volvió a la cama y no durmió más, pensando en lo que tenía que
hacer.
Se levantó de madrugada y fue hasta la orilla
de un riachuelo donde se llenó los bolsillos con guijarros
blancos, y en seguida regresó a casa. Partieron todos, y
Pulgarcito no dijo nada a sus hermanos de lo que sabía. Fueron
a un bosque muy tupido donde, a diez pasos de distancia, no se
veían unos a otros. El leñador se puso a cortar leña y sus
niños a recoger astillas para hacer atados. El padre y la
madre, viéndolos preocupados de su trabajo, se alejaron de
ellos sin hacerse notar y luego echaron a correr por un
pequeño
sendero desviado.
Cuando los niños se vieron
solos, se pusieron a bramar y a llorar a mares. Pulgarcito los
dejaba gritar, sabiendo muy bien por dónde volverían a casa;
pues al caminar había dejado caer a lo largo del camino los
guijarros blancos que llevaba en los bolsillos. Entonces les
dijo:
-No teman, hermanos; mi padre y
mi madre nos dejaron aquí, pero yo los llevaré de vuelta a
casa, no tienen más que seguirme.
Lo siguieron y él los condujo a
su morada por el mismo camino que habían hecho hacia el
bosque. Al principio no se atrevieron a entrar, pero se
pusieron todos junto a la puerta para escuchar lo que hablaban
su padre y su madre.
En el momento en que el leñador
y la leñadora llegaron a su casa, el señor de la aldea les
envió diez escudos que les estaba debiendo desde hacía tiempo
y cuyo reembolso ellos ya no esperaban. Esto les devolvió la
vida ya que los infelices se morían de hambre. El leñador
mandó en el acto a su mujer a la carnicería. Como hacía tiempo
que no comían, compró tres veces más carne de la que se
necesitaba para la cena de dos personas. Cuando estuvieron
saciados, la leñadora dijo:
-¡Ay! ¿qué será de nuestros
pobres hijos? Buena comida tendrían con lo que nos queda. Pero
también, Guillermo, fuiste tú el que quisiste perderlos. Bien
decía yo que nos arrepentiríamos. ¿Qué estarán haciendo en ese
bosque? ¡Ay!: ¡Dios mío, quizás los lobos ya se los han
comido! Eres harto inhumano de haber perdido así a tus hijos.
El leñador se impacientó al fin,
pues ella repitió más de veinte veces que se arrepentirían y
que ella bien lo había dicho. Él la amenazó con pegarle si no
se callaba. No era que el leñador no estuviese hasta más
afligido que su mujer, sino que ella le machacaba la cabeza, y
sentía lo mismo que muchos como él que gustan de las mujeres
que dicen bien, pero que consideran inoportunas a las que
siempre bien lo decían. La leñadora estaba deshecha en
lágrimas.
-¡Ay! ¿dónde están ahora mis
hijos, mis pobres hijos?
Una vez lo dijo tan fuerte que
los niños, agolpados a la puerta, la oyeron y se pusieron a
gritar todos juntos:
-¡Aquí estamos, aquí estamos!
Ella corrió de prisa a abrirles
la puerta y les dijo abrazándolos:
-¡Qué contenta estoy de volver a
verlos, mis queridos niños! Están bien cansados y tienen
hambre; y tú, Pierrot, mira cómo estás de embarrado, ven para
limpiarte.
Este Pierrot era su hijo mayor
al que amaba más que a todos los demás, porque era un poco
pelirrojo, y ella era un poco colorina.
Se sentaron a la mesa y comieron
con un apetito que deleitó al padre y la madre; contaban el
susto que habían tenido en el bosque y hablaban todos casi al
mismo tiempo. Estas buenas gentes estaban felices de ver
nuevamente a sus hijos junto a ellos, y esta alegría duró
tanto como duraron los diez escudos. Cuando se gastó todo el
dinero, recayeron en su preocupación anterior y nuevamente
decidieron perderlos; pero para no fracasar, los llevarían
mucho más lejos que la primera vez.
No pudieron hablar de esto tan
en secreto como para no ser oídos por Pulgarcito, quien
decidió arreglárselas igual que en la ocasión anterior; pero
aunque se levantó de madrugada para ir a recoger los
guijarros, no pudo hacerlo pues encontró la puerta cerrada con
doble llave. No sabía que hacer; cuando la leñadora les dio a
cada uno un pedazo de pan como desayuno, pensó que podría usar
su pan en vez de los guijarros, dejándolo caer a migajas a lo
largo del camino que recorrerían; lo guardó, pues, en el
bolsillo.
El padre y la madre los llevaron
al lugar más oscuro y tupido del bosque y junto con llegar,
tomaron por un sendero apartado y dejaron a los niños.
Pulgarcito no se afligió mucho
porque creía que podría encontrar fácilmente el camino por
medio de su pan que había diseminado por todas partes donde
había pasado; pero quedó muy sorprendido cuando no pudo
encontrar ni una sola miga; habían venido los pájaros y se lo
habían comido todo.
Helos ahí, entonces, de lo más
afligidos, pues mientras más caminaban más se extraviaban y se
hundían en el bosque. Vino la noche, y empezó a soplar un
fuerte viento que les producía un susto terrible. Por todos
lados creían oír los aullidos de lobos que se acercaban a
ellos para comérselos. Casi no se atrevían a hablar ni a darse
vuelta. Empezó a caer una lluvia tupida que los caló hasta los
huesos; resbalaban a cada paso y caían en el barro de donde se
levantaban cubiertos de lodo, sin saber qué hacer con sus
manos.
Pulgarcito se trepó a la cima de
un árbol para ver si descubría algo; girando la cabeza de un
lado a otro, divisó una lucecita como de un candil, pero que
estaba lejos más allá del bosque. Bajó del árbol; y cuando
llegó al suelo, ya no vio nada más; esto lo desesperó. Sin
embargo, después de caminar un rato con sus hermanos hacia
donde había visto la luz, volvió a divisarla al salir del
bosque.
Llegaron a la casa donde estaba el candil no
sin pasar muchos sustos, pues de tanto en tanto la perdían de
vista, lo que ocurría cada vez que atravesaban un bajo.
Golpearon a la puerta y una buena mujer les abrió. Les
preguntó qué querían; Pulgarcito le dijo que eran unos pobres
niños que se habían extraviado en el bosque y pedían albergue
por
caridad. La mujer, viéndolos a
todos tan lindos, se puso a llorar y les dijo:
-¡Ay! mis pobres niños, ¿dónde
han venido a caer? ¿Saben ustedes que esta es la casa de un
ogro que se come a los niños?
-¡Ay, señora! -respondió
Pulgarcito que temblaba entero igual que sus hermanos-, ¿qué
podemos hacer? Los lobos del bosque nos comerán con toda
seguridad esta noche si usted no quiere cobijarnos en su casa.
Siendo así, preferimos que sea el señor quien nos coma; quizás
se compadecerá de nosotros, si usted se lo ruega.
La mujer del ogro, que creyó
poder esconderlos de su marido hasta la mañana siguiente, los
dejó entrar y los llevó a calentarse a la orilla de un buen
fuego, pues había un cordero entero asándose al palo para la
cena del ogro.
Cuando empezaban a entrar en
calor, oyeron tres o cuatro fuertes golpes en la puerta: era
el ogro que regresaba. En el acto la mujer hizo que los niños
se ocultaran debajo de la cama y fue a abrir la puerta. El
ogro preguntó primero si la cena estaba lista, si habían
sacado vino, y en seguida se sentó a la mesa. El cordero
estaba aún sangrando, pero por eso mismo lo encontró mejor.
Olfateaba a derecha e izquierda, diciendo que olía a carne
fresca.
-Tiene que ser -le dijo su
mujer- ese ternero que acabo de preparar lo que sientes.
-Huelo carne fresca, otra vez te
lo digo -repuso el ogro mirando de reojo a su mujer- aquí hay
algo que no comprendo.
Al decir estas palabras, se
levantó de la mesa y fue derecho a la cama.
-¡Ah -dijo él- así me quieres
engañar, maldita mujer! ¡No sé por qué no te como a ti
también! Suerte para ti que eres una bestia vieja. Esta caza
me viene muy a tiempo para festejar a tres ogros amigos que
deben venir en estos días.
Sacó a los niños de debajo de la
cama, uno tras otro. Los pobres se arrodillaron pidiéndole
misericordia; pero estaban ante el más cruel de los ogros
quien, lejos de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos y
decía a su mujer que se convertirían en sabrosos bocados
cuando ella les hiciera una buena salsa. Fue a coger un enorme
cuchillo y mientras se acercaba a los infelices niños, lo
afilaba en una piedra que llevaba en la mano izquierda. Ya
había cogido a uno de ellos cuando su mujer le dijo:
-¿Qué queréis hacer a esta hora?
¿No tendréis tiempo mañana por la mañana?
-Cállate -repuso el ogro- así
estarán más tiernos.
-Pero todavía tenéis tanta carne -replicó la
mujer-; hay un ternero, dos corderos y la
mitad de un puerco
-Tienes razón -dijo el ogro-;
dales una buena cena para que no adelgacen, y llévalos a
acostarse.
La buena mujer se puso
contentísima, y les trajo una buena comida, pero ellos no
podían tragar. de puro susto. En cuanto al ogro, siguió
bebiendo, encantado de tener algo tan bueno para festejar a
sus amigos. Bebió unos doce tragos más que de costumbre, que
se le fueron un poco a la cabeza, obligándolo a ir a
acostarse.
El ogro tenía siete hijas muy
chicas todavía. Estas pequeñas ogresas tenían todas un lindo
colorido pues se alimentaban de carne fresca, como su padre;
pero tenían ojitos grises muy redondos, nariz ganchuda y boca
grande con unos afilados dientes muy separados uno de otro.
Aún no eran malvadas del todo, pero prometían bastante, pues
ya mordían a los niños para chuparles la sangre.
Las habían acostado temprano, y
estaban las siete en una gran cama, cada una con una corona de
oro en la cabeza. En el mismo cuarto había otra cama del mismo
tamaño; ahí la mujer del ogro puso a dormir a los siete
muchachos, después de lo cual se fue a acostar al lado de su
marido.
Pulgarcito, que había observado
que las hijas del ogro llevaban coronas de oro en la cabeza y
temiendo que el ogro se arrepintiera de no haberlos degollado
esa misma noche, se levantó en mitad de la noche y tomando los
gorros de sus hermanos y el suyo, fue despacito a colocarlos
en las cabezas de las niñas, después de haberles quitado sus
coronas de oro, las que puso sobre la cabeza de sus hermanos y
en la suya a fin de que el ogro los tomase por sus hijas, y a
sus hijas por los muchachos que quería degollar.
La cosa resultó tal como había
pensado; pues el ogro, habiéndose despertado a medianoche, se
arrepintió de haber dejado para el día siguiente lo que pudo
hacer la víspera. Salió, pues, bruscamente de la cama, y
cogiendo su enorme cuchillo:
-Vamos a ver -dijo- cómo están
estos chiquillos; no lo dejemos para otra vez.
Subió entonces al cuarto de sus
hijas y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos
dormían menos Pulgarcito que tuvo mucho miedo cuando sintió la
mano del ogro que le tanteaba la cabeza, como había hecho con
sus hermanos. El ogro, que sintió las coronas de oro:
-Verdaderamente -dijo- ¡buen
trabajo habría hecho! Veo que anoche bebí demasiado.
Fue en seguida a la cama de las
niñas donde, tocando los gorros de los muchachos:
-¡Ah! -exclamó- ¡aquí están
nuestros mozuelos!, trabajemos con coraje.
Diciendo estas palabras, degolló
sin trepidar a sus siete hijas. Muy satisfecho después de esta
expedición, volvió a acostarse junto a su mujer.
Apenas Pulgarcito oyó los
ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les dijo que se
vistieran rápido y lo siguieran. Bajaron muy despacio al
jardín y saltaron por encima del muro. Corrieron durante toda
la noche, tiritando siempre y sin saber a dónde se dirigían.
El ogro, al despertar, dijo a su
mujer:
-Anda arriba a preparar a esos
chiquillos de ayer.
Muy sorprendida quedó la ogresa
ante la bondad de su marido sin sospechar de qué manera
entendía él que los preparara; y creyendo que le ordenaba
vestirlos, subió y cuál no sería su asombro al ver a sus siete
hijas degolladas y nadando en sangre. Empezó por desmayarse
(que es lo primero que discurren casi todas las mujeres en
circunstancias parecidas). El ogro, temiendo que la mujer
tardara demasiado tiempo en realizar la tarea que le había
encomendado, subió para ayudarla. Su asombro no fue menor que
el de su mujer cuando vio este horrible espectáculo.
-¡Ay! ¿qué hice? -exclamó-. ¡Me
la pagarán estos desgraciados, y en el acto!
-Echó un tazón de agua en la
nariz de su mujer, haciéndola volver en sí:
-Dame pronto mis botas de siete
leguas -le dijo- para ir a agarrarlos.
Se puso en campaña, y después de
haber recorrido lejos de uno a otro lado, tomó finalmente el
camino por donde iban los pobres muchachos que ya estaban a
sólo cien pasos de la casa de sus padres. Vieron al ogro ir de
cerro en cerro, y atravesar ríos con tanta facilidad como si
se tratara de arroyuelos. Pulgarcito, que descubrió una roca
hueca cerca de donde estaban, hizo entrar a sus hermanos y se
metió él también, sin perder de vista lo que hacía el ogro.
Éste, que estaba agotado de
tanto caminar inútilmente (pues las botas de siete leguas son
harto cansadoras), quiso reposar y por casualidad fue a
sentarse sobre la roca donde se habían escondido los
muchachos. Como no podía más de fatiga, se durmió después de
reposar un rato, y se puso a roncar en forma tan espantosa que
los niños se asustaron igual que cuando sostenía el enorme
cuchillo para cortarles el pescuezo.
Pulgarcito sintió menos miedo, y
les dijo a sus hermanos que huyeran de prisa a la casa
mientras el ogro dormía profundamente y que no se preocuparan
por él. Le obedecieron y partieron raudos a casa.
Pulgarcito, acercándose al ogro, le sacó
suavemente las botas y se las puso rápidamente. Las botas eran
bastante anchas y grandes; pero como eran mágicas, tenían el
don de adaptarse al tamaño de quien las calzara, de modo que
se ajustaron a sus pies y a sus
piernas como si hubiesen sido
hechas a su medida. Partió derecho a casa del ogro donde
encontró a su mujer que lloraba junto a sus hijas degolladas.
-Su marido -le dijo Pulgarcito-
está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de
ladrones que han jurado matarlo si él no les da todo su oro y
su dinero. En el momento en que lo tenían con el puñal al
cuello, me divisó y me pidió que viniera a advertirle del
estado en que se encuentra, y a decirle que me dé todo lo que
tenga disponible en la casa sin guardar nada, porque de otro
modo lo matarán sin misericordia. Como el asunto apremia,
quiso que me pusiera sus botas de siete leguas para cumplir
con su encargo, también para que usted no crea que estoy
mintiendo.
La buena mujer, asustadísima, le
dio en el acto todo lo que tenía: pues este ogro no dejaba de
ser buen marido, aun cuando se comiera a los niños.
Pulgarcito, entonces, cargado con todas las riquezas del ogro,
volvió a la casa de su padre donde fue recibido con la mayor
alegría.
Hay muchas personas que no están
de acuerdo con esta última circunstancia, y sostienen que
Pulgarcito jamás cometió ese robo; que, por cierto, no tuvo
ningún escrúpulo en quitarle las botas de siete leguas al ogro
porque éste las usaba solamente para perseguir a los niños.
Estas personas aseguran saberlo de buena fuente, hasta dicen
que por haber estado comiendo y bebiendo en casa del leñador.
Aseguran que cuando Pulgarcito se calzó las botas del ogro,
partió a la corte, donde sabía que estaban preocupados por un
ejército que se hallaba a doscientas leguas, y por el éxito de
una batalla que se había librado. Cuentan que fue a ver al rey
y le dijo que si lo deseaba, él le traería noticias del
ejército esa misma tarde. El rey le prometió una gruesa
cantidad de dinero si cumplía con este cometido.
Pulgarcito trajo las noticias
esa misma tarde, y habiéndose dado a conocer por este primer
encargo, ganó todo lo que quiso; pues el rey le pagaba
generosamente por transmitir sus órdenes al ejército; además,
una cantidad de damas le daban lo que él pidiera por traerles
noticias de sus amantes, lo que le proporcionaba sus mayores
ganancias. Había algunas mujeres que le encargaban cartas para
sus maridos, pero le pagaban tan mal y representaba tan poca
cosa, que ni se dignaba tomar en cuenta lo que ganaba por ese
lado.
Después de hacer durante algún
tiempo el oficio de correo, y de haber amasado grandes bienes,
regresó donde su padre, donde la alegría de volver a verlo es
imposible de describir. Estableció a su familia con las
mayores comodidades. Compró cargos recién creados para su
padre y sus hermanos y así fue colocándolos a todos, formando
a la vez con habilidad su propia corte.
Moraleja
Nadie se lamenta de una larga descendencia
cuando todos los hijos tienen buena presencia,
son hermosos y bien desarrollados;
mas si alguno resulta enclenque o silencioso
de él se burlan, lo engañan y se ve despreciado.
A veces, sin embargo, será este mocoso
el que a la familia ha de colmar de agrados.
FIN
El
príncipe feliz
[Cuento
de
Oscar Wilde]
En la parte más
alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua
del Príncipe Feliz.
Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a
guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo
ardía en el puño de su espada.
Por todo lo cual era muy admirada.
-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros
del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor
en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que
le tomaran por un hombre poco práctico.
-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una
madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe
Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.
-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es
completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado,
contemplando la estatua maravillosa.
-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos
al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas
escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.
-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si
no habéis visto uno nunca?
-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.
Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un
severo aspecto, porque no
podía aprobar que unos niños se permitiesen
soñar.
Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad.
Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero
ella se quedó atrás.
Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al
comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río
persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto
la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.
-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba
nunca con rodeos.
Y el Junco le hizo un profundo saludo.
Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el
agua con sus alas y trazando estelas de plata.
Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el
verano.
-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras
golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente
demasiada familia.
Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.
Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el
vuelo.
Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a
cansarse de su amante.
-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea
inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.
Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco
multiplicaba sus más graciosas reverencias.
-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me
gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar
viajar conmigo.
-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al
Junco.
Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su
hogar.
-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a
las Pirámides. ¡Adiós!
Y la Golondrina se fue.
Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a
la ciudad.
-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad
habrá hecho preparativos para recibirme.
Entonces divisó la estatua sobre la columnita.
-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho
aire fresco.
Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.
-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de
mirar en torno suyo.
Y se dispuso a dormir.
Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le
cayó encima una pesada gota de agua.
-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo,
las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo
llueve!
Entonces cayó una nueva gota.
-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia?
-dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.
Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las
alas, cayó una tercera gota.
La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que
corrían sobre sus mejillas de oro.
Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita
sintióse llena de piedad.
-¿Quién sois? -dijo.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la
Golondrina-. Me habéis empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió
la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en
el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la
entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en
el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor
del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me
preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me
rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el
Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer
es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto
me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y
todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de
plomo, no me queda más recurso que llorar.
«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para
sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer
ninguna observación en voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-,
allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de
sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer
sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado.
Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos
de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un
vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte,
la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un
lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene
fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua
del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres
llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos
al pedestal, y no me puedo mover.
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas
revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los
grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey.
El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una
tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene
una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus
manos son como unas hojas secas.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no
te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene
tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!
-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El
invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos
muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un
momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban.
Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para eso y
además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad;
mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la
Golondrinita se quedó apenada.
-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con
vos y seré vuestra mensajera.
-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.
Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del
Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de
la ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles
esculpidos en mármol blanco.
Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.
Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.
-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es
la fuerza del amor!
-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile
oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas
pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!
Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El
niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase
quedado dormida de cansancio.
La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la
mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó
suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la
cara del niño.
-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar
mejor.
Y cayó en un delicioso sueño.
Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el
Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y
sin embargo, hace mucho frío.
Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió.
Cuantas veces reflexionaba se dormía.
Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.
-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que
pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!
Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico
local.
Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se
podían comprender!...
-Esta noche parto para Egipto -se decía la
Golondrina.
Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.
Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato
sobre la punta del campanario de la iglesia.
Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose
unos a otros:
-¡Qué extranjera más distinguida!
Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo
vuelo hacia el Príncipe Feliz.
-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a
emprender la marcha.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no
te quedarás otra noche conmigo?
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis
amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo
se acuesta entre los juncos.
A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del
río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más
atronadores que los rugidos de la catarata.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá
abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una
buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles
y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su
pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de
granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en
terminar una obra para el director del teatro, pero siente
demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el
aposento y el hambre le ha rendido.
-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía
realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?
-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo
único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos
de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y
llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y
combustible y concluirá su obra.
-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.
Y se puso a llorar.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el
Príncipe-. Haz lo que te pido.
Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló
hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella
porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por
él como una flecha y se encontró en la habitación.
El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el
aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso
zafiro colocado sobre las violetas marchitas.
-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico
admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.
Y parecía completamente feliz.
Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.
Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los
marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos
cabos.
-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.
-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.
Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el
Príncipe Feliz.
-He venido para deciros adiós -le dijo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-.
¿No te quedarás conmigo una noche más?
-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la
nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras
verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran
perezosamente a los árboles, a orillas del río.
Amado
Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la
primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras
preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más
rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el
océano.
-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-,
tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han
caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le
pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No
tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto.
Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.
-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo
arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del
todo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-.
Haz lo que te mando.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y
emprendió el vuelo llevándoselo.
Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y
deslizó la joya en la palma de su mano.
-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña, y corrió a
su casa muy alegre.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.
- Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.
-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a
Egipto.
-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.
Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se
colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla
visto en países extraños.
Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a
orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la
esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y
lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a
sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en
sus manos; y de los pigmeos que navegan por un gran lago
sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con
las mariposas.
-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas
maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los
hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la
miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que
veas.
Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los
ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras
los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los
niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles
negras.
Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos
abrazados uno a otro para calentarse.
-¡Qué hambre tenemos! -decían.
-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.
Y se alejaron bajo la lluvia.
Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al
Príncipe lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo
hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre
que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el
Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.
Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de
los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron
por la calle.
-¡Ya tenemos pan! -gritaban.
Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.
Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y
relucían.
Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de
los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y
los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.
La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no
quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.
Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la
veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.
Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que
para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.
-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la
mano.
-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto,
Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado
tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.
-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir
a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño,
¿verdad?
Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó
muerta a sus pies.
En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de
la estatua, como si se hubiera roto algo.
El hecho es que la coraza de plomo se habla partido en dos.
Realmente hacia un frío terrible.
A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por
la plazoleta con dos concejales de la ciudad.
Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe
Feliz!
-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales
de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.
Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.
-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es
dorado -dijo el alcalde- En resumidas cuentas, que está lo
mismo que un pordiosero.
-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los
concejales.
-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-.
Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los
pájaros que mueran aquí.
Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.
Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.
-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de
estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió
al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el
metal.
-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
-O la mía -dijo cada uno de los concejales.
Y acabaron disputando.
-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la
fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el
horno; habrá que tirarlo como desecho.
Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en
que yacía la golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a
uno de sus ángeles.
Y el ángel se llevó el corazón de plomo
del
Príncipe
Feliz
y el pájaro muerto.
-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este
pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el
Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.

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