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La ciencia encuentra a Dios

Los dignatarios de la intelectualidad mundial quedaron conmocionados. ¡No era posible que fuera verdad lo que habían oído! El 9 de diciembre de 2004, la Associated Press trajo la primicia: el renombrado filósofo británico Antony Flew, que venía encabezando la causa del ateísmo por más de medio siglo, había cambiado de idea y decidido que tiene que haber un Dios. Esta noticia impactante se difundió por todo el mundo. Flew había asumido una postura contraria al comportamiento secularizado predominante en la mayoría de los círculos académicos.

El vuelco dramático en la posición de Flew, que había ocurrido el año anterior, no se debía a que se hubiera convertido a alguna de las religiones tradicionales. Flew cree sólo en un Dios que tuvo que originar lo que observamos en el universo, no en el Dios que se haya revelado, por ejemplo, mediante la Biblia. Sin embargo, sus comentarios parecen abiertos a la posibilidad de que Dios pudiera revelarse de esa manera.

Antony Flew es famoso. Ha escrito dos docenas de libros sobre filosofía y se lo había llamado el filósofo ateo más influyente. ¿Por qué este pensador se contradecía ahora y declaraba que tiene que haber un Dios? La respuesta es sencilla: debido a los datos que examina la ciencia. La ciencia que ahora descarta a Dios como explicación del mundo natural está encontrando evidencias cada vez más convincentes sobre la existencia de Dios. En una entrevista,1 Flew declaró: “Pienso que los argumentos más impresionantes en favor de la existencia de Dios son los que se apoyan en los descubrimientos científicos recientes”. De especial interés para Flew es el modelo del “Big Bang” para explicar el origen del universo y la precisión que necesitan las fuerzas identificadas por la física para hacer que exista la materia.

También lo impresionan los hallazgos en el mundo biológico. La vida es muy compleja, y Flew se refiere especialmente al “poder reproductivo de los seres vivientes”, para el cual los evolucionistas no tienen explicación. Comenta además que “ahora me parece que los hallazgos de más de cincuenta años de investigación en el ADN nos proporcionan un argumento renovado y enormemente poderoso en favor de un diseño”. Con esto último, da a entender que existen evidencias de un Diseñador, a saber, Dios. Flew estuvo dispuesto a abandonar la filosofía mecanicista (anti-sobrenaturalista) —que es predominante pero restrictiva, porque excluye a Dios— y prestar atención a los datos provenientes del mundo natural, que indican la necesidad de un Dios. En las propias palabras de Flew, tuvo que “ir hacia donde conducía la evidencia”.

Un universo bien afinado

Muchos datos indican que el universo tenía que ser exactamente tal como es; de lo contrario su existencia, y especialmente la vida que contiene, no sería posible. El cosmólogo Hugh Ross enumera 45 características físicas del universo que tienen que estar bien a punto.2 Nuestro fiel Sol constituye un buen ejemplo. Sin él la vida sobre la tierra no sería posible, porque su superficie estaría insoportablemente helada. Necesitamos la luz solar para que las plantas tengan la energía que mantiene la vida a través de la cadena de alimentación. El Sol provee energía fusionando hidrógeno para producir helio. Este complejo proceso que libera energía es el mismo del de una explosión de bomba H, de modo que podemos considerar al Sol como una bomba de hidrógeno cuya explosión es cuidadosamente controlada. No prestamos mayor atención al Sol y raras veces apreciamos su fidelidad al hacer posible día tras día la vida, lo que ha estado haciendo con regularidad durante un tiempo muy largo. No hay mucho margen para variación en lo que encontramos. Por ejemplo, si la Tierra estuviera sólo un 5% más cerca o nada más que un 1% más lejos del Sol de lo que está, toda la vida del planeta sería eliminada.3

La medida exacta de las cuatro fuerzas básicas de la física es uno de los argumentos científicos más fuertes en favor de la existencia de Dios. ¿Cómo podrían estas fuerzas tener los valores exactos que tienen, y los precisos campos de acción en los que se ejercen, sólo por casualidad? Una Mente maestra parece necesaria para planear todo esto. Las cuatro fuerzas básicas son la atracción nuclear fuerte, la débil, la fuerza electromagnética y la gravedad. Algunas, tales como la atracción nuclear fuerte, son muy poderosas, pero afortunadamente actúan sólo dentro del núcleo de los átomos, o de lo contrario todo en el universo se conglomeraría. Otras, por el contrario, tales como la gravedad, son muy débiles, pero actúan a distancias enormes, manteniendo el sistema solar y las galaxias en equilibrio.

Los cálculos y experimentos indican que un cambio de unos pocos puntos de porcentaje en la constante básica de cualquiera de estas fuerzas causaría la destrucción del universo entero. Además, la relación entre algunas de estas fuerzas tiene que ser extraordinariamente precisa. Refiriéndose a la gravedad y la fuerza electromagnética, el físico Paul Davies comenta: “Los cálculos muestran que los cambios en la intensidad de cualquiera de estas dos fuerzas en sólo una parte en 1040 implicaría un desastre para estrellas tales como el sol”.4 Esto significa que uno necesita una precisión equivalente a una parte entre 10.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000. Tal precisión indica que el azar es extraordinariamente improbable, y se desvanece en la insignificancia cuando se combina con otras improbabilidades también presentes. Matemáticamente, cuando se combinan improbabilidades hay que multiplicarlas, lo que conduce a cifras extremadamente improbables para los hallazgos de la ciencia.

El físico matemático Roger Penrose, de la Universidad de Oxford, hizo estos cálculos y encontró que la precisión necesaria para la existencia del universo toleraba sólo una desviación de una parte entre un número escrito con un 1 seguido de 10123 ceros.5 Esta es una probabilidad extremadamente baja. Si uno trata de representar este número colocando, después del 1, un cero en cada átomo del universo, se le acabarían los átomos muy pronto.

¿Cómo se originó la vida?

El problema más desconcertante que enfrenta la evolución es el origen de la vida. Tras un siglo de buscar y proponer diferentes escenarios todavía no ha surgido un modelo plausible. Este problema es hoy mucho más agudo que hace algunas décadas, porque estamos descubriendo dentro de los seres vivos más sistemas que son complejos y que no funcionan a menos que varias otras partes estén presentes. Un investigador ha propuesto llamar complejidad irreductible a esta realidad,6 que constituye un serio obstáculo para un proceso evolutivo gradual, porque no tiene valor evolutivo de supervivencia hasta que todas la partes necesarias estén presentes. Ocurre que la mayor parte de los sistemas biológicos son de este tipo, lo que pareciera indicar que Dios es un factor esencial para el origen de cualquier tipo de vida.

La forma más simple de vida independiente que conocemos hoy es un pequeño microbio llamado mycoplasma. Los virus, que son mucho más simples, no reúnen condiciones para representar la primera forma de vida que evolucionó en la tierra porque no pueden reproducirse por sí mismos, sino que son reproducidos por las células en las que se introducen. Pero el pequeño mycoplasma no es tan simple; de hecho, es increíblemente complejo. Su ADN contiene más de medio millón de segmentos de información que, a través del código genético, dictan la fórmula de 500 moléculas de proteína diferentes que realizan una multitud de funciones químicas específicas en el microbio.

La producción de sólo un tipo de proteína con la configuración necesaria para la función apropiada es algo increíblemente complejo y difícil. A menudo están implicados centenares de aminoácidos vinculados unos con otros, y no hay mucho margen de variación si se quiere que la proteína funcione correctamente. El biólogo molecular Herbert Yockey, de la Universidad de California en Berkeley, ha estimado cuánto tiempo llevaría producir una clase específica de proteína en la tierra antes de la aparición de la vida. Asume que esto podría ocurrir en cualquiera de los océanos de la tierra, y también asume que estos océanos ya estarían bien provistos de los aminoácidos. Sus cálculos indican que llevaría 1023 años producir una proteína determinada. Para decirlo de otro modo, los cinco mil millones de años que los geólogos asignan a la tierra son sólo una diez billonésima parte (una parte en diez millones de millones) del tiempo necesario para que se produjera así una molécula determinada de proteína.

Ahora bien, para que haya vida se necesitan muchos tipos diferentes de moléculas de proteína específicas, todas juntas al mismo tiempo en el mismo punto. Las moléculas de proteína son delicadas, así que para cuando uno podría esperar que aparezca un segundo tipo de proteína, el primer tipo se habría desintegrado ya mucho tiempo antes, lo que hace que el origen espontáneo de la vida sea prácticamente imposible. Pero las proteínas son sólo el primero de los problemas para que la vida evolucione por sí misma. El ADN es mucho más complejo que las proteínas, y en las células hace falta ADN para producir proteínas, ¡y proteínas para producir ADN! Para que haya vida se necesitan ambos, y hacer que cualquiera de ellos surja por evolución no nos dará el valor de supervivencia que es necesario para que el proceso evolutivo tenga éxito. Se necesitan también muchas otras moléculas tales como lípidos y carbohidratos, además de diversas estructuras especializadas que se encuentran en las células vivas. ¿Cómo se produce un código genético complejo mediante cambios evolutivos al azar? El código es por sí mismo inútil hasta que el ADN que lo dicta y las moléculas especializadas que lo leen hablen el mismo lenguaje.

Aunque uno pudiera hacer surgir por evolución la primerísima vida en la tierra, tal organismo desaparecería a menos de que pudiera reproducirse. La reproducción es una de las características cardinales de los organismos vivientes, pero es increíblemente compleja. En la reproducción uno tiene que duplicar todas las partes de la célula o de lo contrario el nuevo organismo no podrá sobrevivir. A veces el proceso es bastante sofisticado. Por ejemplo, cuando se hacen copias del ADN para una nueva célula u organismo, pueden ocurrir errores al copiarse la información. Estos errores son lo suficientemente comunes como para que la vida no sea posible a no ser por un sistema de corrección de copias. En la célula hay un juego de proteínas que controla el nuevo ADN que se ha producido, y si se ha deslizado un error de copia, se lo elimina y reemplaza con la versión correcta. En los organismos avanzados la complejidad es todavía más abundante. Hay que tener en cuenta órganos como el ojo, con su complicado sistema de acomodación, y el cerebro, con sus 100 billones (millones de millones) de conexiones. A lo largo de todo el proceso evolutivo, se necesitan muchos miles de nuevos tipos de proteínas. Pero al presente, los miles de millones de años que se proponen para la evolución resultan demasiado cortos para producir siquiera una molécula específica de proteína. Dios parece, entonces, absolutamente indispensable.

Una paradoja

En vista de tal evidencia abrumadora en favor de la necesidad de un Dios, ¿cómo es que los investigadores no lo están proclamando? En un bando, encontramos a un buen número de científicos tratando fervientemente de demostrar cómo la vida pudo haber surgido por sí misma. Algunos aseveran que todo este afinamiento preciso que se observa en el universo es simplemente un caso de buena suerte repetido varias veces. En otro grupo, hay muchos científicos que creen en Dios, pero mantienen silencio cuando se discute la cuestión de su existencia. Como resultado, se excluye a Dios de los periódicos científicos y los libros de texto de ciencia. Tal como se la practica en la actualidad, la ciencia es una extraña combinación de la búsqueda de verdad en la naturaleza, por un lado, con una filosofía secular que excluye a Dios, por otro. La comunidad científica de hoy está tan comprometida con el materialismo (mecanicismo o anti-sobrenaturalismo) que se considera anticientífico incluir a Dios como factor explicativo en asuntos científicos. Esto contradice la imagen usual de la ciencia como una búsqueda abierta de la verdad que sigue los datos del mundo natural dondequiera que nos lleven. Este fuerte secularismo de la ciencia existe a pesar de que el 40% de los científicos de los Estados Unidos cree en un Dios que contesta sus oraciones, frente al 45% que no cree tal cosa, y otro 15% que no está seguro.7 Pareciera, por lo tanto, que lo que los investigadores creen y lo que publican cuando asumen la pose del científico puede ser muy diferente.

En el pasado, la ciencia no era una filosofía secularista. Algunos de los científicos más importantes de todos los tiempos, como Sir Isaac Newton, incluian a Dios en sus explicaciones sobre la naturaleza. Otros científicos de primer orden que ayudaron a establecer los fundamentos de la ciencia moderna, tales como Kepler, Boyle, Galileo, Lineo y Pascal, creían en un Dios activo en la naturaleza, y ocasionalmente se referían a Dios en sus escritos científicos. No veían conflicto entre la existencia de Dios y sus descubrimientos porque creían que él había establecido las leyes y la regularidad de la naturaleza que hacen posibles los estudios científicos. Ahora, por el contrario, se da por sentado que hay que tratar de demostrar todo en forma materialista sin tomar en cuenta la existencia de Dios.

Es necesario recordar que, a través de los siglos, los esquemas mentales han cambiado dramáticamente. Las prioridades intelectuales de la antigüedad diferían de las de la edad media, y estas últimas de las de nuestra actual edad científica. Podemos esperar cambios fundamentales en el futuro. Una de las cosas más importantes que podemos aprender en esta edad científica es que hay buena ciencia y mala ciencia. Descubrir la intensidad de las fuerzas de la física es buena ciencia. Describir el fósil Archaeoraptor como intermediario evolutivo entre los dinosaurios y las aves es mala ciencia. El fósil resultó ser un collage de partes diversas. Un coleccionista de fósiles había unido tan habilidosamente la cola de un dinosaurio al cuerpo de un pájaro que logró engañar a buen número de científicos que estaban ansiosos por demostrar que las aves surgieron por evolución de los dinosaurios.8 Es importante aprender y practicar la buena ciencia, pero no queremos que nos engañe la mala ciencia.

¿Cómo podemos distinguir la buena ciencia de la mala? Desafortunadamente, no siempre se puede confiar en lo que dicen los científicos. Por ejemplo, si el estudio de la naturaleza revela que un Dios inteligente parece indispensable para explicar las complejidades que se encuentran, algunos investigadores pueden ceder al comportamiento social secularizado y a las presiones sociales de sus colegas para no dar a conocer estos hechos. Tal tendenciosidad requiere que hurguemos más profundamente en las cuestiones para tratar de encontrar qué es lo que realmente está pasando. Esto puede ser laborioso y muchos no tienen el tiempo necesario, pero por lo menos pueden ejercer cautela en cuanto a aceptar los pronunciamientos de los científicos. Cuando se tiene la oportunidad de estudiar un tópico en profundidad, conviene tener en cuenta algunas de las características de una conclusión científica sólida: (1) concuerda con toda la información disponible; (2) puede ser sometida a prueba, especialmente con experimentos repetibles, y puede ser descartada por los resultados; (3) es capaz de predecir resultados no conocidos todavía; y (4) no tiene un fin meramente polémico. Muchos investigadores no se dan cuenta de cuán difícil es demostrar un hecho científico, y desafortunadamente mucho de lo que se publica en el campo de las ciencias es especulativo.

Conclusión

En suma, la precisión que se observa en el universo y la complejidad manifiesta en los seres vivos indican la necesidad de la existencia de un Dios Creador. Esto es lo que convenció a Antony Flew. Dios parece indispensable para explicar lo que ha hallado la ciencia. Las observaciones sobre las fuerzas de la física, las proteínas y el ADN son todas repetibles y por tanto suministran evidencias de alto nivel científico en favor de Dios. Desafortunadamente, la ideología secularista de la ciencia contemporánea es tan fuerte que la idea de un Diseñador es en general rechazada hoy por la comunidad científica. Este rechazo se basa en factores personales y sociales, y no en datos científicos.

Ariel A. Roth (Ph.D., University of Michigan) es el ex-director del Instituto de Investigación en Geociencia y director del periódico Origins. Ha publicado más de 150 artículos en periódicos científicos y de interés general. Su libro reciente, Origins: Linking Science and Scripture ha sido traducido a 13 idiomas. Ahora jubilado, continúa investigando, dando clases y publicando. Su email: arielroth@verizon.net.

REFERENCIAS

1. Gary Habermas y A. Flew, “My Pilgrimage from Atheism to Theism: A Discussion Between Antony Flew and Gary Habermas”, Pholosophia Christi 6 (2004) 2:197-211.

2. H. Ross, “Big Bang Model Refined by Fire”, en W. A. Dembski, ed., Mere Creation: Science, Faith and Intelligent Design (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1998), pp. 363-384.

3. H. M. Hart, “Habitable Zones About Main Sequence Stars”, Icarus 37 (1979): 351-357.

4. P. Davies, Superforce (New York: Simon and Schuster, 1984), p. 242.

5. R. Penrose, The Emperor’s New Mind (Oxford: Oxford University Press, 1989), p. 344.

6. M. J. Behe, Darwin’s Black Box: The Biochemical Challenge to Evolution (New York: Touchstone, 1996).

7. E. J. Larson y L. William, “Scientists Are Still Keeping the Faith”, Nature 386 (1997): 435-436. Una encuesta posterior de la National Academy of Science muestra una proporción más baja de creencia en Dios entre el grupo muy pequeño de científicos prominentes.

8. Ver, por ejemplo, T. Rowe, “The Archaeoraptor forgery”, Nature 410 (2001): 539, 540.

 

Dios y la ciencia. Jean Guitton dialoga con los científicos

Mariano Artigas
Publicado en Nuestro Tiempo, nº 468, junio 1993, pp. 80-87.

En un libro reciente que ya ha sido publicado en castellano1, Jean Guitton, de la Academia francesa, argumenta que los logros de la ciencia actual llevan hacia Dios. El profesor Mariano Artigas analiza las sugerencias de Guitton, que se basan en ideas ampliamente discutidas por científicos y filósofos en la actualidad.

Desde la antigüedad más remota hasta nuestros días, los pensadores han estudiado la posibilidad de tender puentes entre el mundo visible y el invisible. Siempre han existido dos grandes bloques: unos niegan que existan tales puentes y sostienen posiciones que van desde el materialismo hasta el agnosticismo, y otros afirman que los puentes existen y son transitables. En la época moderna, estas discusiones se encuentran frecuentemente relacionadas con el progreso de las ciencias.

El prestigioso pensador francés Jean Guitton pertenece al segundo bloque, el de quienes afirman la existencia de puentes, y pretende fundamentar sus razonamientos en los conocimientos científicos actuales. En su reciente libroDios y la ciencia mantiene un amplio diálogo con dos astrofísicos, los hermanos Igor y Grichka Bogdanov, que comparten las ideas de Guitton y les prestan la base científica.

El problema del puente

No son pocos quienes, en nuestros días, afirman que existen puentes entre la ciencia y la religión. Sin embargo, no todos los puentes son sólidos y ni siquiera llevan siempre al mismo lugar. Por ejemplo, Paul Davies escribía en 1983 que en la actualidad la ciencia proporciona un camino más seguro para llegar a Dios que el ofrecido por la religión tradicional, pero el puente de Davies conducía, en aquellas fechas, a una especie de panteísmo en el que se venían a identificar el universo y la divinidad en una mezcla incoherente y explosiva. Davies admite en la actualidad que el puente puede llevar a un Dios personal. Son abundantes las publicaciones en las que científicos, filósofos y teólogos tratan estas cuestiones con éxito desigual.

El puente de Guitton está diseñado para conducir hasta un Dios personal creador. Esta construido sobre pilares firmes: sobre la convicción de que el progreso científico manifiesta la existencia de un orden muy notable, y el orden del universo remite a un Creador inteligente. Lo que resulta problemático es el rigor de las argumentaciones, el paso de la física a la metafísica, o sea, el puente mismo.

En la contraportada del libro se dice que en la actualidad , la ciencia plantea cuestiones que, hasta una fecha reciente, pertenecían a la teología o a la metafísica, y se añade que esto es unaevidencia. Es lo mismo que en los últimos años viene repitiendo Stephen Hawking. Las respuestas de Hawking y Guitton son muy diferentes, incluso opuestas, pero en ambos casos se tiene la sensación de que se lleva a la ciencia demasiado lejos, haciéndole decir cosas que realmente no está en condiciones de afirmar.

En efecto, como todo mortal, el científico se plantea problemas metafísicos, que a veces le vienen sugeridos por su trabajo, sobre todo si estudia el origen del universo, de la vida o del hombre. Pero no está claro que esos problemas pertenezcan a la propia ciencia. El motivo es que cada disciplina científica adopta puntos de vista particulares y los interrogantes metafísicos, en cambio, se dirigen a las cuestiones más radicales de la existencia; por tanto, exigen un tratamiento especial que supera las posibilidades del método científico. Cuando no se distinguen suficientemente las dos perspectivas, el puente se queda a medio hacer; en consecuencia, el transeunte que no se detenga caerá en el vacío. En el libro de Guitton, los tres autores exponen reflexiones interesantes, pero en más de una ocasión da la impresión de que pueden caer en el vacío: a veces, porque hacen decir a la ciencia cosas que no está en condiciones de decir, y en otros casos, porque aventuran explicaciones cuya coherencia es dudosa.

El origen del universo

En el primer capítulo se plantea el problema de la creación, a raíz de las explicaciones cosmológicas centradas en la Gran Explosión acaecida hace unos 15.000 millones de años. Casi todo el diálogo consiste en una divulgación de las teorías científicas generalmente aceptadas en la actualidad. De pronto, Guitton dice que ese panorama le hace experimentar un vértigo de irrealidad, como si al aproximarnos al comienzo del universo el tiempo se dilatase hasta llegar a ser infinito, y añade la siguiente reflexión: "¿no es preciso ver en este fenómeno una interpretación científica de la eternidad divina? Un Dios que no ha tenido comienzo y que no tendrá fin no está forzosamente fuera del tiempo, como a menudo se lo ha descrito: él es el tiempo mismo, a la vez cuantificable e infinito, un tiempo donde un solo segundo contiene la eternidad entera. Yo creo precisamente que un ser trascendente accede a una dimensión a la vez absoluta y relativa del tiempo: incluso me parece que esto es una condición indispensable para la creación".

El problema al que alude Guitton es importante, ya que se refiere a la relación entre nuestro mundo, inmerso en el tiempo, y la acción de Dios que está por encima del tiempo. Pero su reflexión no resulta muy clarificadora. ¿Cómo es posible que Dios sea el tiempo mismo, a la vez sujeto a medida (cuantificable) y eterno?, ¿es posible afirmar que Dios es el creador del mundo, como sin duda lo afirma Guitton, añadiendo a la vez que Dios no está fuera del tiempo?

Es importante advertir además que la cosmología científica, en su propio terreno, nada tiene que ver con el vértigo que lleva a Guitton a pensar en una dilatación del tiempo que, cuando se aproxima a la Gran Explosión, se dilataría hasta el infinito. Incluso es posible que la Gran Explosión nada tenga que ver con la creación del universo. En todo el capítulo, tanto Guitton como sus interlocutores pasan por alto esta posibilidad que, sin embargo, resulta crucial.

Ciencia y creación

Por el momento, poco sabemos acerca del origen de la Gran Explosión. Pudiera ser que coincidiera con la creación, pero la ciencia no puede asegurar que así sea. Más aún: nunca lo podrá asegurar. En el terreno de la física, siempre cabrá formular hipótesis sobre posibles estados anteriores del universo; desde luego, si realmente no han existido, no se conseguirá probar su existencia: pero siempre será posible pensar que quizá hayan existido y que, simplemente, no disponemos de teorías bien comprobadas acerca de ellos.

En resumen, la física no puededemostrar que un suceso concreto ha sido el origen absoluto del universo, o sea, la creación. Podemos concluir, mediante razonamientos filosóficos de otro tipo, que debe haber existido la creación, pero no podemos probar que haya tenido lugar en un momento que podamos fechar.

En el curso de sus reflexiones, Guitton cita a John Archibald Wheeler y a David Bohm. Se trata de dos físicos importantes que se han adentrado en especulaciones filosóficas tan discutibles como las que el propio Guitton aventura cuando añade que, en el comienzo de la Gran Explosión, pudo haber "una forma de energía primordial, de una potencia ilimitada. Creo que antes de la Creación reina una duración infinita. Un Tiempo Total, inagotable, que todavía no ha sido abierto o partido en pasado, presente y porvenir. A ese tiempo que todavía no ha sido separado en un orden simétrico cuyo presente no sería sino el doble reflejado, a ese tiempo absoluto que no transcurre, corresponde la misma energía, total, inagotable. El océano de energía ilimitada, eso es el Creador. Si no podemos comprender lo que ocurre detrás del Muro, es porque todas las leyes de la física pierden pie ante el misterio absoluto de Dios y de la Creación".

El valor de las metáforas

Estas reflexiones resultan sugerentes, pero sólo tienen valor como metáforas que no pueden interpretarse al pie de la letra. Hablar de Dios comoduración infinita, tiempo total oenergía primordial resulta más bien confuso, porque en Dios no hay duración, tiempo ni energía, y la eternidad divina no se despliega en el tiempo.

El lenguaje metafórico es legítimo. Nuestro lenguaje está lleno de metáforas, que se utilizan para explicar de modo figurado algo difícil de expresar, recurriendo a comparaciones con lo que nos es más familiar. Pero Guitton las utiliza en un sentido bastante fuerte, estableciendo una cierta continuidad entre lo que sucede en la naturaleza y lo que podemos decir acerca de Dios, como si la duración, el tiempo y la energía de que habla la ciencia fuesen una prolongación, a escala limitada, de lo que sucede en Dios mismo.

Está fuera de dudas que Guitton admite la trascendencia divina. Lo afirma expresamente al final del libro, a modo de conclusión. Lo que no está claro es el valor de sus metáforas, que además se apoyan en unos hechos que se dan como definitivamente adquiridos por la ciencia cuando, en realidad, caen fuera de su competencia. Guitton da por supuesto que el modelo de la Gran Explosión conduce a la creación absoluta del universo, y sobre esa precaria base afirma que, a través de ese viaje hasta los confines de la física, tiene la certeza indefinible de haber tocado el extremo metafísico de la realidad.

Al final del primer capítulo, Guitton afirma que "el más grande mensaje de la física teórica de los últimos diez años se refiere al hecho de que ha sabido descubrir que en el origen del universo se encuentra la perfección, un océano de energía infinita". En realidad, la física no dice nada semejante. La reflexión de Guitton puede resultar sugerente, pero no pertenece al ámbito de la ciencia y, desde la perspectiva filosófica, plantea dos serias dificultades: por una parte, identifica la Gran Explosión con el origen absoluto del universo, lo cual es inseguro, y por otra, identifica a Dios con una infinitud de energía, lo cual resulta confuso si se habla de energía en el contexto de la física.

Vida, orden y azar

Si las teorías físicas sobre el origen del universo llevan a pensar en un principio ordenador primordial, algo semejante ocurre, según Guitton, cuando estudiamos el origen de la vida. La fantástica aventura que habría dado lugar a los vivientes primitivos a partir de sus componentes químicos, no se explica recurriendo al puro azar, ya que supone que se han dado unas combinaciones sumamente improbables de los componentes. Si se supone que la naturaleza ha dispuesto de todo el tiempo necesario para probar todo tipo de combinaciones químicas hasta que, por azar, se acertó con la correcta, deberá admitirse, por ejemplo, que en esos ensayos se habrían formado un cantidad de compuestos químicos mayor que el nùmero de átomos que existe en el entero universo.

Los argumentos en contra del puro azar son, en efecto, serios, a menos que se admita la existencia de tendencias que se combinarían con una cierta aleatoriedad. A lo largo de los capítulos segundo y tercero, los Bodanov y Guitton exploran los datos científicos que indican la insuficienca del puro azar como explicación del orden natural. En el curso del diálogo, los hermanos Bogdanov exponen las teorías de Ilya Prigogine acerca de la formación de estructuras ordenadas a partir de otras menos ordenadas, así como sus repercusiones para explicar el posible origen químico de la vida.

En esta línea, los interlocutores dedican especial atención al principio antrópico. El universo que conocemos depende de modo crucial de los valores de un conjunto de magnitudes básicas, las constantes universales, tales como la constante de Planck y las intensidades de las fuerzas básicas de la naturaleza. Si esos valores, que se conocen en la actualidad con una gran precisión, fuesen ligeramente diferentes, no podría existir el universo que conocemos. Todo sugiere que el universo ha sido planeado para que, en último término, podamos existir los humanos.

Se trata de ideas muy debatidas en la actualidad, que enlazan con los razonamientos clásicos acerca de la existencia de una finalidad en la naturaleza y que, sin duda, resultan de gran interés. Quienes defienden que la organización del universo es el resultado de procesos casuales se encuentran con enormes dificultades. Guitton y los Bogdanov tienen razón cuando afirman la necesidad de admitir un principio ordenador superior al universo. Sin embargo, los datos científicos por sí solos no bastan para llegar a esa conclusión, a menos que se integren en un razonamiento propiamente filosófico.

Los fantasmas cuánticos

Uno de los aspectos más problemáticos del libro son las interpretaciones filosóficas que, a partir del capítulo cuarto, se exponen a propósito de la física cuántica. En resumen, viene a decirse, de modo repetitivo, que la física cuántica propone una imagen espiritualizada de la materia, proporcionando las bases para una filosofía en la cual se anulan las diferencias clásicas entre la materia y el espíritu: hay espíritu por todas partes, hasta en lo más material.

¿Qué hay de cierto en ello? Ante todo, es verdad que el materialismo mecanicista, que pretendía explicar toda la realidad recurriendo a la combinación de partículas materiales, es difícilmente reconciliable con la física actual, porque las presuntas partículas, que serían como trozos últimos de materia, no parecen existir. Las partículas subatómicas de la física actual son algo mucho más complejo. Si se pregunta hoy día a un físico qué son esas partículas, responderá que son los cuantos de los campos básicos de fuerzas, lo cual poco tiene que ver con la imagen de las bolas de billar.

Guitton y los Bogdanov afirman con énfasis que los campos son algo inmaterial, y de ahí extraen conclusiones de gran alcance acerca de la aproximación e interpenetración de la materia y el espíritu. Sin embargo, este razonamiento se basa en una confusión. Los campos de fuerzas de que habla la física son construcciones abstractas, teóricas, matemáticas. Sin duda, se refieren a algo real, pero no son una mera fotografía de la realidad. Y la realidad a la que se refieren es una realidad física, material, no espiritual.

En este ámbito se han acumulado múltiples equívocos de los que son responsables también algunos destacados físicos. Los debates acerca del verdadero significado de la física cuántica han dado lugar a una literatura muy amplia que aumenta de día en día. Los diálogos de Guitton y los Bogdanov no clarifican la cuestión, sino que más bien se apoyan en interpretaciones de dudoso valor, que dan como bien establecidas.

Los autores parecen afirmar, por ejemplo, que el famoso experimento de la doble ranura acerca del comportamiento de las partículas subatómicas establecería la existencia del espíritu, lo cual no resiste un análisis serio. Si lo que se quiere afirmar es que no existe nada puramente material, porque toda materia se encuentra estructurada y, además, está sostenida por la acción divina que da el ser a todo lo creado, no es necesario recurrir a argumentos poco consistentes con una presunta base física.

Ciencia, filosofía y religión: nuevas perspectivas

Es cierto que los nuevos desarrollos de la ciencia en las últimas décadas proporcionan una base de gran interés para la discusión de importantes problemas filosóficos. Uno de los méritos del libro de Guitton es que no sólo subraya este aspecto, sino que, además, incluye muchas explicaciones divulgativas acerca de los avances de las ciencias que resultan clarificadoras para el no especialista. El lenguaje es directo y sencillo, los argumentos son claros, y el lector puede hacerse una idea acerca de bastantes debates científico-filosóficos muy actuales.

Además, las ideas básicas que se defienden en el libro corresponden, con frecuencia, a problemas e intuiciones importantes. Es una lástima que se encuentren mezcladas con interpretaciones de dudoso valor, probablemente debidas al deseo de construir un puente que relacione directamente la ciencia con la afirmación del espíritu y de Dios. Los puentes existen, pero no siempre son tan directos ni tan sencillos como el libro parece sugerir. Requieren un trabajo más arduo, porque las ciencias, por sí mismas, son incompetentes para pronunciarse acerca de los problemas metafísicos, ni en un sentido ni en otro: proporcionan conocimientos que deben ser sometidos a valoración epistemológica e integrados en una reflexión propiamente filosófica. Los autores lo saben y en ocasiones lo afirman, pero a veces parecen olvidarlo.

No cabe hacer demasiados reproches a Guitton si se tiene en cuenta que existe en la actualidad una amplia literatura, por lo general de tendencia materialista o agnóstica, que incurre en defectos semejantes. Pero sería deseable distinguir con mayor claridad lo que dice la ciencia, lo que son interpretaciones discutibles, y los razonamientos propiamente filosóficos que llevan hasta Dios.

(1)  Jean Guitton, Grichka Bogdanov e Igor Bogdanov. Dios y la ciencia : hacia el metarrealismo; [versión castellana de Martín Sacristán]. Madrid: Debate, 1998. 4a ed.

Diseño Inteligente:

Origen del Movimiento

 

La Teoría de la Evolución está siendo duramente criticada recientemente. Para sorpresa de muchos, la crítica no proviene de los círculos religiosos sino del mismo mundo de la ciencia.

Para muchos científicos, la complejidad de la vida, especialmente al nivel celular y molecular, sugiere diseño y no azar. Por esta razón cada vez se habla más del "Movimiento del Diseño Inteligente".

Este artículo explica el origen de tan revolucionaria tendencia y nos habla de sus protagonistas.

 

Científicos encuentran evidencia de Dios


La hegemonía darwinista en las ciencias naturales puede estar amenazada por un movimiento revolucionario y vanguardista que observa un diseño inteligente en la naturaleza... ¡y un Diseñador!

El químico Charles Thaxton se sorprendió cuando, hace 15 años, “El Misterio del Origen de la Vida”, libro que escribió juntamente con otros dos científicos sobre la evolución química, obtuvo una respuesta muy positiva entre los científicos del país. Thaxton, que visitaba la Charles University en Praga como profesor asistente, esperaba una reacción negativa, si es que el libro (que desde entonces ha llegado a ser considerado como una de las obras pioneras en lo que ha sido llamado el Movimiento del Diseño Inteligente) hubiera llegado a ser digno de atención.

Al fin y al cabo, “El Misterio del Origen de la Vida”, que se había convertido en uno de los textos universitarios más vendidos, sugería la posibilidad de un diseño inteligente en la naturaleza y señalaba errores graves en el Darwinismo. Tales opiniones eran consideradas como impensables y definitivamente acientíficas por la amplia mayoría de los científicos de la época, no sólo porque la teoría del Diseño Inteligente sugiere que la evolución no es el proceso casual y al azar que la mayoría de los biólogos creían que era, sino también porque (cosa incluso más inaceptable) indicaba la probable existencia de un diseñador, ó quizás Dios, que sería el responsable del diseño. La idea de que un diseñador pudiera ser el responsable de la naturaleza, era un concepto que ningún científico que se preciara a sí mismo querría llevar al curso científico de las cosas.

“No pensaba que este libro tuviera ninguna aceptación. Cuando lo escribimos, fue como ser un lobo solitario allí afuera”, cuenta Thaxton a Insight. “Los materialistas empedernidos no van a tolerar inteligencia en la naturaleza”, dice. “Entonces recibí muchas llamadas de científicos y matemáticos que sí lo hicieron”, hombres y mujeres de una gran variedad de campos de la ciencia que estaban llegando a las mismas conclusiones que Thaxton había descrito en “El Misterio del Origen de la Vida”. Ellos (al igual que Thaxton y sus coautores) estaban descubriendo diariamente información en sus laboratorios y búsquedas científicas que ya no podían ser explicadas por el modelo estándar de la evolución darwiniana. Dicha información podía ser mejor —y más científicamente— entendida, argumentando que ciertas entidades altamente complejas en la naturaleza, la molécula de DNA, por ejemplo, habían sido diseñadas para hacer lo que hacían y no evolucionaban al azar, por accidente, que es como la evolución darwiniana explica su origen.

Uno de los que se pusieron en contacto con Thaxton fue William Dembski. Dembski, un hombre joven con un doctorado en matemáticas de la Universidad de Chicago, un segundo doctorado en filosofía de la Universidad de Illinois en Chicago y un máster en teología del Princeton Theological Seminary, tuvo la firme convicción de que Thaxton no solamente tenía razón sino que también estaba en algo que iba a revolucionar la manera en que el hombre miraría a la naturaleza y la manera en que los biólogos abordarían su campo. Él quería tomar parte en esa revolución.

Recientemente, Dembski ha publicado su propia aportación al crecimiento continuo del Movimiento del Diseño Inteligente, un libro de argumentos contundentes que él llama “La Inferencia del Diseño”, en el cual Dembski (cuya lista impresionante de títulos llevó a un amigo a describirle como “el estudiante perpetuo”) emplea sus conocimientos de lógica simbólica y matemáticas para argumentar a favor del diseño en la naturaleza. El libro de Dembski es una de las más recientes e impresionantes contribuciones que adornan los estudios de Diseño (nombre que utilizan sus partidarios), que es una rama de la ciencia que ha crecido y está cada vez más sofisticada desde la contribución de Thaxton, hace 15 años.

Entre el libro co-escrito de Thaxton y la reciente contribución de Dembski, el Movimiento del Diseño Inteligente ha llegado muy lejos. Y más desarrollos están en camino, prometen sus partidarios. Ahora el Diseño Inteligente tiene su propia revista profesional, Origins & Design. Muchos de los que lo apoyan pertenecen a un grupo de expertos, el Centro para la Renovación de la Ciencia y de la Cultura en el Discovery Institute de Seattle, aunque muchos de los asociados con el centro están localizados en otra parte: Dembski, por ejemplo, está en Dallas, y Thaxton, permanece en Praga. Además, el movimiento tiene su propia revista para no científicos, el vistoso cuatrimestral Cosmic Pursuit, en el que científicos como Thaxton y Dembski presentan sus ideas para el lector general.

Y, ¿cuáles son esas ideas? Primero, argumentan que su defensa del Diseño surge directamente de la información empírica que han observado como científicos, más que de ninguna noción teológica o filosófica que puedan mantener. “Los descubrimientos en matemáticas y en biología están abriendo camino para un Diseño y un Diseñador,” dice Thaxton. Y Michael Behe, un bioquímico de la Universidad de Lehigh que es el autor de uno de los textos más importantes del Movimiento del Diseño Inteligente, “La Caja Negra de Darwin” (1996), dice a Insight, “el Diseño Inteligente fluye directamente desde la información que está actualmente disponible”.

Lo que hace que esta afirmación sea muy significativa es que da una visión del Diseño Inteligente como un fenómeno que debe ser tratado y estudiado científicamente más que como un tópico dejado para la religión u otros propósitos. Su afirmación lleva directamente al otro argumento principal del los defensores del Diseño Inteligente: la ciencia actual no es adecuada para tratar con el descubrimiento de un diseño inteligente en la naturaleza a causa de la manera en que está constituida en estos momentos, porque la ciencia está demasiado atada a las interpretaciones materialistas y naturalistas de lo que es la naturaleza.

Esta afirmación es revolucionaria. Lo que está en la base del argumento, dice Dembski, es una controversia sobre “la naturaleza de la naturaleza”. Dembski piensa que la ciencia natural está “empobrecida” a la hora de abordar el tema del diseño inteligente. ¿Por qué está empobrecida? Porque el materialismo y el naturalismo asumen que las explicaciones naturales son suficientes para explicar cualquier pregunta que surja en la ciencia, y esto sencillamente no basta a la hora de tratar el fenómeno del Diseño. (En efecto, cualquier defensor del Movimiento del Diseño Inteligente te dirá que entender cómo tratar científicamente con el diseño en la naturaleza es uno de los problemas más importantes del movimiento.)

El Diseño Inteligente no argumenta a favor de ninguna teología específica. “La palabra ‘Diseñador’ no significa forzosamente el Dios del Génesis”, dice Thaxton (aunque no lo excluye). “Mi opinión es que desde la información empírica no podemos hacer la afirmación de una deidad. Es la posibilidad de una deidad a la que llegamos”. Thaxton explica que es un “diseño genérico del que hablamos en el Diseño Inteligente. Cuando las personas quieren ir más allá de eso, allí es donde entra su visión particular de Dios”.

Lo que hace que el Movimiento del Diseño Inteligente sea tan revolucionario es que va totalmente en contra de la sabiduría perceptible de la ciencia, y particularmente de la biología. El darwinismo impregna cada aspecto de la civilización occidental, observa Dembski. Y los darwinistas argumentan que no hay diseño en la naturaleza, ninguno que pueda llevarnos a pensar en un diseñador. Todo lo que hay en la naturaleza, dicen los darwinistas, es resultado de una evolución casual, no hay ningún diseño que pueda sugerir dirección o planificación.

Así es como uno de los principales darwinistas, Richard Dawkins de la Universidad de Oxford, describió su visión del mundo en su libro de 1995, “Río que sale del Edén (River out of Eden): una visión darwinista de la vida”, un ataque directo a la posibilidad de un diseño en la naturaleza: “El Universo que observamos tiene precisamente las propiedades que esperamos que tenga si no existe, en el fondo, ningún diseño, ningún propósito, ni bien ni mal, no hay nada más que una indiferencia ciega, despiadada”.

La posición darwiniana fue puesta en palabras incluso más duras por Peter Atkins en su libro “La Segunda Ley” (The Second Law), que apareció en 1984, el mismo año en que Thaxton y sus coautores publicaron “El Misterio del Origen de la Vida”: “Somos los hijos del caos, y la profunda estructura del cambio es la degeneración. En el fondo, solamente hay corrupción y el flujo imparable del caos. El propósito se ha desvanecido; todo lo que queda es la dirección. Esa es la frialdad que tenemos que aceptar al mirar profunda y desapasionadamente en el corazón del Universo.”

En contra de la visión darwiniana dominante, el argumento de Thaxton a favor del Diseño Inteligente, reducido a los términos más simples es éste: La molécula de DNA, la base de la vida, es un mensaje, dice él. Es información codificada en una doble hélice. No es como un mensaje; es el mensaje. La molécula misma es un diseño elaborado y complejo que es un mensaje.

Nosotros los humanos sabemos por experiencia que, cuando hay un mensaje, es una inteligencia la que ha creado ese mensaje, dice Thaxton. Ninguna otra explicación sería suficiente para dar razón a la existencia del mensaje. No recibimos cartas de un remitente inexistente, al azar, sin propósito, por ejemplo. “Sabemos por experiencia que cuando hay un diseño, hay un diseñador.”

Behe toma el darwinismo desde un ángulo diferente. Un Doctor en Bioquímica de la Universidad de Pennsylvania, Behe argumenta que la vida, en lo más fundamental, es “irreductiblemente compleja”, una frase que ha añadido al debate del Diseño Inteligente. Para explicar lo que quiere decir con irreductiblemente compleja, Behe habla de una ratonera, una construcción humana hecha de una base, un martillo, un muelle y una barra de sujeción. Cada una es necesaria para que la ratonera funcione. Sin uno de estos elementos, la ratonera no funcionaría.

También la naturaleza tiene ejemplos de complejidad irreductible, el sistema en una célula que capta proteínas para enviarlas a compartimentos subcelulares, por ejemplo. Casi cada uno de los componentes que conforman este sistema son necesarios para que el sistema funcione. Sin uno de estos componentes, las proteínas no serían enviadas a su correcto destino.

Behe argumenta que el desarrollo de un sistema tan elaborado y complejo en términos evolucionarios darwinianos, consistente en un pequeño paso después de otro, no serviría porque durante cualquier paso previo al de todas las partes complejas trabajando juntas, el sistema no funcionaría. ¿Cuál es la probabilidad de que todas esas partes que tienen que trabajar juntas hubieran empezado a trabajar conjuntamente en un momento determinado? Igual que la complejidad irreductible de una ratonera indica un diseño que da la posibilidad de que todos sus elementos trabajen juntos, así la irreductible complejidad del sistema celular del envío de proteínas indica un diseño.

A Behe le gusta citar a Darwin mismo para mostrar la importancia de la complejidad irreductible en cuanto a la teoría darwiniana. En el Origen de las Especies, Darwin escribió: “Si pudiera ser demostrado que cualquier órgano complejo existiera que no fuera posible que se hubiera formado por numerosas y sucesivas ligeras modificaciones, mi teoría quedaría destruida”. Behe piensa que la existencia de dicho organismo complejo ya ha sido demostrada.

Es muy importante que los argumentos de científicos como Thaxton, Behe y otros del Movimiento del Diseño Inteligente sean reconocidos como científicos. En efecto, Thaxton, un cristiano, estuvo mucho tiempo preguntándose, “¿estoy fuera de los límites de la ciencia?” y finalmente concluyó que no lo estaba, pero añade que es el deber de los que apoyan el Diseño Inteligente que “lleguemos a una comprensión realista de lo que es el movimiento sin destruir la integridad de la ciencia.”

Thaxton toma cierto consuelo en el hecho de que el Movimiento del Diseño contemporáneo no está introduciendo algo nuevo en la ciencia. El gran físico Sir Isaac Newton (que murió en 1727), por ejemplo, escribió, “El más maravilloso sistema del sol, planetas y cometas, solamente podría proceder de la determinación y dominio de un ser inteligente y poderoso.”

A Dembski le gusta mencionar al teólogo inglés William Paley que publicó su Teología Natural en 1802, en la cual hizo su famoso argumento de que si nos encontráramos un reloj en un campo, asumiríamos que fue fabricado por una inteligencia, porque sus diversas partes están dirigidas hacia un objetivo: decir la hora. (Paley también tenía mucho que decir sobre la complejidad del ojo del mamífero, que parecía indicar un diseño. Darwin, que estaba igualmente maravillado de la complejidad del ojo humano, concluyó que a pesar de su complejidad, el ojo podría haber evolucionado poco a poco a través del tiempo.)

Behe es optimista con respecto al futuro del Movimiento del Diseño Inteligente: “No sé si van a ser dos años o veinte, pero allí es hacia dónde se dirige la información de la ciencia”, dice. “Los científicos notan que hay algo que no encaja del todo. Hay nuevas ideas para las que se necesitan nuevas definiciones.”

A Dembski, cuyo reciente libro La Inferencia del Diseño presenta con gran detalle cómo el argumento del Diseño Inteligente satisface la lógica y la probabilidad, le gusta comparar la influencia del movimiento sobre la ciencia con el efecto en la Europa del este que tuvieron los movimientos de libertad y democracia. La crítica al darwinismo ahora amenaza la hegemonía del mismo modo, dice, que el paso hacia la libertad hizo temblar al imperio soviético.

Dembski enfatiza que el Movimiento del Diseño Inteligente ha de demostrar su constitución científica, aunque ve posibilidades más amplias hacia donde nos podría llevar la idea del Diseño Inteligente: “Las cuestiones de moralidad podrían, al parecer, ser añadidas”. También es posible “la renovación de toda la noción de la Ley Natural”.
Thaxton, que dirigirá un seminario sobre “Detectar Diseño en la Naturaleza” en la asamblea anual de la Afiliación Científica Americana en julio[de 1999], compara la situación actual del Diseño Inteligente con la situación de la Física Cuántica hace un siglo. Max Planck, el teórico de la física cuántica, perdió la esperanza de que su teoría fuera aceptada por sus compañeros físicos, destaca Thaxton. Concluyó que para que su teoría ganara respetabilidad, tendría que morir toda una generación de científicos y ser reemplazados por hombres y mujeres más jóvenes y con mentes más abiertas, preparados para avanzar en la dirección donde les llevara su información, que sería hacia la hipótesis de la Física Cuántica. Lo que se ha de hacer para que el Diseño Inteligente sea aceptado, concluye, “es superar la inercia de la edad”.

Copyright © 1999 New World Communication, Inc. Todos los derechos reservedados. Copyright internacional asegurado. Traducción Cristina Palomeque Kovacs.

 


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Apologética

                     Sección 1

  la ciencia encuentra a Dios
  Dios y la ciencia
  Diseño inteligente

                     Nota

Apologética: Viene del idioma griego "apologia", que significa defensa. Se usaba para defender una idea, filosofía o creencia.

El diccionario Larousse dice: "parte de la teología que tiene por objeto defender la religión cristiana contra los ataques de sus adversarios."

  El apóstol Pedro la usa en tal sentido, cuando escribe: "...Y estad siempre preparados  para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que  hay en vosotros" (1 Pedro 3:15).

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