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Andrew Murray
Andrew Murray
nació en Sudáfrica el 9 de mayo de 1828, en el seno de una
familia escocesa. Su padre era un pastor vinculado a la Iglesia
Presbiteriana de Escocia y a la Iglesia Reformada Holandesa, lo
cual fue decisivo en la formación del fervoroso espíritu
holandés de Murray.
Fue enviado por
su padre a Escocia a los diez años de edad, para recibir una
completa formación académica. En ese tiempo, un gran avivamiento
espiritual estaba sacudiendo ese país. El hombre que Dios usó
para llevarlo a cabo fue el joven ministro William C. Burns,
quien llegó a tener una gran influencia sobre Andrew, ya que con
él compartía largas veladas en casa del tío John Murray.
Seis años más tarde, Andrew viajó a Holanda para completar sus
estudios. Estando en Utrecht experimentó el nuevo nacimiento, a
los 16 años de edad.
Tras diez años
de ausencia, Andrew retornó a Sudáfrica como pastor y
evangelista. Su disposición juvenil y juguetona era tan
sobresaliente, que cautivó el corazón de sus hermanos pequeños,
los cuales solían decir: “Nuestro hermano Andrew ¿es realmente
un pastor? ¡Parece exactamente como uno de nosotros!”.
Cuando Murray
tenía 28 años de edad contrajo matrimonio con Emma Rutherford,
la hija menor de un pastor inglés de la Ciudad de El Cabo.
Tuvieron 10 hijos. La ayuda de Emma fue vital en su ministerio,
especialmente en su labor como escritor.
En 1860 vino un
gran avivamiento sobre Sudáfrica, tal como un par de años antes
había venido sobre Estados Unidos y Europa. Murray fue testigo
de este avivamiento mientras pastoreaba en Worcester. En un
comienzo, temiendo que se tratara de una simple oleada de
emoción, Murray trató de detener su fuerza entre los jóvenes de
su congregación, pero hubo de rendirse ante los sólidos frutos
que comenzó a ver en la vida de muchos cristianos.
Sin duda, esta
fue una experiencia que influyó por el resto de su vida y que lo
sumergió en las profundidades del caminar en el Espíritu que
había anhelado y por el cual tanto había orado. Desde entonces
la predicación de Murray adquirió una calidad intangible tan
sobrenatural que de verdad puede decirse que ministraba “en el
poder del Espíritu”.
Sin embargo,
Murray era poseído permanentemente por un sentimiento de
insatisfacción respecto de su propio ministerio. Al mirar el
estado espiritual de sus ovejas se echaba sobre sí la
responsabilidad de su falta de edificación. A veces hasta
llegaba a desanimarse. De ahí surgió la visión de enseñar acerca
de cómo permanecer en Cristo para una vida espiritual más
profunda. “Hay que conducir a los hijos de Dios al secreto de
tener la posibilidad de una comunión ininterrumpida con Jesús de
una manera personal” – decía.
En 1877, viajó
por primera vez a los Estados Unidos y participó de muchas
conferencias de santidad allí y en Europa. Su teología era
conservadora, y se oponía francamente al liberalismo.
En la escuela
del dolor
Andrew Murray
aprendió sus más preciosas lecciones espirituales por medio de
la “escuela del dolor”, principalmente después de que en 1879 lo
aquejara una seria enfermedad a la garganta que lo dejó sin voz
por casi dos años. Después de buscar al Señor en oración
incesante, fue sanado en el Hogar “Bethshan”, en Londres,
fundado por W.E. Boardman, autor del libro “El Señor tu
Sanador”. Su sanidad fue tan completa que nunca más tuvo ningún
problema con su garganta. A pesar del gran esfuerzo a que la
sometía permanentemente, su voz mantuvo tal fuerza y musicalidad
que asombraba a todos. Como resultado de esa experiencia, Murray
vino a creer que los dones milagrosos del Espíritu Santo no se
limitaban a la iglesia primitiva.
Su hija menor,
Annie, quien fuera por largos años su secretaria privada,
testificó así después de la enfermedad de su padre: “Fue después
del ‘tiempo de silencio’ que Dios se acercó tanto a mi padre y
que él vio más claramente el significado de una vida de completa
entrega y de fe sencilla. Entonces empezó a mostrar en todas sus
relaciones esa permanente ternura, esa serena benevolencia y esa
consideración sin egoísmo hacia los demás. Todo esto fue lo que
caracterizó su vida cada vez más y más. Poco a poco también se
fue desarrollando en él esa maravillosa, sobria y bella humildad
que nunca hubiera podido fingir, sino que solamente podía ser la
obra del Espíritu que moraba en él, y que podían sentir
inmediatamente todos los que llegaron a tener contacto con él”.
Otras
experiencias dolorosas para Andrés Murray fueron dos accidentes
que tuvo mientras viajaba en carro cuando realizaba sendas giras
evangelísticas Como producto de la primera se fracturó un brazo,
y en la segunda recibió una seria lesión en una pierna y en su
columna vertebral. Las secuelas de estos accidentes fueron
duraderas, pues desde entonces Murray cojeó al caminar. Para él,
éste fue su Peniel, porque a partir de estas experiencias Murray
se convirtió en un príncipe que persuadía a Dios en una forma
mayor a través de la oración. Fue conducido hacia una vida de
oración aún más profunda y aprendió lo que era realmente el
poder de la intercesión. “Sus extraordinarios libros sobre la
oración –escribió Annie– fueron todos escritos después de ese
último accidente, y la influencia que han tenido no puede ser
medida por hombre alguno. Dios se glorificó a sí mismo en su
servidor, y a pesar de su cojera, vivió hasta completar una
buena vejez.”
Keswick
En 1895, Andrew
Murray fue invitado a la Convención de Keswick, en Inglaterra.
Esta Convención, que se realizaba todos los años, era conocida
en todo el mundo cristiano por promover una mayor intensidad
espiritual. La enseñanza de Keswick enfatizaba la necesidad de
que cada hijo de Dios fuera lleno y guiado permanentemente por
el Espíritu Santo, lo cual lo capacitaría para vivir aquí en la
tierra una vida agradable a Dios. También enfatizaba la limpieza
completa de los pecados mediante la sangre preciosa de Jesús y
la necesidad de una entrega más completa al Señor. Murray sintió
desde el principio mucha afinidad con esta enseñanza, pues la
había estado predicando desde antes de conocer el movimiento de
Keswick. En aquella oportunidad, los mensajes de Murray
estuvieron llenos de poder, a pesar de que su aspecto físico era
débil. “Uno siente la presencia de Cristo todas las veces que
uno está con él”, era el comentario corriente.
Al describir el
efecto que Murray ejerció sobre los que le escucharon en Keswick,
Evan H. Hopkins, el timonel de esa Convención, dijo: “Sus
mensajes tocaron la cuerda sensible en muchas personas, con un
poder poco común … parecía como si nadie fuera capaz de escapar,
como si nadie pudiera escoger otra cosa que no fuera dejar que
Cristo mismo, en el poder de Su Espíritu vivo, fuera el Único en
vivir en nosotros, aunque el costo fuera que nos tocara morir
por causa de él … Al tratar el Sr. Murray esto, profundizando
cada vez a medida que transcurrían los días, algunos de nosotros
recordamos los primeros días de Keswick, cuando un temor
reverente hacia Dios descendió sobre toda la asamblea, en una
forma tal que el autor no ha vuelto a ver otra cosa igual …”.
Durante los
últimos 28 años de su vida, Murray fue considerado el padre del
Movimiento Keswick en Sudáfrica. Los resultados de las
conferencias anuales en Sudáfrica fueron perdurables en las
iglesias de la región. Muchos de los obreros que sobresalieron
en las distintas iglesias y misiones, recibieron su inspiración
y entrenamiento espiritual en estas reuniones.
Una de las
características más sobresalientes de estas reuniones fue el
gran número de personas que participaron en la experiencia
específica de alcanzar la victoria y poder sobre el pecado.
El mensaje de
Murray siempre era sencillo: “Venga a Jesús; permanezca en él;
trabaje a través de él”. Repetidamente él hacía énfasis en la
palabrita central “en”. “Las dos partes de la promesa:
‘Permaneced en mí y yo en vosotros’ encuentran su unión en esta
palabrita tan significativa. No hay palabra más profunda en
todas las Escrituras” – declaraba él.
Una noble vejez
A medida que
Murray envejecía, su presencia causaba una fuerte impresión en
todos quienes le conocían: “Como el árbol que produce más frutos
se dobla cada vez más y casi se parte bajo el mismo peso, así
entre más santo se volvía y entre más famoso se hacía, más
humilde parecía y más se iluminaba su rostro con la gloria que
estaba dentro de él.”
Cierta vez su
hija le preguntó: “¿Qué haces ahí tan tranquilo, tomando el sol,
padre?”. “Estoy pidiéndole a Dios que me muestre la necesidad de
la iglesia y que me dé un mensaje para suplir esa necesidad” –
contestó él.
Un amigo
escribió: “Lo vi cinco meses antes de su muerte, y su venerable
rostro brillaba como las montañas de los Alpes, que brillan con
brillo del ocaso: tan radiante, tan benigno, con una pureza que
salía de su interior”.
en su último
cumpleaños se le preguntó si se sentía desilusionado porque Dios
había permitido que su cojera y su sordera le impidieran llevar
una vida más activa. “Es una decisión bondadosa de mi Padre
–contestó tranquilamente–. Dios me ha excluido de la vida de
actividad incesante en que yo me encontraba en los años
anteriores, y me ha encerrado en una mayor quietud, en la que
puedo dedicarle más tiempo a la meditación y a la oración. En la
soledad y en el silencio, el Señor me da mensajes preciosos que
trato de transmitir a los demás a través de mis escritos.”
Su exhortación a
los que le acompañaron en su último cumpleaños –el número 88–
fue: “Hijos de Dios, dejen que su Padre los conduzca. No piensen
en lo que ustedes pueden hacer, sino en lo que Dios puede hacer
en ustedes y a través de ustedes.”
Un generoso
legado
Por creer en lo
que Dios puede hacer por medio de la literatura, Andrew Murray
escribió más de 250 libros e innumerables artículos. Su obra
tocó y toca a la Iglesia en el mundo entero por medio de
profundos escritos, entre los que destacan “El Espíritu de
Cristo”, “El más Santo de todos”, “Con Cristo en la Escuela de
la Oración”, “permaneced en Cristo”, “Criando sus Hijos para
Cristo” y “Humildad”. Sus libros son considerados clásicos de la
literatura cristiana. Sin embargo, pese a escribir tantos
libros, nunca quiso escribir su autobiografía.
Murió el 18 de
enero de 1917, tal como lo había anunciado: en su cama y rodeado
de sus hijos. Su esposa había muerto doce años antes.
El hermano Andrés
Una aventura de
fe tras la Cortina de Hierro, con consecuencias espirituales
emocionantes, pero también con riesgos imprevisibles. Una misión
en que la vida pende de un hilo, para creyentes con nervios de
acero – o con una fe más grande de lo común.
Su llegada a
Bulgaria fue mucho más agradable de lo que esperaba. Después de
un viaje tan largo y accidentado, esperaba lo peor. Sin embargo,
el inspector de la aduana le dio una cálida bienvenida, las
carreteras eran buenas, y la gente alzaba sus manos
afectuosamente al paso de su automóvil. Incluso, más adelante,
cuando tomó un camino equivocado y se atoró en un lodazal, los
parroquianos de una taberna cercana le dieron rápido socorro:
sacaron el auto a empellones en un dos por tres y ¡hasta lo
invitaron a celebrar con una cerveza!
Por supuesto, se
sintió un poco incómodo con la invitación, pero tuvo que
aceptar, de lo contrario habría desairado a sus salvadores.
Una extraña
visita
Casi sin
proponérselo, “el hermano Andrés” –como gustaba que lo llamaran–
se había visto involucrado en este trabajo.
Proveniente de
una piadosa familia cristiana holandesa, había vivido de niño
los rigores de la 2ª Guerra Mundial, y después, siendo un joven,
había tomado parte en la última guerra colonial de su país en
Indonesia. De vuelta de la guerra, derrotado, con sentencia de
invalidez por haber sido herido de bala en un pie, fastidiado de
todo, y sin hallar sentido a su vida, encontró al Señor y se
aferró con todo a él.
Al poco tiempo
decidió preparase para el ministerio, en Escocia. En sus dos
años de preparación en una institución no convencional, había
tenido oportunidad de conocer a Dios como el Dios que sustenta
con fidelidad a sus hijos.
Cuando ya
terminaba sus estudios, encontró una revista de divulgación
marxista en que se invitaba a un Festival juvenil que se
realizaría en Varsovia (Polonia) en el mes de julio de 1955. Sin
saber exactamente por qué, Andrés decidió participar. Escribió a
Varsovia y a los pocos días le llegó su identificación para el
evento. Durante tres semanas pudo conocer la opresiva y triste
realidad de las iglesias en ese país y hasta repartir tratados
por las calles. En esos días se le abrió un horizonte de
servicio espiritual que habría de consolidarse en los años
siguientes.
Un feliz
encuentro
Ahora corría el
año 1959 y él tenía 31 años de edad. Hungría era el cuarto país
tras la Cortina de Hierro que visitaba en su Volkswagen azul,
con el propósito de introducir clandestinamente Biblias y
repartirlas a las iglesias subterráneas. Había tenido algunas
dificultades en Yugoslavia recientemente, lo que le había
obligado a dar un gigantesco rodeo de 2400 kms. por Italia y
Grecia para llegar a Bulgaria.
En su última
noche en Yugoslavia había conocido a un cristiano que tenía un
amigo de confianza –Petroff– en Bulgaria. Le insistió que lo
visitara al llegar a Sofía, la capital. Ahora ya estaba en
Sofía, pero ¿cómo encontraría la calle donde vivía Petroff sin
despertar sospechas? El hermano yugoslavo le aconsejó que se
moviera con cautela.
En el hotel
pidió un plano de la ciudad, pero se lo negaron. Después de
insistir y dar una buena razón para consultarlo, le permitieron
ver uno hecho a mano, que sólo tenía el nombre de las calles
principales. Pero ... ¡un momento! ¿No estaba ahí la calle que
buscaba? Efectivamente, la única calle secundaria que tenía
puesto el nombre ¡era precisamente la que buscaba!
Andrés tuvo la
certeza en ese momento, como otras muchas veces en sus viajes
anteriores, que todo había sido preparado desde muchísimo tiempo
antes.
Al día siguiente
se acercó caminando al lugar, y vio venir desde el otro extremo
de la calle a un hombre que se detuvo en el mismo número. Era
una gran casa de departamentos. Ambos entraron casi juntos y
caminaron uno detrás del otro por el pasillo. En ese momento,
Andrés miró al hombre de reojo y percibió que ése era el hombre
que buscaba. El otro había entendido lo mismo. Sin decirse
palabra, subieron las escaleras y llegaron a la habitación. El
hombre sacó su llave, abrió la puerta, y entraron.
— Yo soy Andrés,
de Holanda – dijo uno.
— Yo soy Petroff
– dijo el otro.
El saludo fue
emotivo. Luego estuvieron los tres –con la esposa de Petroff–
arrodillados dando gracias a Dios por haberlos reunido sin
demora ni riesgos.
Charlaron algún
rato. Andrés les dijo que estaba enterado de que en Bulgaria los
cristianos necesitaban desesperadamente Biblias, ¿sería cierto?
Dos lágrimas
Por toda
respuesta Petroff lo llevó a su escritorio, donde estaba
copiando a máquina algunos libros de la Biblia. Hacía tres
semanas que se había conseguido una Biblia por un bajo precio
–sólo el equivalente a su pensión de un mes– pero le faltaba
Génesis, Éxodo y Apocalipsis. Seguramente alguien había liado
unos cigarrillos con sus finas hojas. Petroff esperaba terminar
su trabajo de copiado en un mes más.
Luego, se la
regalaría a una iglesia de campo que no tenía Biblia.
— ¿Ninguna
Biblia en toda la iglesia? – saltó Andrés.
Petroff le contó
que esa iglesia no era la única, sino que abundaban en toda
Bulgaria, y también en Rusia.
Andrés salió y
fue a su automóvil. Se aseguró que no hubiera nadie en las
inmediaciones y sacó una caja con Biblias. Volvió al
departamento con su cargamento, y, ante la sorpresa de sus
anfitriones, puso una Biblia en las manos de Petroff y otra en
las de su esposa. Cuando Petroff vio de qué se trataba, y supo
que lo que había en la caja eran más Biblias, y que en el auto
había varias cajas más, cerró los ojos, emocionado.
Dos lágrimas
suyas cayeron sobre el precioso libro que tenía en sus manos.
Una fe pura
De inmediato
Andrés y Petroff se pusieron en marcha para distribuir Biblias
por toda Bulgaria en las iglesias donde había mayor necesidad.
Petroff le contó a Andrés que la excusa que daba el gobierno
para suprimir las Biblias era que estaban escritas en una
ortografía muy antigua, lo cual retrasaría el progreso.
En esos días
Andrés conoció a cristianos que le quedarían grabados en el
corazón. Como el anciano Abraham y su esposa, por ejemplo, ambos
de dulce mirada de niño, que irradiaban una profunda paz. Alguna
vez ellos tuvieron tierras, y una hermosa casa, pero ahora
habitaban una carpa hecha de cueros en la montaña, sosteniéndose
con una mínima pensión estatal, comiendo frutas silvestres.
Ello, porque Abraham había sido acusado de realizar labores
“subversivas”. En realidad, lo que sucedía era que acostumbraba
compartirle de su fe a los oficiales comunistas, y a los
soldados, dondequiera los encontraba. A veces ellos se
convertían; otras, él era encarcelado.
Una noche Andrés
tuvo la oportunidad de participar de una reunión clandestina
(sin luz, sin cantos) en un hogar. Como esa, viviría otras
muchas jornadas después. Allí pudo comprobar la pureza de la fe,
y el gozo –casi reverente– de los hermanos al recibir una única
Biblia de regalo.
Al salir de
Hungría luego de terminar su misión, “el hermano Andrés” pensaba
que el gozo y gratitud de esos santos y fieles cristianos era
paga suficiente para seguir arriesgando la vida en cada viaje a
los países tras la Cortina de Hierro.
***
(Adaptado de “El contrabandista de Dios”, por el hermano Andrés,
Edit. Vida, 1971.)
La hija del Sha
Una joven musulmana paquistaní, de noble cuna, es escogida por
Dios como testigo de su poder y su amor. Su testimonio demuestra
que la salvación de Dios en Jesucristo es tan amplia que también
puede alcanzar más allá de las fronteras culturales y
religiosas, al corazón mismo del Islam.
— Termina con
esta maldición de la familia – dijo con fiereza Safdar Shah
mientras le tendía la pistola a su hermano Alim Shah.
Éste tomó con
resolución la pistola de doble tambor y en forma lenta le fue
levantando hasta apuntar al rostro de su hermana Gulshan,
sentada frente a ellos. Con una frialdad desconocida en él, dijo
mirándola fijamente:
— ¿Por qué
quieres morir? Todo lo que tienes que hacer es decir que no
aceptas más a Jesucristo como el Hijo de Dios y que dejarás de
ir a la iglesia. Entonces se te perdonará la vida, porque no
quiero dispararte.
Desde niña,
Gulshan había aprendido a respetar a sus hermanos, como toda
musulmana; sin embargo, ahora sentía que por causa de
Jesucristo, no podía obedecerles.
— ¿Pueden
ustedes garantizarme que si no me disparan no moriré? – les dijo
con voz firme —. Está escrito en el Corán que una vez que una
persona nace, debe morir. Así que, adelante, disparen. No me
importa morir en el nombre de Cristo. En mi Biblia está escrito:
“El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.” (Juan 11:25).
Alim Shah dudó;
la pistola osciló en el aire y bajó.
Safdar Shah
interrumpió el silencio, para decirle a su hermano:
— Tú no quieres
matar a esta cristiana y ser culpable por ello. Ella ya es una
maldición para nosotros. Échala.
Acto seguido, la
empujaron fuera de la casa.
Una flor marchita
Gulshan Fátima
era la hija menor de una familia musulmana Sayed, es decir,
descendiente del profeta Mahoma. Era la menor entre cinco
hermanos: dos varones y tres mujeres. Su padre era Aba-Jan, y
como descendiente de Mahoma, era también un Sha. Aba-Jan era
también un Pir, es decir, un líder religioso, y además,
propietario de una gran fortuna en Pakistán.
El nombre
“Gulshan” significaba en la lengua vernácula urdu “el lugar de
las flores, jardín”, pero Gulshan distaba mucho de serlo, porque
cuando tenía apenas seis meses quedó paralítica a raíz de la
fiebre tifoidea. Desde entonces, su lado izquierdo colgaba sin
vida. Poco después había muerto su madre. Sin embargo, por esto
mismo, y por ser la menor, era la favorita de su padre.
Después de
gastar grandes sumas de dinero en Pakistán buscando cura para su
hija, Aba-Jan decidió llevarla a Inglaterra, a un reconocido
médico. Corría el año 1966; Gulshan tenía 14 años.
El veredicto del
médico fue lapidario:
— No hay
medicina para esto; solamente la oración.
Decepcionado,
Aba-Jan decidió probar la última opción que le quedaba: viajar a
la Meca y esperar allí un milagro de Alá. Era el mes de la Hajj,
es decir, de la peregrinación anual, en que los musulmanes del
mundo se daban cita en su principal centro de adoración.
Aba-Jan, Gulshan
y sus dos criadas, volaron hasta la ciudad de Jeddah, donde
iniciaron un recorrido por los lugares sagrados de La Meca,
Medina, Jerusalén y Karbala (Irak), en una peregrinación que
duró un mes, en busca de sanidad, pero nada.
Aba-Jan, que era un piadoso musulmán, se limitó a decir:
— Dios te está
probando y me está probando. No desesperemos. Puede ser que
llegues a ser sanada en alguna otra etapa de tu vida.
El primer encuentro con Jesús
Dos años y ocho
meses después Aba-Jan murió. Antes de partir, encargó a Gulshan
a sus hermanos, y animó a su hija menor diciéndole que un día
Dios la sanaría. Tras la muerte de su padre, la casa quedó vacía
para Gulshan, pese a la gran cantidad de criados que le
asistían. Todos sus hermanos se habían casado. Entonces, Gulshan
decidió pedir a Dios que la llevara con su padre.
Una noche, como
a las tres de la mañana, mientras barajaba pensamientos de
suicidio, comenzó a decirle a Dios, con una espontaneidad
inusitada:
— Quiero morir.
No quiero vivir más. Esto es lo último.
Extrañamente, de
alguna manera sintió que Dios la estaba oyendo, así que
continuó:
— ¿Qué pecado
terrible he cometido, que me has hecho vivir así? Apenas nací te
llevaste a mi madre, luego me hiciste paralítica y ahora te
llevas a mi padre. Dime, ¿por qué me has castigado tan
duramente?
De pronto, en
medio del silencio, escuchó una voz suave y amorosa:
— No te dejaré
morir. Haré que vivas.
— ¿De qué
servirá que yo viva? – preguntó – Soy inválida. Cuando mi padre
estaba vivo podía compartir todo con él. Ahora cada minuto de mi
vida es como cien años. Tú te llevaste a mi padre y me dejaste
sin esperanza, sin nada por lo cual vivir.
La voz vino de
nuevo, vibrante y suave:
— ¿Quién le dio
ojos al ciego, y quién hizo sano al enfermo, y quién curó a los
leprosos y quién resucitó al muerto? Yo soy Jesús, el hijo de
María. Lee acerca de mí en el Corán, en el Sura Maryam.
Esa noche, buscó
y leyó en el Corán el pasaje señalado: “Entonces los ángeles
dijeron: “¡Oh María! En realidad, Dios te anuncia la buena
noticia de su Verbo. Su nombres es el Mesías Jesús, hijo de
María, considerado en este mundo y en el otro, y hasta por
aquellos que están inmediatos a Dios. El hablará a los hombres,
tanto a los que están en la cuna como en la edad madura. Y será
del número de los justos ...” Y más adelante: “Con el permiso de
Alá daré vista a los ciegos, sanaré al leproso, y resucitaré los
muertos a la vida.”
Pese a que no
entendía mucho lo que estaba sucediendo, una esperanza había
brotado en su corazón. Desde entonces, Gulshan comenzó a orar
así:
— Oh, Jesús,
hijo de María, en el santo Corán dice que tú resucitaste a los
muertos y curaste a los leprosos y que hiciste milagros.
Entonces, sáname a mí también.
El milagro
Un día, pasados
tres años de estar orando así, se sintió muy decepcionada.
Pensó: “He hecho esto por tanto tiempo y todavía estoy
paralítica”. Luego dijo:
— Mira que estás
vivo en el cielo y el santo Corán dice que sanaste a las
personas. Tú puedes sanarme, y sin embargo sigo estando
paralítica. Jesús, si puedes hacerlo, sáname; de lo contrario,
dímelo.
Entonces ocurrió
algo totalmente inesperado. La habitación se llenó de una luz
que sobrepasaba a la luz del día. Gulshan sintió mucho miedo.
Pese a eso, alzó la vista y reconoció unas figuras con ropas
largas de pie en medio de la luz, algunos metros más allá de su
cama. Había 12 figuras en fila y la figura central, la número
trece, era más grande y brillante que las otras.
— Oh Dios –
clamó — ¿quiénes son esas personas y cómo han entrado aquí
estando las ventanas y las puertas cerradas?
— Levántate – le
dijo de pronto una voz – Este es el camino que has estado
buscando. Yo soy Jesús, el hijo de María, a quien has estado
orando y ahora estoy de pie delante de ti. Levántate y ven a mí.
Gulshan comenzó
a llorar:
— Oh Jesús,
estoy paralítica. No puedo levantarme.
— Levántate y
ven – le dijo él – Yo soy Jesucristo.
Gulshan dudó, y
él lo dijo por segunda vez. Luego, por causa de que ella dudaba,
él le habló por tercera vez.
Entonces Gulshan,
tras 19 años de estar tirada en cama, paralítica, sintió que una
nueva fuerza fluía de sus piernas inútiles, y caminó algunos
pasos, para luego caer a los pies de él.
Jesús puso su
mano sobre su cabeza y le dijo:
— Yo soy
Jesucristo. Soy Emanuel. Yo soy el camino, la verdad y la vida.
Estoy vivo, y vengo pronto. Mira, desde hoy eres mi testigo. Lo
que ahora viste con tus ojos debes llevarlo a mi pueblo. Mi
pueblo es tu pueblo y debes permanecer fiel en llevárselo a mi
pueblo. Ahora debes mantener inmaculadas esta túnica y tu
cuerpo. Dondequiera que vayas estaré contigo y a partir de hoy
orarás así ...
Y le citó el
Padre nuestro. Luego le hizo repetir la oración. Al decir
“Padre” Gulshan sintió que Dios cautivaba su corazón.
— Lee en el
Corán – agregó –; yo estoy vivo y vengo otra vez.
Gulshan miró su
pierna y su brazo izquierdos y vio que tenían carne; sin
embargo, su mano no estaba perfecta. Entonces preguntó:
— ¿Por qué no la
sanaste del todo?
La respuesta
vino en tono cariñoso:
— Quiero que
seas mi testigo.
Surgen las dificultades
Desde ese
momento, Gulshan alcanzó la notoriedad propia de un milagro
andante. Sus criados, su familia y sus vecinos acudieron a verla
caminar. Ella a todos daba testimonio de que Jesús, el hijo de
María, la había sanado.
Una semana más
tarde, la familia hizo una fiesta para celebrar tan gran
acontecimiento, pero allí surgieron los primeros problemas.
Después de escuchar sus reiterados testimonios, Safdar Sha, su
hermano mayor, le dijo:
— Te
respetaríamos más si dijeras que Mahoma te sanó. Ese Jesucristo
no es muy importante para nosotros.
— Pero es que no
puedo decir que me sanó Mahoma – replicó Gulshan – Fue
Jesucristo y él me dijo que lo contara.
— Jesucristo
tiene su gente en Inglaterra, Estados Unidos y Canadá. Esos son
países cristianos. No vas a ir allí a decirles acerca de cómo
Jesucristo te sanó, y sería prudente que no divulgaras ese tipo
de cosas a aquí – concluyó el hermano, con firmeza.
Gulshan le
preguntó al Señor qué hacer. Su tía, entretanto, le dijo que
todo lo que debía hacer era dar limosnas y olvidarse de
Jesucristo.
El Señor le
dijo:
— Si te
atemorizas por tu familia, no estaré contigo. Debes permanecer
fiel a mí para poder ir a mi gente. Mi pueblo es tu pueblo.
Debes llevarle mi mensaje a ellos.
Diez días
después de su sanidad, la familia volvió al ataque, incluso
amenazándola de muerte.
Gulshan oró al
respecto, y la respuesta vino dos noches después. En una visión
vio al Señor Jesucristo que le decía:
— Ven a mí.
Extendió su mano
y la levantó hasta una planicie verde y fresca, llena de figuras
de personas. Todas tenían coronas en la cabeza y estaban
vestidas de una brillantez que hería sus ojos. Escuchó palabras
que eran como una hermosa música. Las personas decían: “Santo” y
“Aleluya”. “El es el Cordero inmolado. Él vive.” – decían,
mientras miraban a Jesucristo.
De la multitud
sobresalía el rostro de un hombre que estaba sentado. El Señor
le dijo:
— Ve dieciséis
kilómetros al norte y este hombre te dará una Biblia.
Sufriendo el vituperio
El hombre era el
señor Major, quien con cierta desconfianza le entregó un
ejemplar del Nuevo Testamento en urdu y uno de Los mártires de
Cartago. Conseguir el Nuevo Testamento y leerlo fue una y sola
cosa. Allí pudo comer y beber hasta saciarse. Su entendimiento
fue iluminado y pudo confirmar que era Jesús quien se le había
manifestado.
La palabra sobre
el bautismo le habló específicamente, aunque también entendió lo
que eso significaría. El señor Major le advirtió que podría
perderlo todo. Pero Gulshan sabía que no tenía alternativa. Así
que hizo los preparativos, y ordenó su casa.
El 15 de marzo
de 1972, a los 20 años de edad, Gulshan Fátima, hija de una
noble familia Sayed, dejó su casa paterna, su palacete, sus
criados, su dinero, todo, para nunca más volver.
Un mes después
se bautizó, y su segundo nombre “Fátima” fue trocado por
“Esther”. Una nueva vida había comenzado para ella.
¿Cuántas cosas
habría de padecer por causa del Nombre? Gulshan Esther no lo
sabía entonces, pero su fe y su decisión eran irreversibles.
Desde aquel día
comenzó su peregrinar. Muchos sufrimientos habría de pasar en
los próximos años; sin embargo, todos los afrontó con gozo. A su
paso fue dejando una estela de bendición y de vida.
Desde entonces
su testimonio ha bendecido a millares de personas, tanto en su
país como fuera de él.
¡Dios
verdaderamente se había glorificado en una desdichada muchacha
musulmana paquistaní!
Adaptado de “El velo rasgado”, por Gulshan Esther y Thelma
Sangster - Edit. Vida, 1991.
Margaret E. Barber
Una misionera casi abandonada en una aldea solitaria, sin
sostenimiento ni ministerio aparente, es usada maravillosamente
por Dios para instruir a una generación de jóvenes obreros en
China.
Margaret E.
Barber es un nombre bastante desconocido, no sólo en el mundo,
sino también entre los cristianos.
Fue misionera,
pero bien diferente de David Livingstone o Hudson Taylor, que
realizaron grandes cosas por el Señor. El área de su obra estuvo
restringida a sólo una pequeña aldea de la China. Ella escribió,
mas no fue como Carlos Wesley o Isaac Watts, cuyos himnos
aparecen en casi todos los himnarios. Ella amaba al Señor, pero
aunque había alcanzado gran madurez espiritual, no fue como
Madame Guyon, Andrés Murray o F.B. Meyer, que dejaron muchas
publicaciones edificantes para las generaciones futuras. Se
asemejaba a una pasajera solitaria, que entró a este mundo
silenciosamente en 1869 en Peasenhall, Suffolk (Inglaterra), y
que sesenta y un años más tarde partió también silenciosamente.
En su vida, ella respondió al llamado del Señor dos veces, para
dejar su familia, su tierra natal y viajar a China, un país
bastante desconocido y atrasado en aquella época. Entregó
silenciosamente el mejor período de su vida al Señor, y le fue
fiel hasta la muerte.
No fue en vano
Cuando Miss
Barber fue sepultada, un hermano citó la historia de María de
Betania (Juan 12:1-8) diciendo que ella también había hecho todo
cuanto pudo. Más tarde, el hermano Watchman Nee, que no estaba
presente en el funeral, y que fue grandemente influenciado por
ella en su vida espiritual, hizo la siguiente observación: “Ella
realmente se desperdició para el Señor”.
Algunos hermanos
jóvenes de China, que fueron muy ayudados por ella, se
preocupaban por su actitud y se admiraban porque no salía a
dirigir reuniones y a trabajar activamente en otros lugares. Por
el contrario, vivía en aquella pequeña aldea donde nada
acontecía. Aquello parecía realmente un derroche.
Hasta el mismo
hermano Nee, que más tarde se ‘desperdició’ por aproximadamente
veinte años en una prisión, en aquella época la visitaba y casi
le gritaba: “Nadie conoce tanto al Señor como usted, y su
conocimiento de la Biblia es también profundo y vivo. ¿Usted no
ve las necesidades a su alrededor? ¿Por qué no hace algo? Usted
parece que vive aquí sentada sin hacer nada; está gastando su
tiempo, su energía, su dinero, todo en vano”. Hoy, muchos años
después, podemos entender su actitud. Dios estaba plantando una
semilla de vida en la China, una semilla solitaria, humilde y
oculta. El Señor hizo que brotase y fructificase abundantemente.
Pero lo más maravilloso es que Dios hizo que diese fruto más
tarde, cuando ella no podía saberlo.
Una luz fuerte
Quienes están
familiarizados con el libro “La vida cristiana normal”, de
Watchman Nee, descubren que él frecuentemente se refiere a una
hermana ya mayor que ejerció la influencia más grande en su
vida. Se trata precisamente de la hermana Margaret E. Barber.
Cuando supo que el Señor se la había llevado, él dijo: “Ella era
una persona muy profunda en el Señor; su comunión con el Señor y
su fidelidad a él, a mi modo de ver, son muy difíciles de hallar
en el mundo”. Más tarde, en sus mensajes, en la comunión y en
las conversaciones privadas, la mencionaba a menudo. La
describía como “una cristiana brillante; cualquier persona que
entraba en su cuarto, ya sentía la presencia de Dios.” En 1933,
cuando el hermano Nee visitó Inglaterra y Estados Unidos,
encontró muchos cristianos famosos. Con todo, después dijo: “Es
difícil encontrar una persona como la hermana Margaret.
Probablemente sólo un hermano pueda ser comparado con ella”. En
1936, cuando conversaba con un colega sobre el servicio y la
obra de Dios, suspiró y dijo: “Si la hermana Margaret todavía
estuviese aquí, nuestra situación sería muy diferente”.
Cuando el
hermano Nee comenzó a trabajar para el Señor, resolvió que de
cualquier manera tenía que obedecer la voluntad de Dios. Él
pensaba que estaba obedeciendo la voluntad de Dios; sin embargo,
todas las veces que se encontraba con la hermana Margaret y
conversaba un poco, o leía un poco la Biblia con ella, descubría
que estaba lejos del blanco. Cuando Miss Barber estaba viviendo
en Pai Yan Tan, ella siempre hablaba con el Señor, pero el Señor
no hablaba sólo a través de las palabras de ella, sino también a
través de su persona. El hermano Nee dio una vez el siguiente
testimonio: “Yo había oído muchas veces a personas hablar sobre
la santidad, por eso resolví saber un poco más sobre esa
doctrina. Tomé un Nuevo Testamento y encontré unos 200
versículos sobre el asunto. Los anoté y los clasifiqué, sin
llegar todavía a saber lo que es la santidad. Me sentía vacío.
Mas un día encontré una hermana mayor que era una persona santa.
Desde aquel día mis ojos se abrieron y vi lo que era la
santidad. Aquella luz era realmente fuerte. La luz aquella me
hizo sufrir, y no pude dejar de ver lo que era la santidad.”
"Nada para mí"
En 1922, la
hermana Margaret tenía más o menos 53 años, y el hermano Nee era
muy joven, convertido hacía apenas dos años. Él tenía en su
corazón muchos planes propios que esperaba que Dios aprobase.
Pensaba cuán maravilloso sería si uno a uno se llegaran a
realizar. Cuando él llevaba esos asuntos a la hermana Margaret,
intentaba convencerla de que debían ser realizados. Pero después
él daba testimonio: “Antes de abrir yo la boca para explicar mis
planes, ella hablaba un poco y todo parecía demasiado para mí.
La luz que de ella irradiaba me hacía sentir avergonzado.
Descubrí que mi manera de hacer las cosas estaba llena de
elementos naturales del hombre, y era muy carnal. Cuando la luz
llegaba, algo sucedía y yo era llevado a una posición en que
tenía que decir a Dios: “Señor, mi vida está concentrada en
actividades carnales, mas aquí está una persona que no vive así.
Ella sólo tiene un motivo y un deseo: vivir para Ti”. Miss
Barber anotó estas palabras en una página: “Yo no quiero nada
para mí misma; quiero todo para mi Señor”. Realmente toda la
vida de Miss Barber estuvo de acuerdo con su oración.
Penurias e
injusticias
La hermana
Margaret fue enviada a China en 1899, y durante siete años
enseñó en un colegio anglicano para niñas, al mismo tiempo que
trabajaba para el Señor. Pero los colegas de trabajo se pusieron
envidiosos de ella y la acusaron falsamente ante los líderes de
la misión. Durante esta experiencia ella aprendió la lección de
vivir silenciosamente bajo la sombra de la cruz. Prefirió sufrir
la ofensa y no se defendió, hasta que el responsable de la
misión la llamó de vuelta a Inglaterra y le dijo: “Yo te ordeno
que no escondas nada”. Sólo entonces contó toda la verdad.
Ella reconoció
haber sido muy ayudada espiritualmente por D.M. Panton, un
hermano famoso por su conocimiento de profecía, quien influyó
mucho sobre ella, al punto de llevarla a anhelar la venida del
Señor. En aquella ocasión ella esperó tres años en Inglaterra,
hasta que el Señor le abriese un nuevo camino para retornar a
China. Pasó por grandes dificultades económicas. Ella dice que
hasta para conseguir un pedazo de jabón necesitaba ejercitar su
fe en el Señor.
Como a la edad
de 42 años regresó a China, esta vez sin una misión que la
sustentara. Aprendió, como Abraham, a esperar que Dios se
responsabilizase de ella. Por causa del Señor, se fue al
interior de la China. Casi llegó a desesperar por causa de las
presiones, mas el Señor estuvo a su lado fortaleciéndola.
Cierta vez, en
la mayor dificultad financiera, Miss Barber tenía su bolsa vacía
y necesitaba pagar muchas cuentas. Entonces alguien le ofreció
cierta cantidad para ayudarla, pero cuando le entregó la
ofrenda, le aconsejó que no fuera fanática. Aunque realmente
necesitaba mucho el dinero en aquel momento de angustia, lo
rechazó. Se sentía responsable en ser fiel a Dios, y Dios tuvo
que responsabilizarse de ella. Al día siguiente, sucedió una
cosa maravillosa. El hermano Panton le envió desde Inglaterra
una ofrenda urgente por telegrama. Miss Barber se comunicó con
él, preguntándole por qué había enviado esa cantidad por
telegrama. El respondió que no sabía, pero que durante la
oración sintió que precisaba enviar aquella cantidad y que debía
ser por telegrama.
Lecciones para
jóvenes obreros
Realmente Miss
Barber fue una persona de oración, que sabía mirar al Señor no
sólo por sus necesidades cotidianas, sino que oraba también para
que Dios abriese las puertas para su obra. El Señor le envió una
compañera de trabajo y oración, veinte años más joven que ella,
M.L.S. Ballord. Humanamente hablando, eran dos mujeres débiles
que no tenían el fuerte sustento de una Misión. ¿Qué podían
hacer por el Señor? Gracias a Dios, desde el punto de vista
espiritual no eran de ningún modo débiles. Aunque en aquella
época parecía muy difícil y remoto ganar la vasta China para
Cristo, las dos misioneras sabían que para lograr esa meta era
preciso que Dios levantase muchos hermanos jóvenes. Así que
comenzaron a orar específicamente por eso durante 10 años, y el
Señor realmente envió un gran avivamiento a un lugar cercano a
donde ellas vivían y levantó a algunos hermanos jóvenes que
amaban a Dios. Uno de ellos fue Watchman Nee.
Durante un año y
medio, posiblemente en 1922, casi todos los sábados, el hermano
Nee, junto con otros jóvenes, visitaban a Miss Barber para ser
guiados por ella. Pero algunos fueron desistiendo porque ejercía
la disciplina con tal seriedad, que no pudieron soportar su
reprensión. El hermano Nee decía: “Ella reprende fuertemente y
sin razón. Pero después de ser reprendido por ella, uno queda
más aliviado.” Todas las veces que él iba a verla se preparaba
para recibir una reprensión.
Hubo una época
en que siete jóvenes se encontraban todos los viernes. En la
reunión, el hermano Nee y otro joven responsable discutían
ardientemente. El otro era cinco años mayor que Nee. Cada uno de
ellos pensaba que su idea era mejor y criticaba el punto de
vista del otro. A veces el hermano Nee se enojaba y no confesaba
su error. Entonces iba a ver a la hermana Margaret al día
siguiente y le contaba lo sucedido, esperando que ella
resolviese el problema corrigiendo al hermano. Ella, sin
embargo, inesperadamente reprendía al propio Nee, basándose en
que la Biblia dice que el hermano más joven debe respetar al
mayor. Al oír esto, el hermano Nee se defendía, diciendo: “No
puedo hacer eso. El cristiano debe hacer todas las cosas con una
razón”. Entonces Miss Barber le decía que la cuestión no era la
razón, sino lo que la Biblia enseña. “Los más jóvenes deben
obedecer a los mayores”. A veces, después de una acalorada
discusión, el hermano Nee no conseguía dormir y lloraba toda la
noche. El sábado acudía donde Miss Barber para contarle el
motivo de su tristeza, esperando que ella fuera a actuar con
justicia. Pero, después de oírla, él volvía a la casa y lloraba
nuevamente. Estaba triste y enojado por no haber nacido antes,
pues así no tendría que haber obedecido a aquél hermano, y el
hermano tendría que obedecerle a él.
Cierta vez
durante una discusión, el hermano Nee concluyó que tenía mucha
razón y procuró convencer a Miss Barber de que su compañero
estaba errado. Esta vez él pensaba que iba a vencer. Pero
después de oírlo, Miss Barber respondió: “Si el otro hermano
está errado o en lo cierto, es otro asunto. ¿Usted halla que se
parece a una persona que está cargando la cruz, acusando a su
hermano delante de mí? ¿Usted se parece a un cordero haciendo
así?”. El hermano Nee dijo después: “Estas pocas palabras me
avergonzaban mucho y nunca me olvidé de ellas”. Él pensaba que
durante ese año y medio recibió la lección más preciosa de su
vida. Así es cómo Miss Barber orientaba a los jóvenes.
"Debe aceptar
ser quebrantado"
Más tarde,
cuando el hermano Nee decidió trabajar para el Señor, visitó a
la hermana Barber. Ella le preguntó: “Usted quiere trabajar para
el Señor, pero ¿qué es lo que el Señor quiere que usted haga?”.
Él respondió: “Yo quiero trabajar para él”. Pero la hermana
Barber le dijo: “Y si Dios no quiere que usted trabaje, ¿qué va
a hacer?”. Él respondió: “Yo sé que el Señor quiere que yo
trabaje para él.” Entonces Miss Barber leyó Mateo 15, sobre la
multiplicación de los panes. Después le preguntó: “¿Qué piensa
usted sobre esto?”. Él respondió: “En aquella ocasión cinco
panes y dos peces fueron colocados en las manos del Señor, pero
después de la bendición, aquella comida satisfizo a más de
cuatro mil personas”. Entonces Miss Barber le dijo: “Todos los
panes en las manos del Señor fueron partidos y distribuidos, y
aquellos que no fueran partidos, no podían suplir vida a los
otros. Hermano, acuérdese que frecuentemente somos como un pan,
hablando así con el Señor: ‘Señor, yo me entrego a ti’. Pero
tenemos un deseo escondido en el fondo de nuestro corazón, y
como que estuviésemos diciendo: ‘Oh, Señor, entregar y entregar;
ofrecimiento, ofrecimiento; pero no me quebrantes’. Siempre
esperamos que el pan sea colocado al lado, intocable, sin ser
movido, y esto es muy agradable a la vista. Pero todos los panes
en las manos del Señor están destinados a ser partidos. Y si
usted no quiere ser quebrantado, entonces no se coloque en las
manos del Señor.”
Un día ella
estaba orando con el hermano Nee en una montaña, y después de
leer Ezequiel 44, dijo: “Hermanito, hace veinte años atrás yo
leí este capítulo; después feché la Biblia, me arrodillé orando
a Dios y dije: “Señor, no me dejes servir a la casa, sino a Ti”.
La razón que la llevó a orar de esta forma es porque había una
clase de levitas, conforme Ezequiel 44, que activamente servían
en el templo, pero no servían al Señor.
Este tipo de
consejos de Miss Barber, dado a muchos hermanos, era más eficaz
que millares de conferencias y mensajes.
Dejó que Dios
trabajase en ella
No podemos dejar
de preguntar: ¿Por qué Dios usó a esta hermana? ¿Cuál era el
secreto de su ministerio? ¿Por qué tantas personas recibieron
ayuda de ella? Evidentemente, su ministerio estaba basado en su
vida espiritual. Probablemente los siguientes lemas del hermano
Nee pueden ofrecernos una explicación mejor: “Lo que Dios
enfatiza es lo que somos, más que lo que hacemos”. “La verdadera
obra es la que emana de la vida”. “El servicio que tiene valor
es siempre la manifestación de la vida de Cristo”. “Consagrarse
a Dios no es trabajar para Dios, sino ser trabajado por Dios”.
“Aquellos que no permiten que Dios trabaje en ellos, nunca
pueden trabajar para Dios.”
La razón de por
qué ella podía trabajar para el Señor fue porque dejó que Dios
trabajase en ella, e hiciese en ella su obra formativa. Su
corazón era como el de María Magdalena, totalmente vuelto hacia
el Señor. Algunos meses después de haberse ido a estar con el
Señor, alguien envió un paquete que pertenecía a Miss Barber,
para el hermano Nee. Dentro había una hoja con estas palabras:
“Oh Dios, yo te doy gracias porque existe un mandamiento que
dice así: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda
tu alma, y con toda tu mente” (Mat.22:37).
De vez en cuando
ella se enfrentaba con situaciones difíciles, y el precio
requerido exigía todo lo que poseía, hasta su propia vida.
Entonces levantaba su rostro bañado en lágrimas y decía al
Señor: “Señor, para que yo pueda satisfacer todo tu corazón,
quiero que mi propio corazón sea quebrantado”. Una vez el
hermano Nee le preguntó: “¿Cuál es su experiencia en obedecer la
voluntad de Dios?” Ella respondió: “Todas las veces que Dios
demora en mostrar su voluntad, inmediatamente concluyo que
dentro de mí todavía tengo un corazón que no desea obedecer su
voluntad. Todavía tengo un deseo incorrecto dentro de mí. Esto
puede ser comprobado a través de muchas experiencias”. Ella
preguntaba muchas veces al hermano Nee: “¿Usted ama la voluntad
de Dios?”. No
preguntaba si él obedecía la voluntad de Dios.
Cierta vez ella
argumentó con Dios respecto de cierto asunto. Sabía lo que Dios
quería, y en su corazón ella también quería lo mismo, pero era
muy difícil. Entonces el hermano Nee la oyó orar así: “Señor, yo
confieso que no me gusta, pero por favor, no te rindas a mí.
Espera un poco y ciertamente yo me rendiré a ti”. No quería que
Dios se rindiese a ella, disminuyendo su exigencia. Nada era
importante para ella, a no ser alegrar a su Maestro.
Muy
acertadamente, dijo: “El secreto para entender la voluntad de
Dios es: 95% querer obedecer a Dios y 5% entender”. Este acto
revela que ella entendía profundamente la voluntad de Dios.
La casa se ha llenado de su perfume
Realmente Miss
Barber se desperdició para el Señor, como el precioso ungüento
mencionado en Juan 12:3. ¿Cuál fue el resultado? “...Y la casa
se llenó del olor del perfume”. Que usted también pueda sentir
la fragancia de ese perfume y ser atraído por el mismo Señor, a
quien ella buscó y amó con todo su corazón, con toda su alma y
con todo su entendimiento.

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