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Sócrates confronta a Darwin:
Un estudio sobre
razonamientos viciosos
por Gary Colwell, Ph.D.
Creation Research Society Quarterly 33(2):127 // Septiembre, 1996
Traducción al castellano:
Santiago Escuain
© Copyright 1996 por la Creation Research
Society (CRS), Inc.
Cp.
La conmoción de Darwin. Un círculo de admiradores que decían: «¡Claro!»,
y otro círculo [de enemigos, Red.] que decía, «¡Claro que no!». ¿Por qué
. . . ha de decir nadie: «¡Claro!»? (La idea era que los organismos
monocelulares se van volviendo más y más complejos hasta que se
transforman en mamíferos, hombres, etc.). ¿Ha visto alguien este proceso
sucediendo en la actualidad? No. La evidencia de la crianza es sólo una
gota en el cubo. Pero había miles de libros en los que se decía que esta
era la solución evidente. La gente sentía certidumbre sobre unas bases
sumamente endebles. ¿No podría haber habido una actitud que dijese: «No
lo sé. Es una interesante hipótesis que puede llegar a ser finalmente
bien confirmada.»? Esto muestra cómo uno puede llegarse a persuadir de
una cierta cosa. Al final, uno se olvida totalmente de la cuestión de la
verificación, sencillamente se está seguro de que tiene que haber sido
así.
L.
Wittgenstein
Conferencias y Conversaciones sobre Estética,
Psicología y Creencia Religiosa.
Es el año 1995. El lugar es un más allá imaginario desde el que se
pueden observar todos los aspectos de la vida en la tierra. Hay una
enorme reunión a la que asisten todos los famosos pensadores de la
historia. Sócrates, que es más ruidoso de lo habitual, se abre paso
entre los invitados, gritando: «¡Darwin! . . . ¡Darwin! . . . ¿¡Dónde
está ese hombre!?» Finalmente, Darwin oye que le llaman, y responde:
D.:
¡Sócrates! ¡Estoy aquí!
S.:
¡Ah, ahí estás! Oye, tengo que hablar contigo. Es una cuestión seria. He
estado siguiendo el desarrollo del pensamiento evolucionista durante
ciento treinta y cinco años y después de haber estado escuchando a los
expertos sigo sin dar pie con bola.
D.:
¿Y cuál es tu problema?
S.:
Bueno, primero de todo, no sé lo que la gente quiere decir cuando dicen
cosas como «el hombre evolucionó», o «debido a la evolución, sucedió
esto o lo otro». Ahora me doy cuenta de que en la actualidad incluso los
niños terráqueos en edad escolar pueden decir la palabra «evolución» con
un aire de confianza y de entendimiento. También veo que esta palabra
aparece en toda clase de revistas y de libros populares sobre biología.
Pero, ¿de veras esta gente entiende esto de lo que hablan de manera tan
confiada? Lo que quiero decir es: es posible introducir una palabra
supuestamente técnica en una frase conversacional informal sin cometer
un error gramatical, y sin embargo no tener ni la más ligera idea acerca
de lo que uno está diciendo. Me parece que en toda esta habla acerca de
la evolución no se está comunicando más que la más vaga de las ideas.
D.:
Tendrías que darte cuenta, Sócrates, de que las palabras científicas
tienen una forma de desligarse de sus ataduras en las disciplinas
técnicas y de ir derivando hacia la corriente de la conversación
cotidiana. Y cuando así sucede, no todos los que emplean esas palabras
tienen una clara comprensión de sus significados. Prácticamente cada
disciplina padece debido a que personas no instruidas emplean sus jergas
sin conocimiento, generalmente porque quieren impresionar a sus amigos.
Pero por cada cien personas que repiten como loros un término científico
como «evolución», hay probablemente al menos una persona que puede
explicar su significado. Además, no debes suponer que por el hecho de
que un término técnico salga de las lenguas de personas enzarzadas en
una conversación, que no saben lo que significa esta palabra. Desde
luego, sería un embrollo si se tuviera que explicar los conceptos
subyacentes a dichos términos para poder hablar de manera inteligible.
Es precisamente a causa de que algunas palabras denotan todo un conjunto
de conceptos que hallan utilidad como notación taquigráfica en el
discurso científico.
S.:
¡Muy bien dicho, Darwin! Tú eres la persona adecuada para esclarecerme
toda esta cuestión. Por favor, explícame entonces qué es la evolución.
D.:
Tú ya has indicado que estás familiarizado con la literatura. Desde
luego, no querrás que comience con los fundamentos.
S.:
Pues sí, eso es lo que quiero. Sé todo lo sencillo que puedas sin
sacrificar la verdad, porque puedo que me haya perdido algo a un nivel
muy rudimentario.
D.:
La palabra «evolución» significa sencillamente «cambio»; y la teoría
científica de la evolución es la teoría que declara que los organismos
han cambiado gradualmente desde las formas más simples hasta las formas
más complejas, comenzando con organismos unicelulares y acabando con el
hombre --al menos acabando en el hombre por el momento. Este cambio
gradual tuvo lugar a lo largo de millones de años y su base factual ha
quedado establecida por las observaciones de la ciencia. La mejor manera
de . . .
S.:
Pero, ¿no es cierto que los científicos actuales se refieren en la
actualidad a la evolución como un hecho? Tú me dices que es una teoría.
¿Qué es?
D.:
Sí, puedes decir que es un hecho. La teoría está basada sobre hechos
observados y . . .
S.:
Pero, ¿es observable el proceso mismo de cambio? Con eso quiero decir
aquel cambio al que es de suponer que se refiere la palabra «evolución».
D.:
¡Sí! ¿Y dejarás por favor de interrumpirme y me permitirás proseguir?
S.:
Lo siento. Sigue, por favor.
D.:
Como trataba de decir, quizá la mejor manera de ver este cambio es
examinando algunas de las más importantes partes explicativas de la
teoría. Primero, las explicaciones estructurales de la teoría de la
evolución explican las semejanzas de la estructura corporal que se
encuentran entre organismos de especies muy diversas existentes en la
actualidad. Por ejemplo, aunque la ballena, el murciélago, el caballo y
el hombre son miembros de especies muy distintas, sus extremidades
exhiben unas marcadas semejanzas. La aleta de la ballena, el ala del
murciélago, la pata del caballo, y el brazo del hombre son todos
estructuralmente semejantes, aunque tienen funciones diferentes. La
evolución explica la presencia de esas semejanzas estructurales
señalando que los organismos de esas diversas especies tienen un
antecesor o unos antecesores en común de los que han descendido. Esos
diferentes organismos han ido cambiando a lo largo de muchos años de
descendencia procedentes de un antepasado común; pero el cambio no ha
sido suficiente para borrar la semejanza estructural que observamos
todavía en la actualidad. La descendencia con cambios desde un
antepasado común explica también la presencia de órganos vestigiales en
muchos diferentes organismos. Debes haber leído que los órganos
vestigiales son los restos de partes del cuerpo que en el pasado fueron
más grandes y útiles --órganos, extremidades, etc.-- que se han
atrofiado por la falta de uso al ir todo el cuerpo del organismo
descendiendo y cambiando. Por alguna razón, esas partes originales no
desaparecieron del todo, aunque desapareció su contribución funcional al
organismo. El apéndice vermiforme en el hombre y las alas de las aves no
voladoras son dos ejemplos conocidos que se citan comúnmente.
S.:
Todo esto suena perturbadoramente familiar. Sabes, es precisamente esta
cuestión acerca de descendencia y cambio lo que me deja perplejo. Te he
preguntado qué es la evolución; tú me dices que es el cambio de
organismos de una forma a otra. Además, me dices que este cambio se
puede ver al contemplar las semejanzas estructurales entre miembros de
diversas especies, que supuestamente ilustran el cambio en cuestión.
Pero debido a que sólo tengo un concepto de lo más vago acerca de cómo
es este proceso de cambio, me ilustra bien poco que me señales la
semejanza estructural que se percibe entre organismos, y a sus órganos
vestigiales, como evidencia de este cambio. En otras palabras, la idea
de descendencia con cambio es precisamente lo que te pido que me
expliques; pero tú la has dado por supuesta con tu referencia a
estructuras similares y a órganos vestigiales. A no ser que haya pasado
algo por alto, esto me parece una sutil forma de petición de principio.
D.:
Mira, la evidencia es tan clara como la nariz que llevas en tu rostro.
¿De qué otra manera podemos explicar esas semejanzas entre las formas de
vida? ¿Por qué razón iban esos organismos a exhibir una estructura
similar a no ser que de hecho hubieran descendido de un antecesor común?
S.:
No puedo ver bien la nariz en mi rostro, y tampoco puedo ver muy bien
este cambio vagamente concebido del que me hablas. Si vas a comenzar a
hacer preguntas de «por qué» al nivel tan general de semejanzas
estructurales entre organismos, ¿no puedes usar tu imaginación y pensar
en algo que tiene una mayor definición conceptual que «descendencia, con
cambio, a partir de un antecesor común»? Claro, yo no conozco la
respuesta a este enigma biológico, pero puedo pensar al menos de una
teoría que explicará tales semejanzas. Quizá el dios que me envió en mi
misión filosófica al pueblo de Atenas ideó un buen plan mediante el que
hacer que las especies de su creación funcionasen bien. Puede que
emplease el mismo diseño estructural básico en muchas especies diversas,
muy a la manera en que los fabricantes de automóviles en la tierra en la
actualidad retienen el mismo diseño básico para diferentes modelos. El
mismo diseño, con modificaciones, puede servir a muchos propósitos. Así
como tu te has hecho tu pregunta de «por qué», también yo puedo hacer la
mía. «¿Por qué iba un creador a desechar un diseño básico perfectamente
útil?»
D.:
¡No estás hablando en serio! Este es un concepto absurdo. La comunidad
científica en general rechaza un pensamiento tan anticuado.
S.:
Puede que esta sea una exposición cierta sobre lo que la mayoría de los
científicos creen, pero no estarás sugiriendo que la verdad en la
ciencia se establece haciendo una estadística de las creencias de los
científicos, ¿verdad?
D.:
Incluso si yo fuera tan retrógrado como para dar pábulo a la posibilidad
de tal creación, con todo tu teoría no funcionaría. Que las semejanzas
en los diseños estructurales de los automóviles puedan explicarse en
términos de una modificación de las ideas del inventor o del fabricante
no conduce necesariamente a que las semejanzas estructurales entre
organismos se puedan explicar de la misma manera refiriéndolas a un
creador de organismos vivos. El cambio en complejidad y en aparente
diseño puede explicarse de más de una manera.
S.:
Muy cierto, pero esto lo que hace es confirmar mi argumento. Así como no
sigue necesariamente que los cambios del desarrollo en los automóviles y
los cambios del desarrollo en los organismos sean resultado de
esencialmente la misma clase de proceso, tampoco sigue necesariamente
que dichos cambios no sean resultado de la misma clase de proceso.
Podrían ser resultado de una planificación creadora. Y a este nivel de
observación, donde a ti te parece ver evidencia de cambio evolutivo, yo
sencillamente te hago observar que hay una buena forma alternativa de
explicar el mismo fenómeno percibido de la semejanza estructural. Pero,
cosa más importante, mi idea de creación da una explicación inteligible
de qué es el cambio y de cómo se debe concebir: esto es, un cambio
creativo en el plan básico del dios. En cambio, tu concepto sigue
careciendo de definición; da por supuesto que tuvo lugar alguna clase de
cambio dentro de la naturaleza y entre diferentes organismos. Aún tienes
que identificarme de una manera conceptual qué es este cambio que
supuestamente está en el centro de la teoría evolucionista.
D.:
Tú podrías ser capaz de concebir posibles alternativas a la evolución,
pero no puedes deshacerte de los hechos que constituyen la evidencia del
cambio evolutivo.
S.:
Pero este es precisamente el punto en disputa. Lo que es factual no
cambia, al menos no en el grado necesario para transformar una especie
en otra. Todos los organismos que tú afirmas que proceden de un
antecesor común --la ballena, el murciélago, el caballo y el hombre-- no
han cambiado a especies diferentes a lo largo de los miles de
generaciones de su existencia observada. Además, cualquiera de los
organismos que tú puedas imaginarte como antecesores suyos y que siguen
viviendo todavía --algunos de los reptiles, por ejemplo-- tampoco han
cambiado a lo largo de las sucesivas generaciones de su descendencia. El
cambio que se supone que distingue a la evolución como un hecho
científico importante es precisamente lo que está ausente cuando
examinamos esta cuestión. Y hablando de hechos, como les gusta hacer a
tus discípulos en la actualidad, la evidencia que presentas en favor de
este concepto tan vagamente concebido de cambio es sumamente sospechosa.
Con referencia a tu propio ejemplo, he observado a lo largo de los años
que, con el aumento del conocimiento de la fisiología animal, ha ido
disminuyendo el número de pretendidos órganos vestigiales. En una época
más anterior de la teoría evolucionista, algunos biólogos que
escribieron acerca de este tema dieron una lista de más de ciento
ochenta de esas rudimentarias estructuras. El cuerpo humano mismo llegó
a constituir un verdadero museo de remanentes evolutivos. Pero en la
actualidad observo que la mayor parte de libros de texto que tocan el
tema en absoluto dan una lista de sólo unos seis órganos vestigiales,
entre los cuales naturalmente el apéndice vermiforme humano sigue
recibiendo el lugar más destacado. Desafortunadamente, la categoría de
«principal órgano vestigial» ha llegado a ser ella misma un vestigio;
porque los inmunólogos en la actualidad no consideran el apéndice como
un remanente carente de utilidad. El papel del apéndice en la
inmunología humana ha quedado bien establecido.
D.:
Así, ¿qué es lo que quieres decir por fin, Sócrates? ¿Que con unos pocos
ejemplos como esos puedes despachar la teoría científica de la
evolución? ¡Supongo que lo siguiente que me vas a decir es que el
registro fósil entero tampoco es un hecho! ¿Qué propones que hagamos con
los incontables fósiles depositados en los estratos de la corteza
terrestre de una manera tal que sólo el observador más obtuso puede
dejar de recibir su mensaje?
S.:
Siempre he sido lento en comprender conceptos populares. ¿Me querrás
explicar cuál es este mensaje inequívoco que recibes de la tierra?
D.:
¡Venga, amigo mío! Has de saber que los fósiles han sido depositados en
los estratos de la tierra con una pauta que se puede discernir con toda
claridad. La pauta a la que me refiero --como pienso que ya sabes-- es
el cambio gradual y progresivo en la complejidad de las formas de vida
que han sido fosilizadas. Comenzando con organismos muy simples
fosilizados en las capas del Cambriano, puedes ver, al ir ascendiendo
por sucesivas capas, una complejidad en gradual ascenso de las formas de
vida, hasta llegar a los organismos más complejos en las capas más
recientes en la parte superior. El mensaje inequívoco es que los
organismos más simples han cambiado progresivamente, o evolucionado,
hasta los organismos sumamente complejos.
S.:
Tú me has preguntado que me proponía hacer con el registro fósil. No me
propongo hacer nada con el mismo, excepto tratar de darle la
interpretación más razonable, y tengo que decirte que tu interpretación
no me da la impresión de que sea la más razonable. Tu descripción
tradicional del registro fósil deja de manifiesto las mismas debilidades
de tus pretendidas explicaciones estructurales. Primero, los pretendidos
hechos sobre los que construyes tu teoría de progresión evolutiva --sea
lo que esto sea de manera precisa-- no son tan factuales cuando los
contemplas con cuidado. Segundo, dado un relato de los hechos tal como
realmente son, hay una mejor explicación alternativa que la evolución:
como te he dicho, un cambio creativo en el plan básico del dios.
Tú
pretendes que los fósiles dan evidencia de un cambio progresivo gradual
en la complejidad de las formas de vida, comenzando con organismos
simples en las capas del fondo y acabando con organismos complejos en
las capas superiores. Pero desafortunadamente la evidencia no puede ser
amoldada a un relato tan simple. En realidad, el cambio que se observa
no es ni gradual, ni progresivo, ni comienza con organismos simples.
Digas
lo que quieras acerca de las formas de vida en el fondo de la escala
evolutiva, unos organismos como esponjas y protozoos, no deberías decir
que son simples. En contra de la opinión pública, la historia de la
evolución no comienza con organismos simples, sino con unos organismos
muy complejos. Incluso los organismos unicelulares exhiben un grado de
complejidad que inspira maravilla. Me parece que explicar la
composición, la estructura y las sofisticadas funciones de esos
organismos pretendidamente primitivos es un problema cardinal de la
teoría de la evolución. Asimismo, entre los fósiles más antiguos se
puede encontrar evidencia de animales prehistóricos que parecen al menos
haber sido tan complejos como los animales modernos, y quizá incluso
más. Por ello, debido a que los organismos cuyos restos aparecen en los
estratos más profundos no son «simples» en ningún sentido ordinario del
término, y debido a que se encuentran restos de animales sumamente
complejos donde no deberían hallarse si la evolución es cierta, es una
falsa descripción de los hechos decir sencillamente que el cambio que
los fósiles exhiben comienza con organismos simples o que siempre
progresa de organismos simples a complejos.
Pero
aun peor, los cambios de un organismo a otro que se supone que los
fósiles deberían exhibir no pueden ser designados como graduales de
manera coherente. Dentro de muchas importantes secciones de la columna
geológica donde se encuentra una sucesión de fósiles, de menos complejos
en las capas del fondo a más complejos en capas superiores, ¡la sucesión
no es gradual! En muchos casos dentro de esas secciones hay saltos
enormemente grandes en la complejidad de los organismos, sin trazas de
una serie de formas intermedias graduadas que expliquen el pretendido
cambio evolutivo. ¿Acaso la evolución no viene a ser aquí una especie de
«dios de los agujeros»? ¿Dónde, por ejemplo, se encuentran todas las
formas intermedias entre aves y reptiles? No veo manera alguna en la que
tales saltos en complejidad puedan ser explicados por una teoría que se
apoya tanto en su escenario en el tema de «Érase una vez, y a lo largo
de mucho, mucho tiempo». Ni cien millones de años de deposición
sedimentaria pueden comenzar a dar cuenta de los colosales saltos en la
complejidad de esas formas de vida. ¿Es la evolución coherente con sus
propios cánones? ¿No ves que . . .
D.:
¡Espera un minuto! Hablas de manera tan simplista, como si el desarrollo
evolutivo fuese una simple progresión lineal encadenada como cuentas en
un hilo. Lo verás mucho mejor si piensas en ello como una progresión
empleando el modelo de un árbol. Bien, algunas de las ramas están
ausentes, las cuales podremos probablemente dibujar algún día, pero el
plan principal está ahí. La evolución ha sido un proceso muy complejo
que no comprendemos del todo, pero estoy confiado en que a su tiempo lo
comprenderemos y con ello aclararemos los principales problemas que
permanecen.
S.:
Me preguntaba cuándo ibas a emplear esta vieja treta. Apelas a la
ignorancia científica de las operaciones de este pretendido complejo
proceso evolutivo, pero al mismo tiempo afirmas la existencia de este
proceso enfatizando su inescrutabilidad --¡cuando todo el tiempo es
precisamente la existencia misma de este proceso lo que está en
cuestión! Y está en cuestión porque no hay ni un claro referente para la
frase «cambio evolutivo» ni evidencia inequívoca que dé apoyo a las
ideas evolucionistas de cambio ni siquiera suponiendo que el referente
para «cambio» estuviera dado con claridad. ¿Cómo es que aunque no tienes
la evidencia fósil necesaria para dar apoyo a la teoría evolucionista
sigues sabiendo que la evolución ha tenido lugar? ¿Y cómo consigue este
proceso una factualidad existencial en el profundo recoveco de tu
desconocimiento? Mi respuesta a tu pretensión de que hay mucho en las
operaciones de la evolución que no conocemos es esta: ¿Cómo sabes que ha
sido la evolución lo que ha estado operando?
D.:
Evidentemente porque podemos ver claramente las grandes líneas de su
obra.
S.:
Sigues razonando en círculos. Está ausente la evidencia vital que
necesitas para apoyar la pretensión de que es la obra de la evolución lo
que está patente en grandes líneas, y no la obra de alguna otra fuerza.
¿No ves que es mediante la misma clase de razonamiento que podrías decir
que unos pocos puntos coloreados en un lienzo son, sin más evidencia,
las grandes líneas de un Rembrandt? Y ésta no es una falsa analogía,
porque, contra la creencia popular, no se trata de hecho que sólo faltan
unas pocas ramas del árbol de la evolución: ¡lo que faltan son secciones
enteras del tronco principal! La carga de la prueba no está sobre mí
para ver cómo puedo ejercitar mi imaginación llenando los vacíos; la
carga de la prueba está sobre ti para que des evidencia que dé apoyo a
una teoría tan imaginativa. Es tu responsabilidad presentar las
importantes piezas ausentes: no la mía la de seguir tus vuelos de la
imaginación.
D.:
Sócrates, creo que veo tu problema. No estableces la necesaria
distinción entre los resultados del cambio evolutivo y el proceso mismo
del cambio. Evidentemente, no podemos observar el cambio que modificó
todas esas especies en el pasado; pero podemos inferir la existencia de
dicho cambio mediante los restos fósiles.
S.:
Ten cuidado ahora. Estás metido en un círculo vicioso. Ya hemos tratado
acerca del discontinuo registro fósil. No volvamos derivando de nuevo a
los restos fósiles y lo que se supone que podemos inferir en base a los
mismos; porque hemos visto enormes problemas a lo largo de este camino.
Me parece que no te das cuenta del punto principal de mi crítica. Cuando
tú dices «resultados del cambio evolutivo», fíjate: tú ya das por
supuesto que el «cambio» ha tenido lugar, cuando de hecho es
precisamente este cambio lo que te pido que me demuestres. Lo que tú
deseas designar como «resultados» del cambio yo he argumentado que son
realmente los deficientes comienzos de tu prueba de la evolución.
Lógicamente, no puedes llamar a esos débiles comienzos «los resultados».
Además, no se trata sólo de que el registro fósil sea flojo en
evidencia: lo que hace es presentar evidencia en contra. No sólo se
trata de que hay muchos fósiles ausentes que deberían estar presentes;
es que hay muchos fósiles presentes donde deberían estar ausentes.
Deja
que ilustre este punto. Supongamos que un terráqueo entra a su comedor
por la mañana, y ve un hermoso jarro sobre una mesa. Al volver por la
tarde al comedor ve ahora que el jarro está hecho añicos en el suelo.
Desde luego, ha habido un «cambio», pero el «cómo» de este cambio puede
que no sea tan claro. ¿Ha sido el gato, un temblor de tierra, una mano
humana, la gravedad, el viento, o alguna otra cosa? A no ser que tenga
más evidencia que sólo la memoria de un jarro entero por la mañana,
junto con el espectáculo de trozos rotos por la tarde, será presuntuoso
de su parte señalar a cualquiera de esos agentes como los responsables
de la destrucción. Pero fíjate que él puede salvar la discontinuidad
entre su recuerdo del jarro intacto y su percepción de los trozos rotos
que tiene ante él, empleando su imaginación. Pero si todo lo que usa
para salvar la discontinuidad es su imaginación, entonces el cambio que
proponga --por ejemplo, el movimiento de la cola de un gato contra el
jarro-- es meramente un cambio conceptual, sin una base factual. Precisa
de algo más que una imaginación viva para explicar el cambio en el mundo
que le rodea.
La
necesidad de evidencia de una clase específica de cambio es mucho más
aguda en el caso de la evolución; porque ahí uno quiere argumentar no
sólo que tuvo lugar un cambio en la naturaleza misma, sino que unos
organismos más simples cambiaron a más complejos por azar. A diferencia
del cambio en el jarro, el concepto de cambio evolutivo es contrario a
la intuición; es especialmente importante cubrir la discontinuidad con
algo más que con imaginación.
No
niego, por ejemplo, que los reptiles sean diferentes de los mamíferos. Y
desde luego hay un cambio conceptual que se debe hacer al pasar uno de
sus pensamientos acerca de fósiles de reptiles a sus pensamientos acerca
de fósiles de mamíferos. Pero a no ser que uno tenga algo más que
ofrecer que la relamida frase «debido a un cambio evolutivo», sus ideas
permanecerán sin base. El «cómo» del cambio evolutivo no es, como
parecen creer algunos científicos, un extra no esencial que pueda
añadirse algo más tarde. Es el mismo meollo de este pretendido proceso.
Si no se puede identificar y describir de manera coherente el «cómo» de
la teoría evolucionista, y si no se puede dar una clara evidencia no
contradictoria en los puntos cruciales que den apoyo a la teoría, hablar
entonces de «cambio evolucionista» como acontecimiento distintivo dentro
de la naturaleza es hablar con vacuidad.
D.:
Tú sigues repicando el tambor sobre esta cuestión del cambio como si la
evolución hubiera sido descubierta ayer. Has dicho que has estado
leyendo la literatura sobre el tema. ¿No has leído nada sobre selección
natural y variación genética?
S.:
Pues sí, sí que he leído sobre el tema; y a ti te habría aprovechado
leer a Mendel en lugar de haberlo dejado descuidado en tu estantería; a
fin de cuentas, él es el padre de tu teoría, ¿no? Pero no importa, lo
mismo que el resto de la teoría evolucionista, no puedo encontrar cómo
se acoplan en ella la selección natural y la variación genética. Y
dejaré de repicar el tambor si tú cambias de música.
D.:
Hablando de «viejos trucos», este de hacer de desconocedor ya está
bastante gastado. Recuerdo tus trucos. Deja que adivine: ¿Ahora querrás
que te dé una lección básica sobre los mecanismos del cambio evolutivo?
S.:
¡Sí, desde luego! Y permíteme asegurarte que mi ignorancia no es
fingida. En realidad no comprendo toda esta cuestión. Por eso he venido
a ti, al experto.
D.:
Bien, cuando por primera vez concebí la teoría de la evolución, acepté
la suposición lamarckiana de que los cambios hereditarios son producidos
por el medio. A fin de adaptarse a un determinado medio para el que no
estaba bien apropiado, un organismo adquiría las características
necesarias para la supervivencia. El medio, por así decirlo, apremiaba
al organismo a que adquiriese esas características --o así nos lo
creíamos. Además, yo pensaba también que como correspondencia a este
cambio en las características del organismo, también se producían de
alguna manera cambios hereditarios, de modo que los caracteres recién
adquiridos se podían transmitir a las sucesivas generaciones. Todo esto,
naturalmente, fue antes del advenimiento de la genética. Ahora aquellos
que siguen aceptando mi modelo evolucionista general creen que los
mecanismos de cambio son diferentes. Los neodarwinistas mantienen que
los cambios hereditarios son resultado de mutaciones genéticas. Dicho de
manera sencilla, en lugar de decir que el medio produce cambios
adaptivos hereditarios, ahora se dice que el cambio hereditario hace
posible la adaptación. Los cambios en la constitución genética de un
organismo alteran aquel organismo de manera que lo preparan para un
medio ambiental al que pueda emigrar. Esta preparación genética recibe a
veces el nombre de preadaptación. Permite que te dé una sencilla
ilustración. A menudo se describe que los habitantes de cuevas son
ciegos y que poseen unos órganos táctiles sumamente desarrollados. Según
mi antiguo punto de vista, la oscuridad obligó a los seres que se
instalaron en cuevas a dejar de usar sus ojos y a adquirir un agudo
sentido del tacto. El punto de vista neodarwinista revisado dice que
esto es poner el carro delante del caballo. En realidad, los seres que
vayan a habitar en cuevas han de ser equipados para la supervivencia
antes de emigrar a las cuevas. Es decir, son preadaptados por una
mutación genética que resulta en una sensibilidad táctil potenciada.
S.:
Me disculparás si te hago otra pregunta simple, pero, ¿por qué iba nadie
a pensar en primer lugar que los organismos se adaptan a sus ambientes,
bien de la manera que primero propusiste, bien de la manera que tus
seguidores lo proponen en la actualidad?
D.:
Bueno, evidentemente, debido a la compatibilidad que existe entre los
organismos y sus ambientes. Debe ser evidente, incluso para tu crítica
mente, lo bien que se ajustan los organismos y sus medios: donde el
medio es apropiado para acomodar al organismo, y el organismo es idóneo
para existir en su medio. Este armónico estado de cosas se puede
observar en todas partes de la tierra.
S.:
Pero, ¿se han observado nunca estas adaptaciones de nuevos organismos a
nuevos medios: No me refiero sólo a aquellos cambios en partes del
organismo como colas alargándose o la piel cambiando de color, etc.,
como resultado de crianza selectiva dentro de la misma especie. Esos
cambios limitados habían sido observados y eran bien conocidos cientos
de años antes que la palabra «evolución» consiguiera ninguna difusión.
Lo que quiero decir es: Ha observado alguien alguna vez científicamente
un cambio radical en un organismo a un nivel específico o siquiera
subespecífico, de manera que un organismo radicalmente nuevo pueda
ajustarse en un medio radicalmente nuevo? ¿O ha observado nadie siquiera
un organismo como un murciélago perdiendo la vista, y luego consiguiendo
un sentido potenciado táctil y auditivo, y luego emigrando a un medio
radicalmente nuevo como una cueva, donde ha seguido viviendo y
reproduciendo descendencia similarmente adaptada?
D.:
Claro que no. La selección natural al nivel que me estás preguntando no
puede observarse de manera directa. Es un proceso sumamente complejo que
ha precisado de mucho tiempo.
S.:
¿Pero no estarás de acuerdo en que la adaptación a este nivel ha de
quedar demostrada antes que la evolución pueda ser considerada como una
teoría científica explicativa acerca de cómo los organismos han cambiado
radicalmente?
D.:
Desde luego, los cambios tienen que haber sido radicales, pero la . . .
S.:
Bueno, si cambios pequeños como las variaciones en el tamaño de un
apéndice, o en el color de alguna parte del cuerpo, no pueden constituir
la evidencia necesaria para la aparición de esos organismos radicalmente
nuevos, ¿sobre qué base argumentas que han tenido lugar unos cambios a
tan grande escala que capacitan a un organismo a adaptarse a un medio
radicalmente nuevo?
D.:
Ya te lo he dicho: sobre la base de la armónica interacción de los
organismos con su medio. Los organismos tienen que haber cambiado de
forma dramática para ajustarse a nuevos ambientes ecológicos.
S.:
Voy a intentar comprender lo que estás diciendo. ¿Dices que los
organismos y sus ambientes están ajustados entre sí?
D.:
Sí, así es.
S.:
¿Y que concuerdan entre sí porque el organismo se adapta a su medio?
D.:
Correcto.
S.:
Y cuando yo te pregunto que cómo sabes que el organismo realmente se
adapta a un medio radicalmente nuevo, me dices que porque el organismo y
su medio están ajustados.
D.:
Sí, esta es mi posición.
S.:
¿No ves que estas arguyendo en círculos? Saltas de la armonía que se
observa en la naturaleza a la misteriosa conclusión de que los
organismos cambian dramáticamente y que luego se adaptan a un medio
radicalmente nuevo, sin dar otro apoyo de hecho para esta gran
inferencia inductiva que el hecho evidente de la armonía con la que
comenzaste. Me parece que los evolucionistas emplean el concepto de
«idoneidad» tanto como observación de partida y como explicación final.
Los únicos hechos involucrados en tu argumento en favor de la selección
natural son los que son evidentes y aceptados por todos antes que se
llegue a ninguna inferencia. Como descripción de la manera en que los
organismos y sus medios son mutuamente apropiados, parte de lo que dices
es indiscutible; pero como pretendida explicación de cómo los organismos
han venido a la existencia, la selección natural no da realmente una
respuesta. En el mejor de los casos, podemos aprender cómo algunos
organismos ya existentes sobreviven a un cambio ambiental radical --como
el de polillas negras en árboles recubiertos de hollín--, pero no como
cambian radicalmente al sobrevivir. Te repito mi anterior crítica del
pretendido «cambio evolucionista»: el cambio que necesitas demostrar es
precisamente aquello que das como supuesto a través de todo tu
argumento. Y si vas a tomarte tales libertades con la inferencia
inductiva no deberías objetar a una inferencia alternativa de no mayor
alcance y que surge de las mismas observaciones acerca de la armonía
natural. ¿Por qué no inferir que el delicado equilibrio de la naturaleza
que se observa universalmente es la obra de un dios que . . .
D.:
Podrías haber salido bien librado con esta clase de argumento en tu
época, o incluso hace cien años, pero no ahora. Creo que ya he dejado
claro que la idea de variaciones genéticas constituye una parte integral
de la teoría evolucionista como se enseña en la actualidad. Ya nadie
habla de la selección natural sin decir de modo expreso o por
implicación que las variaciones genéticas constituyen una parte integral
del proceso evolutivo.
S.:
Bien, ¿estás admitiendo entonces que el principal apoyo para la creencia
en el cambio evolutivo se encuentra en la genética? Me gustaría llegar
pronto a la base de toda esta cuestión.
D.:
Sí, podrías decirlo así. La evidencia para los cambios que buscas con
tantas ganas se encuentra en el hecho de las mutaciones genéticas.
S.:
Pero, ¿hay realmente ninguna evidencia científica --y quiero decir datos
sólidos, no teorías imaginativas-- que muestre que la forma mutante de
un organismo puede cambiarlo a nada parecido a lo que se necesita para
reproducir una nueva especie?
D.:
Venga, hombre, de seguro que tienes que haber leído acerca de las formas
mutantes en plantas, animales e insectos. ¿Es que no estás familiarizado
con los experimentos de la mosca del vinagre? Se han observado
incontables mutantes de la Drosophila y están registrados en la
literatura sobre el tema.
S.:
Me parece que no eres tú el único que cree que no le escuchan. Acabo de
hacer una pregunta cuyo sentido pareces dejar totalmente a un lado. La
debilidad de la explicación genética en apoyo de la evolución reside
precisamente en la pretendida evidencia que presentas en su apoyo.
Incluso si sucediera lo sumamente improbable, esto es, incluso si mil de
esos mutantes apareciera en una y la misma mosca del vinagre, seguirías
sin tener un organismo cuyo cambio total representase nada parecido a
una nueva especie realmente existente en la naturaleza. Y lo que es
importante aquí, naturalmente, es que un cambio a tan grande escala
nunca ha sido observado.
D.:
No sé qué clase de literatura habrás estado leyendo, pero una mutación
que puede transformar una antena en una pata es una pieza de evidencia
bastante poderosa para el mecanismo de cambio evolutivo.
S.:
Esta es una descripción muy engañosa, amigo mío. Lo que estás sugiriendo
que es el origen de una nueva estructura compleja, una pata, es
realmente sólo el cambio de una estructura ya codificada genéticamente a
un nuevo emplazamiento, el emplazamiento de la antena, donde luego se
desarrolla. Pero lo peor es que esta clase de cambio aberrante es
desventajoso para la mosca, incluso si, hablando hipotéticamente, uno
pudiera decir que se estaba añadiendo un material genético nuevo al plan
de la mosca, lo que desde luego no es el caso. Si se va a conseguir
ganar alguna ventaja con el argumento genético, tendrás que mostrar que
un organismo puede crear nuevo material genético que aumente de manera
radical la complejidad de la estructura o de la función del organismo,
capacitándolo así para adaptarse a un medio radicalmente nuevo. Por
ejemplo, si hemos evolucionado desde los protozoos, ¿de dónde vinieron
los genes para un sistema nervioso, huesos, etc.? Hay aquí una colosal
discontinuidad que debe ser salvada.
D.:
Incluso así, los pequeños cambios genéticos que observamos nos dan una
buena idea operativa de cómo pudieron ocurrir cambios a gran escala en
los organismos, y producir así organismos radicalmente nuevos.
S.:
¿Ha observado alguien alguna vez esos magnos cambios genéticos que tú
imaginas pudieron haber sido el ímpetu para el avance evolutivo?
D.:
No, claro que no, ¡pero el solo hecho de que no hayan sido observados no
significa que no ocurrieron! No has mostrado que esos cambios no
pudieron suceder.
S.:
No, claro que no --pero tampoco significa que sucedieron. Pero, ya que
eres tú quien estás presentando la teoría, a ti te corresponde la carga
de la prueba para establecer su veracidad. No me toca a mí satisfacer tu
imposible petición, la mostrar que algunos acontecimientos imaginados,
como cambios genéticos a gran escala, y que, como acontecimientos
puramente imaginativos, no son lógicamente imposibles, no pudieron
suceder. Esta clase de demostración no se puede dar en ningún mundo, y
menos en la teoría evolucionista. Tampoco es razonable pedir que se dé.
¿Cómo podrías tú, por ejemplo, demostrar jamás que un creador no puede
existir? Has de basar tu argumento en favor de la evolución sobre
evidencias positivas disponibles --a no ser, claro, que decidas dar a
tus ideas, tal como están ahora, un título más apropiado: «una visión
poética», o «una fe secular», o algo similar. Me temo que todavía no te
has dado cuenta de lo pesada que es la carga de la prueba que descansa
sobre tus hombros.
D.:
Y me parece que tú tienes algo en contra de la especulación en ciencia.
De hecho, presentas una falsa perspectiva del proceso científico. Oye,
sería ridículo que los científicos formulasen sólo teorías para las que
ya hubiera evidencia confirmadora. Es evidente que no es necesario
presentar evidencia confirmadora de posibles macromutaciones ventajosas
antes que teorice que han tenido lugar, ¿no?
S.:
No tengo nada contra la especulación, en ciencia o en cualquier otro
lugar. Sólo desearía que tú --y especialmente tus seguidores-- le
dierais exactamente este nombre, en lugar de presentar grandiosas
pretensiones sobre la evidencia en favor de la evolución. Das a todo el
mundo la impresión de que la evolución está firmemente basada en hechos.
Pretendes que la genética tiene la respuesta a las preguntas sobre los
cambios que te acabo de hacer. Y en cambio, cuando se ha dicho toda la
verdad, los cambios que se pueden observar son pequeños, no radicales, y
con la mayor frecuencia desventajosos para un organismo, con lo que no
se tiene ninguna evidencia relevante para los cambios a gran escala que
la evolución demanda; o bien, los cambios son grandes pero inexistentes,
un mero producto de tu imaginación, sin base de hecho. De modo que, en
cualquiera de ambos casos, todavía no está establecido el sustento
fundamental para la afirmación de que la evolución ha tenido lugar.
D.:
Te concedo que la teoría puede tener varias debilidades en cada una de
sus diversas partes explicativas, pero cuando las explicaciones se toman
en conjunto, creo que tendrás que admitir que presentan una explicación
muy convincente.
S.:
Esto es lo mismo que decir que aunque un cubo con agujeros no puede
retener agua, diez cubos con agujeros sí lo harán.
D.:
¡Depende de lo lejos que quieras llevar el agua!
S.:
¡Sí, y de lo grandes que sean los agujeros! ¿Pero para llevar el
desarrollo progresivo de las formas de vida todo el camino desde los
organismos no celulares hasta el hombre? Este es un camino muy largo,
amigo mío. Tú comenzaste hablando de semejanzas estructurales y de
órganos vestigiales. Cuando te hice observar que tu explicación no sólo
contenía errores de hecho sino que también daba por supuesta sin
justificación la respuesta a mi pregunta fundamental de cambio
evolutivo, dirigiste nuestra discusión al registro fósil y a la pauta
supuestamente inequívoca que allí se exhibe. Cuando te señalé errores
factuales adicionales y enfatizé de nuevo tu persistencia en suponer sin
justificación el cambio mismo que estaba bajo discusión, luego nos
llevase a una discusión acerca de lo que son las dos aparentes columnas
de la teoría evolucionista, la selección natural y la variación
genética. Y ahora, después que has vuelto a señalar que incluso en la
explicación genética los cambios radicales se dan por supuestos, sin
evidencias de los mismos, tú quieres aún girar toda esta cuestión y
decir que de alguna manera todos los apoyos ausentes para tu teoría la
están manteniendo de alguna manera. ¿No es esta una extraña manera de
argumentar?
D.:
¿De qué otra manera puedes explicar la existencia de formas complejas de
vida?
S.:
¡Madre mía! ¿No me estarás sugiriendo que una mala teoría es mejor que
ninguna teoría? ¿Nunca se te ha ocurrido decir: «No lo sé»? Tendrías que
leer a Wittgenstein.
D.:
¡Pero en la actualidad ningún científico intelectualmente respetable
podría dudar de ello!
S.:
Y éste es el problema con vosotros. Os aferráis a vuestras teorías con
un fervor tan religioso que no podéis separaros de ellas el tiempo
suficiente para hacer unas pocas preguntas básicas.
D.:
Y el problema con los filósofos es que siempre están preocupados con
cuestiones de semántica. ¡Inteligentes juegos de palabras, esto es todo!
S.:
Nunca he pretendido que la filosofía sea otra cosa sino el arte de hacer
preguntas incómodas acerca de suposiciones fundamentales. Di lo que
quieras contra los filósofos, pero no podrás desmontar las graves
críticas que merece tu teoría.
D.:
¿Te das cuenta de lo que estás sugiriendo? ¿Me estás pidiendo que crea
que todos esos venerables hombres de ciencia están extraviados porque no
tienen ninguna clara idea acerca del cambio evolutivo? Esta es una
sugerencia que ni merece el honor de una respuesta.
S.:
No sé de esto, pero permíteme que te diga cuál es, creo yo, la principal
razón para la perpetuación de esta confusión de conceptos. La fuerza
falsamente explicativa de la teoría evolucionista deriva su poder
psicológico del hecho de que los términos antropomórficos dentro de su
narración son fácilmente comprendidos en contextos de discurso no
científico.
D.:
¿¡Y esto que rayos significa!?
S.:
Considera el carácter fantasioso de las historias que se entretejen
alrededor de los registros fósiles. Leemos acerca de vertebrados que
abandonaron su medio acuático y que desarrollaron miembros locomotores
gracias a un feliz accidente. Y con sus miembros recién desarrollados,
esos anfibios aprendieron a quedarse junto a los estanques que se iban
secando progresivamente. En la historia del descenso desde los árboles
leemos de primates hominoides arborícolas que llegaron a ser habitantes
de la tierra. Adoptaron una postura erguida, alargaron y fortalecieron
sus extremidades inferiores; y las superiores pasaron a ser órganos de
la mente. Sería difícil escribir una historia más antropomórfica. Apenas
si es un gran salto imaginarse a un grupo de tortugas reuniéndose en
conferencia para hacer planes para una expedición de exploración.
Naturalmente, si estos verbos y sustantivos de acción se leen
antropomórficamente, entonces la conclusión hacia la que se mueve el
argumento evolucionista se da por supuesta desde el comienzo. Se supone
que las formas inferiores de vida se desarrollaron de alguna manera
hasta llegar a la forma compleja llamada hombre. Por ello, al comienzo
no poseían, ni siquiera en la etapa anfibia, la motivación ni la
capacidad de dirigir sus destinos, como el hombre sí puede. Hacer entrar
de contrabando en el lenguaje de la explicación la sugerencia de que así
lo hicieron es ganar un apoyo psicológico para la tesis central de la
evolución que debería ser establecido de manera legítima por medios no
semánticos.
Esta
historia dramático-científica de la evolución se concibe en términos tan
generales que puede acomodar casi cualquier idea, y de hecho así sucede.
No sólo deposita en su contexto la jerga científica de «fósiles»,
«estratos», etc., sino que además incorpora con facilidad el lenguaje
antropomórfico de la poesía épica. El científico aprende a hablar a la
vez de «datación radiocarbónica», «miembros en desarrollo» y «accidentes
felices». Su explicación narrativa mezcla ciencia y saga, con un intenso
énfasis en lo segundo. Y los términos de acción antropomórficos
encuentran una fácil aceptación en las mentes de los lectores debido a
que sus mentes están acostumbradas a emplear esos términos a diario en
contextos razonables y ordinarios. Por ejemplo, se cree que «el
desarrollo de las extremidades locomotoras» comunica algo inteligible
debido a que «el desarrollo de los músculos» o «el desarrollo del
talento» son cosas perfectamente razonables.
Es
esta práctica de préstamos semánticos lo que hace que los libros
populares sobre la evolución sean tan vendibles. La gente ve cartas
hermosamente coloreadas y leen en los pies de ilustraciones todo acerca
de la saga de la evolución. Hasta los niños pueden repetir de manera
confiada la historia de «los anfibios desarrollando extremidades
locomotoras» y de «los reptiles emprendiendo el vuelo». Y todo esto se
hace con un aire de claro entendimiento, como si realmente se estuviera
explicando la evolución.
D.:
Sócrates, me temo que tú has salido ahora a una rama muy larga de la que
tristemente no hay regreso. ¿No te das cuenta de que ningún científico
en su sano juicio pretendería que esas narraciones explican cómo tuvo
lugar la evolución? Sirven meramente como instrumento pedagógico, esto
es todo.
S.:
¿Me estás diciendo que esos relatos se emplean sólo con propósitos de
enseñanza, y que no tienen la intención de ser explicaciones del proceso
evolutivo?
D.:
Sí, así es.
S.:
Esto me lleva a hacer dos preguntas. Si las narraciones tienen la
intención de ser tomadas sólo como una especie de magno instrumento
mnemónico, entonces, ¿no deberían dejarlo inequívocamente claro los
escritores de estos relatos, clarificar la naturaleza metafórica de su
lenguaje? Porque desde luego parece como si la intención que tienen es
que las narraciones sean aceptadas como explicaciones. Pero mi segunda
pregunta me lleva a dudar de tu fácil interpretación de esas
narraciones. Para que la historia de la evolución represente la verdad
tiene que basarse ciertamente en un conocimiento de los mecanismos del
desarrollo evolutivo --en caso contrario no hay garantías de que la
historia se corresponda con el proceso de desarrollo real que meramente
quiere representar. Pero si la cosa es así, ¿cuáles son esos mecanismos
conocidos de cambio radical progresivo en el desarrollo de los
organismos?
D.:
¡La selección natural y la variación genética, claro!
S.:
Pero vuelves a argumentar en un círculo. Ya hemos visto que no hay nada
en genética que pueda explicar los cambios radicales que tu teoría
demanda. Y ahora quieres basar la épica «de los protozoos al hombre»
sobre este apoyo carente de fundamentos.
Sabes, Darwin, cuanto más hablo contigo más preguntas tengo. ¿Podría ser
que la teoría de la evolución no sea sólo un argumento en círculo
vicioso, sino incluso algo más problemático? ¿Es siquiera empíricamente
significativa? Lo que quiero preguntar es: ¿Tiene un referente empírico
la frase clave «cambio evolutivo»?
Si
uno intenta descubrir cómo funciona la evolución, le dicen que los
factores causales involucrados no son observables, no son repetibles, no
son simples, y que no todos los científicos concuerdan. Y si uno quiere
ver esta cualificación negativa a gran escala sólo tiene que contemplar
la historia de esta cuestión. Cuando fracasaron el Lamarckismo y el
Darwinismo, el evolucionismo triunfó. Cuando fracasaron el Vitalismo y
el Finalismo, la evolución siguió triunfando.
Incluso a pesar de que los neolamarckistas y los neodarwinistas han
estado enfrentados acerca de cuestiones cruciales, la evolución está
supuestamente por encima de la confusión y de las contradicciones.
¿Qué es este cambio llamado «evolución» que sobrevive a todas las
vicisitudes de sus vagas y contradictorias explicaciones? Este
pretendido proceso, que no puede ser repetido ni observado, ni siquiera
especificado, y cuyas explicaciones sustentantes de la selección natural
y de la variación genética se hunden bajo el peso de un análisis
lógico-empírico, ¿en qué difiere de una ausencia total de proceso?
D.:
¡Ya basta! No quiero saber nada más de estas sandeces. ¡Lo que estás
diciendo es una tontería!
¡Lárgate!
Sócrates se volvió tranquilamente y se fue calmosamente, y mientras se
abría paso entre los invitados se le oyó murmurando para sí: «Me
pregunto si estará Freud por aquí. Quizá él me pueda ayudar a comprender
lo que ha dicho Darwin.»
Bibliografía Selecta
Este
diálogo procede de un artículo inédito de 57 páginas escrito hace mucho
tiempo, y titulado «El lenguaje, la verdad y la lógica de la teoría
evolucionista». Este artículo, a su vez, derivó algo de su contenido de
las obras siguientes.
Bonner, J.T. 1961.
Perspectives. American Scientist 49:240-244.
Davidheiser, B.
1969. Evolution and Christian Faith. The Presbyterian and
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Dewey, J. 1951. The
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Philosophers, editor Max H. Fisch. Appleton-Century-Crofts Inc., Nueva York, pp. 336-344.
Dobzhansky, T.
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Theology and falsification. En New Essays in Philosophical Theology,
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Goldschmidt, R.B.
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Goudge, T.A. 1961.
The Ascent of Life. University of Toronto Press, Toronto.
Maatman, R.W. 1970.
The Bible, Natural Science and Evolution. Reformed Fellowship,
Inc., Grand Rapids.
Moore, J.N. and R.J. Cuffey. Paleontologic evidence and organic evolution. Journal of
the American Scientific Affiliation 24:160-176.
Simpson, G.G. 1949.
The Meaning of Evolution. Yale University Press, New Haven.
Wittgenstein, L.
1972. Lectures and conversations on aesthetics, psychology and
religious belief, editor C. Barrett, University of California
Press, Berkeley.
Problemas lógicos en
la evolución
por
Dominique Tassot
Cuando estudiaba matemáticas, durante mis primeros años en la
universidad, nunca habría soñado en asociar la palabra <<problema>> con
la palabra Evolución. Mis libros de cabecera eran los de Teilhard
de Chardin; durante tres años participé en excavaciones en el yacimiento
fosilífero de Carnay, cerca de Reims, donde hallamos, en terrenos del
Secundario, esqueletos completos de un raro reptil, el Simeodosaurio.
Debido a que este animal del pasado ya no existía en la actualidad, esto
constituía la prueba, o al menos esto creía yo entonces, que los seres
vivos cambiaban de forma con el tiempo. Fue en 1976, después de mis
estudios de filosofía, que vi casualmente en el escaparate de un librero
de lance un viejo libro con un título provocativo: L'Evolution
régressive [La Evolución regresiva]. Fue entonces que comencé a
reflexionar, es decir, a dudar. La ciencia, dice Aristóteles, comienza
con el asombro; la filosofía, por su parte, comienza con la duda. Se
planteaba allí una cuestión muy sencilla. La evolución factual, la
evolución constatada, es una evolución neutra o regresiva. Hace variar
ciertos caracteres como el color o el tamaño; quizá da un órgano
suplementario: pero jamás ha producido un órgano nuevo. En contraste,
aquello que designamos más frecuentemente como <<Evolución>>, con una
<<E>> mayúscula, es una modificación que hace aparecer rasgos novedosos,
como por ejemplo las plumas en un reptil, o patas en un pez. Y el
Semeodosaurio, a este respecto, estaba mudo. Sí, claro, había
desaparecido, como la mayoría de las especies fósiles, como en la
actualidad siguen desapareciendo abundantes especies, pero esta
desaparición no explica nada de la Evolución, esta desaparición no
constituye el hecho de la Evolución.
Los
hechos no se demuestran: sencillamente, se constatan. Si la Evolución no
se constata, entonces no es un hecho. En tal caso, ¿qué es?
Es en
principio una idea, y esta idea se remonta a Lucrecio y a Ovidio.
Es también una hipótesis, y muchos pensadores del siglo
dieciocho, en particular Maillet, d'Alembert o Diderot, imaginaron que
los animales se transformaban para adaptarse a las modificaciones del
medio ambiente. Por ejemplo, Benoît de Maillet, que fue durante largo
tiempo Cónsul de Francia en Egipto, pensaba que los continentes habían
surgido del mar y que las especies marinas se habían <<terrestrizado>>,
que se habían adaptado a respirar aire, que habían transformado sus
aletas natatorias en patas, y que así había sucedido con todos sus
órganos.
En el
siglo diecinueve, la Evolución pasó, con Lamark, a ser una teoría.
En 1800, Lamark propuso un primer mecanismo explicativo: <<la función
crea el órgano>>, y después ha habido generaciones de científicos
que han puesto esta hipótesis a prueba, sin lograrlo.
Luego, en 1859, Darwin propuso un segundo mecanismo: <<la selección
natural>>, la supervivencia de los más aptos.
Después de Lamark se han sucedido diferentes teorías científicas; a
continuación vamos a considerar los problemas que plantean desde el
punto de vista de la lógica.
I -
Las falsas premisas:
Todo
razonamiento parte de unas ideas supuestas como ciertas, las premisas,
examinadas lógicamente a partir de tres grandes principios lógicos
(identidad, no-contradicción y tercero excluido). Los problemas de los
razonamientos evolucionistas inciden tanto en las premisas como en la
aplicación de los principios de la lógica. Contemplemos en primer lugar
algunas premisas falsas, que frecuentemente son implícitas más que
explícitas.
a) La
Evolución es un hecho
En
realidad se trata de una idea, y las teorías explicativas tienen poco
interés científico en tanto que el fenómeno de que se trata, la
aparición de órganos novedosos, no ha sido constatado.
b) La
naturaleza imita al hombre
De
este modo la selección natural se asemejaría a la actividad selectiva de
los criadores o de los cultivadores. En realidad, lo que hace la
naturaleza es eliminar a los tarados, lo que tiene como efecto conservar
el tipo medio de una especie, no el de modificarla.
c) La
Evolución es progresiva
En
realidad, lo que se constata es lo contrario: desde luego que existe una
<<microevolución>> en el interior de las especies, pero esta evolución
real es una <<especialización>>, y toda especialización constituye una
regresión genética.
d)
los primitivos fueron los salvajes
Si la
evolución fue progresiva, los Antiguos habrían sido menos inteligentes
que nosotros. Pero cuanto más nos alejamos atrás en la historia, se debe
constatar una gran inteligencia en los hombres de la Antigüedad, un
sentido artístico desarrollado, el manejo de lenguajes más detallados y
sutiles (las formas gramaticales caen en desuso, pero no aparecen de
nuevas), y eso sin hablar de la fortaleza física.
e) La
semejanza implica descendencia
Esto
es contrario a lo verdadero: que la descendencia implica semejanza. Pero
la homología entre dos órganos se explica por la identidad de sus
funciones.
II -
Las contradicciones:
Pasemos ahora a las contradicciones. Estas consisten en afirmar a la vez
una cosa y su contraria.
a) La
Evolución, ¿una ley general de los seres vivos?
En
tal caso debería ser también de aplicación al hombre, y Diderot hace
decir así al Dr. Bourdeu, en 1769: <<Pensamos tanto y andamos tan
poco que acabaremos un día por no ser nada más que una cabeza.>>
Sin embargo, hay numerosos fósiles vivos: las algas azules, el
celacanto, las esponjas, los gusanos marinos, las rayas, los erizos
marinos, los escorpiones, etc. ... ¿Se puede razonar como si la
Evolución fuese a la vez necesaria e innecesaria?
b)
¿Continuidad o Discontinuidad? ¿Evolución dirigida o Evolución
aleatoria?
Al no
estar constatada la Evolución gradual, se evoca en la actualidad una
evolución brusca, sin transiciones.
Pero si se trata de saltos aleatorios, ¿cómo se puede continuar
presentando la Evolución como un fenómeno gradual y orientado?
c)
¿Adaptación o aparición de órganos?
El
biólogo Richard Lewontin observa que es contradictorio describir la
Evolución como un proceso de adaptación, por cuanto todos los organismos
vivientes están ya adaptados. La selección natural sólo puede actuar
sobre órganos existentes; en tal caso, si las alas o los ojos han
precedido a la selección natural, esta última no puede explicar su
origen.
d) La
extrapolación del contrario.
Se
observa la estabilidad de las especies: la <<microevolución>> por
mutación crea variedades o razas diferentes en el interior de la
especie, pero nunca un verdadero paso trans-específico con la aparición
de órganos novedosos. En cambio, los evolucionistas proponen que, con la
ayuda de largas eras geológicas, se ha producido una <<macroevolución>>
trans-específica. Eso es extrapolar lo contrario de lo observado, en
tanto que sólo es legítimo extrapolar lo idéntico. Aquí hay una
distorsión capital de la lógica. Y George Wald, en su obra sobre El
Origen de la Vida, no tiene más objeción que esa asombrosa
declaración en un libro que pretende ser científico:
<<La duración con la que tenemos aquí que ver es del orden de diez mil
millones de años, y por ello no tiene sentido considerar nada imposible
sobre la base de la experiencia humana. Con un tiempo tan prolongado, lo
imposible viene a ser posible, lo posible probable, y lo probable
virtualmente cierto. Basta con esperar: el tiempo consigue el milagro
por sí solo.>>
Así,
nos encontramos aquí con una declaración que tiene más que ver con una
novela que con ciencia.
e)
Los <<árboles genealógicos>> de los seres vivos contradicen la Evolución
Los
taxónomos, a partir de Aristóteles, clasifican las especies vivientes
por géneros, los géneros por familias, luego por órdenes, clases y
fílums. Así, todos los mamíferos poseen ciertos rasgos comunes:
glándulas mamarias, glándulas sudoríferas, un sistema piloso, un corazón
con cuatro cámaras y la aorta a la izquierda, un diafragma, tres
huesecillos en el oído, etc. Todo animal dotado de esta manera es un
mamífero. Estos rasgos se conservan cuando se desciende hacia las
familias y los géneros. Los <<descendientes>> reproducen todos los
rasgos de sus <<antepasados>>. Así, es contrario a los principios de la
clasificación que un pez o un reptil (en los que los pulmones, la piel,
el oído, están organizados de manera diferente) hayan sido antecesores
de un mamífero.
III -
Los cambios de significado:
Los
términos científicos se distinguen de los términos corrientes por su
sentido preciso y constante. De la misma manera, la lógica demanda que
el sentido de las palabras se mantenga uniforme a lo largo del
razonamiento. Y esto dista de ser así en el caso de la Evolución.
a)
Evolución y variabilidad. Macro y microevolución.
La
variabilidad interna de la especie incide en los caracteres secundarios
(color y espesor del pelo, etc.). Esta <<plasticidad>> de la especie,
como la denominaba Agassiz, es un fenómeno real sin nada en común en
magnitud y naturaleza con una evolución trans-específica que jugaría con
la estructura y la función de los órganos. Al designar lo uno y lo otro
con la misma palabra <<evolución>>, se acreditan falsamente a la
macroevolución (sin prueba alguna) los innumerables hechos de
observación relativos a la microevolución. En particular, la
especialización divergente de las variedades puede ir hasta la supresión
de la interfecundidad. Así, se da <<especiación>>, la aparición de
verdaderas subespecies, muy numerosas entre los insectos. Pero ese
fenómeno de microevolución no tiene relación con la aparición de nuevos
órganos, que es lo que supone la macroevolución.
b)
Homo, ¿género o especie?
La
humanidad constituye una <<especie>>. Todas las razas humanas pueden
conseguir cruces fecundos. Pero en contra de la regla que precisa
mediante un adjetivo las variedades en el interior de la especie (Homo
Sapiens, Homo Neanderthalensis, etc. ...), se designó como <<Homo
habilis>> a un simio australopitecino de Olduvai que no puede pertenecer
a la misma especie que el hombre (incluso si se le imagina un antecesor
común, como el Australopithecus Afarensis). Así, se transforma a Homo
aquí en un <<género>>, reagrupando a especies morfológicamente vecinas
pero sin vínculos genéticos posibles, siendo que los simios no tienen el
mismo número de cromosomas que el hombre.
c) La
<<selección>> ... ¿<<natural>>?
La
selección es un fenómeno voluntario, dirigido, pertinente a una
finalidad. En la teoría de Darwin se designa con este término a una
acción ciega de la naturaleza. Se trata de dos conceptos muy diferentes,
más aún, opuestos.
IV -
Los razonamientos circulares:
Hay
razonamiento circular cuando se concluye mediante la suposición de la
que se ha partido. En tal caso, no se ha demostrado nada.
a) La
<<Secuencia Estratigráfica>>.
Con
la misma se clasifican cronológicamente los fósiles índice de las capas
geológicas. Se suponen las eras geológicas y la evolución paralela de
los seres vivientes. La secuencia evolutiva reconstruida no demuestra
entonces la evolución, porque ha sido dada por supuesta para la elección
de esos fósiles <<índice>>.
b) La
supervivencia de los más aptos.
Aquí
tenemos una tautología, por cuanto la aptitud es definida por el hecho
de la supervivencia.
Eso hace recordar la famosa paradoja del doctor Binet, el inventor de
las pruebas del <<cociente de inteligencia>>. Ante la pregunta: <<¿Qué
mide usted?>>, él respondía: <<¡La inteligencia, claro!>> Y a la
pregunta de, <<¿Y qué es la inteligencia?>>, respondía: <<¡Lo que mide
mi prueba!>> Sin duda, las tautologías son útiles; clarifican los
conceptos y facilitan el aprendizaje. Pero no es válido valerse de ellas
para fundamentar la veracidad de una tesis.
c) La
carga de la prueba.
Cuando se pregunta a un especialista por las pruebas de la teoría de la
evolución, oye siempre que la prueba la da el vecino:
El paleontólogo piensa que las pruebas provienen de la biología; el
biólogo remite a la secuencia estratigráfica de los geólogos, y los
geólogos responden que la demostración la da la paleontología.
En
resumen, como ya hace un siglo escribió Béchamp: <<se supone, se
supone continuamente, y de suposición en suposición ¡se acaba por dar
conclusiones sin pruebas! ...
Conclusión:
La evolución no es un hecho, sino un concepto explicativo, un paradigma
(en el sentido de Raoul Kuhn) que inspira diferentes teorías. Es
importante tener presente esta distinción si se quiere conservar todo el
rigor en la actuación científica y analizar de manera correcta la
validez de los razonamientos empleados en las teorías evolucionistas.
[Nota
del Traductor: Este material se tradujo originalmente para ser entregado
a los grupos de trabajo de
TECNHOCIENCIA
95
unas
jornadas convocadas anualmente por IUVE, la Universidad Complutense de
Madrid, la Universidad Politécnica de Madrid y la Universidad Nacional
de Educación a Distancia. En 1995 el tema a tratar era: Los límites
de la ciencia - ¿Es científica la teoría de la evolución?]
©
Copyright 1995 Dominique Tassot * F-08310 ANNELLES * FRANCIA
Traducción del francés: Santiago Escuain
© Copyright SEDIN, 1996
Nostradamus
Michel de Nostredame fue un médico de
gran éxito en especial cuando se trató de combatir la peste que se
abatió contra la
ciudad de
Provence,
Francia
en el siglo XVI.
Nació de una familia judía, de la tribu de Isacar, en Saint-Remy (Provence,
Francia), en 1503. Sus ancestros, buenos conocedores de la medicina y de
las matemáticas, se habían hecho cristianos por efecto del decreto de
Luis XI (1461-1483) que amenazaba a los judíos no bautizados con la
confiscación de sus bienes. En consecuencia, sus abuelos paternos
tomaron el apellido de “Notre-Dame”, y los maternos el de “Saint-Remy”,
su lugar de proveniencia.
Nostradamus (tal es su nombre latinizado).
Se casó dos veces. Después de la muerte de su primera esposa
y sus dos hijos (a quienes no pudo salvar de la peste, lo que le valió
el desprestigio momentáneo) se retiró a la Abadía de Orval en
Luxemburgo; allí escribió sus primeras “profecías”. Después de mucho
vagabundear se estableció definitivamente en Salon-de-Crau, y pasó el
resto de su vida estudiando, escribiendo e interesándose grandemente por
el ocultismo.
En 1547 comenzó a escribir una serias de “profecías” que agrupadas en
cien estrofas de cuatro versos cada una fueron llamadas “Centurias
astrológicas”. Dejó diez centurias. Su libro fue condenado por la
Iglesia Católica en 1781 e incluido en el Índice de libros prohibidos.
Los poderosos de la época sintieron un gran respeto por él, pues le
atribuían poderes especiales de los que dependía su dominio; en general,
gran parte de la nobleza de su tiempo sentía un gusto morboso por las
ciencias ocultas, sufría de profunda superstición y por tal razón
llenaban sus cortes de adivinos, agoreros, ocultistas, magos y
astrólogos que les sorbían los sesos y las arcas.
Nostradamus, falleció en 2 de julio de 1566. Además de las “Centurias”
se le atribuyen otros escritos conocidos como “Presagios” y
“Predicciones”.
Todos sus escritos son lacónicos, oscuros y susceptibles de múltiples
interpretaciones; entre otras cosas por estar escritos en provenzal del
siglo XVI y mezclados con otras lenguas (latín, español, francés,
hebreo). Además, para que tengan algún sentido, sus comentadores se ven
obligados a trastocar las letras de muchas palabras de modo tal que
éstas puedan hacer referencia a cosas conocidas; así por ejemplo afirman
que Rapis tendría que significar París, Nercaf designaría a Francia,
Henryc sería Chipre, etc. Los comentarios, por lo general violentan el
texto mismo del “profeta” o son tan arbitrarios que pueden ser
substituidos por otros igualmente válidos. Además de esto, para poder
obligar a que algunos versos hagan referencia a un acontecimiento
concreto, muchas veces los comentaristas se ven obligados a sacar y
combinar versos de diversas centurias.
En cuanto a las pretendidas profecías cumplidas, se trata verdaderamente
de aplicaciones caprichosas; a lo más, coincidencias “forzadas”. Así,
por ejemplo, los versos en los que algunos han creído reconocer una
profecía de Napoleón dice: “De simple soldado él alcanzará el imperio,
de ropa corta el llegará a larga. Bravo en las armas, mucho peor en la
Iglesia, él humilla a los padres como el agua ensucia la esponja”
(Centuria VII). Esto cuadra a Napoleón... a Septimio Severo, a Tito, a
Maximinio Trácio, etc. ¡Nostradamus está describiendo el prototipo del
militar perseguidor!
De otra se dice que profetiza a Hitler o a Napoleón: “De la parte más
profunda de Europa Oriental nacerá un niño de familia pobre, que por su
hablar seducirá a muchos pueblos. Su reputación crecerá más en el reino
de Leste” (Centuria III). Sus comentaristas se pelean: si Leste designa
a Egipto podría ser Napoleón, por la campaña allí realizada; si
significa Japón, podría ser Hitler, por su alianza... si...
Evidentemente como profecía poco valor tiene.
El texto de la Centuria I, E. Cheetham, uno de sus principales
comentaristas, cree entenderlo como profecía de la Revolución Francesa;
y H. Roberts, otro de sus seguidores, ve el indudable preanuncio de la
Revolución Rusa.
En otra unos ven la ejecución de Luis XVI (año 1793), y otros la
traición japonesa a Estados Unidos en Pearl Harbor, etc.
Algunos de los versos que más se han difundido en estos últimos tiempos
son aquellos que han traducido del siguiente modo: “En el año mil
novecientos noventa y nueve y siete meses,/ vendrá del cielo un gran Rey
de susto./ Resucitará al gran Rey de Angolmois...”. Como es sabido,
basándose en estos versos algunos señalaron que el 9 de julio de 1999
debería haber tenido lugar el fin del mundo. Otros intérpretes
consideraron que la terrible fecha tendría lugar el 11 de agosto de
1999, cuando sobre el norte de Francia se vería el último eclipse de sol
del milenio. Ambientes de la moda e incluso de la cultura europeos
vivieron con trepidación esos días a causa de las terribles profecías.
Ambas fechas pasaron desmintiendo a los profetas de calamidades.
En síntesis, ¿qué decir? Nostradamus conocía la historia antigua,
principalmente de Roma, y sabedor de que no hay nada nuevo bajo el sol,
preanunció acontecimientos futuros indeterminados, calcados sobre la
experiencia de los acontecimientos y monarcas del pasado; evidentemente
que esto los hace adaptables de una manera o de otra a los hechos
principales de la historia; y no sólo a un hecho sino a muchos. No hace
falta ser profeta para preanunciar calamidades, traiciones, guerras,
invasiones, grandes campañas militares, razas que extinguen a otras
razas, etc. Puede ser que personalmente Nostradamus haya tenido alguna
facultad paranormal como la clarividencia, telepatía, etc; pero esto no
lo constituye un profeta en sentido estricto; y además, estos fenómenos
(cuando tienen fundamento real) no pasan de ser manifestaciones de orden
sensitivo y no espiritual; por supuesto, que no se extiende en modo
alguno a los futuros contingentes (es decir, a los actos libres de las
criaturas).
El valor y la importancia que el vulgo da a sus profecías depende
enteramente de la tentación de superstición que amenaza al hombre de
todos los tiempos y del hecho de que se sigue verificando el adagio
latino: vulgus vult decipi, el pueblo quiere ser engañado. Hay un gusto
morboso por lo misterioso y oculto, aunque lo que preanuncie sean cosas
nefastas. Los peligros psicológicos –además del serio peligro para la
fe que esto entraña son de una extremada gravedad.
Cuando se llega a este punto comienza el espíritu de la “necedad
profética”, es decir, el afán de lanzar profecías de orden puramente
humano que, por olvidar Quien es el Arbitro de la Historia, se
convierten en predicción de falsedades.
En la Biblia se nos da una regla para medir al verdadero profeta y su
profecía: "Y si dijeres en tu corazón: ¿Cómo conoceremos la palabra que
Jehová no ha hablado?; si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no
se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha
hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él"
(Dt. 18:21-22).

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