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Biólogos ante el
Evolucionismo
RECONOCEMOS que la mayor parte de los biólogos modernos han adoptado la
filosofía evolucionista de los orígenes como su explicación de los datos
reales de la biología. De hecho, muchos han llegado a insistir en que la
evolución misma es un hecho de la ciencia. Pero esta afirmación no ha
sido nunca demostrada y, de hecho, por la misma naturaleza de las cosas,
no puede ser sometida a prueba. Deberíamos también reconocer que en la
actualidad existe un número significativo de biólogos y de otros
científicos que están convencidos de que la creación específica ofrece
una filosofía de orígenes más razonable y satisfactoria que el
evolucionismo. Sin embargo, casi siempre es necesario, antes de que se
acepte oír el alegato en favor de la creación específica, señalar las
falsas pretensiones que los evolucionistas utilizan para apoyar su
creencia. Así, ellos mismos, de sus mismos escritos, nos presentarán el
alegato en contra del evolucionismo.
Presuposiciones
G. A.
Kerkut, catedrático de bioquímica en la Universidad de Southampton,
afirma lo que sigue en su libro Implications of Evolution
(Implicaciones de la Evolución):
Antes
que uno decida que la Teoría de la Evolución sea la mejor explicación de
la existencia del presente mundo de formas vivas, se deberían examinar
todas las implicaciones que pueda tener tal teoría.
Hay,
sin embargo, siete presuposiciones básicas que frecuentemente ni son
mencionadas durante las discusiones de Evolución. Muchos evolucionistas
ignoran las seis primeras presuposiciones, y tan sólo consideran la
séptima. Estas presuposiciones son como siguen:
(1)
La primera presuposición es que la materia viva se originó en base de la
materia inerte; esto es, se presupone que hubo una generación
espontánea.
(2)
La segunda presuposición es que la generación espontánea tuvo lugar sólo
una vez.
(3)
La tercera presuposición es que los virus, las bacterias, las plantas y
los animales están todos interrelacionados.
(4)
La cuarta presuposición es que los Protozoos dieron origen a los
Metazoos.
(5)
La quinta presuposición es que los varios phylum de invertebrados
están interrelacionadas entre sí.
(6)
La sexta presuposición es que los invertebrados dieron origen a los
vertebrados.
(7)
La séptima presuposición es que dentro de los vertebrados los peces
dieron origen a los anfibios, los anfibios a los reptiles, y los
reptiles a las aves y a los mamíferos. Algunas veces esto se expresa en
otras palabras: esto es, que los modernos anfibios y reptiles tuvieron
un grupo ancestral común, etc.>> (op. cit. pág. 6).
En su
prefacio se refiere él al tratamiento que en la actualidad se da a estos
temas, que son aceptados como si se tratara de hechos demostrados. Dice
él:
La
mayor parte de los libros acerca de la Evolución tratan estas
presuposiciones con arrogancia como parte de un antiguo debate histórico
ya resuelto, o bien evitan considerar las presuposiciones, y, en lugar
de ello, tratan de las partes más científicas y matemáticas de la
Evolución. (pág. VII.)
La
mayoría de los que apoyan la teoría evolucionista mantienen que estas
siete presuposiciones son válidas, y que constituyen la Teoría General
de la Evolución. A todo esto, Kerkut afirma:
Lo
primero que quisiera decir acerca de ello es que estas siete
presuposiciones son, por su propia naturaleza, incapaces de
verificación experimental. (pág. 7; énfasis añadido).
No es
posible, dentro de los límites de este pequeño artículo, examinar de una
manera exhaustiva cada una de estas presuposiciones. Será suficiente
decir que se puede mostrar que las dos primeras son <<incapaces de
verificación experimental>>, y que las otras cinco que siguen pueden
también mostrarse lógicamente como inverificadas por los métodos
experimentales.
El
Origen de la Vida
En
respuesta a la cuestión del origen de la vida o de la generación
espontánea de la vida, o abiogénesis (todos estos términos están siendo
extensamente empleados en la actualidad), sólo podemos señalar aquí que
el estudio de los orígenes no es, hablando estrictamente, ciencia.
No había observadores científicos cuando la vida se originó, ni cuando
vinieron a existir los diferentes tipos de organismos. Estas cosas no
están teniendo lugar ahora en nuestro mundo presente, por lo que el
problema de los orígenes, sencillamente, no se puede solucionar por
medios científicos. La pretensión del origen espontáneo de la vida no es
más capaz de prueba científica que el que la vida se deba a una creación
específica. Estas dos filosofías de orígenes, evolución y creación
específica, son las únicas que están en la actualidad a disposición de
los hombres de ciencia. Cada uno tiene que tomar su postura en base de
una de estas dos.
La
réplica
Es
necesario saber que la mejor contestación a todo el tema del
evolucionismo se halla en el lugar en el que uno no lo esperaría, en la
Edición del Centenario de El Origen de las Especies de Darwin
(edición en inglés de la Everyman's Library). Con una retadora
introducción, el Profesor W. R. Thompson, F.R.S., anterior director del
Instituto de Control Biológico de la Commonwealth, de Ottawa, Canadá,
vuelve del revés el adulador veredicto que escribió Sir Arthur Keith 25
años antes acerca de Darwin y de su obra. Dice el doctor Thompson:
Como
ya sabemos, existe una gran divergencia de opinión entre los biólogos,
no sólo acerca de las causas de la evolución, sino incluso acerca del
mismo proceso. Esta divergencia existe porque la evidencia es
insatisfactoria y no permite llegar a ninguna conclusión cierta. Por
ello, es justo atraer la atención del público no científico a los
desacuerdos existentes acerca de la evolución. Pero algunas afirmaciones
recientes por parte de algunos evolucionistas muestran que creen que
esto es irrazonable. Esta situación, en la que hay científicos que se
lanzan a la defensa de una doctrina que son incapaces de definir
científicamente, y más incapaces aún de demostrar con rigor científico,
tratando de mantener su crédito ante el público suprimiendo críticas y
ocultando las dificultades, es anormal e indeseable en el campo de la
ciencia. (pág. XXII; énfasis añadido).
Sería
difícil encontrar una réplica más decisiva que ésta a todo el problema
de la evolución como <<hecho>> científico aceptado. La dificultad reside
en que son tan pocas las personas que saben que existe una respuesta tan
adecuada. Cualquier persona que disponga de esta introducción a El
Origen de las Especies de Darwin quedará advertida antes de aceptar
algunas de las conclusiones que se hallan en esta obra.
Es la
firme convicción del presente escritor que si el público estuviera mejor
informado, la doctrina evolucionista sería reconocida por lo que es: un
esforzado intento de explicar el origen de todo el mundo de lo viviente
desde una postura filosófica que excluye de entrada al Creador. Éste
punto lo expresa bien el cosmólogo materialista C. F. von Weizsäcker en
su obra La importancia de la ciencia:
No es
por sus conclusiones, sino por su punto de partida metodológico
por lo que la ciencia moderna excluye la creación directa. Nuestra
metodología no sería honesta si negase este hecho. No poseemos
pruebas positivas del origen inorgánico de la vida ni de la primitiva
ascendencia del hombre, tal vez ni siquiera de la evolución misma, si
queremos ser pedantes.
Todavía no entendemos demasiado bien las causas de la evolución, pero
tenemos muy pocas dudas en cuanto al hecho de la evolución; ... ¿Cuáles
son las razones para esta creencia general? En la última lección las
formulé negativamente; no sabemos cómo podría la vida, en su forma
actual, haber venido a la existencia por otro camino. Esa formulación
deja silenciosamente a un lado cualquier posible origen sobrenatural de
la vida; así es la fe en la ciencia de nuestro tiempo, que todos
compartimos.
Esto
es, no se cree en el Evolucionismo debido a que existan unas pruebas
positivas reales que lleven a tal postura como conclusión científica.
Más bien, el hombre <<moderno>> toma su punto de partida en un rechazo
de toda posible revelación de Dios, e interpreta todo el mundo que le
rodea en términos de una filosofía que de entrada rechaza a Dios.
Así, el Evolucionismo y la mentalidad racionalista atea no son una
conclusión necesitada por el estudio de la realidad, sino la
filosofía de partida en base de la que se interpreta la totalidad de la
realidad, y que toda persona reflexiva hará bien en examinar
cuidadosamente.
SUPLEMENTO
El
doctor John N. Moore, profesor de ciencias naturales en la Universidad
Estatal de Michigan, escribe así:
La
única evidencia de cambio que puede ser considerada apropiadamente como
el resultado de la aplicación del método científico es la evidencia de
la variación genética dentro de los límites de los tipos o formas de las
plantas. El tipo perro, el tipo caballo, y el tipo humano existen; el
tipo liquen, el tipo helecho, y el tipo de planta fanerógama existen. No
hay evidencia de ningún tipo, empírica, repetible, reproducible,
predecible, de experimentos de reproducción, de que existan conexiones
entre estos tipos, ni existe tampoco evidencia alguna en la principal
fuente histórica, el registro fósil, de ninguna conexión real en
secuencia de estos tipos.
Dice
el doctor William J. Tinkle, genetista graduado en la Universidad
Estatal de Ohio:
Las
cosas vivas, dejadas a sí mismas, no tienden a mejorar a través de
sucesivas generaciones, ni tampoco tienden a deteriorarse excepto cuando
tienen lugar accidentes tales como las mutaciones.
La
genética ... describe a genes que se reproducen fielmente excepto cuando
mutan, y en este caso lo que tiene lugar es o bien la muerte o bien la
pérdida de vigor.
Sobre
este extremo, afirma el eminente zoólogo francés Pierre P. Grassé:
La
genética es la ciencia de la herencia, de la conservación del patrimonio
específico; sus relaciones con la evolución no son conocidas más que a
través de teorías, lo que es bien poco.
El
doctor Bermudo Meléndez, anterior catedrático de paleontología en la
Universidad Complutense de Madrid, admite lo siguiente acerca de la
naturaleza del registro fósil:
La
amplitud de la evolución realmente comprobada por los datos
paleontológicos es bastante restringida, y lo mismo puede decirse de las
experiencias de genética en el laboratorio. Ésta es la que se suele
llamar microevolución, que abarca, desde luego, la evolución
intraespecífica y la que, traspasando los límites específicos, queda
limitada a los géneros y, en algunos casos, a las familias.
El
principal motivo de incertidumbre está en que ya desde los restos
fósiles más antiguos conocidos, están perfectamente individualizados
todos los <<tipos>> de organización de los Invertebrados, que aparecen
aislados entre sí, sin formas intermedias conocidas; y en cierto grado,
también las <<clases>> aparecen en las mismas condiciones. El <<tipo>>
Vertebrados también aparece individualizado, desde el primer momento,
sin que a ciencia cierta se pueda decidir cuáles podrían haber sido sus
antecesores.
Y
Stephen Jay Gould, profesor de geología y paleontología en la
Universidad de Harvard, concuerda con los anteriores acerca de la
naturaleza del registro fósil:
Todos
los paleontólogos saben que el registro fósil contiene bien poca cosa en
cuanto a formas de transición; las transiciones entre los grupos
principales son característicamente abruptas.
La
extrema rareza de las formas de transición en el registro fósil persiste
como el secreto profesional de la paleontología. ... Nos imaginamos ser
los únicos verdaderos estudiosos de la historia de la vida, y sin
embargo para preservar nuestro favorito relato de evolución por
selección natural consideramos que nuestros datos son tan malos que
nunca vemos el mismo proceso que profesamos estudiar.
El
doctor Heribert Nilsson, profesor de botánica en la Universidad de Lund,
Suecia, llegó a esta conclusión tras una vida de estudio:
El
resultado final de toda mi investigación y estudios, o sea, que la idea
de la evolución, puesta a prueba mediante experimentos acerca de
especiación y ciencias relacionadas, lleva siempre a contradicciones
increíbles y a consecuencias conducentes a la confusión, por todo lo
cual debería ser abandonada, encolerizará indudablemente a muchos. Y con
más razón encolerizará a muchos mi conclusión de que la teoría de la
evolución no puede en absoluto ser considerada como una filosofía
natural inocua, sino que constituye una seria obstrucción a la
investigación biológica. Obstruye --como se ha visto en repetidas
ocasiones-- la consecución de resultados coherentes, incluso a partir de
un material experimental homogéneo. Porque en último término todo se
tiene que retorcer para que concuerde con esta especulativa teoría. Por
ello, no se puede erigir sobre ella una biología exacta.
NOTAS AL ARTÍCULO
1.
Huxley, Julian, <<Introduction>> a The Origin of Species de
Darwin (New York, New American Library, 1958). También en la colección
de libros <<paperback>> de Mentor Books, MD 222.)
2. Kerkut, G. A., Implications of Evolution (Londres, Pergamon
Press, 1960).
3. Thompson, <<Introduction>> a The Origin of Species (Londres,
J. M. Dent & Co., 1956).
4.
Weizsäcker, C. F. von, La importancia de la ciencia (Barcelona,
Ed. Labor, Nueva Colección Labor n(o) 27, 1972), pág. 125.
5.
Ibid., pág. 131.
NOTAS AL SUPLEMENTO
1. Moore, J. N., <<Evolution: Requirement or Optional in a Science
Course?>> Journal of the American Scientific Affiliation, Sept.,
1970, pág. 87.
2. Tinkle, W. J., Heredity (Grand Rapids: Zondervan Publishing
House, 1970), pág. 51.
3. Ibid.
4.
Grassé, P. P., La evolución de lo viviente (Madrid: H. Blume
Ediciones, 1977), pág. 20.
5.
Meléndez, B., Paleontología, tomo I (Madrid: Paraninfo, 1977),
pág. 155.
6. Ibid., pág. 156.
7. Gould, S. J., <<The Return of the Hopeful Monsters>>, Natural
History, vol. 86(6), June-July 1977, pág. 24.
8.
Gould, S. J., Natural History, vol. 86(5), May 1977, pág. 14.
9. Nilsson, H., Synthetische Artbildung (Lund: C. W. K. Gleerup
Publishers, 1954), pág. 11.
por
Dominique Tassot
Traducción del
francés:
Santiago
Escuain
© Copyright SEDIN, 1996
LA FIESTA DE LA NAVIDAD
La fiesta de Navidad fue instituida por la Iglesia en el siglo IV y es
originaria de la Iglesia latina y más propiamente de la Sede Apostólica
de Roma.
Dada la falta de certeza absoluta de la fecha
y en vistas a asestar un golpe más al paganismo que celebraba la fiesta
del Sol invicto, en honor al dios Mitra, el día 25 de diciembre
(coincidente con el solsticio de
invierno), según lo indicado por el calendario Filocaliano, la Iglesia
romana separó de la Epifanía la memoria del Nacimiento del verdadero Sol
de Justicia, Jesucristo, y la trasladó definitivamente a esa fecha que
se mantuvo a partir de entonces hasta nuestros días.
A pesar de ser una fiesta instaurada en la Iglesia latina, a fines del
siglo IV, San Juan Crisóstomo la implantó en Antioquía, y de allí pasó a
Constantinopla. A mediados del siglo V se celebraba ya en Jerusalén y
por el año 430 en Alejandría desde donde se extendió a otras Iglesias
orientales. No obstante, las Iglesias llamadas Ortodoxas, nunca
adoptaron absolutamente la fecha del 25 de diciembre, sobre todo luego del cisma del 1059 en que se separaron
de Roma.
EL PESEBRE
La tradición de representar el nacimiento del Señor se remonta entre los
cristianos al siglo XIII. Tal iniciativa se debe a San Francisco de Asís
quien para aprovechar espiritualmente mejor el misterio de la Natividad
pensó en reproducir el lugar donde había nacido el Redentor. Se cuenta
así que armó un establo llevando animales y el mismo se ubicaba en los
diversos lugares de
los personajes, la Virgen, San José, los pastores y hasta los animales,
y meditaba sobre cual sería su actitud frente a ese Niño-Dios que se
había hecho hombre para salvar a los hombres.
A partir de esto, comenzó la idea de utilizar figuras para armar la
escena del nacimiento, sobre todo en Italia y que luego pasó al resto de
Europa y a todo el mundo cristiano. Desde entonces es una costumbre que quedó
solamente entre los católicos y que los protestantes no siguieron
después de la Reforma del siglo XVI.
También, los Pesebres, tomaron sus características según las regiones,
por ejemplo los Pesebres Napolitanos, cuyos personajes están vestidos a
la usanza campesina del sur de Italia, o bien el hecho de ser objeto sus
figuras de verdaderas obras de arte como el Pesebre de tamaño real
realizado en madera tallada policromada por los artesanos de
Oberammergau, Alemania, que fuera obsequiado al Papa y que se arma todos
los años dentro de la basílica de San Pedro.
LA CANCIÓN NOCHE DE PAZ
La canción navideña mas popular: Stille Nacht (Noche de Paz), cumple
este año el 180o aniversario de su estreno. Fue cantada por primera vez
en la Misa de Nochebuena del año 1818 en la iglesia de San Nicolás de
Oberndorf, una pequeña aldea a 10 km. al norte de Salzburgo (Austria).
La creación surgió a partir de la idea de componer una canción para la
Navidad para ser ejecutada en la Iglesia del pueblo el día de la Fiesta.
El autor de la letra fue el Padre Joseph Mohr, coadjutor de la iglesia
de San Nicolás entre los años 1817 y 1819, y la música se debe al
Profesor Franz Xaver Gruber, maestro de escuela en el pueblo de Armsdorf
y organista de la iglesia de San Nicolás.
La noche del 24 de diciembre de 1818, "Noche de Paz" se interpretaba por
primera vez. El Padre Mohr canto como tenor y acompañó con guitarra,
Gruber en la voz de bajo, mientras que el coro hacia el "ritornello" de
los dos últimos versos. La partitura definitiva de Gruber data del año
1855 y fue compuesta para soprano y contralto con un "silencioso
acompañamiento de órgano". El texto autógrafo se encuentra el Museo
"Carolino Augusteum" de Salzburgo.
A fines del siglo XIX, el templo de San Nicolás sufrió un terrible
incendio dejándolo en un estado tan precario que se hizo necesario
demolerlo en 1906 por razones de seguridad.
En el mismo sitio donde se encontraba la antigua iglesia se levantó en
una pequeña capilla conmemorativa del Stille Nacht inaugurada el 15 de
agosto de 1937 para recordar el lugar en donde se cantó la célebre
canción navideña y en honor de sus autores.
EL ÁRBOL DE NAVIDAD
El árbol de Navidad, un abeto frondoso y cargado de adornos, según los
investigadores, tiene su origen en el paganismo centroeuropeo, pues
rendían culto a sus dioses en los bosques o en determinados sitios donde
se alzaba algún árbol significativo. San Bonifacio, uno de los grandes
misioneros de la evangelización de Europa, se dedicó a destruir estos
hitos paganos y entre
sus historias se cuenta que derribaba árboles cultuales.
No obstante, el árbol que recuerda el nacimiento de Jesús, entre los
pueblos germanos cristianizados, simbolizaba el árbol del Edén, pero no
ya aquel del fruto prohibido que fue el comienzo del pecado en el hombre
sino el que conmemora el Fruto de la salvación, de allí el carácter de
sus adornos y decoraciones.
El uso del árbol de Navidad, proveniente de la tradición germánica, se
comenzó a utilizar mas propiamente en el siglo XVII en la ciudad de
Estrasburgo (Francia), difundiéndose hacia el norte de Europa.
En 1841, el príncipe Alberto (1862), consorte de la reina Victoria I
(1837-1901), lo introduce en Gran Bretaña y luego pasará a los Estados
Unidos por medio de los inmigrantes ingleses que también lo llevan
al resto de los lugares a donde emigraron.
Con el correr de los años, el árbol de Navidad, como símbolo del
nacimiento del Señor, pasará también al orbe católico, y desde hace ya
mucho tiempo, en la Plaza de San Pedro en Roma, junto al Pesebre se alza
un enorme abeto decorado profusamente que es regalado todos los años al
Papa por diversas comunidades católicas de los países centroeuropeos.
PAPA NOEL
El actual Papa Noel tiene su origen en la veneración de que era objeto
San Nicolás, obispo de Mira (Turquía), cuyo culto se expandió en todo
occidente a partir del siglo X. Su historia cuenta que protegía de las
tormentas a los marinos, defendía a los jóvenes y niños, y daba regalos
a los pobres. A partir de ello quedó la tradición de los obsequios del
generoso San Nicolás.
Este santo, llamado Sankt Nikolaus en Alemania y Sanct Herr Nicholaas o
Sinter Klaas en Holanda, aparecía a veces representado con esquíes o
bien a caballo con vestimentas de obispo y acompañado por Black Peter
(El Negro Pedro), un
elfo que castigaba a los niños malos.
La fiesta de San Nicolás es celebrada por la Iglesia el día 6 de
diciembre. Después de la Reforma, los alemanes protestantes promovieron
la veneración del Christkind (Cristo Niño) considerándolo el regalo dado
a los hombres el día 25 de diciembre. Esta iniciativa no prosperó y
prevaleció la tradición de San Nicolás, pero su actividad de generoso
dador de presentes fue llevada
definitivamente al día 25 vinculándolo así con la Natividad del Señor.
Otros países, siempre relacionado con la Navidad, han adoptado y
adaptado el personaje de San Nicolás, al que dieron diversos nombres:
Pere Noeel y Father Christmas (Papa Navidad) en Francia e Inglaterra
respectivamente, y Julenisse en los países escandinavos.
La versión americana de Papa Noel proviene del Sinter Klaas de Holanda y
su aparición data del siglo XVII en Nueva York.
Los holandeses establecieron en el Nuevo Mundo algunas colonias: en la
costa Este de América del Norte, en islas del Mar de las Antillas al
Norte de Venezuela y en la Guyana al Noreste del Brasil. La colonia de
América del Norte tuvo su asentamiento a partir de 1613 y la llamaron
Nueva Holanda, extendiéndose cerca de 300 km. a lo largo del curso del
río Hudson. En 1614
fundaron un fuerte en la parte superior del río con el nombre de Orange,
y en una isla frente a la desembocadura la ciudad de Nueva Amsterdam. La
colonia pasó a manos inglesas en 1664 y el fuerte cambio su nombre por
Albany y la ciudad por Nueva York.
En 1773, Sinter Klaas apareció en un periódico, y no se sabe porque, con
el nombre "St. A Claus" y de allí derivó Santa Claus. Pero es el
escritor Washington Irving quien da un relato detallado acerca de la
versión holandesa de la leyenda de San Nicolás a través de su Historia
de Nueva York, publicada en 1809 bajo el seudónimo de Diedrich
Knickerbocker, y que describe la llegada
del santo sobre un caballo blanco, mas sin la compañía de Black Peter.
El proceso de "americanización" de Santa o Saint Nick, como también se
lo llama, continuó en 1823 con el poema A visit from Saint Nicholas (Una
visita de San Nicolás), mas conocido bajo el nombre The night before
Christmas (La noche antes de Navidad) de Clement Clarke Moore,
incorporando numerosos detalles: el trineo tirado por ocho renos
especificando sus nombres (el noveno reno, de nombre Rudolph, con una
gran nariz roja, es un agregado que data de 1939), las típicas risotadas
y saludos, las entradas por las chimeneas, etc., y con características
mas de un duende que de un santo obispo, sea por su personalidad como
por su típica vestimenta: chaqueta, pantalones y gorro rojos con vivos
de piel blanca y grandes botas negras. El dibujante Thomas Nast, realiza
una serie de diseños de este Santa Claus "americanizado" para los
números de Navidad de la revista Harper's entre los años 1860 y 1880,
añadiendo otros elementos a la leyenda como ser el hecho de tener su
taller de
regalos en el Polo Norte y el poseer un lista de niños buenos y malos de
todo el mundo. Otra versión de Santa Claus se debe a la campaña lanzada
por The Coca-Cola Company en 1931, siendo quizás la imagen más popular
que conocemos del mismo.
La
Reencarnación
Una conocida actriz, hace no mucho tiempo, declaraba en el reportaje
concedido a una revista: “Yo soy católica, pero creo en la
reencarnación. Ya averigüé que ésta es mi tercera vida. Primero fui una
princesa egipcia. Luego, una matrona del Imperio Romano. Y ahora me
reencarné en actriz”.
Resulta, en verdad, asombroso comprobar cómo cada vez es mayor el número
de los que, aún siendo católicos, aceptan la reencarnación. Una encuesta
realizada en la Argentina por la empresa Gallup reveló que el 33% de los
encuestados cree en ella. En Europa, el 40% de la población se adhiere
gustoso a esa creencia. Y en el Brasil, nada menos que el 70% de sus
habitantes son reencarnacionistas.
Por su parte, el 34% de los católicos, el 29% de los protestantes, y el
20% de los no creyentes, hoy en día la profesan.
La fe en la reencarnación, pues, constituye un fenómeno mundial. Y por
tratarse de un artículo de excelente consumo, tanto la radio como la
televisión, los diarios, las revistas, y últimamente el cine, se
encargan permanentemente de tenerlo entra sus ofertas. Pero ¿por qué
esta doctrina seduce a la gente?
Qué es la reencarnación
La reencarnación es la creencia según la cual, al morir una persona, su
alma se separa momentáneamente del cuerpo, y después de algún tiempo
toma otro cuerpo diferente para volver a nacer en la tierra. Por lo
tanto, los hombres pasarían par muchas vidas en este mundo.
¿Y por qué el alma necesita reencarnarse? Porque en una nueva existencia
debe pagar los pecados cometidos en la presente vida, o recoger el
premio de haber tenido una conducta honesta. El alma está, dicen, en
continua evolución. Y las sucesivas reencarnaciones le permite progresar
hasta alcanzar la perfección. Entonces se convierte en un espíritu puro,
ya no necesita más reencarnaciones, y se sumerge para siempre en el
infinito de la eternidad.
Esta ley ciega, que obliga a reencarnarse en un destino inevitable, es
llamada la ley del “karma” (=acto).
Para esta doctrina, el cuerpo no sería más que una túnica caduca y
descartable que el alma inmortal teje por necesidad, y que una vez
gastada deja de lado para tejer otra.
Existe una forma aún más escalofriante de reencarnacionismo, llamada
“metempsicosis”, según la cual si uno ha sido muy pecador su alma puede
llegar a reencarnarse en un animal, ¡y hasta en una planta!
Las ventajas que brinda
Quienes creen en la reencarnación piensan que ésta ofrece ventajas. En
primer lugar, nos concede una segunda (o tercera, o cuarta) oportunidad.
Sería injusto arriesgar todo nuestro futuro de una sola vez. Además,
angustiaría tener que conformarnos con una sola existencia, a veces
mayormente triste y dolorosa. La reencarnación, en cambio, permite
empezar de nuevo.
Por otra parte, el tiempo de una sola vida humana no es suficiente para
lograr la perfección necesaria. Esta exige un largo aprendizaje, que se
va adquiriendo poco a poco. Ni los mejores hombres se encuentran, al
momento de morir, en tal estado de perfección. La reencarnación, en
cambio, permite alcanzar esa perfección en otros cuerpos.
Finalmente, la reencarnación ayuda a explicar ciertos hechos
incomprensibles, como por ejemplo que algunas personas sean más
inteligentes que otras, que el dolor esté tan desigualmente repartido
entre los hombres, las simpatías o antipatías entre las personas, que
algunos matrimonios sean desdichados, o la muerte precoz de los niños.
Todo esto se entiende mejor si ellos están pagando deudas o cosechando
méritos de vidas anteriores.
Cuando aún no existía
La reencarnación, pues, es una doctrina seductora y atrapante, porque
pretende “resolver” cuestiones intrincadas de la vida humana. Además,
porque resulta apasionante para la curiosidad del común de la gente
descubrir qué personaje famoso fue uno mismo en la antigüedad. Esta
expectativa ayuda, de algún modo, a olvidar nuestra vida intrascendente,
y a evadirnos de la existencia gris y rutinaria en la que estamos a
veces sumergidos. Pero ¿cómo nació la creencia en la reencarnación?
Las más antiguas civilizaciones que existieron, como la sumeria,
egipcia, china y persa, no la conocieron. El enorme esfuerzo que
dedicaron a la edificación de pirámides, tumbas y demás construcciones
funerarias, demuestra que creían en una sola existencia terrestre. Si
hubieran pensado que el difunto volvería a reencarnarse en otro, no
habrían hecho el colosal derroche de templos y otros objetos decorativos
con que lo preparaban para su vida en el más allá.
Por qué apareció
La primera vez que aparece la idea de la reencarnación es en la India,
en el siglo VII a.C. Aquellos hombres primitivos, muy ligados aún a la
mentalidad agrícola, veían que todas las cosas en la naturaleza, luego
de cumplir su ciclo, retornaban. Así, el sol salía par la mañana, se
ponía en la tarde, y luego volvía a salir. La luna llena decrecía, pero
regresaba siempre a su plena redondez. Las estrellas repetían las mismas
fases y etapas cada año. Las estaciones del verano y el invierno se iban
y volvían puntualmente. Los campos, las flores, las inundaciones, todo
tenía un movimiento circular, de eterno retorno. La vida entera parecía
hecha de ciclos que se repetían eternamente.
Esta constatación llevó a pensar que también el hombre, al morir, debía
otra vez regresar a la tierra. Pero como veían que el cuerpo del difundo
se descomponía, imaginaron que era el alma la que volvía a tomar un
nuevo cuerpo para seguir viviendo.
Con el tiempo, aprovecharon esta creencia para aclarar también ciertas
cuestiones vitales (como las desigualdades humanas, antes mencionadas),
que de otro modo les resultaban inexplicables para la incipiente y
precaria mentalidad de aquella época.
Cuando apareció el Budismo en la India, en el siglo V a.C., adoptó la
creencia en la reencarnación. Y por él se extendió en la China, Japón,
el Tíbet, y más tarde en Grecia y Roma. Y así, penetró también en otras
religiones, que la asumieron entre los elementos básicos de su fe.
Ya Job no lo creía
Pero los judíos jamás quisieron aceptar la idea de una reencarnación, y
en sus escritos la rechazaron absolutamente. Por ejemplo, el Salmo 39,
que es una meditación sobre la brevedad de la vida, dice: “Señor, no me
mires con enojo, para que pueda alegrarme, antes de que me vaya y ya no
exista más” (v.14).
También el patriarca Job, en medio de su terrible enfermedad, le suplica a
Dios, a quien creía culpable de su sufrimiento: “Apártate de mí. Así
podré sonreír un poco, antes de que me vaya para no volver, a la región
de las tinieblas y de las sombras” (10:21-22).
Tampoco el rey David
La creencia de que nacemos una sola vez, aparece igualmente en dos
episodios de la vida del rey David. El primero, cuando una mujer, en una
audiencia concedida, le hace reflexionar: “Todos tenemos que morir, y
seremos como agua derramada que ya no puede recogerse” (2 Sm 14:14).
El segundo, cuando al morir el hijo del monarca exclama: “Mientras el
niño vivía, yo ayunaba y lloraba. Pero ahora que está muerto ¿para qué
voy a ayunar? ¿Acaso podré hacerlo volver? Yo iré hacia él, pero él no
volverá hacia mí” (2 Sm 12:22.23).
Vemos, entonces, que en el Antiguo Testamento, y aún cuando no se
conocía la idea de la resurrección, ya se sabía al menos que de la
muerte no se vuelve nunca más a la tierra.
La irrupción de la novedad
Pero fue en el año 200 a. C. cuando se iluminó para siempre el tema del
más allá. En esa época entró en el pueblo judío la fe en la
resurrección, y quedó definitivamente descartada la posibilidad de la
reencarnación.
Según esta novedosa creencia, al morir una persona, recupera la vida
inmediatamente. Pero no en la tierra, sino en otra dimensión llamada “la
eternidad”. Y comienza a vivir una vida distinta, sin límites de tiempo
ni espacio. Una vida que ya no puede morir más. Es la denominada Vida
Eterna.
Esta enseñanza aparece por primera vez, en la Biblia, en el libro de
Daniel. Allí, un ángel le revela este gran secreto: “La multitud de los
que duermen en la tumba se despertarán, unos para la vida eterna, y
otros para la vergüenza y el horror eterno” (12:2). Por lo tanto, queda
claro que el paso que sigue inmediatamente a la muerte es la Vida
Eterna, la cual será dichosa para los buenos y dolorosa para los
pecadores. Pero será eterna.
Para el Antiguo Testamento, pues, resulta imposible volver a la vida
terrena después de morir. Por más breve y dolorosa que haya sido la
existencia humana, luego de la muerte comienza la resurrección.
Ahora lo dice Jesús
Jesucristo, con su autoridad de Hijo de Dios, confirmó oficialmente esta
doctrina. Con la historia del rico y Lázaro (Lc 16:19-31), contó cómo al
morir un pobre mendigo llamado Lázaro los ángeles lo llevaron
inmediatamente al cielo. Por aquellos días murió también un hombre rico
e insensible, y fue llevado al infierno para ser atormentado por el
fuego de las llamas.
No dijo Jesús que a este hombre rico le correspondiera reencarnarse para
purgar sus numerosos pecados en la tierra. Al contrario, la parábola
explica que por haber utilizado injustamente los muchos bienes que había
recibido en la tierra, debía “ahora” (es decir, en el más allá, en la
vida eterna, y no en la tierra) pagar sus culpas (v.25). El rico,
desesperado, suplica que le permitan a Lázaro volver a la tierra (o sea,
que se reencarne) porque tiene cinco hermanos tan pecadores como él, a
fin de advertirles lo que les espera si no cambian de vida (v.27.28).
Pero le contestan que no es posible, porque entre este mundo y el otro
hay un abismo que nadie puede atravesar (v.26).
La angustia del rico condenado le viene, justamente, al confirmar que
sus hermanos también tienen una sola vida para vivir, una única
posibilidad, una única oportunidad para darle sentido a la existencia.
La suerte del ladrón
Cuando Jesús moría en la cruz, cuenta el Evangelio que uno de los
ladrones crucificado a su lado le pidió: “Jesús, acuérdate de mí cuando
vayas a tu reino”. Si Jesús hubiera admitido la posibilidad de la
reencarnación, tendría que haberle dicho: “Ten paciencia, tus crímenes
son muchos; debes pasar por varias reencarnaciones hasta purificarte
completamente”. Pero su respuesta fue: “Te aseguro que hoy estarás
conmigo en el Paraíso” (Lc 23:43).
Si “hoy” iba a estar en el Paraíso, es porque nunca más podía volver a
nacer en este mundo. San Pablo también rechaza la reencarnación. En
efecto, al escribir a los filipenses les dice: “Me siento apremiado por
los dos lados. Por una parte, quisiera morir para estar ya con Cristo.
Pero por otra, es más necesario para ustedes que yo me quede aún en este
mundo” (Fil. 1:23-24). Si hubiera creído posible la reencarnación,
inútiles habrían sido sus deseos de morir, ya que volvería a encontrarse
con la frustración de una nueva vida terrenal.
Una total incoherencia
Y explicando a los corintios lo que sucede el día de nuestra muerte, les
dice: “En la resurrección de los muertos, se entierra un cuerpo
corruptible y resucita uno incorruptible, se entierra un cuerpo
humillado y resucita uno glorioso, se entierra un cuerpo débil y
resucita uno fuerte, se entierra un cuerpo material y resucita uno
espiritual (1 Cor 15:42-44).
¿Puede, entonces, un cristiano creer en la reencarnación? Queda claro
que no. La idea de tomar otro cuerpo y regresar a la tierra después de
la muerte es absolutamente incompatible con las enseñanzas de la Biblia.
La afirmación bíblica más contundente y lapidaria de que la
reencarnación es insostenible, la trae la carta a los Hebreos: “Está
establecido que los hombres mueren una sola vez, y después viene el
juicio” (9:27).
Invitación a la irresponsabilidad
Pero no sólo las Sagradas Escrituras impiden creer en la reencarnación,
sino también el sentido común. En efecto, que ella explique las
simpatías y antipatías entre las personas, los desentendimientos de los
matrimonios, las desigualdades en la inteligencia de la gente, o las
muertes precoces, ya no es aceptado seriamente por nadie. La moderna
psicología ha ayudado a aclarar, de manera científica y concluyente, el
porqué de éstas y otras manifestaciones extrañas de la personalidad
humana, sin imponer a nadie la creencia en la reencarnación.
La reencarnación, por lo tanto, es una doctrina estéril, incompatible
con la fe cristiana, propia de una mentalidad primitiva, destructora de
la esperanza en la otra vida, inútil para dar respuestas a los enigmas
de la vida, y lo que es peor, peligrosa por ser una invitación a la
irresponsabilidad. En efecto, si uno cree que va a tener varias vidas
más, además de ésta, no se hará mucho problema sobre la vida presente,
ni pondrá gran empeño en lo que hace, ni le importará demasiado su
obrar. Total, siempre pensará que le aguardan otras reencarnaciones para
mejorar la desidia de ésta.
Solamente una vez
Pero si uno sabe que el milagro de existir no se repetirá, que tiene
sólo esta vida para cumplir sus sueños, sólo estos años para realizarse,
sólo estos días y estas noches para ser feliz con las personas que ama,
entonces se cuidará muy bien de maltratar el tiempo, de perderlo en
trivialidades, de desperdiciar las oportunidades. Vivirá cada minuto con
intensidad, pondrá lo mejor de sí en cada encuentro, y no permitirá que
se le escape ninguna coyuntura que la vida le ofrezca. Sabe que no
retornarán.
El hombre, a lo largo de su vida, trabaja un promedio de 136.000 horas;
duerme otras 210.000; come 3.360 kilos de pan, 24.360 huevos y 8.900
kilos de verdura; usa 507 tubos de dentífrico; se somete a 3
intervenciones quirúrgicas; se afeita 18.250 veces; se lava las manos
otras 89.000; se suena la nariz 14.080 veces; se anuda la corbata en
52.000 oportunidades, y respira unos 500 millones de veces.
Pero absolutamente todo hombre, creyente o no, muere una vez y sólo una
vez. Antes de que caiga el telón de la vida, Dios nos regala el único
tiempo que tendremos, para llenarlo con las mejores obras de amor de
cada día.

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