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La ciencia encuentra a Dios
Por: Ariel A.
Roth
Los
dignatarios de la intelectualidad mundial quedaron
conmocionados. ¡No era posible que fuera verdad lo que habían
oído! El 9 de diciembre de 2004, la Associated Press trajo la
primicia: el renombrado filósofo británico Antony Flew, que
venía encabezando la causa del ateísmo por más de medio siglo,
había cambiado de idea y decidido que tiene que haber un Dios.
Esta noticia impactante se difundió por todo el mundo. Flew
había asumido una postura contraria al comportamiento
secularizado predominante en la mayoría de los círculos
académicos.
El vuelco
dramático en la posición de Flew, que había ocurrido el año
anterior, no se debía a que se hubiera convertido a alguna de
las religiones tradicionales. Flew cree sólo en un Dios que tuvo
que originar lo que observamos en el universo, no en el Dios que
se haya revelado, por ejemplo, mediante la Biblia. Sin embargo,
sus comentarios parecen abiertos a la posibilidad de que Dios
pudiera revelarse de esa manera.
Antony Flew es
famoso. Ha escrito dos docenas de libros sobre filosofía y se lo
había llamado el filósofo ateo más influyente. ¿Por qué este
pensador se contradecía ahora y declaraba que tiene que haber un
Dios? La respuesta es sencilla: debido a los datos que examina
la ciencia. La ciencia que ahora descarta a Dios como
explicación del mundo natural está encontrando evidencias cada
vez más convincentes sobre la existencia de Dios. En una
entrevista,1 Flew declaró:
“Pienso que los argumentos más impresionantes en favor de la
existencia de Dios son los que se apoyan en los descubrimientos
científicos recientes”. De especial interés para Flew es el
modelo del “Big Bang” para explicar el origen del universo y la
precisión que necesitan las fuerzas identificadas por la física
para hacer que exista la materia.
También lo
impresionan los hallazgos en el mundo biológico. La vida es muy
compleja, y Flew se refiere especialmente al “poder reproductivo
de los seres vivientes”, para el cual los evolucionistas no
tienen explicación. Comenta además que “ahora me parece que los
hallazgos de más de cincuenta años de investigación en el ADN
nos proporcionan un argumento renovado y enormemente poderoso en
favor de un diseño”. Con esto último, da a entender que existen
evidencias de un Diseñador, a saber, Dios. Flew estuvo dispuesto
a abandonar la filosofía mecanicista (anti-sobrenaturalista)
—que es predominante pero restrictiva, porque excluye a Dios— y
prestar atención a los datos provenientes del mundo natural, que
indican la necesidad de un Dios. En las propias palabras de Flew,
tuvo que “ir hacia donde conducía la evidencia”.
Un universo bien
afinado
Muchos datos
indican que el universo tenía que ser exactamente tal como es;
de lo contrario su existencia, y especialmente la vida que
contiene, no sería posible. El cosmólogo Hugh Ross enumera 45
características físicas del universo que tienen que estar bien a
punto.2 Nuestro fiel Sol
constituye un buen ejemplo. Sin él la vida sobre la tierra no
sería posible, porque su superficie estaría insoportablemente
helada. Necesitamos la luz solar para que las plantas tengan la
energía que mantiene la vida a través de la cadena de
alimentación. El Sol provee energía fusionando hidrógeno para
producir helio. Este complejo proceso que libera energía es el
mismo del de una explosión de bomba H, de modo que podemos
considerar al Sol como una bomba de hidrógeno cuya explosión es
cuidadosamente controlada. No prestamos mayor atención al Sol y
raras veces apreciamos su fidelidad al hacer posible día tras
día la vida, lo que ha estado haciendo con regularidad durante
un tiempo muy largo. No hay mucho margen para variación en lo
que encontramos. Por ejemplo, si la Tierra estuviera sólo un 5%
más cerca o nada más que un 1% más lejos del Sol de lo que está,
toda la vida del planeta sería eliminada.3
La medida exacta
de las cuatro fuerzas básicas de la física es uno de los
argumentos científicos más fuertes en favor de la existencia de
Dios. ¿Cómo podrían estas fuerzas tener los valores exactos que
tienen, y los precisos campos de acción en los que se ejercen,
sólo por casualidad? Una Mente maestra parece necesaria para
planear todo esto. Las cuatro fuerzas básicas son la atracción
nuclear fuerte, la débil, la fuerza electromagnética y la
gravedad. Algunas, tales como la atracción nuclear fuerte, son
muy poderosas, pero afortunadamente actúan sólo dentro del
núcleo de los átomos, o de lo contrario todo en el universo se
conglomeraría. Otras, por el contrario, tales como la gravedad,
son muy débiles, pero actúan a distancias enormes, manteniendo
el sistema solar y las galaxias en equilibrio.
Los cálculos y
experimentos indican que un cambio de unos pocos puntos de
porcentaje en la constante básica de cualquiera de estas fuerzas
causaría la destrucción del universo entero. Además, la relación
entre algunas de estas fuerzas tiene que ser extraordinariamente
precisa. Refiriéndose a la gravedad y la fuerza
electromagnética, el físico Paul Davies comenta: “Los cálculos
muestran que los cambios en la intensidad de cualquiera de estas
dos fuerzas en sólo una parte en 1040
implicaría un desastre para estrellas tales como el sol”.4
Esto significa que uno necesita una precisión equivalente a una
parte entre
10.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000. Tal
precisión indica que el azar es extraordinariamente improbable,
y se desvanece en la insignificancia cuando se combina con otras
improbabilidades también presentes. Matemáticamente, cuando se
combinan improbabilidades hay que multiplicarlas, lo que conduce
a cifras extremadamente improbables para los hallazgos de la
ciencia.
El físico
matemático Roger Penrose, de la Universidad de Oxford, hizo
estos cálculos y encontró que la precisión necesaria para la
existencia del universo toleraba sólo una desviación de una
parte entre un número escrito con un 1 seguido de 10123
ceros.5 Esta es una
probabilidad extremadamente baja. Si uno trata de representar
este número colocando, después del 1, un cero en cada átomo del
universo, se le acabarían los átomos muy pronto.
¿Cómo se originó
la vida?
El problema más
desconcertante que enfrenta la evolución es el origen de la
vida. Tras un siglo de buscar y proponer diferentes escenarios
todavía no ha surgido un modelo plausible. Este problema es hoy
mucho más agudo que hace algunas décadas, porque estamos
descubriendo dentro de los seres vivos más sistemas que son
complejos y que no funcionan a menos que varias otras partes
estén presentes. Un investigador ha propuesto llamar complejidad
irreductible a esta realidad,6
que constituye un serio obstáculo para un proceso evolutivo
gradual, porque no tiene valor evolutivo de supervivencia hasta
que todas la partes necesarias estén presentes. Ocurre que la
mayor parte de los sistemas biológicos son de este tipo, lo que
pareciera indicar que Dios es un factor esencial para el origen
de cualquier tipo de vida.
La forma más
simple de vida independiente que conocemos hoy es un pequeño
microbio llamado mycoplasma. Los virus, que son mucho más
simples, no reúnen condiciones para representar la primera forma
de vida que evolucionó en la tierra porque no pueden
reproducirse por sí mismos, sino que son reproducidos por las
células en las que se introducen. Pero el pequeño mycoplasma no
es tan simple; de hecho, es increíblemente complejo. Su ADN
contiene más de medio millón de segmentos de información que, a
través del código genético, dictan la fórmula de 500 moléculas
de proteína diferentes que realizan una multitud de funciones
químicas específicas en el microbio.
La producción de
sólo un tipo de proteína con la configuración necesaria para la
función apropiada es algo increíblemente complejo y difícil. A
menudo están implicados centenares de aminoácidos vinculados
unos con otros, y no hay mucho margen de variación si se quiere
que la proteína funcione correctamente. El biólogo molecular
Herbert Yockey, de la Universidad de California en Berkeley, ha
estimado cuánto tiempo llevaría producir una clase específica de
proteína en la tierra antes de la aparición de la vida. Asume
que esto podría ocurrir en cualquiera de los océanos de la
tierra, y también asume que estos océanos ya estarían bien
provistos de los aminoácidos. Sus cálculos indican que llevaría
1023 años producir una proteína determinada. Para decirlo de
otro modo, los cinco mil millones de años que los geólogos
asignan a la tierra son sólo una diez billonésima parte (una
parte en diez millones de millones) del tiempo necesario para
que se produjera así una molécula determinada de proteína.
Ahora bien, para
que haya vida se necesitan muchos tipos diferentes de moléculas
de proteína específicas, todas juntas al mismo tiempo en el
mismo punto. Las moléculas de proteína son delicadas, así que
para cuando uno podría esperar que aparezca un segundo tipo de
proteína, el primer tipo se habría desintegrado ya mucho tiempo
antes, lo que hace que el origen espontáneo de la vida sea
prácticamente imposible. Pero las proteínas son sólo el primero
de los problemas para que la vida evolucione por sí misma. El
ADN es mucho más complejo que las proteínas, y en las células
hace falta ADN para producir proteínas, ¡y proteínas para
producir ADN! Para que haya vida se necesitan ambos, y hacer que
cualquiera de ellos surja por evolución no nos dará el valor de
supervivencia que es necesario para que el proceso evolutivo
tenga éxito. Se necesitan también muchas otras moléculas tales
como lípidos y carbohidratos, además de diversas estructuras
especializadas que se encuentran en las células vivas. ¿Cómo se
produce un código genético complejo mediante cambios evolutivos
al azar? El código es por sí mismo inútil hasta que el ADN que
lo dicta y las moléculas especializadas que lo leen hablen el
mismo lenguaje.
Aunque uno
pudiera hacer surgir por evolución la primerísima vida en la
tierra, tal organismo desaparecería a menos de que pudiera
reproducirse. La reproducción es una de las características
cardinales de los organismos vivientes, pero es increíblemente
compleja. En la reproducción uno tiene que duplicar todas las
partes de la célula o de lo contrario el nuevo organismo no
podrá sobrevivir. A veces el proceso es bastante sofisticado.
Por ejemplo, cuando se hacen copias del ADN para una nueva
célula u organismo, pueden ocurrir errores al copiarse la
información. Estos errores son lo suficientemente comunes como
para que la vida no sea posible a no ser por un sistema de
corrección de copias. En la célula hay un juego de proteínas que
controla el nuevo ADN que se ha producido, y si se ha deslizado
un error de copia, se lo elimina y reemplaza con la versión
correcta. En los organismos avanzados la complejidad es todavía
más abundante. Hay que tener en cuenta órganos como el ojo, con
su complicado sistema de acomodación, y el cerebro, con sus 100
billones (millones de millones) de conexiones. A lo largo de
todo el proceso evolutivo, se necesitan muchos miles de nuevos
tipos de proteínas. Pero al presente, los miles de millones de
años que se proponen para la evolución resultan demasiado cortos
para producir siquiera una molécula específica de proteína. Dios
parece, entonces, absolutamente indispensable.
Una paradoja
En vista de tal
evidencia abrumadora en favor de la necesidad de un Dios, ¿cómo
es que los investigadores no lo están proclamando? En un bando,
encontramos a un buen número de científicos tratando
fervientemente de demostrar cómo la vida pudo haber surgido por
sí misma. Algunos aseveran que todo este afinamiento preciso que
se observa en el universo es simplemente un caso de buena suerte
repetido varias veces. En otro grupo, hay muchos científicos que
creen en Dios, pero mantienen silencio cuando se discute la
cuestión de su existencia. Como resultado, se excluye a Dios de
los periódicos científicos y los libros de texto de ciencia. Tal
como se la practica en la actualidad, la ciencia es una extraña
combinación de la búsqueda de verdad en la naturaleza, por un
lado, con una filosofía secular que excluye a Dios, por otro. La
comunidad científica de hoy está tan comprometida con el
materialismo (mecanicismo o anti-sobrenaturalismo) que se
considera anticientífico incluir a Dios como factor explicativo
en asuntos científicos. Esto contradice la imagen usual de la
ciencia como una búsqueda abierta de la verdad que sigue los
datos del mundo natural dondequiera que nos lleven. Este fuerte
secularismo de la ciencia existe a pesar de que el 40% de los
científicos de los Estados Unidos cree en un Dios que contesta
sus oraciones, frente al 45% que no cree tal cosa, y otro 15%
que no está seguro.7 Pareciera,
por lo tanto, que lo que los investigadores creen y lo que
publican cuando asumen la pose del científico puede ser muy
diferente.
En el pasado, la
ciencia no era una filosofía secularista. Algunos de los
científicos más importantes de todos los tiempos, como Sir Isaac
Newton, incluian a Dios en sus explicaciones sobre la
naturaleza. Otros científicos de primer orden que ayudaron a
establecer los fundamentos de la ciencia moderna, tales como
Kepler, Boyle, Galileo, Lineo y Pascal, creían en un Dios activo
en la naturaleza, y ocasionalmente se referían a Dios en sus
escritos científicos. No veían conflicto entre la existencia de
Dios y sus descubrimientos porque creían que él había
establecido las leyes y la regularidad de la naturaleza que
hacen posibles los estudios científicos. Ahora, por el
contrario, se da por sentado que hay que tratar de demostrar
todo en forma materialista sin tomar en cuenta la existencia de
Dios.
Es necesario
recordar que, a través de los siglos, los esquemas mentales han
cambiado dramáticamente. Las prioridades intelectuales de la
antigüedad diferían de las de la edad media, y estas últimas de
las de nuestra actual edad científica. Podemos esperar cambios
fundamentales en el futuro. Una de las cosas más importantes que
podemos aprender en esta edad científica es que hay buena
ciencia y mala ciencia. Descubrir la intensidad de las fuerzas
de la física es buena ciencia. Describir el fósil Archaeoraptor
como intermediario evolutivo entre los dinosaurios y las aves es
mala ciencia. El fósil resultó ser un collage de partes
diversas. Un coleccionista de fósiles había unido tan
habilidosamente la cola de un dinosaurio al cuerpo de un pájaro
que logró engañar a buen número de científicos que estaban
ansiosos por demostrar que las aves surgieron por evolución de
los dinosaurios.8 Es importante
aprender y practicar la buena ciencia, pero no queremos que nos
engañe la mala ciencia.
¿Cómo podemos
distinguir la buena ciencia de la mala? Desafortunadamente, no
siempre se puede confiar en lo que dicen los científicos. Por
ejemplo, si el estudio de la naturaleza revela que un Dios
inteligente parece indispensable para explicar las complejidades
que se encuentran, algunos investigadores pueden ceder al
comportamiento social secularizado y a las presiones sociales de
sus colegas para no dar a conocer estos hechos. Tal
tendenciosidad requiere que hurguemos más profundamente en las
cuestiones para tratar de encontrar qué es lo que realmente está
pasando. Esto puede ser laborioso y muchos no tienen el tiempo
necesario, pero por lo menos pueden ejercer cautela en cuanto a
aceptar los pronunciamientos de los científicos. Cuando se tiene
la oportunidad de estudiar un tópico en profundidad, conviene
tener en cuenta algunas de las características de una conclusión
científica sólida: (1) concuerda con toda la información
disponible; (2) puede ser sometida a prueba, especialmente con
experimentos repetibles, y puede ser descartada por los
resultados; (3) es capaz de predecir resultados no conocidos
todavía; y (4) no tiene un fin meramente polémico. Muchos
investigadores no se dan cuenta de cuán difícil es demostrar un
hecho científico, y desafortunadamente mucho de lo que se
publica en el campo de las ciencias es especulativo.
Conclusión
En suma, la
precisión que se observa en el universo y la complejidad
manifiesta en los seres vivos indican la necesidad de la
existencia de un Dios Creador. Esto es lo que convenció a Antony
Flew. Dios parece indispensable para explicar lo que ha hallado
la ciencia. Las observaciones sobre las fuerzas de la física,
las proteínas y el ADN son todas repetibles y por tanto
suministran evidencias de alto nivel científico en favor de
Dios. Desafortunadamente, la ideología secularista de la ciencia
contemporánea es tan fuerte que la idea de un Diseñador es en
general rechazada hoy por la comunidad científica. Este rechazo
se basa en factores personales y sociales, y no en datos
científicos.
Ariel A. Roth (Ph.D.,
University of Michigan) es el ex-director del Instituto de
Investigación en Geociencia y director del periódico
Origins.
Ha publicado más de 150 artículos en periódicos científicos y de
interés general. Su libro reciente, Origins: Linking
Science and Scripture ha
sido traducido a 13 idiomas. Ahora jubilado, continúa
investigando, dando clases y publicando. Su email: arielroth@verizon.net.
REFERENCIAS
1. Gary Habermas y A. Flew,
“My Pilgrimage from Atheism to Theism: A Discussion Between
Antony Flew and Gary Habermas”, Pholosophia Christi 6
(2004) 2:197-211.
2. H. Ross, “Big Bang Model
Refined by Fire”, en W. A. Dembski, ed.,
Mere Creation: Science, Faith and Intelligent Design
(Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1998), pp.
363-384.
3. H. M. Hart, “Habitable
Zones About Main Sequence Stars”, Icarus 37 (1979):
351-357.
4. P. Davies, Superforce
(New York: Simon and Schuster, 1984), p. 242.
5. R. Penrose, The
Emperor’s New Mind (Oxford: Oxford University Press, 1989),
p. 344.
6. M. J. Behe, Darwin’s
Black Box: The Biochemical Challenge to Evolution (New
York: Touchstone, 1996).
7. E. J. Larson y L. William,
“Scientists Are Still Keeping the Faith”, Nature 386
(1997): 435-436.
Una encuesta
posterior de la National Academy of Science muestra una
proporción más baja de creencia en Dios entre el grupo muy
pequeño de científicos prominentes.
8. Ver, por ejemplo, T. Rowe,
“The Archaeoraptor forgery”,
Nature 410 (2001): 539, 540.
Dios y la ciencia. Jean Guitton
dialoga con los científicos
Mariano Artigas
Publicado en Nuestro Tiempo, nº 468, junio 1993, pp. 80-87.
En un libro
reciente que ya ha sido publicado en castellano1,
Jean Guitton, de la Academia francesa, argumenta que los logros
de la ciencia actual llevan hacia Dios. El profesor Mariano
Artigas analiza las sugerencias de Guitton, que se basan en
ideas ampliamente discutidas por científicos y filósofos en la
actualidad.
Desde la
antigüedad más remota hasta nuestros días, los pensadores han
estudiado la posibilidad de tender puentes entre el mundo
visible y el invisible. Siempre han existido dos grandes
bloques: unos niegan que existan tales puentes y sostienen
posiciones que van desde el materialismo hasta el agnosticismo,
y otros afirman que los puentes existen y son transitables. En
la época moderna, estas discusiones se encuentran frecuentemente
relacionadas con el progreso de las ciencias.
El prestigioso
pensador francés Jean Guitton pertenece al segundo bloque, el de
quienes afirman la existencia de puentes, y pretende fundamentar
sus razonamientos en los conocimientos científicos actuales. En
su reciente libroDios y la ciencia mantiene un amplio
diálogo con dos astrofísicos, los hermanos Igor y Grichka
Bogdanov, que comparten las ideas de Guitton y les prestan la
base científica.
El problema del
puente
No son pocos
quienes, en nuestros días, afirman que existen puentes entre la
ciencia y la religión. Sin embargo, no todos los puentes son
sólidos y ni siquiera llevan siempre al mismo lugar. Por
ejemplo, Paul Davies escribía en 1983 que en la actualidad la
ciencia proporciona un camino más seguro para llegar a Dios que
el ofrecido por la religión tradicional, pero el puente de
Davies conducía, en aquellas fechas, a una especie de panteísmo
en el que se venían a identificar el universo y la divinidad en
una mezcla incoherente y explosiva. Davies admite en la
actualidad que el puente puede llevar a un Dios personal. Son
abundantes las publicaciones en las que científicos, filósofos y
teólogos tratan estas cuestiones con éxito desigual.
El puente de
Guitton está diseñado para conducir hasta un Dios personal
creador. Esta construido sobre pilares firmes: sobre la
convicción de que el progreso científico manifiesta la
existencia de un orden muy notable, y el orden del universo
remite a un Creador inteligente. Lo que resulta problemático es
el rigor de las argumentaciones, el paso de la física a la
metafísica, o sea, el puente mismo.
En la
contraportada del libro se dice que en la actualidad , la
ciencia plantea cuestiones que, hasta una fecha reciente,
pertenecían a la teología o a la metafísica, y se añade que
esto es unaevidencia. Es lo mismo que en los últimos años
viene repitiendo Stephen Hawking. Las respuestas de Hawking y
Guitton son muy diferentes, incluso opuestas, pero en ambos
casos se tiene la sensación de que se lleva a la ciencia
demasiado lejos, haciéndole decir cosas que realmente no está en
condiciones de afirmar.
En efecto, como
todo mortal, el científico se plantea problemas metafísicos, que
a veces le vienen sugeridos por su trabajo, sobre todo si
estudia el origen del universo, de la vida o del hombre. Pero no
está claro que esos problemas pertenezcan a la propia ciencia.
El motivo es que cada disciplina científica adopta puntos de
vista particulares y los interrogantes metafísicos, en cambio,
se dirigen a las cuestiones más radicales de la existencia; por
tanto, exigen un tratamiento especial que supera las
posibilidades del método científico. Cuando no se distinguen
suficientemente las dos perspectivas, el puente se queda a medio
hacer; en consecuencia, el transeunte que no se detenga caerá en
el vacío. En el libro de Guitton, los tres autores exponen
reflexiones interesantes, pero en más de una ocasión da la
impresión de que pueden caer en el vacío: a veces, porque hacen
decir a la ciencia cosas que no está en condiciones de decir, y
en otros casos, porque aventuran explicaciones cuya coherencia
es dudosa.
El origen del
universo
En el primer
capítulo se plantea el problema de la creación, a raíz de las
explicaciones cosmológicas centradas en la Gran Explosión
acaecida hace unos 15.000 millones de años. Casi todo el diálogo
consiste en una divulgación de las teorías científicas
generalmente aceptadas en la actualidad. De pronto, Guitton dice
que ese panorama le hace experimentar un vértigo de irrealidad,
como si al aproximarnos al comienzo del universo el tiempo se
dilatase hasta llegar a ser infinito, y añade la siguiente
reflexión: "¿no es preciso ver en este fenómeno una
interpretación científica de la eternidad divina? Un Dios que no
ha tenido comienzo y que no tendrá fin no está forzosamente
fuera del tiempo, como a menudo se lo ha descrito: él es el
tiempo mismo, a la vez cuantificable e infinito, un tiempo
donde un solo segundo contiene la eternidad entera. Yo creo
precisamente que un ser trascendente accede a una dimensión a la
vez absoluta y relativa del tiempo: incluso me parece que esto
es una condición indispensable para la creación".
El problema al
que alude Guitton es importante, ya que se refiere a la relación
entre nuestro mundo, inmerso en el tiempo, y la acción de Dios
que está por encima del tiempo. Pero su reflexión no resulta muy
clarificadora. ¿Cómo es posible que Dios sea el tiempo mismo, a
la vez sujeto a medida (cuantificable) y eterno?, ¿es posible
afirmar que Dios es el creador del mundo, como sin duda lo
afirma Guitton, añadiendo a la vez que Dios no está fuera del
tiempo?
Es importante
advertir además que la cosmología científica, en su propio
terreno, nada tiene que ver con el vértigo que lleva a Guitton a
pensar en una dilatación del tiempo que, cuando se aproxima a la
Gran Explosión, se dilataría hasta el infinito. Incluso es
posible que la Gran Explosión nada tenga que ver con la creación
del universo. En todo el capítulo, tanto Guitton como sus
interlocutores pasan por alto esta posibilidad que, sin embargo,
resulta crucial.
Ciencia y
creación
Por el momento,
poco sabemos acerca del origen de la Gran Explosión. Pudiera ser
que coincidiera con la creación, pero la ciencia no puede
asegurar que así sea. Más aún: nunca lo podrá asegurar. En el
terreno de la física, siempre cabrá formular hipótesis sobre
posibles estados anteriores del universo; desde luego, si
realmente no han existido, no se conseguirá probar su
existencia: pero siempre será posible pensar que quizá hayan
existido y que, simplemente, no disponemos de teorías bien
comprobadas acerca de ellos.
En resumen, la
física no puededemostrar que un suceso concreto ha sido
el origen absoluto del universo, o sea, la creación. Podemos
concluir, mediante razonamientos filosóficos de otro tipo, que
debe haber existido la creación, pero no podemos probar que haya
tenido lugar en un momento que podamos fechar.
En el curso de
sus reflexiones, Guitton cita a John Archibald Wheeler y a David
Bohm. Se trata de dos físicos importantes que se han adentrado
en especulaciones filosóficas tan discutibles como las que el
propio Guitton aventura cuando añade que, en el comienzo de la
Gran Explosión, pudo haber "una forma de energía primordial, de
una potencia ilimitada. Creo que antes de la Creación reina una
duración infinita. Un Tiempo Total, inagotable, que todavía no
ha sido abierto o partido en pasado, presente y porvenir.
A ese tiempo que todavía no ha sido separado en un orden
simétrico cuyo presente no sería sino el doble reflejado, a ese
tiempo absoluto que no transcurre, corresponde la misma
energía, total, inagotable. El océano de energía ilimitada, eso
es el Creador. Si no podemos comprender lo que ocurre detrás del
Muro, es porque todas las leyes de la física pierden pie ante el
misterio absoluto de Dios y de la Creación".
El valor de las
metáforas
Estas
reflexiones resultan sugerentes, pero sólo tienen valor como
metáforas que no pueden interpretarse al pie de la letra.
Hablar de Dios comoduración infinita, tiempo total
oenergía primordial resulta más bien confuso, porque en
Dios no hay duración, tiempo ni energía, y la eternidad divina
no se despliega en el tiempo.
El lenguaje
metafórico es legítimo. Nuestro lenguaje está lleno de
metáforas, que se utilizan para explicar de modo figurado algo
difícil de expresar, recurriendo a comparaciones con lo que nos
es más familiar. Pero Guitton las utiliza en un sentido bastante
fuerte, estableciendo una cierta continuidad entre lo que sucede
en la naturaleza y lo que podemos decir acerca de Dios, como si
la duración, el tiempo y la energía de que habla la ciencia
fuesen una prolongación, a escala limitada, de lo que sucede en
Dios mismo.
Está fuera de
dudas que Guitton admite la trascendencia divina. Lo afirma
expresamente al final del libro, a modo de conclusión. Lo que no
está claro es el valor de sus metáforas, que además se apoyan en
unos hechos que se dan como definitivamente adquiridos por la
ciencia cuando, en realidad, caen fuera de su competencia.
Guitton da por supuesto que el modelo de la Gran Explosión
conduce a la creación absoluta del universo, y sobre esa
precaria base afirma que, a través de ese viaje hasta los
confines de la física, tiene la certeza indefinible de haber
tocado el extremo metafísico de la realidad.
Al final del
primer capítulo, Guitton afirma que "el más grande mensaje de la
física teórica de los últimos diez años se refiere al hecho de
que ha sabido descubrir que en el origen del universo se
encuentra la perfección, un océano de energía infinita".
En realidad, la física no dice nada semejante. La reflexión de
Guitton puede resultar sugerente, pero no pertenece al ámbito de
la ciencia y, desde la perspectiva filosófica, plantea dos
serias dificultades: por una parte, identifica la Gran Explosión
con el origen absoluto del universo, lo cual es inseguro, y por
otra, identifica a Dios con una infinitud de energía, lo cual
resulta confuso si se habla de energía en el contexto de la
física.
Vida, orden y
azar
Si las teorías
físicas sobre el origen del universo llevan a pensar en un
principio ordenador primordial, algo semejante ocurre, según
Guitton, cuando estudiamos el origen de la vida. La fantástica
aventura que habría dado lugar a los vivientes primitivos a
partir de sus componentes químicos, no se explica recurriendo al
puro azar, ya que supone que se han dado unas combinaciones
sumamente improbables de los componentes. Si se supone que la
naturaleza ha dispuesto de todo el tiempo necesario para probar
todo tipo de combinaciones químicas hasta que, por azar, se
acertó con la correcta, deberá admitirse, por ejemplo, que en
esos ensayos se habrían formado un cantidad de compuestos
químicos mayor que el nùmero de átomos que existe en el entero
universo.
Los argumentos
en contra del puro azar son, en efecto, serios, a menos que se
admita la existencia de tendencias que se combinarían con una
cierta aleatoriedad. A lo largo de los capítulos segundo y
tercero, los Bodanov y Guitton exploran los datos científicos
que indican la insuficienca del puro azar como explicación del
orden natural. En el curso del diálogo, los hermanos Bogdanov
exponen las teorías de Ilya Prigogine acerca de la formación de
estructuras ordenadas a partir de otras menos ordenadas, así
como sus repercusiones para explicar el posible origen químico
de la vida.
En esta línea,
los interlocutores dedican especial atención al principio
antrópico. El universo que conocemos depende de modo crucial
de los valores de un conjunto de magnitudes básicas, las
constantes universales, tales como la constante de Planck y
las intensidades de las fuerzas básicas de la naturaleza. Si
esos valores, que se conocen en la actualidad con una gran
precisión, fuesen ligeramente diferentes, no podría existir el
universo que conocemos. Todo sugiere que el universo ha sido
planeado para que, en último término, podamos existir los
humanos.
Se trata de
ideas muy debatidas en la actualidad, que enlazan con los
razonamientos clásicos acerca de la existencia de una finalidad
en la naturaleza y que, sin duda, resultan de gran interés.
Quienes defienden que la organización del universo es el
resultado de procesos casuales se encuentran con enormes
dificultades. Guitton y los Bogdanov tienen razón cuando afirman
la necesidad de admitir un principio ordenador superior al
universo. Sin embargo, los datos científicos por sí solos no
bastan para llegar a esa conclusión, a menos que se integren en
un razonamiento propiamente filosófico.
Los fantasmas
cuánticos
Uno de los
aspectos más problemáticos del libro son las interpretaciones
filosóficas que, a partir del capítulo cuarto, se exponen a
propósito de la física cuántica. En resumen, viene a decirse, de
modo repetitivo, que la física cuántica propone una imagen
espiritualizada de la materia, proporcionando las bases para
una filosofía en la cual se anulan las diferencias clásicas
entre la materia y el espíritu: hay espíritu por todas partes,
hasta en lo más material.
¿Qué hay de
cierto en ello? Ante todo, es verdad que el materialismo
mecanicista, que pretendía explicar toda la realidad recurriendo
a la combinación de partículas materiales, es difícilmente
reconciliable con la física actual, porque las presuntas
partículas, que serían como trozos últimos de materia, no
parecen existir. Las partículas subatómicas de la física actual
son algo mucho más complejo. Si se pregunta hoy día a un físico
qué son esas partículas, responderá que son los cuantos
de los campos básicos de fuerzas, lo cual poco tiene que
ver con la imagen de las bolas de billar.
Guitton y los
Bogdanov afirman con énfasis que los campos son algo
inmaterial, y de ahí extraen conclusiones de gran alcance
acerca de la aproximación e interpenetración de la materia y el
espíritu. Sin embargo, este razonamiento se basa en una
confusión. Los campos de fuerzas de que habla la física son
construcciones abstractas, teóricas, matemáticas. Sin duda, se
refieren a algo real, pero no son una mera fotografía de la
realidad. Y la realidad a la que se refieren es una realidad
física, material, no espiritual.
En este ámbito
se han acumulado múltiples equívocos de los que son responsables
también algunos destacados físicos. Los debates acerca del
verdadero significado de la física cuántica han dado lugar a una
literatura muy amplia que aumenta de día en día. Los diálogos de
Guitton y los Bogdanov no clarifican la cuestión, sino que más
bien se apoyan en interpretaciones de dudoso valor, que dan como
bien establecidas.
Los autores
parecen afirmar, por ejemplo, que el famoso experimento de la
doble ranura acerca del comportamiento de las partículas
subatómicas establecería la existencia del espíritu, lo cual no
resiste un análisis serio. Si lo que se quiere afirmar es que no
existe nada puramente material, porque toda materia se encuentra
estructurada y, además, está sostenida por la acción divina que
da el ser a todo lo creado, no es necesario recurrir a
argumentos poco consistentes con una presunta base física.
Ciencia,
filosofía y religión: nuevas perspectivas
Es cierto que
los nuevos desarrollos de la ciencia en las últimas décadas
proporcionan una base de gran interés para la discusión de
importantes problemas filosóficos. Uno de los méritos del libro
de Guitton es que no sólo subraya este aspecto, sino que,
además, incluye muchas explicaciones divulgativas acerca de los
avances de las ciencias que resultan clarificadoras para el no
especialista. El lenguaje es directo y sencillo, los argumentos
son claros, y el lector puede hacerse una idea acerca de
bastantes debates científico-filosóficos muy actuales.
Además, las
ideas básicas que se defienden en el libro corresponden, con
frecuencia, a problemas e intuiciones importantes. Es una
lástima que se encuentren mezcladas con interpretaciones de
dudoso valor, probablemente debidas al deseo de construir un
puente que relacione directamente la ciencia con la afirmación
del espíritu y de Dios. Los puentes existen, pero no siempre son
tan directos ni tan sencillos como el libro parece sugerir.
Requieren un trabajo más arduo, porque las ciencias, por sí
mismas, son incompetentes para pronunciarse acerca de los
problemas metafísicos, ni en un sentido ni en otro: proporcionan
conocimientos que deben ser sometidos a valoración
epistemológica e integrados en una reflexión propiamente
filosófica. Los autores lo saben y en ocasiones lo afirman, pero
a veces parecen olvidarlo.
No cabe hacer
demasiados reproches a Guitton si se tiene en cuenta que existe
en la actualidad una amplia literatura, por lo general de
tendencia materialista o agnóstica, que incurre en defectos
semejantes. Pero sería deseable distinguir con mayor claridad lo
que dice la ciencia, lo que son interpretaciones discutibles, y
los razonamientos propiamente filosóficos que llevan hasta Dios.
(1)
Jean Guitton, Grichka Bogdanov e Igor Bogdanov. Dios y la
ciencia : hacia el metarrealismo; [versión castellana de Martín
Sacristán]. Madrid: Debate, 1998. 4a ed.
Diseño
Inteligente:
Origen del
Movimiento
La Teoría de la Evolución está siendo duramente criticada
recientemente. Para sorpresa de muchos, la crítica no proviene
de los círculos religiosos sino del mismo mundo de la ciencia.
Para muchos científicos, la complejidad de la vida,
especialmente al nivel celular y molecular, sugiere diseño y no
azar. Por esta razón cada vez se habla más del "Movimiento del
Diseño Inteligente".
Este artículo explica el origen de tan revolucionaria tendencia
y nos habla de sus protagonistas.
Científicos encuentran evidencia de
Dios
La hegemonía darwinista en las ciencias naturales puede estar
amenazada por un movimiento revolucionario y vanguardista que
observa un diseño inteligente en la naturaleza... ¡y un
Diseñador!
El químico Charles Thaxton se sorprendió cuando, hace 15 años,
“El Misterio del Origen de la Vida”, libro que escribió
juntamente con otros dos científicos sobre la evolución química,
obtuvo una respuesta muy positiva entre los científicos del
país. Thaxton, que visitaba la Charles University en Praga como
profesor asistente, esperaba una reacción negativa, si es que el
libro (que desde entonces ha llegado a ser considerado como una
de las obras pioneras en lo que ha sido llamado el Movimiento
del Diseño Inteligente) hubiera llegado a ser digno de atención.
Al fin y al cabo, “El Misterio del Origen de la Vida”, que se
había convertido en uno de los textos universitarios más
vendidos, sugería la posibilidad de un diseño inteligente en la
naturaleza y señalaba errores graves en el Darwinismo. Tales
opiniones eran consideradas como impensables y definitivamente
acientíficas por la amplia mayoría de los científicos de la
época, no sólo porque la teoría del Diseño Inteligente sugiere
que la evolución no es el proceso casual y al azar que la
mayoría de los biólogos creían que era, sino también porque
(cosa incluso más inaceptable) indicaba la probable existencia
de un diseñador, ó quizás Dios, que sería el responsable del
diseño. La idea de que un diseñador pudiera ser el responsable
de la naturaleza, era un concepto que ningún científico que se
preciara a sí mismo querría llevar al curso científico de las
cosas.
“No pensaba que este libro tuviera ninguna aceptación. Cuando lo
escribimos, fue como ser un lobo solitario allí afuera”, cuenta
Thaxton a Insight. “Los materialistas empedernidos no van a
tolerar inteligencia en la naturaleza”, dice. “Entonces recibí
muchas llamadas de científicos y matemáticos que sí lo
hicieron”, hombres y mujeres de una gran variedad de campos de
la ciencia que estaban llegando a las mismas conclusiones que
Thaxton había descrito en “El Misterio del Origen de la Vida”.
Ellos (al igual que Thaxton y sus coautores) estaban
descubriendo diariamente información en sus laboratorios y
búsquedas científicas que ya no podían ser explicadas por el
modelo estándar de la evolución darwiniana. Dicha información
podía ser mejor —y más científicamente— entendida, argumentando
que ciertas entidades altamente complejas en la naturaleza, la
molécula de DNA, por ejemplo, habían sido diseñadas para hacer
lo que hacían y no evolucionaban al azar, por accidente, que es
como la evolución darwiniana explica su origen.
Uno de los que se pusieron en contacto con Thaxton fue William
Dembski. Dembski, un hombre joven con un doctorado en
matemáticas de la Universidad de Chicago, un segundo doctorado
en filosofía de la Universidad de Illinois en Chicago y un
máster en teología del Princeton Theological Seminary, tuvo la
firme convicción de que Thaxton no solamente tenía razón sino
que también estaba en algo que iba a revolucionar la manera en
que el hombre miraría a la naturaleza y la manera en que los
biólogos abordarían su campo. Él quería tomar parte en esa
revolución.
Recientemente, Dembski ha publicado su propia aportación al
crecimiento continuo del Movimiento del Diseño Inteligente, un
libro de argumentos contundentes que él llama “La Inferencia del
Diseño”, en el cual Dembski (cuya lista impresionante de títulos
llevó a un amigo a describirle como “el estudiante perpetuo”)
emplea sus conocimientos de lógica simbólica y matemáticas para
argumentar a favor del diseño en la naturaleza. El libro de
Dembski es una de las más recientes e impresionantes
contribuciones que adornan los estudios de Diseño (nombre que
utilizan sus partidarios), que es una rama de la ciencia que ha
crecido y está cada vez más sofisticada desde la contribución de
Thaxton, hace 15 años.
Entre el libro co-escrito de Thaxton y la reciente contribución
de Dembski, el Movimiento del Diseño Inteligente ha llegado muy
lejos. Y más desarrollos están en camino, prometen sus
partidarios. Ahora el Diseño Inteligente tiene su propia revista
profesional, Origins & Design. Muchos de los que lo apoyan
pertenecen a un grupo de expertos, el Centro para la Renovación
de la Ciencia y de la Cultura en el Discovery Institute de
Seattle, aunque muchos de los asociados con el centro están
localizados en otra parte: Dembski, por ejemplo, está en Dallas,
y Thaxton, permanece en Praga. Además, el movimiento tiene su
propia revista para no científicos, el vistoso cuatrimestral
Cosmic Pursuit, en el que científicos como Thaxton y Dembski
presentan sus ideas para el lector general.
Y, ¿cuáles son esas ideas? Primero, argumentan que su defensa
del Diseño surge directamente de la información empírica que han
observado como científicos, más que de ninguna noción teológica
o filosófica que puedan mantener. “Los descubrimientos en
matemáticas y en biología están abriendo camino para un Diseño y
un Diseñador,” dice Thaxton. Y Michael Behe, un bioquímico de la
Universidad de Lehigh que es el autor de uno de los textos más
importantes del Movimiento del Diseño Inteligente, “La Caja
Negra de Darwin” (1996), dice a Insight, “el Diseño Inteligente
fluye directamente desde la información que está actualmente
disponible”.
Lo que hace que esta afirmación sea muy significativa es que da
una visión del Diseño Inteligente como un fenómeno que debe ser
tratado y estudiado científicamente más que como un tópico
dejado para la religión u otros propósitos. Su afirmación lleva
directamente al otro argumento principal del los defensores del
Diseño Inteligente: la ciencia actual no es adecuada para tratar
con el descubrimiento de un diseño inteligente en la naturaleza
a causa de la manera en que está constituida en estos momentos,
porque la ciencia está demasiado atada a las interpretaciones
materialistas y naturalistas de lo que es la naturaleza.
Esta afirmación es revolucionaria. Lo que está en la base del
argumento, dice Dembski, es una controversia sobre “la
naturaleza de la naturaleza”. Dembski piensa que la ciencia
natural está “empobrecida” a la hora de abordar el tema del
diseño inteligente. ¿Por qué está empobrecida? Porque el
materialismo y el naturalismo asumen que las explicaciones
naturales son suficientes para explicar cualquier pregunta que
surja en la ciencia, y esto sencillamente no basta a la hora de
tratar el fenómeno del Diseño. (En efecto, cualquier defensor
del Movimiento del Diseño Inteligente te dirá que entender cómo
tratar científicamente con el diseño en la naturaleza es uno de
los problemas más importantes del movimiento.)
El Diseño Inteligente no argumenta a favor de ninguna teología
específica. “La palabra ‘Diseñador’ no significa forzosamente el
Dios del Génesis”, dice Thaxton (aunque no lo excluye). “Mi
opinión es que desde la información empírica no podemos hacer la
afirmación de una deidad. Es la posibilidad de una deidad a la
que llegamos”. Thaxton explica que es un “diseño genérico del
que hablamos en el Diseño Inteligente. Cuando las personas
quieren ir más allá de eso, allí es donde entra su visión
particular de Dios”.
Lo que hace que el Movimiento del Diseño Inteligente sea tan
revolucionario es que va totalmente en contra de la sabiduría
perceptible de la ciencia, y particularmente de la biología. El
darwinismo impregna cada aspecto de la civilización occidental,
observa Dembski. Y los darwinistas argumentan que no hay diseño
en la naturaleza, ninguno que pueda llevarnos a pensar en un
diseñador. Todo lo que hay en la naturaleza, dicen los
darwinistas, es resultado de una evolución casual, no hay ningún
diseño que pueda sugerir dirección o planificación.
Así es como uno de los principales darwinistas, Richard Dawkins
de la Universidad de Oxford, describió su visión del mundo en su
libro de 1995, “Río que sale del Edén (River out of Eden): una
visión darwinista de la vida”, un ataque directo a la
posibilidad de un diseño en la naturaleza: “El Universo que
observamos tiene precisamente las propiedades que esperamos que
tenga si no existe, en el fondo, ningún diseño, ningún
propósito, ni bien ni mal, no hay nada más que una indiferencia
ciega, despiadada”.
La posición darwiniana fue puesta en palabras incluso más duras
por Peter Atkins en su libro “La Segunda Ley” (The Second Law),
que apareció en 1984, el mismo año en que Thaxton y sus
coautores publicaron “El Misterio del Origen de la Vida”: “Somos
los hijos del caos, y la profunda estructura del cambio es la
degeneración. En el fondo, solamente hay corrupción y el flujo
imparable del caos. El propósito se ha desvanecido; todo lo que
queda es la dirección. Esa es la frialdad que tenemos que
aceptar al mirar profunda y desapasionadamente en el corazón del
Universo.”
En contra de la visión darwiniana dominante, el argumento de
Thaxton a favor del Diseño Inteligente, reducido a los términos
más simples es éste: La molécula de DNA, la base de la vida, es
un mensaje, dice él. Es información codificada en una doble
hélice. No es como un mensaje; es el mensaje. La molécula misma
es un diseño elaborado y complejo que es un mensaje.
Nosotros los humanos sabemos por experiencia que, cuando hay un
mensaje, es una inteligencia la que ha creado ese mensaje, dice
Thaxton. Ninguna otra explicación sería suficiente para dar
razón a la existencia del mensaje. No recibimos cartas de un
remitente inexistente, al azar, sin propósito, por ejemplo.
“Sabemos por experiencia que cuando hay un diseño, hay un
diseñador.”
Behe toma el darwinismo desde un ángulo diferente. Un Doctor en
Bioquímica de la Universidad de Pennsylvania, Behe argumenta que
la vida, en lo más fundamental, es “irreductiblemente compleja”,
una frase que ha añadido al debate del Diseño Inteligente. Para
explicar lo que quiere decir con irreductiblemente compleja,
Behe habla de una ratonera, una construcción humana hecha de una
base, un martillo, un muelle y una barra de sujeción. Cada una
es necesaria para que la ratonera funcione. Sin uno de estos
elementos, la ratonera no funcionaría.
También la naturaleza tiene ejemplos de complejidad
irreductible, el sistema en una célula que capta proteínas para
enviarlas a compartimentos subcelulares, por ejemplo. Casi cada
uno de los componentes que conforman este sistema son necesarios
para que el sistema funcione. Sin uno de estos componentes, las
proteínas no serían enviadas a su correcto destino.
Behe argumenta que el desarrollo de un sistema tan elaborado y
complejo en términos evolucionarios darwinianos, consistente en
un pequeño paso después de otro, no serviría porque durante
cualquier paso previo al de todas las partes complejas
trabajando juntas, el sistema no funcionaría. ¿Cuál es la
probabilidad de que todas esas partes que tienen que trabajar
juntas hubieran empezado a trabajar conjuntamente en un momento
determinado? Igual que la complejidad irreductible de una
ratonera indica un diseño que da la posibilidad de que todos sus
elementos trabajen juntos, así la irreductible complejidad del
sistema celular del envío de proteínas indica un diseño.
A Behe le gusta citar a Darwin mismo para mostrar la importancia
de la complejidad irreductible en cuanto a la teoría darwiniana.
En el Origen de las Especies, Darwin escribió: “Si pudiera ser
demostrado que cualquier órgano complejo existiera que no fuera
posible que se hubiera formado por numerosas y sucesivas ligeras
modificaciones, mi teoría quedaría destruida”. Behe piensa que
la existencia de dicho organismo complejo ya ha sido demostrada.
Es muy importante que los argumentos de científicos como Thaxton,
Behe y otros del Movimiento del Diseño Inteligente sean
reconocidos como científicos. En efecto, Thaxton, un cristiano,
estuvo mucho tiempo preguntándose, “¿estoy fuera de los límites
de la ciencia?” y finalmente concluyó que no lo estaba, pero
añade que es el deber de los que apoyan el Diseño Inteligente
que “lleguemos a una comprensión realista de lo que es el
movimiento sin destruir la integridad de la ciencia.”
Thaxton toma cierto consuelo en el hecho de que el Movimiento
del Diseño contemporáneo no está introduciendo algo nuevo en la
ciencia. El gran físico Sir Isaac Newton (que murió en 1727),
por ejemplo, escribió, “El más maravilloso sistema del sol,
planetas y cometas, solamente podría proceder de la
determinación y dominio de un ser inteligente y poderoso.”
A Dembski le gusta mencionar al teólogo inglés William Paley que
publicó su Teología Natural en 1802, en la cual hizo su famoso
argumento de que si nos encontráramos un reloj en un campo,
asumiríamos que fue fabricado por una inteligencia, porque sus
diversas partes están dirigidas hacia un objetivo: decir la
hora. (Paley también tenía mucho que decir sobre la complejidad
del ojo del mamífero, que parecía indicar un diseño. Darwin, que
estaba igualmente maravillado de la complejidad del ojo humano,
concluyó que a pesar de su complejidad, el ojo podría haber
evolucionado poco a poco a través del tiempo.)
Behe es optimista con respecto al futuro del Movimiento del
Diseño Inteligente: “No sé si van a ser dos años o veinte, pero
allí es hacia dónde se dirige la información de la ciencia”,
dice. “Los científicos notan que hay algo que no encaja del
todo. Hay nuevas ideas para las que se necesitan nuevas
definiciones.”
A Dembski, cuyo reciente libro La Inferencia del Diseño presenta
con gran detalle cómo el argumento del Diseño Inteligente
satisface la lógica y la probabilidad, le gusta comparar la
influencia del movimiento sobre la ciencia con el efecto en la
Europa del este que tuvieron los movimientos de libertad y
democracia. La crítica al darwinismo ahora amenaza la hegemonía
del mismo modo, dice, que el paso hacia la libertad hizo temblar
al imperio soviético.
Dembski enfatiza que el Movimiento del Diseño Inteligente ha de
demostrar su constitución científica, aunque ve posibilidades
más amplias hacia donde nos podría llevar la idea del Diseño
Inteligente: “Las cuestiones de moralidad podrían, al parecer,
ser añadidas”. También es posible “la renovación de toda la
noción de la Ley Natural”.
Thaxton, que dirigirá un seminario sobre “Detectar Diseño en la
Naturaleza” en la asamblea anual de la Afiliación Científica
Americana en julio[de 1999], compara la situación actual del
Diseño Inteligente con la situación de la Física Cuántica hace
un siglo. Max Planck, el teórico de la física cuántica, perdió
la esperanza de que su teoría fuera aceptada por sus compañeros
físicos, destaca Thaxton. Concluyó que para que su teoría ganara
respetabilidad, tendría que morir toda una generación de
científicos y ser reemplazados por hombres y mujeres más jóvenes
y con mentes más abiertas, preparados para avanzar en la
dirección donde les llevara su información, que sería hacia la
hipótesis de la Física Cuántica. Lo que se ha de hacer para que
el Diseño Inteligente sea aceptado, concluye, “es superar la
inercia de la edad”.
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Todos los
derechos reservedados. Copyright internacional asegurado.
Traducción Cristina Palomeque Kovacs.

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