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Alberto Benjamín Simpson
Alberto Benjamín
Simpson nació el 15 de diciembre de 1843, en Bayview, Canadá,
como el cuarto hijo de una piadosa familia. Su padre era
carpintero.
Como toda
familia cristiana de la época, sus padres soñaban con que el
hijo primogénito llegara a ser un ministro del evangelio. Los
demás hijos ocupaban un lugar secundario en la elección de una
vocación para sus vidas. Sin embargo, Alberto Benjamín no se
conformó con la fuerza de esa tradición.
Infancia y
juventud
De niño fue muy
tímido pero imaginativo. El ejemplo de sus piadosos padres
alentó en él muy pronto una fe profunda. En sus primeros
recuerdos de infancia aparecía siempre su madre postrada
llorando delante del Señor, a causa de algunas dificultades
financieras. Alguna vez su padre eximió a su pequeño hijo de una
merecida azotaina al hallarlo enfrascado en la lectura de la
Biblia.
Alberto Benjamín
nunca dejó de alabar al Señor por la gracia demostrada hacia él
siendo todavía un niño. Varias veces fue salvado milagrosamente
de la muerte. En cierta ocasión, mientras subía por los andamios
de un edificio en construcción pisó una tabla suelta y cayó al
vacío. Felizmente, en la caída pudo tomarse de la punta de una
tabla que sobresalía del piso inferior. Cuando ya estaba
completamente extenuado, un obrero que iba pasando lo salvó.
Otra vez mientras cabalgaba, el caballo lo tiró al suelo y le
cayó encima. Cuando recuperó la conciencia, el caballo estaba
tocándole el rostro con su hocico. Otra vez, fue salvado de
morir ahogado en el momento en que se hundía por tercera vez y
ya había perdido el conocimiento.
Estas salvadas
providenciales le motivaron a buscar con más sinceridad a Dios.
Pero llegó el día cuando, conforme a la costumbre de la época,
su hermano mayor fue enviado a prepararse para el ministerio.
Entonces Alberto Benjamín, de 14 años, rogó a su padre que no le
dejase en el campo, sino que le permitiese estudiar también, y
que él mismo podía hacerse cargo de sus estudios. Su padre,
conmovido, aceptó.
Fuera del hogar
tempranamente, Alberto Benjamín hubo de enfrentar severas
luchas, y una enfermedad que le dejó postrado por mucho tiempo.
Aún no había tenido un encuentro personal con el Señor
Jesucristo, así que retornó al hogar con un fracaso escolar y
con una gran necesidad espiritual.
En esa época la
excesiva formalidad de la iglesia en que se había criado le
había negado la posibilidad de entregar su corazón al Señor.
Pero esa necesidad fue suplida mediante un libro que le condujo
a los pies de Cristo. En ese mismo instante vino a su corazón la
seguridad de su salvación.
Una vez recuperada la salud, y con su nueva y preciosa realidad
en Cristo, Alberto Benjamín volvió a los estudios. En el
colegio, todos daban buen testimonio de él, pues poseía un
carácter bondadoso y una clara inteligencia.
A los 18 años de
edad, llevado por su amor al Señor, suscribió un pacto con Dios,
el cual llenaba varias páginas. En parte decía así:
“Yo creo en
Jesucristo como mi Salvador personal. Acepto la salvación plena
ofrecida por él, que es mi Profeta, Sacerdote y Rey. Reconozco
que Cristo ha sido hecho mi redención y mi completa salvación,
mi sabiduría, mi justicia y mi santificación. Él ha sojuzgado mi
corazón rebelde por Su gran amor. Por lo tanto, yo tomo el amor
de Cristo para usarlo para Su gloria únicamente. Si alguna vez
se opusiera un solo pensamiento mío de rebelión contra ti,
véncelo y tráelo a sujeción. Cualquier cosa que pudiera oponerse
a tu divina voluntad en mí, oh Dios, quítala en el nombre de
Jesús. Yo me entrego a ti como “vivo de entre los muertos” para
volver a vivir solamente para ti. Tómame y úsame enteramente
para tu gloria, en el nombre que es sobre todo nombre, el nombre
de Jesús, te lo pido”.
“Ratifica ahora
mismo en el cielo, oh Padre mío, este pacto que acabo de hacer
contigo. Escribe en los cielos, en tu libro de memoria, que yo
he llegado a ser tuyo, solamente tuyo, por toda la eternidad.
Acuérdate de mí en la hora de la tentación, y que nunca me
aparte de este pacto sagrado. Soy de ahora en adelante un
soldado de la cruz de Jesucristo y un seguidor del Cordero de
Dios, y mi lema será desde ahora en adelante: “¡Tengo un solo
Rey: mi Jesús!”. Sábado 19 de enero de 1861.
Ministro
presbiteriano
Gracias a dos
becas ganadas por su perseverancia, pudo continuar sus estudios
en la Universidad, y ordenarse como ministro presbiteriano en
septiembre de 1865, a los 21 años de edad. Al día siguiente de
su ordenación, se casó con Margarita Henry.
Su primer
pastorado lo ejerció en la ciudad de Hamilton, Canadá, por ocho
años. En ese tiempo viajó y dictó conferencias, de modo que a
los 30 años de edad, Simpson ya era reconocido en todo Canadá y
Estados Unidos como un predicador poco común.
Al asumir su
segundo pastorado en Louisville, Estados Unidos, predicó un
mensaje basado en Mateo 17:8: “Y alzando ellos los ojos, a
nadie vieron sino a Jesús solo”. En parte de él dijo: “El
lema y la nota característica de mi ministerio aquí en esta
ciudad de Louisville será solamente Jesucristo”.
Muy pronto
Simpson halló la oportunidad de expresar el fuego que ardía en
su corazón. Su influencia se extendió hasta abarcar a todos los
pastores de la ciudad, con los cuales organizó encuentros
evangelísticos de gran impacto. Con esto, el celo misionero de
Simpson comenzó a ampliarse, aunque no siempre encontró eco en
los fieles de su congregación. Su visión abarcaba a los muchos
hombres y mujeres que se perdían en las calles sin jamás entrar
a un templo. Simpson veía a la iglesia adormecida, recluida
entre cuatro paredes, sin sentir el dolor de Cristo por los
perdidos. Muy pronto habría de encontrar concreción esta
gloriosa visión.
Experiencias
espirituales
Durante los
primeros años del ministerio de Simpson, dos experiencias con el
Señor le sirvieron de constante estímulo: su conversión a
Jesucristo, y su llamado al ministerio. Sin embargo, estas
experiencias no fueron las únicas. A menudo solía encerrarse en
su estudio para buscar con ansias el rostro del Señor. Anhelaba
hacer morir el yo, y vivir totalmente para Cristo.
Cierta vez,
cuando era un joven ministro, estuvo un mes entero buscando una
bendición especial para su vida. Durante ese mes dejó de hacer
muchas cosas y se dedicó casi exclusivamente a orar. Al final
del período recibió bendición, pero no la paz que su alma
buscaba. Más tarde repitió estos períodos de consagración, pero
no quedaba satisfecho. Después de haber estado 10 años en
Louisville, y de haber alcanzado grandes éxitos en su pastorado,
aún sentía que había un vacío importante en su vida. Oscilaba
entre las montañas de las victorias y el valle de las
inquietudes espirituales. “Deseaba obtener algo no alcanzado
todavía con todas las experiencias que había tenido”.
Una noche
después de intensa oración tuvo esa experiencia extraordinaria
que buscaba. “Recuerdo bien la noche cuando recibí el bautismo
del Espíritu Santo. Cuando experimenté la venida de la plenitud
de Cristo a mi alma; cuando vino para fijar su morada permanente
en mí”.
“Fue una noche
memorable en mi vida. La soledad del Cordero de Dios, yendo
hacia el monte del sacrificio era mi porción aquella noche. El
camino nunca resulta fácil, ni atrayente, ni invita al
transeúnte a entrar en él, si no está dispuesto a seguir al
Cristo del Calvario. No obstante, es el camino de la victoria,
como lo fue para Cristo mismo. Es el camino de la vida a través
de la muerte”.
“Sabía que podía estar equivocado en muchas cosas y ser
imperfecto en todas; y no sabiendo si iba a morir literalmente o
no, antes del nuevo amanecer, seguía buscando. Estaba luchando
cual Jacob de antaño con el ángel de Dios hasta el rayar del
alba, cuando vino la luz. Entonces, rendido a los pies de
Cristo, hice allí una entrega final y total de mi vida”.
Esta verdad le
fue revelada de tal forma, que nunca predicó la perfección del
creyente en Cristo, sino el Cristo perfecto viviendo en el
corazón del creyente santificado. Decía que la santidad divina
no es una mejora de uno mismo, ni la perfección adquirida, sino
una entrada al corazón de la vida y pureza de Cristo, y el obrar
de su santa voluntad continuamente.
Simpson creía
que la regeneración hecha por el Espíritu Santo en el corazón
humano es muy distinta de la morada del Espíritu Santo en él. La
primera puede compararse con la edificación de una casa; en
cambio, la segunda es la venida del Dueño para vivir en ella,
tomando posesión absoluta. También puede compararse la primera
como la llegada a la Tierra Prometida, en cambio, la segunda
como la toma de posesión de ella.
La experiencia
de Simpson no solamente le sirvió como punto de partida para un
ministerio sobre “la vida más abundante”, sino que cambió todo
punto de vista de la vida cristiana, y afectó profundamente toda
su enseñanza espiritual posterior. Nunca hablaba, ni predicaba,
ni enseñaba sin reflejar algo de aquella gloriosa experiencia
que llegó a ser su misma vida.
Por este tiempo
nació un himno que caracterizó la vida de Simpson hasta el fin.
He aquí algunas de sus estrofas:
¡Jesucristo, y
nada más!
Antes yo buscaba “la bendición”,
ahora yo tengo a Jesús;
antes suspiraba por la emoción,
ahora yo quiero más luz;
antes Su don yo pedía,
ahora tengo al Dador;
antes buscaba la sanidad,
ahora es mío el Doctor.
Antes me esforzaba con pena,
ahora me es grato confiar;
antes creía a medias,
ahora sé que él puede salvar;
antes a él me aferraba,
ahora de mí se ase él;
antes yo andaba a la deriva,
ahora tengo áncora fiel.
Antes yo creía en mis obras,
ahora dejo a Cristo obrar;
antes trataba de usarlo,
ahora él me puede usar;
antes “el poder” yo buscaba,
ahora tengo al “Fuerte Señor”;
antes para mí mismo obraba,
mas ahora es el trabajo de amor.
Descubrimiento
de una nueva verdad
Desde ese día
A.B. Simpson dedicó gran parte de su ministerio a compartir
sobre la vida cristiana más profunda. Sin embargo, una
experiencia vivida en la ciudad de Chicago habría de reorientar
su ministerio.
Estando allí
cierta noche tuvo un sueño que le afectó profundamente. En el
sueño veía multitudes de gentes angustiadas, a la espera de
recibir el mensaje de salvación. Al despertar sintió la urgencia
de ofrecerse al Señor para la obra a que sentía que le llamaba.
Durante meses
intentó hallar una puerta abierta para ir al extranjero como
misionero, pero, por diversas razones no la encontró. Sin
embargo, se le ofreció la oportunidad de pastorear en la ciudad
de Nueva York. Aceptó la invitación, creyendo así poder estar en
un lugar céntrico donde podría tener contacto “con el mundo de
afuera”.
Sin embargo,
antes de ver cumplidos sus sueños misioneros, Simpson
experimentó todavía una nueva riqueza de la vida plena en
Cristo: la sanidad divina. Durante más de veinte años había sido
víctima de muchas enfermedades y debilidades físicas. Muchas
veces tuvo que privarse de leer, y de realizar sus labores
pastorales por su extrema debilidad. Durante años fue esclavo de
los remedios. A veces, el solo ascenso de una pendiente le
provocaba una verdadera agonía. Un médico llegó a decirle cierta
vez que le quedaban pocos meses de vida.
Un día, mientras
participaba como oyente ocasional en un Campamento cristiano,
escuchó un himno cuyo coro decía: “Mi Jesús es el Señor de
señores / nadie puede obrar como él”. Esas palabras le
produjeron un inmenso impacto, que le llevaron a escudriñar en
las Escrituras lo concerniente a la sanidad divina. Al poco
tiempo quedó convencido de que esa era también una parte del
glorioso evangelio de Cristo para un mundo pecador y sufriente.
Un día, Simpson hizo un nuevo pacto con Dios, “tomando al Señor
Jesucristo –dice– para ser mi vida física, para todas las
necesidades de mi cuerpo hasta que termine la jornada que él
tiene para mí en el mundo”.
Desde ese día
Simpson decidió no sólo tomar para sí esta gloriosa verdad –como
hicieron también otros muchos siervos de Dios como Andrew Murray,
T.Austin-Sparks, Watchman Nee, para quienes fue un socorro
permanente de Dios– sino también compartirla con todo el cuerpo
de Cristo.
Respecto de
esto, Simpson enseñaba: “Hay tres etapas en la revelación de
Jesucristo para la sanidad divina: La primera se refiere al
momento cuando nosotros llegamos a ver la base bíblica doctrinal
que ella tiene; la segunda, cuando vemos la verdad en la sangre
de Cristo, en su obra expiatoria, redentora y la recibimos como
tal para nosotros mismos; la tercera, cuando vemos lo que hay en
la vida resucitada de Jesucristo, tomándolo a Él en una unión
vital y viviente, con todo nuestro ser, como la vida de nuestra
vida y salud para nuestro cuerpo mortal.”
Simpson
experimentó una gran oposición, tanto dentro de él –al luchar
contra su propia incredulidad– como fuera de él, en los diversos
ambientes cristianos donde predicaba. Sin embargo, nunca cayó en
el fanatismo; nunca aceptó hacer de la sanidad divina su
estandarte. Él solía decir: “Yo tengo cuatro ruedas en mi
carruaje. No puedo descuidar las otras tres para predicar todo
el tiempo sobre una sola de ellas”, haciendo referencia a las
cuatro verdades evangélicas que constituían la base de su
ministerio: “Jesucristo nuestro Salvador, Santificador, Sanador
y Rey venidero”.
Un hombre de
oración
Simpson fue un
hombre de oración. Sobre el escritorio de su oficina tenía
puestos dos breves recordatorios: “Orad sin cesar” y “¡Hacedlo
ahora!”. Muchos que le conocieron daban testimonio del impacto
que las oraciones de Simpson les habían producido. El mapa del
mundo llegó a ser para él el manual diario de oración.
Vivía tal vida
de oración que toda conversación giraba espontáneamente
alrededor del tema de Cristo, con cualquier persona y en
cualquier lugar. Muchas veces el Espíritu le llevó a interceder
por situaciones y personas que, según después se sabía, habían
estado en dificultades en ese preciso momento. Simpson creía
firmemente que “la oración cambia las cosas”. Y de verdad,
muchas cosas cambiaron por su oración.
Se abre un nuevo
camino
La visión
misionera de Simpson no pudo ser disipada por las muchas
satisfacciones que experimentaba como pastor de aquella
connotada congregación presbiteriana de Nueva York.
Una noche mientras oraba, la visión de los perdidos sin Cristo
le hizo postrarse en una dramática oración bajo el poder del
Espíritu Santo. Entonces cogió el globo terráqueo y apretándolo
contra su pecho, exclamó llorando: “¡Oh Dios, úsame para la
salvación de los hombres y mujeres del mundo entero, que mueren
en las tinieblas espirituales sin ningún rayo de luz”.
No pudo
conformarse ya con cumplir sus labores de pastor y conferencista
solicitado. Llevado por este celo misionero, comenzó a salir a
las calles para predicar el evangelio. Y allí comenzaron a
recibir a Jesucristo hombres y mujeres de la más variada
condición. Luego, los invitaba al templo, para recibir el amor
de la familia cristiana.
Muy pronto
fueron decenas y aun cientos los nuevos convertidos que iban
llegando; muchos de ellos de humilde condición. Y, muy pronto
también, ellos comenzaron a incomodar a los acomodados hermanos.
Así fue como se produjo una situación insostenible, y Simpson
hubo de renunciar a su pastorado para dedicarse a las
muchedumbres olvidadas de las calles, como era su visión. Eso
ocurrió en noviembre de 1881. Tenía a la sazón 38 años, y una
familia con seis hijos.
De un día para
otro, dejó de ser el pastor de una gran iglesia para ser un
predicador callejero. Sus amigos íntimos en el ministerio le
pronosticaron un fracaso rotundo. Uno de los diáconos, al
despedirle le dijo: “No le diremos adiós, Simpson: pronto usted
ha de volver con nosotros.” Sin embargo, él nunca volvió. Dios
tenía para él otro camino que recorrer, y otras fronteras que
cruzar.
La concreción de
un sueño
Solamente siete
personas estuvieron en la primera reunión que celebró en
noviembre de 1881, en un cuarto arriba de un viejo teatro, en
una tarde fría y gris de Nueva York. Uno de esos siete era un
borracho regenerado, que llegó a ser, según el decir de Simpson,
“el santo más dulce que jamás existiera”. Así comenzó a realizar
varias reuniones semanales, una de las cuales siempre se
realizaba en plena calle.
A causa de la
estrechez del local, debieron arrendar un teatro, y más tarde
implementó una carpa, que solía instalar en el corazón mismo de
la ciudad. Incluso el famoso Madison Square Garden fue arrendado
por Simpson para hacer alguna de sus grandes campañas de
evangelismo.
Dos años después de aquellos débiles comienzos, Simpson organizó
la Unión Misionera, cuyo objetivo era la evangelización del
mundo, la cual llegó a ser cuatro años después, en 1887, la
Alianza Cristiana y Misionera, con representación en todo el
mundo.
El propósito
principal de esta iniciativa misionera era: “Levantar a Cristo
en toda su plenitud, o exaltar a Cristo hasta lo sumo, quien es
el mismo ayer, hoy y por todos los siglos”. En su organización,
Simpson planteó así su énfasis misionero: “Esta Sociedad ha sido
formada como una fuerza humilde y unida de cristianos
consagrados para enviar el evangelio, en toda su sencillez y
plenitud, a través de los instrumentos más espirituales y
consagrados, y por los métodos más económicos, prácticos y
eficaces, a los campos más abiertos, más necesitados y más
descuidados del mundo pagano”.
Al año siguiente
de constituida la Unión Misionera, en 1884, enviaron los cinco
primeros misioneros al Congo, en África. Cinco años después, ya
había embajadas misioneras en 12 países distintos, con cuarenta
centros y 180 misioneros. En la actualidad, esta obra abarca más
de cincuenta países, y cuenta con más de 1.200 misioneros.
Un ministerio
multifacético
El ministerio de
A.B. Simpson fue muy rico y variado. Él era un hombre
especialmente dotado como predicador. T.Austin-Sparks,
acostumbraba decir que de todos los predicadores norteamericanos
que él conoció de joven, A.B. Simpson era el más espiritual y el
que hablaba con más poder. Sus muchos sermones se han publicado
en siete tomos, con títulos como “Los negocios del Rey”, “La
revelación del Cristo resucitado”, “La vida cristiana más
amplia”, etc.
Como maestro de
las Escrituras alcanzó gran notoriedad. Hasta hoy, sus
comentarios sobre los diversos libros de la Biblia son
considerados como llenos de luz y claridad, así, por ejemplo, la
serie “Cristo en la Biblia”. Sus numerosos libros abarcaban
otros diversos temas, como “El evangelio cuádruple”, “El
descubrimiento personal de la sanidad”, “La vida de oración”,
“Destellos que anuncian a Aquel que viene”, “El poder de lo
Alto” (sobre el Espíritu Santo).
Como poeta y
compositor de himnos, A.B. Simpson alcanza también grandes
alturas. Muchos himnos y poemas muy conocidos hoy salieron de su
pluma inspirada. Watchman Nee, en su estudio sobre los Himnos,
cita uno de los himnos de Simpson como ejemplo de lo que debe
ser una buena composición cristiana.
En total, A.B.
Simpson escribió por lo menos 70 libros además de artículos,
poesías e himnos. Publicó también diversas revistas para
reforzar la obra misionera.
Una partida
feliz
A.B. Simpson
partió de esta vida el 29 de octubre de 1919. El día anterior
había sido de absoluta normalidad, para sus 76 años. Entre los
papeles que se encontraron en su escritorio, había uno con un
himno inédito, que decía en parte:
“Alguien me está
llamando;
me toma de la mano,
y me señala cumbres
bañadas en áurea luz.
Mi corazón responde:
remonto como en alas;
me siento muy seguro:
¡Mi Guía es Jesús!”
Sobre su lápida
hicieron poner una lectura que refleja muy bien lo que fue este
gran hombre de Dios: “No yo, sino Cristo” y “Sólo Jesús”.
Madame Guyon
Inclinada de niña a la piedad, al llegar a la juventud Madame
Guyon se transformó en una ‘mariposa’ de sociedad, en la vana y
libertina París de la época de Luis XIV, que pensaba poco en
Dios y en el mundo venidero. Sin embargo, su vanidad y orgullo
fueron completamente aplastados, y ella se tornó entonces en un
“instrumento para honra, santificado, útil al Señor”.
Jeanne Marie
Bouvier de la Mothe nació en Montargis, Francia, unos 40 Km. al
norte de París, el 18 de abril de 1648, un siglo después de
iniciarse la Reforma. Sus padres pertenecían a la aristocracia
francesa; eran muy respetados, y tenían inclinaciones religiosas
como las de todos sus ancestros. Su padre ostentaba el título de
Seigneur, o Señor, de la Mothe Vergonville.
Niñez y juventud
Durante la
primera infancia, Jeanne fue víctima de una enfermedad que hizo
a sus padres temer por su vida. Mas ella se recuperó, y a los
dos años y medio de edad fue colocada en el Seminario de las
Ursulinas, en su propia ciudad, a fin de ser educada por las
monjas. Después de algún tiempo, regresó al hogar, mas su madre
descuidaba su educación, dejándola casi siempre al cuidado de
las criadas. Gran parte de su infancia, la niña estuvo yendo y
viniendo entre su casa y el convento, y pasando de una escuela a
otra. Cambió su lugar de residencia nueve veces en diez años.
En 1651, la
Duquesa de Mont-bason llegó a Montargis, a fin de residir con
las monjas benedictinas establecidas allí, y pidió al padre de
Jeanne que permitiese que ésta, de cuatro años de edad, le
hiciese compañía. Durante su estadía allí, la niña vino a
comprender su necesidad de un Salvador por medio de un sueño que
tuvo respecto de la miseria futura de los pecadores
impenitentes; y entregó entonces definitivamente su vida y su
corazón a Dios.
A los diez años
de edad, Jeanne fue colocada en un convento para proseguir su
educación. Cierto día encontró una Biblia, y como le gustaba
mucho leer, ella se absorbió en su lectura. “Pasaba días enteros
leyendo la Biblia”, cuenta, “sin prestar atención a ningún otro
libro o a nada más, desde la mañana a la noche. Y como tenía
buena memoria, memoricé completas las secciones históricas”.
Este estudio de las Escrituras, sin duda, puso los fundamentos
de su maravillosa vida de devoción y piedad. Por este tiempo se
hizo sentir sobre su vida la importante influencia de una de sus
hermanastras, quien suplió en parte la falta de preocupación de
su madre.
Jeanne creció, y
sus rasgos comenzaron a mostrar aquella belleza que más tarde la
distinguió. La madre, contenta con su apariencia, se esmeraba en
vestirla bien. El mundo la conquistó, y Cristo quedó casi
olvidado. Tales cambios ocurrieron con frecuencia en sus
primeras experiencias. Un día tenía buenos pensamientos y
resoluciones, y al día siguiente todo quedaba atrás, y la
vanidad y la mundanalidad llenaban su vida.
Un joven
piadoso, un primo llamado De Tossi, yendo como misionero a
Cochinchina, al pasar por Montargis, visitó a la familia. Su
visita fue breve, pero impresionó profundamente a Jeanne, aunque
entonces no estaba en casa ni vio a su primo. Cuando le contaron
sobre su consagración y santidad, el corazón de ella se afligió
tanto, que lloró el resto del día y la noche. Quedó conmovida
con la idea de la diferencia entre su propia vida mundana y la
vida piadosa de su primo. Toda su alma despertó entonces para
tomar conciencia de su verdadera condición espiritual. Intentó
renunciar a su mundanalidad, procuró adoptar una disposición
mental religiosa y obtener perdón de todos a quienes pudiese
haber perjudicado de cualquier forma. Visitó a los pobres, les
llevó alimento y ropa, les enseñó el catecismo, y pasaba mucho
tiempo leyendo y orando. Leyó libros devocionales como “La vida
de Madame de Chantal” y las obras de Tomás de Kempis y Francisco
de Sales. Procuraba imitar la piedad de ellos; sin embargo,
todavía no hallaba la paz y el descanso del alma por medio de la
fe en Cristo.
Tras un año de
búsqueda sincera de Dios, se apasionó profundamente por un
joven, un pariente próximo, aunque tenía apenas catorce años. Su
mente estaba tan ocupada pensando en él que descuidó sus
oraciones y comenzó a buscar en el amor terrenal el disfrute que
buscara antes en Dios. A pesar de mantener aún una apariencia de
piedad, en lo íntimo ésta le era indiferente. Comenzó a leer
novelas románticas, y a pasar mucho tiempo delante del espejo,
así que se volvió excesivamente vana. El mundo la tenía mucho en
cuenta, pero su corazón no era recto delante de Dios.
En el año 1663,
la familia La Mothe se trasladó a París, un paso que no les
benefició espiritualmente. París era una ciudad alegre, sedienta
de placeres, especialmente durante el reinado de Luis XIV, y la
vanidad de Mademoiselle La Mothe creció insoportablemente. Tanto
ella como sus padres se tornaron extremadamente mundanos, bajo
la influencia de la sociedad a la que habían ingresado. El mundo
le parecía ahora el único objeto digno de ser conquistado y
poseído. Su belleza, dotes intelectuales y conversación
brillante hicieron de ella una favorita en la sociedad. Su
futuro marido, M. Jacques Guyon, hombre de gran riqueza, y
muchos otros, pedirían su mano en casamiento.
El orgullo es
tocado
Aunque no se
sentía muy atraída a Monsieur Guyon, su padre acordó el
casamiento, y ella accedió a su deseo. La boda tuvo lugar en
1664. Jeanne tenía casi 16 años, mientras su marido tenía ya 38.
Luego descubrió que la casa a la cual fue llevada se volvería
para ella una “casa de luto”. La suegra, mujer poco refinada, la
gobernaba con mano de hierro, y aun la hostilizaba. El marido
tenía buenas cualidades y la apreciaba mucho, pero diversas
enfermedades físicas y sufrimientos a que estaba sujeto, además
de la gran diferencia de edad entre él y su joven esposa, y el
genio de la suegra, hicieron difícil su vida de recién casada.
Su gran inteligencia y sensibilidad agudizaron aún más sus
sufrimientos. Sus esperanzas terrenales fueron destruidas.
Más tarde, sin
embargo, ella reconoció que todo había sido dispuesto
misericordiosamente a fin de llamarla de aquella vida de orgullo
y superficialidad. Dios permitiría que ella atravesase el fuego
del horno de la aflicción, para que las impurezas fuesen
removidas, y ella pudiese presentarse como un vaso de oro puro.
“Era tal la fuerza de mi orgullo natural”, cuenta ella, “que
nada aparte de una dispensación de sufrimiento podría haber
quebrantado mi espíritu y hacerme volver a Dios”.
A pesar de haber
comido el pan de la tristeza y mezclado con lágrimas su bebida,
todo eso hizo que su alma se dirigiese a Dios y ella empezó a
buscarlo, pidiendo su consuelo en sus tribulaciones. Poco
después de un año de casada, tuvo un hijo, y sintió la necesidad
de aproximarse a Dios, tanto por causa de él como por la suya
propia.
Una calamidad
tras otra sobrevinieron a Madame Guyon. Poco después de nacer su
hijo, el marido perdió gran parte de su enorme fortuna, y esto
amargó mucho a su avarienta suegra, quien solía
responsabilizarla de todas sus desgracias. En el segundo año de
matrimonio cayó enferma, y parecía a las puertas de la muerte;
sin embargo, su enfermedad fue un medio de hacerla pensar más en
las cosas espirituales. Su querida hermanastra murió, y después
su madre. Con amargura aprendió que sólo podía encontrar
descanso en Dios, y ahora lo buscó con sinceridad, y lo
encontró, y nunca más se apartó de él.
A través de las
obras de Kempis, de Sales, y la vida de Mme. Chantal, y de
conversaciones con una piadosa dama inglesa, Madame Guyon
aprendería mucho con respecto a las cosas espirituales. Después
de una ausencia de cuatro años, su primo regresó de Cochinchina
y su visita la ayudó espiritualmente.
El gozo de la
salvación
Un humilde monje
franciscano se sintió guiado por Dios para ir a verla, y él
también le fue de gran ayuda. Fue este franciscano el primero
que la llevó a ver claramente la necesidad de buscar a Cristo
por la fe y no mediante obras externas, como lo había estado
haciendo hasta entonces. Instruida por él, llegó a comprender
que la verdadera fe era un asunto del corazón y del alma, y no
una simple rutina de deberes y observancias ceremoniales como
supusiera. “En aquel momento me sentí profundamente herida por
el amor de Dios –una herida tan indescriptible que deseé jamás
fuera curada. Tales palabras trajeron a mi corazón aquello que
venía buscando por tantos años; o sea, me hicieron descubrir lo
que allí se hallaba, y que de nada me servía por falta de
conocimiento... Mi corazón había cambiado; Dios se hallaba allí;
desde aquel momento Él me había dado una experiencia de su
presencia en mi alma, no simplemente como un objeto percibido en
el intelecto por la aplicación de la mente, sino como algo
realmente poseído de la manera más dulce posible. Pude sentir
esas palabras de Cantares: ‘Tu nombre es como ungüento
derramado; por eso las doncellas te aman’; pues percibí en
mi alma una unción que, como un bálsamo saludable, sanó en un
instante todas mis heridas.”
Madame Guyon
tenía veinte años cuando recibió esta prueba definitiva de
salvación por la fe en Cristo. Fue el 22 de julio de 1668.
Después de esta experiencia, dijo: “Nada era más fácil ahora
para mí que orar. Las horas pasaban fugazmente, en tanto yo nada
podía hacer sino orar. La vehemencia de mi amor no me daba
descanso.”
Algún tiempo
después, ella podía decir: “Amo a Dios mucho más de lo que el
amante más apasionado entre los hombres ama al objeto de su
afecto terrenal”. “Este amor de Dios”, dice, “ocupaba mi corazón
con tanta constancia y fuerza, que era muy difícil para mí
pensar en otra cosa. Nada más me parecía digno de atención”.
Agregó después: “Me despedí para siempre de las reuniones que
frecuentaba, de los teatros y diversiones, de los bailes, de las
caminatas sin propósito y de las fiestas de placer. Las
diversiones y placeres tan considerados y estimados por el
mundo, me parecían ahora tediosos e insípidos, de forma tal que
me preguntaba cómo un día pude haberlos apreciado”.
Madame Guyon
tuvo un segundo hijo en 1667, o sea, un año antes de pasar por
la notable experiencia ya citada. Su tiempo estaba ahora ocupado
en el cuidado de los hijos y la atención a los pobres y
necesitados. Ella hacía que muchas jovencitas, hermosas pero
pobres, aprendiesen un oficio, a fin de sentirse menos tentadas
a llevar una vida de pecado. Hizo también mucho en beneficio de
aquellas que ya habían caído en pecado. Con sus recursos,
frecuentemente ayudaba a comerciantes y artesanos pobres a
iniciar sus propios negocios. Y no cesaba de orar. En sus
palabras: “Mi deseo de comunión con Dios era tan fuerte e
insaciable que me levantaba a las cuatro de la mañana para
orar”. La oración era el mayor deleite de su vida.
Las personas del
mundo quedaban sorprendidas al ver a alguien tan joven, tan
bella, tan intelectual, enteramente entregada a Dios. La
sociedad amante del placer se sentía condenada por su vida, y
procuraba perseguirla y ridiculizarla. Ni aun sus propios
parientes la comprendían muy bien, y su suegra hacía todo para
tornar su vida más difícil que nunca, logrando hasta cierto
punto apartarla de su marido y su hijo mayor. Sin embargo, estas
pruebas no la perturbaban tanto como lo hacían antes, pues ahora
ella las consideraba como siendo permitidas por el Señor para
mantenerla en humildad. Una tercera criatura, una hija, nació en
1669. Esta pequeña fue un gran consuelo para ella, aunque estaba
destinada a dejarla en breve.
El camino de la
consagración
Durante cerca de
dos años, las experiencias religiosas de Madame Guyon
continuaron profundizándose, pero luego se vio una vez más
atraída hasta cierto punto por el mundo. En una visita a París,
descuidó sus oraciones y se enredó con la sociedad mundana que
había frecuentado antes. Al comprender esto, se apresuró a
volver a casa, y su angustia por lo sucedido, al enfrentar su
debilidad, era “como un fuego consumidor”. Durante un viaje por
muchos lugares de Francia con su marido, en 1670, también tuvo
muchas tentaciones para volver a la antigua vida de placer
mundano. Su tristeza fue tan grande que incluso sentía que se
alegraría si el Señor por su providencia la llevase de este
mundo de tentación y pecado. Sus principales tentaciones eran
las ropas y las conversaciones mundanas. Mas la reprobación de
su conciencia era como un fuego quemando en su interior, y se
sentía llena de amargura al reconocer su debilidad. Durante tres
meses perdió su anterior comunión con Dios. Como resultado, su
alma se volvió a una interrogante acerca de la vida santa.
Deseaba que alguien le enseñase cómo vivir con mayor
espiritualidad, cómo andar más cerca de Dios, y cómo ser “más
que vencedora” en relación al mundo, a la carne y al diablo.
Aunque esa era la época de Nicole y Arnaud, de Pascal y Racine,
cristianos de percepción espiritual eran escasos entonces en
Francia.
Cierto día en
que atravesaba uno de los puentes sobre el río Sena, en París,
acompañada por un criado, un hombre pobre con hábito religioso
apareció de pronto a su lado y empezó a hablarle. “Ese hombre”,
dice ella, “me habló de manera maravillosa sobre Dios y las
cosas divinas”. Él parecía saber todo sobre la vida de ella, sus
virtudes, sus faltas. “Él me dio a entender”, cuenta ella, “que
Dios requiere no sólo un corazón del cual se pueda decir que fue
perdonado, sino aquel que pueda ser designado propiamente como
santo, que no era suficiente con evitar el infierno, sino que él
también requería de mí la pureza más profunda y la perfección
más absoluta”.
Al sentir su
debilidad y necesidad de una experiencia espiritual más
profunda, y habiendo recibido un mensaje tan directo de la
providencia de Dios, Madame Guyon resolvió en aquel día
entregarse de nuevo al Señor. Habiendo aprendido por experiencia
que no era posible servir a Dios y al mundo al mismo tiempo,
decidió: “A partir de este día, de esta hora, si es posible,
perteneceré enteramente al Señor. El mundo no tendrá nada de
mí”. Dos años más tarde, preparó y suscribió su histórico
Tratado de la Consagración; mas la verdadera consagración parece
haber sido completada aquel día.
Golpes
purificadores
Ella se rindió
sin reservas a la voluntad del Señor, y casi inmediatamente su
consagración fue probada por una serie de golpes demoledores que
servirían para purificar las impurezas de su naturaleza. Sus
ídolos fueron destruidos uno tras otro, hasta que todas sus
esperanzas, alegrías y ambiciones se concentraron en el Señor, y
él comenzó entonces a usarla poderosamente en la edificación de
su reino.
Su belleza, la
mayor causa de su orgullo y conformidad con el mundo, fue el
primer ídolo en ser derribado. El 4 de octubre de 1670, cuando
tenía poco más de 22 años, el golpe cayó sobre ella como un
relámpago del cielo. Jeanne cayó víctima de la viruela, en su
forma más violenta, y su belleza desapareció casi por completo.
“Pero la
devastación exterior fue equilibrada por la paz interior”, dice
ella. “Mi alma se mantuvo en un estado de contentamiento mayor
del que puede ser expresado.” Todos juzgaban que quedaría
inconsolable. Mas lo que dijo fue: “Cuando estaba en cama,
sufriendo la privación total de lo que había sido una trampa
para mi orgullo, experimenté un gozo indescriptible. Alabé a
Dios en profundo silencio”. También afirmó: “Cuando me recuperé
lo suficiente para sentarme en la cama, pedí que me trajesen un
espejo, y satisfice mi curiosidad mirándome en él. Ya no era más
lo que había sido. Vi entonces que mi Padre celestial no había
sido infiel en su obra, sino había ordenado el sacrificio en
toda su plenitud”.
El ídolo
siguiente, entre los que más amaba, fue su hijo menor, a quien
era muy allegada. “Este golpe”, dice, “hirió mi corazón. Me
sentí derrotada. Sin embargo, Dios me fortaleció en mi
debilidad. Yo amaba tiernamente a mi hijo; mas, aunque estuviese
perturbada con su muerte, vi la mano del Señor tan claramente
que no pude llorar. Lo ofrecí a Dios, y exclamé con las palabras
de Job: “El Señor dio, el Señor quitó; sea el nombre del Señor
bendito”.
En 1672, su muy
amado padre murió, y ese mismo año falleció también su hijita de
tres años. Siguió luego la muerte de Genevieve Grainger, su
amiga y consejera, y no tuvo ya ningún apoyo carnal a quien
apegarse en sus pruebas y dificultades espirituales. En 1676, su
marido, que se reconciliara con ella, fue de la misma manera
alejado por la muerte. Como Job, ella perdió todo lo que más
amaba en el mundo; mas comprobaba que el Señor permitía esas
cosas para quebrantar su voluntad y su orgulloso corazón.
Percibió nítidamente la mano del Señor en todas esas
circunstancias, y exclamó: “¡Oh admirable conducta de mi Dios!
No puede haber guía, ni apoyo, para quien tú llevas a las
regiones de las tinieblas y de la muerte. No puede haber
consejero, ni sustento para el hombre a quien tú has señalado
para completa destrucción de su vida natural”. Por “destrucción
de la vida natural”, ella quería significar el aniquilamiento de
la carnalidad y del egoísmo.
Experiencias más
profundas
A pesar de haber
sido grandes las tribulaciones mencionadas, Madame Guyon había
de pasar aún por una de sus pruebas mayores y más prolongadas.
En 1674 entró en lo que más tarde llamó el “estado de privación
o desolación”, que duró siete años. Durante todo ese período
permaneció sin alegría espiritual, paz, o emociones de cualquier
tipo, y tuvo que andar sólo por fe. Aunque continuó con sus
devociones y obras de caridad, no sentía el placer y la
satisfacción que sintiera antes. Parecía como si Dios no
estuviese con ella, y cometió el error de imaginar que realmente
eso había ocurrido. Había de aprender ahora a andar por la fe en
lugar de hacerlo por sus sentimientos.
Nos sentimos
llenos de alegría y paz verdadera cuando creemos (Rom. 15:13).
Pero cuando contemplamos nuestros sentimientos y apartamos
nuestros ojos del Señor, toda esa alegría y paz nos abandona.
Madame Guyon parece haber cometido ese gran error, y durante
siete años se mantuvo a la espera de sentimientos y emociones
antes de aprender a vivir por sobre ellos y por la simple fe en
Dios. Descubrió entonces que la vida de fe es mucho más elevada,
santa y dichosa que aquella dominada por los sentimientos y
emociones. Había estado pensando más en éstas que en el Señor,
más en el don que en el Dador; pero finalmente su vida se alzó
victoriosa por sobre las circunstancias y los sentimientos.
Casi siete años
después de haber perdido su alegría y emoción, comenzó a tener
correspondencia con el padre La Combe, a quien ella guiara a la
salvación por la fe años antes. Él fue ahora el instrumento para
llevarla hasta la luz límpida y a los rayos del sol de la
experiencia cristiana, mostrándole que Dios no la había olvidado
como imaginaba, sino que él estaba crucificando el “yo” en la
vida de ella. La luz comenzó a surgir en su interior, y la
oscuridad gradualmente se fue.
Ella marcó el
día 22 de julio de 1680 como el día en que el padre La Combe
debería orar especialmente a su favor, en caso de que su carta
llegase a tiempo a sus manos. Aunque la distancia era grande, la
carta llegó providencialmente a tiempo, y tanto él como Madame
Guyon pasaron aquel día en ayuno y oración. Fue un día que quedó
grabado en su memoria. Dios oyó y respondió sus oraciones. Las
nubes oscuras se desvanecieron de su alma, y torrentes de gloria
tomaron su lugar. El Espíritu Santo le abrió los ojos, a fin de
reconocer que sus aflicciones eran en verdad las misericordias
de Dios ocultas. Eran como túneles tenebrosos que sirven de
atajo, a través de montañas de dificultades, hacia los valles de
bendiciones que surgieron más adelante. Eran los carros de Dios
que la llevaban a lo alto, en dirección al cielo. El vaso había
sido purificado y adecuado para su habitación, y el Espíritu de
Dios, el Consolador celestial, venía ahora a morar en su
corazón. Toda su alma se llenó entonces de su gloria, y todas
las cosas parecían plenas de alegría.
En sus
“Torrentes espirituales”, describiendo la experiencia que había
disfrutado, ella anota: “Sentía una paz profunda que parecía
invadir mi alma entera, resultante del hecho de que todos mis
deseos eran satisfechos en Dios. Nada temía; esto es, al
analizar sus últimos resultados y relaciones, porque mi fe muy
sólida ponía a Dios al frente de todas las perplejidades y
sucesos.”
En otro punto
dice: “Una característica de este grado más elevado de
experiencia era una sensación de pureza interior. Mi mente se
sentía tan unida a Dios, tan ligada a la naturaleza divina, que
nada parecía tener poder para mancillarla y disminuir su pureza.
Experimentaba la verdad de la declaración bíblica: Todas las
cosas son puras para los puros”. Y, de nuevo, afirma: “A partir
de aquella época, percibí que gozaba de libertad. Mi mente pasó
a experimentar notable facilidad para hacer y sufrir todo lo que
se presentase a la orden de la providencia de Dios. La orden de
Dios se volvió su ley”.
Fructificación y
plenitud
La vida de
Madame Guyon pasó a caracterizarse entonces por gran sencillez y
poder. Después de haber encontrado el camino de la salvación por
la fe, ella fue el canal que condujo a muchas personas en
Francia a la experiencia de la conversión o regeneración. Y
ahora, desde que había pasado por una experiencia personal más
profunda, rica y plena, comenzó a llevar a muchos otros a la
experiencia de la santificación por la fe, o a una experiencia
de “victoria sobre la vida del ‘yo’, o muerte del ego”, como
acostumbraba llamarla.
Su alma ardía
con la unción y el poder del Espíritu Santo, y donde iba era
asediada por multitudes de almas hambrientas, sedientas, que
venían a ella a fin de obtener el alimento espiritual que sus
pastores no podían darles. Reavivamientos de la fe se iniciaban
en casi todo lugar que visitaba, y en toda Francia cristianos
sinceros comenzaban a buscar la experiencia más profunda que
ella enseñaba.
El padre La
Combe comenzó a difundir la doctrina con gran unción y poder.
Luego, el gran Fénelon fue llevado a una experiencia más
completa mediante las oraciones de Mme. Guyon, y él también
comenzó a respaldar sus enseñanzas a través de Francia. Así,
ellas penetraron en los círculos religiosos poderosos en la
corte –entre los Beauvilliers, los Chevreuses, los Montemarts
–quienes estaban bajo su dirección espiritual.
Fueron tantas
las personas que pasaron a renunciar a su mundanalidad y
pecaminosidad, y a consagrarse enteramente a Dios, que los
sacerdotes y maestros mundanos comenzaron a sentirse condenados,
y se dispusieron a perseguir a Madame Guyon y al padre La Combe,
Fénelon y todos los demás que seguían la doctrina del “amor
puro” o “muerte completa para la vida del yo”.
El padre La
Combe fue arrojado a prisión y tan cruelmente torturado que su
razón fue afectada. El corrupto y disoluto rey Luis XIV
finalmente arrestó a Madame Guyon en el convento de Santa María.
Mas ella había aprendido a sufrir, y soportó con paciencia las
persecuciones, creciendo cada vez más espiritualmente. Sus horas
en prisión las empleaba en la oración, en la adoración, y
escribiendo, aunque estuviese enferma por la falta de aire y
otras inconveniencias en su pequeña celda.
Después de ocho
meses, sus amigos consiguieron libertarla. Los enemigos habían
intentado envenenarla cuando se hallaba en prisión, y ella
sufrió por siete años los efectos del veneno. Sin embargo, sus
obras eran ya vendidas y leídas en Francia y en muchas otras
partes de Europa. A través de ellas, multitudes fueron llevadas
a Cristo y a una experiencia espiritual más profunda.
En 1695 fue
nuevamente encarcelada por orden del rey, siendo ahora llevada
al castillo de Vincennes. Al año siguiente, fue transferida a
una prisión en Vaugiard. En 1698 la llevaron a una mazmorra en
la Bastilla, la histórica y odiada prisión de París. Allí
permaneció siete años, mas era tan grande su fe en Dios, que la
celda le parecía un palacio. Después fue desterrada a un pueblo
de la diócesis de Blois, donde pasó unos quince años en silencio
y aislamiento con su hijo. Así pasó el resto de su vida al
servicio del Maestro, muriendo en perfecta paz, y sin siquiera
una sombra en cuanto a la plenitud de sus esperanzas y alegría,
en el año 1717, a los 69 años de edad.
Madame Guyon
dejó cerca de sesenta volúmenes escritos por ella. Muchos de sus
más bellos poemas y algunos de sus libros más valiosos fueron
escritos durante sus años de prisión. Algunos himnos son muy
conocidos, y sus escritos fueron una poderosa influencia para el
bien en este mundo de pecado y sufrimiento. Su experiencia
cristiana tal vez sea mejor descrita en las siguientes palabras
salidas de su pluma:
“Nada me queda, ni lugar ni tiempo;
mi país es cualquiera;
me siento tranquila y libre de cuidados,
en cualquier lugar, pues allí Dios está”.

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