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Juan Huss
Uno de los
precursores de la gran reforma del siglo XVI fue un joven
profesor checo llamado Juan Huss. Su vida y su muerte fueron una
poderosa antorcha que alumbró en las tinieblas, y que anunció la
luz más brillante que habría de manifestarse un siglo más tarde.
Juan Huss nació
el año 1370. Era originario de Hussenitz, aldea del sur de
Bohemia, de la cual tomó su nombre. Se le conoció primero como
Juan de Hussenitz, y más tarde simplemente como Juan Huss.
Hijo de un
campesino pobre que murió tempranamente, fue criado con mucho
esfuerzo por su madre. Su piedad y fervor religioso se
manifestaron en él desde su infancia, pues participó como
monaguillo y cantó en el coro de la iglesia. Las lecturas
piadosas le apasionaban. Cierta noche que leía la vida de san
Lorenzo cerca de la chimenea, acercó su mano al fuego para
probar hasta dónde sería capaz de soportar los tormentos que
Lorenzo había sufrido. ¡Como si anunciase tempranamente la forma
en que había de glorificar a Dios!
Fue también un
joven brillante. Pese a la adversidad que le rodeaba, logró
llegar a la Universidad de Praga, en la capital del país. Una
vez allí, no sólo fue buen alumno, sino también un buen
profesor. Pero más que eso: al poco tiempo fue elegido decano de
la Facultad de Filosofía, y luego rector de la Universidad,
cuando tenía sólo 31 años de edad. Huss tenía una personalidad
muy atractiva, mezcla de inteligencia, seriedad y osadía, que se
destacaba entre sus colegas.
Por este tiempo
fue nombrado predicador de la capilla “Belén”, un hecho que
tiene ribetes muy interesantes. Esta capilla había sido
construida por dos laicos, con el expreso deseo de que en ella
se predicase la Palabra de Dios al pueblo en lengua común.
Cuando estuvo construida, ellos pensaron que nadie mejor que
Huss debía predicar en ella.
La luz llega en
un libro
Poco después
ocurrió un hecho que sería decisivo para el resto de su vida:
llegaron a sus manos unos libros de Juan Wicliffe, un predicador
inglés muy popular en ese tiempo. En un principio, los libros le
desconcertaron, pero luego los apreció hasta convertirse en su
admirador. Juan Wicliffe reivindicaba con vehemencia la
autoridad de las Sagradas Escrituras, al tiempo que denunciaba
la corrupción que había en los ambientes religiosos. Su
predicación poderosa y sus libros llenos de luz habían llenado
de gozo al pueblo, pero habían suscitado también mucho revuelo.
Cuando la luz de
la verdad resplandeció en el corazón de Juan Huss, comenzó a
predicar en esa misma dirección. Inevitablemente, se granjeó la
odiosidad de los religiosos. Aunque el pueblo le escuchaba de
buena gana.
Así como
Wicliffe había remecido Inglaterra, Juan Huss habría de remecer
a Bohemia.
Cuando la
autoridad religiosa vio que la luz reformista comenzaba a tomar
fuerza, emitió un decreto para intentar suprimir el
esparcimiento de los escritos de Wicliffe, sabiendo que esa era
la causa de aquel estropicio. Sin embargo, esto surtió un efecto
totalmente inesperado porque toda la Universidad se unió a Huss
para propagarlos.
Más tarde se le
prohibió predicar. Eso no bastó, sin embargo, para callarle,
debido al apoyo popular, y al hecho de que la capilla Belén era
de propiedad privada. Pronto otros habrían de imitarle,
recorriendo los pueblos y aldeas predicando al aire libre.
Poco después fue
excomulgado por negarse a ir a Roma. Esto trajo algunas
reacciones muy comprensibles para la época: El rey le quitó su
apoyo y le desterró de Praga. La misma ciudad, por prestarle
apoyo, fue anatemizada.
Ante esto,
algunos seguidores le abandonaron, pero otros le siguieron hasta
su destierro en su ciudad natal. Muchos acudían a oírle por
curiosidad, tal era la popularidad que había alcanzado el
“hereje”. Las muchedumbres se maravillaban de que un hombre tan
modesto, tan serio y piadoso fuese considerado como un demonio.
Desde su
destierro escribía a sus amados feligreses de “Belén” hermosas
cartas llenas de ternura y espiritualidad: “Sabed, queridos
míos, que si me he separado de vosotros ha sido para seguir el
precepto de nuestro Señor Jesucristo, para no dar a los malos
ocasión de incurrir en una condenación eterna y para liberar a
los buenos de aflicciones ... Pero yo no os he abandonado para
renegar de la verdad divina, por la cual, con la asistencia de
Dios, deseo morir”. En esos días dio a luz numerosos libros que
ayudaron a esparcir la verdad.
El concilio de
Constanza
Sin embargo, se
acercaba el día en que no sólo habría de predicar con sus
palabras, sino con su vida toda.
En noviembre del
año 1414, la iglesia de Roma convocó a un Concilio en la ciudad
de Constanza, Alemania. Huss fue llamado a comparecer ante él.
Contando con el aval del rey y del emperador, sus amigos le
dejaron partir. El viaje fue apoteósico. Las cortesías e incluso
la reverencia con que Huss se encontró por el camino eran
inimaginables. Por las calles que pasaba, e incluso por las
carreteras, se apiñaba la gente para expresarle su afecto.
Llegó a
Constanza en medio de grandes aclamaciones – casi se puede decir
que tuvo una entrada triunfal. Al igual que aquella otorgada a
su Maestro algunos siglos anteriores, ésta también habría de ser
la antesala de un día muy oscuro para él. No dejaba de
asombrarle el trato que se le dispensaba. «Pensaba yo que era un
proscrito. Ahora veo que mis peores enemigos están en Bohemia.»
La ciudad de Constanza estaba conmovida.
La iglesia de
Roma atravesaba en esos días por uno de sus peores momentos, así
que las deliberaciones del Concilio le obligaron a una larga
espera. Entre tanto, fue llamado a declarar ante el Papa, que
estaba también en la ciudad. Allí, en el palacio papal se le
tomó preso, al negarle toda validez al salvoconducto del
emperador, aduciéndose que Huss, siendo un “hereje”, no tenía
derechos.
Hasta ese día
había estado alojado en una casa particular, donde había
disfrutado de una relativa tranquilidad. Podía dedicarse con
reposo a la lectura y la oración, pero todo eso terminó porque
ahora fue encerrado en el calabozo de un convento, cerca del
cual pasaba una cloaca pestilente. A los pocos días cayó
aquejado de una feroz fiebre. Un amigo noble –Juan de Chlum–
intentó ayudarle ante el emperador, pero las órdenes de éste no
fueron acatadas. La autoridad religiosa tenía más poder que la
autoridad secular.
Sin embargo,
detrás de toda esta terrible escena puede verse una Mano maestra
que conducía todas las cosas, para dar a la posteridad un
ejemplo que imitar, para consolar los corazones oprimidos y para
abrir nuevos caminos de libertad. Un hombre era conducido por el
camino de la cruz –aunque no con mucha luz todavía– y éste se
dejaba llevar dócilmente, tomado de la mano de su Maestro.
Al igual que su Señor, Huss tuvo también un traidor. Uno de sus
antiguos amigos encabezó la confabulación de quienes procuraban
cazarle y exponerle ante los miembros del concilio.
Durante el
encierro experimentó toda clase de privaciones que le trajeron
mucho dolor, pero que también suavizaron su carácter impetuoso.
En esos días escribía a uno de sus amigos: “Es ahora cuando
aprendo a repetir los acentos de los salmos, a orar, a
contemplar los sufrimientos de Cristo. En medio de las
tribulaciones comprendemos mejor la Palabra de Dios.” Entre
tanto, los delegados del concilio intentaban afanosamente
quebrantar su voluntad, obteniendo una retractación antes de que
éste compareciera a declarar. Ellos temían que Huss hiciera uso
de la palabra, tanto como las tinieblas temen a la luz.
Luz en la cárcel
Durante su larga
permanencia en la cárcel –pues luego fue trasladado, para mayor
seguridad, al castillo de Gotleben– la indignación que en otro
tiempo solía subir a su corazón cuando era víctima de alguna
injusticia, se había trocado en dulzura y humildad. Esta
humildad y resignación le ganaron las simpatías hasta de sus
mismos carceleros, quienes acudían a pedirle instrucción y
consejo. A petición de ellos escribió algunos tratados, como:
“Los diez mandamientos”, “La oración dominical”, “El
matrimonio”, “Los tres enemigos del hombre” y “Del cuerpo y de
la sangre de nuestro Señor Jesucristo”. En las portadas de los
tratados puso los nombres de los carceleros a cuya petición los
había escrito.
Las cartas
escritas por Huss en sus últimos días en la prisión son una de
las páginas más heroicas y espirituales de la literatura
cristiana. En ella invita a sus amigos a permanecer firmes en
sus convicciones y a no buscar vengar su muerte, que ya veía
como inminente.
Si le asaltaba
algún temor en vista del suplicio con que le amenazaban, tomaba
su Biblia y hallaba consuelo en las promesas de Dios. El ejemplo
de aquellos que habían sido fieles hasta la muerte le infundía
aliento.
Escribía en una
de sus cartas: “Hallo consuelo en estas palabras del Salvador:
“Bienaventurados sois cuando os vituperen y os persigan, y digan
toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos,
porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así
persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”.
Testimonio ante
los hombres
A los nueve
meses de estar prisionero, la vida divina que bullía en su
interior estaba ya madura para su gloriosa manifestación. Así
pues, le llevaron ante el concilio. Trajeron algunos de sus
libros y le dijeron si los reconocía como suyos. Luego de
examinarlos, dijo:
– Míos son, y si
alguno de vosotros me hace ver en ellos alguna proposición
errónea, la rectificaré con la mejor voluntad.
Empezó la
lectura y acusación. Huss quiso responder, pero apenas había
dicho una palabra, se levantaron de todas partes clamores tan
confusos que fue imposible hacerse oír. Cuando se apaciguó el
tumulto, Huss hizo una cita del evangelio, pero le
interrumpieron de nuevo. Unos le acusaban, otros se burlaban. Él
guardó silencio.
– Ved –decían–
cómo calla; claro es que ha enseñado estas herejías.
A lo que él
respondió:
– Esperaba aquí
otro recibimiento; creí que sería escuchado. No puedo dominar
tanto ruido, pero si me escucharan, hablaría.
Ese primer día
no fue posible seguir la sesión, así que se solicitó que al día
siguiente estuviera presente el emperador.
Al día
siguiente, ante el emperador, dijo:
– Excelentísimo
Príncipe: No he venido aquí con la intención de sostener nada
tercamente. Si me enseñan cualquier cosa demostrándome ser mejor
y más santa que lo que yo he enseñado, estoy pronto a
retractarme.
Pero como nadie
estuvo dispuesto a emprender semejante demostración, se dio por
terminada la sesión.
En la tercera
sesión le presentaron 26 artículos que declararon contrarios al
dogma de la Iglesia. Huss reconoció como auténticamente suyos 21
de ellos, y dio algunas explicaciones que no satisficieron al
concilio. El emperador lo amenazó con la hoguera, pero Huss
contestó que él se atenía a la sentencia de Jesucristo, el Juez
Todopoderoso, quien no le juzgaría por falsos testimonios.
El emperador era
uno de los más interesados en obtener la retractación de Huss, a
causa del salvoconducto que le había otorgado, pero todo fue en
vano. Ni súplicas, ni seducciones, ni amenazas pudieron conmover
al valiente testigo de Cristo. El Señor, en su misericordia,
hizo que a través de él la luz brillase en ese lugar, pero ellos
no pudieron verla.
El día final
El 6 de julio de
1415 fue llevado por última vez al concilio, y como no aceptase
retractarse, le humillaron, desnudándole de sus vestidos
sacerdotales. Luego le rasparon con una navaja las yemas de los
dedos, y en lugar de la tonsura le pusieron en la cabeza una
corona piramidal de papel en la que habían pintado unos diablos
espantosos con la inscripción: “El heresiarca”.
Molestos, los
prelados le dijeron en latín: “Entregamos tu alma al diablo”.
Sin embargo, Huss entregó su alma a Dios, agregando:
– Yo llevo con
alegría esta corona de oprobio por amor del que por mí la llevó
de espinas.
Marchó al
suplicio seguido de los príncipes, escoltado por ochocientos
hombres armados y rodeado de una muchedumbre.
Al pasar delante
del palacio episcopal, vio una gran hoguera en la que se
quemaban sus libros. Huss sólo sonrió.
El ganso es
sacrificado
Al llegar al
lugar, Huss se arrodilló y repitió algunos salmos. El sacerdote
destinado a confesarlo le dijo que abjurara de sus errores, a lo
que Huss respondió:
– No me siento
culpable de ningún pecado mortal y, pronto a comparecer ante
Dios, no compraré la absolución sacerdotal con un perjurio.
Quiso hablar al
pueblo en alemán, pero no se le permitió.
Mientras oraba
con los ojos alzados al cielo pidiendo el perdón de sus
enemigos, se le cayó la corona de papel, pero los soldados la
recogieron y se la volvieron a poner, diciendo que debía ser
quemado con los diablos a quienes había servido.
Clavaron en
tierra una gran estaca a la cual le amarraron con una cadena, y
como por casualidad estaba con la cara vuelta al oriente,
algunos exigieron que, por ser hereje, le volviesen hacia el
occidente. Lo cual hicieron. Al verse así amarrado dijo,
sonriente:
– Mi Señor Jesús
fue atado con una cadena más dura que ésta por mi causa, ¿por
qué debería avergonzarme de ésta tan oxidada?
El elector
palatino le invitó por última vez a retractarse, pero él
respondió:
– Tomo a Dios
por testigo de que nunca he enseñado herejía. Mis discursos y
mis escritos han sido hechos con el único fin de arrancar las
almas de la tiranía del pecado. Por esto sellaré alegremente hoy
con mi sangre la verdad que he enseñado, escrito y publicado y
que está confirmada en la Ley divina y por los santos padres.
Luego le dijo al
verdugo:
– Vas a asar un
ganso (“huss” significa ganso en lengua bohemia), pero dentro de
un siglo te encontrarás con un cisne que no podrás ni asar ni
hervir”. Estas palabras fueron una profecía que se cumplió en
Martín Lutero, quien apareció al cabo de unos cien años, y en
cuyo escudo de armas figuraba un cisne.
Al encenderse la
hoguera, Huss exclamó:
– Jesús, Hijo
del Dios viviente, ten misericordia de mí.
Cuando el fuego
ya ardía, una mujer, en un arrebato de fanatismo, se acercó a
echar un brazado de leña. Ante lo cual, Huss se limitó a decir,
con compasión:
– ¡Santa
sencillez!
Luego se puso a
cantar un himno con voz tan fuerte y tan alegre, que se oía a
través del crepitar de la leña y del fragor de la multitud. Era
el graznido del ganso, un canto muy dulce que ha llegado hasta
hoy.
El calendario
indicaba el 6 de julio de 1415. Juan Huss tenía apenas 45 años.
Robert Chapman
Cuando Robert
Cleaver Chapman nació, en 1803, su padre, Thomas, era un rico
comerciante que residía en Elsinor, Dinamarca. Allí creció, en
una enorme familia rodeada de riqueza y lujo. Pocos, entre
aquellos que lucharon con Robert Chapman en sus últimos años,
suponían que este hombre humilde, que frecuentemente necesitaba
depender del Señor para su próxima comida, podría venir de una
infancia opulenta.
Cuando aún era
niño, la familia regresó a Inglaterra, donde su padre le buscó
una buena escuela inglesa, en Yorkshire. Allí reveló,
particularmente, un amor por la literatura y el don para
escribir.
A principios de 1818, Robert dejó Yorkshire, trasladándose a
Londres, a fin de estudiar Derecho.
Pasaron cinco
años de estudio e intenso trabajo práctico con largas horas en
el despacho, que eran seguidas por horas de perseverante lectura
en su cuarto. Su aplicación persistente –un hábito que nunca lo
dejó a través de su larga vida– marcó sus estudios, y, al final,
en 1823, él fue admitido como Procurador de la Corte de Causas
Civiles y Procurador de la Corte del Tribunal Superior de
Justicia. Todos le auguraban un futuro brillante.
En esa época, él
tenía ideas definidas sobre religión. Había leído la Biblia
cuidadosamente y se convenció de que ella era la Palabra
inspirada de Dios. Con todo, la real naturaleza del evangelio no
había resplandecido aún sobre su alma. Su aspiración era guardar
la ley y hallar salvación a través de las buenas obras.
Pero llegó el
día en que le invadió la desesperanza de obtener la aprobación
de Dios por ese medio. Aquellos no fueron años felices, a pesar
de la popularidad de que disfrutaba. No tenía paz alguna,
ninguna satisfacción en la senda de la justicia propia. Sin
embargo, él no estaba dispuesto a considerar cuidadosamente el
evangelio. “Yo abracé mis cadenas”, decía él. “No oía, ni podía
oír la voz de Jesús”.
Pero vino la
convicción de pecado. Él vio que pese a su respetabilidad
exterior, había por dentro un corazón corrupto. “Mi copa”, decía
él, “era amarga con mi culpa y con el fruto de mis actos; estaba
hastiado del mundo, odiándolo con aborrecimiento de espíritu,
aunque fuese incapaz de lanzarlo fuera”.
Conversión y
primeras experiencias
Estando en esa
condición, cierta vez fue invitado para oír al predicador James
Harrington Evans. Ese día Chapman vio desmoronarse hasta el
polvo su bello edificio de buenas obras. Entonces vio y abrazó
la provisión de Dios. Años después, escribiendo sobre su
conversión, y con palabras casi poéticas, dice: “En el tiempo
más propicio, Tú me hablaste, diciendo: ‘Este es el reposo; dad
reposo al cansado; y este es el refrigerio’ (Isaías 28:12). Y
cuán dulces eran tus palabras: ‘Ten buen ánimo, hijo; tus
pecados te son perdonados’ (Mateo 9:2). ¡Cuán preciosa es la
visión del Cordero de Dios! Y cuán glorioso es el manto de
justicia, ocultando de los ojos santos de mi Juez todo mi pecado
y corrupción”.
Regresó a casa
con una nueva alegría y con una profunda seguridad en su
corazón. De allí en adelante, abandonó todo intento de agradar a
Dios por los esfuerzos de la carne, entendiendo que “por la ley
ninguno se justifica para con Dios” (Gálatas 3:11). En su
despacho, no se avergonzaba de hablar de su Salvador y decidió
que, tan pronto como fuese posible, testificaría públicamente
del poder salvador de Cristo. Y así, poco tiempo después, se
colocó en el púlpito con Evans y abiertamente confesó a Cristo.
En muy poco
tiempo Chapman le pidió a Evans ser bautizado. “¿No quiere usted
esperar un poco y considerar el asunto?”, dijo el prudente
pastor. “¡Me apresuré y no me retardé en guardar tus
mandamientos!” (Salmos 119:60), exclamó el joven. Esa respuesta
impresionó de tal manera a Evans que le llevó inmediatamente al
bautismo.
Era evidente
para Chapman que no podría continuar con el modo de vida y las
amistades del mundo. Abandonó de inmediato toda mundana-lidad, y
se negó a “manipular” sus convicciones del Evangelio para
retener la buena voluntad de los ricos y connotados pecadores.
Dejó de ser invitado a muchas de las casas importantes donde su
ex–religión de obras había sido considerada inofensiva y
aceptable. Su testimonio sobre su conversión y sobre la sangre
de Cristo causaba resentimientos aun entre su propia familia. En
sus “Meditaciones”, dice: “El vituperio de la cruz no cesó; tan
pronto le conocí y lo confesé, llegué a ser un extraño para los
hijos de Agar, que procrean sólo para la esclavitud, del cual yo
era hijo por naturaleza. Tu amor me arrancó del camino mundano,
no importa si perverso o sincero; me torné en una ofensa para
aquellos que abandoné, aun los de mi propia carne y sangre. ¿Y
por qué ellos se airaban? Porque, al tomar mi cruz, me volví un
testimonio contra ellos, gloriándome sólo en Ti, y considerando
que todos los que son de las obras de la ley están bajo
maldición”.
Fue un período
difícil. En varias direcciones encontró una decidida y amarga
oposición. Sin embargo, en vez de entregarse a argumentos
carnales y perder la paciencia, él dejaba a sus oponentes con
las Escrituras y el Espíritu de Dios y se volvía al Señor para
recibir fuerza y alegría.
La influencia de
James Evans sobre Chapman fue muy grande. Chapman estaba
impresionado por el profundo amor que Evans demostraba hacia los
débiles y desviados dentro del rebaño de Dios. No había aspereza
alguna o condenación precipitada en la disciplina aplicada en su
congregación. Una fuerte amistad floreció entre el joven abogado
y el experimentado predicador. Posteriormente, Chapman confesó
que, en aquellos primeros días, él tenía muchas luchas con su
viejo orgullo. Los que le oían hablar sobre eso en sus últimos
años, quedaban atónitos, pues el orgullo era algo que parecía no
existir en su naturaleza. ¡Cuán completa es la victoria que
Cristo da!
Pasaron tres
años, y Chapman alcanzó mucho éxito en su profesión. Su tiempo
libre lo ocupaba en el trabajo en los barrios más humildes. Ese
deseo ardiente por el bienestar espiritual y material de los
pobres lo acompañó el resto de su vida. Siempre consideró como
la marca de la verdadera obra de Cristo, que “a los pobres es
anunciado el evangelio” (Mateo 11:5).
Llamado al
ministerio
Chapman tomaba
conciencia de un llamamiento divino para la obra a tiempo
completo. Con todo, sus amigos tenían dudas a ese respecto.
Ellos le decían francamente qué él era pobre como predicador y
en aquella época tenían toda la razón. Sin embargo, estaban
convencidos de su santidad de vida y de su devoción al
evangelismo personal.
Meses de espera
en Dios lo convencieron de que debería abdicar de su riqueza
personal y renunciar a todo para dedicar todo su tiempo a la
obra de Dios. Chapman recibió una invitación de los miembros de
la Capilla Bautista Ortodoxa Ebenezer, en Barnstaple, para ser
su pastor. Creyendo que eso era del Señor, dejó Londres para
residir en Barnstaple. Muchos de sus conocidos en Londres
anticiparon un fracaso. Su respuesta fue: “Hay muchos que
predican a Cristo, pero no muchos que vivan a Cristo; mi gran
aspiración será vivir a Cristo”.
Si bien Chapman
no se constituyó en una figura notable en el púlpito al inicio
de su ministerio en Barnstaple, ciertamente causó impacto en los
corazones de la gente, por su incansable visitación y trabajo
individual. Día a día, él recorría de arriba abajo las estrechas
calles de la ciudad, y siempre que se ofrecía una oportunidad,
estaba en la capilla, dirigiendo un culto o conversando con los
presentes sobre las cosas de Dios.
Cuando Chapman
entraba y salía de esas casas, su corazón sangraba por aquellos
miserables y abatidos que arrastraban una fatigosa existencia en
las sombrías calles de Derby. Día a día, él testificaba a los
borrachos, ya que la bebida era el gran mal del lugar. Un
considerable número de jóvenes fue sumado a la iglesia en los
primeros años de su ministerio.
Con paciencia y
amor
Cuando fue a
Ebenezer puso una condición: “Cuando fui invitado a dejar
Londres para ministrar en la capilla Ebenezer, consentí en
hacerlo con una condición: que yo tuviese libertad para enseñar
todo lo que hallase expuesto en las Escrituras”. Esa condición
dejó abiertas las puertas para los notables cambios que
seguirían. Él encontró registrada en las Escrituras la orden:
“Recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió,
para gloria de Dios” (Romanos 15:7). Predicando el amor entre
los hijos de Dios, Chapman vio gradualmente ampliarse la mente
de Su pueblo, y crecer sus corazones en dirección a la verdad.
Sin embargo, él no forzaría cuestión alguna; quería ver a la
iglesia con una sola mente. Sus compañeros creyentes
escudriñaban con él las Escrituras, esperando en el Señor.
Cierta vez, después de una larga y seria conversación con Robert
Chapman, George Müller escribió que había “entendido la mente
del Señor sobre el asunto de cómo debemos recibir a todos los
que Cristo ha recibido”.
Chapman nunca
forzaba su punto de vista bíblico sobre los hermanos en Ebenezer.
Cierta vez, dijo: “Yo no podía forzar las conciencias de mis
hermanos, y continué mi ministerio, instruyéndolos pacientemente
a través de la Palabra. Juzgué que sería más agradable a Dios
trabajar para traer a todos a una sola mente”. ¡Qué ejemplo de
paciencia pastoral! Con certeza, esta es la voz de un hombre de
amor; verdaderamente un hermano.
Más que un
predicador, un mensaje encarnado
Después de vivir
un tiempo en Barnstaple, Chapman se trasladó a una casa en New
Buildings. Su idea era vivir entre los pobres y llegar directo
al corazón del barrio de Derby, donde las casas eran muy
pequeñas y sencillas. Él habitó en la casa número 6 y determinó
desde el principio que su casa sería un lugar donde cualquiera
de los hijos de Dios pudiese tener libertad de quedarse. Él no
percibía remuneración alguna, y sentía que si las personas
viviesen juntas por una semana en una casa donde hasta el menor
ítem era recibido por fe, eso las ayudaría en sus propias vidas.
Cuando llegaba
un invitado, Chapman le mostraba cuál sería su cuarto, le
informaba acerca de los hábitos de la casa, y pedía que los
zapatos fuesen dejados al lado afuera de la puerta, para que
Chapman mismo los limpiase. En este asunto él encontraba mucha
resistencia, pues sus huéspedes veían que, a pesar de la
simplicidad de su casa, él era un hombre fino y de buenas
maneras. Cuando lo oían ministrando la Palabra, con una
autoridad llena de gracia, sentíanse extremadamente constreñidos
de no dejarlo hacer tarea tan servil. Mas él no cedía en su
deseo.
En cierta
ocasión, un caballero negóse en principio a dejarlo tomar sus
botas. “Insisto”, fue la respuesta firme, “en los primeros
tiempos, era práctica lavar los pies de los santos. Ahora que
esa no es ya la costumbre, yo hago los más cercano, y limpio sus
botas”.
Hasta el
mediodía, dentro o fuera de la casa, la mayor parte de su tiempo
la dedicaba a la oración, lectura de la Biblia, y meditación.
Una estimación exacta sería de siete horas de definida comunión
con Dios antes del mediodía. Chapman enfrentaba una gran
cantidad de trabajo, pero sin ningún exceso de agitación y
alboroto. Su vida fue como el curso firme de un poderoso río.
A veces, al
término del día, se terminaban las provisiones, y no había
dinero para las compras. Chapman no consideraba esto como una
emergencia: era simplemente el modo como Dios estaba operando
aquel día. “Necesitamos orar sobre esto”, decía. Y así, el
desayuno de la mañana siguiente era provisto únicamente a través
de la oración. La vida de fe era vivida de manera tan natural y
sin ostentación, que los huéspedes en la casa número 6 no
advertían nada fuera de lo normal. Chapman no quería dar la
impresión de que una dependencia tal del Señor fuese una cosa
extraordinaria, y mucho menos quería llamar la atención para sí
mismo, ni aun en la suposición de que haciendo así Dios sería
glorificado.
Los sábados, él
daba a su mente un completo descanso antes de las tareas del día
del Señor. Las caminatas y la mueblería eran sus principales
recreaciones, y el sábado era el día para trabajar la madera. En
el fondo de su pequeña casa, él preparó un cuartito donde había
una bancada y un buen conjunto de herramientas, donde sobresalía
un torno para madera. Ese era su encanto. En él eran torneados
innumerables usleros. Él los regalaba a sus invitados o los
vendía para añadir fondos al trabajo misionero.
Esa recreación
era acompañada por ejercicios espirituales. Él siempre ayunaba
los sábados y mientras trabajaba derramaba su alma en comunión
con el Señor. Ese hábito de combinar lo espiritual y lo práctico
era característico en él. Oraba mientras caminaba o mientras
realizaba los quehaceres domésticos. En realidad, rehusaba hacer
distinción entre los deberes espirituales y los materiales;
estaba siempre consciente de la orden divina: “Y todo lo que
hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los
hombres” (Colosenses 3:23).
Chapman mostraba
gran liberalidad con los necesitados. Cierta vez, un amigo le
regaló un vestón nuevo, pues vio que su vieja chaqueta estaba
muy gastada para que él la usase. Pasaron semanas, y él nunca
apareció con la ropa nueva. El dador, naturalmente, investigó, y
descubrió que Chapman lo había dado a un hombre que no tenía
ninguno. Lo que intrigaba a Chapman, con todo, era el hecho de
que los creyentes pudiesen hallar algo de extraordinario en tal
conducta, ya que el propio Juan Bautista había enseñado: “El que
tiene dos túnicas, dé al que no tiene” (Lucas 3:11).
A medida que
pasaban los años, él llegó a ser una figura muy conocida en
muchas partes de las Islas Británicas; sin embargo eso se debía
simplemente a que innumerables personas juzgaban poderoso su
ministerio. Después de su muerte, A. T. Pierson escribió: “Había
gigantes en la tierra en aquellos días. Chapman fue un gigante
espiritual. Ni un centímetro de esa estatura se debió a los
métodos carnales de los expertos en publicidad”.
Superando las
diferencias
Chapman era
frecuentemente invitado a visitar asambleas donde habían surgido
problemas. Su consejo sólido, bíblico, era oído con reverencia.
Se transformó en uno de los más respetados consejeros del siglo
XIX. Aquí reposaba su don especial, y en este particular él fue
eminentemente exitoso. Dios le concedió un trato firme, amoroso,
inspirado por el Espíritu, que lo capacitaba para manejar
situaciones delicadas y personas difíciles, para la gloria de
Dios y para bendición de toda la iglesia.
En 1869 se dijo
que una falsa doctrina era sustentada en su congregación. La
denuncia fue examinada, concluyéndose que ni el mismo hermano
acusado aceptaba la herejía. Aun así, fue penoso para Chapman
saber que historias como esta circulaban por todas partes. Sin
embargo, él no apoyó ninguna represalia carnal contra los que
calumniaban a la asamblea. “Podemos decir”, escribió en esa
época, “que ha crecido nuestro espíritu de amor y de intercesión
con respecto a nuestros hermanos que rehúsan comunicarse con
nosotros. Cualquiera que sea el grupo (¡ay de nosotros por usar
este término!) al que ellos pertenezcan, ellos son de la carne y
los huesos de Cristo”.
Para tratar con
la situación, se convocaron reuniones especiales de oración. Él
sentía que si todo el pueblo de Dios fuese conducido a conocerse
a sí mismo, y a juzgarse a sí mismo, cesaría el espíritu de
contienda.
Para tratar con
un error, sea con respecto a doctrina o a práctica, un anciano
necesita estar vigilante, para no hablar o actuar en la carne.
Amor y paciencia son la respuesta del Espíritu a cada situación
así. La falta de esos elementos ha causado la mayoría de las
divisiones que existen hoy entre los Hijos de Dios. Chapman no
sentía satisfacción alguna cuando una dificultad tenía que ser
resuelta excluyendo a un hermano de la comunión. Él sabía que
tal conducta era a veces esencial, mas esto nunca le dio
satisfacción, y él nunca se olvidaba de aquel hermano, sino que
perseveraba en oración a través de años, si permanecía sin
arrepentirse.
Un hombre que
estaba en tal situación, declaró que nunca más tendría ningún
trato con Chapman ni conversaría con él. Pero un día se produjo
una situación embarazosa. Ambos venían caminando en dirección al
otro en la misma vereda. ¿Qué podrían hacer? Cuando se
encontraron, Chapman, sabiendo todo lo que el otro había dicho
sobre él, colocó sus brazos sobre su hombro, diciendo: “Querido
hermano, Dios te ama, Cristo te ama, y yo te amo”. Este acto
simple, tierno, quebrantó al hombre y lo llevó al
arrepentimiento. Luego, él estuvo nuevamente partiendo el pan
con Chapman. Tal conducta amorosa era su fuerza, y lo marcó como
un verdadero hermano. El amor de Cristo aparecía en su
silencioso ministerio de reconciliación.
Chapman se
afligía con las conductas ásperas y precipitadas que eran
algunas veces conducidas en el nombre de Cristo. Para con todos
aquellos que escuchasen, él tenía palabras aconsejando
prudencia. Su temor constante era que, al buscar preservar la
verdad, los hombres actuasen en la carne, en oposición a las
Escrituras.
Evangelizando en
España e Irlanda
Desde el
principio, Chapman estuvo ardientemente interesado en la obra
misionera, y en forma especial por España. En 1838 visitó ese
país, viajando principalmente a pie, arriesgando su vida, para
llevar el mensaje de Cristo a los campesinos. En aquel tiempo,
siendo aún un joven de 35 años, se arrodilló con un compañero,
en la cumbre de El Castillo, y derramó su corazón en súplicas,
para que la luz del evangelio pudiese penetrar en las tinieblas
de España.
Mucho tiempo
después, a los 68 años de edad, se presentó la ocasión de ir de
nuevo, y permaneció allí ocho meses. Pudo viajar por el país
predicando el evangelio y gozando de la comunión con los
hermanos que pudo encontrar. Siempre recordaba a España en sus
oraciones, y la obra de Dios hoy en aquella tierra debe mucho a
sus trabajos e intercesiones.
Este mismo
propósito le llevó a Irlanda. En 1848 realizó una gira que lo
llevó alrededor de la mayor parte de la costa irlandesa y duró
dos o tres meses. Debe haber recorrido solo más de novecientos
kilómetros en ese país. La mayor parte del trayecto la hizo a
pie. Nada le agradaba más que caminar con algún eventual
conocido nuevo, hablando de las cosas de Dios. En verdad,
descubrió que esta era la forma de evangelismo más fructífera,
pues en una conversación franca en el camino, las personas
perdían su miedo al predicador.
Un hermano, en
Cork, compartió mucho con Chapman, y descubrieron que sus puntos
de vista eran diferentes, pero no hubo ninguna palabra áspera.
“Nos regocijamos en nuestra unidad, en la medida en que la
discernimos”, escribió Chapman, “y juzgamos como causa de
auto-humillación el hecho de que no pudiéramos concordar
plenamente, mas no un motivo para discordia y separación. Dios
uniría pronto a sus hijos si ellos volviesen siempre sus
rostros, como un querubín, hacia el propiciatorio”. Esas frases
son típicas de la actitud de Chapman en relación a las
controversias, enfatizando la palabra “hermano”, y capturando el
real significado de esta palabra. Fuese en Inglaterra o Irlanda,
Chapman practicaba el amor y la paciencia, que lo señalaban como
un verdadero hermano.
La Universidad
del amor
New Buildings,
un callejón sin salida en el barrio pobre de Derby, llegó a ser
lugar de bendición para millares de peregrinos. Una carta que
había sido enviada del exterior, y que había sido dirigida
simplemente a: “R. C. Chapman, Universidad del Amor,
Inglaterra”, le fue puntualmente entregada por el correo.
Cierta vez
alguien le insinuó que él había recuperado ciertas verdades que
la iglesia había perdido de vista. Su respuesta fue: “No conozco
ninguna verdad recuperada. No sustento cosa alguna que no
sostuvieran otros antes de mí”. Las instrucciones de Chapman
eran más a través de sus hechos que de sus palabras. Una y otra
vez, sus actos enseñaban a los hombres lo que realmente
significaba ser un hermano en el Señor.
Uno de los
visitantes de New Buildings, H. V. Macartney, describió la
impresión que tuvo al oír por primera vez a Chapman: “Un abismo
llamaba a otro abismo a medida que él se entusiasmaba con el
tema. Y cuando su Biblia se cerró, me sentí como un bebé en el
conocimiento de Dios, comparado con un gigante como éste. Al
volver a casa, quedé perplejo al ver que era él, en lugar mío,
quien tomaba el lugar de un bebé, mientras caminábamos juntos.
Él quería saber todo lo que yo conocía de Dios, y creo que
siempre es así con él, como si sus visitantes tuviesen un mayor
conocimiento y amasen a Dios más que él”.
En los días
subsiguientes, Macartney aprendió muchas de las lecciones que la
“Universidad del Amor” enseñaba de manera tan competente. Vio
que el amor y la paciencia impregnaban toda la atmósfera. Vio
con cuánta verdad la palabra “hermano” expresaba las actitudes
de Chapman para con sus compañeros creyentes.
Del diario de
Macartney extraemos los siguientes fragmentos: “El señor Chapman
se retira a las nueve y se levanta a las cuatro de la mañana. De
las cuatro a las doce, está ocupado principalmente con Dios.
Luego, después de tener su atención puesta en las cosas mejores,
sentía en su corazón que el mundo tenía gran necesidad de
intercesión, y que esa intercesión era de forma particular su
vocación, por tanto sus primeras y mejores horas son dedicadas a
la oración. Sin embargo, la devoción no interfiere de forma
alguna en las energías de vida. Él predica para ochocientas
almas todos los domingos, se preocupa del servicio pastoral,
cuida de las más mínimas necesidades físicas y espirituales de
un torrente de visitantes, algunos de los cuales se quedan
durante una hora, otros durante un mes. Es el motor principal de
una gran obra evangelística y bíblica en Inglaterra y España.
Mantiene correspondencia con hombres como George Müller, con
personas que lo consultan y con obreros en varias partes del
mundo. A mi pedido, él me llamó a las cinco de la mañana. Yo
estaba despierto, esperando sus pasos. Colocó su venerable
cabeza en mi puerta exactamente a la hora, encendió una vela, y
me dio, para mi porción matinal, el texto: “El camino de Dios es
perfecto” (2 Samuel 22:31).
Grandes cambios
ocurrieron en Barnstaple desde el día en que él anduvo por la
calle principal buscando alojamiento. Sin duda sus setenta años
de ministerio mejoraron la condición espiritual del lugar. En
España e Irlanda también hubo muchos frutos de su trabajo y
oración. Obreros y personas en esas tierras pensaban con
gratitud en este gran hombre que probó ser su hermano, puesto
que muchas asambleas e incontables personas por todo el mundo
–algunos de los cuales nunca habían visto su rostro–, alababan a
Dios por alguien cuya sabiduría y consejo amoroso los había
guiado en tiempos de dificultad.
Él escribió por
lo menos ciento sesenta y cinco himnos y otros poemas,
incluyendo algunos sonetos. Sus “Meditaciones” son también muy
bellas, y pertenecen al inicio de su vida cristiana. Más tarde
se negó terminantemente a publicarlas, y a pesar de que
respetamos la humildad que lo llevó a tomar tal decisión, parece
que la iglesia fuese más pobre por esto.
En 1902, en el
mes de junio, faltando pocos meses para completar cien años,
enfermó, y el día 12, antes de las nueve de la noche, él estaba
con su Señor. Durante los días de enfermedad, él estaba lleno de
paz. Cuando se le preguntó, una mañana, cómo estaba, respondió:
“Dios ha tratado conmigo muy tiernamente, muy amorosamente”. En
otra ocasión, dijo: “Ahora puedo reposar sosegadamente, por la
fe”. Su palabra más frecuente era: “Aún no se ha manifestado lo
que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste,
seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como él es” (1
Juan 3:2).
Sus últimas
palabras fueron: “La paz de Dios que sobrepasa todo
entendimiento...” Sí, la paz marcó toda su experiencia
cristiana, paz paciente, serena. Desde el día en que por primera
vez encontró paz con Dios, a través de nuestro Señor Jesucristo,
él vivió en el gozo de la paz divina.

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